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Cada año, por la feria de San Quintín, aparecía Mr. Pill con su chistera y su cañón mágico. Todo el pueblo esperaba expectante el momento en el que, subido a su carromato, lanzaba un elocuente discurso sobre las verdades del mundo, porque, después, venía lo mejor: de la oscura boca de su antigualla brotaban tesoros inesperados: caramelos, palomas, peladillas… incluso una vez, monedas para todos. Después, invariablemente, guiñaba un ojo a Miranda, la hija del campanero, saludaba y se marchaba por donde había venido, sin que nadie supiera quién era en realidad ni recordara cuándo llegó por primera vez. Solo presentíamos que, a fuerza de desear sus regalos, sus palabras calaban en nuestros corazones haciéndonos mejores.
Aquel otoño adivinamos que algo sucedía en cuanto apareció; los vivos colores de su carreta estaban desteñidos, su chistera ajada y torcida. Con voz quebrada, nos desoló hablándonos del amor y el desamor. Después, contra su costumbre, se dirigió a Miranda y la besó en los labios. Boquiabiertos, le vimos introducirse en su cañón y salir disparado hacia el cielo dejando un rastro de pétalos con perfume a resignación.
Esa misma tarde, ella aceptó casarse con Matías, pero por la noche, murió de desilusión.
Cansada de esperar al marido y al hijo, la Reina se levantó de la mesa y fue a buscarlos por el castillo.
—¡Doriiistires! ¡Pepiiindio! ¡Que se enfría la sopa!
Recorrió pasadizos y aposentos, lamentándose de los desconchones y humedades en las paredes; bajó a las mazmorras tapándose la nariz, y subió las escaleras con cuidado de no tocar la barandilla agrietada.
—¿Qué estáis haciendo aquí?
—Pepindio se ha fundido la colección de monedas en juergas. Esta mañana llegó haciendo eses y se cayó al foso, así que le he ordenado fregar los cañones. Si no quiere casarse, algo útil tendrá que hacer.
—¡Estoy harto de tanto frotar!
—Hijo, por una vez tu padre tiene razón; deberías encontrar una princesa adinerada que nos saque de esta ruina.
—Vaaale… Pero la elijo yo.
—¡Con lo escogido que eres! Que si la que se pinchó el dedo con la rueca es un muermo, que si la del guisante bajo el colchón una tiquismiquis…
—En la taberna he oído hablar de la Princesa del Pueblo. Es de un reino muy lejano: Hispania o algo así.
—Toma —se entusiasmó el Rey—: papel, tintero y pluma. Escríbele una carta. Pero sin faltas de ortografía, ¿eh?
El día de mi funeral, la ciudad se engalanó para despedirme, los soldados me escoltaron por sus calles y la nobleza me acompañó en mi último paseo. Mi familia me veló en palacio, en cuyo jardín se dispusieron 28 cañones, uno por cada año de mi vida, desde los cuales se lanzaron siete salvas, una por cada estado que incorporé al Imperio que heredé de mi padre, el Gran Emperador.
Pero tuve que morir para darme cuenta, que lo importante en la vida, no son los homenajes, no son los palacios, no son las salvas lanzadas por los cañones y tampoco lo son los imperios. Tuve que verme en ese ataúd de fino roble, rodeado de mis hijos y mi amada esposa, para darme cuenta que lo realmente importante en esta vida son las cosas más insignificantes, unos buenos días de tu mujer amada, la sonrisa de tus hijos o el te quiero de tu madre.
Lo que te hace feliz no es conquistar reinos, no es tener el mejor ejército, no es ser el más poderoso del mundo, sino los pequeños detalles, esos detalles que me perdí por intentar ser mejor emperador que mi propio padre.
La escopeta había sido de su abuelo, contaba al sobrino mientras caminaban. El gatillo tenía la particularidad de que, por un defecto de fábrica, al estampido del disparo le precediera un chasquido que advertía a la víctima.
–Por puro instinto, se giran, y mueren mirando el alma negra del cañón.
Basilio no quería que su hermana le echara de su casa una vez más, no tenía donde ir, e intentaba ganar su confianza atendiendo al sobrino, Fabián. Fracasó con el fútbol, y ahora confiaba en aficionarle a la caza. Le compró unas botas de campo, una gorra de tiras fluorescentes, y se inscribieron en una montería de jabalí.
Al chaval le agotaba andar sin destino por el monte. Basilio, prudente aunque excitado por la batida, le mandó que rodease unos jarales hasta un abrevadero donde debía esperarle. Fabián no encontró la fuente, pero tropezó con un ciruelo que decidió recolectar. Hasta escuchar el ruido indefinido de la espesura. Jamás había visto un jabalí pero le aterraba encontrarse a solas con uno. Llenó de ciruelas la gorra y se parapetó tras un murete de piedras. Cuando asomó, apenas consiguió ver un destello, pero en el silencio distinguió, nítidamente, un chasquido metálico.
Bartolo, estaba hasta la coronilla de las quejas de Felipa. Tanto suspiro, tanto “me vas a matar” “me quiero morir” “ay, qué larga es esta vida que me ha tocao vivir”. Así un día sí y otro también.
Una mañana que Felipa andaba con fiebre, Bartolo se levantó más amable que de costumbre y le preparó el desayuno.
–Toma este tazón de sopas con leche y achicoria, Tordilla, y no te levantes de la cama en toda la mañana.
Felipa no se levantó ninguna mañana más. Cayó fulminada. Según Bartolo de unas fiebres maltas.
La paz y la tranquilidad empezaron a reinar en la pequeña casa hasta que un día una sombra se dejó ver por las habitaciones.
Al principio, el hombre no hizo mucho caso, pero después la convivencia fue insoportable.
Los suspiros, las quejas de la Felipa volvieron y esta vez el retintín aunque diferente de cuando estaba viva, era igual de irritante.
–Si crees que de mí te has librao, estas pero que muy equivocado, pájaro de mal agüero. Esto va a durar la tira, que muero porque no muero.
Los contemplo tras los barrotes: solos, en parejas, en grupos. Me atrae la algarabía de sus sonidos Me divierte como gesticulan, pasean, se exhiben.
Pero no puedo evitar sentir tristeza cuando los observo. Lamento que mientras yo vivo feliz rodeado de cuerdas y arbustos con los que poder jugar y donde tengo las frutas raíces y hojas frescas que necesito, esos seres de pelajes extraños que caminan erguidos, que emiten sonidos que no entiendo, y que forman parte de mi vida estén prisioneros tras los hierros de una gran jaula.
Bajo la luz del baño, por enésima vez, Teresa mira su reflejo. Vuelve a cepillarse el pelo, retoca el labial, comprueba que la ropa le combina. Pero por más que compruebe, por más que cepille y retoque, sus ojos hacen foco en la boca. “¡Alambre de púas! ¿Quién te va a querer besar?”. Reprime las lágrimas, y con gran esfuerzo, se sacude la crueldad de sus compañeras de clase. “Esta cárcel, estos hierros no van a durar para siempre”, repite mientras palpa la estampita en el bolsillo, forzando una metálica sonrisa ante el espejo. Inspira profundamente y en el mismo bolsillo, bien pegado a la estampa, coloca el labial. Ahora sí. Ahora sí está lista para irse.
Qué duros estos destierros, amigo Alonso, qué duros y qué injustos. No me mires con ese afán reprobatorio por debajo de la boina ceñida, que te conozco, que son muchos años de cuitas. Si en el fondo somos todavía esos chavales ingenuos y zascandiles de antaño, por mucho que digan los médicos. Esos lo que tienen es solo interés en atarnos en corto asustándonos con nombres rimbombantes de enfermedades y pastillas de almidón coloreado. Pero los muchachos paran cuando me acerco, temerosos de golpearme, me dicen «pase abuelo, pase» y yo me hago el remolón, pero no entienden que quiero jugar con ellos. ¿Te acuerdas, Alonso, de aquella vez que ganamos la liga de la región frente al equipo del pueblo de al lado jugando con nueve? Ay, Alonso, qué tiempos aquellos y qué tiempos estos de duros destierros. Yo solo quisiera marcar un último gol.
En esta oscuridad en la que habito, solo puedo dedicarme a recordar. Rememoro el tiempo en que solo era capaz de susurrar siempre las mismas palabras: ¡ay, qué larga es esta vida! Era mi mantra, un suspiro hondo que me ahogaba el alma y me impedía ver el sol que me daba calor, la lluvia que alimentaba la tierra o el amor de los míos que me envolvía en una crisálida de cariño. Estaba ciego, era incapaz de disfrutar y solo sabía quejarme, de mi mala suerte en el trabajo, de mi falta de expectativas, de mi mujer, de mis hijos… Ahora que vivo en esta negrura he aprendido a valorar todas esas cosas, pero ya no puedo demostrar que he cambiado. Lo único que tengo aquí es tiempo, mucho, tanto que a veces vuelve mi antiguo yo a recordarme que resido bajo dos palmos de tierra. Pero no le dejo ganar, no, he practicado eso de ver la botella medio llena y me estoy convirtiendo en un optimista, al menos no me han incinerado.
Quiera Dios que renazca y tome buena posesión de mi andadura.
Quiera Dios que comprenda que amar no es pesar,
que el amor por sí mismo es gozo, no cruz.
que no hay esta cárcel, estos hierros, ni piedras ni deudos,
que no hay mal mayor que el temor.
Que vivir no es morir,
que el que nace siempre vive
y el que muere revive,
que en el confín eterno donde todo mora y todo parte
El que Ve y Sabe, Crece
y en el camino que tuerce y muere
de la fuente de agua infinita y sabia,
que otorga el poder de lo eterno,
Bebe.
Quiera Dios que nazca y muera,
Y vaya y vuelva
Y deje y regrese.
Quiera Dios que al fin todos comprendan
que vivir no es morir,
que la cárcel no es el cuerpo,
que la belleza de la vida es volar libre
y comprender que cada instante es abundante y perfecto.
Que bajo el cielo duermo, habito y me alimento
Y al fin, cuando la vida no da más de sí,
vuelvo
y luego regreso
y vuelo
y sueño
y amo
y todo es eterno
Amo
porque todo es Eterno.
Al salir de la misión, el guerrero MBo me dice algo en su lengua, parecen muchas palabras o tal vez pocas pero largas. Al pasar Henríquez, que sabe todos los idiomas, le hago una seña para que venga y me ayude.
MBo repite, todo suena exactamente igual que antes. Henríquez va traduciendo:
-Dice que entiende el bello poema que ha leído el misionero. Esa mujer desprecia la vida y quiere morir. Dice que él también conoce cómo usar esas mismas palabras.
-Luego cuenta que su mujer acaba de morir al dar a luz y el niño también. Todo con grandes padecimientos. Él la acarició hasta el final mientras ella decía: muero y no sé por qué muero.
-Dice que él mismo quiso matar al curandero cuando vio los hierros que había usado en el parto, pero que otros de la aldea se lo impidieron: no lo hagas, te desterrarán o irás a la cárcel.
-Por lo visto, su mujer no ansiaba morirse, sino más bien ver crecer a sus hijos.
-Dice que él también siente como si unas fieras lo estuvieran devorando.
-Y nos muestra esa tela ensangrentada por si nosotros sabemos decirle dónde el alma está metida.
Circunspecto, el Inquisidor Bernardo de Cienfuegos prosigue con el interrogatorio.
¿Y dice vuesa merced que nunca llegó a conocerla?
-No, mi señor.
En opinión de este tribunal hay algo diabólico en ella ajeno a este mundo.
-Ni esta cárcel, ni estos hierros, jamás podrán acallar estas manos guiadas por la Divina Providencia-, afirmó el acusado.
¡Insolente, no pongáis el nombre de Dios en vuestra boca!
-Me llamáis insolente porque desconocéis el camino de la perfección y la pureza. Yo lo encontré en una sola palabra y lo transformé en piedra inmortal.
Jugáis con el fuego purificador de la Santa Inquisición. ¡Blasfemáis!
El momento es tenso y el verdugo gira la polea que atenaza sus extremidades. El dolor es supremo, inmenso.
¿Estáis seguro de no haberla conocido, de no mantener tratos con ella ajenos al control de nuestra Santa Madre Iglesia? ¿Abjuráis?
-Nooooo…mi señor, ¿acaso uno puede renegar del amor?
Aquella noche Gian Lorenzo Bernini no pudo conciliar el sueño. El sofocante calor romano, la humedad del Tíber. Nuevamente hojeó el libro de la Santa de Ávila y en el margen de una hoja comenzó a trazar un pequeño boceto al que llamaría “el éxtasis de Santa Teresa”.
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