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Mi padre, que nunca tiene tiempo para mí, me ha prometido que pasaremos, en mi próximo cumpleaños, una jornada de pesca los dos solos. Me ha llevado al salón y, una vez más, me ha puesto frente al pez que tiene disecado dentro de un cuadro colgado en la pared. Mi primer ejemplar, ha señalado con orgullo, y ha vuelto a contarme con el énfasis de la primera vez, el día que lo pescó junto al abuelo. Tenía tu edad, ha puntualizado.
Da por hecho que seré pescador, igual que considera que algún día seguiré con el bufete familiar y que elegir fútbol como actividad extraescolar es lo idóneo. Yo descuento los días que faltan para mi cumpleaños deseando que el tiempo se dilate, miro el cuadro y noto el ojo inerte y redondo del pez clavado en el mío, amenazador…, sin embargo, la curva triste de su boca parece suplicar que deje vacío el hueco que hay a su lado, ese que papá da por hecho que debo rellenar.
Se detuvo un instante, y tras tomar aliento reanudó la carrera. Lo único que quería era reunirse con ella, echarse en sus brazos. Luego, cuando estuvieran juntos, y mientras lo acariciaba con calma, él la besaría como siempre, con el ansia de cada reencuentro, sin pasar por alto ni un solo rincón de su rostro, de su cuello, de sus manos.
Empujado por esos recuerdos de aquellos días felices en los que los dos estaban solos, a los pocos metros vio una curva, por lo que apretó el paso con ilusiones renovadas. Sin embargo, al igual que en las anteriores ocasiones, no se encontró con el coche de ese maldito tipo con el que ella se había marchado, sino, una vez más, con el polvo del camino.
Entonces miró hacia arriba y se le escapó un aullido, un lamento que lanzó a las estrellas. Después, cerrando los ojos, cayó al suelo y se quedó ahí tirado, sin fuerzas para levantarse de nuevo ni para llamarla a ladridos.
Se despierta con el canto del gallo. Desayuna miel que extrae de una colmena, situada detrás de su cabaña. Una vez a la semana se hace la pedicura y manicura. Va al lago y se sienta en una piedra al lado de la orilla. Sumerge pies y manos y tan solo, espera. Al poco rato llegan los pececillos que, con sus minúsculas bocas, le arrancan las pieles muertas. Al mediodía come larvas de escarabajo rinoceronte y huevos de codorniz, ricos en hierro, fósforo y zinc. Cada quince días, la ardilla Florentina le hace la depilación con sus diminutos dedos ágiles. Cuando tiene migrañas, Julio, el chimpancé desciende raudo de las ramas para darle masajes meticulosos. Si sufre un lumbago, llama al elefante. Este coloca su enorme pata sobre la espalda, presionándola ligeramente y, al instante, ella vuelve a estar como nueva. Antes de acostarse, se baña con leche de burra. Le ayuda a mantener las articulaciones en buena forma y a lucir una piel elástica. Por la noche, escucha notas melodiosas con el ruiseñor o tonos melancólicos con el mirlo. Los sábados prefiere algo más alegre, rápido y musical. Es el turno entonces de la bandada de canarios.
Vivimos en el mejor lugar del mundo: hay comida de sobra, tenemos todos la misma raza y es imposible que entre alguien de fuera. Muchos nos llaman gusanos y demandan que cambiemos. Así será… Nos sentimos tan felices que, en breve, volaremos dentro de este hermoso ataúd.
Reunidos en el ágora, Zenón explicó que, en teoría, Aquiles, el guerrero más veloz de la época, nunca podría vencer a una tortuga a la distancia de un estadio; a condición de que se le diera a esta un palmo de ventaja y se supusiera que no se detendría en ningún momento. Sobre arcilla fresca y punzón en ristre, evidenció con gráficos que cuando Aquiles alcanzara el punto de arranque del quelónido, este ya habría avanzado algo y, cuando recorriera ese algo, la tortuga ya estaría más adelante, y así hasta el infinito.
Ireneos, filósofo de la corriente escéptica, de cuál si no, retó a la demostración práctica, y cuantas veces enfrentaron a un hastiado Aquiles con la tortuga, el humano rebasaba al animal con humillante suficiencia poniendo en ridículo la teoría del estoico.
Ahí quedó el debate entre Ireneos y Zenón hasta que, varios siglos después, un tal Albert, mirando a su tortuga mascota, lo resolvió con una ecuación bien simple: e=mc²; donde e es la longitud en metros del estadio, m el grado de mosqueo del corredor y c² (o cc) la curvatura del caparazón de la tortuga (por la cosa aerodinámica, aún por definir).
La dependienta nos explicó que podría vivir hasta dos años cuando le regalamos el hámster al niño por su Primera Comunión. El chico ya se ha casado y divorciado y el dichoso ratón ahí sigue, dándole a la rueda, noche tras noche, con ese insufrible ruidito taladrándonos la cabeza. Pronto comulgará el nieto pero no para de repetirnos que él prefiere un aifon de esos.
El pez de plata empieza a devorar las páginas del poemario dedicado de Rubén Darío. Tampoco ha podido contenerse el pez de bronce, que hace lo propio con el exquisito opúsculo de Lope. En lo más alto del podio, el pez de oro espera con ansia recibir las obras completas, también dedicadas, de Octavio Paz.
De pequeña me consolaban diciendo que tenían siete vidas. Luego, muy pronto, comprendes que no es verdad. Como no lo es que las Navidades nos vuelven buenos, y que el ángel de la guarda nos protege. No existen los Reyes Magos, ni el Ratoncito Pérez. Ni un Dios justo ni un mundo con final feliz.
Solo son verdad las mañanas grises. Los tibios rayos de sol entre las nubes. La gente gris. Los tejados para salir a pasear. Una pata rota y unos niños crueles.
Hoy es el día en que debo cumplir mi destino. Desde su rama, ella me observa con sus ojos saltones. La veo frotar sus patitas como si estuviera rezando. Como si pidiera perdón antes de tiempo. Quizás debería huir, ahora que todavía estoy a tiempo. Pero debo garantizar la supervivencia de la especie.
Me acerco despacio, intentado ganarme su confianza. La rodeo, estrechando el círculo cada vez un poco más, hasta que mis antenas tocan las suyas con suavidad. La cubro y ella se deja hacer sin oponer resistencia. De repente, siento las espinas de sus patas clavándose en mí. Y sé que ya no hay vuelta atrás.
El primer mordisco es el que más duele. Los siguientes apenas los noto. Pronto pierdo la cabeza, pero, aun así, mi cuerpo sigue copulando. Cuando todo termina deja caer al suelo lo que queda de mí. Restos de mi abdomen y fragmentos de mis alas rotas.
Dos semanas después mi amante religiosa pondrá los huevos. Y yo habré perpetuado mi linaje.
A mi perro le falta un ojo, parece ser que a causa de una desgraciada pedrada. Por eso le pusimos de nombre “Pirata”. Por eso, y también por sus sigilosas incursiones a la cocina al olor de la comida. Pero sobre todo, porque a todos en casa nos ha robado sin remedio el corazón.
No quería engendros. Se negó a admitir mezclas de animales y tampoco permitió aberraciones devueltas a la vida artificialmente. Ni dinosaurios, ni dodo, ni bichos recauchutados genéticamente. Los muertos están muertos, y esto iba de salvar a los vivos.
Le había llevado años preparar la nave, pero todo estaba listo. Justo a tiempo para huir de la canícula definitiva. El desierto se apoderaría del planeta y él salvaría de nuevo a todas las especies cuando eso ocurriese.
Dejó para el final la elección de la hembra humana. Buscó un ejemplar joven y en buena salud. Además, como representante macho de la especie, escogió a su gusto. 18 años, ojos claros, delgadita pero con curvas y una sonrisa cautivadora.
Una vez concluida la selección, y antes de que el calor apretara mortalmente, la enorme máquina despegó sin problemas y partió hacia el espacio en busca de un nuevo lugar habitable.
Tres días tardó en devolver su pareja a la Tierra. Reguetón non stop, pereza, caprichos y postureo permanentes acabaron por trastornarle y hacerle comprender que la especie humana no merecía continuar.
Un maullido interrumpe el silencio de la noche, despertando a Mateo de su sueño. Mientras se incorpora, el niño nota cómo Mittens, su gato, salta a la cama, seguido inmediatamente por Luca, el pequeño compsognathus.
Mateo se despereza y empieza a separarlos. Sus padres, alertados por el ruido, acuden a la habitación. —Mateo, tu madre y yo decidimos regalarte el viaje al Jurásico por tus buenas notas, pero me da que no fue una buena idea, y una mucho peor fue que te escaparas en plena visita y trajeras a escondidas dos huevos de dinosaurio.
— Lo sé, papá, pero ahora no podemos devolverlos. Sé que se pelean mucho, pero ya se llevan mejor — respondió Mateo. La conversación es interrumpida por el bramido de Braulio, el diplodocus, cuya cabeza aparece a través del agujero practicado en el suelo.
— ¿Y qué me dices del diplodocus? Ayer nos llegó la factura del ingeniero por el recálculo de la estructura — protesta su madre. No podemos seguir así»
—Lo siento mamá —responde el niño, cariacontecido, y ajeno a que que debajo de la cama, tras romper el cascarón, se asoma una cría de tiranosaurio, a la que aún no ha puesto nombre.
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