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Entre las páginas del periódico, encontró una nota: «Te espero a las cinco en el lugar de siempre, Palomito. Tu amada, Florcita». Y mientras pensaba que a él nunca le había dicho ni siquiera «gordito bello», una mano se posó en su hombro.
—Jefe, es hora de que le dé un caldo a esa zorra.
Aquel le ciño la pistola al cinto, otro le colocó el sombrero, y escoltado por las puyas del personal de su carnicería, fue conducido al café del pueblo. En el fondo de la estancia, distinguió el rostro de su esposa. A él no necesitaba verle la cara. Eladio, el pinche.
Extenuado por el peso de las miradas de un público expectante, logró cruzar el salón y llegar al borde de la mesa de la pareja.
—Perdón. No puede evitarlo esta vez. Mi honor… Y disparó el arma contra ellos.
«¿A dónde huir? ¡Pero no! ¿Sus ancianos padres, la familia de Florcita, la nena, sus empleados… ¡El negocio! ?»
El cielo se oscureció bajo sus párpados. Oyó pasos justo detrás de él. Con los ojos aún cerrados, arrojó el periódico con la nota dentro al cesto de basura.
Hoy Florcita había prometido prepararle flan para la cena.
Jueves, 2 de agosto.
Lo he visto desde el callejón. Llevaba los pantalones grises del primer día y una camiseta azul que resaltaba sus ojos… Eso de los ojos me lo ha contado Claudia, yo no he podido comprobarlo porque he agachado la cabeza, como siempre. ¡Va a pensar que soy tonta!… Claudia dice que ha sonreído al pasar a nuestro lado.
Viernes, 3 de agosto.
Es un cerdo. Ha estado tonteando toda la tarde con Claudia: que cómo te llamas, que vaya melena tan larga, que si tienes nombre de ciruela… Y Claudia siguiéndole el rollo. No lo entiendo, sabe que es mi novio, ¡ella se pidió al moreno delgaducho!
Domingo, 5 de agosto.
Ayer, Claudia habló con él. Esta tarde, a la hora de la siesta: excursión a la ermita con los chicos. Claudia ha conseguido que nos admitan en su pandilla. Dice que no se lo contemos a la abuela…
Los llantos de su abuela se acercan, Claudia arranca la hoja, cierra el diario y lo mete en la caja, bajo las frías manos de su prima. “Su diario, seguro que le gustará tenerlo”, susurra Claudia, mientras lloriquea y abraza a la vieja enlutada.
A Padre le encantaba leer. Nunca lo vi con los ojos por encima de otro sitio que no fuera un libro, ni siquiera cuando me planté delante de él y le enseñé el hueco de mi primer diente o, muchos años después, el traje de mi boda. Mi madre decía que a su manera me quería. Yo jamás conseguí inventar una forma de quererlo, ni siquiera cuando lo encontré con el hueco de una bala en su pecho, ni tampoco al elegirle el traje de su entierro.
El día que empezamos la limpieza de sus pertenecías, sus libros, apilados por toda la casa, parecían una escombrera de conocimiento. Del peso, algunos cayeron al suelo y de sus páginas, y para descubrir esa manera de querernos, salieron una veintena de fotos que le servían como marcadores. De mamá, de los abuelos y sobre todo de mí, de mí sin mis dientes de leche y hasta de mí con mi traje de novia.
Fueron los libros los que proporcionaron fórmulas a Andrea que habían de ayudarla durante su vida. Los descubrió por casualidad. Ojito derecho para sus padres; y experta en husmear por la casa para satisfacer sus curiosidades; una mañana, tanteando algo distinto que hacer, pensó que recortar, pegar, y coleccionar dibujos publicitarios de revistas almacenadas sería divertido. Así dio con un catálogo de venta de libros. No reparó en sus ilustraciones; si, en los títulos de las obras que le parecieron preciosos.
Poco tiempo después su padre recibió un paquete dirigido a él; lo pagó, y abriéndolo con curiosidad, al releer en su pasta grisácea “Quía intima para disfrutar del sexo en la madurez,” exclamó sorprendido “Vaya.”
Algo parecido murmuró su madre al destapar el embalaje del libro. “Las mejores recetas de cocina.” Y su marido después de la boda ante un objeto de gran tamaño, y hábilmente camuflado, que abonó al cartero. Resultaron ser varios tomos de “Sexualidad y matrimonio.”
Desde entonces, cómo si de un laboratorio se tratara, Andrea y él entran en sus páginas para descubrir salidas mágicas.
Madre y librera feliz, supo educar a sus hijos. Dominaba “Manual de supervivencia para padres primerizos.”
Continúo curioseando los embalajes.
Tras la muerte de mi padre me hice cargo de la biblioteca ubicada en los sótanos del castillo, manteniendo así el compromiso de preservarla como lo habían hecho los primogénitos de la familia durante generaciones. La biblioteca constaba de numerosos volúmenes encuadernados en piel y escritos con preciosa caligrafía. Durante meses me dediqué a estudiarlos con fruición, abandonando apenas el recinto para comer y dormir. Una mañana, en el tercer párrafo de la página 729 del libro “Batalla entre eunucos y unicornios” (tomo XXIV de la colección “Epopeyas Fantásticas”) encontré una llave. Era negra y tan pequeñita que tuve que recogerla raspando el papel con la uña del dedo meñique. Parecía una letra efe forjada en hierro. La dejé caer en la palma de mi mano izquierda y ella, tras dar varias vueltas sobre sí misma, se introdujo en la línea del destino, junto a la del corazón. Un mundo mágico se abrió entonces en mí. Al parecer yo era la puerta, y a su vez quien la cruzaba. Con la pluma ansiosa de descargar toda su tinta comencé a escribir en un libro en blanco: “De cómo la sirena atravesó el desierto en busca de sus piernas…”
Estaba pasando unos días en la vieja casa familiar, acababa de heredarla y tenía que poner algunas cosas en orden antes de venderla. Cargada de nostalgia subió al desván. Olía a cerrado. Empezó por abrir las ventanas para orear, los rayos del sol irrumpieron en la estancia.
Varios objetos ocupaban el espacio. Una caja de libros llamó su atención, escogió uno al azar, al abrirlo encontró una hoja en la que había escrito un poema :
Me veo en tus ojos, tus ojos que son dos almas desvalidas de mirar ilusionado.
Inspiro lentamente todo tu olor y con él quiero llevarme todo tu ser, que es como un mar azul, extraño e infinito.
Nuestros cuerpos se funden en un abrazo cubierto de agua salada
Me veo en tus ojos, tus ojos que son dos corazones de deseos encendidos.
Toda mi esencia se estremece, se reconoce y quiere permanecer allí hasta el final de los tiempos.
Me veo en tus ojos, tus ojos que se miran en mi.
A mi amado A. M. que da sentido a mi vida.
Saborenado aún esas dulces palabras se quedó perpleja al ver que aquellas siglas no pertenecían a las iniciales de su padre.
Hacía más de diez años que no sabía nada de mi primo Juan, por eso recibí con sorpresa su llamada. Estaba tan alterado que tardé varios minutos en entenderlo: el mapa había aparecido.
De golpe sentí el olor de los veranos de Fisterra, cuando todos los nietos seguíamos a la abuela hasta la playa como al flautista de Hamelin, embelesados por sus historias. Entre ellas, la del escritor escocés, rescatado de un naufragio, que vivió en el pueblo hasta reemprender su viaje a las antípodas.
Se rumoreaba que guardaba en un libro el mapa de un tesoro y que había tenido que enterrarlo para evitar que se lo robase un marinero cojo al que siempre acompañaba una exótica ave.
Con la ilusión de ser los afortunados, cavábamos en la arena con nuestras palas y rastrillos, pero quien finalmente lo encontró fue Juan, durante unas obras de rehabilitación, en el hueco de una de las vigas de madera de la casa familiar que había heredado.
Aunque nunca sabremos quién lo escondió allí, si Stevenson o la abuela, tenía trazada la ruta que nos reuniría a todos, por primera vez en mucho tiempo, aquel verano.
Unos pocos papeles explotan mi atención. Me ayudo bajo la luz poco viva del techo y del ritmo repetido de la música para recordar y sentir escribiendo en ellos.
Es muy fácil sentir y hacer correr por la imaginación como una película miles de fotogramas, unos ya vividos en la realidad; otros que se viven por primera vez aunque no sean reales y sí lo parezcan.
No es fácil expresar y más con tinta esos fotogramas, esos instantes y muchas veces parte de nuestras vidas.
Pero esos pocos papeles, como otros muchos millones ya escritos ayer, hoy y mañana, pueden llenarnos de vida, hacernos reflexionar, entrar en razón, aunque sea por un instante.
Que sigan haciéndose muchos más, porque aunque finjan vida, incluso la que no nos guste, la construyen. Este simple papel es eso, porque le he dedicado una pequeña parte de la mía, una página, una más.
Abres el libro y escuchas las voces que se esconden en su interior. Voces polifónicas, voces que enhebran historias, voces que captan emociones y recuerdos. Recuerdos en sepia de imágenes escritas para ser oídas:
“No sé cómo pasó, cuando empecé a perderlo. No lo sé. Recuerdo la frase escrita en su interior, en tinta roja, en la esquina de la página, dónde Ezequiel y Laura se besaban, dónde se daban una nueva oportunidad, después de la última derrota. La recuerdo anotada en aquella arista, al final de la página: <<Los libros si se dejan, se pierden y ya no vuelven a encontrarse>>, y percibo, los restos de una lágrima sobre la hoja, una mancha pequeña, suave, como de humo, que amarillea la historia, que rememora sensaciones, emociones, recuerdos que fueron escuchados, alguna vez por mí y por ella, al narrarnos las buenas noches cada anochecer. Pero lo perdí”.
Cierras el libro y todo desaparece, sólo queda la añoranza, esa extraña e instantánea amante del presente, esbozando imágenes, recuerdos, provocando exclamaciones, palabras, oraciones e, incluso versos – o besos-. Cierras el libro y todo se apaga, incluida la vida.
Como en un libro de páginas usadas por la lectura el olor me embriaga y me seduce como el príncipe de los cuentos infantiles a la princesa.
Es en esas tardes de sol rojizo en el horizonte, cuando sentada en el viejo sillón de cuero desgastado que reposa rodeado de modernos muebles como si fuera una pequeña isla de nostalgia entre tanto minimalismo de diseño, me gusta perderme entre letras que bailan ante mis ojos formando palabras que me hacen viajar a los rincones más escondidos de mi imaginación.
Mis hijos me preguntan siempre cuándo voy a deshacerme de él, pero yo quiero seguir conociendo mundo mientras descanso en mi querido butacón.
Los cajones de papá no se pueden tocar. Esa prohibición hace que sean irresistibles y las dos hermanas los tienen perfectamente controlados: en uno se guarda el dinero, cuando hay; en otro, viejos documentos manuscritos, incomprensibles para ellas; en el más grande, libros relacionados con la agricultura, cargados de imágenes, y que ya se saben de memoria. Pero al que permanece siempre bajo llave, no han podido acceder.
Una víspera de Reyes, rebuscando posibles y, seguramente, escasos regalos escondidos, encima de un armario aparece una pequeña llave, que acaba abriendo el cajón misterioso. Las dos niñas tiemblan de emoción y miedo. La sorpresa es triple: El sí de las niñas, La dama de las camelias y El método Ogino. Aunque los títulos no les dicen nada, las dos reconocen al unísono los libros mentados por su padre de vez en cuando; los que leía de joven a escondidas, una y otra vez, hasta las tantas, sin luz eléctrica, después de trabajar todo el día en el campo. Ni se atreven a tocarlos.
Coloca frente a él las cartas de su exnovia. Sentimientos desbocados y juramentos de amor eterno se desparraman frente a sus ojos. Comienza a trocear los folios mentirosos, a cachos pequeños y digeribles. Sin prisa, traga cada uno de los pedazos de celulosa. Acaba y eructa con fuerza. Durante unos segundos está genial: el exorcismo ha funcionado. Al minuto su dolor acecha de nuevo.
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