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Cuando los cubistas pidieron a Marcel que cambiara el título de su cuadro “ Desnudo bajando una escalera” por caricaturesco, él respondió: “preferiría no hacerlo”. Tomó el lienzo bajo el brazo y marchó a Nueva York.
En la exposición Internacional de Arte Moderno de 1913, en el Armory Show, la obra de Duchamp fue todo un éxito; admirada y aplaudida. Era el comienzo de una gran trayectoria dadá.
Fue mi padre el que llamó para decirme que la abuela había muerto. Ni me atreví a preguntarle cómo estaba mamá. Cuando entré en la sala del tanatorio la vi sentada, hablando con un matrimonio mayor, creo que eran familiares, no lo sé. Me acerqué y la abracé; se la veía tranquila. Es cierto que nos lo esperábamos, que con cada ictus la abuela huía de nuevo a ser niña, pero me impresionó igual, ver a mamá tan entera, tan aliviada. Entonces, me cogió la mano:
—¿Quieres entrar a verla? —me dijo.
Dije algo borroso y salí a fumar. La observé desde afuera: cómo entraba en la pequeña habitación y cómo salía. Empecé a sudar y entonces vi una luz anaranjada en el techo que apuntaba hacia mí. Tiré el cigarrillo al suelo y en cuatro zancadas me planté en el rellano de la pequeña habitación. Ahí me quedé, clavado, observando mi reflejo en el barniz de la puerta. Di la vuelta y salí a la calle, encendí un cigarrillo y me quedé mirando como el humo ascendía en bucles hacia el calefactor. Me recordaba tanto a su pelo que tuve la necesidad de alargar la mano… casi podía tocarlo.
Las dudas y temores, me dan imperiosas ganas de ir al baño.
¿Será de emoción por ser la primera vez?
No es que sea timorato, pero… tengo miedo. Preferiría no hacerlo.
Mis amigos aseguran que lo voy a disfrutar.
Necesito estudiar bien el asunto. Disimuladamente me hago el distraído y me acerco a la reja, a hurtadillas miro esa obsesiva figura… cálculo los riesgos… mido la altura…
ya vi donde está la puerta de salida….por las dudas que deba de ponerme a salvo.…
Me cuesta mucho decidirme, hay demasiada gente circulando alegremente por el predio.
Uy… ahí viene mi instigadora, en su mano agita un papelito azul.
¡Aquí está, vamos!
Satisfecha, sonríe, me empuja suavemente y en susurros, me alienta-
Ahora es el momento y estoy segura que te va a gustar.
Inútilmente trato de retroceder. Me siento como un condenado al cadalso. Cierro los ojos, me persigno y pido protección a mi ángel de la guarda, cruzo la reja y… valiente y audaz subo al brioso caballito de la calesita.
No puede permitirse un solo despiste. Ha llegado al punto de no retorno y hay que concluir lo comenzado. La sangre bombea en su cabeza, el corazón retumba bajo su pecho, la sequedad le acartona los labios. Con la respiración entrecortada, es como si una espesa niebla rodease todos sus sentidos, como si toda su persona estuviese encapsulada en una dimensión ajena a la razón. No puede pensar, y no piensa.
Siente una vez más ese hormigueo en el muñón, el recordatorio de ese resto de sí mismo que percibe como un cuerpo extraño desde el día de la tragedia, desde que él ya no es él, desde que ambos se buscan mutuamente sin encontrarse. Y entonces la ve: allí, en el suelo, encogida sobre sí misma, está su amor, su compañera, su amante, su…
Sus sollozos, sus hipidos, lo reclaman como el canto de una ballena enamorada en los llanos coralinos. Acuciado por la necesidad de rematar lo irremediable, se acerca a ella y le dirige una mirada que pretende remedar la pasión, mientras acaricia los afilados dientes de una muerte blanca.
Un día de estos no se levantará de la cama: tampoco ha de ser hoy. Desaliñado y adusto cae calle abajo camino de la oficina, donde percibe como algo insufrible las más simples tareas cotidianas. Los años pasan y su barbita de treintañero inconformista parece a su edad una muestra de dejadez intolerable que ahuyenta a los clientes. No ayuda mucho ese olor suyo, que la ducha semanal apenas alivia, mezclado con el de la chaqueta de trabajo que ha impregnado su cuerpo para siempre. Algo sucede pero no sabe muy bien de qué se trata y sus amigos, que ya empiezan a rehuir su compañía, tampoco son un gran apoyo. Resiste y, cada primero de mes, plantea nuevos objetivos para alejarse de su destino, en un dietario impecable que ella le regaló. Ahora que no está, él es el único que hace anotaciones.
RELATO FUERA DE CONCURSO POR SER JURADO ESTE MES
AYER:
La orden era tajante.
Yo, soldado raso, obedecí, aunque mis sentimientos estuvieran en contra de mis acciones.
Llegué hasta el barracón donde se hacinaban los hombres mayores de treinta años. Eran los que no servían para los experimentos que se llevaban a cabo en el sótano.
Estaban demasiado esqueléticos, demasiado viejos para las perrerías a que eran sometidos los más jóvenes.
Se estudiaba todo; boca, ojos, reflejos de los nervios, resistencia y tolerancia al dolor, pero lo que más gustaba a los científicos (verdugos, les llamaba yo) era investigar con el sexo.
Amputaciones, abortos, era el pan nuestro de cada día.
Después cuando no servían…, como a los otros, con un paseo y una ducha gaseada todo concluía.
Yo era el ejecutor. Prefería no tener que hacerlo. Pero callaba y obedecía las órdenes.
De camino a las “duchas”, me cruzaba con otros compañeros, sabedores de mi tarea. Las miradas se cruzaban, y una sonrisa cómplice, lo decía todo.
Yo, -cuando veía a un alto mando-, aprovechaba si uno de los desgraciados andaba remolón o se caía, para atizarle una patada acompañada de algún exabrupto.
HOY:
Preferiría no hacerlo, pero mis remordimientos piden que apriete el gatillo contra mi sien.
Julio, más de 35º grados a la sombra, con las aspas del ventilador mezclando el caliente aire de aquella lúgubre habitación, un cigarro medio apagar posado en el cenicero, decenas de folios blancos y otros arrugados esparcidos por la mesa y allí estaba él, sentado, con un sudor que le recorría toda la frente, con su pluma en la mano izquierda sin nada que plasmar en aquellos folios. Miraba de un lado a otro buscando una inspiración que no le llegaba hasta que al final se decidió y cogió otro de aquellos folios y se dispuso a escribir: Preferiría no hacerlo con este calor pero no puedo quedar sin presentar mi relato del mes a «Esta noche te cuento».
María terminó de fregar los platos con agua fría. La bombona de butano había subido, tocaba ducha al día siguiente, había que elegir. El niño necesitaba zapatos. Ella necesitaba dinero. Se miró las manos y descubrió un nuevo surco, arado con ternura por la siembra de los años. Cerró la bolsa de basura.
–Cariño, ¿querrías bajar la basura, por favor? –dijo ella.
–Preferiría no hacerlo –dijo él.
María bajó la basura.
José veía la tele mientras apuraba su tercer botellín de cerveza. No atendía a la presentadora, ni quería comprar un coche nuevo. Le daba igual si había partido o concurso. Le relajaba el zumbido de fondo, eso era todo. Su empresa anunciaba más despidos, cada día saludaba a menos compañeros. Escuchó la puerta de la calle. María regresaba de sus obligaciones.
–Cariño, ¿querrías traerme una cerveza, por favor? –dijo él.
–Preferiría no hacerlo –dijo ella.
José eructó y cerró los ojos. El zumbido de la tele le ayudaría a olvidar.
Con los miembros oxidados por el paso del tiempo y el corazón roto por las ausencias, sobrellevaba una vida vacía y sin alicientes.
Las clases de Pilates para la tercera edad, le fueron desentumeciendo el cuerpo y el alma. Poco a poco el ejercicio y el contacto con otras personas le devolvieron la ilusión y la alegría de vivir.
Consciente de sus limitaciones, cuando encontraba cierta dificultad para realizar alguno de los ejercicios que proponía la monitora, objetaba muy amablemente:
PREFERIRÍA NO HACERLO
Reunió a todos en la sala central para comunicarles una decisión que, no sin pocos pros y contras, había tomado, y de la que, muy a su pesar, no estaba seguro completamente. El rostro del creador era, como siempre, insondable; el de sus criaturas, más que nunca, atento. Un silencio insostenible precedió el anuncio: él, que había sido modelado por sus propias criaturas, regresaba para siempre a su reino de indolencia, y sus criaturas, de las que apenas sabía nada, salvo que lo veneraban hasta mancharse las manos de sangre, tendrían que arreglar todo lo que habían desbaratado. Nunca pensó en un apocalipsis tan flemático. Habría preferido castigarlos con fuego, tal y como ellos pregonaron, pero algunos inocentes aún no habían tenido la ocasión de leer El Principito.
Preferiría no tener que contarte la verdad, pero ya es hora de que sepas quién es tu padre.
Sucedió cuando tenía dieciséis años y pasaba el mes de julio en la playa con mis padres. Me enamoré de un joven apuesto, viviendo un verano de amor. Nos amábamos, pero fueron mis padres quienes nos separaron, al enterarse de mi embarazo.
Nos prometimos amor eterno al despedirnos entre lágrimas y besos, porque mis padres me obligaban a trasladarme a Suiza con ellos. Con dieciséis años, ¿qué podía hacer?
Supuse que volveríamos a encontrarnos, que él me buscaría y seríamos felices los tres. Sólo la primera parte ocurrió.
Me encontró, cuando tú tenías tres años. Contra la voluntad de mis padres, nos marchamos juntos, creyendo que todo sería amor, pero la vida con él no fue la que yo esperaba.
Las palizas eran diarias, así como su alcoholismo, sus mentiras e infidelidades. Escapar de sus garras, tras dos años de sufrimiento, fue lo más duro. Aún tengo miedo de que de nuevo nos encuentre, porque amenazó con matarnos si daba con nuestro paradero.
Me preguntas quién es tu padre. Es el hombre al que más miedo debes tener.
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