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Ocupaba la 104 desde un domingo. Su rostro imberbe le recordaba a diario que no era el hijo que su padre quiso tener. A falta de hermanos, heredó el negocio familiar, y a falta de medios, no pudo rechazarlo.
Escogió aquel hotel por estar rodeado de latifundios. Pasaba la mañana intentando vender plaguicidas a sudorosos capataces que le escrutaban preguntándose qué sabría del campo un hombre con manos de leche.
Ella llegó al día siguiente para alojarse en la 203. Siempre supo que no era lo que sus padres esperaban, pero lo comprobó en su espalda el día que les dijo que quería ser actriz.
Eligió aquel hotel porque estaba cerca de varios locales en los que sus imitaciones de folclóricas encajaban bien. Salía pasada la medianoche y no volvía hasta el alba, deshecha, con las fuerzas justas para desmaquillarse y recoger su alma bajo su verdadera piel.
Podría haber sido en la 104, pero fue en la 203 donde el azar quiso que murieran los dos. “Causas naturales”, indicó el forense mientras le cerraba los párpados todavía sombreados de azul. Después, casi evitando mirarle, cubrió la incómoda virilidad del único cuerpo inerte que yacía en aquella habitación.
La cortina está rasgada y los cristales de la ventana hace tiempo que no se limpian. Lo mismo ocurre con el resto de la habitación. Hay suciedad acumulada en todos los rincones y hasta las sábanas de la cama no parecen estar muy limpias. Decido acostarme vestido, sólo será una noche. Tengo que intentar dormir y seguro que el cansancio me vencerá y no pensaré en toda esta mugre que me rodea.
De eso hace 22 días.
22 días que llevo sin salir de la habitación 22, con el cansancio no vi el número, de este hotelucho de mala muerte. 22 días sin comer. 22 días bebiendo las escasas gotas que caen del grifo del lavabo. 22 días sin que nadie se haya preocupado por venir a llamar a esta maldita puerta. Puse el cartel de “ no molesten”. 22 días acurrucado en un rincón, muerto de miedo. 22 días sin medicación. Dejé la maleta en el coche. 22 días, 22 días, 22 di, 22, 2…
Uno no elige de quien se enamora. Solo sucede. Tocas el cielo o te mueres por dentro, o las dos cosas a la vez. No era ni guapa, ni alta, ni tenía nada de especial, solo aquella mirada de niña que nunca fue princesa. Y ese roce, eterno, cuando sus dedos se pausaban en mi mano al tenderle, cada atardecer, la llave de la habitación. Siempre la misma. Ni la más bonita, ni la menos fea. Solo era la que estaba encima de recepción. Por si acaso.
No eran nadie para ella, solo trabajo y trocitos de tiempo en un hotel de las afueras. A ellos no les regalaba su mirada azul, como cuando se giraba y me sonreía al entrar en el ascensor. Cada día elegía a un hombre distinto. Y yo, cada día, me enamoraba. Hasta ayer. Hasta que escuché gritos pidiendo auxilio y subí a zancadas. El disparo en mis oídos, el muerto a mis pies y la pistola en mis manos.
Uno tampoco elige a quien odiar. A quien sí se elige es a los amigos, a los cómplices, a las víctimas; o a los tres a la vez.
Sabía que la volvería a encontrar en el antiguo motel de madera que preside la Peña. Conforme me acercaba, sus recuerdos se mezclaban con las palabras y las promesas dichas. Al salir del coche y mirar hacia el motel, el viento ululaba con la voz de ella. ¿Era posible volverla a ver? Lo sabría si apartaba el miedo y me refugiaba en el interior de aquel lugar dónde estuvimos por última vez.
Atravieso la puerta muerta que da acceso a la recepción polvorienta del motel. A su izquierda, las escaleras que suben a las habitaciones de encuentros casuales, me advierten de que no siga. Pero nada impide que llegue al primer piso y la vea cruzar hacia nuestra habitación. La habitación que tantas veces compartimos y que, en una noche de tormenta, su marido también descubrió.
Corro hacia su aroma y esencia. Cruzo la puerta de nuestra habitación y la veo desnuda en la cama, esperándome. Cierro la puerta y la oscuridad funde mis recuerdos, su imagen y mi deseo de encontrarla. Al tacto de sus huesos con mi cuerpo, miro hacia el espejo que me devuelve las lágrimas que no derramé aquella noche en que falleció. Una vez más.
—¿El recepcionista, te has fijado?
Laura no le presta atención, agobiada por la avería del coche, por pasar la noche en ese hotel de carretera, en esa habitación con restos de uñas y pelos en el rosa chillón de la alfombra, bajo la luz insuficiente de una lámpara amenazante como una araña hambrienta colgando de su hilo.
—Clavadito a Anthony Perkins. ¡Qué bombón! —continúa Juana soñadora—. Le pega mucho a este sitio horrible. Imagínate aquí sola…
Una nueva ráfaga de lluvia apedrea la ventanas mientras la luz pierde potencia, como si la araña del techo agotara sus fuerzas.
—Es tétrico. ¡Ji, ji! —Juana no calla ni retocándose el rímel—. Primero inspeccionaremos la ducha antes de quedarnos a oscuras y tener que avisar a… ¡Anthony! ¡Anthony, cariño! ¡Ja, ja, ja!
Derrotada, Laura se sienta palpándose las sienes, cabizbaja. Descubre un reguero de manchas surcando la moqueta. Son goterones secos. Avanzan hasta el baño y mueren a los pies de Juana que descorre la cortina de la ducha y grita. Un trueno sofoca su alarido. Se ha ido la luz. En la oscuridad su rostro huyendo del baño es una luna pálida y asustada que murmura trémula:
—Anthony.
Era tarde. Irene se sentía demasiado cansada para seguir conduciendo.
Aquél hotel en medio de la nada no era el Hilton, pero no estaba la cosa para lujos. El antro parecía decente, sin sustancia pero aseado, como el recepcionista. Pidió una habitación y una botella de agua. El hombre, además, resultó ser diligente; ni siquiera le reclamó una identificación. Subió a la habitación, se desvistió, se metió en la cama y apagó la luz.
Esa noche tocaba sueño erótico. Pero algo no encajaba. Demasiado convincente, demasiados besos carnosos en el cuello, de esos de chupetón. Encendió la luz y vio al tipo que yacía junto a ella. Era tan real como el chasquido de la bofetada que le soltó.
– ¡Degenerado! ¿Qué hace?
– Oiga, es mi habitación, he pagado la tarifa Noche con Sexo.
Irene se vistió lanzando sapos por la boca y salió de allí, seguida por los sapos.
– Es una forma de cita a ciegas. – le aclaró el recepcionista – Gratis para las damas, son los caballeros quienes pagan la estancia.
Pidió otra habitación, y esta vez dejó muy claro que, salvo que fuera el mismísimo Brad Pitt, no quería ver a nadie en sus sueños.
Había pasado tiempo desde el empujón que desencadenó todo. Ella metió la llave en la cerradura con miedo a encontrar algún objeto que hubiera cobrado vida, pero todo estaba inmóvil, frágil, como a punto de quebrarse. Él aún tenía llaves, podría haberlo encontrado, inesperadamente, en el salón, sentado, con la cabeza entre las rodillas, llorando arrepentido por haberla tirado de la escalera y provocar la pérdida de un bebé no deseado.
Sólo los huecos de la estantería y el espacio vacío de la mesilla donde faltaban sus libros mostraban, paradójicamente, signos de vida.
Él erraba de una pared a otra de la habitación del hotel donde se ocultaba desde aquella noche. Vivía enjaulado, se castigaba bebiendo, fumando y tomando pastillas a todas horas. Insistentemente, con la obstinación enfermiza que uno se ata a las cosas que le perjudican. Esperando tener el valor suficiente para terminar con su vida.
Los dos sabían que no había sido un accidente fruto de la acalorada discusión. Él había dado una patada a la escalera mientras ella subía. En el suelo todavía, la foto de su boda atravesada por cristales y en el techo aún, el cable arrancado del que ella quiso colgarse.
En aquel hotel, me susurró Marilyn Monroe
Detuve el coche en la pequeña explanada dejando que el parabrisas enmarcase las paredes ahumadas del hotel y la vegetación salvaje que lo estaba devorando. Se respiraba soledad y abandono. Mis pulmones se hicieron más grandes. Recliné el asiento y mis recuerdos también retrocedieron hasta el día en que llegaste espléndida y exuberante. Tu risa de pájaros alborotó aquellas paredes que me estaban enterrando y que nunca quise regentar. Me pediste habitación.
– Solo dos días – dijiste.
Pero aquellos dos días fueron veinticuatro. Veinticuatro días de pasión y sexo salvaje que recorrieron todas las habitaciones del hotel. Veinticuatro días enredando sueños en el laberinto de tus cabellos desmadejados. Veinticuatro días donde mi amor y mi patrimonio ardieron al mismo tiempo como yesca en fogaril.
Finalmente, la carretera que se pierde más allá de lo árboles, te llevó envuelta en su piel de serpiente. Tú no querías, lo sé. Eran tus ganas de vivir.
Escuché a mi espalda, más allá del asfalto, romperse las olas en el acantilado. Un cigarrillo vino a interrumpir mis recuerdos. Años atrás pensaba incluso que podía borrarlos con él. La luna, inmensa y redonda. Iluminó de repente mi conciencia y las paredes ennegrecidas del hotel.
El hotel con el que nos ganábamos la vida estaba junto a una de las carreteras que salían de la ciudad. Yo lo había heredado de mis padres y, con el paso de los años, habíamos visto como la metrópoli cada vez más cerca amenazaba con engullirnos. Así, habíamos dejado de ser una encantadora casa rural y quizás acabásemos por convertirnos en uno de esos hoteles que hay en los polígonos industriales, llenos a partes iguales de altas voces y de gemidos.
Yo miraba con aprensión a mi mujer, que era de misa diaria, y me preguntaba qué sería de nosotros cuando trasformasen la iglesia en una discoteca y nuestro pequeño pueblo en un satélite con cuatro casas.
Qué tonto soy, ¿verdad? y qué olvidadizo.
En cuanto volvimos de despedirnos entre lágrimas del cura, un buen amigo, ella puso la radio a todo volumen, empezó a mover las caderas, a guiñarme un ojo y a servirse un lingotazo de whisky. Sentí otra vez un pellizco en el corazón y recordé el modo en que nos habíamos conocido, el momento exacto en que habíamos decidido vivir y sobrevivir juntos.
Mi padre se llama Alfred y es director, director de películas. Hacer películas es tener una silla de director de cine con tu nombre escrito. Mi padre también coge un embudo, se lo pone en la boca y chilla: “Acción”. Entonces los actores y las actrices hacen su trabajo, que es actuar en las películas. Esto lo hace mi padre más de mil veces al día y cuando otro señor hace “clac” con una cosa que se llama claqueta, otras mil, mi padre vuelve a casa.
Hoy mi padre le ha contado a mi madre que han encontrado un hotel en la carretera para la nueva película, y que han rodado la escena de la ducha y que ha quedado muy verosímil. “¿Qué es verosímil?”, le he preguntado. “Significa que es creíble, real, que le puede pasar a cualquier persona”, me ha explicado. “¿Y qué pasa en la ducha?”, le he preguntado. “Eso no te lo puedo contar, tienes que esperar a que se acabe de rodar la película”, me ha respondido él. No importa, esta noche dormiremos en ese hotel, así que no tendré que esperar a terminar el rodaje… ¡antes de dormir tengo que ducharme!
Cansado, el anciano cantante toma asiento en la suite del Holliday House, un discreto hotel de carretera que fue testigo de cuanto aconteció aquella noche, cuando aceptó el único encargo en toda su vida contra una mujer. El trabajo sin embargo, ya estaba hecho cuando llegó, y él se limitó a llevarse el cadáver y disponer la casa que tan bien conocía como el plató de la que iba a ser la última actuación de la actriz. Ella había sido primero su amante y posteriormente su confidente; a ella le debía haber contactado con la élite, aunque después aborreció ese privilegio, quizás demasiado tarde, cuando fue consciente del deterioro de la mujer, de su lento marchitar aún en plena juventud.
El resto era historia. La habitación 303 permanecería indiferente al paso del tiempo por expreso deseo del hombre que ahora descansaba en la butaca. El mismo que había comprado el silencio del propietario del hotel a golpe de talonario.Todos aquellos dólares, sin embargo, no pudieron acallar la melodía que cada nueve de mayo inundaba los pasillos de la tercera planta, donde una voz dulce y apasionada, casi lasciva, entonaba con falsa inocencia Happy Birthday dear President.
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