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─No lo niegues, Victoriano, he visto el color del billete. ¿Les has dado 5 duros? Tú y tus quijotadas, nunca cambiarás. Así terminaba el reproche de la abuela Tina a su marido.
Y ella dándose la vuelta se iba a la cocina “rumiando”: ¡Habrase visto cosa igual!, este hombre será toda su vida un “babión”.
─No te vayas “rutando”, Tina. No es para tanto, mujer. Es solo una vez al año y además, hoy han venido muchos. No querrás que les dé una peseta para todos. Con eso no tendrían ni para chupar de un cigarro.
Hacía muchos años que las estrecheces en casa de mis abuelos, en el barrio de Madriro de Orejo, habían terminado. Vacas, doscientas, prados en la marisma y en otros lugares, premio como mejor ganadero de Cantabria… Hasta fueron objeto de robo a mano armada de la partida del Cariñoso. Pero la abuela nunca cambió su carácter frugal.
Los muchachos del pueblo sabían de la generosidad de mi abuelo. En el tiempo de las ”Marzas”, cantos de anuncio de la primavera, su primera visita coplera, apoyados en sendos palos con farolillo, era a Victoriano Lavín. Después aclaraban sus voces en la cercana fuente del Cerizo.
Me sentí feliz cuando ella me planteó una cita tras las clases, a pesar de tener que prescindir de la compañía habitual de mi fiel amigo, el único que prestaba atención a mis historias de castillos, dragones y encantamientos.
Tardé en descifrar que en sus ojos había trazas de burla, confirmada cuando se marchó sin despedirse, minutos después.
Lleno de desconcierto, vi cómo se unía a un conocido grupo de pendencieros, que manteaban a mi compañero en el parque.
Los labios de la bella quedaron adheridos como ventosas a los del cabecilla de aquellos galeotes. Comprendí entonces la artimaña para entretenerme y cebarse con el débil como diversión. Mi estatura también dejó de imponerles respeto. Ambos acabamos apaleados.
La dama de mis pensamientos resultó cómplice del mal. Mi amigo, herido por la decepción y los estacazos, ya no quiso ser escudero de alguien de figura tan triste como incapaz de desfacer agravios. Los villanos vencieron.
Encerrado en mi cuarto antes de que en casa descubriesen las magulladuras, abrí uno de mis bálsamos espanta miedos e inventa futuros. Fui consciente del inevitable efecto secundario de tropezar de nuevo con la pétrea realidad, pero dejó de inquietarme después de varias páginas.
Me voy a comprar un parangón amigo Sancho. Había oído decir que yo estaba tan loco que no tenía parangón. Me dolió. Mi ego se sintió herido. Yo no podía soportar haber llegado a estas alturas de mi vida y que alguien, con cierto predicamento en libros de caballería, se refiera a mi ingenio en esos términos. De ninguna manera.
Yo quiero tener parangón. Me lo pondré bajo la bacía a la altura de la ceja izquierda ¿Dónde puedo adquirirlo? pregunté en la reunión vecinal de la corrala y Doña Aldonza me susurró “Bastante cerca de aquí; en el zoco lo venden y te lo colocan a la altura de la ceja; lo hace un barbero que presume de habérselo puesto al mismísimo Amadís de Gaula y en su último viaje a las Galias, al hipocrático Fierabrás”
Así lo hice, y en adelante nadie se atrevió a decir que yo no tenía parangón. También me sirvió para darme cuenta de que Doña Aldonza sabía que yo estaba enamorado de ella… sin parangón.
Ayer nos cruzamos a la salida de misa de doce. Nuestras miradas y sonrisas se abrazaron en silencio. Su sonrisa… sin parangón. Mi mirada… con parangón….
-A este lo han encontrado tirado en la calle, como un perro.
-¿ Sobredosis? ¿alcoholismo?
-Que va…aunque está en los huesos. La comida escasa y el frío, con esa edad…pobre hombre. Una víctima de la mala vida. Mira todas las cicatrices que tiene en el cuerpo, la mayoría antiguas. Le han debido de dar buenas palizas.
-Quizás se las haya buscado.
-Quién sabe. A pesar de su aspecto parece de buena familia: las manos finas y sin señal de haber trabajado mucho con ellas.
-Igual le fueron mal los negocios, o lo perdió todo en el juego, o un trastorno mental…
-Vivir al margen acaba volviéndote loco.
-Otro que, si nadie se hace cargo, irá a parar a la facultad de medicina.
-Se va a librar de que lo troceen los estudiantes porque lo ha reclamado una mujer.
-¿Una “ex”? ¿ una pariente?
– Ha dicho que no es de la familia pero que quería darle el entierro que se merece. Aunque, por las pintas, no parecía sobrada de dinero.
-Quizás el muerto haya sido su caballero andante, ja,ja. ¿Cómo se llama la tal?
-En este papel que ha firmado lo pone: Aldonza Lorenzo.
Por un canal de La Mancha Televisión lo vimos alunizar en directo. Se hacía llamar teniente John Lewis, y de aquel Juanlu seco de carnes que pasaba los veranos en el pueblo permanecían su expresión taciturna y una sombra rojiza en la mejilla, vestigio de una antigua caída.
Nada más tocar suelo se arrodilló sobre el polvo lunar. En tanto que el resto de la tripulación daba saltitos de alegría contenida entre los cráteres, él llenaba saco tras saco. Con cada golpe de pala, se dirigía a cámara: «El que la sigue la consigue». La prensa creyó vislumbrar en sus palabras la consagración del sueño americano, pero bien sabíamos en El Toboso quién era la destinataria del castizo refrán. Aunque de aquella Clara que tan alto precio pusiera a un beso solo quedaba entonces una lápida, hecho que él ignoraba.
Y aún ignora. A sus setenta años continúa al frente de las expediciones. Hace mucho tiempo que de la luna sólo vemos un cuarto, cada vez más menguante.
Tenía que conseguir su atención como fuera. Se conformaba con que el ilustre profesor mirara sólo una de sus preparaciones. Con eso, todo el esfuerzo de los últimos años habría merecido la pena. Estaba cansado de las negativas que le habían dado otros prestigiosos catedráticos que asistían al congreso. Era su oportunidad final. Se acercó a él con decisión y sin darle tiempo a que se opusiera , le suplicó en un humilde francés que aceptara contemplar sus hallazgos. Quizá fue la determinación del joven doctor que casi lo arrastraba o el aburrimiento por los múltiples halagos del grupo de científicos que le rodeaban, el Dr Kölliker aceptó el reto. Tras mirar por el microscopio, que el insistente colega había traído desde España, supo que estaba ante algo único. Con calma fue observando cada una de las muestras, mientras escuchaba la nueva teoría sobre el sistema nervioso que rompía con todo lo que sabían hasta entonces. Al finalizar, le preguntó cómo se llamaba y supo que ese apellido llegaría muy lejos.
Aldonza corrió a cerrar todos los portillos y ventanas. Apagó los candiles de la venta y mandó a mesoneros y mozos de cuadra encerrarse en sus aposentos y guardar silencio. Había fuera unos extraños con aspecto de malhechores que no traerían nada bueno a la hacienda. Y más ahora que se había corrido la voz de que el ilustre caballero Don Quijote de la Mancha había anunciado por todos los caminos su deseo de, en cualquier encrucijada, tomar rumbo al Toboso. No tardaría en aparecer y por ello, camastros y caballerizas aguardaban la jubilosa llegada del hidalgo con sus cincuenta escuderos que, según narraban, habían derrotado con éxito y distinción a gigantes, condenados y malandrines de toda La Mancha.
Solo los grillos y el parpadeo de las estrellas más lejanas interrumpían la soledad de la noche. Desde el patio, un bodeguero lleno de pulgas se revolvía y aullaba la despreciable presencia de los merodeadores.
—Ladran, Sancho, señal que cabalgamos.
Te lo juro, cariño, si tuviéramos dinero, todo sería diferente. Aquí siempre se han hecho las cosas así y no nos va tan mal. Mira nuestra familia: tu padre y yo. Al final aprendí a ver sus cosas buenas y ahora no lo cambiaría por otro. A ti te pasará igual. Con el tiempo terminarás enamorándote.
Aunque nos cueste admitirlo, igual que ellos sin nosotras no son nadie, nosotras necesitamos un hombre al lado. Cariño, todos tienen algo bueno, solo hay que aprender a verlo.
Anda, quita esa cara, mi niña, que no hay porqué llorar. Yo siempre estaré ahí para lo que necesites. Y, por mucho que sea el señorito, si te tratara mal, tu padre le arrancaría las tripas a bocados. Está bebiendo menos y ha prometido dejarlo. Sabes que solo tenemos el jornal que le pagan los señores, pero ya sabes lo que dice siempre: «Antes que humillarme como un becerro, nos largamos con lo puesto».
Cuando lo de aquel dinero no nos fuimos porque no se pudo. Aquello fue diferente. Y lo de tío Antonio, al final, nadie lo presenció.
Todo va a estar bien, mi niña. Que me caiga muerta si no es verdad.
«El sábado cumplo sesenta y quizá no llegue al siguiente, así que os ruego que vengáis, debo contaros en persona algo muy importante, me gustaría que os acompañen vuestras parejas». Mensaje de WhatsApp de la madre a sus hijos.
Han llegado los cuatro. Tras las felicitaciones, besos y abrazos, les reúno en el salón después de más de tres años sin vernos.
-Es momento de poner las cartas boca arriba, de sincerarnos y que vayamos con la verdad por delante, no más engaños. Empezaré yo, gracias a mi falsa alarma sobre mi salud, al fin nos juntamos. Tengo una relación con un italiano desde hace un año, los dos somos viudos. Te toca hijo.
-No soy médico, trabajo de celador, también como monologista en un garito, estudié interpretación. Le toca a mi hermana.
-Curro en un supermercado, y también cuido niños. No aprobé la oposición y nunca he trabajado en ningún ministerio.
-Algo sabía, hijos. Lo importante es que seáis felices. Y por cierto, hija los ojos te brillan al mirar a la supuesta novia de tu hermano, y viceversa a tu hermano, las madres para eso tenemos un sentido especial. Ya puedo soplar las velas, me siento radiante.
La abuela tenía la mirada perdida en el horizonte que acababa en la pared de su dormitorio. Hacía varias semanas que había dejado de hablar y unos pocos días que ya no comía. No sabíamos hasta qué punto dormía con los ojos abiertos o simplemente no estaba. Me eché a su lado, cogí su mano, la obligué a abrazarme y juntas miramos la pared. En ella imaginé su vida: los primeros años de su infancia, el duro trabajo en el campo, subir a un tren sin destino claro y bajar con paso torcido. Todo va a salir bien, se dijo a sí misma sin convencimiento, pero cuando su marido la miró, ella sonrió y asintió con la cabeza. Vamos, ya no podemos volver, y se perdieron por la ciudad. Cuando desperté, la abuela ya no estaba. Yo seguía acurrucada en la misma posición y mamá me abrazaba y acariciaba el pelo. Quise hablar, pero ella me dijo que todo iba a salir bien y entonces supe que no hay mayor mentira en la vida que te mantenga con esperanza. Y la abuela, desde la pared, me sonrió y asintió con la cabeza.
El patio de mi casa es particular pero allí estaba Don Gato y Susanita con un ratón en su regazo. Yo, la virgen de la cueva, llueva y llueva mientras que Petito Grillo repetía una y otra vez lo que había que hacer. Al final Don Gato, que no quería ser casado, saltó desde el tejado. Susanita, vestida de azul, empapada y sin canesú se fue en un barquito chiquitito que no sabía navegar. Pasaron un dos, tres, cuatro, cinco, nueve meses y el ratón acabó debajo de un botón. Don Gato vive otra de sus seis vidas y ya tiene cinco lobitos. Mi Pepito ahora es Don José, un tipo requetefino, que por mi casa ya no pasa. Mi niña fue a jugar pero no pudo jugar porque tenía que navegar, y yo no la vi.
Yo también quisiera ser tan alta como la luna y bailar en el corro de las patatas pero mis vecinas me dicen gallina y que estoy loca de verdad porque cuando vamos a contar mentiras yo pongo un huevo y pongo dos, y no me dejan, pobrecita, que ponga diez. Que cantando se alegran, cielito lindo, los corazones.
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