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Al acabar de releer la carta, Urban Volstein sintió el vértigo de lo irremediable. Hacía tiempo que no pronunciaba ni una palabra en su insegura lengua materna, la que, como si fuera un código inventado, solo usaba ya ante su esposa cuando iba, cada año, a dejarle flores.
Ese idioma, el de amar, el de odiar, el de blasfemar y el de llamar a las cosas por su nombre, heredado por su padre de sus ancestros, y traspasado por ellos a Urban con la idea de que este se lo cediera a los hijos que nunca tuvo, estaba llamado a apagarse definitivamente, y ni los sabios de la cátedra lo resucitarían, ni los aprovechados de la asamblea se lo apropiarían, ni los niños lo escucharían de nuevo de sus madres.
—Delecti’m magna, binomi. Acudi ad ti ja —dijo, tal vez leyendo.
Bajo el jarroncito de flores que decoraba la tumba de su difunta esposa, Urban dejó un papel ininteligible en el que se adivinaba una despedida. O acaso era un saludo. Las lenguas moribundas son confusas, tal vez porque saben que van a morir.
-Grito en silencio este pavor espantoso
Del ser desintegrado.
Mi cuerpo bulle en regatos de tantos bichos
Reptando hambrientos.
Rumor sin fin que me disocia:
Me roen incansables todos estos monstruos
Monstruosamente microscópicos.
Vida hirviendo en mi cuerpo muerto
Mundo de gestación y muerte.
Mi ser se desmorona
Despojado por esas vidas múltiples.
Mis oídos muertos llenos
De este mordisquear continuo
Y mi olfato de esta exhalación infecta.
¡Hay tanta podredumbre
Debajo de este mármol!…
Mi alma grita en silencio
El pavor espantoso
Del ser desintegrado.
-Serénate amor mío
Te quise mas allá de tu ser hermoso
Son tus mascaras que caen una tras otra.
Nuestro amor dio sentido a nuestra vida
Nuestro amor puede darlo a nuestra muerte.
¡Ven a vivir nuestro morir!
Vamos a intentarlo,
Concentrémonos en el mismo afán:
¡Dame la mano!
Recuerda que el agua como la arena
Necesitan una mano atenta
Demasiado abierta o demasiado cerrada
Les deja escapar…
Te doy mi mano en concha amistosa
Por encima de este mármol frío
¡Dame tu mano!
¿Cara o cruz? Me ha preguntado la Muerte esta noche mientras lanzaba una moneda al aire.
Anverso y reverso deciden mi destino y no me ha dicho en cuál de los dos está mi final, pero sé que, ésta vez, debo elegir. Me ha dado a entender que ya me ha perdonado en demasiadas ocasiones y que no admite más demoras.
Mientras vuela la moneda, cruzan velozmente mi memoria aquéllos momentos en los que me crucé con ella y la burlé: el atropello de un coche siendo niña, un atragantamiento casi fatal, una caída por las escaleras con las manos en los bolsillos pero, sobre todo, fueron los deportes de riesgo los que estuvieron a punto de mandarme al otro mundo: caídas haciendo motocross, un caballo desbocado al borde de un abismo, una bici sin frenos, temerarias escaladas y…¡Tantas ocasiones más! Pude perder la vida muchas veces, porque la emoción del peligro vencía casi siempre al sentido de conservación.
Y precisamente hoy, mira por dónde, cuando ya estoy mayor y sólo veo deportes por televisión, va la Muerte y, lanzando su fatídica moneda al aire, es cuando me pregunta: ¿Cara o cruz?
He elegido cruz. Sigue gustándome el riesgo.
Cuando entraron en el hall de recepción, miró sonriendo a su mujer, ¡cuánto la quería!
Hacía ya unos meses que había planeado este viaje; desde el día en que el médico le dictaminara una enfermedad irreversible. Fue entonces cuando lo meditó un tiempo antes de decírselo a su esposa. Pensó que, a sus ochenta y pico años, el viaje era la mejor despedida. Ella aceptó sin titubear todo lo que él le ofrecía. Por mediación de una agencia encargó el viaje; llegarían a Zurich por la tarde.
Hacia ellos avanza una enfermera para acompañarlos a su habitación. La estancia es sencilla pero luminosa y perfumada por ramos de flores dispuestos armoniosamente en jarrones de cristal. Se acercan al balcón a contemplar el atardecer; será el último.
En el parque de la clínica “La última mirada” ya se siente el otoño; el jardinero recoge las primeras hojas caídas.
-¿No podría ir más deprisa?
-Imposible. Gran Vía en hora punta. Por mucho que quisiera…
El joven Miguel miró por el espejo retrovisor de su taxi y se fijó en la bella mujer que acababa de recoger en la estación de Atocha. Llevaba el pelo recogido en un moño, lo que estilizaba blanco e inhiesto cuello. Sus ojos negros se cruzaron con suyos y pudo percibir un ligero nerviosismo. El atuendo negro le sentaba bien, realzaba su figura. ¿Dónde la había visto antes? ¿En el entierro del abuelo? Había fallecido hacía apenas diez días. Pero no podía ser, se estaba volviendo loco, todo estaba muy reciente. Intentó pensar en otro tema.
-¿Tan importante es su cita? –se atrevió a preguntar Miguel rompiendo el protocolo establecido por su superior.
-Jamás he llegado tarde.
De pronto algo pasó. No pudo reaccionar. Soltó el volante en un acto instintivo para cubrirse el rostro. Los cristales del taxi estallaron; todo fue caos.
-Una explosión. Allí,… allí debería haberla dejado… Nos hemos salvado de milagro.
-Hoy no he cumplido mi misión. Es la primera vez en muchos años que no llego a tiempo a mi cita.
He bajado la última caja al coche y ya puedo marcharme. Pero antes tengo que enterrar a Cierzo.
Era un perro precioso, un San Bernardo grande y medio ciego a causa de sus años. Vivíamos juntos desde que era un cachorro y era mi mejor amigo y compañero.
Todo empezó el mismo día de nuestra mudanza. Él estaba nervioso, olisqueando cada baldosa y tomando posesión, a su manera, del piso. De repente empezó a aullar y se me pegó a las piernas temblando. Jamás había hecho algo así y busqué la causa de su miedo. Desde la puerta abierta del piso nos miraba desafiante un hombre repulsivo que se fue gateando al piso de enfrente cuando se vio descubierto.
Pregunté por él a otros vecinos y me advirtieron sobre su locura. Cierzo ladraba muy nervioso cuando sentía su presencia en el rellano y yo le reñía porque no tenía nada que temer.
Una noche me despertaron sus aullidos, comprendí que estaba llorando y me levanté. Abrí la puerta del dormitorio, encendí la luz y el horror me paralizó. Cierzo yacía sobre un charco de sangre que manaba de su garganta abierta mientras aquel individuo nauseabundo la lamía ávidamente.
» No sé que es peor la verdad, que no me dejen entrar en las discos y pub que me gustaban o tener que tomar las birras y copitas a escondidas, ahora que puedo beber sin que me afecte demasiado. No sé la verdad«
Nuestro hombre se estaba rascando unos granos en la cara, una especie de reacción alérgica, o al menos eso creía él.
Observó que de repente se fijaba en chicas muy jovenes para él. Se quedaba mirándolas no sin cierto rubor, él que nunca fue tímido.
De pronto le invaden sensaciones e imágenes muy románticas, a estas alturas de la vida. También su ánimo fluctúa intensamente en pocas horas. Por otro lado se siente muy cuestionado y poco aceptado por los demás. Y todo esto mezclado con la seriedad de los 48 años, una madured y temple que conservaba a ratos.
Ernesto no podía creeer lo que estaba leyendo. Tras su muerte firmó, después de darle muchas vueltas, volver a los 31. Con la poca luz y el agobión que tenía escribió 13, 13 años ¡glups!
Se lío sí, menudo embrollo.
-¿ Esto será revisable?
– …
– ¿Qué?
**
Eras médico y yo enfermera . A los demás les veía venir, sólo querían pasar un rato agradable conmigo, tú te comportabas diferente. Me hablabas de forma educada y me mirabas a los ojos. Me empezaste a interesar, creí que podría haber algo entre los dos y comencé a dejar de ser tan huraña y seca .
Una semana después me pediste una cita para cenar en un restaurante de lujo , me acompañaste a casa y te despediste con un beso en la mejilla.
Fue entonces cuando empecé a enamorarme de ti, por ti haría todo y lo daría todo.
Poco después me lo pediste, no me pude negar. Aquella fue mi primera noche de pasión.
Creí que aquello duraría siempre, hasta que a la mañana siguiente en el hospital te vi presumiendo de tu hazaña y contándolo todo mientras recogías las ganancias de tu apuesta .
A media tarde me citaste para la noche en tu casa. Fui preparada. Al tercer gin tonic te sentiste indispuesto. Yo no quise molestarte y salí, pero para que veas que soy buena persona hasta que no te sacaron con los pies por delante no pude irme a mi casa.
Cuando Lucía llegó a casa no había nadie. Encendió las luces y, en el mismo instante, empezó a sonar el teléfono. Descolgó.
Colgó casi con lágrimas en los ojos. Entonces reparó en la nota junto al aparato: «No me esperes, salgo esta noche.» Cogió las llaves de la moto y salió corriendo, los nervios hicieron que se dejara las luces encendidas. Bajó las escaleras a toda velocidad, tardó en encontrar la Vespa, y arrancó en cuanto consiguió liberar el seguro antirrobo.
Atravesó la ciudad rozando la temeridad. Los semáforos se hacían eternos, y las luces de la noche navegaban por la estela de vaho que se iba formando en su casco. En su cabeza, se acumulaban palabras sueltas como golpes de martillo: “ingresado”, “accidente”, “gravedad”…
El luminoso con la palabra HOSPITAL por fin apareció en el horizonte.
Preguntó en información. Atravesó los pasillos, casi ciegas, luces fluorescentes. 501. Aquí es. Cuando entró en la habitación apenas podía hablar.
Estaba despierto.
– Papá ¿qué ha pasado?
Y consciente:
– Nada, niña, que la cita a ciegas de hoy resulta que era con la muerte. Pero no te preocupes, no me ha gustado. Sigues siendo hija de padre divorciado.
Estaba contenta, había aprendido, por fin, a controlar el sentimiento de dolor…
Sabía lo que iba a suceder y creí suficiente el sufrimiento de los dos hasta la llegada de ese día inesperado en que se cumplieran los pronósticos médicos.
Pero cuando me dieron la noticia de su partida, todo ese dominio quedó anulado por la angustia; supe en el acto que la esperanza me había desnudado y al irse se llevó todo mi control por delante.
Quedé desnuda delante de toda la pena…
Lloré descontrolada y vestida de dolor.
Llega a ser una obsesión…Te fundes con tu deseo más íntimo hasta el punto de no distinguir entre tu vida y la ansiada. Vives tu día a día como si de los alrededores de la realidad se tratara, te molesta que los demás intenten ayudarte en tu locura, pues ellos ven en qué estado de irracionalidad te has sumido, y tú no. Haces caso omiso, sólo existes tú, tú y tu ego sin voluntad…
Cada vez que pienso en esas pobres almas torturadas, sufro. Es la empatía que va indefectiblemente unida a mi alma.
Dicho esto, sigo orbitando.
La Luna. En fase creciente.
No intentéis fotografiarme. Me cansáis.
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