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Está sobre ti, pero tu mente vuela. Dejas a la mujer en la cama, la que se gana la vida con quien la desea y te lo llevas a él, contigo. Cogidos de la mano, camináis por el paseo marítimo, globos de colores os miran al pasar, altaneros. En el mercaillo del puerto te paras en cada puesto, todo te encandila, babuchas, chucherías, pañuelos… quiere regalarte uno; el de flores, el grana, o quizá el azul… te cuesta elegir ¡son todos tan bonitos!. Disfrutando como una niña chica, corres hasta el carrito de los helados, te pides uno, bien grande. Te sabe a casa, a tu madre, a sus maravillosas gachas con leche, con su canela en rama y una mijita de matalahúga, ese ingrediente estrella que ella a nadie desvelaba. Hace poco que se fue, cansada de parir, estropeada. De tu padre, prefieres no acordarte.
Dejas de soñar. Se acaba el helado, vuelan los globos, se esfuma el pañuelo. Sabes que nunca te llevará de paseo, es como los otros, solo paga lo que consume. Vuelves. Él sigue ahí, sobre ti.
Le susurro algo a mi montura para tranquilizarla. El indio descabalga y corre hasta los restos de la hoguera. Remueve las cenizas, toma un tizón y lo estudia con detenimiento. Levanta la vista, el sol lo obliga a entornar los párpados. El rastreador deja que el aire abrasador del desierto le acaricie el rostro. Parece olfatear una presa invisible. Su perfil anguloso se muestra ante mí como una misteriosa máscara ritual, fascinante, recortada en cuero.
Acerca la oreja al polvo del camino, los ojos todavía cerrados. Escucha durante aproximadamente un minuto y se incorpora. Sin necesidad de interrogarle, me cuenta que son tres hombres, que nos llevan unas siete horas de ventaja. Que se dirigen a Arkansas. Retoma la auscultación del suelo pedregoso. Me informa ahora de que Virginia y Tennessee también se unirán a los estados confederados. Y de la batalla de Gettysburg y del asesinato de Lincoln dentro de dos años.
Quiero saber más. Pregunto por la invención del fonógrafo y, ya puestos, por la guerra de Cuba. Vuelve a pegar la oreja a las piedras. Sin éxito. Se confiesa incapaz de decirme nada nuevo. Entonces le ofrezco la cantimplora. Creo que ha llegado el momento de regresar.
A veces me gustaría volver a aquellos años en los que podíamos ir al cine a ver una película sin que nos molestara un espectador que estuviera hablando por el móvil. Cuando uno podía ir a los funerales sin tener que pasar vergüenza ajena porque en medio de la misa sonaba una melodía que acusaba a alguno de los presentes. Cuando podías tomar una caña con los amigos y mantener una conversación cara a cara y no cara a Iphone. Volver a sentir esa emoción al coger del buzón sobres blancos estampados con nombres de pueblos españoles que contenían las cartas manuscritas de mis amigas; cuando desenfundaba maravillosos discos de vinilo y posaba la aguja sobre los surcos negros que desprendían canciones que serán eternas; cuando abría el cassette para dar la vuelta a la TDK porque se había acabado la cara A.
Supongo que la cara A de mi vida toca a su fin y ahora debería de cambiar a la B, pero me da mucha pereza. Por eso de vez en cuando pulso el botón de rebobinar y si la cinta se engancha, hago rodar un Boli bic sobre la ruedecilla dentada hasta que vuelve a su lugar.
Una sirena resquebraja la noche portuaria, mientras, los viajeros se acomodan.
El barco, cual torre de babel tendida sobre las aguas, parte hacia oriente; tres mil personas agitan sus pañuelos despidiéndose de su vida cotidiana.
Acunados por el vaivén del mar; nobles y villanos, prohombres y gusanos comparten destino mientras mueven patosos las caderas en clase de bailes caribeños. El sol les uniforma con un elegante color dorado que todos lucirán, cual medalla, a su vuelta.
En cada puerto, el barco vomita su preciosa carga volviendo a engullirlos al caer la tarde.
El periplo concluye en mismo lugar en que empezó y entre prisas y sonrisas se produce la diáspora.
Cuando la sirena del barco vuelva a resquebrajar la noche y parta con otra remesa humana, nuestros amigos, ataviados con corbatas, buzos, delantales o uniformes, regresaran a su vida, conscientes de que llegó el final, por una semana se olvidó que “cada quien es cada cual”.
Conozco una nube que ahora llueve alegre. La encontré sobre la cuneta durante una de mis múltiples andaduras en moto. Rota y sucia de asfalto, sus trozos zigzagueantes desaparecían de a poco con cada remolino que las endiabladas llantas dejaban al paso.
Tras curarle las heridas y rellenar sus huecos con algodón, la acomodé entre mis brazos como lo hacía contigo. Piloté lejos, hasta el lugar donde decidiste que el cielo era el mejor compañero de viaje, para soltarla y que volviera a ser libre. Desde entonces, una nube persigue mis sueños, se posa a mi lado en mis trayectos e incluso a veces, solo a veces, creo oírla lloviznar palabras de perdón por haberme hecho creer que hay mejores acompañantes que yo.
He muerto, pero no lo he hecho del todo. Algo me ha traído hasta aquí. Hasta la casa de mi padre. Llamo a la puerta y espero durante un minuto eterno. Él me abre. Pero no es como la última vez que le vi. Su rostro aparece relajado y sonriente, es mi padre, sí, pero el de cuando yo tenía 7 años y pasamos el mejor verano de mi infancia. Un tiempo que olía a jazmín y casa encalada. Un tiempo de ayudar a madre a pelar guisantes y de corretear por el patio vestida de domingo, mientras ellos, mis padres, sonreían al mirarme. Un tiempo luminoso antes de la muerte de madre y de que las palabras y los silencios negros nos pudriesen por dentro. He vuelto a ese verano.
Ese será mi cielo, ese preciso momento. Para toda la eternidad.
¡Hola!Me llamo Lola, estudie latín y griego, pero ahora me dedico a enseñar en un taller literario. Mis alumnos son ya maduritos (más de cincuenta años)Los quiero y ellos a mi también. En mi taller leemos novelas, así van conciendo escritores. Luego de alguna frase o anécdota, les hago que escriban un relato, microrrelato, poesía. Bueno lo que más me gusta es viajar, siempre que puedo viajo acompañada de mi cámara de fotos. En mis fotos reflejo los paisajes, la vida de las gentes por donde me muevo.
Este año he salido de vacaciones en el mes de agosto. Mi viaje «Un safari fotográfico por Kenia» Hoy es mi último día de viaje, volvemos de la excursión.
-Vamos en un microbús
-Se acerca un camión a gran velocidad
-Nos impacta
Mi vida se ha quedado ahí, junto con mi camara fotográfica.
– Y volver, volver, volver, a tus brazos otra vez,….
– Venga hombre, pero de qué vas, ni contigo ni sin ti tienen mis males remedio, pero mejor sola sé cómo buscarme la vida, faltaría más.
Parece que fue ayer cuando escuché esa atiborra de semántica muy pegada al cancionero popular mientras sonaba la música en el club. Ha pasado tiempo de aquel intento y sé de buena fuente que no ha rehecho su vida todavía. Yo sigo deambulando de un lado para otro y siempre sin entender por qué nadie me comprende.
Así, los dos, nos volvimos a encontrar por casualidad bastante después en una cafetería. Sonaba una vieja canción en una moderna televisión de plasma colocada en una esquina. Nadie la miraba pero si escuchaba la canción, nuestras miradas se cruzaron y no había más remedio que saludar.
– Cuando vuelva a tu lado…,
– Por aquí, ¿cómo te va la vida?, ¿estás también sola?.
¿Se repetiría o no la historia con la melodía?, me daba lo mismo ya que quería seguir siendo el rey.
Cuando no pudo más cerró los ojos un segundo. Sólo un segundo. Sin darse cuenta, las olas le devolvieron a la playa depositándolo sobre la arena como si nada hubiera pasado.
Era el fin de su segundo intento de abandonar la isla. Esta vez realmente llegó a creer que lo conseguiría. Y otra vez estaba allí. Las mismas palmeras, la misma playa.
Lo había organizado al detalle, pero todo había salido mal. Una brazada… tormenta…otra brazada… calambres… otra brazada…
Sentado sobre la arena, mirando al horizonte azul, se sintió triste, derrotado y solo.
Quizás debió saltar desde el acantilado sin posibilidad de retorno. Quizás la próxima vez. Quizás le rescate algún barco. Quizás alguien lea el mensaje lanzado al mar en una botella.
“Cuando no pude más, cerré los ojos un segundo…”
Se había prometido a si misma, no volver a suplicar nunca mas su amor, pero era más fuerte su mirada que el desprecio que le brindaba él con sus palabras. Estaba decidia a acabar con aquello, por eso cuando dormía se los arrancó.Ahora nunca mas volvería a verla.
Pedro, el astrónomo, decidió instalar sus vidrios en las almenas del palacio apuntando a la Bóveda Celeste; debía precisarlos observando el eclipse lunar. Esa noche ultimaría su invento, y volvería a vivir desplegadas sensaciones iguales a otra lejana velada de traslación.
El eclipse no comenzaba, y trató de estudiar mientras tanto la cola del cometa Holmes jugando con unas estrellas viejas; gracias a su luz identificó los cuerpos anillados de fulgentes planetas en abismos espeluznantes de energía oscura, donde imaginó dormían los muertos.
Incrédulo por los misterios de majestuosas olas de gas mecidas por delicadas sirenas, la constelación Cetus, “La Ballena”, y estrellas azuladas más calientes que las rojas; con piel de serpiente y luz hiperbólica; perdió serenidad para desconectarse del vacío nuclear; su caos, y de la emergente e infinita invisibilidad de la luna.
Apenas proyectó sombras huecas la tierra comenzó la efeméride lunar; rayos brillantes de continúas explosiones de supernovas cegaron al lombardo. Sin conseguir orientar, ni calibrar sus sofisticadas lentes, perdió toda posibilidad de identificar el abandono de luz antes de alinearse definitivamente los tres cuerpos celestes; pero gritó admirado “¡El espacio es esférico!, lo último desaparecido es su estela; igual que las velas en los barcos.”
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