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Se había prometido a si misma, no volver a suplicar nunca mas su amor, pero era más fuerte su mirada que el desprecio que le brindaba él con sus palabras. Estaba decidia a acabar con aquello, por eso cuando dormía se los arrancó.Ahora nunca mas volvería a verla.
Pedro, el astrónomo, decidió instalar sus vidrios en las almenas del palacio apuntando a la Bóveda Celeste; debía precisarlos observando el eclipse lunar. Esa noche ultimaría su invento, y volvería a vivir desplegadas sensaciones iguales a otra lejana velada de traslación.
El eclipse no comenzaba, y trató de estudiar mientras tanto la cola del cometa Holmes jugando con unas estrellas viejas; gracias a su luz identificó los cuerpos anillados de fulgentes planetas en abismos espeluznantes de energía oscura, donde imaginó dormían los muertos.
Incrédulo por los misterios de majestuosas olas de gas mecidas por delicadas sirenas, la constelación Cetus, “La Ballena”, y estrellas azuladas más calientes que las rojas; con piel de serpiente y luz hiperbólica; perdió serenidad para desconectarse del vacío nuclear; su caos, y de la emergente e infinita invisibilidad de la luna.
Apenas proyectó sombras huecas la tierra comenzó la efeméride lunar; rayos brillantes de continúas explosiones de supernovas cegaron al lombardo. Sin conseguir orientar, ni calibrar sus sofisticadas lentes, perdió toda posibilidad de identificar el abandono de luz antes de alinearse definitivamente los tres cuerpos celestes; pero gritó admirado “¡El espacio es esférico!, lo último desaparecido es su estela; igual que las velas en los barcos.”
Nos cruzamos en el camino donde acostumbrábamos a pasear nuestras tristezas. Tú te tropezaste y te arrodillaste ante mí. Mis manos se enredaron en tu pelo. Y seducidos por la confusión nos dimos el primer beso. Desde aquel instante recorrimos las calles bailando abrazados. Nuestros cuerpos encantados no dejaron de girar y girar. Giraron hasta formar un torbellino que capturó nuestras almas. Sin ser conscientes removimos tierra, ríos y mares. Al descender de las alturas y volver a pisar tierra firme, descubrimos que el amor puede llegar a ser muy vertiginoso.
ULI@Odiseo Tranquila Pé, en cuanto acabemos con los troyanos volveré a Itaca. (20 años antes)
TLMAKO@Odi J.R. A mí me da que papá se ha ido a por tabaco. (10 años antes)
Pé@PNLOP Pues a 20 dracmas cada sudario puedo ganar… (7 años antes)
Ciclop@OGITO ¡Vaya puntería tiene el griego! No veo nada. (6 años antes)
Ariel@SIRENITASCo. LA LALA LA LALA LA LALA LA…
TLMAKO@Odi J.R. Ni en Pilos ni en Esparta y encima me pierdo a esas macizas de las sirenas. Me vuelvo a Ítaca. (4 años antes)
EUMEO@Yomeo Este vagabundo me suena a uno que yo conozco. (Unos meses antes)
Pé@PNLOP Menuda carnicería hay en palacio. ¡Que lo limpie el héroe! (Hace unos minutos)
El autor@HOMERO Vaya fracaso de cantos. Este poema no lo recitan ni en el Partenón. Lo olvidarán pronto. (siglo VII a.C.)
El otro@VIRGILIO ¿Qué le haga una epopeya al emperador? Menos mal que nadie sabe griego, copio la que me contaron y le cambio el título por La Eneida (siglo I a.C.)
Nos llega una solicitud de nuestra amiga Luisa Pérez Díaz para que la ayudemos a buscar un eslogan para un nuevo portal de internet que se encuentra en preparación… Cómo aquí lo que sobra es imaginación hemos pensado que podríamos ayudarla. Esto es lo que nos cuenta de la nueva web. ¡¡¡Graaaacias!!!
Ese murmullo…
Parece… ¡No puede ser!
¿Qué susurras en mis oídos?
¡Por Dios!
Otra vez ¡No!
¡Déjame en paz!
Maldita voz…
¿Por qué vuelves a mi cabeza?
¿Qué quieres de mí ahora?
¿Cómo? ¿Cómo dices?
No, no, no, no. Noooo. Eso no está bien. No pienso obedecerte esta vez.
¿El cuchillo? ¿Para qué?
¡Eso sí que no! Ese hombre no me ha hecho nada.
No voy a… ¡No voy a hacerlo! No me gusta el sabor de la sangre.
¡Ah! ¿En serio?
¿Estás seguro?
Eso… no lo sabía.
¿Que hace qué a los niños?
Será cabrón…
¿Y a las mujeres? ¿Qué dices que hace a las mujeres?
Hijo de puta…cuando le coja…
Claro que no. En ese caso…
¡No voy a permitírselo!
Siendo así la cosa cambia.
Sí. Tengo que tomar cartas en el asunto. ¡Por supuesto!
He de extirpar el demonio que le posee. He de combatir el mal allá donde se encuentre.
En ese caso no estoy haciendo nada malo ¿Verdad?
Ahora sé que debo hacerlo.
Ahora sé cómo hacerlo.
¿Me… disculpas? Debo dejarte. Tengo cosas que hacer.
Gracias. Siempre me aconsejas bien.
Todo está mejor ahora.
Todo está como tiene que estar…
Se fue jurando no volver más, estaba harto de los gritos y las peleas, de las discusiones y los portazos. En la lejanía de un país sin nombre, encontró la ternura que le faltaba. Hasta que un día, mezclada la nostalgia con el deseo de verse en el reflejo de su infancia, volvió.
Allí estaba, destartalada, la casa y sus recuerdos. La aldaba que tocaba el cartero anunciando las cartas de su padre, el espejo donde su madre se miraba cada noche, antes de salir con sus desgastadas zapatillas y sus labios excesivamente rojos. Allí estaba la mecedora de su abuela, único ser tranquilo en medio del desastre. En un armario desvencijado encontró las revistas de cine que hipnotizaban a su hermana mayor, la que se escapaba casi cada noche para encontrarse con el actor más guapo del pueblo.
Y en medio de su pasado, el perro de trapo que lo consolaba y jamás le ladró.
Cerró la puerta sabiendo que ya no regresaría. El recorrido le supo amargo, sólo recogió el muñeco de su infancia, lo único que no tenía cicatrices.
Allí estaba, plantado frente a la puerta. La camisa, originalmente blanca, embarrada por completo y rota en las mangas. El pantalón no se hallaba en mejor estado y el pelo y la barba estaban salpicadas de ramitas y hojas. Tenía las manos completamente ajadas, y las uñas constituían un terrario. Ella, boquiabierta, sólo acertó a balbucir:
– ¿De dónde vienes así?
– Joder Rafaela, cada día chocheas más ¿De dónde voy a venir? ¿ya has olvidado dónde me enterrasteis la semana pasada?
Él quiso que volviéramos a empezar y me miró suplicante mientras verbalizaba su deseo. Pero a mí me fue imposible responderle: la última cuchillada que me asestó me había seccionado la garganta.
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