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Le conoció una tarde calurosa en aquella playa solitaria. Era como una estrella caída del cielo, pura y brillante. Aquella tarde sus ojos brillaron como nunca antes lo habían hecho, sus sentidos lo abandonaron.
Ellos comenzaron su aventura de amor a escondidas de todo el mundo, así se lo había pedido ella. Su primer enamoramiento de verdad y ya participaba en el laberinto de una mujer algo extraña.
Su primera separación ocurrió a las dos semanas de comenzar la relación. Raquel lo había engañado con otro hombre. A los cinco días regresaron tras perdonarla Pedro.
Días después llegaría su segunda ruptura. Raquel se larga con otro hombre. Pedro desesperado por el amor de Raquel vuelve a perdonarla. A las dos semanas vuelve a su lado.
Dos meses después llega su tercera ruptura. Raquel se enamora de un marinero. Pedro, enloquecido de amor, perdona a Raquel de nuevo.
Así nueve años, cincuenta separaciones y engaños por parte de Raquel. Pedro siempre perdonándola por amor y ella sin tener en cuenta el dolor de Pedro.
Su última ruptura y aventura de Raquel, cambió el destino de Pedro.
Pedro se metió a cura, tras conocer el verdadero amor de Dios todopoderoso.
Mi cabeza da vueltas miro hacia atrás y lo que era ya no es, intento avanzar y sólo veo ojos que me miran y no se atreven ni a señalarme. Sólo les oigo murmurar a la de unos metros. Intento entender lo que dicen pero no comprendo sus palabras.
Cuando llegué, primero sentí el sabor de la sal en mi lengua, luego trocitos de arena que intentaban romper mis dientes, después una sed desesperante. Me incorporé y comencé a caminar cojeando, pensando que en aquel lugar no podía haber nada peor a todo lo vivido. No podía haber hombres sin rostro ni corazón que irrumpiesen a la noche en tu casa para llevarse todo lo que quieres y dejarte roto. No, en aquel lugar ya no podían hacerme daño porque ya no tengo nada y a la nada nada le duele.
Sigo avanzando por este laberinto de calles en el que no puedo ver el sol aunque sé que se esconde detrás de estas eternas casas. La gente sigue mirando pero nadie me ayuda. Un policía se acerca, forcejeo, su mirada es como la de los hombres sin corazón, un golpe en la cabeza. No hay dolor.
Al no encontrar la salida del laberinto decidí volver hacia atrás sobre mis pasos. Salí por la entrada. Subí al coche y conduje marcha atrás hasta casa. Borré las palabras de despedida que había escrito. Abrí la habitación de mi hijo y le saqué la bala de la cabeza. Retrocedí por el pasillo y saqué también a mi mujer dos balas. Le quité mi mano de su cara una y otra vez hasta que la dejé marchar. No sabía donde parar y tomar otra dirección, por lo que me dejé ir atrás aún más allá. Llené cientos de botellas de alcohol. Volví a sacar todo mi dinero de los casinos. Quité el anillo de casado con un sí quiero. Volví a mi país de origen. Regresé al colegio. Me metieron en el vientre de mi madre. Y allí, tranquilo, tras varios meses meditando, decidí no nacer.
En las profundidades donde todo es oscuro y se respira un aire denso y pastoso, animales alados sobrevuelan tenebrosos cielos. El silencio se concentra, conformando un estruendo que hiela la sangre. Todos los seres que habitan tan escalofriantes parajes están acostumbrados a ver en la oscuridad, desconocen el poder de la luz.
Desde el principio de los tiempos llevan siendo los únicos pobladores del submundo. De milenio en milenio se reúnen en un laberinto de catacumbas. Allí comienzan a danzar en círculos concéntricos que van haciendo cada vez más y más grande, imitando las ondas en las aguas pantanosas. Una música incesante y machacona acompaña ese baile infinito donde solo quedarán los más fuertes.
Despojados de toda sabiduría, giran y giran hasta alcanzar grados de locura tan grandes que únicamente podrán escapar o morir. Aquellos que escapan seguirán ocultos en aquél mundo donde nada llega.
Un rayo de luz solar alcanzará al resto, dándoles la muerte.
Los recuerdos de la infancia me alientan para que me vaya de la ciudad, que regrese a la casita donde mi abuelo ordeñaba a las vacas, pero soy prisionero del asfalto. Es imposible huir: a pesar de que he guardado, dentro de mi cabeza, los mapas que muestran el laberinto de esquinas que debo doblar o los callejones que conducen a la salida.
Una noche que la luna se ocultó entre las nubes, resguardado por la oscuridad, intenté escabullirme, y estuve a punto de lograrlo, pero fui atrapado por el monstruo noctámbulo que habita en los bares y se alimenta de la carne de los desesperados. Desde entonces siento que la muerte me carga en sus brazos, haciéndome creer que soy libre. Como no existe disputa por mi alma, entre el cielo y el infierno, la muy astuta me obliga a renunciar a mi intento de escapar, pero no se queda con las manos vacías: a cambio, me permite existir, invisible, como un espectro en el entorno, dejando que cada día me despierte, resucitado, en el banco de algún parque.
Hace tres meses que los destinos de Emma y Adrián se cruzaron. Él, motero; ella anhelaba ser actriz. Llovía…
Deambulan juntos buscando el camino de vuelta. Cada noche se detienen frente a una cafetería donde Fabián, muchacho de ojos tristes, recoge la barra antes del cierre. Emma le observa con ternura; muerde sus labios y contiene el llanto. Adrián la abraza.
Fabián acude al hospital. Lleva un libro. Leerá a su madre hasta que el sueño le atrape. La mira. Besa sus mejillas y ata un hilo a su dedo. Emma muequea. Él cree que sonríe. Sufrió un atropello. Llovía…
Siempre amó las candilejas, pero lo más cerca que estuvo fue en su taquilla del teatro. Allí soñaba que era una renombrada dama de la escena…
En la habitación contigua, una anciana se dirige al control de enfermeras. Su hijo Adrián necesita un nuevo suero. Ha vestido el cuarto con posters de motos. Tuvo un accidente. Atropelló a una mujer. Llovía…
Quiere que cuando despierte encuentre todo como en casa. Está cansada. Besa sus manos y, entre marañas de hilos, repite hasta quedar dormida: «Malditas motos, mi niño…»
«Irreversible», dictaminaron los médicos.
«Perdidos en espirales de araña», sentencian ellos.
Mi amigo había excusado su presencia con una llamada. Pedí una copa antes de aprovechar la noche para dormir. Acostumbrado a beber en compañía, sentí como si el mundo me señalase, incluida una hermosa mujer que no dejaba de mirarme. Quedé muy sorprendido cuando se sentó a mi lado, a mí no me pasan esas cosas. Nunca antes fui tan locuaz. De mi boca, volcán incontrolable, brotaba un torrente de palabras, alimentado por su risa cautivadora tras cada una de mis ocurrencias.
Paseamos hasta su portal. Acepté la invitación a subir. Quiso que brindásemos por nuestra recién iniciada relación, pero no tenía con qué hacerlo; caballeroso, me ofrecí a comprar una botella. La orientación es algo de lo que carezco, si encontré el establecimiento que me indicó fue por la ayuda de un mendigo, lo que no pude hallar de nuevo fue su vivienda en ese barrio desconocido para mí. El cava se calentaba al tiempo que, extraviado sin remedio en esa maraña de calles idénticas, caía en picado la temperatura de mi ánimo. Desconocía su teléfono, ni siquiera nos dijimos el nombre.
Las primeras luces descubrieron a un tipo patético y ojeroso compartiendo una botella con un indigente.
Se fue sin darse cuenta de que, al fin, había encontrado la salida.
La oscuridad de la gruta no era completa. De algún lugar provenía la tenue luz que guiaba mis pasos sobre el borde de un laberinto de piedra oscura. Las paredes estaban cubiertas de rocas verdinegras, del techo pendían estalactitas goteantes como trompas de mamuts petrificados, y allá abajo, de un profundo lago emergían estalagmitas parecidas a monstruos amenazantes.
El silencio, la penumbra del entorno, el misterio, y la posibilidad de caer en las profundas aguas del lago me paralizaban. Por mi cuerpo goteaba el sudor, frío como las gotas que rezumaba el techo. Pero ya estaba allí, sobre el precipicio, sobre un laberinto de rocas resbaladizas, sin principio ni fin, sin salida y sin poder avanzar ni retroceder. Si resbalaba, si fallaba mi pie, caería al fondo del lago. Arrojé una piedra para comprobar su profundidad. La piedra tardó en llegar. Minutos que parecieron horas. Chac. Por fin. ¿Cuánto tiempo? El eco del chasquido se repitió en las paredes.
Ha pasado el tiempo. No sé cuánto. pero sigo aquí, verdinegra, como una estalagmita con figura de mujer…
El gato se sintió encerrado. Una chispa cósmica que vivía en su interior se encendió para avisarle que era libre de viajar por los tejados de todo el país y conquistar gatas, comer ratones y dormir en cualquier sitio bajo el cielo. Miró a su alrededor, todo estaba calmo y calentito. Por la ventana sentía el aire del invierno entrar suavemente.
Después de todo, pensó, la libertad no está hecha para eunucos. Se acurrucó en su almohadón y soñó que soñaba un sueño de otro.
Primera bifurcación: mi cuarto aún lleno de peluches, tu habitación repleta de sensaciones nuevas. Camino con el tacto de tus sábanas en mi piel.
Segunda bifurcación: la ciudad conocida que me abraza cálida sin querer soltarme, el lugar de destino que me llama impaciente, sin espera. Con las dudas mordiéndome los talones sigo avanzando.
Tercera bifurcación: el azar confabula sigiloso, la inocencia perdida como yo. Alguien que se asemeja a mí consigue seguir a través del pasadizo.
Y así, una y otra, olvidando la cuenta, el sentido, el tiempo. Hasta que hoy, agotada y diferente, giro sobre mis pasos y busco el rastro de pan que me lleve de nuevo a ti.
— No aceptes.
Se volvió dando un respingo y con la sorpresa dibujada en su cara, los ojos abiertos de par en par.
— ¿Perdón?
Todavía se notaba las mejillas arreboladas y la voz temblorosa. Todo había salido bien, el casting había terminado y el puesto era suyo.
Había escuchado en cinco minutos más elogios, aplausos, sonrisas y palabras envolventes que en toda su vida. Se había sentido flotar, y aún lo estaba haciendo, tenía la sensación de estar a muchos metros por encima del suelo.
Las últimas caras que se veían en portadas habían salido de esta agencia y ahora él podía ser una de ellas.
Sólo le pareció un poco extraña la urgencia por firmar el contrato, pero claro el primer desfile era al día siguiente. Antes de poner su nombre al final de la ansiada página, pidió ir al cuarto de baño, necesitaba respirar un poco de aire fresco.
Y allí en el reflejo de la enorme luna de espejo, el representante de los modelos y jurado de las pruebas, le decía:
— No aceptes, te meterás en el laberinto y créeme, tú no eres Teseo.
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