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Me he mirado en el espejo grande del salón y parecía otra. No, era otra. Hicieron el cambio en el quirófano del hospital en donde, al parecer, me confundieron con una señora que se acababa de hacer una operación de estética. Cuando vino a recogerme mi marido, (quiero decir, el suyo), me miró brevemente; dijo: “No estás mal” y continuó escuchando no sé qué programa de la radio. Mi hijo, (quiero decir, el suyo), no estaba en casa y, cuando llegó de madrugada, fue derecho al baño y después se encerró en su habitación. El único que pareció darse cuenta del cambio fue Boby, el perro, que me enseñó los dientes y me gruñó hasta que le di un bombón de licor de los que me habían regalado las visitas en el hospital. Lo malo es que se ha aficionado al alcohol y ahora me pide una copita de coñac todas las noches
Por un momento deseé atravesar la superficie de plata hacia aquel mundo inverso, besar tu nuca y acariciar la piel desnuda, sin tirante, de tu hombro. Como antes. Pero cerré los ojos aferrándome al lavabo frío y a la triste realidad, donde ese gesto ya no resultaba natural ni tenía sentido. Cuando los volví a abrir nada había cambiado; no aprecié huellas en mi rostro de las cicatrices del alma y tú habías desaparecido dentro del albornoz cobalto que compramos en Portugal.
Bici estática, velocímetro 40 km, pulsómetro 110, en el espejo una rubiaca de 40, tetas nuevas, camiseta vieja, malla amarilla, calentadores, mi culotte a reventar, ahora a 60 km y 190 pulsaciones, saltan las alarmas, el monitor viene y me desenchufa.
Árzur ya apuntaba maneras. Desde aquella mañana de domingo en la que el párroco dejó caer el crucifijo que se estampó a la vista de unos atemorizados feligreses, su vida no volvería a ser la misma. Tras sentir un leve cosquilleo en su piel erizada, sus ojos se rindieron fascinados ante lo que había sido la evidente obra del Maligno. El cura dijo que tentaba a las noches, estando uno en la cama, y decidió esperar a aquella sombra que provenía de alguna parte del pasillo. Pero él no iría a combatirlo con luces ni peluches y escondió la ballesta. Cuando la madre encendió la luz, el cuarto se tiñó de rojo y el termómetro saltó por los aires. Descanse en paz.
En este lugar, los escaparates reflejan distintas zonas del mismo rostro. Al norte, la zona luminosa de la frente, llena de lujosas urbanizaciones. Al sur, la zona hundida del labio superior, formada por las barriadas grises de la periferia. En el centro emerge ostentosa la nariz, una colina donde se alza el viejo castillo de la ciudad.
Desde la lejana aventura de su niñez, Alicia vivía feliz en el mundo de la reina de corazones. Había alcanzado cierto estatus y su amistad era muy valorada por todos los habitantes del universo paralelo que ahora constituía su hogar. Algo le faltaba. Se percató aquella noche de insomnio cuando paseaba por la estancia, su puerta de entrada a aquel sorprendente lugar. El espejo mostraba desde este lado un marco liso sin barniz, muy distinto a las hermosas molduras de nogal de su antigua casa. Se quedó fascinada al ver la imagen de aquel joven en un espacio desconocido. Nada más descubrirlo, le cautivó de inmediato su porte altivo y majestuoso, la palidez de su rostro y esos ojos tan profundos. Él no podía verla. Paseaba irritado frente al espejo desde cuyo reverso nada tenebroso tan solo Alicia podía observarlo. De pronto, la joven extendió el brazo a través de su única ventana al mundo en que nació para tirar con todas sus fuerzas del borde de la elegante capa de su amado que, por primera vez, disfrutó del amanecer sin sobresalto alguno, preguntándose cómo sería la vida de un vampiro en el país de las maravillas.
De algún lugar de procedencia desconocida, llegó un objeto misterioso y de forma irregular, que taponó parcialmente el sumidero del lavabo.
Algunos quisieron asomarse atraídos por los destellos de tan mágico objeto. Otros, sedientos de agua y transparencia, quisieron nadar sobre su pulida superficie. Los más desconfiados decidieron por todos, y juntos, esperaron.
Después de muchos segundos de merodear a su alrededor sucumbieron irremediablemente a su poder.
Sintieron inquietud al observar elaboradas membranas rodeadas de finos pelos, moverse sin descanso. Cuanto más intentaban huir de los monstruos, más se le acercaban estos.
Adela se disponía a abrir el grifo del lavabo cuando vio que aún quedaba un pequeño trozo del espejo de su polvera rota y utilizando unas pinzas de depilar lo extrajo del orificio con cuidado.
En un examen minucioso de la pieza hubiera podido ver que un sinfín de microbios luchaban por aferrarse a su superficie para evitar el fatal destino, sus pequeños y numerosos cilios podían librar mil y una batallas sobre la piel de Adela, sin embargo, su ingeniosa arquitectura evolutiva no había contemplado la posibilidad de sobrevivir a espejismos.
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A la bestia le gusta esconderse en ese espacio interior, debajo de las viejas alfombras de nuestras entretelas.
Los espejos me atormentan desde hace años, pues cada vez que me miro veo a otra. Odio esa imagen. Me asquea su belleza. Sus cadenas me perturban. Deseo su espada. He intentado evitarla: en mi casa no hay espejos. Sin embargo ella se cuela en los charcos, los escaparates… ¡No la soporto! ¡No quiero que irrumpa en mi vida!
Esta mañana descargo mi rabia haciendo limpieza. Tirando lo que no uso apaciguo mi mente. Cuando mis dedos se topan con un pequeño espejo siento la extraña necesidad de abrirlo. Sé que si lo hago la veré. Mis rodillas tiemblan mientras me siento. Cansada cierro los ojos. No puedo más…
Mis manos me desafían abriendo el espejo. No puedo evitar mirarme; mirarla. Quiero abandonarme a esa imagen, fundirme con ella. Ahora me muevo y se mueve conmigo. Mis manos dan vida a sus manos. Ahora somos una y no puedo parar: juntas tomamos la espada y rompemos las cadenas; corremos en busca de un reflejo distinto. Sonreímos. Despertamos los sueños dormidos. Buscamos a ese amor rechazado mil veces. Vivimos… El ruido del espejo cayendo sobre el suelo me despierta. Mi pecho se agita. Lo recojo tímidamente y… lo abro.
Era el primer año que mis padres no me llevaban a las festivas atracciones, ¡por fin iba solo!
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