¿Te falta alguno de nuestros recopilatorios?
PREMIO A CURUXA 2024
PREMIO SENDERO EL AGUA 2024
***
más de 15000 relatos

más de 6 millones de visitas


Mujer lunática busca ingeniero de caminos para asfaltar la Vía Láctea.
Llama al 692 esta noche y te cuento.
Una mujer con setenta rulos en la cabeza elabora mayonesa girando continuamente su cuchara de madera. Luego llamará a cenar a su hija que juega en el patio al corro de la patata desde hace horas. En otra casa, un joven rebobina una y otra vez el rostro vuelto hacia atrás de la niña endemoniada, ese deuvedé viene dando unas tres mil vueltas por minuto. En esa misma glorieta, los coches que llegan luchan por descifrar el código ignoto de las rotondas al tiempo que un enamorado pasea buscando verbos, pronombres y conjunciones. Ella se está cansando. En el aula Elcano, un niño pregunta por Pí. Un árbitro pita y el balón echa a rodar. En el estadio, a Mbogo le quedan aún 18 vueltas. En Palacio, el Rey medita sobre otra ronda de contactos mientras lee este relato escuchando a su adorado Jimmy Fontana, gira il mondo gira, cantaba el cabrón.
Fatih Soylan, que, además de astronauta, es un acreditado derviche, se baja en la Tranquilidad y, mientras el cohete se cabrea y se va a rotar y rotar, él cesa poco a poco de girar y sospecha que aquello no nos lleva a ninguna parte.
Reunieron, entre todos, catorce petardos, medio litro de gasolina —robada de la vespa del padre de Carlitos—, un metro de mecha y unas cerillas. Construyeron el cohete con latas de conserva, que soldaron entre sí en clase de pretecnología, y un motor de aeromodelismo adquirido en los encantes un sábado por la mañana.
El día del lanzamiento, mientras cuatro voluntarios escenificaban una tangana que mantendría alejados del patio a los profesores, se inició la cuenta atrás. Algunos la siguieron con la boca abierta, otros cruzaron los dedos, pero cuando la pólvora prendió, gritaron todos al unísono “ ignición” y siguieron con la vista el ascenso majestuoso de la nave. Al revuelo inicial, siguió un silencio ferviente mientras el obús iba ganando altura. Observaron la trayectoria, ladeando la cabeza en un intento por corregir la leve desviación, contuvieron el aliento y algunos hasta rezaron para que la aeronave no fallase.
Cuando el cohete alcanzó su altura máxima y comenzó el inevitable descenso, hubo un alborozo general al comprobar que había superado con creces la altura requerida y que el aterrizaje se produciría, sin duda, al otro lado del muro que les separaba del patio de las niñas. Un universo aún desconocido.
Relato fuera de concurso.
Dedicado a mis compañeras /os de colegio «els millors del 66»
Estuve vagando por el espacio exterior unos catorce mil millones de años sin que nada ni nadie advirtiera mi presencia, sin que nada ni nadie reparara en la belleza de mi desnudez natural y sencilla; viajando errante, atravesando constelaciones y galaxias llenas de lunas y soles, envuelta en nebulosas perfectas, siempre alumbrada por luceros, creyéndome libre, hasta el fatídico día en que quedé atrapada por una onda gravitatoria que me transportó de manera brusca e irremediable hasta un lugar desconocido, sufriendo una atracción poderosa hacia la superficie de un planeta, que supe más tarde, llamado Tierra. Ardí cruzando su atmósfera, convirtiéndome en una Perséida; caí sobre el techo de una pocilga matando a tres puercos, y fui llevada a un laboratorio de investigación espacial donde me seccionaron en fragmentos para mi estudio, encerrados mis restos en cubículos de metacrilato e informada con detalle de mi supuesta composición y procedencia; convirtiéndome sin querer en la estrella indiscutible de los noticieros y los ecos de las voces de los terrestres, que creen que soy consecuencia, como ellos, de un Big Bang cósmico que me ha relegado al dudoso honor de ser un triste vestigio.
Me esperaba otra cosa.Que decepción.Aquí no ha nada,nada de ruido,nada de color, nada de…nada.
Años preparándome para este momento, años soñando despierta, años imaginándome lo que sentiría…y todo para ahogarme en la soledad de esta inmensa nada.
Quizás no se tan malo después de todo, hace mucho tiempo que no disfruto del silencio. Tanto, que ni me acuerdo.
Observo. Lo que estoy presenciando es único. Es hermoso.Noto como me empieza a invadir una sensación muy agradable e indescriptible. Estoy sonriendo. Lo he conseguido.Nunca volveré a ver La Tierra de la misma manera. Somos un pequeño punto en la inmensa nada.
A nadie confió su procedencia.
Sólo él supo lo que ocurrió aquella noche de luna llena en la que ella cayó del cielo.
Le cautivó nada más verla.
Su pálida tez enmarcada por una cascada de cabellos azabache le dejaron sin aliento, aunque fue, sin duda, su mirada cristalina lo que acabó robándole el alma.
Nunca supo el porqué, ni cómo había llegado hasta él. No quiso saberlo. Es más, nunca se atrevió a preguntar cuando marcharía, aun sabiendo que algún día lo haría.
Noche tras noche se limitó a estrecharla entre sus brazos, mientras que, en aquellas en las que reinaba la luna llena, alzaba la vista al cielo rogando en silencio que no fuera esa noche la que ella emprendiera su viaje de regreso a casa.
Salió de su cámara furtivamente. Le costó orientarse por los pasillos, pero finalmente consiguió llegar al patio donde se encontraba el caballo. Le acarició el cuello. Miró el cielo y contempló la luna llena. De un salto, se subió al lomo. Dudó si era necesario taparse los ojos, como la vez anterior. Decidió que no. Por unos instantes, titubeó. ¿Qué extrañas aventuras le esperaban allí arriba? ¿Qué enemigos encontraría? Le vino a la cabeza un verso del poema de Gandalín: “Al soberbio que intenta hollar la Luna”. ¿Era un soberbio, un valiente o simplemente un curioso? Imaginó la gloria que alcanzaría si llegaba a su destino. ¡El primero en pisar la Luna! Todo el mundo conocería su hazaña. Dulcinea se sentiría orgullosa de él. Dulcinea… Sin más vacilaciones, don Quijote tentó la clavija. No ocurrió nada.
Al levantarme trato de poner los pies en el suelo. He perdido la gravedad y me elevo. No puedo controlar mi cuerpo que, ingrávido, flota a su antojo. Volando recorro la casa, salgo por la ventana y, con dulce liviandad me pierdo en el espacio sideral. Libre. Sin pensar más en el control del televisor, ni del ordenador, ni de la difícil propuesta de vivir.
Hay veces que el cielo se junta con la tierra y –créanme- mejor no estar en medio. Yo viví uno de esos momentos. Era una noche estrellada. Hermosa. De esas que inspiran a los poetas y cautivan a los enamorados. El suelo empezó a moverse y un fuerte estruendo silenció el pitido de la cafetera y el sonido del galope del miedo por mis venas. Todo se oscureció al principio para iluminarse después con el fulgor de una estrella de cinco puntas que se clavó en el jardín, en el punto exacto en el que florecieron los pensamientos que planté cuando te fuiste. El ordenador cayó al suelo, pero en el monitor seguía –nítido- el mensaje de la clínica. Entonces pensé que quizá habías vuelto para ayudarme. Salí fuera y miré hacía arriba buscando tu nave, pero no había cielo, yacía desordenado en el tejado, en la carretera secundaria que conduce al pueblo, en nuestra casa, impregnado de olor a café. Sorteé cuerpos celestes, asteroides y masa espacial durante horas, hasta que, con las manos sucias y los pies sangrando, comprendí que de nada sirve remover cielos y tierra en busca de quien no quiere ser hallado.
Diario estelar del Apolo XXV. Fecha estelar: 27 de marzo de 2187.
Esta será mi última transmisión; aunque desconozco si alguien las ha escuchado en algún momento.
La nave sigue a la deriva desde hace 12 días, 10 horas y 27 minutos. Soy el único superviviente a bordo; tras el incidente en el campo de asteroides.
Mi primera opción tras lo ocurrido fue buscar la manera de reconducir la situación. En nuestro exhaustivo entrenamiento aprendemos que siempre debe haber una solución a cualquier problema; y si la hay, entonces el problema se convierte en trámite.
El fracaso en mi búsqueda me condujo a un estado de rabia e impotencia que no pude acabar conteniendo, y que derivó en una tercera fase de mi estadio, en la que intenté inútilmente acabar con todo por la vía rápida. Pero para ello hay que ser o muy valiente o demasiado cobarde, y yo nunca fui un hombre de extremos.
Ahora, en esta última fase de mi estadio, la calma ha llegado a mi conciencia, y no espero más que lo que me depare el devenir de los acontecimientos. Entre tanto, el tiempo pasa, mientras experimento la languidez de la nada.
Me angustiaba considerarme un objeto extinto en el negruzco universo ingrávido. Esta oscuridad rocosa de desierto sin destino la gobierna El Señor del Polvo Estelar. Iba a darme por vencida cuando albergué en mis entrañas un sistema complejo. Sospechó lo que mi matriz contenía, y me exige “ese ser de otra magnitud”, así lo llama, para desarrollar sus planes.
Observo la materia inhóspita de mi planeta y me pregunto si él sobreviviría en este espacio.
El Señor del Polvo Estelar quiere saber. Inquiere. “Si llevas un ser luminoso inexorablemente mostrará su luz y lo conseguiré. Si es perecedero y extinto como tú, morirá en tí o será un fósil errante. No viene para darte amor, sino dolor”. No contesto que “eso” se comunica en mi lenguaje, emite nuevas sensaciones y murmullos orbitales, haciéndome inmensamente feliz.
Todo parece indicarme que El Polvo Estelar detecta el próximo nacimiento de mi fruto. Él me gobierna, hará igual con esta vida aún sin sombra. Temo. No cejan sus amenazas. Se hará con mi liviano descendiente sin remedio.
Decidí marcharme un anochecer. Jirones de nebulosas me trasportaron hacia estrellas cómplices. Cuando el Tirano Estelar quiso darse cuenta la alianza de meteoritos iniciamos una nueva era.
– Nunca serás famoso si pretendes llegar con esa arcaica nave espacial que has diseñado al planeta lejano Tauris.
– Pues mira niña, si crees que con esa pinta te llevarás el premio Star de Medicina Astral estás lista.
Así jugaban menospreciándose los dos hermanos, sin considerar bondad o habilidad alguna el uno al otro, viviendo en la gran nave espacial que simula una ciudad protegida por un enorme caparazón que la aísla del exterior.
Yo, su viejo abuelo, postrado en mi destartalada cama, lo único que había podido salvar antes del cataclismo que dejó la Tierra como un desierto y contaminada, los escuchaba recordando cuando era niño pensando en qué quería ser de mayor.
más de 15000 relatos

más de 6 millones de visitas









