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Tiene prisa por dormirse, mañana es domingo y el mercadillo abrirá sus puertas.
Llegará de las primeras, aunque tendrá que esperar a que sus compañeros le ayuden con la pesada tabla de madera que después cubrirá con un mantel de croché de lino, herencia de su abuela. Sobre ella las irá colocando mientras las nombra…
«Rosalía, Gertrudis, Concepción, Margarita…»
Un hombre le preguntará curioso:
«¿Cuánto cuesta ésta?».
La tomará en sus brazos. Le estirará el vestido. Acariciará su carita. Le atusará el cabello y entre los pliegues de su cara una mueca de desacuerdo…
«Lo siento, no puede llevarse a María… la necesitamos para denunciar las limitaciones que para nosotras representan la moral y los usos sociales. ¡Es nuestra mayor defensora en el Siglo de Oro!».
El hombre, perplejo, preguntará de nuevo, pero el vendedor vecino le susurrará que las observe cuanto quiera, mas no se interese por ellas.
Protestará cuando el mercadillo cierre sus tiendas —siempre le sabe a poco—.
Con mimo, las meterá otra vez en la vieja furgoneta y de una en una las irá nombrando…
«Rosario, Colombine, Emilia, Clara… tranquilas, que el próximo domingo volvemos, ¡es el 1 de octubre! y os pondré los vestidos nuevos»
Querida mía: Un día más, en la sala de lectura y en los bancos del bulevar, he visto cómo se deslizan, húmedas contra el paladar, las puntas de las lenguas cuando pronuncian sin voz las tres sílabas de tu nombre, que he sembrado en cada capítulo de la novela. Yo te he florecido en las bocas y te he desmoronado hasta las entrepiernas con el dolor de mi deseo. Habitas ya los delirios más exquisitos de la literatura universal. No me hagas pucheros, no me huyas. Reina blanca del tablero, ojos de avellana. La primera vez que te vi no eras sino una torre destinada a rendirse en los lavabos del patio del colegio, manoseada por torpes peones negros. Te rescaté, te coroné como mi nínfula idolatrada. También eras una oruga deliciosa y, recién cumplidos los doce, rasgué con mis dientes la crisálida para que pudieras desplegar tus alas de mujer hacia el verano. Siempre deprisa. Claro que hubo sangre, claro que tengo derecho a todas tus noches. Así es el alma del artista. Ahora y por siempre serás Personaje, más grande que tu pequeña vida. Pecado y tentación, cuerpo recién amasado. ¿Por qué lloras? ¿Qué esperabas?
TENGO HAMBRE
«Félix abandonó su antigua casa, gritando «tengo hambre» y cargando su maleta tras el funcionario. Respiró profundamente y se despidió sin volver la vista atrás. Mientras, algunos hermosos y desaliñados jóvenes gritaban e intentaban animarlo…».
Así comenzaba el cuento con el que gané el premio del concurso literario. Para participar tuve que suprimir los adjetivos, que vendí en un cercano rastrillo.
TENGO HAMBRE
«Félix abandonó su casa gritando «tengo hambre» y cargando su maleta tras el funcionario. Respiró profundamente y se despidió sin volver la vista atrás. Mientras, algunos jóvenes gritaban e intentaban animarlo…»
Para conseguir más dinero puse un anuncio en la prensa: «Vendo artículos, conjunciones y preposiciones, por la compra de tres, regalo un adverbio».
TENGO HAMBRE
«Félix abandonó su casa, gritando «tengo hambre» cargando maleta funcionario. Respiró, se despidió. Jóvenes intentaban animarlo…»
Vendí también el nombre para cubrir mis necesidades y mantener mi nivel de vida.
TENGO HAMBRE
«su casa «hambre» maleta funcionario. Jóvenes…»
Poco a poco vendí todas las palabras.
TENGO HAMBRE
«su casa. Jóvenes…»
» casa. Jóvenes…»
«Jóvenes…»
Cuando me expropiaron la casa solo me quedaba el título, que puse junto a una lata vacía en el suelo:
TENGO HAMBRE
He decidido no ser escritor, no plasmar en papel ninguna historia más ni dar mis novelas a la estampa. La culpa la tiene esa recomendación de la necesidad de leer mucho para escribir bien. He descubierto que iba a crear narraciones que ya están publicadas, por ello, es mejor dejarlo, pues, imagínate que después de estar unos años trabajando en una obra te presentas a una editorial y te dicen usted es un cachondo, ¿y eso?, esto que me trae es la novela Fortunata y Jacinta de Benito Pérez Galdós, ¡qué corte! Y es que ya me ha ocurrido varias veces, leer un libro y decir esto es lo que iba a escribir yo, por ejemplo, ese que empieza «Muchos años después, frente al pelotón de fusilamiento…», pues resulta que ya lo tiene publicado Gabriel García Márquez; o aquel que comencé con «En un lugar de los Montes de Toledo, de cuyo nombre no quiero acordarme…» y me dijo mi editor que le sonaba que eso ya existía. Luego, es mejor que me dedique a leer los buenos libros que ya he escrito y han firmado otros que creer que eres un autor que tiene mala memoria y se repite.
Es sabido que ocurre con cierta frecuencia. Que algunos personajes se rebelan contra los deseos de sus creadores y, ante la impotencia de estos, toman la iniciativa de la acción y llevan el relato por los derroteros que les viene en gana. A los autores, entonces, no les queda otra opción que, una vez finalizado, firmarlo y llevarlo, no sin cierto rubor, a sus editores.
Pero este caso fue diferente. Ya estaba concluida la obra cuando el personaje se revolvió y empezó a deshacerse del resto, ya fueran principales, secundarios o figurantes. A continuación, acabó con todo vestigio de los escenarios de la novela, lugares, espacios y situaciones, para luego destruir hasta el último atisbo de la trama antes de declararse no nacido. Incluso el título, una vez socavados sus cimientos, se desmoronó por el peso de la más elemental lógica cartesiana, de tal forma que de la novela solo quedó el punto final con el que empezaba y terminaba. Bueno, pues con eso y con todo, alcanzó un gran éxito de crítica y ventas. Se comenta que pronto la llevarán al cine.
Le despertó un revuelo de cacerolas en la cocina. Desenredó torpemente las sábanas que lo aprisionaban y rebuscó, entre las ropas abandonadas sobre la silla, algo que ponerse. Miró el reloj con los ojos entrecerrados. Las ocho de la mañana. A tenor de lo ya preparado, Adelina llevaba horas trajinando. Era el gran día. Una larga ducha y un par de cafés después, llamó a la oficina.
—Catarella, hoy no voy. Que nadie me llame salvo que disparen al presidente de la República.
—A sus órdenes, dottori.
Cinco minutos después el teléfono sonó.
—Dottori, no se sabe nada sobre el presidente. Le seguiré informando. No pase cuidado.
—¡Catarella! ¡No llames más! ¡Pase lo que pase!
El suave sol invitaba a preparar la mesa en la terraza.
—¡Dutturi! ¿Qué hace este buffone en mi cocina hurgando mis arancini?
—¡Pepe! ¡Por fin! ¡A mis brazos!
El teléfono sonó de nuevo. Se abalanzó furioso sobre él.
Le sorprendió la voz poderosa y lejana de Livia.
—No esperes ni a Andrea ni a Manolo. Tú dirías “tira più un pelo di femmina…” Estamos en Barcelona. Con Charo. Tenemos las dos tanto por lo que pelear, tienen los dos tanto por lo que desagraviarnos…
Dicen que, si tienes una pesadilla, debes contarla para que no se cumpla, y su mejor amigo soñó cómo se caía golpeándose la sien, dañándose el nervio óptico y quedándose ciego. Y no se lo dijo.
Ocurrió. Sólo tenía veinte años. ¿Lo podría haber evitado?
Llegó la oscuridad y con ella la depresión, la agresividad… No quería que le leyeran los libros que antes tanto amaba. Era una rata de biblioteca.
Corría el año mil ochocientos noventa y no había muchos medios para ayudarle. Pidieron consejo a los doctores más afamados, hasta que uno de ellos comentó sobre un pedagogo francés, Louis Braille, que inventó un sistema de lectura y escritura para ciegos.
Con mucho esfuerzo se le pudo convencer para que fuese a una escuela donde pudieran enseñarle. Duros fueron los años que estuvo en el centro. Tras muchas caídas, golpes, sustos y llantos, aprendió a moverse con libertad, a pasear con su fiel perra Avena y, sobre todo, a volver a leer y escribir: su gran pasión.
Después de diez años, con todo el orgullo del mundo, somos testigos hoy de su gran día; asistimos a la presentación de su primer libro: ”Veo la vida sin ver”.
A lo largo de mi vida, había plantado un árbol, tenía hijos, solo me faltaba escribir un libro. Era mi asignatura pendiente. Lo podía escribir, de mis memorias, recuerdos, también puedo escribir una novela de ficción, un best seller, una policiaca o negra como la llaman ahora. Pongo en marcha el ordenador y tecleo. Mejor hago un borrador, como antaño, papel, lápiz y una goma para borrar. Junto a la ventana, en un lugar apartado del salón, permanece mi sillón orejero. En él escribiré, lo arrastro, lo coloco frente a la mesa.
¡Cuánto pesa! La tapicería está muy gastada y desteñido el color. Guardián de mis vivencias, buenas y malas e incluso guarda escenas de amor, caricias, besos y alguna que otra lágrima.
-¿Cómo lo he abandonado tanto? Lo tenía que haber llevado al tapicero.
Al moverlo se ha desencolado. Está para pegar. No tengo pegamento. Iré a comprar.
Cuando vuelvo, mi casa está completamente vacía, han entrado los ladrones a robar, se lo han llevado todo. Solo me han dejado, mi sillón orejero.
Mi novela, será de detectives, de intrigas. Ya tiene un título, un argumento, me falta el final. Y les pregunto ¿Por qué me dejaron el sillón?
Por qué saco a pasear un libro tan grande. A veces, no me lo explico. Otras, sí.
Me hubiera casado con esta mujer, de haber existido esa posibilidad. Pero nunca la hubo. Así las cosas, procuro pasar el mayor tiempo posible con ella, a pesar de que alguna mala cara pueda señalarnos de vez en cuando. No me importa. Aunque lo cierto, es que estoy empezando a cansarme. Son muchos años y se me va haciendo pesado este modo de vivir, de amar, de ir a la panadería. Siempre cargando en silencio, como si no pasara nada…
Sí, en cuanto llegue a casa, se lo voy a decir. Hablaré con ella y pondré fin a esto. No podemos seguir así. Yo, no puedo. Le diré, que si quiere seguir conmigo, tendrá que quedarse en casa. A partir de ahora, voy por libre. Me acuesto con quien quiero. Hago lo que me da la gana.
María Moliner, le diré, vas a tener que quedarte.
Era pequeña cuando mi padre nos abandonó. Mamá se rindió al desánimo, pero yo decidí llenar su vacío inventando historias que caligrafiaba en cuartillas que guardaba por montones. Acuciada por la nostalgia de verla sonreír le escribí un amigo: un hombre de buena traza y bigote a lo Rhett Butler, como los que le gustaban. Al principio bien, hasta que llegaron las discusiones y ella, enfadada, para finiquitar las peleas le gritaba que no quería volver a verlo más. Entonces yo iba a mis papeles y borraba; pero sin apretar demasiado la goma. Y disfrutaba. Me encantaba ver aquellos objetos que parecían flotar: una maquinilla de afeitar, un peine labrando el aire o el desfile de camisas que terminaban su procesión abotonándose solas y con esmero frente al espejo. Luego, cuando se personificaba de nuevo hecho un figurín a ella se le pasaba y hacían las paces. Hasta el día que vi una maleta arrastrándose por el pasillo que al salir dejó tras de sí un portazo que él mismo manuscribió con tinta indeleble. Desde entonces a mamá, petrificada, solo le da un vuelco el corazón cada vez que una pelusa se mueve o algún diente león atraviesa el comedor.
Ovidio Camuñas partía con ventaja: la naturaleza le susurraba. Él robaba sus atributos y los plasmaba en un lienzo en forma de hoja, a través de su pincel transformado en pluma. Era un Sorolla en esencia, interpretando en certeros trazos el profundo azul, pero en versión literaria.
Describía frescas aguas como líquidos cristales, aplicando el ejemplar estilo de Cervantes; jugaba con hielo abrasador o fuego helado, de manera indistinta, como si se tratara del magistral Quevedo… y no eran estos recursos la única virtud que hacía de su obra un placer para los sentidos.
Sabía envolver su arte en una delicada capa de poesía, dotando a su verbo de matices que superaban los límites de la sensibilidad, haciendo llegar a una suerte de éxtasis a todo aquél que tenía la oportunidad de acariciar con la mirada sus versos cargados de belleza sin par.
Todas estas bondades le hicieron destacar en un país de incuestionable inquietud cultural, como era aquél que le vio nacer. El año que publicó su “Naturaleza viva” consiguió ser el segundo autor más leído, sólo superado por una tal Belén Esteban.
Ovidio comprendió que frente a los clásicos no se puede competir. Ni aliándose con las musas.
-Llore, llore, querido Watson, no se avergüence
-Ya van dos veces que enviudo. ¿Qué maldición es ésta? ¿Qué clase de designio funesto me persigue? –el doctor gimoteaba sobre el hombro de su compañero de apartamento- Esta misma tarde he enterrado a mi segunda mujer. Cenizas a las cenizas, polvo al polvo. ¡Váyase lejos, Sherlock! Abandone Baker Street para siempre y no vuelva a hablarme.
-¿Por qué dice eso?
-Mi querido amigo, ¿acaso no lo ve? Las personas a las que amo siempre mueren.
-Mi querido Watson, ¿usted me ama? –los ojos del detective chisporrotearon con un destello equívoco.
-Sí, claro, que le amo… –titubeó Watson-, de una manera fraternal.
-¡Por supuesto! –dijo Holmes, incrédulo de que su querido doctor todavía no se hubiese percatado que bebía los vientos por él.
Holmes se levantó del diván y dando la espalda a su amigo comenzó a lavar los tubos de ensayo en los que había preparado su mejor veneno, ese que era indetectable en cualquier autopsia. “¡Malditos celos!” -renegó por entre dientes- Espero que Watson no se case otra vez. Cometer un tercer asesinato sería demasiado”.
-¿Qué dice Holmes?
-Pregunto que si le preparo un té.
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