Esta Noche Te Cuento. Concurso de relatos cortos

FOBIAS

Un relato con menos de 200 palabras inspirado en FOBIAS

ENoTiCias

Bienvenid@s a ENTC 2025 ya estamos en nuestro 15º AÑO de concurso, y hemos dejado que sean nuestros participantes los que nos ofrezcan los temas inspiradores. En esta ocasión serán LAS FOBIAS. Y recuerda que el criterio no debe ser poner menos palabras sino no poner palabras de más. Bienvenid@
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Esta convocatoria finalizará el próximo
30 DE SEPTIEMBRE

Relatos

66. Taxonomía

Aquellas vacaciones las pasaron enteras en el pueblo. Su padre, un hombre fortachón de enormes manos, se paseaba con el torso desnudo lleno de vello corporal mientras hacía diversos trabajos en la finca.
Su madre, menuda de tamaño y trabajadora incansable, organizaba todo con disciplina estoica. Nunca faltaba de nada.
Le llamaron unos vecinos para que viera la camada de perros recién nacidos. —Son un cruce —le dijeron—, y él asintió.
Ese mismo verano, en una granja cercana, aprendió que la mula era el cruce de una yegua y un burro.
Frunció el ceño cuando unos niños le hablaron del oso hormiguero.
Iba a preguntar, pero se acordó de sus padres.

65. Caza con reclamo

«Esto no vale nada si no disfrutas del pájaro», susurra el hombre al niño. «Ya irás aprendiendo lo que significa apeonar, titear, dar de pie o embolinarse, pero de momento céntrate en verlo moverse en su jaula y escucharlo cantar, en advertir cómo llama a sus congéneres». El niño asiente con labios apretados y respiración contenida, y obedece mirando desde el puesto las maniobras de la perdiz, camuflada con retama en el mampostero, aunque sin dejar de prestar atención a la escopeta que su padre sostiene en las manos.

La primera pieza abatida ha muerto en el acto. La segunda ha permanecido un rato meneando las patas bocarriba, como un pollito de cuerda sin suelo donde articular sus pasos, para acabar inmóvil también. La tercera ha estado aleteando en el suelo hasta que el hombre la ha rematado agarrándola cabeza abajo y asestándole un golpe seco en la nuca.

Cuando termina la jornada guardan en el zurrón los ejemplares cobrados. Al reclamo le ponen agua fresca y comida nueva y lo cubren con una funda para que descanse de vuelta a casa. Es un bello y noble animal que come confiado de sus manos, que se alboroza al verlos.

64. Vida media de un animal doméstico

Lo encontramos en la puerta de casa, temblando, bajo el parpadeo de los relámpagos en una noche de perros, sin dueño, sin historia, sin futuro. Mi padre había muerto seis días antes, y mi abuela, que siempre encontraba mensajes ocultos en las desgracias, sentenció que lo enviaban las lluvias para curarnos de la soledad. Le puso Manolo, para honrar a su yerno, y pronto empezamos a girar a su alrededor como un tiovivo.
El cachorro crecía oliendo a café, a pucheros, a leche frita, a dulce de membrillo. Fue creando sus propias rutinas: dormir la siesta a la sombra de los jazmines, ahuyentar a las gallinas, seguir el rastro de las hormigas, observar las ropas del tendedero mecidas por el aire. Mi hermana aseguraba que era inmortal, por la viveza de sus ojos. Mi madre, que su mirada reflejaba nuestra decencia.
Una mañana se tumbó en el rincón más antiguo del patio y se desvaneció entre las grietas. Ahora, al llover, el barro huele igual que él y su aroma penetra en los huecos de la memoria, mientras nos abriga contra el olvido.

 

63. ORACIÓN (Blanca Oteiza)

Reconozco que fui a regañadientes, no le veía ningún atractivo. Pasar una tarde de finales de julio entre animales, haciendo de niñera, mientras las amigas estarían bañándose en la playa.

Entramos al zoológico como dos turistas más rodeadas en una marabunta de gente. Las hordas nos iban dirigiendo, ahora los chimpancés, después los leones y más tarde las aves exóticas. Decidí hacer un alto en la heladería, más que nada porque la niña se empeñó en tomar un cucurucho de vainilla y me chantajeó a gritos que se iba a chivar a su madre de lo mal que la trataba si no lo conseguía.  Tras una larga fila aguantando el berrinche el ruido cesó en mis oídos y sólo tuve ojos para el joven heladero que sonreía. Dos cucuruchos de vainilla fue lo que acerté a balbucear. No dejé de contemplar al mismísimo dios mientras se derretía en mi mano el helado.

Al día siguiente me ofrecí a mi vecina, que también tenía turno vespertino en el trabajo, para cuidar de su hija. Le propuse el mismo plan, espectáculo de simios, depredadores y guacamayos para terminar en la heladería recreándome la vista, invocando fuerzas para decidirme a darle mi teléfono.

62. El Patzuk’an

Cuentan que el Patzuk’an tiene un cuerpo delgado y escurridizo, cubierto de plumas húmedas que brillan como escamas, y que su cuello se quiebra en ángulos imposibles mientras sus ojos parecen mirar en todas direcciones al mismo tiempo.

El Patzuk’an solo aparece en momentos de indecisión. Su presencia obliga a quien lo ve a enfrentar sus inseguridades más profundas, aunque él mismo no interviene en las decisiones. Dicen que revolotea cerca de parejas a punto de casarse y que algunos jueces sienten su presencia mientras redactan sentencias; que incluso se le apareció a algún suicida justo antes de lanzarse al vacío.

No hay quien afirme haber visto al Patzuk’an. Se rumorea que quienes lo han visto lo niegan, convencidos, por la certeza que el propio animal les infunde, de que no puede existir.

Algunos aseguran haber atisbado su imagen en un espejo. Y es que el Patzuk’an se asoma a ellos con frecuencia para convencerse de que no es solo una quimera nacida de la mente humana. Consume las horas incapaz de decidir a quién mostrarse. Sabe que no tiene poder alguno y se resigna a que su aparición se deba, al fin, al azar de la incertidumbre.

61. UN SIMPLE RECUERDO (VALDESUEI)

A mi recuerdo viene muchas veces el balido breve y agudo, de aquel corderito que encontramos recién parido en la majada. Mi abuelo lo trasladó en volandas mientras su madre nos seguía, balando con sumisa protesta, rumbo al establo en el que viviría hasta el destete.

Su lana era blanca y suave: rizados vellones que se separaban mansamente al peinarlos con mis dedos de niño. El rabito era largo y nervioso; las pezuñas, del color de la tierra mojada, y las patas, finas y saltarinas.

Los ojos eran redondos, marrones como la miel. Su mirada contenía la curiosidad y la inocencia de los que no han conocido la maldad.

De vez en cuando, daba algún espasmódico pataleo e intentaba liberase de las manos de mi abuela, que lo sujetaba con firmeza. Ella, al percatarse de mis lágrimas, me miraba y susurraba: “bueno hijo. Este os lo lleváis a Madrid”.

La tibia sangre se le escapaba a borbotones por el cuello, llenando una cazuela de barro depositada a los pies de la higuera del corral, donde las avispas también buscaban su parte del festín.

Una vida que había comenzado en junio y terminaba con agosto, como aquellos veranos: felices, fugaces…

60. Un día de verano

Abrió la puerta y ni siquiera me miró. Aquella fue su última cobardía. El portazo impactó sobre mi cuerpo como un disparo. Ya estaba fuera de su vida. Su rastro se esfumó en el aire y todo fue silencio y soledad.

Duele el desamparo.

Duele la ausencia.

Duele el rechazo.

Duele la mentira y duele la derrota.

Han pasado los días y las marcas de su coche en el asfalto se han borrado. Tengo hambre y mucha sed. Y miedo. Las noches aquí son largas y oscuras y todos los ruidos me asustan. No sé cuánto más resistiré.

Acurrucado entre las  zarzas que bordean la cuneta, atento al latido sordo de la carretera, apoyo la cabeza entre las patas, cierro los ojos y aguardo con paciencia su regreso. No desfallezco. Sigo esperando. En cualquier momento ─a esa ilusión mi lealtad traicionada se aferra─, volverá. Sé que volverá. ¿Cómo no va a volver a buscarme?

59. CENTRO DE RECUPERACIÓN (A. BARCELÓ)

Verá usted, este es un establecimiento serio y de lo más profesional. Aquí rehabilitamos fundamentalmente rapaces y carroñeras, pero no dejamos de aceptar otras especies menores, aunque no por ello menos importantes, para nosotros todas son criaturas del Señor. Unas se han perdido, otras han quedado atrapadas, otras vienen muy tocadas, las que peor están son las que nos llegan heridas por otros miembros de su propia clase. Tenemos desde imponentes halcones a ratoneros comunes, desde simples cucos a majestuosos buitres reales. No tema, con nosotros estará muy bien, no como en su hábitat, desde luego, pero seguro que no tendrá ninguna queja. Vaya poniéndose cómodo. Bienvenido a Soto del Real.

58. Flor del desierto (María Rojas)

Nuestro camello es robusto, con caminar sereno y la cerviz altiva.

Va pisando reyes descabezados, valíes, emires y califas.  Medita ante el desierto que lo mira sin risa, ni sexo, ni picor de pimienta.

Con el gollete sediento, por rumiar en oasis olorosos a agua, va repitiendo la ruta, tras las caravanas, con los lomos hinchados de sedas y de especias.

Como nosotros, solo quiere llegar.

En el caravasar, parada de descanso, dobla las patas de rodillas callosas y saca del hocico un pimpollo desértico de pétalos de arena. La camella restriega los belfos en su joroba grasa.

El camello se olvida del tedio del camino, del siseo de las sedas, del aroma de especias y del temblor de los muertos pisados.

57. AÑO 2145 (Modes)

Todo.

Desde el día que te adopté en la Protectora de Animales, lo fuiste todo.

En ti encontré a la amiga que ahuyentó, a dentelladas, al fantasma de la soledad.

Pero, uno tras otro, los calendarios fueron decapitados por la guillotina del tiempo.

Y la vejez anidó entre tus huesos.

Y enfermaste.

Y ayer te dormiste, para no despertar.

Y ahora una galerna de lágrimas asola mis ojos, mientras los colmillos de la tristeza me desgarran el alma.

Y sé que jamás habrá nadie como tú, Luna.

Luna, mi querida mascota.

Mi querida humana.

56. Agapornis

Desde la llamada de nuestro representante, estuvimos ensayando hasta acabar exhaustos. “Si os los dan, alcanzareis el estrellato”, así dijo. Y al salir del casting escuchamos la gran noticia: éramos los elegidos. Con tanta emoción, ambos cantamos a dúo bordeando la afonía. Pero, al comenzar el rodaje, nos percatamos del error. No éramos nosotros, sino la rubia elegante y un tipo robusto los protagonistas de aquella historia de amor.

Pensé que si la chica abandonaba tendríamos alguna posibilidad. Y soborné a una figurante para que le diera un susto. Debía lanzarse contra ella antes de que amarrase el bote que manejaba. El ataque fue tan real que le hirió la cabeza. En lugar de cortar la toma, siguieron adelante. Mi pareja no se quedó sin decir ni pio. Al contrario, prefirió secundarme. Así que reclutó parientes por todos los confines con la intención de sabotear el guion. Camuflados entre la figuración de altura, embestían contra todos los actores. Sin embargo, cuanta más sangre más disfrutaba el director.

La película triunfó. Y nosotros ni siquiera aparecimos en los títulos de crédito. Para colmo, si alguna vez somos mencionados, nos suelen confundir con periquitos.

55. «Yo quisiera ser civilizado como los animales»

A Pablo no le gustan los animales. Eso le recuerda a diario su familia. Lo recalca su abuelo cuando el muchacho le censura por tener cinco canarios y un verderón enjaulados. Su padre, que no se pierde una corrida de toros de la Feria de verano, también lo señala bastante decepcionado. Y dado el ejemplo recibido, incluso su madre suele reprocharle tan extraño distanciamiento. Ella, sin embargo, adora a su caniche y, con jersey y coletilla, lo lleva de compras al Corte Inglés, a las concentraciones vecinales y a torrarse durante horas en la playa. Por otro lado, su tío Andrés que, en cuanto se abre la veda, coge la escopeta y corre al coto a disfrutar de gamos, conejos y tórtolas, osa poner en solfa la sensibilidad de su sobrino. Con él, recuerda Pablo, fue por primera vez al Circo a los siete años y, después de ver al domador mortificar con su látigo a leones famélicos y caballos amedrentados, no pudo disimular su repulsa. Y aunque, además, le entristecen los zoológicos y no aprueba los safaris, digan lo que digan, sólo tiene problemas de empatía con algunos animales racionales. En consecuencia, ha dejado Medicina y cursará Veterinaria.

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