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PREMIO SENDERO EL AGUA 2024
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Una noche mágica: buena música, el mejor vino… Y, a mi lado, una hermosa dama. Para empezar una conversación, presentome:
― Buenas noches, señorita. Me llamo Alonso… Alonso Quijano…
Y ella:
― Mucho gusto. Soy Juan…
En un lugar del mundo de cuyo nombre no quiero acordarme, el caballero hace dormir a su hijo, mientras juega a la muerte. «Aún nos necesitan, Alonso«, dice, y mantiene cerrados los ojos. Mientras se suceden las guerras y los desatinos del hombre, un pobre actor le susurra al oído «Infeliz el pueblo que necesita héroes«. El caballero y su hijo exhalan.
El decimoséptimo día de lluvias el río Moire se desbordó. Furiosas lenguas de espuma invadieron el museo de armas medievales de Clichy-les-Bains. El viejo edificio no tardó en venirse abajo. En un instante, lanzas, alabardas y flechas quedaron a merced de la corriente.
No se sabe qué fuerza sobrenatural mantuvo a flote las pesadas corazas pero decenas de armaduras completas comenzaron a desfilar erguidas entre las olas como si los heroicos espíritus de los guerreros anidaran aún en su interior. Al divisar las crestas de los yelmos, las locas del vecino manicomio de las Hijas de la Caridad se lanzaron al río remangándose las faldas entre gritos alborotados creyendo que todo un ejército de caballeros andantes había venido a liberarlas del yugo de las monjas.
Pese a las incesantes búsquedas de los lugareños durante los meses que siguieron a la riada, jamás se halló rastro de las pobres mujeres. Sin embargo, desde aquel extraño día las monjas de la Caridad sufrieron terribles sueños en los que fornidos caballeros surgidos de las aguas trataban de arrastrarlas hasta orillas prohibidas mientras resonaban sin cesar a sus espaldas los lujuriosos mugidos de las locas.
RELATO FUERA DE CONCURSO POR SER JURADO ESTE MES
El combatiente atraviesa victorioso el umbral de su fortaleza y contempla con admiración en el espejo el porte del vencedor. Durante varios minutos se recrea ufano con la imagen. ¡Cuántas conquistas logradas con esa vestidura! El sabor del éxito le despierta el apetito y su cerebro se anticipa al olor de los huevos con chorizo que esta noche se va a zampar.
Al quitarse el yelmo aparta la vista de su rostro, no reconoce esa mirada de cobarde. Se desprende de la coraza y frunce el entrecejo al descubrir su barriga peluda. Tampoco se identifica con ese cuerpo fofo y rompe de un puñetazo el espejo. Se está poniendo de muy mal humor… y ese pestazo… Pero no tiene ningún sentido seguir fingiendo, aquí en casa no necesita el disfraz.
Entra en la cocina y se le envenena el ánimo del todo al ver a la foca friendo unos salmonetes. Nunca imaginó que el matrimonio pudiera deteriorar así a una mujer. Y además, hoy no le apetece cenar pescado. ¿Tanto cuesta complacerle? Enfurecido por la afrenta, se da media vuelta y regresa al vestíbulo para desenvainar su espada.
Otra vez provocándole, la muy zorra. Pues ella se lo ha buscado.
Antidepresivos, ansiolíticos, vodka… un día detrás de otro dejando que la vida pasase de largo, ante sus narices y sin poder cambiar el papel para el que había nacido. Su historia era conocida por todos. Hubo un tiempo en el que los niños la escuchaban recostados en sus cunitas, mientras los mayores narraban los mitos que construían ese mundo de creencias compartidas.
No entendía nada.
Por más que recorría el mundo no daba con una sola princesa a la que rescatar. Las mujeres estaban ocupadas en sus quehaceres, en sus creceres perdón, y no deseaban que nadie las salvase de ningún peligro.
Al parecer habían aprendido a vivir sin miedo y eso las había dado un grado de libertad realmente interesante en su búsqueda de la felicidad.
De repente, alguien se acercó a su mesa redonda en el bar de carretera donde se encontraba en ese momento.
“Me invitas a una copa?” oyó.
”Claro ¿cómo te llamas?”, preguntó feliz.
Desde lo alto de unas plataformas del 45 y con una larga melena rubia cayendo sobre el hombro izquierdo escuchó: “Manolo, pero puedes llamarme Lola”.
El luminoso “Casa Arturo” hacía guiños sobre el dos caballos plateado que esperaba en la puerta.
Esa imagen de caballero perfecto se desvanece delante de mis narices, los días de flores, arrumacos y bombones se han perdido y nunca van a regresar. Se ha ido, él había prometido que nunca iba a volver a engañarme, pero lo ha hecho, y yo como una tonta confié en él. Se ha ido con la muchacha de trenzas rubias y aire risueño, y no me ha dejado más que una nota entre la lista de la compra. Doy un grito ahogado ¿qué hay de todas esas promesas de enamorado? Los recuerdos sólo sirven para alimentar el odio. Salgo de la casa que hemos compartido durante más de treinta años, nunca más volveré a creer en caballeros.
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