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Disponer de un prestigioso médico de familia no te salva de recibir golpes, como el derechazo que le ha hecho añicos el futuro con tan solo unas palabras. Las explicaciones sobre las pruebas realizadas, los ánimos de que el mundo no se detiene y las esperanzas en los avances farmacéuticos que han venido después ya no los ha escuchado. En su mente solo cabía la idea de contárselo a su esposa y el drama que eso supondría. Así, que tras armarse de valor después de media botella de ginebra, llega a su casa, se desviste de hombre y la busca cabizbajo en el jardín. Prefería no decirle, pero el tiempo le acabaría descubriendo y su impotencia sería más patente, es lo que piensa con lágrimas en los ojos. Cuando la tiene delante, su sonrisa de niña buena le impacta en el corazón, el abrazo que le dedica le hace tambalear y el susurro de que está embarazada lo lanza a la lona como un pingajo.
He demandado a mi esposa porque ha extendido su vigilia de los viernes de Cuaresma a toda la semana y desde hace meses me está haciendo la pascua. Ni siquiera recuerdo cuándo fue la última vez que intimamos. Quizá debí poner una cláusula en nuestro contrato matrimonial. Tenía que haberla exigido que los sábados fuesen sagrados y nada de excusas baratas: que si jaquecas, que si cansancio o que si se encuentra en ese período del mes. Está claro que en todos los caminos hay un desvío para encontrar la felicidad. Aún así, a mí siempre me ha gustado jugar en equipo y, además, mi brazo está cansado de tanta individualidad.
Todo empezó cuando me trasplantaron las dos manos. En tan solo dos semanas ya era capaz de escribir y manipular objetos casi con normalidad. Sin embargo, aquello no era lo más asombroso. Al poco tiempo descubrí que podía tocar el piano, a pesar de no haberlo hecho en mi vida. Luego me pasó lo mismo con los malabares y la papiroflexia. Incluso llegué a hacer algún truco de magia. Mi mujer y mis hijos están encantados con el cambio. Es más, ella se ha vuelto a enamorar de mí. Bueno, mejor dicho, de mis manos. Tanto es así que ahora ya no quiere besos, solo caricias. Además me exige a todas horas que le haga masajes. Qué manos tienes, me dice. Ella lo ignora, pero sueño con que todo vuelva a ser como antes. Hoy me ha pedido que recorte los setos del jardín. Al coger las tijeras de podar y comprobar lo afiladas que estaban, he sentido un cosquilleo por todo el cuerpo.
Asomaba al mundo de los vivos para pasearme por cementerios y lúgubres alamedas. Creía perseguir el amor, pero mis conquistas tan sólo acertaban a despertar mi ira y mi sed de venganza.
Resultaba químicamente irresistible para aquellos que navegaban por submundos de fetidez. Basureros, forenses, enterradores. Todos ellos caían, irremediablemente, bajo el hechizo de mi fétido hálito, fascinados por mi nauseabunda trampa mortal. Culminaba el cortejo con un beso letal que me devolvía a mi mundo de ultratumba sola, insatisfecha. Profundamente infeliz.
Hasta que llegó él. El taxidermista. Lo descubrí una noche de luna en un bulevar olvidado. Subyugado por mi podredumbre, no pudo reprimir el deseo de reconstruirme. Me ofreció la inmortalidad. Su rostro pálido me suplicaba y supe que mi búsqueda había terminado. Decidí seguirlo.
El resplandor de la luna dibujó mi imagen en sus pupilas. Y me vi como él me veía. Ajada. Descompuesta. Necrótica. Me retiré sobresaltada, inundada por la abrumadora realidad de mi putrefacción. Estiró su mano, rozando mis huesudas falanges, atrayéndome hacia él.
“Preferiría no hacerlo”, mentí antes de huir.
Aquella noche, los gusanos y larvas que descansaban en mis cuencas orbitales perecieron ahogados por un torrente de lágrimas.
Ignoraba que aún pudiera llorar.
Le toca vigilarlas hasta que les llega su hora. ‘Probar la mercancía’, como dice su ‘boss’.
Les echa miradas amenazantes a través de los barrotes. Pero es una pose. En el fondo, está muerto de miedo. Por ellas, por todas las que llegan y llegarán. Asustadas, engañadas, atrapadas… Y por él. Si alguien sospechara que, en el fondo, lo que desea es ayudarlas… Y denunciar a la organización. Unos mafiosos, traficantes sin escrúpulos.
Teme, sobre todo, el momento en que su ‘boss’ le diga: ‘Aprieta el gatillo’. Se estremece de pensar en esa posibilidad. Aún no entiende cómo ha acabado juntándose con esa gente. Está atrapado. Por malas decisiones, encadenadas una tras otra. Por confiado. Por cobarde…
Voces airadas le sacan de su ensimismamiento. Otra ‘carga’ nueva llega.
— ¡Carne fresca!, anuncia su ‘boss’ a gritos.
Risas y comentarios obscenos celebran sus palabras.
— Venga, chaval. Te toca estrenarte. Ya va siendo hora.
Le tiende una brillante y pesada semiautomática y una bolsa de plástico.
Traga saliva, se pone pálido. Mira a unos y otras. Mira a su ‘boss’, y, sosteniéndole la mirada, contesta:
—Preferiría no hacerlo…
Y se desmaya, cayendo al suelo con los pantalones mojados.
Me encontraba en una encrucijada, la verdad es que preferiría no hacerlo, pero alguien tendría que llevarlo a cabo y ese alguien era yo.
Ya había pasado el tiempo de las dudas, la decisión se había tomado hace tiempo, nadie está por encima de la justicia. Yo seré el primero en salirme de la fila pero estoy seguro que otros me seguirán y los injustos no se volverán a ir de rositas nunca más.
Pero aun preferiría no hacerlo. Pero lo hare. Hoy se acaba el tiempo de los injustos.
El viento helado se colaba por las rendijas de la ventana. Ululaba entre los árboles de la calle que llevaba hasta la casa. Acostada hecha un ovillo escuché las doce campanadas. Mi mano transpiraba sudor frío. Sentí la llave penetrar en la cerradura, sus pasos inequívocos chocándose todo lo que encontraba en su camino. Lo imaginé sobre mí. Su lengua lasciva, oliendo a alcohol. Sus manos ásperas, torpes, golpeándome de nuevo. Preferiría no hacerlo, pero mañana saldré en los diarios. Y apreté firme el mango del cuchillo que tenía bajo mi almohada.
Dejé la cámara en el suelo, preferí no hacer fotos; cubrí su cuerpo con la cazadora que se anclaba a mi cintura. Sus grandes ojos verdes me miraron con una belleza indescriptible. La media luna asomaba tímida. El bombardeo cesó y cuando volví la cabeza para acomodarlo entre mis brazos, pude ver las estrellas reflejadas en su pupila, dormida.
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