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Abrí y allí estaba ella, como perdida, desorientada, entre riquezas dando vueltas sin parar. Vistiendo un flamante tutú, ¿qué ocurría? ¿dejó su reino por el baile? Los juglares cantaban que de un príncipe se hubo de enamorar, y a un lugar secreto se fueron a encontrar, dónde hermosas melodías se podrían escuchar… o algo así. No entendía nada. Apenas le fui a preguntar, cuando me di cuenta de que no estaba sola, junto al espejo, luciendo vanidad. ¡¿Una galleta?! Raudo me corrige, pomposo. «¡¡Soy el heredero del reino de Beckelar!!«. Atónito cierro el joyero, les dejo intimidad.
Aquella noche no iba a ser diferente a las demás. Escuchó el característico ruido de la llave haciendo girar la cerradura. Reconocía ese sonido que siempre la estremecía. No sabía si en esa ocasión la bestia vendría furiosa y sedienta de sangre o vendría con la tranquilidad y somnolencia que le producían los efectos del alcohol. Escuchó el golpe de la puerta al cerrarse violentamente; al volverse, lo vio allí, delante de ella, con los ojos inyectados en sangre y el reflejo del fuego interior que lo quemaba asomándose a sus pupilas. Mientras recibía los repetidos golpes, pensaba que esos serían los últimos, buscaría el amparo que dicta la sentencia del Juez.
A priori, él era perfecto.
Endiabladamente guapo, agradable, rico y educado. Inalcanzable.
O no.
Como en un sueño, se sucedieron las citas y la mudanza a su loft. La boda. El predictor. La elección del nombre del bebé.
Y empecé a atar cabos.
La extraña enfermera de la clínica privada. Su obsesión por adelantar el parto al seis de junio. La suma de las cifras del año en curso. Las reuniones a puerta cerrada en la habitación roja.
Todas mis sospechas corroboradas ayer, cuando, casualmente, capturé en el espejo de la habitación su mirada infrahumana. Teñida de sangre.
Sigo aquí, anclada por la semilla que crece dentro de mí.
Se llamará Azazel. Para los amigos, Azaz.
-¿Qué le pasa a nuestra princesa? Ya ni ríe, ni come. No sale de su cuarto y cada día está más insoportable.
A toda máquina, digo, a todo ordenador, empiezo este relato que me propone mi amigo Juanan. Tengo que darme prisa, porque me emplaza a término desconocido, a saber, el que me concedan los lectores ávidos de curiosear las historias que otros relatan. Sin remedio he de allanarme a la pretensión del demandante. Para conseguir el premio uso el rojo. El color de la sangre, que mientras completo la tarea, asoma ya en mis mejillas. Tanta es mi concentración. Rápido, debo completar el encargo en un número de caracteres que no me atrevo a pronunciar en voz alta. El que aquel grupo de heavy, Iron Maiden -y su mascota Eddie, una bestia-, popularizaron durante mi niñez.
Antes de que naciese la niña ya estaban pendientes de lo que pudiese ocurrir. No en vano era la séptima hija nacida de una séptima hija. Con todo, se quedaron sorprendidos al verla crecer llena de virtud natural y atesorar tanta santidad como nunca habían visto hasta entonces. Por eso, teniendo en cuenta tales referencias, echaron la culpa de la posesión al espíritu de la niña prodigiosa, y ninguno se extrañó de que, para contrarrestar esa fuerza sobrehumana de pura bondad que tenía el poder de apagar el fuego del infierno escupiendo agua bendita, fuese el mismísimo Lucifer quien realizase el exorcismo sobre aquel pobre diablillo para acabar así con su cruz.
— Al lado del reloj de oro, cubiertos por una maraña de pelo, veo tres nueves rojos. El sospechoso balbucea palabras inconexas, parece drogado. ¿Le detenemos, señor?
El sargento recibe en su despacho el informe telefónico. Ese tatuaje no pertenece a ninguna de las bandas de los bajos fondos y un gris presagio le retumba en el cerebro. Tras unos instantes de duda, la secuencia numérica se le aparece invertida.
Pero cuando intenta restablecer contacto con los agentes para prevenirles ya es demasiado tarde.
Al otro lado del hilo solo se escuchan los estertores agonizantes de los dos policías y de fondo un aullido estremecedor.
Otra vez se la ha jugado. Otra vez.
Agazapada contra la pared, mis pupilas dilatadas intentan ver en la oscuridad. Tiemblo. Me llama, su voz profunda pronuncia mi nombre. Veo un resplandor, una vela quizás, en la vidriera de la puerta, aunque es su olor acre el que me alcanza y espolea mis sentidos. Vuelvo a sentir náuseas al imaginar la destreza de sus manos sobre su cuerpecito leve, el dolor de apodera de mi y da de beber a esta sed de venganza que cuartea mi alma. El párroco no debió nunca fijarse en mi hija. De la hoja del puñal que mi diestra empuña gotea su sangre roja; el corazón que sostengo en la siniestra aún palpita. Con rabia vuelvo a desplegar mis alas, ya vuelo hacia la paz.
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