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Soy zorro viejo y le he visto los cuernos al toro más de una vez. Por eso, cuando pasó aquella alondra me acordé de el que se quema con leche, ve una vaca y llora. Pero ya sabemos que el perico, donde quiera es verde y pudo más tener la pájara a tiro que ver cientos volando. Acabé por lanzarme en picado, cual halcón peregrino.
El nuestro era un amor de gatos, siempre a voces y por los tejados, y con ella me sentía como pez en el agua, pero no se hizo la miel para la boca del asno y tarde o temprano, la cabra siempre tira al monte; fue pasar una moza de andar felino y cuello de tórtola y se enriscó la perrita, por mezclar churras con merinas, que dos golondrinas en la misma espiga hacen mala compañía y para más inri, la tórtola tenía un mochuelo esperándola en su olivo. No sé cómo saltó la liebre —a cada puerco le llega su San Martín—, pero el mozo, que tenía muy malas pulgas, acabó enterándose. Fue como si me embistiera un elefante y encima no solo se llevó consigo a la tórtola, también voló la alondra
En un mono azul marino de mecánico, cosió, a cada lado, un triángulo equilátero de tela que unía las mangas a los flancos del cuerpo. Y otro, este isósceles, en las perneras. Así, cuando abría brazos y piernas, adquiría una forma que se parecía a la de un ave con las alas y las plumas de la cola extendidas. Equipado de esta manera, subió a la cima de la montaña y se lanzó per el lado del precipicio. El vuelo, por nombrar aquello de alguna manera, fue más bien una caída a plomo que le provocó la muerte al aplastarse contra el suelo. Pero esto no le haría abandonar el propósito de volar como los pájaros. Aprendería de los errores. Mejoraría la geometría, la técnica, los materiales. Se mató cinco veces más, pero finalmente sobrevivió al séptimo intento sin resultar demasiado malherido. El octavo fue el vuelo perfecto. No solo había resuelto los problemas aerodinámicos, sino que también, de tanto estudiarlas, había absorbido el instinto ancestral de las aves. Diversos testigos presenciaron como planeaba majestuosamente durante un buen rato y finalmente se posaba sobre una pradera con suavidad, ágil y elegante.
El abogado, un perro viejo, se pasó la noche trabajando, como un ratón de biblioteca, en la defensa de su cliente, un cachorro ladrador.
A pesar de preparar un alegato bestial, y sentirse satisfecho como un oso después de la hibernación, intuía un juicio complicado. Su colega, el topo de la administración, le sopló que el fiscal era un lince al que no le daban gato por liebre, que presidía la sala una víbora y que en el jurado popular se habían colado borregos partidarios de un antropocentrismo extremo.
Apestaba a confabulación.
Antes de empezar, el perro viejo aconsejó al ladrador que mantuviese el pico cerrado mientras él exponía los hechos como una cacatúa.
—No llores —añadió—, pensarán que son lágrimas de cocodrilo. Pon cara de tristón para que no te vean como el lobo del relato. Pero sin exagerar o parecerás un ganso. O un mono de feria. Recuerda: «no eres responsable del atropello de tu cuidador, quería abandonarte en la mediana de la autopista».
El perro viejo estaba seguro, lo había investigado; si bien le pareció inhumano, observó que muchas personas solían hacerlo en vacaciones.
El ladrador, en cambio, no podía creerlo y, fiel como siempre, continuó inculpándose.
Todos en el callejón saben de su arrojo. Año tras año ha ido logrando para el colectivo felino del barrio más privacidad, más espacios de luz, más alimento y mejores expectativas noctambulas. En ese esfuerzo se ha roto un buen puñado de uñas, quebrado alguna pata y partido algunas costillas. Tiene el pelo chamuscado, la cola despeluchada, un ojo de menos y dos cicatrices de más. Esta noche se va a enfrentar a una jauría de Rottweiler que tiene atemorizados a los gatos del callejón. Él sabe que ha perdido ya siete vidas a lo largo de su larga vida. Pero eso no le importa, nunca les ha fallado, y esta última vez, tampoco lo hará.
Vemos con alivio a la mosca desenredarse de la telaraña o al topo que, huyendo de un zorro, logra por los pelos alcanzar su madriguera. Y nos alegra que el depredador se quede por esta vez sin su almuerzo. Fijémonos ahora en ese polluelo de mirlo, impaciente por que regrese su madre con un gusano en el pico. Hambriento y sintiéndose preparado para el vuelo, va y salta fuera del nido listo para planear en el aire con sus alas recién estrenadas. Pero ¡ay! los dos muñones cubiertos de plumón aún están sin desarrollar, no se abren y cae derecho al suelo. Con suerte, ahí abajo habrá un lecho de hierba y hojas secas, su madre no andará muy lejos, oirá sus piidos, lo rescatará y lo llevará de vuelta a la seguridad del nido, quedando todo en un susto y una buena reprimenda.
Habrá sido una bonita lección para este polluelo temerario: en esta vida hay que ser prudente. O habría sido si, en su caída libre desde la copa del árbol, no se hubiese golpeado con las ramas, rompiéndose todos los huesos, antes de estamparse sobre la tierra dura y seca justo cuando pasaba por allí una comadreja.
(Fuera de concurso)
Lo esperó inmóvil, con el vientre tenso de anticipación. Sabía que vendría. Todos vienen. Siempre.
No por ella, sino por el eco de algo antiguo que nadie recuerda, pero todos obedecen.
Él caminó sin darse cuenta de las señales: el aire quieto, los restos de otros. Entró. La tocó, y ella lo dejó hacer.
Lo recibió en silencio, envolviéndolo sin manos, sin prisa. Cada roce era una atadura invisible. Cada suspiro, un nudo nuevo.
Él no entendía por qué su cuerpo se volvía pesado.
El amor sucedió como debe: con lentitud, con saliva, con fuego. Él se rindió todo. Ella lo rodeó con sus piernas largas, lo inmovilizó con caricias exactas, y cuando él cerró los ojos, creyendo que dormía en brazos de una diosa, lo atravesó.
Sus hijos, dormidos hasta entonces, despertaron uno a uno, hambrientos, ordenados.
Descendieron del techo como gotas, rodeando la ofrenda. Con cuidado, ella recogió los restos blandos y los repartió con ternura.
En la penumbra, bajo las hojas, una viuda negra se relamía las patas.
Tejió una hebra nueva.
Y volvió a esperar.
El continuo vaivén aumentaba la agitación en ambos boxes. A pesar del creciente bamboleo, me esforzaba en anudar por pares las colas de todos los rivales que podía, o en indicar mal la salida a los demás aprovechando su confusión. Con un asombroso repertorio de artimañas conseguí, finalmente, abrirme paso hasta la primera línea. Se me daban muy bien, salían naturales. Cosas de la genética.
Y salimos todos propulsados. Muchos se estrellaron contra las paredes y la desorientación casi agotó al resto. Yo aún conservaba mis fuerzas cuando nos acercamos a la enorme esfera que nos aguardaba.
Me escapé del pelotón entre empujones y fui el primero en penetrarla. Era un lugar complejo, confortable, repleto de cosas flotando. Allí me sentía pequeño y con la ancestral necesidad de establecer un lazo helicoidal, surgida de vete tú a saber dónde. En medio de un abrumador puzle de códigos entrelazados, todo se empezó a recombinar. Comencé a sentir que mi esencia abandonaba todo vestigio de modestia y se preparaba para ocupar el centro de la creación.
Nuestro protagonista ya ha cumplido. Ahora tú, querido lector, tienes que adivinar qué perturbador animal surgirá de este desoxirribonucleico follón.
La llaman Unidad de Redención Zoológica, pero nosotras preferimos “el zoológico de las rebeldes».
Cada reclusa recibe un animal. A mí me ha tocado una criatura extraña: pequeña, desdentada, frágil. No camina, no caza, solo llora. Las demás se ríen de mí. Una tiene un osezno, la otra un lince. Y yo, esto. Sin duda, un castigo adicional.
Nuestra misión es cuidarlos. Estamos aquí para proteger lo que la humanidad ha destruido. Educación medioambiental, lo llaman. Pero nadie nos ha preguntado si queremos redimirnos.
Los días pasan y la criatura solo come y duerme. A veces parece sonreír. Me mira con sus inmensos ojos marrones y yo siento que algo se remueve en mi interior. Algunas reclusas me observan con recelo, otras con algo que parece envidia.
Pasan los meses y sus animales crecen, se hacen fuertes, se vuelven independientes. El mío sujeta mi dedo índice con su manita y, con voz aguda, me llama mamá.
Víctor, una persona constante y muy meticulosa, trabajaba sin descanso dedicado a un arte heredado de su familia. Todo en su taller estaba ordenado: los escarpelos, las tijeras y demás utensilios necesarios. Los líquidos para limpiar y conservar las pieles de los animales, bien clasificados.
Decenas de cabezas colgaban de las paredes; le observaban con ojos de cristal: búhos, ciervos y tigres, sus piezas más perfectas.
Pero él no se conformaba con la perfección externa ya lograda, quería llegar más lejos, entrar en el alma del animal, devolverle la vida. Poder llegar a ello le provocaba una sensación inmensa de poder.
Después de muchos años de pruebas y fracasos, se decidió con la definitiva en el cuerpo del cocodrilo, su obra por excelencia. Y es que los ojos de aquel reptil no parecían estar fijos, ni daban sensación de frialdad. Reflejaban emociones.
Fue entonces cuando el cocodrilo parpadeó y, mientras se frotaba las manos de satisfacción, se le ocurrió la idea de regalárselo al impresentable de Fermín, su cuñado. Aunque antes tendría que afilarle bien los dientes.
Quito la llave del contacto y los cinco que formamos el equipo médico bajamos del vehículo. Gritamos palabras sin eco que desfallecen nada más pronunciarse. Pero volvemos a gritarlas: ¿Alguien puede oírnos?
Las cordilleras de escombros por las que trepamos no distinguen hospitales de escuelas, funerarias de guarderías. Si hubo parques o jardínes, avenidas o callejones, nunca lo sabremos. Me vuelvo a preguntar en qué clase de animales nos hemos convertido. Pero no, ellos no son capaces de esto. No se autodestruyen como nosotros.
Gritamos y volvemos a gritar: ¿Alguien vivo? Y, entonces, ocurre. Un instante. Un sonido. Nuestros corazones que se encojen. ¿Es posible que haya supervivientes en esta devastación? Y se hace real, despacio, ante nosotros y el silencio. Mantiene las distancias. Huesos y piel. Desconfía. Se aleja para volver a acercarse. Cómo confíar en la peor criatura a la que se puede enfrentar un ser vivo.
Ahora podemos verle. Ojos secos, hambrientos. Ojos vivos. Él, que en otro tiempo debió ser un perro, nos mira sin saber bien qué decir.
(Basado en el testimonio de Stephan Dujarric, Naciones Unidas, en Gaza: «Cuando finalmente se autorizó la misión ayer, no se encontró a nadie con vida”).
El anciano se queda algunas noches como un tonto mirando la luna. Apenas parpadea. Sus ojos surcados de cráteres viajan miles y miles de kilómetros. El molesto regolito, finísimo y gris, le sirve como excusa para frotarse los ojos y esconder, de paso, las lágrimas que se le escapan. Las huellas que una vez dejó allí desaparecieron hace tiempo. Pisadas que un día fueron un hito pero que hoy la mayoría minimiza, o ni siquiera cree. El viejo se retuerce de frustración y de rabia. Sus pupilas dilatadas se convierten en el espacio mismo, negro e insondable. Un aullido largo y sentido pone fin a sus ensoñaciones. Se adentra en el bosque. Su pelaje de plata desaparece en la espesura.
Esmoki ladraba con firmeza aunque sin la energía de antaño, esa jamás volvería. Su cabeza apuntaba con la seguridad de la experiencia hacia un hueco en los escombros. Su pelo, escaso y ajado, realizaba un esfuerzo por tensarse aparentando una emoción que había dejado de sentir.
Sus acompañantes miraron el agujero y desecharon la idea de mover los cascotes, si bien la última sacudida aconteció una semana atrás, todavía podía haber algún sobreviviente, también decenas de fallecidos, pero no les interesaban, serían tan solo competencia en busca de un alimento ya escaso y huidizo.
Esmoki insistía ladrando alrededor del socavón intentando con sus macilentas patas apartar tierra. Una mano emergió de la profundidad y el perro se lanzó a por ella. Sin ninguna resistencia se desprendió del brazo. Con su trofeo en la boca corrió a sentarse apenas unos metros más allá y, agotado por el esfuerzo, comenzó a dar gruesos lametones a su comida.
Sus acompañantes, al unísono, comenzaron a taponar la grieta con las pequeñas rocas que podían levantar, algunos ni siquiera fueron capaces de eso. No debían arriesgarse a que nada saliera de allí. Se volvieron y miraron a Esmoki, tal vez había dejado de serles útil.
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