Esta Noche Te Cuento. Concurso de relatos cortos

COLECCIONISTAS

Un relato con menos de 200 palabras inspirado en el tema que te proponemos

ENoTiCias

Bienvenid@s a ENTC 2020 En este momento podemos ofrecerte la posibilidad de participar con un relato que esté inspirado en el LOS COLECCIONISTAS de todo tipo... Bienvenid@
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Esta convocatoria finalizará el próximo
15 DE ABRIL

Relatos

296. UNA SONRISA OLVIDADA, de Herrerillo

Llegué… con la cabeza repleta de equipaje, el agotamiento en el cuerpo y mil cosas por hacer. Y seguí andando sin contemplar, adentrándome en el bosque, pendiente de mis cosas y abstrayéndome de todo lo demás. Algo me incomodaba. Tardé en percatarme de qué era. ¿Silencio? No. Se escuchaba tranquilidad. A mi alrededor, verdes pinos se mecían con el aire; silbando viejas y, a la vez, nuevas canciones. Sentí el suave olor del verdor del bosque y el tenue sol del atardecer caer sobre mí. Cerré los ojos unos instantes y me dejé llevar…
Atrás quedaba la multitud bulliciosa hacia sus quehaceres matutinos, el estruendo de los automóviles y el maldito tic-tac que envenena el mundo.
Me pareció escuchar el murmullo del agua, y me acerqué con curiosidad hacia el lugar de dónde provenía. Era un manantial que, divertido, bajaba saltando de roca en roca, salpicando a discreción. Como niños que con alegría y desparpajo chapotean en los charcos después de un repentino chaparrón.
Y sonreí. Me quedé pensativo. Toqué con mis dedos la sonrisa que se dibujaba en mi boca. Casi no podía recordar la última vez que… Y comprendí. Qué importante es sentirse vivo.

295. ALBOROTO EN EL BOSQUE, de Perenne

No se como había llegado hasta allí, pero estaba empezando a oscurecer y me encontraba perdida en el bosque. A mi memoria regresaron terroríficas historias infantiles sobre ogros, fantasmas, y hombres del saco que olfateaban a los niños perdidos en el bosque para llevárselos y comérselos. El viento gruñía con fuerza, los senderos se ocultaban bajo la maleza para que no pudiera verlos y emergieron enormes árboles que se plantaron ante mí de forma desafiante. Con sus ramas jugaban a burlarse proyectando sombras caprichosas, mientras que sus hojas bramaban risas casi sarcásticas. Experimenté realmente el miedo. Acurrucada sobre un matojo distinguí el alboroto de unas pequeñas alimañas y percibí la presencia de lo que podrían ser ardillas, liebres, sapos, jilgueros o urracas. Tímidamente se hacían visibles, pero desaparecían para ocultarse tras su bosque protector. Pero, ¿de que se escondían?, ¿tenían miedo? Sí, tenían miedo de mí, pensé. Me puse en pie tranquila y el viento amainó. Aquellas monstruosas sombras se habían difuminado en la penumbra y sus hojas se mecían como en el sueño de una hamaca. La maleza había construido un camino para mostrarme al fondo un cálido manto de hojas secas. Sobre ellas me quedé dormida.

294. EL GIRALUNA, de Savia 2

            Al Gran Jefe no le gustaba que nadie entrase en el Bosque Blanco y todo el mundo lo respetaba, él mandaba. Naomi, a la tierna edad de once años no entendía esas extrañas exigencias, pero siempre las había cumplido. Hasta ahora. Un día al salir de la escuela algo llamó su atención. Alzó la vista y la visión la dejó maravillada. De los límites del bosque se entreveía un cálido resplandor blanquecino. Olvidando las reprimendas, comenzó un paseo a largas zancadas alegres. No tardó ni quince minutos en internarse entre la marejada de hojas caídas de los chopos que danzaban con la brisa. Ni brujas, ni trasgos, ni duendes. Las ramas bajas arañaban juguetonas sus piernas. Pero ella era feliz, sonreía. Evadida del tic-tac que allí no suena, se internó hasta encontrar un árbol grande que iluminaba el bosque. Con la despreocupación que solo la infancia concede se acercó al árbol y apoyó una mano, había un nombre tallado: Elsa.
– Mi difunta esposa, su tumba permanece inmaculada porque el giraluna vela por ella y confío en que así continúe – le sorprendió el Gran Jefe- volvamos a casa.
Ambos se alejaron sonrientes dejando atrás el giraluna.

293. EL SENDERO DEL BOSQUE, de Luciérnaga 2

El sendero angosto que precede al bosque empezaba a ser su debilidad. Solïa recorrerlo a diario, decía que tenía un mágico encanto que variaba dependiendo de la hora en que lo caminara.
Pero no se quedaba ahí en la entrada sino que se adentraba cada vez, se quitaba los zapatos y los dejaba a un costado y cuando ese pequeño ritual estaba listo, recién entonces empezaba a caminar.
Cerraba los ojos y agudizaba sus otros sentidos, pisaba con autoridad las hojas resecas que le devolvían extrañas notas acordes según iban crujiendo, la humedad de la tierra y su olor jugaban un juego especial en sus narinas despertando sensaciones controvertidas.
Entonces hacía trampas a su intelecto y entreabría los párpados levantando la cabeza girando sobre sus pies. El efecto era mágico, sentía su falda elevarse al ritmo de sus vueltas y las copas de los viejos robles se entre cruzaban filtrando la luz como si le soltaran ejércitos de ángeles para acompañarla.
El sendero, el bosque y su infinita soledad empezaban a conformar una especie de cofradía secreta que le estaba permitiendo aferrarse  con renovadas ganas a este mundo del que, últimamente, había empezado a perder interés por habitarlo.

292. EL TÍO MATEO, de Haya

El tío Mateo perdió la voz el día que quemaron el bosque. Nadie supo si fue una pérdida repentina, o que simplemente decidió dejar de hablar, porque su voz ya no podía ser contestada por los pájaros que se vieron obligados a emigrar hacia otros árboles.
Y es que el tío Mateo, que en realidad no tenía sobrinos, vivía casi todo el día en el bosque. Era él, quién nos enseñaba a los niños de la aldea, a distinguir las diferentes plantas, el que nos relataba la vida de los animalillos con los que convivía en armonía, el que sabía todos los nombres de los árboles. Los días que no había colegio, todos le seguíamos en sus paseos, para recoger setas en el otoño, o moras, o castañas, o a buscar las fresas silvestres que eran nuestras favoritas.
Aquel fuego provocado por las malas gentes, fue consumiendo al tío Mateo hasta que tomó el aspecto de un duende anciano y bonachón de ojos tristes.
Un día desapareció de la aldea sin dejar rastro. Nunca encontraron su cuerpo, pero hay quien dice que el viento trae a veces el lamento de su voz perdida, el lamento del bosque.

291. CIENSAYOS, de ElCiensayos

Ludovico Fresas sintió que se aproximaba su hora. No había que discurrir: Ciento tres años, aunque sin apenas achaques, ayudan a advertirlo.
Echó a caminar para extraviarse en El Luco del Ábrego, cuya espesura nadie en la aldea conocía. Siete horas errático y supo que ya no volvería. En esas cábalas estaba, cuando junto a La Olma más antigua vio de súbito por vez primera al Ente Alígero, El Ciensayos.
Así que, existía. El Pájaro le miró. Asustaba, era el triple que un pavo real. Extendió sus impenetrables alas gigantes forradísimas de terciopelo, liquen y seda, y la espesura se tornó más negra. Pió algo insólito y definitivo. Ludovico se acercó obediente internándose en la tercera capa interior de su frondosa pelambre. El Pájaro, cerró sus alas, emitiendo éstas, iridiscencias señeras iluminando místicas el sancta sanctorum del bosque virginal. Pesadamente alzó el vuelo en lo fosco. Oculto y Feliz, Ludovico Fresas, El Último Guardabosques, iba para siempre con El Ciensayos a otro Luco más numinoso…

290. EL ABRAZO, de Sendero

Sentado sobre el tronco de un árbol que atraviesa el camino forestal por donde van caminando, no puede dejar de pensar en su mujer mientras acaricia la cabeza de su hijo, dormido a su lado. La guerra no termina y la amenaza de que lo detengan por sus ideas intimida, así que ha decidido contratar a un guía para que les lleve a la frontera y convertirse así en refugiado político, pero el precio es alto y alguien debía sacrificarse…
Está fumando –sabe que esta noche, en esa zona tan intrincada del bosque, no hay ningún riesgo de que se vea la brasa del cigarrillo–, cuando oye pisadas a su espalda, quebrando algunas ramas secas y el silencio. Se pone en pie de un salto y dándose la vuelta encuentra al guía atravesando unos matorrales, que con un lacónico “vamos” le indica que ahora pueden continuar. El hombre pasa junto a él sin mirarle, buscando a su mujer; está un poco más atrás y no se atreve a levantar la vista del suelo, pero él la abraza con infinita ternura. Después despiertan a su hijo y siguen al guía, que ya va veinte pasos por delante de ellos.

289. ASUSTADA, de Carballo

     La pequeña estaba asustada, después de que perdiera de vista a su padre, con el que había ido a recoger setas. La niña se había alejado de su progenitor sin percatarse mientras corría detrás de un bello cervatillo, que pastaba en el bosque. El padre, que inició su búsqueda por las zonas de matorral y cerca del pequeño riachuelo, por temor a que su hijita pudiera haberse caído, empezaba a desesperarse cuando de repente oyó la alegre risa de su amada hija, que se lanzó a sus brazos y le llenó de besos.

288. HOJAS DE OTOÑO, de Petirrojo

Esta noche te cuento que he soñado con volver a verte, y al despertar he recordado el tiempo compartido en aquel bosque, donde cualquier paisaje al alcance de nuestros ojos era idílico.
No pensaba volver a mirar por el retrovisor imágenes pasadas de nuestra vida, pero la nostalgia se hizo un hueco a mi lado y una sonrisa se convirtió en cómplice de la memoria.
Siempre nos gustó pasear juntos por aquellos senderos llenos de vida y de silencio. Caminábamos entrelazando las manos mientras escuchábamos el sonoro crujir de la hojarasca. Nos sentíamos acariciados por aquel sol de otoño mientras árboles frondosos guardaban nuestros secretos.
De regreso hacia el molino de agua, nos despedimos con un cálido abrazo. Decidimos vaciar nuestros miedos y ser valientes en nuestra relación: Separamos nuestros caminos.
 Desde entonces, cada vez que regreso a contemplar el paraje que fue testigo de nuestra historia, me persigue la melodía de un bolero: Nosotros, que fuimos tan felices…En ese instante, por un intervalo de segundo, me siento vulnerable y mi corazón se siembra de dudas. La duda es un interrogante sin respuesta que llama a deshoras. Como a deshora ha sido soñar contigo.

287. EL REGRESO, de Ardilla 4

Roble y bruma se confunden en el horizonte, te estremece el frío en el bosque que tanto amas. Las formas misteriosas de los árboles, se te antojan diferentes si la luna no te acompaña. El camino ha sido duro, ya no queda nada a tu espalda, sólo la estela oscura de una noche que no pasa.
No decaigas, a lo lejos se adivina el río y la fuente de tu amada; esta próxima tu casa en las montañas nevadas. Queda un suspiro no más para encontrar tu morada, para que el sendero anuncie que llegas a nuestra casa. Te esperaré junto al fuego, al lado de la ventana, esperando con anhelo que regreses con el alba.
La lechuza espera al día mientras despacio cabalgas; sigue la senda nueva que las piedras te acompañan, te susurran el camino con sus canciones tempranas….pon atención al pasar, escúchalas cuando hablan.

286. RICO ECOSISTEMA, de Hongo

-En este bosque, en la ladera de la montaña, cerca del río, hay un roble. En el roble, sobre sus ramas, un cuervo. En el suelo, bajo el árbol, una hoja seca. La hoja cubre un trocito de bosque y allí se encuentra un gusano alimentándose de un hongo.
-¿Es todo lo que puedes ver con tu bola de cristal? –protestó el aldeano-. ¡Un gusano no me sacará de la pobreza!
-Déjame terminar muchacho –dijo Babá la adivina-.Bajo la hoja seca de ese roble del bosque hay también una moneda de oro. Si se hace de rogar, el gusano que se nutre del hongo terminará por enterrarla con sus excrementos. Te voy a enseñar lo que pasaría si coges la moneda de oro: “Al levantar la hoja y recogerla, el gusano queda expuesto. El cuervo ve al gusano y se lo come. El graznido, de satisfacción, del cuervo al cervatillo asusta. Huye despavorido hacia la carretera, que cruza, provocando un accidente que incendia al bosque. El fuego llega al pueblo y del pueblo a la central nuclear que explota y… ” Bueno, decide la riqueza que quieres poseer, la de la moneda… o la del gusano.

285. UNO DE TERROR, de El Duende del Árbol

La placidez de caminar por el bosque hizo que casi arrollara al duende que la precedía, quien se había plantado en el sendero. Un segundo después la pestilencia acometió su nariz.
Obstruían el camino dos orcos tenebrosos. Su aspecto repelía; la miraban con ojos amarillos y colmillos de jabalí, en una cabeza cubierta de ásperos pelos negros. Cargaban con cerbatanas y colgaban de sus cinturas conejos y pájaros muertos.
El duende giró para regresar por el sendero; la joven humana también lo intentó, pero se enfrentaron a tres monstruos más.
–Me temo que la pasaremos mal –dijo el duende.
Uno de los orcos emitió palabras irreconocibles.
–Dime por favor qué está pasando –murmuró la joven con su garganta cerrada por el miedo.
–Quieren que la entregue. Me negué y les dije que usted es parte de nuestro reino.
Los gritos se encendieron y dos orcos desprendieron sus dardos, prestos a utilizarlos. La joven sintió que sus piernas aflojaban y cayó de rodillas con los ojos llenos de lágrimas. «No nos pueden matar ahora», pensó acongojada. Elevó su mirada al cielo, mas la espesura del bosque se cerraba sobre ellos. El hedor le revolvía el estómago: el olor de la muerte.