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Aquel desorden no era más que un montón de fragmentos desusados de su vida, recuerdos almacenados y desnudos, olvidados o no. Tras muchos ensayos, decidió guardarlos así, dispuestos en paralelo como las fichas de un dominó, uno tras otro, en orden cronológico. Advirtió a tiempo que si caía uno, caerían todos los demás. Eso le hizo reflexionar. Aunque ya no sirvieran más que para echar algunas partidas en las tardes aburridas de domingo, no quería perderlos; de modo que buscó otra disposición que favoreciera su búsqueda. Los recuerdos son muy sensibles a la luz, por lo que descartó la posibilidad de colgarlos en la noguera del jardín como si fueran hojas secas. Finalmente optó por almacenados en bolsitas de colores, por temáticas: recuerdos de caricias de amor, de risas de hijos, de lágrimas de desamor, de arrumacos adolescentes, de frutas robadas, de olor a él,de sabores del pueblo…
El Dios romano de la guerra, le obligó a nacer.Con actitud triste, aquel alma obedeció.
Antes de partir prometió a su amada volver en breve . Infructuosamente ,luchó por no experimentar una primera bocanada de aire. Su instinto lo alertaba del peligro que entrañaba aquel nuevo lugar de tierras movedizas, pero no podía resistirse , alguien acababa de amarrarle con un dorsal, y desde fuera tensaba la cuerda .Quisiera o no, tendría que empezar una impuesta carrera laberíntica, donde la mejor de las opciones, sería andar, o dejarse llevar. Un llanto de vida aviso de su llegada.
El niño se hizo un hombre, ambicioso de deseos, loco por buscar palabras perdidas y posibilidades remotas, en las que adivinar misterios escondidos bajo cuartos oscuros. Su adolescencia trascurrió entre estrechos callejones llenos de espejos cóncavos y provenzales campos, con encrucijadas de gigantes que borraban de su ser el recuerdo de aquella alma, sentenciada al triste olvido.
Años después eligió dejarse llevar, consiguiendo así mitigar la soledad y lograr olvidar el hilo invisible que arrastraba desde antes de nacer, dando esquinazo a las tres Parcas.
Las huellas llenas de emociones, sensaciones y nostalgias, ya fueron pisadas, y las actuales huellas lo hacían sentir como un vulgar espectador del teatro de su vida . Se sintió mal, y se durmió. Soñó que volaba hacia ese lugar donde las promesas se cumplen.
Sé que no te esperabas esta visita. Es normal, son muchos años. Quince. Mientras venía hacia aquí, todo me parecía lógico y pensaba que, en cuanto abrieras esta puerta, lo entenderías. Y ahora no sé cómo empezar. Bueno sí. Se me ha cortado la mayonesa. Y luego lo he visto claro. Porque se puede hacer otra. Se puede. Toda mi vida ha sido un jodido laberinto lleno de puertas. Y cada vez que he tenido que elegir, he escogido la puerta equivocada. Ya sabes. Quería estudiar Bellas Artes y acabé haciendo Medicina. Quise especializarme en Cirugía y soy dermatóloga. Quise seguir contigo, (¡de verdad que sí!), pero me fui con Tomás. No quería hijos y ya voy por el cuarto. Hasta hoy. Que se ha cortado la mayonesa. Y ya estoy harta de intentar ser perfecta. Estoy muy cansada, de no ser yo. Sé que tu mujer está ahí adentro. Pero no puedo más. Así que esta vez sí, Raúl. Que me saques de este laberinto. Que me digas que hay salida. No estoy llorando, idiota. Es solo que no puedo creer que me beses. Te he manchado de huevo. ¿ Y sabes qué? Me importa una mierda.
La luz al final del túnel me arrastró fuera. Al salir, me sentí querido, mimado, protegido, pero la sensación duró lo que dura la brevedad de la infancia. Continué por un laberinto lleno de recovecos. Descubrí las letras y las ciencias, mi piel se llenó de acné. Deambulé por allí, perdido, casi sin saber quién era yo todavía…avancé encontrando gente a mi paso: extraños que simplemente se cruzaron en mi camino, personas que fueron mis amigos…algunas, las menos, se quedaron hasta el final de mis días.
Cambió mi cuerpo, se transformó y alguien se quedó con la mitad de mi corazón; me cegó el amor: palpé estancias de paredes desconchadas, deprimentes y opresivas que me lo destrozaron, pero también hubo otras que carecían de techo desde donde pude ver la luz del sol y al fin oír el llanto de mis genes convertidos en nuevos seres y luego otros que salieron de esos mismos.
Se aceleró el tiempo, se arrugó mi piel, blanqueó mi pelo…
Ahora, con el cuerpo abotargado y un miedo cerval, de nuevo continúo hacia delante sin saber a dónde voy ni lo que hay después…arrastrado, al final de un túnel, por la luz.
Este laberinto inhóspito de calles desconocidas para mí, me consume día a día. Apenas queda en pie un pellejo andante de mi cuerpo, alimentado únicamente por la esperanza de regresar al punto de partida.
Otra noche más se cierne sobre la ciudad y todo vuelve a empezar. Abandono mi escondite y busco en el aire, entremezclado entre los miles de olores que me acechan, aquél que me ayude a escapar.
Pero esta noche no es como las demás. La luz de la luna llena me sorprende corriendo entre los coches, siguiendo tu rastro.
Amanece el segundo día sin descanso, ahora son mis recuerdos quienes me guían, ya solo me faltan unos pasos. Arrastro mis pies cansados y desollados, por el polvo del camino que tan bien conozco.
Por fin cruzo la entrada de mi hogar y te encuentro donde siempre, trabajando en el huerto de almendros. Mi primer impulso es echarme sobre ti para llenarte de besos, pero algo en tu cara alerta a mi instinto de que debo escapar.
Sin dejar de mirarme, te desprendes de tu cinturón y lo anudas en la rama de un árbol.
Bum bum
Me marea esta montaña rusa que avanza a empellones.
Bum bum
Recorriendo irresoluto esta mina de túneles y galerías.
Bum bum
Y a setenta besos por minuto.
Bum bum
Ya no me dejas volver. Ya no deseo volver.
Bum bum
No desde que entré en tu corazón.
Literalmente.
A ti puedo decírtelo: tengo miedo. Me enfrento a lo desconocido, al misterio universal, al designio de los dioses, pero estoy decidido a despejar la incógnita. Después de años de esconderme, trabajando cuando todos duermen, llevando los cálculos mentalmente, escribiendo sólo lo indispensable en estas pequeñas tiras de papel que consigo, por fin he resuelto el enigma, he descifrado la clave, he encontrado la salida de este dédalo pluridimensional donde me consumo.
Mañana partiré, abandonaré la colonia y orientaré mi rumbo hacia los confines de este universo. Con una función hiperbólica doblaré el eje del tiempo y en el preciso instante en que coincidan nuestras coordenadas, desligaré mi trayectoria de los parámetros que la rigen y saltaré, impulsándome a través de siete grados de incertidumbre, para reunirme contigo en otra era.
Te lo ruego, no te muevas ni un nanómetro. Una diferencia infinitesimal en nuestras variables espacio temporales y no volveré a encontrarte, jamás.
Mira el monstruo en la dirección que le señala la espada desnuda de Teseo. Incapaz de encontrar la salida por sí mismo durante todos estos años, vagando a tientas por los estrechos –húmedos, fétidos– pasadizos del dédalo en cuyo interior se consume, quebrando a su paso las calaveras de enemigos antiguos, es el rey de Atenas quien ha tenido que llegar por mar para mostrársela.
Comprueba ahora la veracidad de las palabras de aquellos desventurados que entraron para darle muerte. Y el Minotauro suspira, se desvanece y cae sobre los huesos de los guerreros olvidados, extrañamente sereno, extrañamente feliz, al distinguir, al otro extremo de la hoja manchada de sangre, esa luz tantas veces anunciada al final del túnel.
Entre estar despistado sin darse cuenta del correr de los días, o lamentarse uno y otro por el que pasan tan rápido, prefería estar en el laberinto de la duda, esa que le marca el camino con el aliciente de que igual vuelves a pasarlo una y otra vez.
El Minotauro camina cabizbajo. Lleva en las manos papiro, pluma y tinta. Busca un sitio tranquilo dentro del laberinto antes de que todo comience otra vez. No piensa en escribir un nuevo testamento. Esta vez va a reescribir la historia. Su historia.
Ha leído e interpretado tantas versiones de sí mismo que está cansado de su propia muerte. Encuentra un lugar que le brinda apoyo para escribir y una piedra fría donde aposentarse. Empieza a narrar, rompe finales que no cuadran. Cuando termina, se sorprende. No puede ser, se dice. Malditos escritores, si encuentran un buen final no hay un dios que lo cambie. Más furioso que nunca camina a enfrentarse con su destino, escrito esta vez por su propia mano.
El despertador suena y hace tiempo que estoy despierto. Dudo haber dormido algo durante la noche. La cabeza me duele con dolor de resaca pero no he bebido. Hace mucho que no bebo, ni siquiera me queda ese consuelo. Repiquetea el gorjeo de la sangre en mis sienes lanzando una y otra vez las mismas preocupaciones -la hipoteca, la luz, la nevera desnuda que tirita-.
Sin ganas ni esperanza salgo de la cama. A mi lado ella parece dormida pero sé que no lo está. Evito mirarla, ya no soporto sus inquisidores ojos cuando leo en su fondo que esto que les doy no es la vida prometida. Tampoco miro a los chicos, la parejita, ¿cómo deshacer el nudo que enmudece las palabras? Palabras bálsamo que no explicarían nada pero quizá calmarían algo.
Cómo cada día volveré a hacer los mismos recorridos en busca de aquello que se supone merecíamos cuando hace apenas unos años, todos juntos, espoleados por la brisa de mayo, llenábamos de color la casa. Nuestra ilusión olía como las flores. Ahora se han marchitado y huele a miedo. ¿Saldremos un día de aquí?
Supongo que ustedes no lo creerán, pero antes de ser lo que soy, disfruté otra vida: una existencia ajena a estos pasillos sin fin, a estos senderos que se bifurcan, a estas esquinas que desembocan en la nada o en secretos idénticos a sí mismos. Ahora, sin embargo, se me ha atado despóticamente a esta misión, que me obliga a vivir en una disyuntiva permanente, a forzar mi voluntad con una opción incansable y mi memoria con el reconocimiento continuo. Desmadejado en la esclavitud de tal existencia, sé que él me observa, esperando mis reacciones. Aunque yo desearía frustrar sus expectativas, me debo a mi condición animal, y cuando hago lo que se espera de mí, el tirano, satisfecho, me coge entre sus manos y me deposita de nuevo en este habitáculo transparente, desde el cual lo veo alejarse con su bata blanca, a juego con mi pequeño cuerpo peludo.
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