Esta Noche Te Cuento. Concurso de relatos cortos

FE

Un relato con menos de 200 palabras inspirado en LA FE

Bienvenid@s a ENTC 2026 Comenzamos nuestro 16º concurso en el que iremos proponiendo hasta 8 propuestas temáticas en torno a la EXISTENCIA En esta ocasión serán relatos que desarrollen el concepto de FE en todas sus acepciones. Y recuerda que el criterio no debe ser poner menos palabras sino no poner palabras de más. Bienvenid@
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Esta convocatoria finalizará el próximo
14 de FEBRERO

Relatos

44. BIENVENIDOS AL PARAISO. ( Begoña Heredia )

Era frecuente que terminásemos con bronca. Temblaban hasta los taburetes de la barra del café Paraíso. Cierto es que la televisión nos ayudaba con las noticias. Cierto también que el vino que se servía no era ni bueno ni malo, más bien de chato mañanero. Todos sabíamos de política, de enfermedades, de asuntos sociales, todos, allí no quedaba ni uno sin dar su opinión. Por las tardes los golpes en la mesa con las fichas de dominó agudizaban el jolgorio. A la noche, después de la cena, ya con el día sosegándose, saludos adormecidos al que llegaba, palmadita en la espalda y vuelta a empezar: el sinvergüenza de turno y hasta las predicciones del parte meteorológico nos conducían a la refriega y tras ella cada mochuelo a su olivo y todos de camino a casa, pensando : “ Ojalá mañana amanezca de nuevo y podamos seguir estando vivos , pero eso sí, a ser posible a ver si aciertan de una vez con el tiempo, aunque se acaben las batallas, ya encontraremos otra diversión”. Ahora ya no tenemos ganas de discusiones, la cosa va en serio, hasta Tito el del bar ha echado el cierre.

43. UN ALTO AL FUEGO de Piluca Illana Herraiz

UN ALTO AL FUEGO (de Piluca Illana Herraiz)

En Las trincheras embarradas se amontonaban exhaustos los cuerpos sudorosos y heridos que un instante antes habían luchado temerariamente por conservar sus vidas.

Ahora, tras la batalla se mantenían inmóviles, alerta todavía. Siempre se perdía algún tiro tardío y despistado que acertaba en la diana. Eran unos minutos que se alargaban indefinidamente desertando del reloj y de sus mandos.

En ese período corto e inexplicablemente largo, ni obedecían órdenes, ni respiraban, ni se guiaban por la medición del segundero, solo descansaban esperando recuperar las fuerzas abatidas por el enemigo, pero sobre todo soñaban en blanco, recreándose en aquel color de paz distante y postergada que alguna vez en un tiempo extraviado vivieron sin saberlo.

Era una sensación de desaliento la que sentían, arrebujada en la esperanza surgida del profundo silencio que acompañaba siempre el parón de los últimos disparos.

Y una pregunta surgida en la inconsciencia marcaba las agujas del reloj con repetida intermitencia:

-¿Volveremos a vivir de nuevo aquella deseada paz de bandera blanca?

-Antes tendréis que ganar la guerra…

Les contestaba una voz surgida del desastre del combate con aliento y olor a pólvora quemada.

M. Pilar Illana Herraiz
4 de septiembre 2014

41. «Buscando La Paz»

Agarro mis barrotes fuertemente en la fría mazmorra que es mi encierro.

Cansado de destruir fortalezas, tomar castillos, asaltar atalayas, matar dragones, invadir territorios, pelear contra el enemigo, someter al pueblo, demoler puentes, abordar navíos, conquistar continentes, disputar ofensas, ajusticiar reos…
¡Cansado de guerras!

Una armadura demasiado pesada.

Nunca he sabido de donde procedía este dolor, esta pena, esta rabia, esta ira, esta desesperación…
Ahora comprendo, al final de mis días, que tanta lucha ha sido en vano y que mis heridas están más abiertas que antes.
Ahora comprendo, tras la batalla, que el enemigo no está en ti sino en mi.

¿Puedo encontrar la paz sabiendo que lucho contra mi mismo?
¿Dónde está el arma certera que sea capaz de conquistarme?
¿Dónde clavar la bandera que ondee, al fin, Victoria?
¿Conozco al enemigo?
¿Y ahora?

Agarro mis barrotes fuertemente en la fría mazmorra que es mi encierro.
Y sigo luchando.
El enemigo está aquí, conmigo, en mi.

40. LAS DOS ESPAÑAS (SERVITUD)

Llegó padre y se sentó…

Llegó como si hicieras apenas un rato que había salido de casa…

Llegó y no recuerdo besos ni abrazos.

Me vienen  a la memoria los ojos inquisitivos de mi madre; los de mi padre… perdidos.

Cicatrizaron las heridas, las superficiales, las que se ven.

¿Las otras? Nunca llegamos a profundizar tanto.

Llegó padre, pero la alegría de su llegada vino con un velo de tristeza.

La abuela lloró de alegría el regreso de su hijo, a la vez que lloraba de pena por la muerte del gemelo.

Se puso luto y lo llevó casi toda su vida.

Digo “casi” porque se lo quitó el mismo día que murió padre.

Entonces no lo entendí.

39. DETRITUS (Epífisis)

La cama deshecha, la sábana cimera vuelta y la bajera fuera de sus goznes, dejando ver parte del colchón. La almohada, con manchas de carmín y de rímel en la funda.

En el centro, se mezclan, migas, un trozo de pizza, ceniza, manchas de algún otro fluido, un preservativo arrugado y usado, otro virgen, un anillo constrictor y unas bolas chinas que rodean una rodaja de limón.

En la mesilla, una lata de cola volcada, otra de cerveza, un vaso a medio vaciar, un cenicero que se desborda y la caja abierta de la pizza con dos trozos llenos de hormigas que inician su andadura por la pata hasta su escondrijo.

Debajo del tálamo, es imposible distinguir nada, todo es un maremágnum de latas, ropas y zapatos, que se expanden por el suelo al resto de la habitación, donde se aprecian los calcetines, la camisa, el pantalón y los calzoncillos de la última puesta.

Al fondo, sentado en un pub, está nuestro héroe, desnudo, con un cigarrillo en los labios, con la cabeza entre las manos, llorando tras la batalla, con el rabo entre las piernas, pues ha sido vencido, no por una gata, sino por un gatillazo.

38. EL SABOR DE LA VICTORIA (Carles Quílez)

–   ¡Maldito cocinero! –dijo Arzur, recogedor del tercer regimiento del ejército del Emperador. – ¿Cómo voy a hacer mi trabajo con esta resaca? La próxima vez que me ofrezca su ponche de la victoria, le arrancaré los huevos.

–   Huevos –graznó un cuervo que picoteaba el rostro de un cadáver cercano.

–   ¡Jeremías! –gritó el hombre, mientras cargaba el cuerpo de un muchacho y lo lanzaba al camión de los despojos.– Suelta ese ojo, glotón. Al final, te vas a poner malo.

–   Malo –repitió el pájaro.

37. Vanguardia (La Marca Amarilla)

La noche en la trinchera es muy dura -“más que la vida”- como decía mi amigo Daniel, marcando el antagonismo entre guerra y vida.

Aquella noche nos dijeron que sería la última, que después de la batalla volveríamos a casa y nos reemplazarían. Luchamos con esa idea y aquello nos hizo ser más temerarios en el combate, deseosos de que acabara cuanto antes.

Las primeras luces del día insinuaban una sangría rebozada en barro y metralla a pesar de que una piadosa niebla intentaba disimular la barbarie. Daniel asomó y me hizo gestos de que aquello había terminado señalando el punto de encuentro de nuestro Batallón. Nos abrazamos emocionados al comprobar que nuestros cuerpos no tenían muy mal aspecto. Mientras, el Capitán hacía recuento de soldados; suspiró aliviado al comprobar que solo estábamos allí una tercera parte del total.

Entonces ordenó la partida, la vuelta al hogar. Empezamos la marcha adentrándonos en el bosque a través de una acogedora bruma carente de humedad. Fue cuando un soldado, todavía aturdido, interrogó al Capitán por los heridos y los cadáveres.

– Pronto vendrán al auxilio de los heridos – gruñó el oficial –  y por los muertos no se preocupe usted, volvemos a casa.

36. A guerra limpia (Marcos Santander)

Casi bajo la cama, como abandonada y en desuso, pero seguro, ―o quizás― sobre la pequeña alfombra de colores cálidos y rojizos, fuera de su lugar habitual, pueden verse restos de la libido inmensa que horas antes campaba a sus anchas en el interior de todas las moléculas de ese gas familiar y cercano que nos va matando, poco a poco, y que llenaba y llena la estancia. Despacio también, se fueron cargando de partículas de esa libido de buena cosecha, a medida que las rosas, ahora casi marchitas, templaban sobre la piel cada terminación nerviosa disponible y cierta. ¡La libido, muerta o moribunda, después de haber volado alto hasta las cumbres, sin freno, libre, sin parangón! Por el resto de los rincones de la habitación, cualquier par de ojos vería, en cambio, dos pares de zapatos mal ordenados, tres o cuatro piezas de ropa interior enmarañada ―o quizás, rota― unas llaves, monedas y monederos, una cruz sujeta a una cadena y una falda buscando una plancha, desesperadamente. ¡Qué lujuriosamente atrayentes pueden ser a veces, las putas batallas!

35. Antes de la Batalla

-¡Llega el alba mi General!
-¿Cuántas veces he de decirle que no soy su General? ¡Soy César!
-Perdone, perdone, su magnificencia -replicó el primero con notoria burla.
-Podría hacerle crucificar por su verborrea, Centurión.
El Centurión calló y tragó saliva.
-Es el momento de partir, ¡Prepare las armas! – añadió César, mientras señalaba el horizonte.
Tras ello, aquel subordinado agarró su almohada y con la mano libre que le restaba tomó su urinal. Levantó la mirada y oteó el amanecer por la ventana.
¡Sí, vámonos para la batalla! – dijo ensimismado con los primeros destellos de la mañana – Vámonos para la batalla – susurró.

34. «Quimera»

Tumbado boca arriba, me dejé llevar por la resaca y la marejada que se estaba levantando. La luna desplegó su feminidad rutilante y me cubrió con su manto envenenado. Entonces vi tu cuerpo ondulando en la estela que se prolongaba hasta el horizonte. Quise abrazarlo, recorrerlo braza a braza, golpe a golpe, pero estabas cada vez más distante y yo cada vez más adentro. Más y más, y más adentro. Tú estabas bebiendo la sangre de mis venas y yo cada vez más sediento. Tú arrancando jirones de mi carne y yo cada vez más hambriento. Más y más, y más adentro. Mi cuerpo apenas un juguete, un capricho de las olas y del viento.

Desapareció la orilla. Un horizonte inaprensible me rodeó por completo. Era demasiado tarde para ganar algo en aquella batalla. Demasiado tarde para seguir soñando ni esperando ni amando ni viviendo. Los gallos terminaron de perforar el manto negro de mis párpados cerrados. Me rindió la noche…y llegó la mañana y abrí los ojos y quise respirar… pero volvió la noche.

Después de muchos días el único recuerdo que conservo es mi cadáver flotando a la deriva.

33. El tiempo, el silencio y la muerte ( Nieves Mtz.Menaya)

Aquella mañana fría de Febrero, el tiempo, el silencio y la muerte se habían  congregado en un exiguo imperio de infinitas batallas. No hubo casus belli  y la vía diplomática tampoco era un recurso contemplado. Para ambos, el enfrentamiento era una unidad de doctrina, el código de honor de una logística pactada. Simplemente, se sabían contrarios y era preciso el enfrentarse. En Guéridon, la muerte formaba parte del arte de la guerra.

Amanecía y la batalla no iba a tardar en dar comienzo. A las fuerzas del norte resultaba confuso distinguirlas del resto de la noche. Ataviadas de negro, contrastaban con las tropas del sur, de un albo ceniciento que parecía duplicar sus resplandores. Desde lo alto,  el monarca advirtió satisfecho la fuerza de su alcance efectivo y tras comprobar el estado del foso y los taludes, regresó  junto a ella, que abrazaba al corcel presagiando el destino.

Era ya medianoche. Después de largas horas de exterminio  selectivo, un dolor diagonal se le hundió en la garganta. El rey había muerto. Diligente, saltaba la noticia a los diarios: “Con tan solo 30 microprocesadores, Deep Blue vence a un exhausto Kasparov”.

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