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Llega a la cola del paro mucho más tarde que los demás. Se ha pasado tres horas frente al espejo maquillándose, dándole vuelos al secador para las acrobacias del pelo y escogiendo el vestido. Cuando le toca el turno tiene hambre y saca el bocadillo que le ha hecho su madre. El funcionario le espeta una mirada de reprobación y carraspeando la conmina a olvidarse de la comida. Después de preguntarle nombre, dirección y demás parafernalia quiere saber su profesión. Ella sacude la rubia melena, enarbola las pestañas inundadas de rímel y con aires de realeza le contesta:
– Princesa.
Seguirán sin darle trabajo.
Desde pequeña dormía a pierna suelta en colchones bajo los que los lacayos amontonaban guisantes, garbanzos o incluso puñados de nueces; nunca consiguió mantener el equilibrio sobre tacones de cristal; si encontraba un sapo rehuía besarlo, pues sabía que son ellos, y no los príncipes, los que están en riesgo de extinguirse; ignoraba el significado de la palabra «melancolía«. Cuando suspendió definitivamente el examen de graduación como princesa, no tuvo más remedio que abandonar el palacio. Ante la sorpresa del rey, la madrastra, que siempre había sido su mejor amiga, decidió fugarse con ella. Desde entonces vagan por los anaqueles de la biblioteca. Aún no han decidido si ayudar a miss Marple en sus investigaciones detectivescas, aprender robopsicología con la doctora Susan Calvin o afincarse al pie de las colinas de Ngong, junto a aquella baronesa que tenía una granja en África.
Un dia de aquel verano que paso en Ibiza decidio operarse las tetas y colocarse una 95. Pero mientras iba reuniendo la pasta los chicos que se enrollaban con ella la convencieron que las tenia preciosas asi, como dos flanes. Lo demas es historia, conocio a su marido en una cena de empresa, tuvieron tres criaturas en seis años, adosado en urbanizacion de las afueras, monovolumen y vacaciones en Salou. Pero una mañana, hace poco, mirándose en el espejo se le ha vuelto a meter la talla 95 en la cabeza. Y ha empezado a ahorrar.
La bandeja con los manjares llegó precedida de flores, música y danzarinas.
Sepamos que el pretendiente nació zángano y, por tanto, grueso, peludo, de ojos grandes y desarmado, necesariamente huérfano de padre, y que había participado en quince vuelos nupciales sin ningún éxito, que las obreras, que las había a miles, empezaron a amoscarse con él y a bailar en círculo y a bailar bullicioso, y él sabía cuándo estaba de más.
¿Qué le pasa a mi Princesa? ¿Ha dormido mal, su alteza? ¿Cuántas erais anoche? ¿Te juntaste con la plebe? y ¿seguro que sólo bebiste cerveza sin alcohol?
Hace muchos, muchos años, en un país no muy lejano, vivía una princesa de cualquier cuento. Se sentía muy afligida. Los bufones de la corte no lograban arrancarle una sonrisa. Sus damas de compañía se hallaban muy preocupadas, no sabían por qué estaba tan triste. Todos se interrogaban: ¿qué le ocurre a la princesa?
Las versiones científicas pasaban por la amnesia, la depresión post parto –aunque el menor de los infantes ya tuviera nueve años- o tortícolis, por aquella persistencia en mirar hacia otro lado.
Mis últimas palabras para ella aquella tarde. Se despidió alzando la mano y una amplia sonrisa. Recogí mis cosas sin prisas y salí de la habitación. Otro júeves más a mis espaldas, me dije mientras sacaba un`pétalo azul del bolsillo.
Nació en una tarde de mayo mientras el cielo bramaba pariendo una tormenta de granizo. Deborah quiso su madre que se llamara, no contaba con que su padre no sabía cómo se escribía y finalmente la apuntó en el Registro Civil como Prinzesa con «z«. Z de zascandil que zapateó su infancia en el descampado al ritmo de las palmas de los más zarrapastrosos del barrio. Una vida en zig-zag sorteando al zote de su padre y las zurras de su madre. Zarandeada por la droga y zambullida en el fango, a punto estuvo de zozobrar en más de una ocasión. Sobrevivió a monumentales zapatiestas y una vez zurcidas sus miserias, cogió su zurrón y zarpó hacia nuevos horizontes donde las zancadillas no la hicieran caer. Lo consiguió, zanjó su pasado del que tan solo quedó el nombre. Se lo ha cambiado. Ahora se llama Reyna con «y«.
Esta noche te cuento que he vuelto a soñar, que como cada atardecer, me uno al grupo de los afortunados que recorren el sendero de agua hasta llegar al reino de Entecia. Allí, los moradores depositan granos de arándanos en la tolva y al girar la rueda del molino se muelen letras, desgranan palabras y se crea la magia de los cuentos que pueblan tu imaginación.
Es un sueño magnífico, pero debo confesarte una cosa, no se si es un sueño… hoy ha llegado un paquete para mi, un tesoro procedente de Entecia: un bote de mermelada de arándanos… El Heredero del reino dice que es adictivo…. ¿me atreveré a probar la fantasía?
Una princesa encerrada en lo más alto del torreón de un castillo con foso y dragón esperando ser rescatada. Una pantalla encendida y unos dedos que teclean en medio de la habitación en penumbra. Largos cabellos y un vestido vaporoso haciendo de cola magnífica para la niña que chatea con el príncipe. Ella le manda emoticonos de caras tristes y le pide auxilio con ese decir sin decir que aprendió con la corona. Él le habla de la última fase del videojuego de moda, de su grupo de amigos príncipes con los que ha quedado y a los que no puede traicionar, le habla de honor, de lealtad. Ella curiosea en el aspa de cierre de la ventana de chat con el puntero del ratón. Abre la red social y consulta la lista de amigos sugeridos: incluso la foto de unos pies frente a una playa pueden resultar evocadores en un abúlico encierro, sobre todo si al fondo se entrevé un horizonte, aunque sea torcido.
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