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Una tempestad del diablo partió el barco en dos y nos escupió a cinco miembros de la tripulación hasta esta isla, que no recogen los mapas de navegación y que he bautizado con el nombre de Paraíso.
Desde el día siguiente al naufragio, de ya no recuerdo cuándo, recibimos tratamiento de marajás, cada uno dentro de una tienda, protegidos del sol abrasador, rodeados de mujeres bellas y desnudas que nos alimentan con ricos manjares de frutas y mariscos, nos lavan con agua de rosas y nos embriagan con licores, que nos permiten viajar a las estrellas. Y todo porque somos los únicos hombres en la isla, unos enviados de los dioses, como me ha revelado, en uno de sus trances, la que parece la hechicera de todas ellas. Imagino que por eso, últimamente, muchas noches de luna llena mis compañeros de aventuras experimentan placeres ocultos del más allá, pues les escucho aullar, entre sonidos de tambores, mientras lamento que nunca me elijan a mí. ¿Será por qué mi cuerpo se hundió con el barco?
En el fondo —pensaba Jaramillo—, un burdel era una empresa fácil, pero hacer de aquel local un ateneo filantrópico, eso ya era otra cosa.
Apiadado por el incierto porvenir de sus empleadas, el emprendedor logró convencerlas de que en otro gremio su salud sería más resistente y su vida mejor, de modo que ellas, amables e inconscientes, fueron dejando el lupanar para hacerse actrices, cantantes, clarinetistas. El nuevo ritmo de vida más ordenado de las señoritas, que dormían más y comían en abundancia, hizo que mejorara su aspecto y que tomaran algo de peso, lo que las alejaba aún más de la prostitución. Pronto pasaron de esbeltas jovencitas a carnosas señoras, y si bien en ambos casos eran atractivas, el gusto puso de moda la delgadez en las meretrices, no como antaño, cuando se gozaba más con las rellenitas. Sin excepción todas engordaron y todas dejaron el antiguo oficio para convertirse en aplaudidas artistas.
Tras las primeras dudas, pues no se entendió aquello de un cabaret de gordas, el pueblo accedió a tal osadía ya que los caballeros podían asistir a los números con la propia. Y con la ajena. ¡Que no había nada que esconder!
Eran abuela, madre, hija y tía o, quizás, simplemente cuatro amigas, poco importaba.
Desde el interior de la casa veían pasar la vida, asistían a los paseos y a las carreras, a las zancadas y a los pequeños atascos, a los asaltos y a las cazas. Con el corazón en un puño esperaban y deseaban a un tiempo: internarse en la acción y permanecer al margen.
Sin embargo también para ellas, como a nosotros nos pasa, la suerte no atiende a razones, oraciones o ruegos. El azar depende solo y exclusivamente de la cifra que saque el dado.
Más concretamente y como viene siendo costumbre en el parchís las fichas, del color que sean, han de empezar a jugar cuando sale un cinco.
En nuestro caso, dueños de las manos que empuñan esos dados, el inicio de la partida se produce al nacimiento pero en algunos parece retrasarse por extrañas e incomprensibles razones durante años.
Nadando entre penumbras descubre un atolón que ostenta en el centro, como faro, un gran tótem. Desconoce que está habitado por hermosas mujeres que adoran al alto fetiche y les ofrecen en sacrificios a jóvenes náufragos, que no se han liberado de sus fantasías más reprimidas. Son diestras en el arte de la sugestión y gobiernan en el islote, escondido en el mar de Euforia.
Es la primera vez que se pierde en esas aguas y la visión provoca que se desborde en su interior un torrente de adrenalina. Ansioso, avanza hacia la orilla, donde cree podrá ser salvado. El pobre tonto no sabe que pronto se unirá a los otros hombres que han sido atrapados, y que para ser liberados tienen que pagar un tributo en monedas, con las que ellas, expertas buceadoras en los océanos del deseo, confeccionan su cinturón de lastre.
Desde la torre centinela, la reina Antártica II divisó las velas rojas en el horizonte: la nave Deméter regresaba a casa con un cargamento de Hombres.
Acompañada de su séquito, descendió al desembarcadero, donde la esperaba la mercancía y una violenta revuelta. Comprendía la desesperación de sus súbditas por usurparle la primicia. Desde la época del deshielo, que dio paso a la flota colonizadora de Antártica I, no se producían nacimientos en la isla. Solo los vientres que embarcaron inseminados, concibieron una única generación de niñas. Ahora mujeres en edad fértil que debían luchar por preservar su linaje.
Cinco espadas se estrecharon contra la suya. E igual número de Hombres se añadieron a su harem de hielo. Ninguna guerrera más quiso apostar por ver, dos veces en su vida, las velas rojas.
La reina se desnudó frente a todas. Una enredadera de cicatrices y heridas frescas le caía desde la calva coronilla a los pies. Entre sus conquistados, eligió a uno: dos metros de alto, pigmentación clara, cosecha 2096…, según lo detallaba la etiqueta del producto Hombres, seleccionado exclusivamente, por Industrias Germotrix, con espermatozoides de la serie x.
Aprendí de madre a detener las horas. Sentadas frente a la casa escuchábamos hablar a los árboles mientras la tarde se deslizaba calle abajo. Ella entonces sembraba una idea nueva y si brotaba, sonreía mientras plantaba ilusiones que darían fruto cuando yo creciese.
Mi abuela fue quien me enseñó a coser almas rotas. Sus brazos acogían niños de rodillas peladas, jovencitas que aterrizaban cómo pajarillos caídos del nido, o alguna vecina con heridas invisibles. Estas últimas eran tan frágiles que la abuela me mandaba a jugar a la calle, pues cualquier ruido podía romperlas en pedazos.
De mi bisabuela, hija y esposa de pescadores, cuentan que podía hablar con el viento y siempre sabía cuan preñadas se izarían las redes. Yo hace años que abandoné la isla, pero siempre preparo una gran cafetera cuando el garbino anuncia trabajo extra. El lebeche me susurra las historias que escribo y puedo pasar días sin comer ni dormir, hasta que cambia el viento.
Ahora que ha germinado todo lo que mi madre sembró en mí, dibujo estrellas en mi vientre convencida de que serás niña y añadirás al legado otra brizna de esa sabiduría antigua que siempre nos ha acompañado a todas.
No era una isla. No. El internado estaba rodeado de calles y plazas, de iglesias y capillas. Tan rodeado, que al amanecer, la cabeza de la niña estallaba con el tañido de cientos de campanas que parecían competir para despertarla. De mujeres si era. Mujeres que como ella recién abrían los ojos a la vida, y otras, que entre rezos y lamentos, los cerraban un día para ser veladas entre las gruesas paredes de ese convento construido con piedra, cal y canto.
Los obligados silencios y las estrictas rutinas no podían sino acrecentar sus sospechas y sus ocultos deseos. ¿Qué clase de dios era aquél que exigía sufrimiento? ¿Qué clase de mujer, su divina madre, que demandando avemarías miraba impávida el dolor de las castigadas? ¿No era ya su orfandad tremendo suplicio?
Allí seguía la escalera. No lo pensó. En un tris llegó a lo más alto. Al otro lado una angosta senda separaba el muro del río. Sonrió feliz. Un largo paso, un brinco y caería al río. Sus aguas la acercarían al hogar. Sus hermanos felices la abrazarían. Su padre, dichoso, la alzaría en sus brazos. Y brincó.
Desde la playa todo parecia como salido de un viejo cuento de aventuras, el azul del cielo, las nubes gordas y estaticas, lo dorado de la arena y la tibieza del mar.
Por un momento cerre los ojos y desee que no fuera un sueño, era tan perfecto, tan en paz, tan calida su brisa sobre el rostro y la suavidad de los aromas salinos…que por un momento y tan solo por un momento pense en estar muerto….ocasionalmente me encuentro con mas gente caminando sobre la playa, solemos platicar de cosas banales y graciosas, pero nunca preguntamos o cuestionamos esta realidad, no por temor a la muerte, sino por temor a perderla…es tan extensa, tan llena de vida, que no deseo pensar en nada mas.
Y asi siguio su camino, el veia una playa, yo veia una pequeña estrella moviendose en un cumulo de almas en el universo….despues de todo cada quien tiene su propio cielo.
Sucedió hace varios siglos, para ser exactos a mediados del XXI. El proyecto de la ONU por un mundo mejor, proponía una isla del Pacífico para ser habitada sólo por mujeres. La continuidad de la especie estaría en ella garantizada por científicas que seleccionarían y clonarían exclusivamente células hembras.
La sociedad de aquella época lo tomó con más escepticismo que rigor y no faltaron las chanzas estereotipadas. Que si sería la isla más limpia del planeta, que si no habitarían en ella cotorras o loros porque no soportarían la competencia, que si sólo se cultivarían palmeras con frutos multifunción, … Ellas no se arredraron y siguieron adelante con la idea que, durante milenios, demostraron viable y positiva.
El principio del fin comenzó cuando sus dirigentes decidieron que necesitaban una religión que moderara y contuviera las ansias de las más progresistas. Crearon sus diosas, sus iconos, sus santas -todas vírgenes, por supuesto, aunque la palabra careciera de significado en aquella ínsula-, y su demonio, sin cuernos pero con rabo.
Un día, las más aguerridas embarcaron en busca del maligno para acabar con él y disipar así su diabólica amenaza.
La atracción por el pecado y el efecto llamada hicieron el resto.
Mirta abre con pesadez sus ojos de escamas grises, escondidos entre los párpados colgados y los pliegues de su frente. No atina la llave entrar a la cerradura. Es extraña la puerta de su casa, ha conseguido, de repente, gran altura; su propio cuerpo parece diferente, sus dedos de rosario se tornan tersos, sin esas magulladuras provocadas en el transporte colectivo de regreso a casa, después de hacer fila por tres horas para cobrar su pensión. Abre la puerta, ha estado en el mismo lugar varias veces, sabe que no es Alicia y que Antonio, su esposo, la espera con café preparado, una vez que termina su viaje. Ella vive en dos mundos, el dolor la lleva a uno y el aroma a café la regresa a su esposo.
Es un lugar de encuentro con mujeres que ha conocido durante toda su vida. Todas parecen felices; pero Mirta comienza a extrañar. No puede regresar a su otro mundo. Por fin llega el aroma añorado, vuelve a su hogar, con Antonio. No comprende… sus parientes y amigos están reunidos… Los aromas de las flores, los cirios y el café le muestran una realidad inesperada.
La mujer del alcalde hizo que la mujer del pope tocara las campanas para reunirnos en la plaza. Temimos que nos llamara para anunciar una nueva requisa. Ya estábamos hartas de entregar nuestros cerdos y gallinas, nuestra cebada, a los austríacos, que a cambio sólo nos daban un inservible trozo de papel.
La sorpresa fue mayúscula cuando la mujer del alcalde nos dijo que la guerra, esa guerra que creíamos iba a durar siempre, había acabado. El emperador se había ido y el Imperio había dejado de existir. Serbia, después de todo, era la vencedora.
La guerra había durado mucho tiempo. Algunos hombres llevaban ya seis años fuera, acudieron voluntarios para luchar contra los turcos. Dos años más tarde, los demás fueron llamados cuando los austríacos invadieron nuestro país. Luego se llevaron a los chiquillos, a los ancianos, a todos los hombres. Hasta Dušan el Manco y el loco Petar se fueron.
Pocas nos alegramos con el anuncio de la mujer del alcalde. Aquellos habían sido años duros, pero también años de libertad. Años sin hombres. Sin aguantar sus borracheras, sus palabrotas, sus salvajes acometidas nocturnas. Nos habíamos acostumbrado a vivir sin hombres. Estábamos mejor sin ellos, solas.
Hace ya más de doscientos años que no existen las guerras; los libros hablan de ellas sí, pero nadie las conoció.
Nuestros conflictos se solucionan a base de diálogos o, en el peor de los casos en la «mesa de sabias» de nuestro poblado.
No existen normas; fueron suplidas ya hace mucho tiempo por el respeto y el sentido común; y los límites del amor fueron ya borrados para siempre.
Todos somos distintos e iguales a la vez y todos tenemos un lugar importante y necesario en nuestra sociedad.
Los más débiles son atendidos con dedicación, el dolor no existe y la palabra “egoísmo” fue borrada del diccionario hace mucho tiempo.
Sí, vivo un mundo gobernado por mujeres, «La isla de las mujeres» la llamamos.
La tolerancia y la fortaleza se han hecho con el control; y la humanidad ha vuelto a recobrar la cordura que antaño perdió.
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