¿Te falta alguno de nuestros recopilatorios?
PREMIO A CURUXA 2024
PREMIO SENDERO EL AGUA 2024
***
más de 15000 relatos

más de 6 millones de visitas


La motillo de hoy va bien, un chasis enclenque, pero un motor duro, fiable. Y sobre ella, Quino cabalga cuál intrépido caballero en su jornada de tarde-noche. De 8 de la tarde hasta las 12 de la noche, en que termina el reparto de la pizzería. Él tiene fama de llegar siempre a tiempo, con el pedido calentito y una sonrisa. Esto le proporciona muchas propinas, de pequeña cuantía, claro; su territorio es humilde, él es de ahí. Pero al mismo tiempo esto le genera animadversión entre sus compañeros, especialmente de Íñigo, el más antiguo y el que siempre elige moto el primero. Quino lo sabe y le duele, no lo entiende, siente que les incomoda su presencia, pero es su trabajo…. Hoy intentará revertir la situación. Es viernes, habrá mucho trabajo y muchas propinas. Buen ánimo. Al acabar la noche, y antes de despedirse todos hasta mañana, lo suelta: «Bueno, amigos, hoy ha sido mi último día.»
Silencio y miradas incrédulas… Alguna sonrisa clandestina…
«¡Qué hijoputa, ahora tendremos que hacer tu trabajo!», exclama el más viejo.
Debí sospechar de aquella venta cuyo nombre estaba escrito en la parla de los herejes. Mi nieta sugirió que dejase la lanza en la puerta para no incomodar a los clientes. En vez de vino trajeron un brebaje negro que hacía cosquillas en la garganta y provocaba regüeldos. No tenían duelos y quebrantos ni salpicón. Me sirvieron un picadillo de carne envuelto en un panecillo. En el reflejo de la ventana vi una triste figura con la barba manchada de una infame salsa roja. Había vencido al tiempo en buena lid para acabar en una época llena de malandrines y entuertos que deshacer, la caballería andante era más necesaria que nunca. Entonces vi a un bufón con la cara pintada que atendía al nombre de Ronald McDonald. Me abrazó para hacerse una foto con una familiaridad impropia de la buena crianza. No lo pude sufrir y le repasé las posaderas con el plano de mi espada, mientras los clientes nos jaleaban como si estuvieran en un corral de comedias. Esta vez los mangas verdes fueron puntuales. Me prendieron sin consideración a mi rango y edad.
-Vuesas mercedes no saben con quién están hablando – les dije. Y no, no lo sabían.
Me encontré en Nueva York con un mansito que, harto de melancolía, lloraba sin sosiego por el desamor de una fermosa dama.
Cabalgaba por la 42 cuidando no estrellarse con los suspiros de tanto caballero andante
que, como él, se perdía en la alevosía de la gran ciudad.
En las tardes se encontraban en un local sin viento a poner a punto sus barbas, corazones y sueños.
Después, entre lanzas, adargas, celajes y demás trastos, vigilando las sombras de los malandrines, se iban los compadres camino al bar.
Dejaba el mansito un maravedí en la rocola y le dedicaba el cantar a la reina de sus amores.
Luego, solazando entre mujeres distraídas y soplando dichas, lo encontraban los gallos.
Afuera, cabalgando en los muslos de la noche, lo esperaba Sancho.
«Ya vees tú, querido Sancho, que no siempre hay que buscar las aventuras, que antes te vienen ellas por sí mesmas, y en un santiamén te puedes encontrar riñendo con un villano al que ni por pienso hubieses visto de haber tomado otro rumbo.» «A fee que no le falta razón, señor, y hasta le sobraría si dijera que es cosa que para todos vale, porque mejor suerte hubiera corrido ese infeliz de haber cogido una trocha en lugar de este camino, o incluso de haberse quedado en la cama sudando un mal resfriado, que nada pretendía que no fuera vender esos quesos que cargaba.» «¡Válame Dios!, buen amigo, o acabaré por no asombrarme de tu ignorancia. ¿Acaso no viste, como yo, que antes de ocurrir el encantamento, esos quesos no eran sino piedras de trabuquete y el caballero que las llevaba no podía ser otro, por su atuendo, que el temible Arcalaús el encantador? Mas ten por cierto que ya habrá llegado al pueblo, en la hechura que los hados hayan dispuesto, y no cabe lamentarse más. Solo digo ahora que paremos en la primera sombra y saques una pieza de esas que en las alforjas te vi guardar.»
Sito se cubre el rostro con el pasamontañas y lanza la botella encendida contra el banco. Después, corre tras la barricada de contenedores. Siente la adrenalina, la rabia, el miedo. La nostalgia de una infancia que le robaron demasiado pronto. Igual que les están robando todo.
De repente, una sinfonía de sirenas les envuelve y anula los gritos de la multitud. Hasta la voz nos roban, piensa.
Cuando llegan las lecheras la gente sale huyendo. Solo unos pocos se quedan, pero Sito no puede. Corre hacia el rio, donde Pancho le espera. Montados en sus bicicletas de saldo cruzan el puente, rumbo a las afueras del extrarradio.
Llega a tiempo al colegio, y la sonrisa de su hermana ilumina el día y apaga el dolor. Ella le cuenta que ha dibujado un arcoíris con los dedos, y él le dice que pintó una hoguera de verdad.
En casa su madre cocina, con los ojos ciegos y las manos que ven. Después de cenar se sientan en el sofá y se cubren con dos mantas viejas. Entonces, Sito abre ese libro antiguo que tanto le gusta a su madre y comienza a leer: “En un lugar de la Mancha…”
Probar los límites del cuerpo me llevó a apuntarme al trail del Privilegio, y así recorrer cien millas entre sierras y llanuras de La Mancha. Todo fue bien durante el día, e incluso la primera noche de carrera. Sin embargo, la segunda, mientras iba por una zona abrupta, con la mirada fija en el haz de luz que iluminaba el suelo desde mi linterna, oí un extraño resuello a mis espaldas. Entonces me detuve y escuché ojiplático la conversación de los dos atletas que me adelantaron.
―Pardiez ―dijo uno flaco en extremo, atusándose los bigotes y la barba―, vestido con esos pantalones que más pasarían por unos zarrapastrosos zaragüelles, lejos de una versión actualizada del gran Filípides, el de los pies veloces, zancada presta y piernas firmes como el más resistente acero toledano, me recuerdas a un rufián o desgarramantas cualquiera.
―No se preocupe vuestra merced por eso ―contestó el otro, achaparrado y orondo―, y recuerde que lo importante es haber evacuado antes de salir al galope, pues no querrá volver a casa con los calzones cuajados de palominos.
Luego los perdí de vista, y al parpadear me pareció distinguir sus figuras recortadas contra un grupo de molinos de viento.
El caballero de la triste figura ha perdido la magia con la que hipnotizaba a sus lectores. Cada vez que abrían su libro, mostraba que el mundo no era como se presentaba, sino como deseaba verse. Su fiel compañero Sancho, con una pátina de sensatez, recitaba refranes que desmentían los desatinos de Alonso, aunque en el fondo admiraba sus fábulas. Pasaron siglos asombrando a los que quisieron acompañarlos en sus desventuras, hasta que la vejez les llegó sin avisar. Sancho, cansado de su papel de cuerdo, se refugió en una ínsula que nunca existió. A Alonso lo retiró su pérdida de facultades. Ya no es capaz de disfrazar la realidad. Sus fantasías lo han abandonado, los gigantes permanecen encerrados en sus molinos y ni siquiera los héroes que guardaba en su memoria salen a rescatarlo. De sus bolsillos caen los recuerdos de duelos, batallas, conjuros, abracadabras trasnochados de una época olvidada. Los mensajeros, que incumplieron el juramento de contar a Dulcinea sus victorias, picotean como cuervos los restos de su fama. Mientras, él apenas puede vislumbrar su propio rostro cuando se mira en el espejo. Piensa entonces si conseguirá hacerse invisible sin la ayuda de una trampilla bajo sus pies.
Todas las mañanas, Adelina toca el piano. Es su último reto. Ayudada por su fiel asistenta, se acomoda en la banqueta y con sus dedos arrugados interpreta la Marcha Turca de Mozart. Hoy, mientras espera una visita formal, no puede evitar perderse entre las animadas notas y rememorar, satisfecha, aquel insólito día del cincuenta y cuatro en el que, visiblemente embarazada de su tercer hijo, defendió su tesis ante un tribunal compuesto por hombres de rostro severo que la miraban con asombro y reticencia. Entonces, tenía treinta y dos años y, tras plantear su disertación con fórmulas y arresto, se convirtió en doctora en Ciencias Físicas, la primera mujer en aquella facultad. Después, aunque no se lo pusieron fácil, se incorporó como profesora y su terquedad y valentía dieron mucho que hablar.
De pronto, hace una pausa y se le escapa una sonrisa socarrona, porque, en breve y en el salón de su casa, escuchará un montón de elogios y, junto a una medalla dorada, le otorgarán el título de pionera. Ella agradecerá, con su habitual llaneza, haber vivido para verlo. Pero lamentará que no puedan presenciarlo aquellos que siempre la tildaron de chiflada. Por ejemplo, su marido.
Nunca imaginaron que su hermoso hogar se convertiría en una trampa. Con las articulaciones supurando óxido y el alma fatigada, fueron reduciendo su espacio vital a lo imprescindible y abandonando estancias de difícil acceso.
Una tarde que densas nubes de alquitrán amenazaban tormenta, ella suspiró. Él adivinó el pesar en la nostalgia de sus ojos inquietos, se levantó de la butaca y la besó en la frente con devoción.
―Voy a subir.
La mujer trató de disuadirle, pero el hombre, empecinado en la aventura de complacer a su dama, jadeó tozudo, peldaño a peldaño, hasta llegar arriba. Al cabo, asomó esgrimiendo triunfal una bolsa llena de libros.
La ilusión de ella se tornó angustia al observarle descender en un equilibrio inestable que presagiaba el mal paso, la caída, el alarido e incluso el giro antinatural de la pierna huesuda sobre el descansillo. Impotente, llorosa, viéndole pálido, mudo y desvalido, se sintió desfallecer, su cabeza golpeó el pasamanos y, aturdida, aterrizó sangrando en el suelo.
Quedaron ambos tan maltrechos e incapaces que, cuando recobraron el habla, convinieron en que el destino ya solo les dejaba un consuelo: que él leyera para ella en alto las novelas causantes de aquel fatal despropósito.
Mucho tiempo después, me encontré a aquel hombre hurgando en un contenedor. Lo conocí hace años, creo recordar que coincidíamos en la puerta del colegio y que su hijo y el mío iban a la misma clase, o quizá fue en el supermercado o en el parque. Da igual, lo importante aquí es su aspecto descuidado: calzaba unas zapatillas de cuadros de andar por casa, unos pantalones de traje ajados y un jersey oscuro que parecería siempre el mismo, si no fuera porque el roto estaba ora en la manga, ora en la espalda. Llevaba permanentemente entre las manos una novela amarillenta de Marcial Lafuente y mostraba una habilidad asombrosa para caminar, leer, a través de sus anticuadas gafas de culo de vaso, y esquivar las farolas al mismo tiempo. Nunca lo vi tropezar ni apartar la vista de su libro y, claro está, nunca respondió a ningún saludo.
Me había olvidado de él, hasta aquella mañana en que lo vi con un sombrero vaquero, su placa de sheriff, prendida en el viejo suéter, y un revólver de juguete en la mano derecha. Buscaba en la basura quejándose de que María le había tirado su biblioteca.
Me llamo Lucrecia Sánchez o la Lucre como me llamaban en el pueblo castellano del que soy oriunda.
A la hora de la universidad, mis padres hicieron un gran esfuerzo para enviarme a Madrid donde yo había decidido estudiar arquitectura y gastaron buena parte de sus ahorros para pagar el alquiler del pisito que compartí con dos chicas más.
No tardé mucho en integrarme en la vida fiestera de la capital y en una de esas noches locas descubrí un mundo que me venía como anillo al dedo, conocí a mi primer sugar daddy y empecé a disfrutar de todos aquellos lujos que siempre habían estado en mi horizonte vital. A mis padres les libré pronto de sus obligaciones, (las prácticas en el estudio de arquitectura se pagaban muy bien y ellos quisieron creerlo).
LLevamos dos días alojados en el Palace y esta noche ceno en DiverXo con mi actual sugar daddy, acabo de oírle decir:
“Dulcinea estás preciosa con esa gargantilla de Suárez, esta noche cierro el trato con los americanos”
Obviamente yo no busco en ellos ningún Quijote y ellos sólo ven a Dulcinea, no conocen a Lucrecia, todo trabajo tiene pros y contras, ¡yo soy sugar baby!
más de 15000 relatos

más de 6 millones de visitas









