Esta Noche Te Cuento. Concurso de relatos cortos

FE

Un relato con menos de 200 palabras inspirado en LA FE

Bienvenid@s a ENTC 2026 Comenzamos nuestro 16º concurso en el que iremos proponiendo hasta 8 propuestas temáticas en torno a la EXISTENCIA En esta ocasión serán relatos que desarrollen el concepto de FE en todas sus acepciones. Y recuerda que el criterio no debe ser poner menos palabras sino no poner palabras de más. Bienvenid@
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Esta convocatoria finalizará el próximo
14 de FEBRERO

Relatos

91. LA ÚLTIMA COPA

Llegamos por fin a aquel local y los músicos se arrancaron con una melodía que me sonaba familiar. Era un salón de baile, de esos con orquesta en vivo, y el vocalista –me salió la palabra sin pensar– era un hombre de mediana edad, con smoking y una voz como de terciopelo. Tú sonreías feliz mientras bailábamos, con una pericia que a mí mismo me dejaba estupefacto. Estabas estupenda, con un vestido negro ceñido que me provocaba sensaciones casi ya olvidadas. El ambiente me resultaba decadente, con un aire a aquella escena final de El último tango en París, pero al mismo tiempo me proporcionaba una rara felicidad. En un momento dado me dijiste: “gracias por traerme”, y supe que ese era decididamente el primer día del resto de mi vida. Una vida que discurriría por derroteros bien distintos a la que acababa de dejar atrás cuando empujé la puerta giratoria de la entrada.

90. Fin de la propiedad conmutativa

Era la fiesta de la espuma en la discoteca del puerto. Me tomé siete tequilas. Perdí una sandalia. Encontré un mocasín. Perdí la cabeza. Encontré un hombre. Quizá no en ese orden, pero no altera el producto. Cuando acabó la fiesta me fui a casa. Con un pie en un mocasín (ajeno) y el otro en una sandalia (mía). Con una mano (ajena) en la cintura (mía). Con una lengua (que no parecía mía) en la boca de un hombre (entonces ajeno).

Al día siguiente volví a la discoteca. Encontré la sandalia. Dejé el mocasín. No encontré la cabeza. No dejé al hombre. Hasta dos años después. Tras mil novecientas trece copas, ochocientas mentiras, cuatro pares de cuernos y veinticinco decepciones. Quizá no en ese orden, pero no altera el producto.

Ahora la discoteca es un salón recreativo. Hoy lo he recorrido entero. Me han preguntado si quería cambio. He dicho que ya tenía. Al salir me he sentado en un noray. El viento partía las olas contra el cantil. La espuma me ha salpicado la cabeza recién recuperada aún en equilibrio sobre los hombros. Voy a dejar de beber. Voy a estabilizarla. Voy a ser yo. En ese orden.

89. UNO MÁS

Otro trago. Solo uno más. Es la humedad, siempre me afecta la garganta. Pronto salgo. Cuando suene por segunda vez el timbre. Quisiera que se fundiera. Y las voces. “Ve preparándote, sólo faltan cinco minutos. “Y más cuidado, ya sabes a que me refiero”. “La última vez casi te caes.”

No sabe una mierda. Fue la luz, que estaba baja, y el suelo, que resbala, de puro gastado.

Uno más, esta vez solo medio vaso.

Ya vuelve a sonar, el run run que a veces me aturde los oídos. Será el calor. Y otra vez la sequedad, que me impide tragar,  pero ¡ ánimo ¡,  solo tengo que entrar con estilo. Calarme con elegancia el sombrero, y saludar como si esto fuera el   Madison Square Garden . No importa, que hoy haya tantas butacas vacías. Será la maldita crisis. Yo soy una estrella. Soy un artista . Nadie me va a volver a decir que no se me oye, que entré a destiempo, que desafiné en  el estribillo. Voy a seguir siendo el mismo y lo voy a hacer como siempre, sin que me tiemblen las manos, como antes, a mi manera.

Pero antes, otro sorbo, el último.

88. Aprensiones poéticas

Siempre está temiendo que le suceda alguna desgracia. Teme que el coche le deje tirado en la carretera o que haya una fuga de agua en el cuarto de baño. Teme que le avisen que su padre está en el hospital o que han entrado ladrones en su piso. Teme que el jefe le anuncie que le va a bajar el sueldo o que le va a despedir. No puede evitar sentir estas aprensiones. De hecho, piensa que los temores le sirven para obstruir las amenazas, para impedirlas. Necesita estas aprensiones. También las siente cuando escribe. Teme que no logrará terminar a tiempo el poema que está escribiendo, que a nadie le gustará, que no ganará el premio al que lo ha presentado. Curiosamente, sus temores literarios no se disuelven sino que se acaban cumpliendo. Siempre.

87. Eligiendo la herencia

A su manera. Él siempre hacía las cosas a su manera.
-Hijo, en esta vida están los que deciden y los que no tienen fuerza y se adaptan a los demás. Tienes que ser de los primeros, como yo -me decía.

Se supone que un hijo debe aprender de su padre. Pero la mirada y los silencios de mamá gritaban más fuerte que la voz de papá.

Crecí y encontré una chica preciosa como una flor. Será por eso que aparecieron mariposas en mi estómago. Un día dije en casa que íbamos a pasar las vacaciones en la nieve. Mi padre me miró contrariado:
-Nunca te gustó ir a la montaña. ¿Cómo dejas que te manipule de este modo? Si va a ser tu mujer tienes que imponerte desde el principio. Para algo eres el hombre.
-Pues no, papá. Yo no quiero imponer mis gustos ni mi manera de hacer las cosas. Quiero compartir la vida con ella, sumando sus propuestas a las mías, adaptándonos el uno al otro tanto como sea posible.

Creo que mi padre ha acabado entendiendo que es mejor así, pues a pesar de los años transcurridos, sigue viendo el brillo de nuestros ojos al mirarnos.

86. «Manos a la Obra»

A menudo me sorprendo a mí misma deseando ser bailarina de ballet clásico, astronauta de viajes interestelares en los confines del Universo, sirena de cuento, maestra de desterrados, poeta y contadora de cuentos para niños, anacoreta, vanguardista de prensa, caminanta de caminos sin final y bucanera desenterradora de todos los tesoros ocultos.
Luego, frente al espejo, veo mi reflejo e intento atravesar su mirada hasta alcanzar mi propio infinito. Me digo que tengo una vida, una vida para hacer con ella ¡lo que yo quiera!. ¡Qué gran poder!
¿Por dónde empiezo? Me he apuntado a clases de ballet, ya me siento sirena de cuento, soy maestra de desterrados como yo, escribo cuentos para niños y ¿qué es un anacoreta?…
Da igual, puedo ser lo que yo quiera, así que manos a la obra, ¡a crear!

85. Cuentos para dormir (Anna López /Relatos de Arena)

Enciendo la luz, otra noche de insomnio llama a mi puerta. Descorro el cerrojo, giro la llave y la dejo entrar: este tipo de noches son muy obstinadas y, si se te ocurre hacer como que no estás en casa, son capaces de aporrear la puerta hasta despertar a todo el vecindario. Nos saludamos cordialmente ­—somos viejos conocidos —, y se acomoda en el sofá, frente a la estufa, tarareando una melodía de Sinatra.

Yo me siento frente al teclado. Cada vez que noche en vela me visita, habla y habla, desgranando historias durante horas. No soy un gran escritor, carezco de imaginación, pero escucho muy bien. Ella habla y yo escucho;  acaricio letras, beso tildes y el calor de su voz aterciopelada se abraza mis ingles. Otras veces, noche de insomnio habla con voz áspera y fría mientras yo  golpeo sílabas y escupo puntos y comas hasta que, al amanecer, el cuchillo ensangrentado resbala de mis manos.

Con el punto final, noche en blanco me arrulla, me promete no volver jamás y dejarme descansar por fin. Pero yo la retengo, le imploro un cuento para dormir. Un último beso, un cuento más, antes de morir.

84. Reiniciar sistema

Va a ser un niño. No te salgas de la rayita. ¡Coge el lápiz con la derecha! Venga, la tabla del quince. Hijo, tu deber es ayudarme y después heredarás la empresa…

Su padre era de hacer números, y su madre una mujer práctica, pero a él le picaba un no sé qué. Accedió a casi todo a regañadientes: Licenciado en Ciencias Inexactas, Forense en el Mar Muerto, Perito de Conferencia, Cirujano Plástico Reciclado, y Doctor en Filosofía Macrobiótica, Posología Cuántica y Obstetricia Robótica por la Universidad de Magaluz.

Ésta misma tarde ha leído un responso para la misa del funeral de su padre y, ya en la cama, el sueño le abordará con una sonrisa. Todos los asistentes le han felicitado, han llorado, reído, se han emocionado y sus almas han volado lejos tras oír el discurso que él mismo ha escrito. Ahora abre un instante los ojos, se cuestiona si debía estar así de alegre en un día como ese, y de un respingo se levanta a sacar del armario todos sus viejos cuadernos. En ellos aguardan millones de historias por empezar.

83. TENACIDAD

El final se acerca y muy pronto caerá el telón en esta historia. Le veo salir de la habitación en ese sucio motel. Ahora lleva un ridículo bigote y gafas oscuras. He tardado casi un año en encontrarle. No cabe duda que es un astuto hijo de perra. Además estaba tan decidido a desaparecer que había abandonado su trabajo y había cortado toda comunicación con su familia. Desde luego no contaba con mi tenacidad. Ahora solo me queda esperar a que regrese. Lo haré a mi manera. Sonrío al imaginar la expresión en su rostro cuando me vea frente a su puerta. Sin embargo lo que más deseo es saber, qué excusa me dará esta vez, para no comprarme las puñeteras enciclopedias.

82. Loba

Mi madre no paraba de decirme que tenía que convertirme en loba. A ella y a mi padre les había ido bastante mal como corderos. Siempre agachando la cabeza. Siempre huyendo.

Por lo tanto, sólo porque mi madre me lo pidió, me puse una piel de loba. Hice que me afilaran los dientes. Dejé de balar y aprendí a aullar. Superé mi miedo a pasar todo el día rodeado de feroces lobos. Venciendo mi asco, me acostumbré a comer carne.

Todo lo hice porque me lo pidió mi madre, porque la amaba y la respetaba. Devorarla formaba parte de mi disfraz de loba. No entiendo por qué se enfadó tanto cuando le di el primer mordisco. ¿Por qué me pidió que parara? No podía parar. La manada entera me estaba mirando. El lobo que había acercado su hocico al mío me observaba.

81. Smokey Carter

El despacho se encuentra en penumbra y neblinoso a causa del tabaco, pero no necesito luz para pensar. Oigo un coche detenerse en el callejón, juraría que un Studebaker. Al rato otro más, y de este no se escucha sonido de puertas. Es raro tanto movimiento, me huele a la secreta.
Miro a la entrada convencido de que alguien viene a verme. En el cristal se lee: rotagitsevnI etavirP retraC nosaJ. Finalmente el ritmo de los tacones me da la razón como un mensaje cifrado, y la claridad se pierde tras una figura que se recorta redondeada y sensual. Llama, gruño y entra. Se acerca y en lo umbrío de la sala creo ver que es muy hermosa. Apostaría por ello. «Problemas. Una belleza en apuros con la poli detrás solo puede meterme en un lío. Y ya estoy un poco cansado de complicaciones».
Sin decir nada se sienta en mi mesa. Me levanto y me acerco a ella. La llama del cigarro ilumina el mundo de carmín antes de que agonice rodando por el suelo. El beso es apasionado: a ella se le cae la pitillera de las manos. Me sirve como primer pago. Acepto el caso.

80. Christmas story ‘my way’

Hoy han venido de visita los nietos de ‘Sinatra’, el de la habitación 111. Después de varios intentos han obtenido el permiso porque la pequeña ya ha cumplido quince y ha coincidido con las fechas navideñas. Lo cierto es que parecen haber pasado un rato agradable y no se ha notado que hacía años que no lo veían. Les ha contado que estuvo viviendo en Estados Unidos, que fue doble de Frank Sinatra y que le sustituía en algunos conciertos. Vamos, lo que normalmente dice a la psiquiatra. También han estado viendo unas fotografías.

Cuando se han marchado he entrado a hacer la habitación y le he mandado a asearse al baño. Entonces he visto el sobre abultado en la mesilla y no he podido evitar echar un vistazo. Dentro, una foto con dos tipos abrazados en plan colega, vestidos de smoking, sonriendo a la cámara. Eran dos gotas de agua. Dos ‘Sinatras’ idénticos.

Desde el baño, entremezclado con el sonido del chapoteo en el váter, he distinguido una voz sin igual que entonaba feliz “…the record shows I took the blows and did it my way… yes, it was my way…”

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