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Un relámpago la inmortaliza, tumbada sobre su cama.
Decían que, en esta misma alcoba, se preparó cuidadosamente aquella tarde, su primera vez.
Contaban que, cuando bajó la escalera, la congoja empapó los corazones de los que velaban el féretro y que era tal su parecido con la difunta, que vacilaron al darle el pésame.
Aseguraban que, desde entonces, bastaba su presencia para espesar silencios, empañar ojos y oscurecer ánimos, confirmando así su don innato e inequívoco como plañidera.
Rumoreaban que su llanto agónico provocaba escalofríos y ponía los pelos de punta, pues parecía tener ecos del más allá.
Insinuaban, haciéndose cruces, que no debería haber reemplazado a su madre precisamente aquel día; que mezclar lágrimas espontáneas y fingidas solivianta a los espíritus, condena almas inocentes y desdibuja los caminos del cielo.
Creían firmemente que, cuando llegara su hora, lloraría sin tregua por su propia muerte un diluvio maldito que anegaría el pueblo para siempre.
Imagino que, por eso, todos huyeron cuando supieron la gravedad de su estado… sin auxiliarla.
Desasosegado, tras el último estertor he auscultado su pecho y buscado el pulso con ahínco. Mi mano tiembla, irracionalmente, mientras escribo la fecha y hora.
Un trueno ensordecedor rubrica mi certificado.
Ella se afana en la cocina lavando trastos, pendiente de que no se evapore la sopa que hierve sobre la estufa. A través de la ventana se observa un cielo claro, perfecto para que seque la ropa que ha colgado del tendedero, todo fluye de acuerdo a lo programado. Está segura de poder llegar a tiempo para recoger a su hijo en la escuela, y tomar el autobús. Termina de secar los platos, apaga la hornilla y mientras espera que se enfríe la comida, dobla vestidos y pequeños pantalones que coloca en una maleta. Cuando ha puesto todo en orden se dispone a buscar al niño, pero antes de salir toma el martillo que yace al lado del hombre inclinado sobre el sofá, con los ojos abiertos, inmóvil frente al televisor y que una hora antes le había preguntado: “¿me compraste cervezas?”
Llevaba buscando a Berta dos meses. Teníamos poca información de ella: morena, treinta años, un metro sesenta, algo más de cincuenta kilos de peso, pero con una fortaleza inusual. Había acabado con su marido y con un par de tipos más sin más razones que la apariencia de estar dispuesta a ajustar cuentas con el género masculino: los mataba, les cortaba los huevos y se los metía en la boca. Una pista de la última víctima conocida me llevó a un oscuro club de carretera donde fue inútil mantener oculta mi identidad de poli. Nadie quiso colaborar; así que acabé acostándome con una guapa rubia que, aunque le faltaba el dedo pulgar, sabía usar con maestría los otros nueve.
Por la mañana, mientras la rubia cantaba en el baño, me llamaron para darme nueva información sobre Berta. En una comisaría del norte del país habían conseguido relacionarla con otro homicidio de meses atrás y eso despejaba pistas nuevas: creían que podría haber perdido un dedo en el intento fallido de rebanar a la víctima, me dijeron; y de los restos de sangre, el laboratorio suponía que podría estar abandonando voluntariamente un tratamiento contra el VIH. Me sentí… tan estúpido…
Puedo sentir como su mirada sigue mi trayectoria cuando atravieso la estancia. Noto sus ojos marrones y cálidos posándose en mi nuca. Me doy la vuelta y la observo. Desnuda, serena, adueñándose de la pose de la maja desnuda, reclinada sobre el diván azul, acomoda su cabeza en el cojín asalmonado. Sostengo su mirar eterno en mis pupilas, sus ojos me preguntan ¿Por qué? Entonces desarmado y sin respuesta aparto del lienzo la vista y rompo en un sollozo afligido y silencioso.
Ya han pasado seis meses desde la última vez que contemplé sus ojos reales en esta misma habitación. Aquí la conocí, fue nuestra primera cita en el museo. En esta sala del siglo XXI fue donde comencé a dar forma a su idea vanidosa de plasmar su juventud en un cuadro para que la recordara siempre hermosa. Tarea que realizo sin esfuerzo el primer jueves de cada mes, el mismo día de la semana en que se me escapó su libertad como un pájaro con sus treinta y ocho primaveras.
Ella está delante del Museo, al lado de Puppy. Lleva puesto un vestido de florecitas de los mismos colores que el enorme terrier y permanece tan quieta que parece formar parte de la escultura. A sus espaldas se eleva, curvándose y retorciéndose, el cuerpo hecho de escamas de titanio del Museo. Y en el cielo azul hay nubes, hinchadas y blancas como velas.
La imagen es bellísima, podría tratarse del spot publicitario de un perfume. Pero la realidad es otra. Esa mujer es mi mujer y tiene una cita con alguien. A quien aguarda mordisqueándose los labios, con ese gesto ansioso que siempre me gustó y que ahora me desespera.
Quisiera ir a su encuentro y fingir que no la he seguido desde que salió de casa. Y dejar que continúe mintiéndome. Y llevármela de allí antes de que sea demasiado tarde.
Sin embargo, ya se ha acercado a ella un desconocido. Se abrazan y se dan un beso lento y ensimismado que obliga a varios turistas a esperar con la cámara en vilo. Alguno sonríe e inmortaliza su beso junto a Puppy.
No necesito ver más. Desciendo por la triste escalinata y tiro mi alianza a la ría.
De niño desconfiaba de las armas contenidas tras sus vitrinas; ahora trabajo en el museo. Aquí tengo un sillón en un despacho, una cita con un hombre aún sin derechos, y una mala noticia que darle.
Vivíamos en una casa de paredes de ladrillo y goteras en invierno; demasiado pequeña para mi madre y sus hijos. En la plaza había una mayor: de tres plantas, muros de piedra, balcones con tiestos de arcilla y, sobre el tejado, un gallo de metal negro que luchaba con el viento.
Archivo documentos viejos que permanecían ocultos desde la guerra. Dicen que esos papeles explican demasiadas cosas. Yo cuento con permiso, y leo lo que para otros sigue prohibido.
En verano regreso al pueblo. Derrumbaron la casa pequeña; la grande continúa erguida. Visito la tumba fuera de la tapia del cementerio. De camino cruzó la plaza, pero no miro al gallo negro. En el metal de la veleta quedó grabado el nombre de mi padre; el verdadero dueño de las tres plantas de abajo.
El hombre aún sin derechos abre la puerta del despacho. Su solicitud denegada descansa sobre mi mesa. Me pregunta cuándo podrá leer los documentos viejos.
Nunca espabilaré. Cuando mi amiga me dijo que había quedado con ese chico de internet, ya me pareció mala idea. Lo de internet me da yuyu.
Tenía que haberle mandado a la porra cuando me pidió el coche. Pues si quiere ir a Bilbao, encima al Gujenjein, o como se diga, que ha quedado allí, mira que es peliculera, que pille el bus. Total, desde el pueblo, una hora. Tampoco tiene que madrugar, ha quedado a la una. Puede hasta trasnochar el viernes. Y con un poco de suerte, pilla con uno del barrio y se olvida del bilbaino, que llevará la txapela a rosca, fijo, como los del pueblo. Pero como es de capital… esta tía…
Ahora va y me llama, la muy torpe. Que en realidad no era un chico sino varios, resulta que se ha metido a “escritora” y ha quedado con unos de un blog para comer y ha pillado un pedo del quince. Mira como escribe, la tía, con tintorro. Ahora me toca coger el bus e irme hasta allí, si quiero recuperar mi coche.
He quedado con ella en el Museo, el de Bellas Artes. Por lo menos, se cómo se escribe. Menudo planazo.
CÓMO VES-ARTE
Sin conocerse, coincidieron en la sala 56 del Prado contemplando la misma obra: la tabla central del tríptico donde El Bosco les mostraba El Jardín de las Delicias.
-El placer es una búsqueda que la razón no entiende -comentó él sin apartar la vista de un grupo de personajes atrapados por la lujuria.
-Y acabamos confundiéndolo con el amor – respondió ella-; nos sorprende y nos cautiva por los sentidos, pero solo a veces llega a tocar lo profundo del alma.
Intercambiaron su punto de visión, y la conversación visitó lugares comunes hasta llevarlos a una cafetería cercana. Allí se miraron a los ojos por primera vez. Varias coincidencias en su biografía y la luz amable de la tarde les empujó DE a cenar juntos. Compartieron boloñesa, helado de canela y pastel de crema con chocolate caliente. Alargaron la aventura hasta una pensión del centro donde saciaron al caprichoso deseo. Al amanecer, ella abandono la escena en silencio y él desapareció definitivamente.
Unos meses después el destino y una exposición sobre la vanguardia rusa contemporánea volvió a reunirles casualmente en el Thyssen. Ambos se presintieron delante de un bodegón cubista titulado Naturaleza Muerta, de Alexandra Ekster. No se atrevieron a mirarse.
Museos hogar de las Musas.
Museos, gineceos de las musas, donde pesan igual cetros y cayados.
¡Aquellas musas del Parnaso!:
Calíope de la épica, Clío de las epopeyas, Erato de la lírica, Euterpe de las flautas, Melpóneme de la tragedia, Polimia de los himnos, Talía de la bucólica, Terpsícore de la danza, Urania de las ciencias…
—Pero, ¿dónde estabas tú, musa de la pintura?
—Te inventaron los pintores en cada mujer modelo.
Tantas horas de contemplación, tantos soles reflejados y partidos por sus cabellos, acabaron, muchas veces, nublando el seso del artista.
Joanna Hifferman, musa irlandesa del pintor James Whistler a quien con su hermosura, inteligencia y simpatía sedujo, también atrapó a Courbert. Sus atezados cabellos lo hechizaron. Ya altiva, ya sensual, reposa sugerente en sus obras.
Solo una vez no pintó su rostro, o si lo pintó luego lo cercenó.
En el Museo de Orsay de París expuesta intermitentemente, en pos de la moral imperante en cada tiempo, la tenéis. Su lúbrica indolencia escandaliza a algunos, aunque a todos vigoriza.
Su cobrizo vello vela el “origen del mundo”.
Perdido en un olvidado almacén, un escorzo de rostro de cabellos color castaño, buscó durante años su perdido cuerpo.
—Parece que hoy, ya lo ha encontrado.
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