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Pusimos en marcha a nuestros «bestiardos» (amigos de ENTC que no hubieran presentado microbestia) y ya han cumplido su misión. De las primeras 9 invitaciones fueron aceptadas 7… y esos han sido los votantes. Muchas gracias a tod@s ell@s. Yo (ya me lo preguntaron…) no he formado parte del jurado (… y se nota porque he vuelto a conseguir el 0 más absoluto ja ja ja) Han votado los cuentos sin ningún criterio preestablecido ni condición, como les ha parecido libremente.
Probarán la dulzura del éxito…
66631 LA LEVEDAD DE LA PUREZA, de Raquel Ferrero
66667 RITOS, de Antonia García Lago
Y estuvieron cerca de coneguirlo…
66629 CONSCIENCIA, de Esther Cuesta
66632 PARTO 666, de Juan H. García Ceballos
66637 UNA HISTORIA VULGAR, de Nieves Martínez
66638 EL BEBE DE LUZBEL, de Patricia Mejías
66611. LA SEMILLA DEL DIABLO, de Arantza Portabales
66627 AMANECIA, de Asunción Buendía
66640 HULKA, de Sergio Cambrils
66645 FE CIEGA, de Javier Palanca
66642 AUDIENCIA BESTIAL, de Tíndaro del Val
66650 EL INTERIOR DEL SOBRE, de Mercedes Jiménez
66652 SOLO EN CASA, de Fernando Martínez
66663 FLORES PARA MI DEMONIO AZUL, de Purificación Menaya
Gracias a tod@s por vuestra participación, gracias a tod@s por vuestra comprensión y por haber mantenido el anonimato y haber hecho de esta propuesta improvisada una buena ocasión para divertirse.
Finalmente, muchas gracias a Sergio Cambrils por su maravillosa ilustración, ha sido, sin duda, una magnífica inspiración.
“¡A escena en quince minutos Alicia!”, y ella arrojo contra el espejo el bote de esmalte de uñas, color Perle de Jade, que dio a su cara, reflejada en porciones irregulares, un toque mineral.
En sus ojos, color vidrio del bosque, definió unas pestañas postizas que engrandecían el efecto de mirada única; y sobre su piel, tallada con rasgos de imaginería barroca, extendió una base uniforme de maquillaje de cobertura que iluminaba su expresión y la protegían de la fuerza lumínica de los focos.
“¡Ojala pudiera maquillarse la vida!”, pensó.
Pero el contraste entre claros y oscuros estaba ya marcado en las diagonales de un rostro que, ahora, perdía la mejilla derecha en el espejo y se estrellaba sobre el tocador de granito veteado, como lepra acristalada, heridas que nunca se cierran, carnaza para los chamarileros de corazón apuntalado.
Lejos, muy lejos de este cuchitril de vodevil fronterizo quedaban sus actuaciones en los grandes teatros, los primeros casting de la mano de su tío farandulero y maricón, los premios y las grandes ovaciones.
“¡Cinco minutos, Alicia!”
“Mucha mierda”, se dijo al espejo y salió imperial al escenario.
En la semipenumbra apenas rasgada por el foco que marca el contraluz, te adivino cada tarde. Imagino tu vida fuera de la pantalla. La imagino conmigo, como entonces. Y casi puedo sentir el aroma a la primavera de nuestros largos paseos, por encima del avinagrado olor del celuloide recuperado. Y confundo la pianola del subtítulo mudo que somos, con la banda sonora de nuestras veladas de boulevard. Y recuerdo los futuros que nos prometimos engañados de felices finales. Y cuando enardecido me niego el tiempo y me dispongo a reducir entre nosotros el espacio, las luces se apagan, del todo, te levantas y marchas. Y en la oscuridad me quedo, ensayando mentalmente las escenas que te volveré a representar mañana, siempre mañana.
Me miro en el espejo una vez más. Todo me parece un poco nebuloso. Yo misma me siento así. La jeringuilla, el papel, la goma, una gota de sangre, minúscula, sin importancia, me envuelven y forman parte de mi paisaje diario. Mis ojeras sobresalen por encima de un cuerpo consumido y roído por la vida, la mala vida. Me apoyo sobre la pica, en un intento de evitar una caída provocada por la levedad de mi cuerpo. Resbalo pero me reincorporo y vuelvo al espejo.
El paisaje ha cambiado. Se ven unas montañas, una niña corriendo por el campo, un conejo blanco que observa la escena. Aparecen hermosos insectos voladores, orugas y mariposas. Dos oriundos gemelos ríen entre las sombras de un bosque encantado. Una pareja discute sobre una manta. Mis padres. Me buscan, siempre lo han hecho. Y yo, en ocasiones, he anhelado encontrarles. Pero me refugié en un país de oscuras maravillas y falsas promesas, que sólo me permite reunirme con ellos a través del cristal. Un castillo de cuento de hadas, un laberinto sin salida y una lágrima que amenaza con devolverme a mi realidad, cruzan el espejo antes de que caiga en un profundo sueño.
Me desperté muy temprano aquel sábado: ocho de la mañana. Tenía la espalda dolorida por culpa de aquel indeseable colchón, tan irregular en superficie como incómodo para cualquier intento de descanso. Era increíble que aquel hotel de tres estrellas tuviera semejante artilugio de tortura…Y no sólo era la cama, sino toda la habitación. El mejor de los ejemplos lo encontré en el espejo situado encima de aquella vetusta cómoda, que no hacía para nada apego a su nombre. Se podían apreciar todas las virtudes de la habitación: una suciedad esparcida por toda su superficie reflejante, con la apariencia de ser ya longeva y que no tuviera la mínima intención de desaparecer; o la compañía de la carcoma que cubría aquel mugriento marco ovalado de una madera que se adivinaba que era de roble, aunque más bien parecía queso de gruyere barnizado. Y ahí estaba yo. Sin la más mínima esperanza de irme. Y no sería porque no tuviera la oportunidad de hacerlo, sino porque realmente no quería. Mi atracción por el espejo era muy grande. En un principio lo observaba desde la distancia, pero al final formé parte de él. Como todos aquellos que alguna vez permanecieron en aquella habitación.
Madre le ordena a padre que tape el espejo del comedor todas las noches. Le dice que le molesta que los difuntos de la familia se asomen a cotillear mientras ella duerme. Padre sonríe y, a regañadientes, lo tapa. Él no cree en supersticiones. Yo, si estuviera en su lugar, tendría cuidado. Madre es muy irascible y nunca es conveniente reírse de ella. Sé por experiencia que si le llevas la contraria, lo pagas caro. Nunca perdona los errores ajenos.
Anoche, padre se olvidó de tapar el espejo. Madre se dará cuenta nada más levantarse. Estoy seguro de que esta misma noche, padre se asomará con nosotros a cotillear en el comedor.
Aquella mañana se encontraba aburrida, de baja, intentando recuperarse de la gripe que llevaba arrastrando desde hacía un mes.
Tenía tal grado de apatía que todo lo dejaba atrasado, pensaba tal vez mañana…
La casa le pedía a gritos atención pero era incapaz de ponerse manos a la obra.
Sentía sensación de aislamiento. Esforzándose se conectó a internet, la embargaba una sensación de pérdida e introdujo su nombre y apellidos. En la pantalla apareció una biografía que podía ser la suya, sus hobbies, su pasión por los viajes y lo más desconcertante su misma fecha de nacimiento. Después una fecha de defunción que coincidía con aquel repentino ataque de tos de diez días antes que la pilló desprevenida.
Con curiosidad se levantó y se miró en el espejo del salón, por más que se buscó en el reflejo solo vió los muebles que estaban detrás de ella.
En la ciudad sin alma, los cristales ahumados de los fríos edificios se obstinan en trasegar peatones apurados y automóviles con alma de quelonio. Su río, mil veces depurado, y mil y una veces corrompido de légamo y pecina, devuelve al cielo su aspecto de pobretón vestido de perpetuo terno de invierno.
En la ciudad sin memoria, hay numerosos y mezquinos palacios que forran sus paredes con beatíficas telas e hipócritas altas lunas que, sabiéndose desertoras del firmamento, reflejan honestidad y bonhomía de las caras de sus selectos usuarios.
En la ciudad sin futuro, en los escaparates a oscuras de difuntas comerciales, se quedaron perennes las miradas del pasado, extraviadas para siempre de sus dueños, mientras los oscurantistas celebran que en sus cristales habiten fantasmas.
En la ciudad sin alma, sin memoria y sin futuro, cualquier día, a la hora del aperitivo, ante los espejos del Callejón del Gato, se atusa el bigote Don Latino de Híspalis, mientras piensa, al contemplarse, que todo en su ciudad funciona como es debido.
Reflejado en el falso espejo, su imagen inventada plasmaba aquello que nunca fue, lo que ya no sería. Y se vio como un eco mudo, una resplandeciente sombra, un hecho inacabado, porque allí en el espejo de su alma, que ya no era suya, prevalecían las falsas apariencias que fingía ante la gente, a la que decía que apreciaba.
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