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Últimamente estoy fatal. Miro mi imagen en el espejo y le pregunto:
A veces nos visita. Y aunque no se queda mucho tiempo, apenas una noche, cuando se marcha, los niños, horrorizados, no quieren salir del rincón, y ella… ella ni habla, porque la Bestia se ceba con ella, y deja su cuerpo maltrecho, mezcla de rojos y morados. A mí me queda como una tontera, como si todo lo sucedido en mi casa solo fuera una pesadilla. Después noto su rechazo, me echan la culpa.
Hoy al entrar en el ascensor, un escalofrío ha recorrido mi espalda. La Bestia estaba allí esperándome, reflejada en el espejo.
Hoy me levanté muy temprano, ya que no pude descansar muy bien por la noche porque se me venia la imagen de mi madre, que falleció. Estoy envuelta de recuerdos, pero lo más importante lo que me dejó con su ejemplo. ¡Acá estoy!… en el espejo, donde ella se arreglaba y se sentia feliz… ¡y como lo cuidaba a este espejo!… porque ella decia, que nuestro corazon tenia que ser…¡así radiante!… transparente… sin manchas.
Lezama, 1957; yo estrenaba mis ocho años de edad.
Segundo almorzaba en su mesa de zapatero remendón. Untó un trozo de pan en la yema del huevo frito y me lo ofreció. No lo rechacé.
Persiste en mi cerebro reptilesco el sabor, tenuemente azufrado, de aquella untada.
Segundo Pomposo, hombre de tres oficios, trajinaba por tres cuartos diferentes de su casa. Con blusón azul atendía en la vinatería, con blanco la barbería y con un mandil de cuero claveteaba en la zapatería.
Terminado su “hamaiketako”, me anudó al cuello la sábana de barbero.
Mientras Segundo pelaba mi nuca, yo buscaba, con cierta angustia, el fin de aquella sucesión, profunda e interminable, de cara y cogote, que producían los espejos enfrentados de la peluquería. Mi cuerpo, una “gruesa” de veces repetido, desaparecía perdiéndose finalmente en una curva hacia la izquierda.
Otros clientes, esperaban sin prisa, comentando los acontecimientos del año: El mallot amarillo de Loroño, los triunfos del memorable Athletic de Carmelo y Gaínza; la catastrófica riada de Valencia, que costó 400 vidas; la silenciada guerra de Ifni y aquella gran nevada que cubrió bosques, campos y tejados, cuando ya la añosa mimosa del patio había reventado en amarillo de terciopelo.
En el espejo, mientras se afeita, comprueba la aparición de algunos signos que interpreta como propios de una infeliz edad. Bajo los ojos. En el pellejo flácido del cuello. Por el vello largo y desordenado de las cejas. Cuando está terminando de afeitarse la cuchilla le araña la piel. Es un pequeño corte junto al mentón, limpio y escandaloso. Se asusta con el color vivo de la sangre sobre la loza blanca del lavabo. Siempre se mantiene expectante ante el mensaje de los objetos y esta traición le enoja. Está cansado de advertirle que no use su máquina para depilarse.
Mientras busca un pedazo de papel higiénico para usarlo de cataplasma, encuentra el cuchillo de la cocina sobre las toallas. Es un cuchillo de 50 euros… pero ella ha vuelto a usarlo para limpiar el desagüe. Su indolencia le ofende. La escucha tararear en la ducha sin parar de frotarse, como si tuviera algo de qué desprenderse.
Cuando vuelve al espejo intenta quitar el vaho con el puño y lo mancha de sangre. Mientras lo limpia con la mano que sujeta el cuchillo, contempla el movimiento ondulante de la cortina de baño, que le atrapa como si quisiera llamar su atención.
-A esta temperatura el souffle se te quema, no conseguirás el punto de nieve y el plato volverá a ser un fracaso ¡Joder!- Vocifera el Master Chef cuyo apellido rima con zipote.
– ¿Eres medio tonto o tonto entero?-Creo que cuando me dice esto, hecho una bestia endemoniada, no me está preguntando, quiero creer, en todo caso, que es un didáctico toque de atención y no se lo tengo en cuenta.
El souffle se me viene abajo, la salsa de sangre encebollada emana de los poros de la masa que no llega a subir y lo encharca todo de un rojo abizcochado y viscoso. Me cago en la cocina francesa yo quería hacer cabrito al horno o chorizo al infierno pero solo soy un aprendiz.
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