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Todos los días la contemplo en la luna de metal, deseando que esa imagen que me mira repetida desde el lado silencioso e infinito sea irreal. Observo el detalle del paso del tiempo. Piernas y rodillas más gruesas, cintura sin curva y un cuello flácido de pliegues sumergidos. Las manos, de ambas, con las venas de relieve azul recolocan el vestido ajustado de vivos colores, que hoy le he prestado. Me arreglo la melena, que ella tímida también maneja. Y siendo sólo huésped de las cuatro paredes de mi habitación, cuando yo camino la observo como con mis tacones se mueve libre, sin dimensiones, ingrávida. Y siempre me espera. No sé si es a mí o a la sombra ya intuida de mi madre.
La primera vez que me miraste, me hiciste sentir especial. Pero a los pocos días observé algo en tus ojos, ya no miraban igual, como si no me soportaran.
Parecía que la reunión había ido bien. Buena conversación, buena compañía,… Planes de futuro se abrían ante ella.
El gorjeo del agua, el sabor a sal, sus manguitos de princesas. Cuando cierra los ojos puede oler hasta el rumor del mar.
Ahí estaba el reflejo de aquel desconocido, puntual como cada mañana, con su mirada vacía y su rostro cansado. De repente apareció el otro misterioso reflejo igual de puntual, los dos se agacharon hacia el lavabo y abrieron el grifo, el agua resbalo por ambos rostros se secaron con las toallas y sus rostros reflejaron su humanidad.
¿De dónde salen las palabras? ¿Lo sabes tú? Sí, te lo pregunto a ti, no me mires así. Pero tú qué vas a saber, a ti sólo te gustan las imágenes, eres un burdo imitador de la vida, reflejas, copias, muestras, no eres nada original. Tan altivo, tan desafiante. Te crees brillante pero eres un opaco y nadie adivina lo que escondes tras de ti.
Creo que fue el niño de los Maldonado el que descubrió, jugando, que pulsando tres veces el seis, el espejo del ascensor se licuaba y podía ser traspasado. Al principio nadie se atrevió a pasar más que la punta de los dedos, pero poco a poco la curiosidad fue yendo a más.
Tengo un imitador. Un sosías. Un otro que soy yo y no, al mismo tiempo. Un alguien que replica mis movimientos, que repite en simultáneo mis gestos. A ése me lo encuentro a cada rato. En los baños, en el hall de casa, en las vidrieras, en los charcos que quedan en las calles después de las tormentas, en los lagos cristalinos que aparecen tras los cerros cuando pretendo eludirlo por un rato.
Le gustaba travesear por calles con fama de ser transitadas por diversos malandrines. Una noche iba sin prisa, mirando complacida espejear su silueta en los charcos de agua. De repente de un abollado sombrero negro saltó un hombre, apodado el Gato, quien bufando improperios, se le tiró encima y le estampó un apasionado beso con su hocico frío. Alicia se quedó tambaleante y con un inacabable sabor de helado de mariscos en la boca.
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