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Pocos apostaron por que la frágil embarcación de madera alcanzase la costa cubana. Quijoterías, murmuraban. Apenas aguantaba el peso de los 82 hombres que achicaban agua desesperados, hambrientos, secos de vómitos, diarreas y falta de líquidos. Siete días duró la travesía hasta que encallaron en un manglar a dos kilómetros de la playa. Batista, con un ejército de unos 80.000 hombres, los esperaba. En aquella primera derrota la mayoría de los guerrilleros encontraron la muerte. Poco más de veinte supervivientes consiguieron refugiarse en la Sierra Maestra.
Y nació el Ejército Rebelde, la forja de una revolución que no tardaría en convertirse en leyenda y decorar camisetas, gorras, posters, carpetas, sudaderas. El apoyo del pueblo sembró la isla de esperanza y, con la simpatía de la prensa internacional, los insurrectos enamoraron al mundo entero.
Por una Cuba libre, antimperialista y democrática.
El 1 de enero de 1959 los héroes victoriosos desfilaron por La Habana ante unos cubanos que por fin abrazarían la libertad. La gran promesa del Año Nuevo.
Pero pronto llegó la Comisión Depuradora, los juicios, los fusilamientos, las masacres y el Partido Único. Desde entonces, los cubanos que no abandonaron la isla, aún esperan la llegada del último barco.
Se cree un «desfacedor de entuertos», como el Quijote, dispuesto a «librar batallas» por el bien de otros. Mediar en disputas que no le van ni le vienen le ha costado, solo este último mes, un moratón en el ojo, un dedo roto y que lo dejara su pareja. Pero la cosa se le ha ido de madre. Se ha metido tanto en la novela negra que está leyendo, que sufre sabiendo que la protagonista va a palmarla. Así que, al hallar un borrón en la impresión de la página 102, se ha colado por él en el libro escondiéndose en el rincón del ascensor. Al entrar la chica en el portal, sale a su encuentro para contarle lo que pasará dos capítulos más adelante. Ella se asusta, da un traspiés, cae sobre los primeros peldaños y se desnuca. Tras este lance, él se ha convertido en el malo de la historia. Huye a toda prisa cuando escucha al novio de la muchacha bajar por la escalera, llamándola. Ahora está en busca y captura, vive con lo puesto y lo peor es que no localiza el manchurrón por donde llegó. Seguro que lo hizo desaparecer el villano de la trama…
—Señor, ¿por qué ha de hacerme loco ante los ojos del mundo? —reclamó, acero en ristre, el hidalgo caballero saliendo del manuscrito.
Sancho, que se filtraba tras su amo, añadió: —Y a mí, ¿por qué me pinta tan necio? ¡No soy tan mentecato como parezco!
Don Miguel dejó la pluma palpitando sobre el papel.
—Mis queridos personajes, en vuestra locura y simpleza está la cordura del mundo.
-¿Y si no queremos volver al papel? —insistió el caballero.
—Entonces el libro quedará inconcluso y jamás serás inmortal. No habrá historia, gloria, ni memoria.
Don Quijote bajó su espada
—Sea, señor escritor. Mas ponga en mí algo de juicio, que no todo ha de ser fantasía.
Y con un leve empujón regresaron a las páginas, mientras Cervantes escribió sin dejar de mirar su mano izquierda: » Cada uno es como Dios le hizo y aún peor muchas veces”
Dulcenombre de María empujó el carro en el que transportaba dos grandes odres. La cuesta parecía más pendiente al atardecer y la subió con esfuerzo. Sudorosa, dejó los pellejos dentro del molino vacío. La siembra de aquel año era escasa y apenas quedaba grano dentro del depósito. La joven se sentó sobre unos atados de paja. Sintió el aire fresco del recinto y sesteó allí un poco.
La despertaron las pisadas de un caballero asomado por el vano de la puerta. Al contraluz los odres parecían dos bestias corpulentas. El forastero se asustó y blandió la espada en alto, pero la chica se interpuso para evitar que los rajara y se perdiera el vino que contenían.
El caballero pidió disculpas. Se presentó como Miguel, soldado y poeta. Ella prefirió darse a conocer como Dulcinea que, a pesar del arabismo, ocultaba su origen de huérfana indiana, proveniente de América. Indicó al extraño el camino más corto para llegar a caballo, hasta una posada en El Toboso.
Lo despidió agitando la mano cuando el sol se ocultaba tras las aspas del molino derramando su sombra colosal, como la de un gigante a punto de saltar sobre la planicie.
La culpa es de la nueva maestra quien dice venir de un lugar de La Mancha que no nombra. Nada tienen que ver sus enseñanzas con las de Don Sancho, tan sensatas y realistas que no se salían de la caligrafía y la gramática de toda la vida. Esta maestra ha venido, según sus propias palabras, con ganas de sembrar para más tarde recoger. ¿Sembrar qué? ¿Sembrar dónde? Ni que los niños fuesen campos… Ya verán, ha dicho. Ustedes déjenme a mí. Y los padres, agotados por las larga jornadas en los campos, la dejan, más preocupados por si germinará lo sembrado en la tierra que por lo que ha de dar frutos en sus hijos.
De pronto, los niños, en lugar de celebrar la oportunidad de librarse de ir a la escuela para ayudar en casa, suplican para poder acudir. Pasados los meses se aprecian grandes cambios en los chavales: los cobardes hablan de emprender retos inabarcables, los tímidos abordan a los vecinos con locuaces discursos, los sensatos tienen una expresión soñadora en el semblante y, qué decir de los esquivos, tornados en románticos pasean como flotando, con bandadas de pájaros trinando alegres sobre sus cabezas.
Otra vez igual, absorto entre las páginas de las novelas, llega tarde a esas clases en la piscina que tanto le disgustan y que su madre le obliga a acudir. No se explica la importancia de saber nadar en mitad de tanto campo.
Coge la bicicleta y pedalea lo más rápido que sus piernas le permiten. En el camino, donde las últimas casas desaparecen, se topa con un ejército preparado para la lucha. Recortados en el horizonte los gigantes agitan los brazos provocando al grupo que corta su paso. Primero mero observador les da ánimos a los soldados que van a defender su aldea, pero decide dar un paso al frente y montado en su caballeriza sale derrapando ladera arriba. Se ve el salvador, quien derrote a los gigantes. Así su fama correrá por toda la comarca y esa dulce niña que se sienta a su lado en la escuela caerá prendada de su valentía.
Las aspas de los molinos y los pisotones de las ovejas hacen el resto. Su cuerpo magullado descansa en la cama con la mirada fija de su madre entre disgustada y apenada, que decide regalarle “Don Quijote de la Mancha” para entretener su convalecencia.
El escritor novel se presentó esperanzado en el campo de Criptana. Con la fresca del día siguiente y las muchas cuartillas que llevaba en un zurrón, anduvo por la llanura mientras los ojos se le llenaban del lila alegre y las narinas de un aroma especiado. Las esbrinadoras bregaban con la flor; le susurraban un buenos días avaro para no perder tiempo en la recogida del azafrán. Una observó su enclenque figura y él se ruborizó con la mirada de aquella Dulcinea. Caminó algún tiempo sin rumbo hasta toparse con los gigantes. A la boca le vino un regusto a Quijote y a los oídos el parloteo tosco del panzudo Sancho. Sacó papel y una pluma de ganso que había adquirido para empezar la novela. Convocó a las musas, que no acertaban a llegar. En la espera, se quedó dormido. Despertó con el estrépito de un viento de vendaval. Las decenas de folios volaron en todas direcciones, pero se quedaron enredados en las aspas del molino bajo el que hizo la siesta. La pluma acabó en un lodazal. De algún rincón escondido del paisaje se vinieron a ráfagas miles de risotadas. Y él, maltrecho, se volvió a la capital.
Mis antepasados fueron tipos de mucha acción que cabalgaron el mundo por ínsulas y penínsulas. Vivieron aventuras, sufrieron lances, sin miedos a nada ni a nadie, y fueron ellos los que siempre sostuvieron las corduras de aquellos que eran su compañía. Si alguien se lanzaba contra unos gigantescos molinos, allá que iban con pasos firmes al rescate. O cuando un hombre de enjuta figura —triste por lo visto y que es referencia en la familia— quiso liberar presos que iban a galeras y fue él quien salió condenado a piedras y los otros a esquivarlas. Si alguien enfrentaba unos leones, todos daban la espalda, hasta los leones y, por supuesto, mi tatarabuelo, para evitar un exceso de sufrimientos a la vista…
—¡Voy!
Me han contado que después de una pelea con unos ejércitos lanudos, él se detuvo a estudiar la situación —era muy reflexivo el tatarabuelo— y en las lindes del campo quedó a rumiar sus pensamientos… Como yo.
—¡Que ya voy, repezuñas!
Hasta para esto somos indispensables: para hacer girar la rueda. Y el mundo. Y para sacar agua del pozo, que no solo se vive de hierba, cebada y heno. Anda que nos son burros estos humanos.
Hallan momia de Alonso Quijano con cerebro de configuración anómala.
Consuegra, Toledo. Mayo de 2025
Un hallazgo arqueológico sin precedentes ha sacudido la tranquilidad manchega. En la penumbra de una cueva manchega cercana a los molinos de Consuegra, un grupo de espeleólogos locales han descubierto una momia, identificada preliminarmente como Alonso Quijano —más conocido como Don Quijote de la Mancha— enterrada junto a una oxidada armadura, una lanza rota y un ejemplar del Amadís de Gaula..
Al abrirse el cráneo no se halló polvo sino un cerebro en perfecto estado de conservación pese a los siglos transcurridos. Los científicos del Instituto Nacional de Antropología han confirmado que conserva una estructura interna compleja, con patrones neuronales «inéditos en la especie humana. Sus pliegues dibujan laberintos jamás vistos, arquitecturas de fantasía épica” ha declarado al examinarlo la doctora Belmonte, neuroarqueóloga. “Como si hubiera reescrito su propia biología para soñar despierto”.
El hallazgo ha desatado furor mediático y filosófico. ¿Y si la locura de Don Quijote no fue enfermedad, sino evolución?
Mientras tanto, los molinos de Consuegra vuelven a girar. Pero esta vez, lo hacen bajo la sospecha de que el caballero nunca fue solo una ficción.
En cuanto entras al vagón sé que eres la Dulcinea con la que siempre he soñado. Aprieto mi lanza contra la pierna cubierta por la armadura para hacerte un hueco, pero prefieres sentarte dos filas por delante.
Eso me confirma que eres tú. Recatada, tímida, evitas acomodarte junto a un desconocido. Y es que aún no sabes que soy yo.
Siendo el único de todo el vagón que sostiene un yelmo digno del más valiente caballero, debes haberme reconocido. Pero es muy de damisela el hacerse desear.
Me pongo en pie arrastrando mi carga metálica y me acerco. Te giras y veo terror en tus ojos. Tu mano busca la protección del gigante que, ahora entiendo, te acompaña. Tiene en los brazos cabezas de dragones pintadas y cuando me mira, el aro que lleva encajado en la nariz se balancea.
No dudo un instante. Debo rescatarte de sus garras. Clavo mi lanza en su ojo de cíclope ebrio.
Después todo se sucede: tus gritos desesperados, los otros gigantes, la carrera por las vías, mi siniestra perdida en la restriega y el silencio de esta celda en la que empezaré a escribir la mejor novela de caballería de todos los tiempos.
Desde que tiene uso de razón, siempre se ha desvivido por las causas que consideraba injustas: la repugnancia natural que la mayoría siente por unos seres tan admirables como las cucarachas, la mala prensa que adquirieron las mochilas tras los atentados de Madrid, el repudio de los lectores a la poesía checa contemporánea, la crítica feroz al triciclo, la ignominia sufrida por la Coca-Cola de vainilla. Por eso, cuando contempla desde la ventana la feliz estampa de los niños jugando en el jardín, toma una decisión: no va a ceder ni un centímetro en la reiterada petición de su mujer cada vez que llega el momento de la poda. Esta vez, no. Y mientras siente el fuego subiendo por su cabeza, ya visualiza el frondoso skyline de Nueva York, visto desde Brooklyn, con las verdosas torres gemelas incluidas, rodeando toda su casa. No habrá un seto igual en todo el vecindario. La gente vendrá a hacer fotos, le preguntarán cómo ha sido capaz de llevar a cabo tal hazaña, alguno incluso le pedirá un autógrafo. Y, una vez más, los sueños, por muy pequeños que sean y aunque pertenezcan a una sola persona, vencerán a la razón.
Una tarde soleada, don quijote y su amigo sancho panza iban paseando por el campo en busca de nuevas aventuras. Estaba anocheciendo y don quijote llevaba una antorcha en la mano. Por el camino se encontraron un avispero. Don quijote no vio el avispero, y le dio con la antorcha sin darse cuenta. En el momento en que las avispas empezaron a revolotear, le dijo a sancho:
-Nos atacan, nos atacan, déjame la lanza
Pero don quijote, solo son avispas.
-No, déjame el escudo que nos invaden sancho, nos van a atacar. Hay que estar atentos.
Pero don quijote, finalmente no pudo deshacerse de las avispas, tanto él como sancho estaban llenos de picaduras.
Así que ambos 2 se fueron en búsqueda de nuevas aventuras.
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