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El castillo en el que habita la princesa tiene una fortaleza de piedra muy dura que ni los siglos han podido abatir, es más, está rodeado por un foso profundo en el que las aguas siempre son turbulentas. El sonido del agua provoca en esta bella princesa pensamientos a veces muy extraños. La princesa sin nombre ha inventado un viaje por la ruta de su mirada soñadora, pero no tiene muchas expectativas. El rey que reina en el castillo con nombre, siempre le promete que va a viajar, para después poner todas las trabas habidas y por haber, dejando en suspenso sus sueños. Está harta, muy harta y cansada de tantos inconvenientes y sinrazones. Por más que hace y deshace con su rueca no consigue salir. Siempre repite la misma labor. Nada está claro para ella, únicamente la luz del sol de cada día. Sola, pasea por los grandes pasillos y estancias, baja al patio, entra en las cuadras, sube y baja a la torre. Lleva una vida de princesa sin nombre y con sombra, una sombra muda que la acompaña día y noche. La princesa sin nombre está ociosa, al menos eso parece. Hoy la han visto por los centros comerciales. La princesa se ha salido del cuento y viste con ropa actual. Ahora vive del cuento porque el príncipe no vino en su corcel negro.
— ¿Estás seguro de que esta mermelada hay que tomarla así?
— Segurísimo. Me han enviado un e-mail con las instrucciones. Viene con fotos y todo. Dicen que es la mejor forma y que está buenísima. Hay muchos testimonios que lo confirman.
— No sé, no sé…
— Anda, no seas tonta, vamos a probarla. Mira, yo te tengo que poner un poco aquí… aquí… yyyyyyyyy… por aquí…
— ¡Uyyy! ¡Qué calentita y pegajosa está!
— Será cosa de los arándanos. Toma el bote, que ahora te toca a ti.
— ¡Ah, claro! Y yo te la extiendo por… ¡Haaaaala! No voy a tener suficiente.
— Ya. Es que no me conocen. Deberían haber mandado un par de cajas por lo menos. ¡Y con lo golosa que eres, además! Tú haz lo que puedas…
— Vale… vale… ¿Lo hago bien así?
—…lo… estás… haaaaa… aaaaaaa… ciendo… mu…muyyyyy… bien…
— Pues ya está. ¿Empezamos? ¡Un momento! ¿Y la mantequilla, para qué la has traído?
— ¡Ah, sí! (¡Buuuuf!)… para que podamos bailar el tango.
— ¿También te han explicado eso por e-mail?
— No, lo vi en una película.
— ¿Y cómo se usa?
— Esta noche te cuento. Ahora vamos a disfrutar de la mermelada, que tiene una pinta… ¡y hay que comérsela toda, eh!
****************
¿Qué más queréis que os diga? Añado mi testimonio a los ya escritos en estas mismas páginas. La mermelada de arándanos de El Sendero del Agua es una delicia. Simplemente exquisita. Pura lujuria. ¿Seguro que no está prohibida?
Otra noche sin dormir. Tus ojos arden y pesan. Con la mirada perdida recorres la pared manchada y fría, sin ánimo ya, te repites hasta la extenuación que ha llegado el momento de correr. Cadenas y ataduras invisibles, ideas conservadoras impuestas por generaciones forman el grillete que sangra tu piel. El cepo de sus amenazas mantiene tu cabeza gacha; los barrotes de tu cárcel se yerguen uno a uno por la impotencia de sentirte débil, pobre, desnuda, pequeña, incapacitada. Otro día perdido, otro año perdido en su cuento perverso. Ahora es tu tiempo. Tiempo de ser león y no cordero, de respirar a dos pulmones, de cerrar tus oídos y detener sus puños.
Te amaré toda tu vida, es más, te amaré toda mi vida Princesa, me gusta llamarte así. Recuerdo la primera vez que te vi con la altivez soberana que concede saberse descendiente de imperiales dinastías. Tu piel, sobre la que ahora corren las últimas gotas del rocío amanecido, aún mantiene la tersura carnosa de entonces.
¿Qué le pasa a la princesa? En las escamas azules le brilla un frío sudor. Sus alas, otrora espejos, no muestran el mundo y sí el negro de una noche. Suspira por las esquinas sin lenguas de fuego en la boca, solo en el aliento flores. ¿Qué le pasa a la princesa? ¿Habrá escuchado el rumor de que viene a rescatarla un valeroso dragón?
Una policía la consuela mientras se dirigen al vehículo que la llevará a comisaría, donde pasará la noche. Allí, tumbada en un camastro, se reprochará mil veces el no haberlo entendido cuando eran novios.
Hubo un tiempo en que creí crecer muy muy deprisa. Fue un tiempo de desengaños, pero también de misteriosas revelaciones: aprendí a leer de corrido; averigüé que los niños no venían de París sino que los traían las mamás de los hospitales; me sorprendí al contemplar que los ruidos del cuarto de mis padres no los provocaba ningún ser monstruoso sino mis padres besándose; me sentí altamente desconcertada cuando, en la playa, vi a mi primo Elías bañándose desnudo, y al final de unas navidades, en una caja del trastero, confirmé que mi padre no se llamaba Antonio sino Melchor, y que yo, por tanto, tenía sangre real.
No podemos hacer menos que ayudar a difundirlo…
Antonio Nieto, asiduo colaborador y amigo de ENTC, ha publicado un libro a beneficio de la Asociación de Esclerosis Lateral Amiotrófica (ADELA). Se titula «El oro de París» y es una divertida historia sobre la búsqueda del oro de la República en la época de la transición. Todo un placer leerlo y, sobre todo, regalarlo. Antonio es, ante todo y sobre todo, un gran contador de historias.
Si alguien desea adquirir este libro, puede hacerlo a través de la asociación: http://sites.adelaweb.com/web-adela/ o el teléfono 913113530 Paz o Paloma.
Camina en busca de momentos que cazar. Va sin rumbo por el casco viejo. “Entre las piedras” como suele decir. No hay objetivos, sólo instantes que se cruzan con él.
Hoy, como todos los días, queda envuelta en el ordenado silencio de los libros. En esa nube de sosiego, donde aún laten los ecos del pasado esparcidos por las esquinas de los pasillos con olor a rancio, sumerge la soledad de su vacío.
Brisa venía de lejos, de muy lejos. No recordaba su origen. Era como un barco sin rumbo que no encuentra tierra en la que atracar. Se sentía cansada de tanto caminar. Las plantas de sus pies reflejaban el mapa de su vida, cada kilómetro recorrido, cada pueblo paseado, cada calle vagada. Pero por más que miraba sus soportes buscando encontrar la senda de regreso, no lograba interpretar el plano. No quería seguir avanzando.
Germán, a pesar de tener seis años, sería armado caballero por el Rey; además, colaboró en esa decisión, su tía la reina, y también se vengaría de su prima, la princesa Juana que le tenía atormentado porque ella no reinaría, porque él, segundo en la línea sucesoria, sería el monarca. La heredera desairada, debía amadrinarle hasta el salón del trono. Caminaban solemnemente al son de trompetas y la princesa apoyaba su mano sobre el antebrazo del futuro caballero que, lucía armadura, capa carmesí, remolcaba un mandoble y portaba un escudo blasonado con un dragón. El Duque, su orgulloso padre, sería testigo de lo que allí sucediera. Germán, fascinado, hincó la rodilla ante el rey dispuesto a recibir los honores.
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