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El cobertor le rodea y ella encuentra un punto de apoyo en el viejo sillón. La brisa de la noche se cuela por la desvencijada ventana, acaricia su rostro. Es un beso venido desde lejos. Tararea entre susurros la música del viejo bistró. Una nota en la mesilla le recuerda en qué momento debe de tomar la medicación, y en un buró de caoba una carta de amor permanece infinitamente inmortal; le gusta releer la posdata: Misty, es la consigna por la que debían o no, volverse a ver. El funeral fue discreto. Ítaca la acogió en sus transparentes aguas.
-Hola (sonrisa), ¿qué haces?
-Me estoy preparando
-¡Vuelves!
-Sí, en cuanto pueda
-Yo nunca he estado. Disfrutas mucho Allí, ¿verdad?
-Sí
-¿Cuántas veces has ido?
-Miles
-Cuéntame un poco cómo es
-Es todo y es nada. Olvidas y recuerdas muchas cosas pero sin saber, sin darte cuenta que lo haces. Es como hacer un puzzle que existe desde siempre y cada vez y con cada vez, vas poniendo piezas, las que vas encontrando por el camino.
Cada nueva oportunidad es más intensa que la anterior. Cada vez te acuerdas de más cosas: tantos sentimientos, emociones, amigos…, ¡la experiencia del Amor!…
Y luego, están los colores, olores, los sabores, las texturas, el cielo, el mar, las montañas, los árboles, tantas cosas por conocer, por sentir, por vivir. Es infinito.
Piensas que sabes, que conoces y llegas Allí y es empezar a aprender desde cero, una y otra vez. No me canso, ¡es tan intenso!. A veces se te hace largo, sin embargo es pura brevedad, un instante. Casi nada. Por eso vuelvo.
Siempre salgo alegre, siempre.
¡Y siempre deseando volver!
S I E M P R E.
Tenemos un equipo preparando nuestra quedada en BILBAO del próximo
Sábado 28 de septiembre de 2013
El programa puede sufrir alguna variación pero será mas o menos…
13 horas: encuentro en la puerta del Museo Gugenheimm
14 horas: lectura de los relatos en las inmediaciones del museo
15 horas: comida o «pikoteo» de familia
17 horas: cafe y charla, comienza la investigación sobre los «relatos anónimos»
18 horas: … en proceso de preparación … veremos…
20 horas: merienda cena de despedida
Los relatos de 200 palabras tendrán el título CITA EN EL MUSEO
y tendrán que venir acompañados de un globo (de esos de los cumpleaños infantiles…) rojo o blanco.
Se darán más instrucciones en el momento oportuno.
Tardé mucho tiempo en aceptar que no volvería a tener a mi hijo en mis brazos, por eso cuando me dijeron que había aparecido tal cual era, a pocos metros de donde desapareció hace diez años, al principio no pude creerlo. Pero sí, es él, no hay duda, ha vuelto. Le han hecho un montón de pruebas para averiguar si ha sido abducido, clonado, o puesto a hibernar en aras de algún experimento de la NASA, porque el tiempo no ha pasado para él, y eso no tiene explicación. Tests de ADN, extracciones, fotografías, radiografías…Imagino su cuerpecito helándose sobre una camilla blanca, soportando todo esto sin una queja… ¡Mi niño!
Quiero que lo traigan conmigo, que me dejen verlo y abrazarlo; ¡abrazarlo, abrazarlo hasta quedarme sin fuerzas, como hice por última vez el día que lo perdí! Pero por alguna razón me mantienen apartada en esta habitación, supongo que para estudiarme, después de todo soy la madre de un prodigio. Aun así no lo entiendo: me hinchan a pastillas, y en vez de alegrarse por mí, las investigadoras con cofia y bata no hacen más que repetir: “¡Pobre mujer!”.
De nuevo aquí, de nuevo ahora.
Mis relojes comienzan su lenta procesión de retrasos, unos segundos cada día, armónicos, sincronizando mi cuerpo a una realidad, hoy un autobús que se marcha, demasiado pronto. Demasiado pronto para hacer tardes.
Mientras: me busco en los bolsillos, doblo erguidas esquinas, camino en círculos, presiento la crecida de las noches, un silencio pardo va conquistando el parque por el norte,… En el otro extremo, el jardinero resiste, parapetado tras los setos, mojando a los transeúntes, musitando después una disculpa de niño travieso.
Nunca es tarde para las puertas abiertas.
No me voy cariño, ni a por tabaco ni a por nada; me vuelvo, conmigo,… Me llevo, como alforja, un buen viaje, iniciático, en toda la boca.
La crisis que nos obliga a explotar el verbo aguantar me dota aún de correa, ya que de la suerte de tener empleo me alimento, con el temor de estar sustentada siempre por un dueño, hasta que lo mejor no acontezca.
_¡Silencio!_ Alguien puede advertir lo que escribo y entonces caería en el abismo.
Difícil es quejarse cuando a doscientos todo le da igual, le va bien o tanto le da.
Valiente casa de la sidra se ha creado en este espacio. Tanta guerra civil, tantos derechos evocados y ahora la juventud calla. Divino tesoro decían; que ahora llora civismo.
Miro a mi izquierda, a mi derecha:
_ Libre_ Puedo escribir anónimo de nuevo.
Este débito de vida: teatro trabajado de aquellos que disimulan un qué hacer cuando las paredes de este gran coliseo se pudre.
No quisiera ser pesimista con esto, tampoco abusar de un negro ni buscar ironía en este escrito. Aunque suerte púrpura terrenal, espero no celestial, la de aquellos que corroen en la política y lo social, ellos no se esconden.
Dura la realidad del que no se puede plantear volver y madura juventud la del que ansía salir.
Sabía que al doblar la esquina estaría de nuevo en el punto de partida con la misma maleta, repleta entonces de aventuras y ahora de arrepentimientos. El miedo le salió al encuentro al igual que hace cinco años cuando supo que iba a ser padre, entonces le hizo huir y esta vez le ha hecho volver.
Ella está asomada a la ventana tendiendo la ropa, más bella que nunca, con ese mechón rebelde que juega a taparle los ojos. Sus miradas se encuentran e intercambian reproches y remordimientos. Por un instante esboza una leve sonrisa en la ventana y él se abraza a un destello de esperanza en la calle.
─¿Eres cliente de mi mamá?─ le pregunta un niño que juega a las canicas frente al portal.
─Pablito, sube, te he dicho mil veces que no hables con desconocidos─ grita ella desde arriba antes de cerrar todas las contraventanas.
Un olor a puchero flota en el aire junto con los besos que no le dio y el hijo que no educó. Se aleja, al fin, con el precio de su cama clavado en las entrañas.
Cuando regreso organizo los regalos adquiridos en vacaciones. Después me siento en el sillón y cierro los ojos, repaso mis proyectos para este otoño.
La próxima semana es el cumpleaños de Leticia, tengo que hacer la matrícula en la escuela de idiomas, apuntarme al gimnasio, y un montón de cosas.
Me asalta una pequeña idea que crece y se convierte en certeza, sé que quieres volver… Todavía me duele tu recuerdo.
Entrase de golpe en mi vida, arrasando, me poseíste física y mentalmente, tu energía quemaba, me debilitaste, quede anulada, solo querías cama. Durante demasiado tiempo mi vida giró en torno a ti. Al marcharte tarde en recuperarme, necesité ayuda para que las secuelas cicatrizaran.
Hoy la experiencia me dice lo que debo hacer. Me incorporo, cojo el teléfono y marco un número.
Cuando contestan digo: Señorita, por favor ¿me da cita para la vacuna de la gripe?
Después de una larga vida, embarcado en aguas de diferentes océanos, Tristán volvió. Regresó a la casa que vio crecer a sus hijos y marchitarse a la joven Iria, ahora canosa y solitaria. Por fin la mar iba a devolverles la calma.
La vida de Iria había transcurrido debatiéndose entre la soledad y la ausencia. La soledad la compartía con la noche, única sabedora de su debilidad, y la ausencia la conjugaba con el verbo avezar, compañero de su fortaleza al alba.
Fue madre, padre, cocinera, educadora, contable, fabuladora de historias y, sobretodo, generosa con las cualidades de Tristán; agotaba las horas y los adjetivos para que sus hijos crecieran amando a su padre.
Pero esa paz no llegó. La cercanía se convirtió en óbice, los adjetivos se fueron desliendo, Iria sintió la pérdida de su amor ponderado y lloró… lloró por él, sin quererlo lo vistió de luto, convirtiéndole en marido viudo de esposa viva.
La noche en la trinchera es muy dura, “más que la vida” dice mi compañero Miguel, como si la guerra fuese ajena a la vida.
Aquella noche nos dijeron que sería nuestra última batalla, que después volveríamos a casa y nos reemplazarían en la vanguardia. Luchamos con aquella idea y eso nos hizo ser más temerarios en un combate cruel y pernicioso.
Las primeras luces del día insinuaban una sangría rebozada en barro pero una niebla atenuadora conseguía disimular la barbarie. Miguel me hizo gestos de que aquello había terminado y señaló el punto de encuentro de nuestra Compañía. Nos abrazamos emocionados al comprobar que nuestros cuerpos no tenían muy mal aspecto.
El Capitán hizo el recuento de soldados, suspiró aliviado a pesar de que sólo estábamos allí una tercera parte del total y ordenó la partida, la vuelta al hogar. Empezábamos la marcha adentrándonos al bosque a través de una acogedora niebla carente de humedad cuando un soldado despistado interrogó al Capitán por los heridos y los cadáveres.
– Pronto vendrá la Cruz Roja al auxilio de los heridos – gruñó el oficial – y por los muertos no se preocupe usted, también volverán a casa.
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