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Soy un cincuentón nostálgico, por eso me hizo ilusión que esa noche una cadena programase Furia oriental. De inmediato evoqué recuerdos de mi infancia en un cine de barrio, embobado ante el arte marcial del maestro chino Bruce Lee.
Intenté hacer partícipe a la familia. Mi mujer, siempre sensata, optó por retirarse a leer hasta ser vencida por el sueño. Mi hijo también se acostó, no sin antes burlarse repetidas veces de tanto entusiasmo.
Con los anuncios, la cinta terminó entrada la madrugada. Bebía un vaso de agua cuando escuché que alguien manipulaba la cerradura de la entrada. Al asomarme con mi batín leí la sorpresa en los ojos del fornido delincuente. Sin dejar de proferir sonidos guturales lancé torpes patadas y puñetazos al aire que hicieron añicos un jarrón. No pudo atacarme ni huir, presa de un acceso de risa a causa de mi grotesca exhibición. Aproveché su flojera para empujarle dentro del armario, cuya puerta me apresuré a atrancar con una mesa.
Las versiones sobre este risible episodio, claramente agigantadas, se extendieron con rapidez. Desde entonces, a mis años, me he ganado un respeto inesperado, junto con un apodo que me encanta: El Brus.
En aquella película de los 70, en una sala de arte y ensayo, las escenas de desnudos y de sexo explícito, consiguieron que las feromonas de las parejas que estaban desperdigadas aquí y allá, subieran de tono. Proyectaban El Decamerón con sus historias de libertinos y mujeres de mal vivir.
Algunas, se protegían de las visiones de los mirones, tapándose con los abrigos, pero se intuía lo que sucedía debajo, por el oleaje de la tela y por los gritos ahogados y susurrados.
Otras, se daban al magreo y las manos volaban del pecho a las zonas pudendas sin recato alguno, espectadores solitarios, entre las filas, buscando las mejores vistas y sentándose en las zonas posteriores para aliviarse.
Por otro lado, mujeres de edades indefinidas, más bien talluditas, más bien pajilleras, se ofrecían al mejor postor, acuclillándose en los sitios vacíos y mostrando su catálogo de idiomas, francés, griego y cualquier otra lengua, enseñando una sonrisa de dientes que semejaban una ciudad bombardeada.
Gracias al cine de arte y ensayo, muchas parejas intimaron y les llevó al matrimonio. Mañana, cuando estés en una sala de cine, mira a derecha y a izquierda y no comprenderás como fuiste capaz.
El problema no era que la muchacha gritara «la cerda es mía» o que girara el rostro ciento ochenta grados mostrando la cara convulsa del horror. El verdadero problema se hallaba frente al televisor: el pequeño de seis años, en pijama sobre el suelo, contemplaba plácidamente aquella película de los setenta.
Le habían acostado temprano temblando de fiebre. A media noche la madre se levantó para vigilar su sueño y llevarle agua. Cruzó el pasillo a oscuras y alertada por la luz azulada de la tele, asomó la cabeza por la puerta. El niño de espaldas a ella, apoyaba la cara en las manos, absorto en la pantalla, ajeno al revuelo de cortinas aireadas por el viento gélido de la noche. La madre, confundida, soltó el vaso. Él, los ojos brillantes, giró la cabeza con un crujir de músculos del cuello, mirándola fijamente sin dejar de darle la espalda, mientras con voz dulce anunciaba sonriente, dislocado: «la peli acaba de comenzar, mamá».
¿Te acuerdas? Noches inolvidables en el escarabajo, la música de fondo de los Village People, la pantalla gigante de los sueños en el cine de verano, esos pies tan bonitos ocultos por el vaquero de campanas, nuestro primer beso viendo Love Story. ¡Qué tiempos!
Siempre juntos, acostumbrados a querernos, a no dejarnos, a compartir esa caladilla de hierba que nos transportaría a un mundo mejor. “¡Esos jóvenes rebeldes!” decían nuestros padres. No nos entendían. Nunca nos entendieron. Fuimos una versión de los O´Neal y MacGraw de la época. La juventud sólo se vive una vez.
¿Te acuerdas? Siempre decíamos que la salvación de la humanidad estaba en la poesía. Tus cabellos al viento, tu sonrisa demoledora, cómplice, la fogata en la playa desnudos, al amparo de la luna y acurrucados por el mar. Siempre amamantados por los versos del poeta.
¿Te acuerdas? Díscolos por un ideal no por capricho, soberanos de nuestras vidas, de nuestro destino.
¿Te acuerdas de mis primeras palabras tras ese primer beso? Te quiero, te quiero, te quiero, tan sólo eso. Y tus labios.
¿Recuerdas tu poesía favorita?
¿No te acuerdas? Aguanta el frío cariño, la vejez sólo tiene un camino de ida. Éramos tan jóvenes…
En aquellas películas de los años 70 todos los actores fumaban.
Ya había intentado por dos veces dejar de fumar anteriormente, y con cierto éxito. Fue muy duro la primera vez. Pasado un mes llegué a asustarme. Pensé que la vida tenía muy poco sentido sin el cigarrillo. El “mono”, el onírico que aparece a la semana, trabajó muy bien; se entrometía en mis sueños y en ellos fumaba metiendo humo hasta el último alvéolo de mis pulmones, dejándome una sensación pecaminosa.
La segunda vez, logré una abstinencia de dos años. Estaba muy feliz, ya creía vencido el “vicio”.
En ambas ocasiones envalentonado por los gin-tonics, tras los postres del ágape de una boda, caí en la tentación que la demoníaca dama me ofrecía en forma de venero de un “long-size Partagás” enfundado en su cilindro de aluminio.
Ya van por 25 años desde que lo dejé por tercera y última vez y he resistido, incólume, a más de doce bodas.
Anoche volvió el “mono” de la abstinencia. Me colocó en un angustioso escenario en el que se reunían mis compañeros de trabajo. Estaban los vivos y los muertos. Me jubilé hace cinco trimestres.
Estoy luchando para quitarme el vicio del trabajo.
Compulsivamente visionaba película tras película, ¿por qué no se me ocurría nada?, ¿por qué se me había concedido la necesidad de escribir y no imaginación para ello? Devoraba los DVD intentando encontrar la chispa de una historia. Las horas engullían los minutos, los días aplastaban las horas. El padrino, Taxi driver, Apocalypse Now, El cazador, El expreso de medianoche, Alguien voló sobre…
Mi mujer sabía lo importante que era para mí, y me observaba con cariño al principio, y con preocupación a medida que pasaban los días. ¡Spielberg!, ¡sí!, él me daría la solución…, pero no, ¡no…! Mis ojos empezaban a escupir desesperación. ¿Qué me pasa? ¡Dejadme! ¡Malditas voces!…
PLAY…
A medida que contemplo la película comprendo que la espera ha terminado, por fin entiendo el significado de los susurros en mi cabeza, ¡por fin! Mi cuerpo tiembla de excitación. Cuando vuelvo de comprar la máquina soy una persona liberada, con un propósito, un destino. El relato de octubre de ENTC se me ha resistido, pero mis compañeros y muchos más escribirán sobre mí. Tras ojear el manual la conecto, el ruido es estridente, pero pronto el olor a combustible se mezclará con el hedor de miedo y sangre…
Susana lee con mucho interés la página de espectáculos del periódico. Se fija en la cartelera y presta atención a las películas que están echando.
—Oye, Juan, ya están poniendo la nueva película de Woody Allen, se titula Manhattan; tenemos que ir a verla —dice eufórica.
—Sabes que no le aguanto —contesta Juan, acercándose y mirando por encima de su hombro— ¡ah! mejor ésta: Apocalypse Now, me han hablado de ella, es fabulosa, hay escenas tremendas ambientadas con música de The Doors y de Wagner.
—Otra vez la guerra del Vietnam, ¡no!
—¿Lo echamos a suerte?
—Ni hablar, prefiero ir sola.
—Podemos ir juntos y esperarnos a la salida, los dos cines están cerca.
—De acuerdo.
Frente al espejo, Susana se da los últimos toques. Le sienta bien esa minifalda con las botas altas y el maxi abrigo. Duda si colocarse el sombrero negro de alas anchas, al estilo Annie Hall, que tanto le favorece.
A la salida del cine Juan espera pacientemente. Finalmente aparece Susana y no viene sola, le acompaña un hombre bajo, dicharachero, con gafas de pasta.
—Te presento a Gustavo —declara entusiasmada— es un incondicional de Woody Allen.
Llegué con la película a medias y, a oscuras, a punto estuve de estamparme contra un pollo de patas largas y educación corta que se empeñó en no levantarse de su asiento para dejarme pasar al mío.
—¡Empezamos bien!—pensé mientras me sentaba, sacaba mi sandwich y decidía que vería el principio de la película cuando terminara la siguiente. Entonces había sesión continua, butacas sin numerar y bocadillos para pasar la tarde.
En la pantalla salía una familia rica que se metía en unos líos estúpidos, lloraba por tonterías y encima pretendía darnos pena a los del patio. A mí, más pobre que las ratas, no se me movió una ceja.
Debí dormirme, porque cuando abrí un ojo perezoso, corría por la película un alienígena detrás de una humana medio tontita demostrando que, para venir de una civilización muy superior, tenía un gusto francamente deleznable.
—¡Ya les vale a los del espacio exterior!—me dije, mientras el cosquilleo del sueño volvía a invadirme sin remedio.
No sé si fueron mis ronquidos o el final de la sesión, pero me echó de allí el pollo con uniforme encargado de desfilar por los pasillos rociando al personal con ambientador barato.
Salimos del cine Actualidades con el convencimiento de que Yoko Ono, ―aquella cariacélguica japonesa extraña y mal encarada, que encima decía que era artista de arte conceptual, (¡Qué coño era aquel arte que nuestras adolescentes cabezas puerifranquistas no entendían ni estaban dispuestas a comprender jamás, por el agravio cometido contra toda una generación de beatlemaníacos de primera hornada que se revolvían temiendo la completa desaparición del objeto sagrado de sus vidas y sueños!)― era la culpable de todo. Si no había más que verla, con su vampírica pose, controlando todo lo que el grupo hacía ora en el estudio, ora sobre el tejado cableado de Apple Records, aquella memorable tarde. . . ¡Aquella memorable tarde! “Dejémoslo así”, dijo Alberto San Juan al resto de amigos, cuando con lágrimas en los ojos abandonábamos en silencio el triste y lleno vestíbulo de aquel negro y aciago salón. “Let it be”, recalcó Luis.
Era una noche tibia de verano. Tú y yo muy juntos, veíamos aparecer la tenebrosa Estrella de la Muerte recortándose sobre el universo, mientras tu mano avanzaba bajo mi falda de tablas. Nuestras lenguas temblorosas chocaban como las espadas láser en la pelea entre el bien y el mal. Al acabar, me prometiste amor eterno. Es el poder de los efectos especiales: hacen que nos creamos lo imposible.
Absortos y aterrorizados por las secuencias impactantes de la película, no sólo se olvidan totalmente de sus propias vidas, sino de todo lo que les rodea; la gran pantalla los atrapa escupiendo tensión y horror a borbotones, sin tregua. Alguien disfruta especialmente de la coyuntura visitando fila por fila, asiento por asiento, sin prisa, con regodeo y risa burlona que los presentes confunden con el sonido del filme. Sabe que tiene dos horas largas para llevar a cabo su plan y las emplea en buscar la mejor opción. Escudriña a todos sin miramientos, gozando por adelantado con pequeños ensayos, bromas de mal gusto sólo perceptibles por las víctimas elegidas al azar. Algunas, presas del pánico, se ven obligadas a abandonar el cine. Debe escoger la definitiva antes de que la sala quede vacía. Tiene varios candidatos perfectos. Al final, se decide por una chica que lleva media hora con los ojos cerrados muerta de miedo y de asco. No sabe la pobre que le quedan pocos minutos para ser ella la protagonista. El Maligno se excita imaginando las barbaridades que hará esta otra en su nombre.
Recuerdo lo mucho que me impresionó, durante aquella excursión, contemplar a un enorme polluelo oscuro exigiendo ser cebado por un pequeño petirrojo. Don Aquilino nos explicó que se trataba de un pájaro parásito: el cuco.
Años más tarde aquella imagen me asaltó cuando, una semana después de enterrar a Isabelita, tras aquella desafortunada y extraña caída, hubo que internar en un centro psiquiátrico a Claudia, la mayor, totalmente enajenada. Y todo porque a Fernando se le torció la adolescencia y se fue apoderando del espacio ajeno, destruyó la armonía familiar, esclavizó nuestras vidas y nos vendó los ojos con un falso amor filial.
Por las noches, le miraba mientras dormía, preguntándome si aquel retoño que nos agotaba las energías, que había convertido nuestro hogar en un nido de cuco, en realidad no sería hijo del demonio. Mi instinto de supervivencia contradecía al paternal; mi cabeza sugería delirantes locuras que el corazón era incapaz de ejecutar.
Hoy, con el cadáver de mi esposa en los brazos y al ver volar cenizas y pavesas sobre mi casa, comprendo que puse las razones equivocadas en la balanza y que, de algún modo, estuvo en mi mano haber evitado el desastre.
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