¿Te falta alguno de nuestros recopilatorios?
PREMIO A CURUXA 2024
PREMIO SENDERO EL AGUA 2024
***
más de 15000 relatos

más de 6 millones de visitas


-Que vamos ya.
-No, tal vez en otro momento
-Siempre lo mismo, te digo que es necesario ir ahora y tú me ignoras.
-Sabes muy bien que no soporto a tu familia, y qué decir de tu madre
-Pero Pepe, acaso no has leído el mensaje que te envié
-¿Mensaje?, no qué decía
La mujer lo miró con estupor, sus ojos derramaban lágrimas, finalmetne le contestó.
– Pepe, tu padre se ha casado con mi madre, puedes darte cuenta, con el fastidio que le tengo a ese viejo verde.
…
Me han contado que pronto mi constancia se verá recompensada. Van a encargarme que realice la gran obra de mi vida, una obra por la que apostará una editorial famosa. No niego que me agrada, pero en el fondo de mi espíritu ha surgido una irrefrenable apatía. No entiendo muy bien esta sensación de indolencia cuando he esperado durante muchos años un estímulo de este calibre. No hallo un pensamiento que me explique el giro de mi voluntad; tan sólo sé que huyo y que ya preparo la frase que diré cuando me llamen: «Preferiría no hacerlo». Que nadie me censure por mi falta de energía y mi ausencia de ambición. Existen diferencias entre los seres humanos y a algunos, como a mí, nos aterra el cumplimiento de nuestros sueños más íntimos: si la aspiración se cumple, la energía se queda paralizada, estéril para traer al papel las grandes obras del futuro. Aunque pocos lo entienden, el silencio puede ser el lugar más idóneo para alcanzar la gloria pretendida.
Esta noche duermo con ella. Acomodo la almohada y la miro un instante intentando encontrar mentiras. Nunca la quise tanto. Recuerdo aquel día en que se cayó patinando y se cortó el mentón. Todavía el fantasma de la cicatriz revolotea su rostro, y lo cierto es que la hace aún más guapa.
El amanecer me sorprende y me cuenta sus primeras luces. Pronto todo se pondrá en marcha. Vendrán las enfermeras y poco más tarde su madre. Intentaré disimular, pero me destroza verla tan delgada y con esas ojeras, y con el alma derruida asomando por cada nueva arruga de su rostro. Entrará despacio e irá junto a ella. Al menos ahora ya no llora. Le dará dos besos y le acariciará con ternura dolorida la cabeza. Laura siempre le sonríe y la saluda con su voz transparente que no logra atravesar el aire.
Llevamos aquí meses y he tenido tiempo de leer mucho. Sé que sustancia necesito y al fin he podido conseguirla. Para nosotros ya pensaré algo.
Como cada domingo, ojeé el periódico durante una hora hasta que llegué a las necrológicas, pero esta vez ocurrió algo extraordinario: una de las esquelas iba dirigida a mí. Lo deduje no sólo por mi nombre sino por una emotiva dedicatoria firmada por mis familiares y amigos más cercanos. Solté el diario y me pellizqué hasta amoratarme el brazo, pero no sentí dolor. Corrí a mirarme en el espejo más cercano y vi que una aureola traslúcida flotaba sobre mi cabeza. Me percaté entonces de que la puerta del salón estaba cerrada, –cosa nada habitual–. Al abrirla, hallé un grupo de caras conocidas que departían mientras tomaban café y pastas alrededor de lo que parecía un ataúd. Quería corroborar que ése era yo y aquel mi funeral. Así que caminé con sigilo hasta él y al asomarme -como quien se asoma a un pozo- comprobé que era yo. Aun así, me negaba a aceptar mi muerte. Y aunque hubiera preferido no hacerlo, me senté en una de las sillas vacías, me armé de valor y agucé bien el oído deseando con todas mis fuerzas que todos comenzaran a hablar horrores de mí.
Un arrebato interno, minúsculo e insignificante, se había apoderado de sus venas, y como un fluido oculto y palpitante, había ido a parar a sus pupilas, que comenzaban ya a dar muestras de cierto agobio y decaimiento. Habíale colmado de tal modo la impotencia que no tuvo otra opción que aquella de bajar resueltamente los ojos, claudicando así al intento de explicar, no lo que sus palabras habían dado a entender , sino lo que en realidad querían decir. Acudió para ello en ayuda del gesto, de las manos, que formando en el aire un invisible ovillo, no contribuyeron sino a confirmar aquel curioso enjambre que en su interior había comenzado a enmadejarse. Podía haberle ayudado. Sabía cómo hacerlo, pero por no delimitar sus palabras, de forma que no encontrasen lindes ni fronteras, dispuse entre sus ojos y los míos como un cordel imaginario, tan cierto y tan presente, que pensé por un momento que podía verlo. Yo me senté a su lado y esperé. Él, con una voz incierta, sólo acertó a decir: “Yo no quería, yo…….simplemente, lo hice”. Y se marchó
Cuatro niños tocaban sus pitos al compás de un concertista invisible. Sabían de antemano cada sonido, cada entonación y cada ritmo. Se les podría acompañar con más instrumentos y de seguro sería el grupo de ángeles más hermosos jamás escuchado y visto. Pero lo único que querían era parar el desalojo, a trompetazos, como el cuento que les relató mamá.
Sólo cumplo órdenes, debo acabar la misión-me grita- elegí estar dentro de la trinchera, quiero dejar de ser un hombre sin identidad, un lobo solitario. Quiero convertirme en un mártir capaz de realizar gloriosos episodios de activismo. Suéltame-. Y salpica de saliva el estrecho visor de mi casco.
No podemos abortar, he seguido escrupulosamente el protocolo y revisado las reglas tácticas una y otra vez: el suicida está inmovilizado, tumbado en un espacio abierto donde, en caso de explosión, los daños serán menores.
Estamos él y yo. Ahora, la mano me tiembla lo justo para mantener el pulso, llegado este momento siempre pienso que preferiría no hacerlo.
“Azul”, e imagino la mar, la vida creciente y los ojos de mi esposa.
“Rojo” y sólo veo sangre, fanatismo, el alma desactivada.
“Azul” y percibo en él, la mirada de la ballena, del traidor, la muerte y la detonación.
“Rojo” y me asalta la pasión, el deseo, un amanecer y los zapatos de baile de mi hija.
En mi hoja de servicios nunca tuvo lugar la duda ni el fracaso, en gran parte de eso dependía mi vida.
“Azul” y ahora siento como mi cabeza apartada del cuerpo vuela y vuela.
Aunque aún no había llegado el momento, en mi cabeza ya estaba dando vueltas aquella idea. Algo sangrante, pero era la solución. El día menos pensado será.
Amigos de la infancia siempre juntos; compartiendo todo menos la chica de mis sueños. Siempre cenábamos los tres, sus ojos fijos no paraban de mirarme.
Día y noche necesitaba estar más cerca de Ana. Aquella mañana nos despedíamos de ella, su rostro reflejaba pánico; sabiendo que el día se podría tornar de color gris.
Vestidos de camuflaje, y con las escopetas en sus fundas, nos pusimos andar hacía el monte. Tras caminar varias horas por senderos y barrancos, allí estaba bebiendo agua en el rio el tan preciado ciervo.
Entonces supe que era mi momento, desenfundé mi escopeta poniendo el dedo en el gatillo, a la vez que susurré: preferiría no hacerlo. Ana es la mujer de mi vida y quiero pasar el resto de mis días con ella.
El ruido del cartucho dejó mi mente en blanco.
– ¡Arponéala de una maldita vez! –gritó, enloquecido, Ahab.
– Preferiría no hacerlo –contestó Bartleby con tranquilidad pasmosa y sin intención de abandonar el remo.
– ¡Manda al infierno a ese condenado demonio! –rugió el anciano, golpeando con su pata astillada el fondo del bote.
– Preferiría no hacerlo –repitió Bartleby con su proverbial apatía, sosteniendo el brillo diabólico y demente en la mirada del capitán cuya obstinación los había llevado a tan crítica situación.
La tripulación vitoreó al marinero cuando volvió a escucharse, elevándose por encima del rugido del mar embravecido, su celebrado “prefería no hacerlo” para luego, ya a bordo del Pequod, remojarlo en ron.
Cuando Moby Dick escuchó aquel “Preferiría no hacerlo” de labios del capitán Ahab, la blancura de su piel de cetáceo se transmutó en un color ceniciento. ¿Desde cuándo el circunspecto lobo de mar se daba por vencido con tanta facilidad? ¿Acaso había tal abundancia de cachalotes blancos en los siete mares como para renunciar tan a la ligera a su persecución? Si el capitán del Pequod prefería no seguir navegando en su busca, toda la tripulación se quedaría sin trabajo y regresaría a Nantucket. ¿Y qué sería de Ismael? ¿Quién le llamaría por su nombre cuando la melancolía terrestre le atrajese hacia la parte acuática del mundo? ¿Y qué le ocurriría al vigía de turno? ¿Se quedaría sin su doblón de oro y vería acallado en su garganta el grito de “¡Por allí sopla!”?
P.D.: Estimado señor Melville:
Creo más apropiado que utilice la susodicha frase en el relato que está preparando sobre el escribiente, y cuyas primeras páginas ha tenido la bondad de dejarme leer en primicia. Realmente, no veo la gracia de incluirla en el diálogo de mi “antagonista”, a menos que desee alterar profundamente la estructura de la novela.
Su seguro Leviatán, M.D.
más de 15000 relatos

más de 6 millones de visitas









