¿Te falta alguno de nuestros recopilatorios?
PREMIO A CURUXA 2024
PREMIO SENDERO EL AGUA 2024
***
más de 15000 relatos

más de 6 millones de visitas


Estaba tan convencido que el de la máscara dorada se comportaba como un animal al acecho, que optó por no separarse ni dos metros de él. Bien estuviera bailando, bien pidiendo una copa o simplemente paseando, no le quitaba el ojo.
Se fijaba sobretodo en sus manos, a la espera de que sacara el arma que utilizaría para atacar a su víctima en cuanto descubriera tras que máscara se ocultaba.
Estuvo a punto de abalanzarse sobre él al percibir que realizaba un extraño gesto con su mano derecha, pero solo fue para rascarse la ingle. Agradeció haber dudado.
También le robó algunas parejas de baile pensando que tal vez ya había descubierto su objetivo y se disponía a actuar, pero dedujo que no era así porque su comportamiento no variaba sustancialmente.
Al final, tras tres horas de intensa vigilancia, todo se desarrolló tan rápido que no fue capaz de verlo venir. El bueno de Juan, el ebanista, le levantó la máscara, y con la mano plana como un ariete, le chafó su ya maltrecha nariz.
La megafonía de las calles no cesaba de trasmitir noticias sobre la desaparición del carnaval. Luis escucha consternado; le gusta disfrazarse. Se divierte. Desde pequeño disfruta diseñando su disfraz para llamar la atención de los demás.
La radio del autobús del colegio, también repite que nunca más se celebrará; estudian como sustituirlo. Alegan los muchos años que sometió a los niños confundiendo sus personalidades. Cuanto exhibe a parejas de amantes en público. Cómo camufla a pobres en ropajes de ricos ostentosos. Y lo que les hizo tomar esta drástica decisión: muestra a las mujeres indecentes y frívolas.
No entiende nada. Pone la televisión; emiten la misma información con cifras del setenta por ciento de dependencia; incluso en gentes de países pobres como él suyo. El periódico de casa tampoco calla. Acusa de “celebración mediática.”
Sin alcanzar a comprender, le resulta extraño ver su barrio callado. Entristecido. Con los disfraces para el desfile y el baile guardados. Se pregunta cuándo disfrutará viendo a su mamá caracterizada de hada, bailar con su papa vestido de caballero.
-Es mala suerte que algo así ocurra ahora,- dice llorando. -Si bailaran este carnaval se divertirían,- murmura desconsolado. Cuando creen que no escucha, hablan de separarse.
Como de costumbre el doctor colmó sus expectativas con esa profusa atención que testimoniaba su fruncido entrecejo, su camisa escrupulosamente abotonada, el impecable nudo de la corbata y ese nervioso garabatear con el que había tomado notas mientras él hablaba.
–Los sueños son como los bailes de máscaras –empezó diciendo –.Nadie es quien aparenta ser.
Lucas compuso una media sonrisa de incomprensión.
–Le pondré un ejemplo –continuó –. El abad asesinado que aparecía en su sueño nos señala su rechazo inconsciente a la boda en ciernes con… ¿María se llama su futura esposa?
Asintió con la cabeza.
–El pulpo representa los obstáculos que ha encontrado durante los preparativos. El tiburón volador en realidad es alguien por quien se siente amenazado; probablemente el exnovio de María.
–¿Y el buitre? –preguntó.
El psicólogo se llevó la punta del lápiz a la barbilla y se quedó pensativo durante unos segundos.
–No lo sé –contestó al fin –.Esa máscara era realmente buena.
Luego volvió al crucigrama que disimulaba dentro de su libreta. Incauto, que se deja estafar fácilmente. Ocho letras : «pardillo».
–Si pasa al mostrador María le cobrará, señor Lucas.
Como siempre, al despedirlo, desplegó sus brazos para darle un afectuoso achuchón.
Los domingos no madrugamos y a mi hija le gusta venir a mi cama a despertarme. Una careta de cartulina sobre su pequeño rostro le da la excusa para abalanzarse sobre mí, gritando “¿Quién soy?”
Siempre le respondo que es la princesa de mi corazón y ella se enfada. “No, soy Barbie” o “Que no, soy Caperucita».
Mientras la abrazo e inventamos juntas el porqué del personaje de turno en nuestra casa, me siento auténtica, sin el peso de las máscaras que debo ponerme cada día para enfrentarme a la vida.
Tengo un armario lleno y me las voy cambiando a lo largo del día. La de la chica feliz que no necesita nada más, cuando llega mi madre por las mañanas para llevar a María al colegio. La de la secretaria eficiente que tiene todo bajo control, cuando mi jefe me da los buenos días. La de pepita grilla, con la expresión estudiada del tú ya no me importas nada, cuando sermoneo a mi exmarido por no venir a ver a la niña…
Pero, cuando me veo reflejada en esos ojillos pícaros que me miran a través de una careta, no tengo ninguna duda: por ella, sé quién soy.
Sus caras resultaban conocidas a cualquiera, pero nadie recordaba haberlos visto nunca juntos. Al llegar a aquella calle comercial tan exclusiva, las cámaras de seguridad no tardaron en detectarles y una discreta vigilancia se organizó en su entorno.
Anduvieron pausadamente, charlando y deteniéndose a mirar algunos escaparates, hasta que decidieron entrar en una lujosa joyería. En menos de lo que tardaron en decir «buenas tardes» media docena de agentes cayó sobre ellos, les derribó y quedaron esposados.
No llevaban armas, ni reales ni simuladas, su documentación y tarjetas de crédito parecían legales y sus huellas no se correspondían con las de ninguno de los casos pendientes de resolver.
Un afamado cirujano plástico certificó, tras analizarlos detenidamente, que sus rostros eran naturales y no habían sufrido alteración alguna.
Finalmente la conclusión no pudo ser otra. Se trataba de ellos, de los genuinos, de los auténticos, de los mismísimos Anonymous y Joker.
Cuando bajaba, él le asestó una fuerte cachetada; ella se tambaleó, en su infelicidad. Recuperó el equilibrio y con buen ritmo concluyó el descenso.
Entró en el comedor con la mejor de sus máscaras.
Los invitados alabaron la comida y las finas atenciones de la anfitriona. En el salón de baile, él le pasó el brazo por la cintura y le susurró al oído: «¡Cuánto te quiero!». Ella, le clavó el acero de su mirada. Él cayó al suelo fulminado, con tal estruendo que temblaron los cimientos de la casa.
Ella se quitó la máscara.
Los convidados, con eufórica complicidad, se despidieron de la justiciera señora, besando su inflamada mejilla.
Mientras, en el jardín, alegremente silbaban los grillos.
Translocación
Mi imagen era inusual, una bella mujer con peluca blanca y vestida al gusto de Luis XVI. La máscara se ajustaba tan bien, ni yo me reconocía. Cuando llegué a la fiesta, me dediqué un buen rato a exhibirme con placer. Sentía las miradas de muchos y me gustaba, me gustaba mucho. Reparé entonces en Lord Byron. Una sensación se apoderó de mi vientre, y aunque no era desconocida, hizo que temblara de miedo y sorpresa. Nunca había sentido por un hombre un deseo así, tan voraz, que me provocaba dolor. Él se acercó a mí y sin mediar palabra, me besó, un beso dulce a pesar de las dificultades al llevar máscaras. Quise derretirme en él, quise fundirme con él, y lo debió sentir igual porque cogió mi mano para sacarme de allí.
En el taxi seguimos besándonos, y aunque no quería pensar, no podía evitar intuir su reacción cuando descubriera mi secreto, ni podía entender que me estaba pasando, el lio de emociones y sentimientos encontrados que estaba viviendo.
Extenuados encima de la colcha, pude por fin sonreír tranquilo. Acaricié su nariz al tiempo que le decía – encantado, soy David -.
-Encantada David, y yo Elena-.
Tras las máscaras se esconderían el amor y el dolor, la mentira y la verdad, juventud y vejez, ficción y erección, lo que somos y lo que nunca podremos ser, algún futurible nobel y consagrados barrenderos, verduleras tímidas y políticos honrados… Este año sería espectacular: los Stones irían disfrazados de Beatles, Blancanieves embarazada de siete, Machoman vestido de bailarina, el Hombre Invisible como himself, el incombustible Diablo vestido de rojo o los insustituibles Arlequín y Casanova, y además yo, calva desde hace siglos, con estos pelos… la nit de Carnestoltes prometía. Tan solo debería escoger una buena pareja.
Desde primera hora de la tarde ya estaba preparándome para la fiesta, esta vez sí, con el inútil espejo siempre cerca. Todo hilado al milímetro: los rizos perfectos, las pestañas insultantes, los glúteos provocadores, la hoja curva afilada y reluciente. Sin embargo, un año más, con el carmín ya en los labios, decidí no asistir al baile: seguro que a alguien se le habrá ocurrido disfrazarse de mí.
No me gusta cómo ha terminado esto. Aquí desnudo junto a ésta desconocida a las cuatro de la madrugada en un garito lleno de gente en pelotas fornicando sin ningún pudor. No sé cómo he podido hacer caso al descerebrado de Juan. Que si «ven que no pasa nada», que si «nadie se va a enterar»… Yo aquí poniéndole los cuernos a Rebeca mientras ella duerme tranquila en nuestra cama. Me estoy arrepintiendo, pero… ¡uf, que fiera me ha tocado! ¡Menos mal, había cada callo por ahí! Bueno, «a lo hecho, pecho». La propuesta era difícil de rechazar: «Fiesta Orgiástica de Máscaras» en un club de intercambio, pero además sin necesidad de llevar pareja, «Día del Soltero». La tía está de muerte y le gusta el sexo, ¡si señor! Que lástima que Rebeca no sea así.
Anonimato, máscaras, desconocidos, sexo sin tapujos… Una lástima no volver a verla. No puedo dejarla ir así, no podré olvidarla nunca. Y sin soltar palabra en toda la noche ninguno de los dos. ¡Que oscuro está esto!
-No puedo evitarlo, perdona, ¿cómo te llamas?-
-Rebeca, ¿y tú?-
Había sido repudiada por no haber podido engendrar al heredero. Los consejeros del monarca, los cortesanos y el galeno real consideraron su infecundidad una cuestión de Estado. «Repudiadla, majestad, es yerma…». Así fue desterrada a una mísera cabaña en los confines del reino.
De inmediato, se ordenó un nuevo matrimonio para el monarca. La elegida, una enigmática joven emparentada con los más ilustres nobles. En dos semanas se celebraron los esponsales y siete meses después parió un niño…
La esposa estéril supo del alumbramiento y, abandonando cualquier esperanza de que el soberano dispusiera repatriarla, claudicó en los lechos de contumaces pretendientes. Al poco tiempo quedó encinta. Tras la confusión inicial, sobrevino la ira…
Coincidiendo con el baile de disfraces de palacio, se presentó ante todos con su hijo en brazos dispuesta a resarcir su honor. Cuando el soberano los tuvo delante sobraron explicaciones. Ambas figuras narraban la historia del engaño…
Una a una, fueron rodando las máscaras de los conspiradores, junto a sus sesgadas cabezas. El monarca, reo de cobardía y sabedor ahora del fraude, no se atrevió a pedir perdón a su reina, tan solo, arrodillado, ansió besar su sombra mientras ella le daba la espalda con orgulloso donaire.
La habitación, expectante, se abre a los sentimientos, a las emociones que, en esa mañana, acogerá su interior. Las sillas conforman un semicírculo enfrentadas a dos asientos vacíos donde, en uno de ellos, duerme un micrófono. Las ventanas son golpeadas por las gotas de lluvia suicidas que abandonan el cielo desorientadas. El mercurio de las luces bosteza y empieza a iluminar la estancia. Unos pasos irrumpen en la fantasmagórica sala y deja pasar el frío gris del exterior. Sonríe. La magia está preparada. Sólo resta confiar en las sinergias, en las energías que se puedan producir en ella.
(Movimientos. Abrazos. Silencios. Campo. Alegría. Recuerdos. Amor. Soledad. Mensajes. Angustia. Sonrisas. Cuestiones. Actores. Reencuentros. Arcano. Sollozos).
El mercurio duerme. Las sillas se recogen en silencio. El micrófono se ha trasladado a su casa de cartón. En las ventanas siguen sucediéndose los suicidios masivos de gotas extraviadas. Las paredes de la habitación sudan, crujen en silencio, lloran en la oscuridad. Alguien cierra la puerta. Ellas acogen nuestros miedos y nuestro transcurrir por la vida pero nadie es capaz de calmar sus lamentos, sus secretos, su alma.
Apenas pudo guardar el equilibrio cuando una pantera rosa se abalanzó sobre él y vomitó un líquido amarillo que le salpicó los zapatos. El felino soltó una risotada mientras se alejaba con paso tambaleante en compañía de un troglodita que se desgañitaba cantando una regia ranchera.
Eran los últimos en abandonar la fiesta y dejaban detrás un pequeño caos que él debía ordenar. Pero no se quedaba solo. Le acompañaba la locutora que todas las noches le susurraba al oído historias tristes, o trágicas, o rocambolescas que amenizaban su anodina vida.
Entre boas y pelucas de varios colores encontró una lujosa máscara veneciana. Aunque podría meterla en la bolsa con todo lo demás, la contempló varios minutos antes de dejar la escoba, sacarse el mono de trabajo y ponérsela. Amparado en el anonimato salió a la calle y se dejó guiar por el oído.
Tal y como contó al día siguiente en su programa favorito, a pesar de que se enfrentó a ellos, no pudo evitar la tragedia. Su valentía generó numerosas felicitaciones. Además, la descripción que hizo de los disfraces facilitó la detención casi inmediata de dos implicados. El tercero, el de la máscara, nunca apareció.
más de 15000 relatos

más de 6 millones de visitas









