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– Gracias por venir esta noche. Han sido ustedes un público maravilloso. Me gustaría despedirme con un tema que lleva por nombre “La niña triste”. Va por ella.
Vámonos maestro…
“La llamaban niña triste
Princesita sólo en casa
Ella invocando la luz
La luna le da la espalda”
La voz rota y dolorida y el arpegio de guitarra iban susurrando al aire notas que duelen al alma. Dejan salir el lamento cristales en la garganta. Despacio el tiempo y la nada. Que no despierte la niña, que se quede adormilada.
“Buscaba que la quisieran
Nadie vino a rescatarla
Sola se queda la niña
Nadie dijo que la amaba”
Todas las sufridas-y-castigadas-princesas-niñas-tristes que presenciaban el concierto sintieron con la música la espina del dolor y la angustia, de lo vivido, de lo por vivir, el sufrimiento universal de la mujer en el mundo.
“Ella queriendo del sol
La luna le da la espalda
La llamaban niña triste
Princesita, sola en casa”
Amparada en ella misma, recogida en su miseria, la que nunca fue princesa llora océanos por dentro porque no puede por fuera.
-La princesa tiene una pequeña infección en el lagrimal, lo que le provoca esa irritación ocular. Yo mismo vendré la próxima semana a palacio para practicarle un sencillo drenaje que eliminará esa infección y por tanto ese continuo lagrimeo.
—Creí que no terminábamos. Apaga, anda.
Descalza, la princesa se sienta en la orilla y chapotea con los pies en el agua. Tiene que encontrar una rana. Y no una cualquiera. Una perfecta. Ha desechado a todos los príncipes del reino y solo le queda confiar en las leyendas. No entiende dónde se esconden. Estira el cuello. Mira hacia un lado. Hacia otro. Afina el oído, pero no escucha nada.
Mientras tanto, ocultas entre los juncos, las ranas esperan calladas a que la princesa se marche. En la charca también se cuentan historias. Hubo algunos batracios que se dejaron seducir por bellas damas y, tras un beso envenenado, desaparecieron para siempre convertidos en altivos caballeros que ya nunca volvieron a croar.
La princesa miró por la ventana de su habitación, que daba a un patio interior de un barrio de extrarradio.
“Princesa” Así era como la llamaba su padre desde que era pequeña, como la despertaba por las mañanas y le daba un beso antes de entrar en el colegio. Princesa fue cuando acabó el bachillerato y fue aceptada en la universidad. Cuando se graduó y cuando…¿ahora qué? Princesa sin castillo, princesa sin fortuna, y lo que es peor, princesa sin futuro.
Princesa sin posibilidades en su reino, porque no hay trabajo, porque no hay esperanza, porque el futuro se ve incierto. Esta princesa debe coger las maletas y partir. En esta ocasión las princesas no parten con su príncipe encantado, sino solas, con la única compañía de sus ilusiones y de un portátil conectado a skype para hablar con su familia.
Pero la princesa labrará su futuro fuera, matará al dragón de la desesperanza y un día volverá a su reino amado cargada de sueños nuevos, cargada de nuevas ilusiones y con sus triunfos como nueva bandera.
Porque ser princesa implica muchas cosas, y una de ellas es soñar con una pasión que solo puede ser sofocada cumpliendo los sueños.
Cuando, al año de mi desafortunada boda, abandoné al príncipe, visité a la reina Zyra, en las montañas de Altái. Con ella cabalgué por las estepas siberianas hasta los profundos desfiladeros donde, debido a la furiosa voluntad del viento, los bosques mueren tumbados, como los hombres. Allí transformé mis experiencias en diarios de viaje, mi angustia en poesía y encontré el latido de mi existencia. Entonces, con mi voz soleada y feliz, regresé.
Lejos del reino, en una aldea escondida tras un cerro, encontré un trabajo y una sencilla casita, sin soledad y con muebles. Y, aunque mis escritos fueron elogiados, no logré eclipsar esa parte de mi vida que aparece en el pegajoso cuento que un famoso escritor añadió a su antología. Entiendo que la contraposición entre mi insoportable familia y mi edulcorada boda es atractiva, pero me desconcierta que todos se encallen en ese excesivo final con inútil moraleja, y que nadie valore las palabras que tejieron las versiones particulares de mi vida, tan alejadas del otro relato y que deberían haber servido para que todos dejaran de llamarme con el horrible y humillante mote que inventó mi madrastra: Cenicienta.
Le ha costado mucho trabajito decidirse este mes, pero finalmente, Marta Calderón, desde su librería SANCHO PANZA en Cabezón de la Sal, mantiene su colaboración ofreciendo un libro como regalo (que se podrá elegir entre tres títulos cercanos a la obra homenajeada) a uno de los relatos del mes anterior que cumplan esa condición.
ABR81. DON QUIJOTE EN LA BIBLIOTECA, de Juana Mª I…
ABR24. ELOGIO DE LA LOCURA, de Ana de UráN
ABR44. NOMBRE DE CABALLERO, de Paz Alvar
ABR76. EN LONTANANZA, de Héctor Hernández
ABR78. QUE TRATA DEL DESCUIDO DE SANCHO Y DE SU PO…
ABR96. EPÍLOGO, de Beatriz Carilla Egido
ABR104. DUELOS Y QUEBRANTOS, de Mei Morán
ABR124. DON ANSELMO Y SANCHO, de María Sergia Mart…
ABR138. PERDIDO ENTRE HOJAS, de Antonia Garcia Lag…
Gracias a tod@s.
Fue inesperado, toda una sorpresa para la preciosa princesa, sentada en el parque bordando Una bonita mariposa de varios colores. Apareció él, todo un caballero medieval montado en su caballo. Sus miradas se cruzaron, aunque ninguno de ellos dijo nada. El siguió su camino con paso tranquilo, ella recogió todos sus hilos de colores, y marcho a palacio. Una gran tormenta se desató, la nubes se pusieron muy negras, algún rayo que otro se iluminaba en el cielo, ella miraba desde la ventana, cuando volvió a ver de nuevo a lo lejos al caballero. Sus pensamientos revolotearon como parajillos encima de su cabeza, tenía dudas, no sabía nada de él, y tampoco sabía porque pensaba en él. Pasaron los días, y se volvieron a ver. Aquel mercadillo medieval los volvió a juntar. La princesa se acercó a ver lápices de colores, y allí estaba el “su caballero” El mismo se los mostró, e incluso se los regaló. Ella ruborizada, no sabía porque, el –Dijo, sé que los utilizara, sabiendo que yo te los regalé. La princesa en ese mismo momento, supo las dudas de sus pensamientos. Sintiendo en su estómago la mariposa, que ella misma aquella tarde bordo.
Aún no había anochecido cuando Irene decidió no dejar de sentirse princesa. Estremeciéndose le descubrió que no la tendría más; ni sería la reina de su casa; suspirosa le devolvió la llave. y recitó…
Fue todo demasiado típico, como el guión de una película que ya has visto. Nos conocimos hace hoy veinte años, cuando él paró su motocicleta en el arcén de la autovía. Le dije que no sabía cambiar la rueda y me ayudó. Tenía unos ojos preciosos. Yo ese mismo día estrenaba vestido y acababa de cortarme el pelo, pero no se lo conté. Me invitó a cenar y me enamoré. Nos casamos al cabo de unos meses. Vivimos en una casa grande, para los niños casi un castillo. Con el tiempo he descubierto que tiene celdas que nadie más conoce. Cada aniversario me encierro en una de ellas y, envuelta en un ovillo de remordimiento, lloro en silencio. Me siento una farsante, una intrusa del destino. No soy la princesa de ningún cuento. Sigo siendo la misma chica que cambió de nombre hace ya veinte años. La que no paraba de temblar al ver al policía pararse junto a mi coche. Y mi cuento se difuma cada vez que imagino a mi marido llevando su mano a la culata de la pistola, mientras me pregunta qué hay debajo de la manchada lona del maletero.
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