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Cae bulliciosa y se arroja contra la piel cuarteada de los cipreses. La lluvia, ajena a la seriedad del lugar, juguetea y comienza a cercar a un anciano que encuentra en su particular travesía por el camposanto. Hilvana con gotas alargadas su americana y se estrella contra el suelo cuajando de lentejuelas negras la superficie varonil de sus zapatos, pero él permanece indiferente a sus provocaciones.
Enfurecida, ella azota su espalda antes de alejarse por el callejón estrecho, aunque unos segundos después se detiene, reflexiona y vuelve sobre sus pasos. Observa el perfil afligido del hombre y las manos que atesoran un colgante con un rostro casi desdibujado. El mismo contorno que refleja la losa a la que él fija obstinado su mirada ausente.
De pronto ella entiende. Se conmueve y despliega toda su dulzura mientras le acaricia el pelo fijándolo al cráneo en un gesto tierno. Escampa. Una gota se desliza por la mejilla del hombre y rodea el hoyuelo rotundo de su mentón. En un último aliento, ella se filtra bajo la ropa y traspasa su piel; apenas una chispa mojada que, en un esfuerzo definitivo, abona el terruño quebrado de su corazón.
Dicen que aquel día el paisaje se acercó despacio a su ventana, y que el viento Sur, cálido y desmesurado, removió con insistencia las cortinas de su cuarto. Dicen que, al descifrar el mensaje, una sonrisa se dibujó en su cara y, vestida de blanco riguroso, salió a la calle con la mirada lejana y el paso vacilante. Luego compró un ramo de rosas amarillas en un quiosco de Alexanderplatz y caminó hasta al cementerio sin más compañía que su tristeza y unos pasos mansos que la seguían de cerca.
Dicen que después avanzó sin prisa por el rincón de los poetas sin nombre ni epitafio, que acarició con sus dedos perezosos el mármol helado de las tumbas grises, que colocó las flores sobre la lápida del hijo que sólo vivió un día y que, cuando la oscuridad comenzó a colarse entre las ramas erguidas de los árboles altos, se recostó sobre un manto de hojarasca, y se alejó de sí misma para siempre.
Dicen que entonces cayeron una a una las piedras del inmenso muro que avergonzaba al mundo, y que el llanto lastimoso de su perro guía se escuchó en todo Berlín, pero ya fue imposible regresarla.
Inés enterró a su marido hace dos meses en “La Colina de los Huesos”, el cementerio del pueblo. Un lugar tan deshabitado que se pueden contar más muertos que habitantes.
A Pascual lo que más le gustaba del mundo era comer, y cada día al interrumpir la faena en el campo y sentarse a la mesa, siempre le hacía la misma pregunta a su mujer:
-¿Inés,qué hay para comer?
Ella echaba tanto de menos oír aquella pregunta desde que la había dejado sola al frente de la hacienda, que cada mediodía alcanzaba el rincón donde estaba incrustada su lápida y con un pincel untado en la salsa de tomate casero cincelaba en la piedra el menú que había cocinado para ese día.
Edelmiro y Sisenanda tenían una mala racha. Él lo repetía sin cesar: una mala racha. Lo que quedaba de cosecha se arruinó en un aguacero y un mal granizo remató la faena, una epidemia se llevó las pocas cabras que pacían en el establo y un pequeño incendio en casa convirtió en cenizas la despensa y buena parte de sus recuerdos.
No te apures Edelmiro, ya pasará, le decía ella. Y él, con su acuosa mirada de tristeza, abría la boca para decir algo, pero siempre se arrepentía en el último momento y callaba. Edelmiro miraba al cielo en busca de respuestas mientras su hacha surcaba el aire en una melodía de acero y madera. Mañana pasará…
Aquella madrugada las silenciosas calles de pizarra volvieron a escuchar el eco de las pisadas de la Compaña que regresaba del paseo de los cipreses con su botín de almas. A su paso la niebla, que envolvía el camino, sólo se resquebrajaba por un viento que hacía aullar las carcomidas ventanas y que cabalgaba por las techumbres caídas, lastimaba las rejas del cementerio y se paraba para hacer una reverencia ante una cruz de madera ensangrentada y su tallado epitafio: “Por fin pasó»
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Remedios sentada de luto riguroso encima de la lápida que cubre el féretro de su marido va leyendo una y otra vez el epitafio que con tanto interés meses atrás le había encargado: ME VOY PERO ESTA VEZ NO VOLVERÉ”.
Entre dientes rumia un monólogo que aligera aquella situación:
—Claro que no volverás cobarde, yo me encargue de que “solo “vieran tus huellas sobre el vaso con el resto del cianuro, el suicidio fue el veredicto de la policía, tus problemas con el alcohol y el asco por la vida corroboraron esa sentencia.
He leído tu carta. Tu carta que es solo un epitafio, el que corona la tumba de nuestra historia. La he roto, presiento que regresarás.
Cerraste la puerta y escuché un adiós sordo, luego los sueños se estrellaron contra el suelo, se hicieron añicos. Fui incapaz de reaccionar. Me quedé sentado en el sofá, observando como el sol que entraba por la ventana iba modificando su ángulo, hasta acariciar mis dedos. Intenté atrapar la luz, pero se escabulló entre mis manos, poco a poco, igual que tú te has ido estos años, como se fueron los besos de las mañanas y las risas de los domingos. Como los recuerdos, que mi mente rechaza porque ya no me pertenecen. Porque ya no formas parte. Después me asomé a la ventana, y ni siquiera divisé tu sombra entre la niebla.
He leído tu carta. Decir te quiero, y querer decir ya no te quiero querer. Por ejemplo poner una vela al futuro y soplar cada día, hasta que se apague. Hace tanto que te fuiste. Me cuesta tanto recordar ese adiós, saber que ya no somos la misma historia. He leído tu carta y sé que te has ido. Ayer. Para siempre.
Cuando llegues al monte, María, ten cuidado. Ya ni el zacate crece igual. Ni huelen lo mismo las flores de manto, ni la manzanilla. Tampoco los pájaros cantan como antes.
Cuida donde pises, mi niña. Habrá palas y picos por todos lados. No tropieces con ellos y tampoco los toques. No sabemos si enterraron o desenterraron a los difuntitos que mal descansan en esos campos. Tú llévate los tuyos y si Diosito te escucha y regresas con noticias de tu Juan, déjalos ahí; tantos hay que sólo tienen uñas para buscar a sus muertos, mi niña.
Y mira, si encuentras a nuestro muchachito, sácalo con cuidado. No dejes que te lo ganen los buitres, ni los perros, ni los policías judiciales. Escóndelo en este morral. Si ves un huizache alto, ahí merito lo entierras. Escribe sus señas en el tronco. Ese árbol será su lápida.
Cuando le hayas dicho tus cosas, cuéntale también las nuestras, mi niña. Dile que su padre y yo, día y noche lo buscamos. Gritamos su nombre en calles y plazas, en pueblos chicos y grandes, hasta quedarnos roncos, hasta perder las fuerzas.
Tantos son los que faltan, María, que ya ni el viento nos escucha…
¿Y AHORA QUÉ…?
Me he estremecido de placer con el sabor acorchado y viscoso de la manzana podrida que había mordido y el cabeceo furioso del gusano al ser sorprendido. He pensado en mi hermano, en cómo construía abismos de separación hacia lo anómalo. Una tarde en nuestro cuarto me retó a meter la mano bajo el edredón y tocar los ojos de un muerto. Cuando casi agonizaba de terror, me confesó riendo que sólo eran dos uvas peladas y húmedas. Tras morir papá y mamá, me llevaba muchas tardes al cementerio para que le ayudara a componer oscuros epitafios con letras del scrabble hasta que rompía a llorar de pena y frío. Rememoré sus enseñanzas cuando aquella prostituta apareció desmembrada en el canal donde cazábamos los pajarillos que luego me hacía lanzar a las garras de gatos callejeros. Hoy, después de lo de esa pobre niña, he venido corriendo porque he sentido verdadero vértigo. Conozco bien a mi hermano, mi espejo; llevo años arrastrando las fascinaciones que me impuso. Horrores que han emponzoñado mis sueños y sesiones recurrentes con psicólogos. No estoy exagerando, señor comisario, él me convirtió en su sombra pervertida y ahora yo me he propuesto ser su peor pesadilla.
Andrea salió del cementerio, repitiéndose, sin darse cuenta, lo que acababa de encontrarse, al girar una esquina, de camino hacia la salida: ‘Lo que eres, fui. Lo que soy, serás’.
Aunque ella, en lugar del cambio de viva a muerta, lo aplicaba al paso de presa a libre, también para su querida Carmen.
No hacía ni dos días que su marido había muerto repentinamente de un aneurisma. El deportista, el triunfador social y empresario de éxito, el hombre culto y sensible que todos apreciaban, se apagó como una vela.
Y Andrea, que a menudo era felicitada por compartir vida con la joya que aparentaba ser Blas, se sintió florecer, como si despertara después de un invierno interminable, triste y oscuro.
Había ido recordando, poco a poco, la persona esencialmente feliz que era ella, antes de descubrir con quién se había casado realmente, y que casi se había desvanecido.
Conteniendo como podía la expresión de su alegría, se felicitó de su suerte, y se propuso un objetivo: sacar de su encierro a su cuñada, que como ella había sufrido largos años la opresión de la bestia.
Se sentó al volante, cerró los ojos, suspiró, y se dijo: ‘lo voy a hacer’.
¿Habéis escuchado alguna vez al viento luchar con los cipreses? Supongo que sí. ¿Pero lo habéis hecho una noche cualquiera de invierno cuando la luna nueva te suspende el aliento? Probablemente también. ¿Pero… tumbados quizás sobre una lápida? ¡Nooo, seguro que no! Si lo hubierais hecho no estaríais ahí escuchándome.
¡Maldito juego! Ocurrió hace mucho tiempo, sí, pero ni siquiera el viento, hacedor de olvidos, consigue llevarse mis recuerdos. Os juro que no quisimos abandonarlo, pero aquel terrorífico aullido nos heló la sangre y tuvimos que salir corriendo. ¡Lázaro, nuestro amigo Lázaro! ¡Siempre acompañado por un misterioso cánido negro!
Hoy he vuelto al camposanto dispuesto a continuar el juego, aceptar con resignación mi turno y librarme definitivamente del ciprés que me ha crecido en la conciencia. Me tumbo en la misma losa que todavía conserva las correas que lo sujetaron. El viento comienza su particular batalla. La luna se esconde. Un frío glaciar se escapa por debajo de la piedra y recorre mis venas poco a poco. La estatua, aquella estatua negra con olor a bálsamo, supuestamente de mármol, me mira con su cara de chacal y me enseña un extraño epitafio cincelado en su pecho: “OTREUM EVUTSE NÉIBMAT OY”.
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