¿Te falta alguno de nuestros recopilatorios?
PREMIO A CURUXA 2024
PREMIO SENDERO EL AGUA 2024
***
más de 15000 relatos

más de 6 millones de visitas


Cuando llegó, estaban todos esperándole. Bajó del taxi lentamente, saboreando las miradas de envidia. Llevaba traje y zapatos de cuero, como correspondía a su nuevo rango. Rápidamente le rodeó una nube de niños ansiosos, tirando de su chaqueta, metiendo la mano en sus bolsillos. Los empujó desdeñosamente y se dirigió hacia el jefe de la tribu. Tras unos corteses abrazos, le ofreció su primer regalo: un teléfono móvil. El intenso calor y la tensa espera le hacían sudar a chorros. El jefe examinó a fondo su obsequio, lo dio mil vueltas, se lo llevó a la oreja, lo alejó, lo acercó… Tras varios silenciosos minutos, levantó el teléfono y mostró su aprobación con una sonora risotada. En ese momento, todos le rodearon gritando “¡mi regalo!¡mi regalo!”. Distribuyó velas, jabón, pilas, zapatos… Había triunfado, debía ser generoso. Tenía por delante un mes de éxito y derroche. Luego le esperaban once meses de duro trabajo en el infierno del invernadero, de dormir hacinado con otros compatriotas en un barracón, de soportar privaciones y desdén, de ahorrar hasta el último céntimo de su mísero sueldo, en ese país lejano y codiciado. Dos mundos, dos vidas, un alma.
El extintor -único testigo del suceso- sigue colgado de la pared que separa las puertas de 6ºA y 6ºB. Marina avanza lentamente. Envidia la existencia inanimada del objeto rojo, ese propósito concreto y su incapacidad de sentir. La puerta de 6ºA está abierta. La directora entra antes que ella para facilitar el momento. El maestro detiene la explicación. Todos los chiquillos se giran de inmediato, la escrutan. Aunque ya cicatrizadas, a Marina le duelen cada una de las heridas cuando suelta las muletas y se sienta en el pupitre. Fran también está. Ella pensaba que sentiría odio al verlo. No es así. Hasta eso le arrebató. Fuera, en el pasillo, el extintor sigue atentamente el regreso de la niña. Ella no sabrá nunca lo que hubiera dado por intervenir cuando empezaron los insultos, como le hubiera gustado rescatarla el día que Fran le propinó la paliza, tampoco sabrá de la cólera que le consumió al ver a sus compañeros observando impasibles, ni la impotencia de ver al agresor regresar a clase hace semanas, y mucho menos el júbilo de volver a ver a Marina caminar por el pasillo de la escuela, aunque cojee.
Aquel día le pedí a mi marido que trajera una lata de atún. Dos horas después, seguía de pie enfrente de la alacena. Pensé que era la torpeza propia de los hombres buscando cosas, pero su mirada perdida escondía algo más. Volvió al fin con la lata en las manos y una sonrisa infantil dibujada en su arrugado rostro. Hacía mucho tiempo que no lo veía tan feliz. Desde entonces le mando todos los días a buscar algo. Mientras, aprovecho para recoger la casa, hacer la comida e incluso ir a hacer la compra. Él siempre vuelve con su trofeo en la mano, sonriendo como si hubiera descubierto la vacuna contra el cáncer. Los fines de semana me escondo por la casa y le digo que me busque. Tengo que dejarle pistas, porque si no me pasaría días esperando en mi escondite. Él rebusca por todos los rincones hasta que nuestras miradas se cruzan. Entonces se ríe como un niño pequeño y me abraza. Yo lloro sin que él lo note.
“No quiero perderte, viejo estúpido. Vuelve.”
Hace muchas noches que no duermo, no puedo, no estoy tranquila compartiendo el mismo lecho que este hombre que dice ser mi marido. Tiene su mismo rostro y su voz suena igual pero no lo reconozco. Fue reclutado para ir a una contienda en la que no creía de la que solo esperaba destrucción, no le dejaron ninguna alternativa, la patria lo necesitaba. Aún resuenan en mi memoria sus palabras antes de irse: «Volveré pronto, la guerra no tardará en acabar». No fue así, pasaron muchos años en los que viví en un constante altibajo de miedo y ansiedad. Por fin llegó la victoria, eso nos dijeron. Mi esposo regresó sin heridas aparentes, aunque lo envolvía una oscuridad que he sido incapaz de disipar. Todos dicen que no me ven contenta con su vuelta, pero ellos no entienden, no perciben las cicatrices que hay en su interior. Vitorean el sonido de las campanas que redoblan a triunfo, mientras no dejo de preguntarme quién ganó realmente. El hombre que yo conocía no ha vuelto.
He aprendido a observarte entre cristales, mientras aparento mirar escaparates, en esta plaza en la que un día zarandeaste mis recuerdos. A pesar de que el tiempo se ha mostrado despiadado, te reconocí al instante. Mantienes, a pesar de todo, ese aire distinguido que me hizo enamorarme de ti. Siempre me pregunté qué te llevó a abandonarme queriéndome como me querías. Ya sé que de vez en cuando necesitabas conquistar a otras mujeres, digo yo qué para demostrar tu hombría. No me extraña, presencia y labia nunca te faltaron. Siempre lo supe, pero callaba como una idiota y me consolaba pensando que yo era la princesa en tu castillo. Ahora creo que tal vez necesitaras una señal, que explotara, alguna escena. No has perdido el aplomo, ni siquiera con ese traje pasado de moda y mal planchado. Todavía veo en ti al guapo conquistador que siempre fuiste. Y me da miedo volverte a perder. Pero de momento te tengo donde quiero, en esta plaza, bien plantado, con una foto mía, tienes que reconocer que no me hace justicia, en una mano y en la otra una pizarra en la que se puede leer en letras grandes: “Busco a mi esposa”.
Mamá se pasa el día parloteando. Habla y habla sin cesar. Comenta lo que está haciendo, lo que va a hacer y lo que le gustaría, pero siempre lo hace sola, porque papá nunca está.
Papá es un dandi del tenis. Invariablemente de punta en blanco, no soporta sudar, por lo que apenas corre en la pista. En realidad, lo que le gusta es la tertulia y la cerveza de después. A veces, va a ver a la abuela, pero como no lo reconoce se enfada y promete que no va a volver.
La abuela está llorando continuamente, mira la foto del abuelo y llora. Cada día la pierde porque no recuerda dónde la dejó y vuelve a llorar. Cuando la encuentra se seca las lagrimas, sonríe y vuelve al llanto.
El abuelo es el único que se ha acordado de mí decimosexto cumpleaños. Con su nueva novia, otra rubia bronceada, me ha traído flores amarillas, mi color favorito, pero enseguida se han ido porque tenían que coger un avión
¿Volver? ¿Para qué? Prefiero volar donde el viento me lleve. Después de todo, las flores estarán mustias en unos días en ese vaso de latón que sostiene mi soleado nicho.
Cuando al fin trabaron desde afuera la escotilla hermética de la nave y se dispuso a ingresar en la cámara de hibernación donde permanecería hasta llegar a destino, a Eva le entró la duda. ¿Había cerrado la llave del gas antes de salir de casa?
Una profunda congoja la invadió al comprender que no podría verificarlo. Si alguna vez volvía, seguramente todo habría cambiado y ni siquiera la casa estaría en el lugar donde la estaba dejando. Una lágrima le rodó por la mejilla y mientras se acariciaba el vientre con ternura trató de imaginar un nuevo hogar.
— Bueno — se dijo —. Al menos espero que la vecina haga lo que le pedí y no se olvide de regar los geranios del balcón. ¡Ay! Jamás me perdonaré haberlos abandonado a su suerte.
El héroe ha regresado. Sus pies se encaminan anhelantes de descanso hacia el hogar pero… se detiene. Alza su mirada… culminará este viaje amparado por el humilde manto del agradecimiento. Exhausto, corona la cima sagrada y escruta tras una cortina de nubes, por donde asoma una escena inesperada. En el flanco derecho, los dioses presididos por Zeus y Hera. En el izquierdo, los héroes, con Perseo y Aquiles a la cabeza. Y en el centro, Temis, diosa de la justicia. Entre el público Penélope teje y desteje sin parar, Prometeo juguetea con unas brasas, Pandora entreabre una caja… Y en el banquillo de los acusados un anciano recoge varios pergaminos del suelo.
—Solicito una prórroga —pide el viejo a la dama de la venda en los ojos.
—¿Otra? No saldremos de aquí hasta que expliques por qué Perseo tiene una flecha en el talón y Aquiles nos amenaza con la cabeza de Medusa. Anciano, tú sólo eres nuestro cronista… ni que te hubiéramos encomentado los trabajos de Hércules. Homero… ¡esto es un insulto para el Olimpo! ¡Una odisea!
—¡Ejem!—interviene una voz indignada.—¡Si alguien ha vivido una odisea… ése soy yo! — replica Ulises descubriéndose tras su raída capa.
Escuchó los gritos de “!Asalto!” y, enseguida, un tiroteo. Y, asustado, volvió a su tumba.
Salía de la cama despacio, sin hacer ruido, en un vano intento por no despertarme. Desconocía que yo, al igual que ella, tampoco podía dormir. De puntillas, bajaba las escaleras para asomarse a la habitación de nuestro hijo. Bajo las sábanas creía descubrir su cuerpo, arrullado por la respiración tranquila que provocan los dulces sueños. Luego, en la cocina, preparaba su desayuno y se sentaba a esperarle. Yo me hacía el encontradizo y aparecía por allí intentando no asustarla.
– Volvamos a la cama, cariño.
– Estoy esperando a Manuel, a que baje a desayunar -me decía con la mirada perdida en algún lugar al que nadie podía llegar y del que nadie podía hacerla regresar.
– Mira, todavía no ha vuelto -intentaba convencerla mientras nos asomábamos juntos a su habitación silenciosa, vacía, muerta como él.
Ella me miraba asustada y el azul de sus ojos se volvía oscuro, como un mar profundo, un mar sin fondo.
– Vamos. Hace frío y estás temblando.
– ¿Volverá, verdad? –me preguntaba cada día.
– Claro, luego bajamos a ver.
más de 15000 relatos

más de 6 millones de visitas









