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Siempre repetía de manera cansina que algún día iría a la Luna, y todos le daban la razón sin prestar la menor importancia al asunto. Tal era su terquedad que para dar más verosimilitud al asunto aquel año se compró un traje de astronauta con la mala suerte de que estaban en carnaval y todos se rieron de él al verlo pasear por las calles.
Aburrido de ver que nadie le prestaba atención una noche subió a su coche y lo lanzó contra el escaparate de una joyería.
Al día siguiente se pudo leer una nota en la prensa:
Un coche conducido por un hombre vestido con traje de astronauta aluniza en el escaparate de una joyería. Cuando llegó la policía encontraron al susodicho semiinconsciente que repetía : ahora me tendrán que creer.
Hace unos años el espacio cósmico reposaba tranquilo. Mientras en una galaxia, que crearon mamá y papá con las algas acariciándonos los pies, empezó todo. La materia se fue condensando para que una estrella diera luz. Pero el lucero moría antes de multiplicarse.
Tras peregrinar por un par de clínicas de fertilidad y después de muchos meses sembrando esperanzas en un huerto estéril, por fin llegó la mañana de la concepción.
Me inquietaste al verte por primera vez en la pantalla del quirófano. Eras una pequeña burbuja de vida. Luego se hizo el silencio mientras te transportaban en la jeringa. Una minúscula mancha blanca en el útero de mamá y un fogonazo de ilusión calentó la gélida sala.
A los nueve meses, mamá y yo te llevamos al mismo lugar. Esta vez ya podías oír los rugidos de aquel espacio cósmico.
…seis (una contracción), cinco (diez centímetros), cuatro (las lágrimas de mamá), tres (los nervios de papá), dos (tu cabecita), uno (big bang de emociones), cero (aterrizaje perfecto).
Julia bienvenida al planeta Tierra.
Gracias al mapa del tesoro, localizaron el asteroide, entre cientos más que orbitaban alrededor del Sol. El pulsador de la nave pirata inmovilizó la roca y la abrió de un solo latigazo electromagnético. En el frío espacio, quedaron expuestos, por primera vez en cientos de años, los senos ingrávidos del mascarón de la proa de una embarcación estelar.
─ ¡Es una nave Doncella del siglo XXI! ─dijo el contramaestre, a quién la tripulación apodaba el Humano por su cercanía genética con aquel grupo extinto─ Quizás quedó atrapada en una burbuja de magma durante el estallido planetario…
Transportados dentro de una columna de gases respirables, los piratas desembarcaron en la cubierta; luego, descendieron hasta una cámara, donde hallaron una caja oblonga cerrada. Al abrirla, en lugar del oro y plata, obtuvieron la sonrisa burlista de una momia. La cámara se selló con ellos adentro.
─ ¡Esto es un entierro, y nosotros, el cortejo! ─gritó horrorizado el contramaestre.
Los bucaneros reconocieron la vibración: los mecanismos del vehículo despertaban ante la caricia del astro. Las velas solares se desplegaron y, como una polilla atraída por la luz, la barca se dirigió hacia la pira fúnebre de fuego líquido con su ofrenda de seres vivos.
RELATO FUERA DE CONCURSO
La señora de asuntos sociales no creo que sea profa, no me ha peguntado nada de los continentes ni planetas, solo quería saber si hago gimnasia con papá. Ya le he dicho que no. Y ella que a ver si me enseña los nombres de las partes del cuerpo en inglés y cosas así, pero de sociales nada de nada. Era un poco rara. Luego me ha dicho que a papá le veré menos. Le he preguntado por qué, que mis papás tienen que estar separados. «¿Cómo el sol y la luna?», y que sí. Que no es bueno para nosotros tenerle cerca «¿Cómo la kriptonita de superman?» Que sí, que eso, y que nos vamos de viaje . Mamá dice que a un par de años luz de casa pero en el autobús dice «Tres Cantos». Suena raro. En el papel que nos han dado pone piso nodriza, calle Saturno, esquina Venus; y mamá sonríe y su ojos están menos morados, así que seguro que es verdad y es una superwoman.
Cuaderno de bitácora
Lunes 14 diciembre 2026
La expedición: un éxito. Analizamos muestras del meteorito y dimos con la solución que podrá regenerar la atmósfera en nuestro planeta.
Martes 15 diciembre 2026
En vano intentamos comunicarnos con la tierra.
Enviamos señales a la central, pero no recibimos respuesta. Programamos la computadora principal e iniciamos rumbo a casa. Deseamos pasar las navidades en familia.
Martes 22 diciembre 2026
Nadie nos recibe. Hay coches parados y estrellados por doquier dentro, sus ocupantes, todos muertos.
Las calles y los centros comerciales están llenos de cadáveres. Muchos de pie, como macabros maniquíes.
Creo que llegamos demasiado tarde. El aire está enrarecido, se hace irrespirable, i…rres…pi…raaaa………………
Desde que el cosmonauta descubrió la belleza de la cara oculta de la luna ya nunca más se le vio orbitar alrededor de ella.
No me gusta Javier, pero no se lo puedo decir a nadie. Javier viene siempre acompañando a Elena, la amiga de mamá del colegio. Sólo con ella la he visto reír desde que murió papá. Elena saca a mamá de su tristeza, tiene que seguir viviendo, por eso no puedo contarle nada malo de su amigo. No me gustan los juegos que inventa conmigo, como el de bajarnos los pantalones y tocar «los pajaritos», que dice él. Cuando viene a mi habitación yo imagino que me subo a una nave espacial y viajo entre las estrellas, mientras Elena y mamá hablan de sus cosas. Después de oírlas reír unas cuantas veces le digo a Javier que ya no quiero jugar más con él y me voy al comedor.
El otro día oí que Javier le preguntaba a mi hermana María si quería jugar con nosotros. No, eso no está bien. Le diré que no podrá ser, que en casa se acabaron sus juegos: mi cohete ya no volverá a ir a la luna.
Mi cuñado estaba muy interesado en saber por qué Andrea y yo habíamos tardado tanto en encontrar un sitio apropiado para los cuidados del niño. Tanto mi esposa como yo trabajábamos a jornada completa y, a pesar de la velocidad de nuestras naves, no lo hacíamos todo a tiempo. Le expliqué que mi enferma madre ya no estaba en condiciones de cuidar a nuestro Miguel, y mi hermana estaba atareada al extremo con su tesis doctoral. Además, habíamos usado varios jardines de infancia de los que acogen a niñitos hasta los tres años, mas no eran del agrado de mi hijo.
Me costó mucho que entendiera que Miguel era muy precoz y que ya tenía sus metas, aunque solo contaba con tres años. Soñaba con ser astronauta, por eso no gustaba de las guarderías menos costosas, sino de las equipadas con los más modernos simuladores de vuelos espaciales.
Le estaban esperando. En cuanto aterriza le escoltan hasta la nave nodriza. Había prometido que no volvería, pero ya lo conocen, no en vano, lleva visitándoles algunos años. La escotilla se abre y una luz ambarina le conduce por un espejado pasillo. Llega a la sala naranja; hoy quieren sorprenderle. En el centro, una mujer sin ropas gira y gira sobre una peana circular mientras un hatajo de manos absorbe su energía. Otra sarta de ojos viscosos le dispara virulentos hilos que en pocos segundos enmarañan su cuerpo inmovilizándolo sin piedad. Se desespera y grita: “¡Hijo, ayúdame!”.
No consigue mover un músculo.
Está sentada al borde de su cama. Sus vastas ojeras delatan ésta y otras muchas noches en vela. Extiende sus manos, en sus líneas gastadas caducan miríadas de promesas y juramentos…
Tarda infinitos minutos en volver. La mira confuso. Pero en esta ocasión, de su viaje, se ha traído una lágrima infiltrada en sus ojos que cae, certera y limpia, sanando sus labios resecos…
“Tranquila, madre, esta vez sí sé cómo ayudarte”
Acostumbraba a subir las noches de luna llena a la azotea del edificio. Silente y sola, presa del influjo del plenilunio, pasaba largos ratos absorta en aquel otero nocturno. Ella y la luna, la luna y ella, en íntima comunión con la inmensa esfera plateada. Una noche descubrió, difusa y lejana, la presencia de otro observador. Ella percibía vagamente sus escurridizas miradas que, conforme fueron atesorando lunas, se tornaron firmes y prolongadas. Una vez creyó ver cómo de sus ojos, que adivinaba grandes y rasgados, emergían sendos haces luminosos que atribuyó a un caprichoso reflejo de la luna en su cara.
Un día tras otro, durante las horas de luz, trataba de identificar entre los vecinos de la comunidad al misterioso compañero de observatorio, sin conseguirlo. Justo la noche que había decidido resolver el enigma dirigiéndose a él, este no acudió a la cita con Selene.
Muchas lunas más tarde, apareció posada sobre la azotea una pequeña cosmonave. Desde su puerta abierta surgía una luz cegadora. Ella contemplaba la escena paralizada, cuando una fuerza inesperada la impulsó dentro de la nave, al tiempo que un cuerpo inerte era escupido de la misma. Cuando creyó comprenderlo todo, ya habían despegado.
Situada a medio camino entre la valla del jardín y la puerta de entrada, oculta entre los altos setos de adelfas, la esfera lanza durante las noches pequeños destellos hacia las estrellas como si, desde su interior, alguien estuviera haciendo llamadas de socorro.
Tras comprobar el estado de la esfera, el hombre, un tipo alto, educado, con cierto toque de exotismo, hace vida normal. Por la mañana compra el periódico. Después se dirige al súper. Alguien ha comentado en alguna ocasión, como de pasada, que el hombre parece alimentarse de pepinillos en vinagre y pan negro. De ahí, quizás, ese color opaco de su piel y el hundimiento de sus ojos.
Por la tarde pasea al perro o se sienta en un banco del parque. Habla poco. Es educado y no se le conocen amistades.
Hasta el momento nadie lo relaciona con la desaparición de unas cuantas mujeres de la ciudad.
Prometiste enseñarme el nombre de todas las estrellas y en un coche prestado me llevaste a descubrir ese cielo del verano que no puede verse desde la ciudad. Y allí nos sentimos tan cerca que llegamos a confundirnos con ellas y empezamos a no ser el uno sin el otro. Después se nos vino un futuro como no lo habíamos soñado. Mi embarazo. Tu trabajo en el taller donde no cabían tus libros de astronomía y mi encierro en una vida doméstica en la que fui enterrando mi vocación por la arqueología. Nos acostumbramos tanto a no ser lo que quisimos, que un día nos preguntamos que quiénes éramos y donde había quedado la ilusión por estar juntos. Ahora, sola en el dormitorio en el que cuando llegues me creerás dormida, miro al techo. Sé que sobre él, en la azotea, observas la noche estrellada con tu viejo telescopio y a mí me gustaría convertirme en luz y viajar por ese espacio infinito que ahora nos separa para alcanzarte y juntos otra vez, contemplar con aquellos mismos ojos, ese firmamento que un día sirvió para unirnos.
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