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No sé que más hacer ¡Ay! Ella se niega a volver y, por mucho que lo intente −y de mil modos lo hice− incapaz soy ya de convencerla. He suplicado, implorado, llorado, rogado hasta la humillación y, aunque algo me avergüenza reconocerlo, si se fijan un poquito podrán ver todavía estos tristes ojos míos húmedos de autocompasión. Mas nada la conmueve. Se muestra implacable la muy perversa, por completo a mi dolor indiferente y fría como el hielo. Sabe que su ausencia me parte el alma porque yo creí de veras que lo nuestro era real y de pronto este abandono… <<Sólo intento ponerte a salvo de tus ilusiones>>, pícara y malévola, al oído me susurró al marchar. Indescifrable jeroglífico para mí. Y vuela el tiempo, apremian plazos y mecenas y esta musa traidora, caprichosa, veleidosa… no regresa.
Admiraba la capacidad que tenía el mimo para expresar las emociones y, cada noche, se encontraba con él, cuando despertaba, entre calles y piedras de ciudades en las que era de día.
No paraba de caminar hasta localizarle y, si no le veía, preguntaba a los transeúntes.
Estaba preocupada, su corazón ya no resistiría mucho tiempo los tric, tric, tris.
¿Por qué ella era siempre pura desgracia?
Tric, tric, tris.
Al final aparecía y, de nuevo, lo conseguía: alegre 🙂 triste 🙁 al ritmo que tapaba o destapaba su cara. ¡Parecía tan fácil!
¿Por qué ella era siempre pura desgracia?
Siguió la pista, que le indicaban los gestos del mimo, hasta llegar a un escaparate donde veía su reflejo.
¡Ya está! Se le ocurrió una gran idea.
Traspasó la luna y encargó un cristal con forma de corazón roto en mil pedazos y un pegamento especial.
Y… eligió dicha.
🙂 🙂
Concha era feliz con su vida llena de hijos y su trabajo de redera. Se sentaba a la orilla de su casa y, con rapidez y manos toscas, cosía redes nuevas, remendaba las rotas o reparaba las descosidas. Su esposo ,marinero con pipa calada, cuando la captura era buena, llegaba con pescado debajo del brazo. Concha entonces ponía la sartén al fuego y los ojos en su marido que con pasión escenificaba la captura. Boquiabierta, escuchaba cómo la red se abalanzaba sobre los peces como velo de beata y cómo el banco de peces se enmarañaba entre coletazos en las fauces de la red. Concha y sus hijos aplaudían el relato con pinceladas poéticas mientras comían el pescado frito.
Se habían casado muy jóvenes en un martes y trece desoyendo a los supersticiosos; pero, con el tiempo, se aburrieron de quererse. Orgullosos como eran decidieron seguir en sus trece, y juntos se hicieron mayores. Una aureola de infelicidad ocupó su existencia. Concha , a menudo, miraba al cielo en un gesto de resignación mal llevado y en su habitación las sábanas se fueron marmoleando de pura vergüenza por no usarse.
Permanece sentada en la terminal del aeropuerto sin mover un músculo. Parece estar en estado de shock. El incesante goteo de pasajeros cargados de maletas, contrasta con la mujer que ni tan siquiera lleva un bolso de mano. Escucha sin inmutarse el anuncio de las salidas inmediatas. De repente su actividad gestual se multiplica, acaban de dar el último aviso de embarque para un destino internacional. Es al escuchar el nombre de la ciudad cuando se derrumba. Hace cuatro años, con su familia a bordo, aquel avión nunca llegó a su destino. Ella había perdido el vuelo.
Se pasó toda la tarde poniendo “caras”: desagrado, enfado, susto, desilusión, emoción, asombro… ninguna de estas emociones contrajo nunca sus rasgos en una mueca que le restara un ápice de belleza. Cuando se mira ahora en el espejo y observa los paréntesis que aprisionan sus antaño carnosos labios, escruta -tras las lentes graduadas- las grietas que corretean bajo su mirada, comprueba que el óvalo de su rostro hace tiempo se adentró en los sinuosos caminos de la indefinición y constata que las canas dominan la totalidad de su escaso y lacio cabello, hoy, años después de aquella divertida sesión fotográfica, se desprende de su gafas y su rostro va componiendo, uno a uno, todos los gestos que vistieron su semblante aquella tarde. El vidrio le va mostrando, como fotogramas de una película a medio velar, el desfile de los diferentes estados de ánimo en su rostro, y sus ojos se detienen ante su faz desilusionada para comprobar, al girarse hacia la fotografía que tiembla en su mano, que no erró cuando eligió esa imagen para describir lo que sentiría cuando se mirara en el espejo treinta años después.
Era muy conocida, y tan harta estaba de ello que necesitaba hacer algo para pasar desapercibida. No tenía privacidad, siendo objeto de deseo y odio a partes iguales entre aquellos que querían creer alterar la rutina de sus vidas. Se había convertido en un icono, para bien o para mal.
Un día como si nada frunció el ceño y los dos bandos firmaron el armisticio. Unos la ignoraron, para otros fue un motivo para perdonarla. El ídolo había caído, el enemigo ya no lo era.
A Isabel Ausina
Tras dar un fuerte portazo, Su Santidad abandona los Archivos Secretos del Vaticano portando un paño de lino en las manos. La vibración origina que una zanja se abra en el suelo, cruce la Basílica, atraviese Roma y, por la Vía Apia, llegue al Vesubio, que la transforma en una serpiente de fuego. Bajo el mar, alcanza Jerusalén, y asciende por la Vía Dolorosa hasta la Sexta Estación. Justo en ese instante: el volcán entra en erupción; en la Catedral de Turín, la Sábana Santa tiembla y el cristal de la vitrina se resquebraja; en el Vaticano, el Santo Padre se postra ante la estatua de La Piedad y pide, a voz en grito, a la Virgen María y a todas las mujeres del mundo, su perdón por el daño que les han ocasionado en los dos mil años de ocultismo; en la Capilla Sixtina, la bóveda colapsa y se precipita sobre los cardenales, que reunidos en cónclave pretendían inhabilitar al Papa.
El Pontífice corre a la ventana de su habitación y mostrando la Santa Faz a la cristiandad les dice «Este es el verdadero rostro del Mesías».
Delante del espejo practico caras para la próxima visita. Mi mejor sonrisa no ha servido para nada. Aquí sigo. También intenté soltar una lagrimita, pero no me sale natural como a Sofía o Alicia.
Ellas ya no están. Cada vez cambian las caras. Unas se van pronto y no llego a conocerlas. Otras llegamos a ser casi íntimas. Pasa el tiempo y seguimos aquí.
Quizás es por mi pelo desmadejado. Por eso he decidido recogerlo en un moño, aunque creo que me hace parecer mayor y, si miro a mi alrededor, vamos quedando las de más edad.
Además, estoy sola. También es un factor a tener en cuenta.Toda la responsabilidad recae únicamente en mi y no sé cuánto tiempo más podré resistir ni cuántas visitas podré permitirme.
Con mi gesto ensayado y mi sueño de ser madre, me siento en la sala de espera. En mi imaginación, unos angelitos regordetes revolotean sobre nuestras cabezas buscando a su futura mamá. Juraría que hoy he notado una caricia.
Nació con un don y, seguramente, con un propósito.
Ya al abrir los ojos al mundo se estrenó con la más inaudita sonrisa que jamás se hubiera visto.
Esperó.
A partir de ahí consiguió lo que deseaba. Su absoluto dominio de las expresiones faciales le hacía dominarlo todo por completo. Imposible resistirse a su inenarrable encanto.
Esperaba.
Su fama traspasó fronteras. Era requerida por los más altos dignatarios, empresarios, políticos, nobles, para aprender su arte. Cobraba fortunas por proporcionarles mínimos retazos de su saber.
Cuando tocaron a la puerta se limitó a contestar: “Te estaba esperando”.
El Maligno entró y fue derecho al grano: “Sabes los que quiero”.
“Sí -dijo ella-, tu inmortalidad por mi don”.
Para el Demonio aquello era extremadamente sencillo. Lo había perpetrado millones de veces. Engañaba al incauto de turno, robaba su tesoro y desaparecía.
Pero al ver su rostro, Dios de los Avernos quedó absolutamente derrotado por aquella increíble mezcla de ternura, timidez, arrobamiento, dulzura, desamparo.
Destrozado, le entregó su inmortalidad, sin recibir nada a cambio.
Rió victoriosa.
Lucifer huyó despavorido comprendiendo el inmenso error cometido, que suponía su fin.
Ella sonrió ampliamente disponiéndose a disfrutar de una eternidad.
O de varias.
El presidente del gobierno, en el día internacional de la mujer, afirmó que «las mujeres no sois iguales a nosotros. Sois mejores, más listas, más ordenadas, más…¡guapas!».
La ovación retumbó en la sala, las felicitaciones le llovieron a cientos. Él, por su parte, repartió decenas de besos y abrazos entre las asistentes.
Cuando abandonó la sala, alguien le recordó que la ausencia de mujeres en altos cargos de su Comunidad era notoria. Ni en Justicia, ni en Sanidad, ni en Educación, ni en Consejos Asesores… Tampoco abundaban en cargos directivos de empresas. ¿Qué medidas concretas proponía, además, para una conciliación efectiva?
Él afirmó, muy serio, que se hacía la cama todos los días y preparaba la cena en casa.
Mi madre puso aquella expresión lastimera, aquella mueca de candor irresistible, como siempre que hacía algo mal, esperando que no la regañara, que no me enfadara con ella, la noche en que terminó otra vez con la vida de sus nietos y sus bisnietos.
Unas semanas antes mamá vio la foto de Herminia en la pantalla de mi móvil y me preguntó por esa jovencita. Le conté que apenas habíamos hablado, pero que creía que podría llegar a ser tan buena madre de mis hijos como lo era ella. Mamá me pidió que la invitara a cenar porque se notaba en mis despistes y balbuceos que estaba enamorado.
Herminia acabó en el jardín, cerca del limonero, junto a las otras, a dos metros bajo tierra. Cuando mamá terminó de enterrarla, me miró con aquella expresión lastimera, aquella mueca de candor irresistible esperando el perdón, pero a mí lo que me fastidiaba es que yo ni siquiera había besado a Herminia.
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