Esta Noche Te Cuento. Concurso de relatos cortos

CORAJE

Un relato con menos de 200 palabras inspirado en EL CORAJE

ENoTiCias

Bienvenid@s a ENTC 2026 Continuamos nuestro 16º concurso en el que iremos proponiendo hasta 8 propuestas temáticas en torno a la EXISTENCIA En esta ocasión serán relatos que desarrollen el concepto CORAJE en todas sus acepciones. Y recuerda que el criterio no debe ser poner menos palabras sino no poner palabras de más. Bienvenid@
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Esta convocatoria finalizará el próximo
15 de MAYO

Relatos

70. UN LIMÓN Y MEDIO LIMÓN (Belén Mateos)

 

La veía pasear cada mañana a través de las rendijas de mi persiana con ese andar tan suyo, tan insinuante ante mis ojos, tan provocador para el vecino del segundo, tan prohibido para el del quinto, tan excitante para la mirada de Avelina.

Frenaba de manera compulsiva la correa de nuestra perrita, deslizaba sus manos en la cincha que ceñía su pelusa y al mismo ritmo contoneaba sus cadenas. 

Ella lo sabía, sabía que la miraba, sabía que cada ventana era una invitación para un café con pastas y un licor degustado en su vientre y a pesar de ello, a pesar de mí, cada mañana provocaba en todo el edificio una hiperventilación en esas cortinas corridas para el disfrute de su tanga amarillo y sus pechos desbordando un escote alimonado en el paladar de la imaginación de cada uno de nosotros.

Hoy, creo que es nuestra vecina la que degusta con placer cada rincón ambarino de su piel.

Mañana correré el dosel de mi fracaso y guardaré en la alacena el pienso de su hambre.

69. AMARILLO DICHOSO (Isidro Moreno)

Me perdí entre trigales dorados para recordar mis primeros escarceos amorosos en los veranos de Castilla. Sólo conseguí salir vacío tras unos girasoles pintados por Van Gogh. Luego indagué sobre el amarillo de la genista de Serrat; también en el atuendo de Molière y que tan mala fama concedió al amarillo para los artistas de la farándula, pero nada me aportaba la inspiración o una rica idea para escribir sobre tan humilde pigmento.

Pedí información a un buen amigo científico de Oklahoma y me remitió un extenso dosier sobre el hielo. Al parecer, las prisas y mi spanglish provocaron el malentendido con el “yellow”.

En mi insistente y desesperada búsqueda, viajé mentalmente dentro de un submarino amarillo y lo único que logré fue que un tema musical de los Beatles me martilleara todo el día con el mismo soniquete.

Estimado jefe, pido disculpas por no tener el artículo solicitado sobre dicho color a pesar de esos intentos realizados.

*

Para mi sorpresa, al día siguiente vi publicada en mi columna del periódico este relato que, simplemente, era el texto de mi correo, aunque, eso sí, algo recortado en formalismos, juramentos, tacos y excusas que afeaban la redacción.

 

IsidroMoreno

68. Sin palabras (Pablo Núñez)

La luz del sol ha entrado por las rendijas de los ojos de Agustín. La claridad espanta el luto de las sombras nocturnas y se refleja en el portal que le sirve de cabecero. Ya no duerme tan bien como antes; el somnífero barato que se le agarra al hígado no le hace el mismo efecto que al principio, cuando decidió dar el portazo a su anterior vida de funcionario y, sobre todo, a una familia en la que el cariño fue tornando a costumbre y terminó en condena. Se incorpora y mesa sus cabellos, que parecen hojas de otoño. Con vacilante equilibrio y nubes en la cabeza, coloca una cajita de madera sobre el empedrado y toma su violín. Del fondo de la memoria va sacando melodías, entre dulces y ácidas.
Sentada en un banco, Virtudes se sacude los jirones de soledad que le persiguen desde que huyó de una casa abarrotada. Agustín le lanza una mirada, un beso que se posa en la sonrisa pueril que adorna su boca, y le dedica una pieza que suena a crujiente de vainilla. Entonces, miles de girasoles cosquillean su alma. En ese momento sabe que nunca más volverá a estar sola.

67. ANTIPATÍAS (Concha García Ros)

Siempre tan brillante, poniendo el toque de gracia a los dibujos de Pablito: que si los rayos de sol, que si las monedas del tesoro, ahora una estrella enorme, después la corona del rey… Así durante años, salvo aquellos días. Aquellos escasos días en los que el niño se sentía triste o decepcionado y, llevado por un espíritu de mil diablos, descargaba toda su frustración rasgando fuertemente el papel y llenándolo de oscuridad. Entonces conseguía ser por un rato el protagonista. Aquellas creaciones, por otro lado, terminaban en la papelera.

Y durante años resistió como pudo, así que ahora que a sus trece Pablo sólo lo usa a él en sus bocetos, que ese arrogante Amarillo se aguante, se fastidie, pase por lo que él pasó, condenado a un largo exilio.

66. Inmigrante

Sus pupilas amarillo cadmio lo delataban. Paseaba por las calles, entraba en los bares e incluso participaba en los mentideros, pero no nos engañaba, sabíamos que era diferente.

Desde que se inició el Programa para la Regeneración, Transmutación e Hibridación de  Especies (PRTHE) nos acostumbramos a todo. A nadie le extrañaba ver a un joven con alas de gaviota, un ave con patas de zorro, un mamífero con piel de serpiente, o un reptil con el dulce rostro de una anciana. El programa había sido un éxito, se había salvado el ochenta por ciento de los animales en peligro y se habían creado otras familias nuevas, pero no se podían permitir errores, y era evidente que él lo era. No se conocía ninguna especie autóctona con ese color en los ojos. Había que acabar con él.

65. EL BOTÍN

No fueron suficientes los relojes, joyas y demás enseres; cuando las estrellas amarillas dejaron de brillar, de los cadáveres tirados en el suelo extrajeron de sus bocas abiertas los dientes de oro.

64. Shivambu

—¿Y si tanto asco os da por qué me estáis mirando? —rezonga tía Mirta.

Me fijo entonces en los que estamos a su lado, y es cierto que nuestras muestras de asco son todas de grado superior. Mi madre, pálida, se tapa la boca con una mano, creyendo poder retener así un inminente vómito. Mi padre, tranquilo por naturaleza, tiene los puños cerrados en los bolsillos, la cabeza ligeramente ladeada y la nariz fruncida; con su dentadura amarilla, perfilada de ocre por años de tabaco, parece un caballo a punto de relinchar. Tapándose los oídos y con la mandíbula desencajada, mi hermano —mata de pelo rubio alérgico a peines y cepillos y lengua fuera— es como otra versión del Grito de Munch.

La única que permanece impasible es la abuela. Sonríe. Tía Mirta, su hija, ha vuelto. Está distinta. Normal, fueron muchos años viviendo otras cosas, pero está aquí y es lo que importa, todo lo demás son detalles, modas que van y vienen.

Entonces retiro el codo con el que me tapaba media cara y pregunto a qué sabe el pis.

—Depende, pero suele ser un poco salado y amargo —me contesta tía Mirta.

Luego, se lo bebe.

63. Querida yo del futuro

Ya estamos acabando el curso de gestión de las emociones y nos han pedido que nos escribamos a nosotros mismos, aunque eso ya lo sabes. Que lo que ahora nos pasa, con la perspectiva del tiempo se ve diferente. Y aquí me tienes, escribiéndote sobre un papel amarillo canario. Podría haber escogido cualquier otro color, pero es verano y he pensado en el sol. Ha sido extraño: en el sobre he puesto la dirección de la casa en la que aún no vivo, bueno, vivirás tú, la del futuro. Es un apartamento precioso, pequeño, con solo una habitación, pero te encantó el balcón, ¿lo recuerdas? Le dijiste a la comercial que te parecía un rincón encantador para leer. Si él hubiera estado, te habría recriminado al salir que mostraras tu entusiasmo, que eso no ayudaba para negociar el precio… pero tú querías ese apartamento. Ayer mismo dimos la paga y señal, has estado ahorrando los dos últimos años para dar este paso. Creo que habrás pintado el salón de amarillo, es atrevido. No te preocupes, seguro que los niños estarán encantados y dormir en el sofá cama no será tan malo. Te habrás librado de Marcos y de mí.

62 Espejismos

Durante mucho tiempo viví con una explosiva dotación de inconformidad, con pequeñas dosis de histeria amarga y repulsiva. Resistí a los grupos de apoyo porque me asfixiaba su emotiva explosividad. También hui de los psiquiatras por su irritable forma y falsos diagnósticos. No sentí la necesidad de beber ni caí en el despreciable uso de las drogas, porque a pesar de todo conservo una conciencia escrupulosamente limpia. Por eso cuando aquel vendedor me convenció de comprarle unas gafas amarillas, no pude adivinar el cambio que se venía. Entonces me sentí parte de los elegidos, me llené de vitalidad y de un revoloteo despreocupado. Mi conversación se volvió afable. El antisocial, podía ser parte de la fidelidad colectiva. Un mundo en amarillo recetado sin prescripciones. Con jubilo accedí al alma de hombres y mujeres, y desde esa posición pude saborear la encarnación de la dulce vida. Los días soleados olían a perpetuo otoño, y por primera vez en mi vida, volé cometas en espacios de luminosos amarillos. Cierto, no se puede andar por siempre con la felicidad en la piel. Una tarde de aventura, un violento viento quebró mis gafas y regresé con la cabeza baja a mi depresión clínicamente diagnosticada.

61. COLOR DEL ORO (Alicia Alguacil Agudo)

Nunca habíamos visto un automóvil “Mercedes,  amarillo oro metalizado”, por eso, toda nuestra atención se centró en ver quién  conducía ese auto tan espectacular.

Lentamente se abrió la puerta del conductor, bajando una pequeña figura erguida, estirándose como intentando alcanzar algún centímetro más de sus escasos  1,67   de estatura. Se arregló el cuello de la camisa y con paso prepotente y sabiéndose mirado, se dirigió a la entidad bancaria que teníamos frente a la terraza  del bar.

Empezamos las conjeturas, que si quiere equilibrar su baja estatura con ese amarillo brillante, que intenta decir que vale su peso en oro,  que se supone que las carencias de autoestima las compensa con ese gran auto Mercedes, amarillo oro…

El hombre salió del banco, se puso sus gafas de sol, se volvió a meter en su coche y se fue, llevándose todas nuestras miradas. Yo pensé, sea lo que sea, efectivamente ha conseguido no ser invisible.

60. VELEIDADES DE LA MODA (Toribios)

–Iré de amarillo –le dijo ella, y le sonó atrevido.

No se habían mandado fotos, ni chateado por Skype, aunque ambos conocían los rudimentos del sistema. Añoraban los tiempos de la tinta y al papel, y les gustaba mantener el misterio. Tras varios meses de relación epistolar les acuciaba ya la urgencia del encuentro.

–Creo que tengo una corbata amarilla  –contestó él, travieso.

Cuando llegó al café Comercial, creyó que le estaban gastando una broma. Y es que todas las mujeres iban vestidas de amarillo. Unas la chaqueta, otras la blusa y algunas el bolso o un fular. Y él que pensaba que era un color inusual. Pidió un café y paseó su mirada alrededor. Quién sería ella. Aquella tan gruesa, no, pensó, y tampoco la de la nariz ganchuda. La imaginaba bella y distinguida. Justo como una que le miraba de hito en hito mientras se quitaba sus guantes amarillos.

–¿Eres Rosa? –le dijo con un leve temblor en la voz.

–Sí –contestó ella arrebolada.

Pronto comprobaron que estaban hechos el uno para el otro. Durante años disfrutaron juntos del placer de estar vivos. Rosa nunca le dijo que en realidad se llamaba Rafaela.

 

59. En las arenas del Sáhara (Marta Navarro)

Un ruido sordo en el motor lo puso sobre aviso. Algo no iba bien. El avión vibraba, se estremecía, se inclinaba a izquierda y derecha sin control. No lograba el piloto enderezar el rumbo, perdía altura a gran velocidad, de un momento a otro iba a estrellarse, lo supo de inmediato. Desabrochó nervioso el cinturón que lo ataba al asiento del aparato, abrió el cristal de la carlinga y, cegado por un repentino torbellino de arena, saltó al vacío. Cayó despacio sobre un brillante e inmenso océano amarillo cuyo perfil solo a lo lejos rompía alguna duna solitaria. Prisionero del desierto, aislado del mundo y sin oasis a la vista, una melancolía sin objeto lo invadió de pronto. Cerró los ojos un instante y, al abrirlos, la sorpresa lo dejó sin respiración. Frente a él, un extraño hombrecito lo miraba con descaro. «Dibújame un cordero», susurró. Asombrado, Antoine retrocedió dos pasos. «Dibújame un cordero», repitió el muchacho y, sin saber por qué, entonces él obedeció. Lo hallaron días después, deshidratado y solo. Hablaba en su delirio de un asteroide muy lejano, de un zorro y una rosa…. De un pequeño príncipe que, entre planetas y estrellas, el firmamento habitaba.

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