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— Al lado del reloj de oro, cubiertos por una maraña de pelo, veo tres nueves rojos. El sospechoso balbucea palabras inconexas, parece drogado. ¿Le detenemos, señor?
El sargento recibe en su despacho el informe telefónico. Ese tatuaje no pertenece a ninguna de las bandas de los bajos fondos y un gris presagio le retumba en el cerebro. Tras unos instantes de duda, la secuencia numérica se le aparece invertida.
Pero cuando intenta restablecer contacto con los agentes para prevenirles ya es demasiado tarde.
Al otro lado del hilo solo se escuchan los estertores agonizantes de los dos policías y de fondo un aullido estremecedor.
Otra vez se la ha jugado. Otra vez.
Agazapada contra la pared, mis pupilas dilatadas intentan ver en la oscuridad. Tiemblo. Me llama, su voz profunda pronuncia mi nombre. Veo un resplandor, una vela quizás, en la vidriera de la puerta, aunque es su olor acre el que me alcanza y espolea mis sentidos. Vuelvo a sentir náuseas al imaginar la destreza de sus manos sobre su cuerpecito leve, el dolor de apodera de mi y da de beber a esta sed de venganza que cuartea mi alma. El párroco no debió nunca fijarse en mi hija. De la hoja del puñal que mi diestra empuña gotea su sangre roja; el corazón que sostengo en la siniestra aún palpita. Con rabia vuelvo a desplegar mis alas, ya vuelo hacia la paz.
A los pocos días de “El día de la sangre”, todas las bestias nacidas en ese año probarían la sangre por primera vez, para ser llamados bestias.
El día seis del mes seis, todos acuden a la plaza, dejando el sitio honorífico para su majestad.
Llega el primero, se acerca al sangriento cuenco y se lo bebe, todos vitorean. Lo mismo hace el segundo y el tercero, pero el cuarto se niega a probarlo. “No puedo” suspira. El rey le abuchea. De la nada sale una gran bestia, se dirige al rey y le tira de las orejas, mientras pregunta “¿Señoría, se bebió la sangre en su día?”. El rey desconsolado, coge el babero blanco de la bestia y lo llena de sangre: “No mamá, no fui capaz”.
Amanece.
Billones de causas me inundan,
Casi me invaden.
Debo vivir,
Evito morir.
Fuego soy y siento.
Guante para tu piel,
Hiel para tus labios.
Ilusión para ilusos,
Jodienda para jodidos.
Kilos de placer te ofrezco,
Litros de lujuria prohibida.
Miles de venganzas cumplidas,
Noches de dolor y vicio.
Ñangotados ante mí permanecen,
Orgullosos seres de medio mundo.
Pruébame, invócame y verás,
Quién demonios soy y qué te ofrezco.
Ríos de tinta escriben sobre mí,
Sangre derramada, miedos escondidos.
Toros y cabras me representan,
Ubres malditas y plantas secas me alimentan.
Valientes imbecilidades, ni plantas
Xerófilas hay en mi mundo, ni cabras.
Y pocos saben de mí.
Zoroastro sí, asaz.
Derrotar a la bestia os va a costar sangre y sudor, pero la victoria… es dulce… ja ja ja
6 condiciones :
¡Bestial! ¿Alguna osada? ¿Algún valiente?
Podéis enviar vuestros micros bestiales a través del formulario con los mismos datos de siempre y poniendo (666) detrás del título. Los relatos que cumplan las 6 condiciones aparecerán con la preciosa ilustración que nos ha prestado Sergi Cambrills (gracias, compañero) y sin el nombre de autor, hasta que 6 participantes de ENTC elegidos al azar (los amigos de la bestia) y de los que nunca sabremos quienes fueron, ejerzan de jurado y hagan su secreta votación para señalar al ELEGIDO, a aquella, a aquel que ha superado la dificultad de la bestia y probará el dulce sabor de la victoria (ya sabéis de lo que estamos hablando…)
Y no olvidéis mantener vuestro anonimato como autores en los comentarios, porque el jurado no quiere saber los nombres de los dueños de estas bestias
La peluca, los zapatos de tacón, las pestañas, las uñas, el rojo intenso de los labios, el sonrojo de las mejillas, las medias, el vestido, las tetas, la luna del callejón, su olor, su billete de cincuenta, tu número de teléfono, su nombre.
Allí estaba con su corona hecha con pedacitos de papel de chocolatinas. Los bucles le caían limpios sobre la frente. La falda de tul, rescatada del baúl de la abuela, olía a anís. Los zapatos rojos pintados con rotulador lucían como nuevos. La vieja cortina aterciopelada abrigaba su espalda y en los labios la más dulce de sus sonrisas. Cuando llegó a la fiesta no le dolió el silencio, ni la explosión de carcajadas. Lo que más le dolió a Pedro fue la mirada de Luís, su mejor amigo. Disfrazado de bucanero dejó caer un par de espadas al suelo y echó a correr. Desde entonces Pedro habita en el reino del armario.
La princesa se pincha el dedo con una aguja. En un gesto intuitivo se lo lleva a la boca, pero en lugar de sangre azul descubre una fuga de aire. En segundos sus explosivos pechos de silicona comienzan a perder presión, el vientre moldeado a golpe de bisturí se deforma y la redondez de sus glúteos, que tantas sesiones de liposucción le costaron, desaparece. Intenta alcanzar el móvil para llamar al servicio. Antes de que lo consiga, su mano se ha convertido en un ingrávido guante de goma. Pronto no será más que un trozo de plástico amorfo tendido junto a la chimenea. Cuando el príncipe la encuentre, tendrá que volver a hincharla.
http://latoalladelboxeador.blogspot.com
Princesacabizbaja no mira a los ojos cuando le hablan, pareciera timidez pero no lo es. Tampoco mala educación. Aprendió a observar los zapatos de la gente como reflejo defensivo que la alejara de la realidad.
Princesacabizbaja recuerda que los ha visto de mil tipos, de cordones, con velcro, de tela, de charol, con punta fina y redondeada, de marca y sin ella, deportivos, para los domingos, con olor y sin él, de tamaño discreto y enormes, incluso de tacón fino. Los suyos están desteñidos y con la suela raída.
Hoy mientras su madre, sin mirar atrás, abre la puerta para salir de la habitación escucha las pisadas cada vez más intensas de unas botas de piel acompasadas con unos cascabelillos que las hace perfectamente reconocibles.
Princesacabizbaja tiembla y cierra los ojos pensando que ojalá sea la última vez que su madre la encierra con desconocidos.
Estando el rey tan plácidamente recostado en su trono, oyóse un agudo grito en mitad de la noche. Ayudado por uno de sus secuaces se incorporó desorientado preguntando “¿Qué le pasa a la princesa”?. Escaleras conquistó con dificultad, y nada hacía sospechar, que la princesa estaría sollozando desconsoladamente en su alcoba, por no mentar ahora que gritaba sin parar. El rey con pena le ayudó a salir de esa condena y para sentirse serena comenzó a hablar: “¡Ay papá! He tenido una amarga pesadilla. Estando yo dormida, han inundado mis sueños presencias de seres diminutos, extraños ogros malignos que me arrancaban mis dorados cabellos, también había un príncipe azul, que intentaba rescatarme de todos ellos…” Su majestad, se levanta con imposibilidad, mientras ríe sin parar, haciendo que la princesa asombrada se le vaya el susto como si nada. “Pero princesita, eso que me cuentas no tiene estima, lo de los gnomos pase, incluso lo de los ogros, pero hija mía ¡los príncipes azules no existen!”
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