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Nos llega una solicitud de nuestra amiga Luisa Pérez Díaz para que la ayudemos a buscar un eslogan para un nuevo portal de internet que se encuentra en preparación… Cómo aquí lo que sobra es imaginación hemos pensado que podríamos ayudarla. Esto es lo que nos cuenta de la nueva web. ¡¡¡Graaaacias!!!
Ese murmullo…
Parece… ¡No puede ser!
¿Qué susurras en mis oídos?
¡Por Dios!
Otra vez ¡No!
¡Déjame en paz!
Maldita voz…
¿Por qué vuelves a mi cabeza?
¿Qué quieres de mí ahora?
¿Cómo? ¿Cómo dices?
No, no, no, no. Noooo. Eso no está bien. No pienso obedecerte esta vez.
¿El cuchillo? ¿Para qué?
¡Eso sí que no! Ese hombre no me ha hecho nada.
No voy a… ¡No voy a hacerlo! No me gusta el sabor de la sangre.
¡Ah! ¿En serio?
¿Estás seguro?
Eso… no lo sabía.
¿Que hace qué a los niños?
Será cabrón…
¿Y a las mujeres? ¿Qué dices que hace a las mujeres?
Hijo de puta…cuando le coja…
Claro que no. En ese caso…
¡No voy a permitírselo!
Siendo así la cosa cambia.
Sí. Tengo que tomar cartas en el asunto. ¡Por supuesto!
He de extirpar el demonio que le posee. He de combatir el mal allá donde se encuentre.
En ese caso no estoy haciendo nada malo ¿Verdad?
Ahora sé que debo hacerlo.
Ahora sé cómo hacerlo.
¿Me… disculpas? Debo dejarte. Tengo cosas que hacer.
Gracias. Siempre me aconsejas bien.
Todo está mejor ahora.
Todo está como tiene que estar…
Se fue jurando no volver más, estaba harto de los gritos y las peleas, de las discusiones y los portazos. En la lejanía de un país sin nombre, encontró la ternura que le faltaba. Hasta que un día, mezclada la nostalgia con el deseo de verse en el reflejo de su infancia, volvió.
Allí estaba, destartalada, la casa y sus recuerdos. La aldaba que tocaba el cartero anunciando las cartas de su padre, el espejo donde su madre se miraba cada noche, antes de salir con sus desgastadas zapatillas y sus labios excesivamente rojos. Allí estaba la mecedora de su abuela, único ser tranquilo en medio del desastre. En un armario desvencijado encontró las revistas de cine que hipnotizaban a su hermana mayor, la que se escapaba casi cada noche para encontrarse con el actor más guapo del pueblo.
Y en medio de su pasado, el perro de trapo que lo consolaba y jamás le ladró.
Cerró la puerta sabiendo que ya no regresaría. El recorrido le supo amargo, sólo recogió el muñeco de su infancia, lo único que no tenía cicatrices.
Allí estaba, plantado frente a la puerta. La camisa, originalmente blanca, embarrada por completo y rota en las mangas. El pantalón no se hallaba en mejor estado y el pelo y la barba estaban salpicadas de ramitas y hojas. Tenía las manos completamente ajadas, y las uñas constituían un terrario. Ella, boquiabierta, sólo acertó a balbucir:
– ¿De dónde vienes así?
– Joder Rafaela, cada día chocheas más ¿De dónde voy a venir? ¿ya has olvidado dónde me enterrasteis la semana pasada?
Él quiso que volviéramos a empezar y me miró suplicante mientras verbalizaba su deseo. Pero a mí me fue imposible responderle: la última cuchillada que me asestó me había seccionado la garganta.
– Quisiera una fiesta de la que cuelguen hilos para llegar al fondo de la primavera.
– Perfuma sus zapatos con té de alcanfor.
– Vamos, una fuerza más, no queda nada.
– No me voy a enamorar, no quiero pensar por dos.
– ¿alguien está hablando de mi prima? Ella vive lejos, pero guarda su equipaje en un archivo mp3.
– ¿jugamos a las incoherencias?
– Lindos son los nenes que se quedan quietos.
– ¿alguien está descompuesto?
– ¿hace falta episiotomía?
– Extraño caminar descalza en la tierra.
– Nuestro límite es la capacidad de crear.
– ¡locos!
– Quiero volar desnuda como en los sueños de la infancia.
– Las mujeres buenas deben casarse y atender a su marido.
– ¿cómo llegamos acá?
– ¿me rascas la espalda? ¿estaremos muertos?
– En este momento 40.000 mujeres están por dar a luz.
– ¿sudán es un país o un estado?
– ¿de quién es este brazo?
– A todos nos son familiares los terribles efectos del virus de la inmunodeficiencia humana.
– Tengo ganas de llorar y no puedo.
– A los hipócritas sólo les interesa saber si dios existe.
– ¿y la tristeza? ¿dónde se esconde la tristeza cuando es primavera?
– El dolor se puede controlar con la respiración.
– Llegó la hora de volver al lugar en donde todo comienza.
El rey prometió la mejor yeguada del reino, un palacio fortificado y la mano de su hija, al caballero que partiera y regresara con el más valioso obsequio para la princesa. Así, partieron cinco jóvenes en busca de aquello que les proporcionara una vida digna de rey. Tras varios meses de espera, ningún joven había regresado. El rey, creyendo que los jóvenes se esforzaban en encontrar el regalo perfecto, decidió esperar un tiempo más. Diez años pasaban ya, cuando el rey, consultando con los sabios del reino, comenzó a sospechar que los caballeros no regresarían, que tal vez entre caminos saqueados por bandidos, montañas difíciles de atravesar o mares imposibles de surcar, los jóvenes habían fallecido, y viendo que los años hacían mella en su hija decidió casarla con el primer caballero que se ofreciera a unirse en matrimonio con la princesa y prometiera darle pronto un heredero. Un año más tarde llegaron noticias de los cinco jóvenes ausentes. Cada uno de ellos había conquistado ricas tierras, islas colmadas de tesoros y joyas, cuantiosos ganados y hermosas mujeres. Y entonces, el pueblo entero entre risas y burlas se hizo la misma pregunta ¿Acaso tu hubieses vuelto?
Gloria sigue regalándome una margarita cuando paso por la puerta de su tienda buscando el abrigo de aromas primaverales. No ha perdido su encanto; como el barrio, o como el perro de Antonio, que aun me recuerda y sale corriendo a mi encuentro buscando esas caricias perdidas.
Al pasar por el parque veo a los niños, ahora más mayores, que juegan efervescentes mientras sus madres me observan desde su corrillo. Nunca supieron disimular.
Abro la puerta del portal y subo con movimientos tórpidos por esas escaleras cómplices de todos mis recuerdos.
Al llegar a casa toco el timbre y retrocedo tres pasos. Los nervios siguen ahí; nunca se han ido.
Se abre la puerta. Es él, ¿quién si no?
Aun después de un año reconozco su cara y esa tibia sonrisa que nada mas verme se apaga; será que ha visto la pistola, será por el primer tiro, por el segundo, el tercero.
De fondo oigo los gritos de los vecinos. Antes también los oía, pero ahora, un año después, no todo es igual.
En el puente sobre el río Sena, los amantes escriben sus nombres en candados cuyas llaves las arrojan a las aguas para que el romance perdure para siempre. O al menos, hasta que el amante arrepentido, días después, decida arrojarse en busca de la soledad ribereña que protege a París del amor.
Todas las tardes mamá acude al colegio a recogerme, aunque estos últimos días no lo hace sola. El señor que la acompaña tiene la voz un poco ronca y una barba que siempre pincha. No me gusta cómo la mira y no me gusta que a cada rato la coja de la mano. Seguro que a ella tampoco porque enseguida se la suelta. Creo que no le caigo demasiado bien. Además odio que mamá me obligue a darle un beso antes de despedirnos, pero lo hago sin rechistar porque sé que ella me regalará un tebeo o un montón de cromos. Siempre lo hace, justo después de prometerle que no le contaré nada sobre su nuevo amigo a papá cuando vuelva de viaje.
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