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Hubo un tiempo en que creí crecer muy muy deprisa. Fue un tiempo de desengaños, pero también de misteriosas revelaciones: aprendí a leer de corrido; averigüé que los niños no venían de París sino que los traían las mamás de los hospitales; me sorprendí al contemplar que los ruidos del cuarto de mis padres no los provocaba ningún ser monstruoso sino mis padres besándose; me sentí altamente desconcertada cuando, en la playa, vi a mi primo Elías bañándose desnudo, y al final de unas navidades, en una caja del trastero, confirmé que mi padre no se llamaba Antonio sino Melchor, y que yo, por tanto, tenía sangre real.
No podemos hacer menos que ayudar a difundirlo…
Antonio Nieto, asiduo colaborador y amigo de ENTC, ha publicado un libro a beneficio de la Asociación de Esclerosis Lateral Amiotrófica (ADELA). Se titula «El oro de París» y es una divertida historia sobre la búsqueda del oro de la República en la época de la transición. Todo un placer leerlo y, sobre todo, regalarlo. Antonio es, ante todo y sobre todo, un gran contador de historias.
Si alguien desea adquirir este libro, puede hacerlo a través de la asociación: http://sites.adelaweb.com/web-adela/ o el teléfono 913113530 Paz o Paloma.
Camina en busca de momentos que cazar. Va sin rumbo por el casco viejo. “Entre las piedras” como suele decir. No hay objetivos, sólo instantes que se cruzan con él.
Hoy, como todos los días, queda envuelta en el ordenado silencio de los libros. En esa nube de sosiego, donde aún laten los ecos del pasado esparcidos por las esquinas de los pasillos con olor a rancio, sumerge la soledad de su vacío.
Brisa venía de lejos, de muy lejos. No recordaba su origen. Era como un barco sin rumbo que no encuentra tierra en la que atracar. Se sentía cansada de tanto caminar. Las plantas de sus pies reflejaban el mapa de su vida, cada kilómetro recorrido, cada pueblo paseado, cada calle vagada. Pero por más que miraba sus soportes buscando encontrar la senda de regreso, no lograba interpretar el plano. No quería seguir avanzando.
Germán, a pesar de tener seis años, sería armado caballero por el Rey; además, colaboró en esa decisión, su tía la reina, y también se vengaría de su prima, la princesa Juana que le tenía atormentado porque ella no reinaría, porque él, segundo en la línea sucesoria, sería el monarca. La heredera desairada, debía amadrinarle hasta el salón del trono. Caminaban solemnemente al son de trompetas y la princesa apoyaba su mano sobre el antebrazo del futuro caballero que, lucía armadura, capa carmesí, remolcaba un mandoble y portaba un escudo blasonado con un dragón. El Duque, su orgulloso padre, sería testigo de lo que allí sucediera. Germán, fascinado, hincó la rodilla ante el rey dispuesto a recibir los honores.
A pesar de los esfuerzos por tutelarle aquel inesperado patrimonio, él aguardaba su turno en el pajar. Miró a través de la puerta entreabierta: las riadas de sudor, por la espalda curva de placer, le avisaron que la hija del molinero había arruinado otro noble. Ella, como cualquier aspirante a princesa, sabía convertir la paja entre sus muslos en monedas de oro.
— ¿Qué le pasa a mi princesa?
El «Princess of the Seas», navío mercante reconvertido en barco negrero, esperaba que un viento favorable le permitiese partir desde la ignota costa africana donde había recalado en su primer viaje. Hacinados en su bodega, más de un centenar de negros entonaban con monótona cadencia lo que parecía un canto fúnebre, pero que en realidad era una plegaria elevada a sus antepasados para solicitar ayuda contra los demonios blancos.
El sonido de las páginas al abrirse le irritó más que ninguna otra vez. Ya estaba cansada de miradas fugaces, sonrisas furtivas y demás tonterías lacrimógenas que su empalagoso creador creía necesarias en su historia. Ella era una mujer de acción: las lágrimas, después de caer por alguna ladera rocosa; las miradas y las sonrisas eran para aquel que consiguiera hacerle sentir algo entre las piernas y no para ese amanerado príncipe que le había tocado por condena. Vestía de azul, cómo todos, y sus rubios y sedosos cabellos ondeaban al viento a lomos de su noble corcel, nada que ver con el moreno hombretón de pelo en pecho y mirada lasciva que había dejado en su cama. Pero el lector la esperaba, así que se arreglo el pelo, se bajó el vestido y salió en la búsqueda de su amado príncipe; tenía trabajo que hacer.
– Gracias por venir esta noche. Han sido ustedes un público maravilloso. Me gustaría despedirme con un tema que lleva por nombre “La niña triste”. Va por ella.
Vámonos maestro…
“La llamaban niña triste
Princesita sólo en casa
Ella invocando la luz
La luna le da la espalda”
La voz rota y dolorida y el arpegio de guitarra iban susurrando al aire notas que duelen al alma. Dejan salir el lamento cristales en la garganta. Despacio el tiempo y la nada. Que no despierte la niña, que se quede adormilada.
“Buscaba que la quisieran
Nadie vino a rescatarla
Sola se queda la niña
Nadie dijo que la amaba”
Todas las sufridas-y-castigadas-princesas-niñas-tristes que presenciaban el concierto sintieron con la música la espina del dolor y la angustia, de lo vivido, de lo por vivir, el sufrimiento universal de la mujer en el mundo.
“Ella queriendo del sol
La luna le da la espalda
La llamaban niña triste
Princesita, sola en casa”
Amparada en ella misma, recogida en su miseria, la que nunca fue princesa llora océanos por dentro porque no puede por fuera.
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