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A esta hora, como cada año, mi madre recuenta, uno a uno, los puntos de ganchillo del jersey que no parece querer terminar. Es mi regalo de cumpleaños, dice, y no quiere que el balance final descuadre. Por eso me llama apurada, con ese fastidio con que pretende ligarme a jornada completa. Quiere que pose otra vez, así que obedezco en silencio, muy quieto, mientras hurga en mi cuerpo patrones de su ADN con manos torpes y lana roja. Y entonces lo ve: un punto suelto por encima de mi ombligo que la hace perder la paciencia y llorar, con esa obsesión de enmendar un instante de cordón roto. Y aunque le digo que no se preocupe, no me hace caso; no me oye, porque enseguida vuelve a lo suyo: a ganchillear cicatrices, como cada año, desde aquel día de pasillos laberínticos y quirófanos; con esa continuidad de parir con que se empeña una madre que ovilla un deseo.
Giro la cabeza, me vuelvo y el guía no está en mi campo de visión, ha sido sólo un segundo, menos diría yo. De pronto, devorada por la muchedumbre que camina entre las callejuelas no localizo a ninguno de mis compañeros de viaje. Acelero, tropiezo, rompo una chancla y empiezo a angustiarme, siento que todos los ojos comidos de raza me atraviesan, conocen mi miedo y mi extravío. Veo el sombrero Indiana Jones de Carlos doblando la calle dos laberintos más abajo. Corro. Ahora, un burro repleto de sacos casi me aplasta, los niños corren entre mis piernas y rompo la otra chancla. Intento salir de esa ratonera velada de turbantes, tuerzo. Una calle aún más estrecha que termina en otro callejón sin salida y una plaza. Fieles descalzos entrando a la mezquita y un extraño que me persigue, camino más deprisa, todo lo rápido que puedo, descalza, y él cada vez más cerca, casi me toca, me atrapa, tira del vestido de gasa y grito.
Despierto en la habitación del hotel sudada, con la garganta seca. Él sólo tendrá que esperar agazapado en el laberinto de calles a que vuelva a dormirme.
El cabo Miles Green temía ser asignado para escoltar exploradores por la ruta del Bosque Zulú. Un paso entre montañas cubierto de vegetación donde se esfumaban caravanas enteras antes de conseguir llegar al ignoto mar del otro lado. Meses después, los esqueletos aparecían colgando de las ramas. En una única ocasión, un sobreviviente. Siempre contaba la misma historia: hojas, savia, ramas…, y por unas cuantas monedas, le dio al recién asignado Miles la protección contra el bosque: unas tijeras de hortelano.
De los 3000 hombres de la misión, solo Miles sobrevivió, cercado por sarmientos urticantes. Sobre él, llovía sangre. Las ramas de los arbustos exprimían los cadáveres de los militares. Alimentaban con los fluidos una protuberante raíz principal. Miles colocó la punta de las tijeras contra aquella corteza sensitiva. Tres pulsaciones de temerosa savia dilataron el follaje hasta dejar al descubierto un boquete de luz. En lugar de huir, Miles arremetió con las tijeras, una y otra vez…
El equipo de salvamento lo encontró, una semana después, sentado en una roca frente al Mar Tranquilidad. Para hallarlo, solo tuvieron que seguir la marea de sonidos marinos que circulaba por uno de los callejones del laberinto de inofensivos setos.
Cuando llegué al centro del laberinto, el Minotauro me aguardaba parado junto a un tablero de ajedrez. Me invitó a tomar asiento y me preguntó si prefería jugar con blancas o con negras. «Blancas», le dije, y, mientras acomodábamos las piezas, me informó que si yo ganaba la partida me dejaría ir sin problemas, pero que si el ganador resultaba ser él, ya podía imaginarme las consecuencias. Asentí con la cabeza e inicié el juego con peón cuatro rey. El Minotauro respondió con peón tres dama… Al cabo de un par de horas, matizadas por la charla amena y culta de la bestia, acordamos tablas. Seguidamente me dijo: «Mañana volveremos a intentarlo».
Desde entonces las partidas y los días se han tornado innumerables, y aunque dada la práctica ya me siento mucho más que un aficionado, es evidente que jamás podré ganarle al Minotauro. Tan evidente como el hecho de que a él jamás lo ha movido la intención de ganarme.
La soledad, sobra decirlo, suele tener estas cosas.
… es tan difícil hallar la entrada a este laberinto, que no sé cómo salir de él…
(Las tres de la madrugada, puede que las cuatro).
–Estás sudando –dijo él. ¿Te encuentras bien?
… y además, creo que estoy configurada con efecto muaré, en una ubicación inestable. Me retiro a mis cuarteles de invierno.
– ¿Qué te pasa, cariño? Mírame, parpadea.
… un colibrí puede aletear 80 veces por segundo, mucho más rápido de lo que dispara en ráfaga mi Cankotax SHD 1000.
–Estás caliente, deliras.
… tu rango dinámico no se corresponde con lo que aseguraba el manual…, no eres más que un hombre de papel.
–Lo siento, mi amor, tengo que volver a reconsiderar este encuadre. No te dolerá, la aguja es fina.
–Tú nunca has necesitado un paso más de luz, habitas las sombras.
–Mañana, cuando vuelva a ser el día la medida de las cosas, renunciarás al premio. Y yo me encargaré de arrojar al Ebro todo tu equipo fotográfico.
–Aguas arriba no queda nada, los nietos del coronel Kurtz vendieron el último paraíso a un grupo inmobiliario.
–A veces, creo que no existes.
–Sí, pero mi foto saldrá mañana en los periódicos. Y esta vez, cerraré la puerta al entrar.
El encontró un yacimiento del que sacar hasta la última veta de amor y de dolor. Para sí mismo lo primero, para ella lo segundo. Toda la vida hizo por deslumbrarla, empujándola con ello a un laberinto amurallado donde no encontrara salida, tabla de salvación, ni asidero. Ella se lamentaba de no haber podido estudiar cuando tuvo tiempo y así expresarse como hacía él cuando, ocasionalmente, la llevaba a alguna cena de trabajo. Si alguna vez intervenía, se perdía en una maraña, en otro laberinto de eses, “ados”, “idos” y de palabras postizas y adoptadas sin cariño. Y terminaba siempre desmigando el pan, convirtiéndolo, con mucho empeño, en trocitos muy chiquititos y ridículos.
Y no es que diera por bueno lo de ser lerda como a veces él insinuaba. Una tonta no habría sido capaz de dar carrera a tres hijos, tener casa, apartamento en la costa, algunos ahorrillos y todo, administrando un sueldo miserable de simple administrativo. Un día se apagó la luz cegadora y descubrió que los muros no eran tan altos. Entonces, diccionario en mano, le escribió unas letras: Extracción extinta. Corazón minado. Mina cerrada. Y con ella lo abandonó. Él nunca llegó a entender la nota.
Entro en un callejón. Se bifurca. Miro a izquierda y derecha. Dudo. Elijo el de la izquierda. Camino. Veo dos puertas. Miro a izquierda y derecha. Elijo la de la izquierda. Abro la puerta. Entro en la sala de conferencias. No sé cómo empezar mi discurso. Mis ideas, en lugar de transitar ordenadamente por el pasillo de mi mente, corren desesperadas por el laberinto de mis dudas. ¡Qué pesadilla! No hay triquiñuela que valga, la respuesta está en el estrato más hondo del yacimiento de mi sabiduría. Sigo mudo. El público me observa expectante. Carcajadas. Despierto. Entro en un callejón. Se bifurca. Miro a izquierda y derecha. Dudo. Elijo el de la derecha. Camino. Veo dos puertas. Miro a izquierda y derecha. Elijo la de la derecha. Abro la puerta. Entro en la sala de conferencias. No sé cómo empezar mi discurso. Mis ideas, en lugar de transitar ordenadamente por el pasillo de mi mente, corren desesperadas por el laberinto de mis dudas. ¡Qué pesadilla! No hay triquiñuela que valga, la respuesta está en el estrato más hondo del yacimiento de mi sabiduría. Sigo mudo. El público me observa expectante. Carcajadas. Despierto…
Luis sabe que le esperan. Por eso esquiva motoristas, camiones descabezados y pensamientos negros. En cada curva, se la juega a cara o cruz. Acelera. Lamenta que su Mercedes no sea supersónico y que, por mucho que pise el pedal, no supere los 140 km/h. La mecánica no entiende de milagros. Teme que si no arriba a destino, luego pueda ser demasiado tarde. Y solloza como un niño, recriminándose esto, lo otro… ¡Maldita fortuna!
En cambio, Miguel duerme, ajeno a las lamentaciones que, buena parte de ellas, ha propiciado. Él fue quien propuso la ronda de vinos. El que no avisó a Laura y luego le colgó. El que se negó a llamar a un taxi. El que, por su sueño profundo, no guía en la tortuosa carretera de montaña que tan bien conoce. Y el que para colmo, susurra a menudo «¡qué paz!», que tanto altera a Luis. De este modo, girando a derechas, a izquierdas repiten trayecto una y otra vez, para que a veces, como ahora, la carretera desaparezca, queden suspendidos en el aire y atrapados en la oscuridad.
Mientras, al otro lado, la máquina, que mantiene a Luis Miguel con vida, vuelve a pitar auxilio.
El Príncipe Azul no tenía un buen día. Su caballo estaba agotado por las largas jornadas sin descanso y se negaba a caminar. Agobiado porque pronto expiraría el plazo, decidió dejarlo junto a un lago y continuar a pie. Hacia días que únicamente lo guiaba la intuición.
Consultó a una niña que corría tras un conejo, esta aseguró no conocer el camino y además orientarse fatal. Más adelante halló una casa, llamó y le abrió una joven muy bella pero haraposa que en lugar de escucharlo se dedicó a lloriquear, estaba desolada por un baile al que no podría acudir porque no tenía vestido. La consoló brevemente y partió. Temía que se le adelantase otro príncipe y que al llegar al palacio la princesa ya estuviese despierta y comprometida.
Por suerte se encontró con un niño jovial y atento que aseguró conocer el camino. Has de avanzar unos cien metros en línea recta, otro tanto una vez gires a la derecha y después, a unos cincuentas pasos, hallarás una arboleda detrás de la cual se alza el palacio.
Agradecido, le dio unas monedas. Achacó al agotamiento la visión del aumento repentino en el tamaño de la nariz del muchacho.
No quedaba duda, había perdido de nuevo, aunque pasaron muchos años no llegó a comprender su error ni la razón de ser.
El desasosiego de no vislumbrar la salida crea incertidumbre, ahora nota que más de una vez estuvo allí, que el giro del destino lo volvió al centro y no lo recordará. Y renació tantas veces con otros nombres, sueños y expectativas diversas, vivió, sufrió, amó entre sueños marchitos y otros realizados, recorrió tantas veces el camino de la vida sin encontrar la salida…
Hoy lo mira desde la nada y tampoco lo entiende, pero no sabe que volverá.
Pregunté a la chica de recepción, pero solo llevaba nueve años trabajando allí y no conocía bien el camino. Atravesé la lujosa entrada hasta llegar a la sala de becarios, donde pasé varios meses hasta encontrar la trampilla escondida bajo la máquina de refrescos. Esperé a la noche para entrar y tuve que arrastrarme a oscuras por un serpenteante túnel hasta llegar a la zona de operarios. Allí la cosa fue peor. Fueron muchos años de duro trabajo y conversaciones huecas, pero al final obtuve la tarjeta plateada de acceso al piso de los gerentes. Con ellos todo fue más sencillo, salvo el día en que tuve que deshacerme del cuerpo de mi jefe usando la destructora de papel. Y por fin, tras varias décadas de sacrificios, obtuve el deseado ascenso. Avancé triunfalmente por el amplio pasillo hacia mi nuevo despacho de socio mientras la marcha Radetzsky amortiguaba el sonido de mis pasos. Abrí la puerta…pero al otro lado no había nada. Solo un abismo. Iba a girarme para volver cuando una patada en el trasero me precipitó al vacío. Mientras caía, me pareció que desde lo alto un enorme ojo se reía de mí.
Se disponía a cerrar la puerta del despacho cuando sonó el teléfono. Por un momento dudó, pero como de costumbre descolgó el auricular. Al otro lado del teléfono le informaban de su designación como Magistrada de la Audiencia Nacional.
Una sensación de satisfacción y reconocimiento a tantos años de duro trabajo le subió la adrenalina hasta límites insospechados.
Atrás quedó la gran decepción de no haber podido estudiar medicina. ¡Una vocación frustrada por una injusta nota de corte!
..Y en el laberinto de pensamientos que se agolpan y desaparecen con igual rapidez, volvió recurrente como siempre la duda: ¿cómo sería hoy su vida de haber podido ejercer su vocación? . Y la respuesta de siempre: ¡qué importancia tiene! Lo sucedido no es cuestión del destino, ni de la suerte, ni del azar…Las circunstancias y oportunidades fueron esas en aquel momento, como en su día se dieron las circunstancias para que pensase que estudiar medicina era su vocación.
Ese momento de lucidez le hizo comprender que, pensar en una vida alternativa es una buena distracción, pero nada más. La mejor vida posible es la elección del momento. ¡Toda una genialidad! .
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