Esta Noche Te Cuento. Concurso de relatos cortos

FE

Un relato con menos de 200 palabras inspirado en LA FE

Bienvenid@s a ENTC 2026 Comenzamos nuestro 16º concurso en el que iremos proponiendo hasta 8 propuestas temáticas en torno a la EXISTENCIA En esta ocasión serán relatos que desarrollen el concepto de FE en todas sus acepciones. Y recuerda que el criterio no debe ser poner menos palabras sino no poner palabras de más. Bienvenid@
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Esta convocatoria finalizará el próximo
14 de FEBRERO

Relatos

6. De un hotelero de Coria. “EL MIRLO” (J.Redondo):

Atado al poste, ante la pared norte del cementerio, cayó fusilado el mirlo. Bastó una bala.
El Mirlo adoraba a los pájaros. Esto y su pequeña talla originaron su remoquete. Se jactaba de ser el más “rojo” de los anarquistas extremeños. Tan era así que a un polluelo de mirlo, nacido en un seto bajo la higuera de su huerto, lo amaestró para silbar la “internacional”.
Cuando el cabo de la guardia civil pasaba frente a su casa, el Mirlo, mientras ceremonioso recitaba el saludo acorde al momento del día, incitaba al enjaulado a desarrollar su sonata, sacando de quicio al benemérito.
Terminada la guerra civil el Mirlo fue condenado al paredón. En prisión, nuestro personaje, amasando día a día migas de la exigua ración de pan del rancho carcelario, modeló un crucifijo, lo que junto a sus lánguidas miradas consiguió ablandar el corazón del capellán. Así, por pío, logró ser indultado.
El vesánico cabo, fuera de sí, ató al mirlo al poste. Siete balas, unas por piedad, otras por impericia, señalaron su impacto con el humo de polvo de cal de la tapia; una única bala asesina dejó plumas rotas suspendidas en el aire vacío de un pentagrama inconcluso.

5. Chantaje (Susana Revuelta)

Antes de meter la llave en la cerradura, Edgar vuelve la cabeza para echar un último vistazo al aparcamiento. Dos Buick descoloridos, una moto cruzada en la acera. Un gato relamiéndose junto a un cubo de basura volcado sobre los charcos.

―Edgar, no estás de servicio.

―Chicago es peor que una cloaca.

Entran en la habitación. Cuatro paredes desnudas, una ventana desvencijada. Afuera retumban los truenos, arrecia la tormenta. Edgar coloca encima de la mesa su arma, las esposas, la placa. En el respaldo de la silla la chaqueta, la camisa, los pantalones. La ropa interior. Su compañero le rodea con los brazos por detrás y comienza a mordisquearle la oreja, a provocar el latido de su virilidad. Un relámpago ilumina esta escena de pasiones prohibidas, de sexo furtivo. Sus cuerpos tiemblan con el roce de sus dedos, con la tibia humedad de sus besos. Al borde del éxtasis, ambos se funden en uno solo. Y cierran los ojos

Una ráfaga de luces alumbra la estancia, pero hace rato que cesó el golpeteo de la lluvia contra los cristales. Edgar se gira hacia la ventana a tiempo de verles huir en la moto.

Con sus cámaras.

Malditos hijos de puta.

4. De película, pero cierto.

Corrían los años noventa. Yo era joven y audaz. Tras un largo viernes de trabajo decidí abandonar Bilbao y pasar el fin de semana en Alicante. A la altura de Gandía renegaba de la idea. Necesitaba dejar de conducir y descansar.

Tenía que haber desconfiado de las parpadeantes luces rojas y azules que anunciaban aquel hotel de carretera a las afueras del pueblo, pero el cansancio pudo con el sentido común. La recepción era cochambrosa; el recepcionista, repulsivo y la habitación la más sucia que jamás se vio. No había posibilidad de tumbarse en esa cama infecta. Por supuesto, el aire acondicionado -¡en pleno julio!- era un lujo asiático para los estándares de semejante establecimiento.

Al menos, tenía terraza. Sin embargo, la terraza era común. Se accedía desde todas las habitaciones de la planta y estaba ocupada por varios huéspedes. Evidentemente, compartíamos el mismo problema. Para mayor desgracia, asomaba sobre un cine de verano con su correspondiente proyección a todo volumen, así que cuando amaneció yo ya estaba llegando a Villajoyosa.

Esa fue la primera vez que vi “Pretty Woman”. Es cierto que no pagué entrada al cine, pero… ¡ay, qué caro me salió!

3. Pastillas para no soñar (Eva García)

Que no, que yo no soy así. Las cosas, si se hacen, hay que hacerlas bien, no de cualquier manera. No entiendo a las mujeres de ahora, que huyen del romanticismo y las buenas intenciones: cualquiera diría que no saben apreciar a un caballero, a un hombre de verdad que desea darles una estabilidad y rodearlas de amor puro.

Ya volverá,  necesita tiempo para darse cuenta de que solo yo puedo ofrecerle lo que realmente desea.

Cada vez que recuerdo su obstinación por parar en aquel motel de tres al cuarto, para que retozáramos desnudos sobre vaya usted a saber que tejidos sin lavar, me entran escalofríos. Porque yo, en el coche, en el campo o en la playa, no me inspiro: la gente  desconoce los peligros de la falta de higiene y de la exposición del cuerpo a los gérmenes ambientales.

Que no, si algún día damos el paso, será en mi casa, si no están mis padres claro, o en un hotel con suficientes estrellas y garantías. Lo nuestro merece ser especial, ¿no cree doctor?

Porque volverá, lo sé: tan solo hace quince días, un mes y diecisiete años que se marchó… pero… ¿qué me está usted recetando?

1. CUANDO SE HACE TARDE

El sexo anal le parecía sucio y humillante, detestaba el sabor ácido del tabaco cuando la besaba y dudaba que fuese médico, como decía. Ella ya se sentía mayor para flirteos furtivos, prácticamente anónimos y fundamentados en un deseo que acabaría apagándose.

Él se manejaba bien en la adulación, y a ella le encantaba escucharle hablar de su pasión por los grandes veleros, con un vocabulario de lugares y objetos nuevo para ella; pero tenía la sensación de que la mentía cuando miraba, con el gesto torpe del mal actor que pretende evitar la sobreactuación. No quería sufrir; ni abandonarle cuando el roce hubiese tejido un cariño cotidiano. Por eso, por cuarta y última vez, había acudido a la misma habitación de hotel, tenía puesta la lencería rosa que le gustaba y se disponía a hacerle pasar un buen rato antes de explicarle que su relación había terminado.

Se acomodó en la cama para esperarle y encendió el televisor; la programación y el cansancio la llevaron a un sueño apacible.

La despertó el frío de la madrugada. Por la ventana abierta se colaba una penumbra de luna moribunda que pintaba las paredes del cuarto de una infinita tristeza.

 

139. Hemisferos

Aquella fatídica noche la yaya Martina perdió a la mitad de su marido.

Desde entonces él canta pero no habla, copia pero no escribe. Juega al parchís pero no a los bolos. Sonríe dibujando una asimétrica media luna.

La yaya sabe que él solo la ve si se acerca por la izquierda. Desde ese lado le habla, en una conversación en la que ella inventa y pone voz a la otra mitad. Ya no discuten, solo se miran y se interpretan,  como si buscaran salir de un laberinto.

Ella se empeña en compensar esta extraña partición: ahora le quiere el doble que antes. También está el doble de cansada. Nunca imaginó que se pudiera morir a plazos.

Ya está empezando a habituarse a este nuevo marido manso y silencioso, a esa línea imaginaria que divide su cuerpo en dos, dejando una garra a un lado y una mano al otro, a ese movimiento infinito de ida y vuelta de la cama al comedor en la silla de ruedas. Contempla los radios de las enormes ruedas que giran como un interrogante a lo largo del pasillo.

No entiende, pero acepta. Como cada vez que la vida le dio una noticia inesperada.

138. La línea interior

Jack viaja por primera vez por la Inner Line del metro de Londres,  recién estrenada,  y observa que, una vez traspasada la boca del túnel, la oscuridad  inunda enseguida  el tubo hasta llegar al ensanche del que parten distintas ramificaciones. El convoy avanza pesadamente por el laberinto eligiendo unos caminos y despreciando otros, siguiendo un plan primero e inexorable. A los pocos minutos, Jack comprueba que su tren llega a la estación prevista. Otros trenes que vio cruzarse durante el trayecto,  eligieron otros destinos.  Otros miles de viajeros acometieron el viaje y enfrentaron la boca oscura del túnel al mismo tiempo que él. Pero solo los que eligieron ver el interior, solo los viajeros de la Inner Line están aquí ahora.

Antes de descender del vagón, mira hacia atrás. Por la minúscula ventanilla del fondo puede ver el túnel que acaba de abandonar. Daría todo por conocer cómo la ingeniería ha conseguido extirpar, casi sin obras, ese gigantesco  útero por el que ha viajado y ha llegado a su destino.  También distingue a una  mujer sentada en uno de los bancos de madera.

Jack quiere saber. Seguramente es entonces cuando decide cambiar la Inner Line por Mary Ann Nichols.

 

137. BUCLE

Salí de casa sin mirar atrás, la sentía asomada a la ventana esperando que me arrepintiera y volviera, pero lo tenía claro, tan sólo me quedaban unos metros para tomar la calle de la izquierda y perderla de vista para siempre. Al doblar la esquina me sentí liberado y empecé a andar más despacio hasta que comprobé que estaba a punto de llegar nuevamente a su casa, donde ella me esperaba asomada a la ventana. Noté su mirada esperanzada y apresuré el paso girando esta vez por la calle de la derecha, pero me pasó lo mismo. Desesperado corrí en todas las direcciones. Todas acababan en ella que ahora ya me esperaba en la puerta con los brazos abiertos. 

136. Él, que la sigue

Él le escribió un cuento y ella bailó.
Él le cantó un tango y ella plantó flores.
Él le abrió al campo puertas y ella tomó el metro.
Él le compró un libro y ella miró la televisión.
Él le sacó una manta y ella salió a correr.
Él le pintó un sol y ella compró un paraguas.
Él se vistió de otoño y ella montó el belén.
Él fue familiar, amaneció y ella no había vuelto.
Él la acorraló en un callejón y ella trató de huir.
Él, agarrándola, le soltó un abrazo.
Ella lloró.

135. BENDITA UBICUIDAD (Rafa Heredero)

Al principio fue solo un capricho, un poco por desquitarme de la envidia que sentimos los casados ante las oportunidades que se les presentan a los solteros, pero al final acabé aficionándome a Loli. Nunca me planteé separarme de mi mujer. Me dio pereza empezar con lo de las reparticiones, custodias compartidas y visitas de fin de semana, y no ser capaz de encontrar una salida ante tanto enredo. Entonces decidí desdoblarme en dos réplicas idénticas para poder estar con ambas a la vez, aunque no sabía por dónde empezar.

Para probar fortuna me apunté a los cursos de meditación transcendental y taichi que se programaban semanalmente en un centro subvencionado cerca mi casa. El maestro que los impartía era fabuloso. Me dijo que ni me imaginaba la cantidad de hombres que pasaban por la misma situación en la que me encontraba, y que lo que pretendía conseguir no era tan difícil con un poco de autocontrol, disciplina, voluntad y mucho entrenamiento. Y lo logré. Ni sé cómo he podido vivir sin esa liberación que supone disponer de dos cuerpos cuando lo he necesitado. Y nunca me ha surgido ningún contratiempo. Hasta hoy. Esta mañana he conocido a Elena.

 

(Relato fuera de concurso)

134. Pasifae

Chocas con las paredes, niño mío, buscando la salida de un laberinto del que eres cautivo y carcelero. Cuando al fin caes, rendido e impotente, entro a buscarte. Avanzo devanando una madeja de hilo púrpura que me permitirá volver sobre mis pasos. Al fin te encuentro y en silencio, para no despertarte, dejo un beso en tu frente, donde brotan las dos armas enhiestas que solo sabes usar contra ti mismo. Vuelvo deprisa, temo que el rey advierta mis visitas, y dejo tras de mí la huella roja que podría conducirte a la salida. Una huella que nunca seguirás porque sabes que no eres tú, soy yo la prisionera.

133. LADISLAO PEDRO; MI ABUELO

-¡Mira al suelo!- Le oía pero no le escuchaba. Volvió a repetir la frase desde el otro lado del cristal. Pero finalmente tuvo que entrar a buscarme. Fue porque no le escuché, pero desde entonces no se me olvida: “Mira al suelo”. Él se encarga de recordármelo. Ahora también está ahí; en el suelo. Pero también en el techo y en el aire, y en todas partes. A veces se pone a mi lado para repetirme las palabras. Es el encomiendo con el que me invita a tomar contacto con la realidad cuando mi mente vuela en exceso o peligrosamente. ¡Claro! ¡Por eso me caigo de vez en cuando!. Es para que no se me olvide caminar sobre tierra firme. ¡Ese chiflado pelirrojo! De energía inusitada y chistes raros. Qué burlesco me parecía y a la vez qué enigmático. Escribiendo hoy estas palabras me doy cuenta de que todos mis recuerdos son símbolos que él me dejó. Y justo ese día en el laberinto de espejos, cuando me gritaba que mirase al suelo al verme perdida, me recordó una vez más que siempre estaría a mi lado para guiar mi camino hasta el día que venga a buscarme.

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