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Tras el sonido azul y esquivo de todos los apocalipsis de tu cuerpo hospitalario y valiente, vagué buscando hacerte gozar como antaño, sobre miríadas de fonemas errantes, linguales, húmedos y movedizos. Y construí con tu piel un santuario. Tus axilas, recodos sin fin hacia el amanecer, detuvieron mi sed de bruma y adornaron mi desvarío. Tus hombros, setos que me anunciaban tu espalda, me llevaron a cascadas de gotas de agua, que brillantes se perdían por el cauce de los ríos. Y mi cuerpo inflamado se topó con el tuyo, perdido y hambriento como estaba ante tanta resolución. ¿De quién son estos pezones? Exclamamos al unísono, y el planeta se hizo polvo y fue barrido por el viento, mientras nuestras bocas se buscaban exhaustas para espirar el alma y poco a poco morir. Ni sé cuántos caminos ensayé, ni sé si eran puertas o pantanos, pero no recuerdo en cuántos de ellos, no encontrando el final, retrocedía y volvíamos a intentarlo. El Sol dejó de mimarnos y el atardecer nos sorprendió con un renovado frescor haciendo que nuestra distraída piel de nuevo se enardeciese. Miles de posibilidades se reabrieron a nuestro amor. Llegamos al carrejo llamado doscientos.
La escondieron de tal manera en el laberinto que ni el Minotauro ha sido capaz de encontrarla.
Resignada sigue buscando la salida de este difícil laberinto en que se ha convertido su vida…
Atrás quedaron la ilusión y su alegría.
Hoy sólo tristeza e impotencia habitan en ella.
No habla, intenta pasar desapercibida. Le gustaría fundirse con las paredes o desaparecer como el humo de la hornilla, pero él siempre la ve, siempre la encuentra…
Al caer la tarde, el miedo y la desesperación hacen mella en su yo más débil y llora en silencio, pero no se queja.
-No sabe lo que hace-, dice para sí intentando regalarle una excusa, que obviamente no tiene.
-Le pondré la cena, le ayudaré a acostarse y puede que si ha bebido lo suficiente, caiga rendido y no me pegue.
Y caerá la noche en un triste día más, de su dolorosa existencia.
Y al despuntar el día, seguirá en su laberinto, buscando la salida…
Tras dejar tirado en el suelo al padre de Emma, Isaías abandonó la consulta a toda prisa y decidió esconderse en el bosque que había a las afueras del pueblo hasta que todo se tranquilizara un poco.
Mientras en la ciudad, Emma no paraba de dar vueltas por aquella habitación, haciéndose la misma pregunta una y otra vez. ¿Habría salido todo bien?
Días atrás había descubierto que el joven que besaba a su chica trabajaba de enfermero en el hospital, por lo que el siguiente paso era conocerlo, para ello Emma había orquestado un minucioso plan en él cual nada podía salir mal.
Tras varias horas de espera, el teléfono de la habitación sonó:
– ¿Sí? – Contesto Emma – ¿Estará solo herido, no?…¿Cómo que no lo sabes?… Espero por tu bien, que solo este herido, ese era el plan…
Emma colgó el teléfono, salió de la habitación y se dirigió al hospital, para saber si su padre había ingresado.
Pero mientras caminaba por aquel laberinto de calles y grandes avenidas, la vio, allí estaba ella, sola, esperando el autobús. Emma quiso dar la vuelta, pero la chica la reconoció.
– ¿Emma? ¿Emma, eres tú?
Emma quedó paralizada…
A los cinco años pidió una máquina de escribir a los Reyes Magos. La había visto en la foto de una revista, en casa de una escritora. Así que la recortó y la pegó en la carta para que los reyes no se confundieran. Y se la dejaron, una bonita Olivetti Lettera 35 roja y reluciente.
El día que la estrenó, escribiendo despacio con sus deditos que titubeaban buscando las letras, abrió la puerta del laberinto. Allí la esperaban princesas, dragones, brujas, caballeros y hadas que le enseñaron a no rendirse, aunque se equivocara de camino mil veces, porque allí siempre estaban ellos para darle la mano y ayudarla a seguir avanzando.
Cada vez que cerraba una puerta, abría otra, arponeando historias con las teclas de su Olivetti. Se convirtió en la capitana de un ejército de aventureros que extendieron su laberinto levantando nuevos muros y tendiendo puentes sobre precipicios y ciénagas.
Ya no encuentra cintas de recambio para su máquina y sus nietos, incapaces de convencerla para que la cambie por un ordenador sin alma, recorren la red para comprar en lugares remotos las últimas unidades. Saben que, aunque le muestren la salida, ella nunca saldrá del laberinto.
De feo aspecto, despeluchado, ateo, depravado y portador de un ojo de cristal, George Spencer, sirviente de la New Haven Colony, fue duramente flagelado hasta serle arrancada la declaración. Aunque posteriormente retractó ante el juez, esta confesión fue considerada válida como la del primer testigo de los dos que marcaba el laberinto legal de aquellos alienados puritanos. La prueba era aquel cerdito, nacido tuerto, acto de Dios por el que su divinidad quería mostrar, en su infinita sabiduría, la evidencia del pecado. Qué mejor segundo testigo del flagrante lascivo “animalismo” de nuestro descreído sirviente, que la cerda paridora del cochinillo. Evidentemente, si esta impúdica suina hablase, reconocería la paternidad de George. El proceso quedó así cerrado y sentenciado en Connecticut.
Y en 1642, la cerda, madre del gorrino tuerto, fue ajusticiada a espadón y George colgado en el patíbulo.
Tres años más tarde dos deformes puercos nacían en esta granja de New Haven Colony. Sus rostros eran de extraordinario parecido al de otro sirviente, Thomas Hogg. Éste, también de impíos antecedentes y amigo de lo ajeno, advertido, resistió cárcel y tortura sin confesar ni desfallecer. Esta vez, el juez no pudo alegar el testimonio de los dos, indispensables, bíblicos testigos.
Era adicta a los reality show.
El vaso con la coca cola y el cuenco de palomitas o en su defecto la bolsa de patatas fritas la acompañaban.
Se conocía los nombres de l@s participantes y tras finalizar la emisión se enganchaba a internet para seguir minuto a minuto cada movimiento de los concursantes.
Adquirió conocimientos…banales, y empezó a trasnochar, o a dar una cabezadita en el sofá.
Las comidas a base de sándwich con cualquier cosa, y a depender sólo y exclusivamente de la publicidad para ir al baño.
Aquel día la conexión falló, y las horas se hicieron interminables. No era el día de emisión, por lo que tuvo que conformarse con el repaso de los momentos más “atractivos”.
Creyó enloquecer. Iba y venía por las habitaciones de la casa como ratón en un laberinto.
Atacó el frigorífico en busca de algún alimento con el que calmar su ansia.
Pensó salir a la calle, y le invadió el pánico. Angustiada, se dejó caer en un rincón esperando a que la señal se recuperase.
Sus lágrimas provocaron aplausos.
En esos mismos momentos, en un canal de un país sudamericano, emitían el reality show que ella, sin saberlo, estaba protagonizando.
La noche calma, deja oír mis pasos por el empedrado brillante, que un propio, en la parte alta de la calle, riega larga manu. Me paro bajo un farol y palomilla fernandino y me enciendo un cigarro, giro sobre mis pies y exhalo el humo por las narinas. Me siento bien, y al reanudar el paseo, me veo caminar por las fachadas, que dirigen mis deseos por el dédalo de calles, al Conejo Feliz. Me cuesta atravesar el cortinaje grande de terciopelo, cada día más.
Me siento en mi taburete, beso a mi camarera preferida y comienza el ritual, ginebra, vermú rojo y triple seco en la coctelera e inicia un baile con sus pechos. Un buen grog, me trae recuerdos del Hotel Tirol de mi juventud, de esa juventud que ahora busco aquí. Se empina por encima de la barra y me calienta en la oreja que hay una nueva, una liebratón.
Se me acerca una joven enorme, con una malla ajustada que aplica a mi rodilla y un calor pasa lentamente a mi cuerpo, apoya sus manos en mi muslo y pido un benjamín.
Al salir, me acomodo la entrepierna y me encamino a tomar unos churros. Sonrío.
Miles de pequeñas islas pululan por el mundo soñado.
Cientos de miles de islotes ocupan el mar de los deseos confusos.
Corren historias sobre un extenso país donde el lejano mar solo se adivina. Allí las mujeres y los hombres conviven en cierta armonía, se acarician con frecuencia y el cariño estabiliza su mundo. Los niños no cuidan a sus padres cuando estos enloquecen de venganza.
Si una pareja tiene discusiones fuertes en esa Arcadia, entonces un dios pagano los envía once días a convivir en una pequeña habitación, con alimento, una pequeña cama y sin distracciones. Por ley tíos y primos cuidan delicadamente a los hijos mientras sus padres meditan solos. Siempre se intenta.
Nadie visitó jamás ese gran país, quizás sea un recurso más del inconsciente colectivo para soportar la maldita soledad que domina el archipiélago
En las islas recuerdan que eran agradables, buenos en el buen sentido, honestos y soñadores ¿Los idealizaban? Jamás hablaban entre ellas de sus recuerdos.
Los islotes extrañaban a rabiar la paz, sus dulces pieles, el amor del bueno…
Un gran terremoto unió las islas, alguien pensó:
Al que invente de nuevo __________ le trasladamos al islote de los eremitas vacios sin dudarlo.
—Ni “no sabes el día que he tenido”, ni “me duele la cabeza”, ni criptonita, ni leches. A casa se viene a cumplir —, grita Lois haciendo restañar la fusta en el aire.
Tiene el olfato más fino que existe, capaz de oler un caballito de mar a veinte islas de distancia y cuando nada es la más rápida de todas. Su tesoro más preciado es un hueso de ballena que lleva royendo desde hace varios años. Le gusta perseguir a las langostas, jugar con las tortugas y no le dan miedo los tiburones. Aunque no le gusta demasiado, soporta salir de lustro en lustro a cazar elefantes marinos junto a su amo.
Cada vez que un barco navega sobre su territorio, ladra burbujas que emergen a la superficie como notas musicales, y si hay perros sueltos en cubierta se ven arrastrados a saltar por la borda. Durante varios minutos juguetean en el agua pero al final del pataleo, los perros caídos se ahogan irremediablemente y la Sirena-perro vuelve desconcertada a casa. Mientras mira su fabulosa cola de pez, se pregunta por qué trágica ironía evolutiva el resto de perros del mundo tienen esas inútiles patas traseras que los condena a la extinción, y se alegra de ser diferente.
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