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Nació en una tarde de mayo mientras el cielo bramaba pariendo una tormenta de granizo. Deborah quiso su madre que se llamara, no contaba con que su padre no sabía cómo se escribía y finalmente la apuntó en el Registro Civil como Prinzesa con «z«. Z de zascandil que zapateó su infancia en el descampado al ritmo de las palmas de los más zarrapastrosos del barrio. Una vida en zig-zag sorteando al zote de su padre y las zurras de su madre. Zarandeada por la droga y zambullida en el fango, a punto estuvo de zozobrar en más de una ocasión. Sobrevivió a monumentales zapatiestas y una vez zurcidas sus miserias, cogió su zurrón y zarpó hacia nuevos horizontes donde las zancadillas no la hicieran caer. Lo consiguió, zanjó su pasado del que tan solo quedó el nombre. Se lo ha cambiado. Ahora se llama Reyna con «y«.
Esta noche te cuento que he vuelto a soñar, que como cada atardecer, me uno al grupo de los afortunados que recorren el sendero de agua hasta llegar al reino de Entecia. Allí, los moradores depositan granos de arándanos en la tolva y al girar la rueda del molino se muelen letras, desgranan palabras y se crea la magia de los cuentos que pueblan tu imaginación.
Es un sueño magnífico, pero debo confesarte una cosa, no se si es un sueño… hoy ha llegado un paquete para mi, un tesoro procedente de Entecia: un bote de mermelada de arándanos… El Heredero del reino dice que es adictivo…. ¿me atreveré a probar la fantasía?
Una princesa encerrada en lo más alto del torreón de un castillo con foso y dragón esperando ser rescatada. Una pantalla encendida y unos dedos que teclean en medio de la habitación en penumbra. Largos cabellos y un vestido vaporoso haciendo de cola magnífica para la niña que chatea con el príncipe. Ella le manda emoticonos de caras tristes y le pide auxilio con ese decir sin decir que aprendió con la corona. Él le habla de la última fase del videojuego de moda, de su grupo de amigos príncipes con los que ha quedado y a los que no puede traicionar, le habla de honor, de lealtad. Ella curiosea en el aspa de cierre de la ventana de chat con el puntero del ratón. Abre la red social y consulta la lista de amigos sugeridos: incluso la foto de unos pies frente a una playa pueden resultar evocadores en un abúlico encierro, sobre todo si al fondo se entrevé un horizonte, aunque sea torcido.
Volvió a preguntarse si lo que iba a hacer era un acto de justicia o un perverso acto criminal. No le quedaron dudas después de consultarlo con sus ideales, los cuales le instaron a apretar con denuedo el fino estilete.
He llegado a este mundo en un torrente de sangre, besos y lágrimas. “Es una niña” oigo mientras mamá me acerca a su corazón y yo noto como la vida se instala en mí, pero mi cuerpo sigue exánime. “¿Qué le pasa a mi princesa?, ¿por qué no se mueve?” pregunta mamá en una cascada de gritos y sollozos, mientras alguien me arranca de sus brazos para estudiar esta paralización que no me deja agarrarme ni babear.
Mi princesa está triste.Hace días que apenas se mueve.
Todavía conservo un resquicio de esperanza. Quiero creer que no todo está perdido, que algún día tú vendrás a rescatarme.
El castillo en el que habita la princesa tiene una fortaleza de piedra muy dura que ni los siglos han podido abatir, es más, está rodeado por un foso profundo en el que las aguas siempre son turbulentas. El sonido del agua provoca en esta bella princesa pensamientos a veces muy extraños. La princesa sin nombre ha inventado un viaje por la ruta de su mirada soñadora, pero no tiene muchas expectativas. El rey que reina en el castillo con nombre, siempre le promete que va a viajar, para después poner todas las trabas habidas y por haber, dejando en suspenso sus sueños. Está harta, muy harta y cansada de tantos inconvenientes y sinrazones. Por más que hace y deshace con su rueca no consigue salir. Siempre repite la misma labor. Nada está claro para ella, únicamente la luz del sol de cada día. Sola, pasea por los grandes pasillos y estancias, baja al patio, entra en las cuadras, sube y baja a la torre. Lleva una vida de princesa sin nombre y con sombra, una sombra muda que la acompaña día y noche. La princesa sin nombre está ociosa, al menos eso parece. Hoy la han visto por los centros comerciales. La princesa se ha salido del cuento y viste con ropa actual. Ahora vive del cuento porque el príncipe no vino en su corcel negro.
— ¿Estás seguro de que esta mermelada hay que tomarla así?
— Segurísimo. Me han enviado un e-mail con las instrucciones. Viene con fotos y todo. Dicen que es la mejor forma y que está buenísima. Hay muchos testimonios que lo confirman.
— No sé, no sé…
— Anda, no seas tonta, vamos a probarla. Mira, yo te tengo que poner un poco aquí… aquí… yyyyyyyyy… por aquí…
— ¡Uyyy! ¡Qué calentita y pegajosa está!
— Será cosa de los arándanos. Toma el bote, que ahora te toca a ti.
— ¡Ah, claro! Y yo te la extiendo por… ¡Haaaaala! No voy a tener suficiente.
— Ya. Es que no me conocen. Deberían haber mandado un par de cajas por lo menos. ¡Y con lo golosa que eres, además! Tú haz lo que puedas…
— Vale… vale… ¿Lo hago bien así?
—…lo… estás… haaaaa… aaaaaaa… ciendo… mu…muyyyyy… bien…
— Pues ya está. ¿Empezamos? ¡Un momento! ¿Y la mantequilla, para qué la has traído?
— ¡Ah, sí! (¡Buuuuf!)… para que podamos bailar el tango.
— ¿También te han explicado eso por e-mail?
— No, lo vi en una película.
— ¿Y cómo se usa?
— Esta noche te cuento. Ahora vamos a disfrutar de la mermelada, que tiene una pinta… ¡y hay que comérsela toda, eh!
****************
¿Qué más queréis que os diga? Añado mi testimonio a los ya escritos en estas mismas páginas. La mermelada de arándanos de El Sendero del Agua es una delicia. Simplemente exquisita. Pura lujuria. ¿Seguro que no está prohibida?
Otra noche sin dormir. Tus ojos arden y pesan. Con la mirada perdida recorres la pared manchada y fría, sin ánimo ya, te repites hasta la extenuación que ha llegado el momento de correr. Cadenas y ataduras invisibles, ideas conservadoras impuestas por generaciones forman el grillete que sangra tu piel. El cepo de sus amenazas mantiene tu cabeza gacha; los barrotes de tu cárcel se yerguen uno a uno por la impotencia de sentirte débil, pobre, desnuda, pequeña, incapacitada. Otro día perdido, otro año perdido en su cuento perverso. Ahora es tu tiempo. Tiempo de ser león y no cordero, de respirar a dos pulmones, de cerrar tus oídos y detener sus puños.
Te amaré toda tu vida, es más, te amaré toda mi vida Princesa, me gusta llamarte así. Recuerdo la primera vez que te vi con la altivez soberana que concede saberse descendiente de imperiales dinastías. Tu piel, sobre la que ahora corren las últimas gotas del rocío amanecido, aún mantiene la tersura carnosa de entonces.
¿Qué le pasa a la princesa? En las escamas azules le brilla un frío sudor. Sus alas, otrora espejos, no muestran el mundo y sí el negro de una noche. Suspira por las esquinas sin lenguas de fuego en la boca, solo en el aliento flores. ¿Qué le pasa a la princesa? ¿Habrá escuchado el rumor de que viene a rescatarla un valeroso dragón?
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