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¿Que has ideado una estrategia perfecta para ganar dinero fácil? ¡Caramba! Pues ya me la explicarás con detalle. Así de primeras suena bastante bien desde luego. Te anticipo que no seré yo quien ponga trabas a semejante iniciativa. Aunque no sé, si de verdad piensas, como dices, jugártelo todo a esa carta, creo que deberías antes ponerte un poco en lo peor. Calla, escúchame. Llámalo funesta coincidencia, alineación fatídica de los astros, aciago despropósito, mala suerte…, pero podría ser que alguno de tus planteamientos no funcionara según lo previsto —quién te dice que no—, o tal vez que el rumbo que adquiriese tu existencia no acabara de satisfacerte, que te cansaras de ciertas cosas o que de repente anhelaras una ocupación más edificante de tu tiempo; de manera que por falta de éxito o de alicientes, por desencanto, hastío o simple desidia, todo terminara yéndose al garete. Te convendría disponer entonces, ya lo sé, en tan improbable caso, de un recurso de emergencia, de una alternativa que te permitiera salir de esa lamentable situación, ¿no crees? Así que no me hagas perder más la calma. ¡¡Acábate de una vez la merienda y vuelve a tu cuarto a estudiar!!
Se te puso entre ceja y ceja que te ibas y de la noche a la mañana, te marchaste sin decir adiós. Me dejaste tirada, como una colilla, abandonada a mi suerte, que bien sabes que nunca fue mucha. Mi vida es un desastre, trabajo el doble que antes y cobro la mitad y cuando intento quejarme me dicen eso de que son lentejas. Con Javi las cosas no pueden ir peor. Todas las mañanas cuando me levanto digo “de hoy no pasa pedirle el divorcio” y por la noche cuando me acuesto, sepulto la cabeza bajo la almohada para no escuchar mi propia voz interior que me grita “¡¡cobarde!!”. No sabes cuánto echo de menos nuestros paseos por el parque, tus consejos e incluso tus riñas. A veces cuando alguien llama al timbre con toques cortos pienso que eres tú y salgo enseguida a abrir y luego me doy cuenta de que tú ya no vas a volver. ¿Por qué me dejaste sola, papá?
Despacio, como todas las demás noches (salvo el lunes, claro), inició su ritual. Cerró los ojos y no pensó en nada por un par de segundos. Puso su música: Summertime como siempre; aunque no fuese verano ni hiciera calor. Después, abrió metódicamente el estuche que estaba sobre la mesa oscura. Cogió el tubo alargado que sobresalía y echó un poco de maquillaje sobre la mano. Lo extendió suavemente por toda la cara, acariciando las mejillas, las sienes, sus arrugas… Se tomó su tiempo para disimular las ojeras y esas pequeñas rojeces junto a la nariz. Se pintó los ojos y empezó a dejar de ser ella misma. Cuando acabó, comprobó el resultado. Gesticuló, hizo muecas, se puso bizca… Sus músculos estaban preparados; como los de un tigre a punto de saltar sobre su presa. Sólo faltaba el último paso: dobló su alma en cuatro partes y la escondió, bien plegada, en una esquinita de su corazón. Ahora sí que estaba lista. Dejó el camerino, caminando despacio. Escuchó su nombre y después los aplausos. Salió al escenario y, como todas las demás noches salvo el lunes, se comió al público para cenar.
No sé qué pensar. Quizás deba poner sal a la vida. Hacer la maleta y salir a buscar la receta de la chispa que me falta en la cocina. Los fogones no son lo mío y los guisos terminan yendo por la ventana de los desperdicios. Cansada de danzar entre sartenes y cacerolas decido buscar otra pista de baile que alegre mis tardes.
Sin el delantal salgo al encuentro de nuevos sabores que endulcen mi paladar. Quizás me haga repostera donde poder embadurnar mi cuerpo en salsa de chocolate y crema. Sin mucho caminar encuentro al panadero que me anima a traspasar la puerta nevada de harina. Amasar de madrugada las hogazas con música de fondo que habla de amaneceres junto al fuego, magdalenas y aroma a café recién molido.
No sé si la sal está en el salero, pero el azúcar está a mi alrededor cuando comparto mis platos con quien aprecia mis manos.
Le gusta estar allí… En esa habitación, Aurelia se siente nueva, sin estrenar. Por eso practica muecas sobre las sábanas limpias. Como no consigue incorporarse de la cama, se sorbe los mocos y olfatea. ¡No huele a tierra mojada! Se extraña (su abuela maldecía los días de lluvia: eran los culpables del condenao agarrotamiento que la esclavizaba a su camastro). Le escuecen los arañazos. Se descubre algún moratón, pero… ¡ni rastro de roña! Sonríe.
La niña que jugaba en el parque estaba sucia, casi tanto como aquella muñeca de la alcantarilla. “Aurelita, ¡tira esa moña! ¡No vas a meter más porquería en casa! ¿Me oyes?… Esta muchacha, además de tonta, ma salío sorda”, se lamenta su madre. “La cría no tie la culpa, mujer, cuando la chola no funciona…”, tratan de consolarla las vecinas, sin frenar el ritmo de sus ganchillos. Aurelita desnuda a la muñeca, le escupe hasta quedarse seca y, luego, restriega la saliva ennegrecida… Poco a poco aparece el plástico rosa y suave.
Ayer, cuando la internaron, hicieron lo mismo con ella. Por eso, Aurelia está contenta y ensaya pucheros miserables de loca exmugrienta, para engañar a esa gente que la abuchea dentro y fuera del hospital.
Si fuese verdad lo que dicen de mí, sería la última persona sobre la faz de la tierra. Total por lo que ocurrió aquella vez…
Era una mañana soleada, aunque por la tarde jarreó. De haberlo sabido, no habría utilizado mi mejor cara para convencer a mamá de que limpiase por fuera los cristales del comedor, ya que conforme estaban no podía cotillear. Ella, decidida, se subió al alféizar. Yo la sujetaba por los tobillos. Entonces, apareció una abeja (que a qué mala hora puse flores) y la solté. Ella se tambaleó, pero pude agarrarla, lástima que con el aspaviento tiré una maceta al vacío con tan mala fortuna que golpeó en la cabeza del Anselmo, el del tercero, que estaba asomado fumando y allí se quedó. Se montó tal follón que acudieron: policías, bomberos, ambulancias… Menos mal, ya que cuando me llevaban detenida, se escuchó una explosión. Grité: “¡la cafetera!”. Con el jaleo, la había olvidado. Aquello hirvió, apagó el fuego y el gas… Y como mi Mariano tenía la costumbre de encenderse un cigarrillo al levantarse… pues que salió por los aires junto con el piso.
Ven cómo el fumar mata. Y luego dicen que soy gafe.
Aquel día, cuando me llamaron al despacho de dirección, sentí el abismo frente a mí. Sólo el llanto disipaba tanta angustia.
-¡Siéntese! -escupió don Francisco tras su escritorio mientras palpaba con los ojos unos folios que temblaban en su mano. – ¡Esto es increíble! –repetía aturdido. Entonces soltó las hojas que volaron libres, rodeó la mesa y se acercó hasta poner su cara frente a la mía. Como en un espejo podía verme en sus pupilas y su aliento me provocó una arcada. -Veamos –dijo para sí respirando profundamente-. Su clase está compuesta por unos veinte individuos. Usted puede definir cada uno de ellos, igual que yo. Por ejemplo: El alumno Rodrigo es un agarrado, el señorito Ibarrola será un rico heredero, la señorita Arroyo es muy hábil con las matemáticas y Pizarro quiere ser bruja. Iniesta siempre está jugando con el balón, Morales es el que escribe poesía en el recreo, Calvo la chica que todo lo sabe, Ontanares el nuevo, Estévez el de los chistes fáciles, López y Andrade son dos amigos inseparables, Iglesias quiere ser delegado de clase, González roba… Pero usted ¡Usted! ¡Nadie sabe qué diablos es usted! ¡Deje ya de confundirnos a todos y defínase!
Era mediodía, cuando el sol quema más, una familia numerosa pescaba con los pies a remojo en el cauce bajo del rio. Con juegos y risas desproporcionadas, observaban aquel campo con los ojos entornados. El prado amarillo y verde parecía azul, y era solo para ellos y sus árboles. A lo lejos se acercaba la tormenta y las nubes se rajaban de abajo a arriba; ascendiendo.
Los aromas y colores todo lo colmaban; aun así, la sombra de las ramas se quejaba al afluente por el próximo temporal y el nauseabundo olor a tierra húmeda. A las aguas de aquel exótico barranco les preocupaba la mano negra del rayo; las haría perder la mansedumbre de sus espejos y el esplendoroso reflejo del pinar verde; incluso alterarían su color y sabor las blandas cortezas quemadas.
De pronto el espantoso ruido seco del trueno conmovió a todos haciéndoles volver a la realidad. La corriente del agua los lamia con su larga lengua sin dudarlo, dándoles fuertes patadas en la espalda bajo infinitas nubes grisáceas.
Desde entonces la madre ve llover con los ojos muy abiertos y los labios prietos, y se asoma al cielo intentando desplegar unas alas invisibles, y una nana.
No quiero ni imaginar mi mueca… Quiero seguir viviendo. Necesito respirar y prometo encontrar sentido a mi existencia.
Mi vida pende de un hilo así como mi cuerpo pende de esta soga que abraza mi cuello, que baja de la viga de un feo cobertizo en una vieja casa, como yo, abandonada.
Ahora me arrepiento de haber pateado la banqueta y aquí, con mi ridículo balanceo, sigo pateando al aire en busca de algún soporte o de la puta banqueta que a pisar no alcanzo.
No, no quiero ni imaginar mi mueca… Qué lenta es la asfixia y cuán largometraje de vida me evoca. Patear ya es inútil, lo sé, pero cejar no puedo. Sólo quiero vivir, pisar, respi…
IsidroMoreno
Mi primer recuerdo lúcido fue considerar a mi madre una miserable porque me untaba en las tostadas poquísima Nocilla, no como en el anuncio. No la odiaba, pero nunca nos caímos bien. Luego, lo normal, suspensos en matemáticas, unas tetas pequeñas, el novio de mi mejor amiga acariciándome, la soledad suplantando a mi sangre, la polla de algún profesor de la facultad, el diploma de Magisterio ardiendo, los ojos llorosos de mi padre, gritos, portazos…
Tengo un recuerdo que no puede ser real: llovía todo el tiempo. Llovía sin nubes, llovía dentro de la casa, llovía bajo mi piel… Luego, el tipo aquel del paraguas que no se iba. El cabrón consiguió que escampara. Probamos un tiempo, nada planeado. Tuvimos a Dani y comencé a actuar en algunas obras. Cuando tuve a Berta, cogió su paraguas y se largó. Lloré solo un día porque al día siguiente tenía mamografía y la audición para aquella primera película de Zlateck. Ayer cumplí cincuenta. Berta huyó hace tiempo, dice que soy una miserable, que la he ignorado desde lo de Dani y creo que tiene razón. ¿Qué cómo me ha tratado la vida? ¿Quieres un titular o un epílogo? Vamos, no me jodas.
Es el mejor. A pesar de publicar constantemente su secreto, no hay ingeniero biofacial como él: Lo importante es la elasticidad de las comisuras, insiste. Si no se trabaja desde la primera puesta en funcionamiento, la sonrisa original de fábrica se pierde pronto y se desploma enseguida en sucesivos pliegues de tejido plástico, que retuercen el gesto del humanoide para siempre.
Él mira cada androide con ternura, como si fuera una criatura única y acaricia con golpecitos sus mejillas inertes, para dotarles de esa pizca de alma que pueda ser autocaptada por su precaria inteligencia artificial.
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