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Su lado no tan oculto pasó gran parte de aquella vida en una noche sin luna adormilándose entre trago y trago. Volviendo al mundo real veía que sus ecuaciones – ex mujer, denuncias por malos tratos, hijos que no conocía – no daban como resultado el rumbo de vuelta a casa, sino veinte años vagando por la soledad letal de un universo oscuro y asfixiante. Un inmenso vacío que impedía escuchar los gritos desesperados de auxilio. Especialmente los propios.
Dos vueltas más a la misma manzana. Con trastabillada precesión se había vuelto a parar ante el bar, sintiendo la fuerza inconmensurable que le atraía hacia el interior de aquel agujero negro. Un tiempo y un espacio paralelos en los que huir con aquella nave irreparable donde era imposible atender todas las alarmas.
Sobresaltándole la tiritona se caló el sucio anorak de mala manera, aislándose de las miradas radiactivas de gente que no reparaba en él. Dispuesto a no querer asomarse a más abismos, lento, renqueando, venciendo las leyes de su propia física se fue de allí usando la vergüenza propia como único combustible, mascullando que aquello no significaría una mierda para la humanidad pero era un paso de gigante para él.
—… perdido contacto con el satélite… —anuncia la voz anodina del televisor.
—En tus tiempos ¿había satélites, abuelo? —pregunta el pequeño.
—¡Claro! El Sputnik, el primer satélite ruso. ¿Sabes? —el abuelo le susurra: —yo… vi el cohete que lo puso en órbita.
—¿Sí? —exclama el niño.
El abuelo silencia su entusiasmo colocándole un dedo sobre la boca y con un guiño le indica que le siga.
—Mira, aquí tengo los recortes de los periódicos de 1957. La gente que vio un objeto luminoso en el cielo…
—Sería alguna estrella fugaz —menosprecia el niño.
—No, jovencito… Eran trabajadores del campo, conocían bien las estrellas… No mentían… se organizó una batida de búsqueda, y allí fui…
—¡Es verdad! —afirma el nieto al reconocer en la noticia a su abuelo, entonces un joven moreno y delgado. —Pero, aquí pone: “El cohete del Sputnik pasó de largo por Guipúzcoa”.
—¿Seguro? Entonces, ¿cómo explicas esto? —matiza el abuelo mientras extrae un sobre.
—¡Hala! —exclama el niño ante la imagen en blanco y negro. —¡Un cohete! Y ¡éste eres tú!
–«Si hubieran publicado mis fotos… La del cohete está bien, pero el satélite me quedó casi mejor… ay… mis primeros retoques fotográficos… ¡y sin Photoshop!», musita melancólico.
Las pisadas atruenan el corredor. Las balizas de emergencia consiguen ponerlos a todos aún más nerviosos. Un haz de protones brilla y derriba al contramaestre. «Por Ben y el nieto que nos va a dar». Un giro a la derecha, una puerta. No abre. No abre. ¡¡Al fin!! Giro a la izquierda. «Por James que está a punto de licenciarse». El suboficial Hotchinss resbala y causa baja. Solo. Al fondo el ascensor, la única oportunidad de tomar la lanzadera. Se gira de golpe y realiza tres disparos. Sigue corriendo. Un golpe sónico lo derriba contra un mamparo. Las costillas arden. Se levanta trastabillando. «Tengo que conseguirlo por Helen. Prometí volver». No oye nada. Intenta huir pero siete hombres lo rodean con rapidez.
Desde la bodega de carga el universo parece un gran lodazal sobre el que cayese una enorme granizada. Se ve más silencioso que nunca. Lo suben y arrojan a una barcaza sin propulsor con raciones para dos días. Lo abandonan a la deriva.
37 horas después los restos del Capitán Carter se desintegran formando una aurora boreal en un planeta cualquiera del sistema Galeón.
Un cuaderno de bitácora deambula por el cosmos. Su última entrada: Te quiero, Helen.
Es su primer viaje espacial y apenas puede contener la emoción. Tras un preciso adiestramiento, por fin ha logrado estar donde ahora está, dentro de la nave, esperando a que se ponga en funcionamiento. Su familia está allí fuera, cerca, sin perder detalle, y ese pensamiento le aporta la seguridad necesaria para emprender el viaje. Sabe bien lo que debe hacer. Comprueba los mandos y se concentra para que todo salga tal y como ha imaginado. Conteniendo la respiración comienza la cuenta atrás mientras prepara su corazón para la emoción que, poco a poco, se va haciendo más intensa. Suena la señal prevista y el carrusel de la feria, con un decidido movimiento, la eleva girando hacia el cielo infinito.
He comprado una parcela en la cara oculta de la luna, en un acantilado junto al mar de la tranquilidad. He plantado productos de la tierra: pepinos, tomates y algún que otro producto local; un par de caracolas de cuerpos celestes que se parecen a nosotros. Una tan creciente y yo, tan menguante…
No sabía el tiempo que llevaba viajando por el espacio. Le parecía que toda una eternidad. De hecho, el tiempo ya no significaba nada para él. Estaba fatigado, exhausto. Necesitaba un sitio donde reposar. También donde distraerse, ¿por qué no? Se detuvo y miró alrededor; no había nada. Estaba claro que ningún otro vagabundo había pasado por allí. Quizá hubiera cerca algún área de descanso, un albergue para peregrinos espaciales. Sin embargo, prefería estar solo. La mayoría de los viajeros eran unos fanfarrones; no los soportaba. Descansaría allí mismo.
Durante un largo rato miró la negrura que le rodeaba. De repente exclamó:
–¡Hágase la luz!
Y la luz se hizo.
Desde mucho antes de la existencia del principio. Antes de que la nada fuera informe, vacío y tinieblas. Eternamente he sido viajero del vacío y del espacio, aún sin haber sido creados. Ahora disfruto de las galaxias, de planetas, estrellas, cometas, asteroides, nebulosas, del universo. Modifico el eje de rotación de ese o aquel planeta. Separo galaxias. Coloco nuevas estrellas o elimino algún agujero negro. Y cualquier día de estos, me dedicaré a la tierra de nuevo. Esta vez se ha convertido en un punto grisáceo de la Vía Láctea. Y eso que sus moradores, recibieron el planeta más azul del sistema. Solo queda de él un polvo negro y humeante. Probablemente, no fuera buena idea dejar aquel manzano en el Edén al alcance del hombre. ¿ O fue demasiado básico crearle desde un modelado de arcilla ? Tal vez tras este último fracaso de especie, deba crear una vez más, otro ser humano nuevo. Lo haré de materia más noble y consistente. Pudiera ser de polvo cósmico. ¡Eso es! Regeneraré el planeta. Que sea un completo Edén. Sin que haya un árbol prohibido. De azules y verdes intensos. Espero que sea la definitiva. Si no, pues habrá que cambiar de creador.
La gran bola de fuego inundaba la pantalla de televisión y el reflejo iluminaba su cara. Los cosmonautas desintegrados, igual que su maquillaje. El estruendo de los motores, destruidos por control remoto, acompasados con el chirriar de los muelles de la cama. Los restos cayendo hacia el atlántico como sus pechos y yo entrando en el aire enrarecido de su atmósfera a la velocidad necesaria para liberarme de la gravedad de la tierra.
Ayudado por un viento lateral que me erizaba la piel desnuda aumenté la potencia, ella, que claramente dirigía el control de la misión, me pidió que acelerara.
-Date prisa, me dijo, los clientes esperan. Todo me empezó a temblar y no sé cuánto tiempo perdí el contacto con el exterior.
Me despertaron los amigos que habían organizado una operación de búsqueda entre las habitaciones del motel hasta que dieron conmigo. Me pidieron que saliera disparado, que abandonara el módulo ardiente donde había quedado atrapado, que mi padre, por aquello del cambio de las corrientes de aire había caído por allí como en paracaídas.
Ella, sin dejar de mirar las imágenes, recogió el dinero abrió la ventana y miró hacia el cielo que lloviznaba cenizas.
Las palabras que resuenan por la noche en los sueños de mi cerebro, no tienen ni pies ni cabeza. Son extrañas, y no tienen sentido alguno para mí.
Por la mañana se las repito a los demás, mientras desayunamos tranquilamente, en ese momento relajado que tenemos antes de empezar con la tarea encomendada por si alguien me pudiera dar alguna pista; pero de momento no encuentro nada que me oriente. No dejo de pensar en qué cosas raras pueden designar y de dónde me pueden llegar a mí esas palabras… quizás de algún vestigio ancestral.
Nadie le da importancia, y en su tiempo libre todos siguen enchufados al sistema sin pensar en ello; pero cuando se cierra la tapa de mi cápsula, cierro yo también los ojos e intento imaginar eso que nunca sabré qué significa: “mar”, “bosque”, “río”, “montañas”…
En una pequeña aldea de Asturias vivía un chiquillo llamado Pelayo. Era gordito, con penas y lucía un pelo color caoba. Pelayo iba a la escuela todos los días y soñaba con viajar a la luna, pero sus amiguitos le decían que siendo tan gordito nunca podría llegar al espacio, ya que su nave se caería.
Él no hacía caso de lo que le decían. Solo pensaba y soñaba que navaegaría en una gran nave en forma de óvalo.
Pelayo se imaginaba surcando el espacio y flotanto en él. Veía estrellas, planetas y meteoritos. Esta idea le hacía muy feliz.
Poco a poco fue creciendo y luchando por lo que creía y quería. Sabía que su sueño no sería fácil de conseguir, pero lucharía por el.
Pasaba el tiempo y Pelayo se iba haciendo mayor, pero nunca cesó en su empeño de viajar al espacio.
Un buen día leyó en el periódico que se hacían viajes al espacio. Trabajó muy duro, ahorró todo lo que pudo y consiguió hacer su ansiado viaje. Su esfuerzo y perseverancia le acompañaron toda su vida, y en aquel viaje también.
Por entonces ocurrió lo del hombre en la luna, y nosotros lo vimos desde fuera del teleclub, porque los mayores no nos dejaban entrar. Era verano y nuestras madres estaban a la fresca en el serano, a la luz incierta de una luna que ya no era la misma. Me acuerdo del cepillo de dientes de Armstrong –o de Collins, o quizás de Aldrin– flotando como el bastón de un mago dentro del módulo lunar. Fue tal la fiebre interplanetaria, que todos nos veíamos, de allí al 2000, vistiendo monos ajustados y escafandras, y conduciendo coches voladores. En otoño, de vuelta a la ciudad, inauguraron en el barrio una discoteca llamada Apollo XI, así con doble ele. En ese antro oscuro con luces de colores di mi primer beso y tuve la primera decepción, y por supuesto ahogué mis desdichas en alcohol barato. Ella se llamaba Mari Pili y tenía unas pecas muy graciosas. Aún las veo a veces, salpicando la luna llena, en algunas noches de insomnio. Ahora, después de los eones de tiempo transcurrido. Sin mono, ni escafandra.
Todas las noches sale de casa y se dirige al pajar. Desde allí, alejado de la luz del hogar, puede contemplar sin problemas todas las estrellas de la galaxia. Papá le ha dibujado un mapa en el techo de su habitación que está pintado en azul eléctrico y salpicado de los brillantes puntos de los astros. Cuando se aprende una nueva constelación, le pide a papá que le pinte otra y así espera, cuando sea mayor, sabérselas todas y poder ir a Houston para ser astronauta y viajar a todo el universo.
Ayer memorizó otra, pero papá no le ha pintado la siguiente. Está preocupado porque no sabe dónde mirar esta noche y lleva todo el día repitiendo sin parar: Andrómeda, Andrómeda, Andrómeda…
Hoy papá no le ha dado las pastillas, a él no le extraña porque la casa está llena de gente que habla bajito, se susurran al oído y le miran con pena. Tampoco ha visto a mamá, pero ha venido la tía Estrella y le ha dicho que sus papás se han ido a Houston a preparar su ingreso como astronauta y que ella, ahora, le dará la medicación. Después de todo pronto cumplirá los cincuenta
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