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Los nueve kilómetros que separan el desvío del pueblo se me han hecho cortos, de niño me parecían eternos. La carretera es más recta; la curva en la que se salieron muchos ha desaparecido tras las obras.
«Aquí se mató Simón», recordaba mi madre al pasar. Mi padre frenaba y torcía el gesto. Ninguno contestaba cuando les preguntaba quién era Simón.
Hacía mucho tiempo que no volvía y estoy seguro de que nadie me reconocerá, y no sé si entre los muros de la casa quedará algo de mí, de nosotros…
Si las paredes hablaran podría saber qué secreto se guardaba en aquella casa, pero las paredes no hablan. Ahora está hundida y entre los escombros solo hay caos, el mismo caos que llevó las riendas de mi familia.
Los muebles destrozados, los libros rotos y el suelo ennegrecido me indican que le ha servido de refugio a alguien, eso me reconforta.
Me siento en un rincón a fumar mientras contemplo esta armonía. Cuando la oscuridad me impide ver la estancia, enciendo otro cigarrillo. Una tos profunda me indica que debería dejar de fumar. Lo tiro al suelo y salgo. Desde la carretera veo arder mi casa como ardió Troya.
Don Lucio, el pez más viejo del río, hace mucho que huye de las turbulencias y busca las aguas tranquilas y el cobijo de aneas y juncos, lugares donde descansar el cuerpo y serenar el espíritu, como en los que se refugiaba siendo un diminuto alevín, aunque con la intención ahora, más que de observar las cosas pasar, de verlas venir. Por las mañanas imparte la asignatura de Corrientes a los camarones. Les enseña a esquivar peligrosos torbellinos y aprovechar la inercia de los vórtices, a buscar remansos y evitar torrentes, además de a sobrevivir en un medio tan cambiante y hostil. Al terminar las clases, tiene la deferencia de ponerles algas y gusarapos para que desayunen. Las tardes las aprovecha para comer él. «Lo cortés no quita lo valiente», conviene su razón con su instinto mientras aguarda apostado en el sitio idóneo. Le basta con sacar la cabeza del escondrijo y adentrarla en la vorágine del agua que desciende. La confusión impetuosa de millares de partículas golpeando en su rostro le hace sentirse más joven y fuerte, al tiempo que caza a dentelladas, entre la hermosura de un desorden precipitado y lleno de alimento, a sus alumnos menos aventajados.
En la calle Garay, encontré los restos de lo que antaño fue una confitería. Aun así no me importó haber gastado el dinero del premio literario en este viaje. Cuando ya me disponía a marchar, apareció un anciano. Me invitó a entrar por una puerta que creí clausurada y me susurró: “Nunca lo destruyeron”. Emocionado, le seguí. Solo y tumbado en la oscuridad, contemplé el aleph. Vi el amanecer en Kiribati y la puesta de sol en Gotemburgo, vi a hombres pidiendo auxilio con el móvil en una patera a la deriva en el Mediterráneo, vi jirafas, nenúfares, huracanes y baobabs, vi la Torre de Shanghái, vi ataques aéreos sobre el sur del Líbano, vi la selva amazónica, vi a una muchedumbre, vi tu cara, vi la sangre negra del anciano coagulada en sus venas, vi cadáveres en la pieza contigua a este sótano y junto a ellos un cuaderno escolar, vi una lista escrita a lápiz —ay, la misma letra que en los manuscritos del maestro expuestos en la Biblioteca Nacional argentina—, vi el título que decía: “Autores que nunca recibimos el Nobel de Literatura”, vi su nombre en la primera línea, vi el mío en la última.
El niño solo veía manchas, garabatos, borrones y salpicaduras hasta que el dedo índice de la maestra se acercó a un dibujo concreto y dijo: “esto de aquí es la letra a” y al pequeño, el que con el tiempo se convertiría en un ávido lector, se le iluminó la mirada.
Estaban en la segunda planta, dentro de diferentes expositores, cada cuerpo traspasado por un alfiler. Quién iba a pensar que unos seres tan hermosos provocaran tornados en el otro lado del mundo.
Nos empeñamos en viajar a la Isla de Pascua y lo conseguimos. Y después de un vuelo nocturno, surcando el cielo de diversos países, llegamos al amanecer, agotadas pero con buen ánimo. Nada más bajar del avión nos obsequiaron con los famosos collares de flores y un coche de la agencia nos esperaba para llevarnos al hotel.
Una vez instaladas, desayunamos y nos marchamos a la playa. El día parecía radiante, nada hacía presagiar el desastre que nos aguardaba. Tumbadas en la arena planeábamos la estancia, cuando de repente el sol se ocultó tras unas nubes que consideramos pasajeras. Pero no fue así. El cielo se oscureció y comenzó a soplar un viento desapacible y fuerte. Comprobamos que la gente recogía y se marchaba…
Nosotras nos resistíamos, no queríamos marcharnos. Hasta que de pronto vimos cómo se desplazaba desde lejos una ola gigante hacia nosotras. Corrimos pero fue inútil. Aquella muralla de agua se estrelló contra la costa arrasándolo todo, sembrando el desorden y el pánico. Nos metimos dentro de un tubo de una alcantarilla, con tanta suerte que el agua nos cubrió hasta la cintura. Cuando salimos un sosegado y silencioso caos imponía un nuevo paisaje en la Isla.
El día de su cumpleaños Meissa recibió un regalo no grato; una mancha blanca en su piel daba los buenos días. Al transcurrir los meses, aparecieron más puntos claros resaltando el color de la piel. Las personas la miraban con extrañeza y se alejaban, ella no comprendía lo que pasaba.
Una tarde de primavera, Meissa asistió a su primera clase de pintura. Sentada frente a su lienzo en blanco escuchaba a su profesor decir: -«Observen la naturaleza, colores y formas se mezclan en total libertad, la perfección no se limita, es libre»
Meissa se acercó al pintor confesando su anhelo por lucir una piel normal como la de los demás, sus compañeros la miraban mientras ella mostraba áreas despigmentada de su anatomía. Él maestro la observó con detenimiento, y dirigiéndose al resto de la clase afirmó: – Las formas y los contrastes en su piel crean patrones únicos en su cuerpo. Su epidermis es un lienzo vivo, una obra de arte cambiante.
Desde esa día, Meissa ya no esconde su belleza, exhibe sus obras en la mayor galería de arte: El mundo.
Un caos emocional desgarró mi alma, hasta que escuché la palabra más bella del mundo: «Benigno».
Un buen fin de año, en el infierno, entre espumillón y espirituosas, siguió bebiendo el perro saciada ya su sed,
se le fue subiendo, perdiendo sus cabezas… una, dos y tres.
Así olvidó su misión de carcelero, y en burbujas, escaparon sus demonios por ser CAN…CERVEceRO.
Muchas almas perdidas los siguieron, otras, quedarse y cambiarlo todo, decidieron.
Los fuegos eternos se apagaron, las cadenas se quebraron, los trabajos forzosos ya cesaron.
La oportunidad fue la motivación, con un golpe de estado, hubo cambio de dirección y el Averno transformaron.
«¡Bienvenido al Nuevo Infierno!
Parque de atracciones para todos los públicos, abierto primavera, verano, otoño e invierno…
Antes no podías irte y ahora no querrás, de lo que vas a divertirte…
No lo dudes más, te lo voy a aclarar:
¡El cielo siempre puede esperar!
Con San Pedro en la puerta, que no es tan divertido como nuestro monologuista Satanás, ¿quieres algo más? Descúbrelo, ¡Vennos a visitar!
Aquí lo que te gusta no es pecado… y, si te va el deporte, siempre está la Laguna Estigia para nadar o remar.
Con pase y un par de monedas, que cobrará Caronte, te vamos a esperar…
ETERNAMENTE suya,
La Nueva Dirección.»
El Agua inundó toda la Tierra, haciéndola desaparecer durante tantos días con sus noches, que perdimos la noción del Tiempo.
No sabíamos hacia dónde nos dirigíamos. Solo obedecíamos las órdenes confusas de Padre, que tomó todas las decisiones en la gestión de aquella crisis. Que solo a Él le había sido anunciada.
Agotado por una posible falta de víveres, los vaivenes de la nave, el mal olor de las estancias interiores, debido al hacinamiento de humanos y animales, uno de cada especie fue su única explicación, y por el largo viaje que afectaba a su edad, de vez en cuando subía a cubierta con pasos vacilantes; buscando, quizás, vigilar la lluvia, meditar en silencio, o el por qué de aquel extraño viaje… Los tres Hermanos le observábamos, preocupados por su salud.
Un día dejó de llover. Y miramos al Cielo, aún de tormenta, de un singular color grisáceo.
Tras la agitación del Diluvio, los cuatro, en silencio, coincidimos en que era lo más hermoso que habíamos visto jamás.
Abro la agenda que la regalé, mientras me pregunto si tiene sentido seguir llamando así a ese amasijo de papeles rasgados, recortes aleatorios, mandalas imposibles y dibujos que no comprendo. Las fechas impresas en la esquina superior derecha apenas se adivinan, enterradas entre pegatinas de caritas sonrientes y flores de mil colores. Y, sabiendo que ya nadie descolocará mis calcetines para esconder una carta de amor entre ellos, ni desordenará las baldas de la nevera para encajar un bizcocho recién horneado, tan deforme como apetitoso, ni me llamará en medio de una importante reunión para regalarme un te quiero, vuelvo a dejarla en la caja que vendrá a recoger mañana, vete tú a saber a qué hora.
L’amour est un oiseau rebelle.
Carmen, G. Bizet
Un gorrión entra en la cocina, chocando asustado contra puertas y cristales. Tras de sí, un rastro de polvo, plumas y objetos rotos. La niña, el alma de la casa, lo persigue por todas las estancias mientras los gritos de la madre remueven incluso los cimientos. Tropieza sin consideración con muebles y jarrones hasta que, en un ágil giro de muñeca, logra enredarle las alas con un retal de tela que encuentra sobre la mesa de costura. La fragilidad del pajarillo despierta al instante la ternura de la muchacha. «¿Puedo quedármelo?». Sabe de sobra por otras veces que sus progenitores no quieren animales. Para no resultar muy severo, el padre propone buscarle juntos un nombre antes de soltarlo. «Se llama Eros, papá», se apresura a responder ella. Y, nada más dejarlo ir, vuela tras él.
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