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Al finalizar el libro de Dorian Gray deseé, no un retrato, sino una novela que me inmortalizara. Rozando el delirio culminé una obra que obtuvo una crítica unánime: era perfecta, el canon de belleza. Pero la fama y los vicios disolvieron mi cordura y la vanidad no me permitió advertir que mi obra solo gustaba a los críticos. Y, arruinado, abandoné un arte tan bello como inútil.
Meses después, en la cola del paro, comprendí que la belleza, por sí sola, es como retratar el aire, la nada. Y di un giro a mi vida: decidí escribir retratos de personas ocupadas en vivir, sin escatimar nada a la Historia, sin necesidad de sembrar preguntas. Volví a casa, afilé el teclado, reencontré la conciencia de las palabras y, en lugar de afiliarme, me hice galdosiano. Publiqué, como episodios nacionales, lo del presidente de mi destartalada escalera, que se fugó tras cobrarnos las derramas; las ruinosas preferentes del sociólogo del parque; el proceso de mi propio desahucio. Mil argumentos cotidianos, mil historias a las que solo añadí signos de puntuación, porque nacían manchadas de tinta. Hoy me han ofrecido un sillón, la eñe minúscula. Increíble.
Poco a poco le fueron sacando diferentes tomas en distintas posturas y en diversas partes de su cuerpo. Que si una radiografía, que si una tomografía axial, un escáner o una gammagrafía. Su cuerpo iba recogiendo el color de la paleta que ofrecía las distintas radiaciones ionizantes que la física nuclear ofrecía. Otras veces le aplicaron el color del diagnóstico por imagen que no utilizaba las anteriores radiaciones, como la resonancia magnética o la ecografía.
En cada uno de los casos le fueron sacando, uno tras otro, una gran variedad de retratos. No creo que por esta razón su alma menguara, pero lo que no pudieron sacarle nunca fue su enfermedad.
Hoy recuerdo las palabras de mi amigo Jaime, antiguo novio de Paloma, aquellas que me susurró en el hospital y que aludían a que ella poseía aureola, pero no como la de los santos, sino negra y amenazante. \»Quien la ve, se encuentra con el demonio, está condenado\», me confío poco antes de morir.
La intensa atención que le presté a Paloma a consecuencia de la muerte de Jaime, consiguió que estrecháramos lazos y desaparecieran de mi mente aprensiones. Era luminosa y encantadora, digna de mi amor y respeto. Sólo tenía una rareza: que no la fotografiara.
Pero hoy he disparado mi máquina sobre su perfil distraído: los auriculares la marginaban de los ruidos exteriores. He contemplado en el visor la toma y no me ha gustado una mancha negra que la envolvía, así que he disparado de nuevo. La mancha seguía allí, nunca en el mismo sitio, pero siempre ciñendo su perfil ignorante, ajustada a su cuerpo como una segunda piel. Ni con el revelado he podido evitar aquella sombra oscura.
Lleno de pánico, recuerdo las palabras de Jaime y huyo a toda prisa mientras un sudor gélido me advierte de que empieza mi cuenta atrás.
En última instancia, casi todo se reduce a una cuestión de percepción, querido Dorian. Tus actos, al igual que los míos, quedaron reflejados en las páginas de una novela, expuestos al juicio estético y moral de lectores procedentes de culturas y épocas diversas. Tú quisiste permanecer eternamente joven y sólo alcanzaste la miserable decrepitud en las últimas páginas de tu historia; en mi caso, mi insultante juventud e inteligencia, mi pretendida superioridad moral sobre una vulgar usurera no me valieron más que el sufrimiento y la culpa. Tú y yo, Gray y Raskolnikof, somos similares y diferentes a la vez. Tú nunca aceptaste estar equivocado; a mí de nada me valió purgar mi pecado. Da igual cómo actuásemos. Al cabo, lo que de nosotros sea dependerá de esas gentes a las que tanto hemos despreciado. ¿Te das cuenta de la crueldad con que se han conducido nuestros creadores, amigo Gray? ¿Comprendes ahora cómo nos han expuesto al juicio de los inferiores?
La nariz aguileña como seña de identidad dictando sentencia. Ojos negros, saltones, iluminando el espacio que tan fácilmente domina. Orejas con tendencia hobbit señalando siempre hacia arriba, expectantes ante cualquier amenaza. Labios carnosos, boca grande y apetitosa, abriendo la caja del tiempo que ella misma marca. Retrato entero, vivo, para triunfar mejor.
Para este año incorporamos la colaboración de la Libreria Sancho Panza eligiendo un relato de los que homenajean directamente a la obra que nos acompaña en ese mes, y ofreciéndoles un libro a escoger entre tres propuestos.
En enero el relato elegido fue EL SUPLICIO DE UN CUENTISTA de Edweine Loureiro. La fortuna quiso que nuestro primer envío haya viajado hasta Japón, donde reside el autor. Edweine ha tenido la gentileza de enviarnos la confirmación de la llegada de su regalo (eligió las Obras Completas y otros relatos de Monterrosso y le enviamos además El Bosque, nuestro librito de la 1ª convocatoria) Además, nos acompañó ayer en directo durante unos minutos en el chat a través del que anunciamos los ganadores de la Segunda.
Gracias a Edweine por su grandísisma amabilidad y entusiasmo, y aprovechamos la ocasión para agradecer vuestra presencia a todos los amigos de ENTC que participáis desde lugares tan alejados: Lituania, Argentina, Estados Unidos, Alemania, México, Bélgica, Canadá, Rumanía, Chile… Es un honor.
Después de un año de sufrimiento creyó terminada la obra. Entabló una extraña relación de parentesco con la muchacha retratada, aunque no conocía ni su nombre. Ni quería saberlo.
Aquel día daba sus últimos retoques. Escudriñó el rostro postizo y cetrino, incrustado forzosamente en el lienzo, que le miraba con ojos huecos. Se le revolvió el estómago. En un arrebato, roció la pintura con aguarrás y frotó enérgicamente con un paño. Salió presuroso a la calle dejando las llaves y al espectro de su hijita, dentro de casa. Sentado en el banco de la plaza, como cada febrero, esperaba la aparición de una nueva modelo.
Todo arte es a la vez superficie y símbolo. Quienes profundizan, sin contentarse con la superficie, se exponen a las consecuencias. Quienes penetran en el símbolo se exponen a las consecuencias.
Lo que en realidad refleja el arte es al espectador y no la vida.
La diversidad de opiniones sobre una obra de arte muestra que esa obra es nueva, compleja y que está viva.
Cuando los críticos disienten, el artista está de acuerdo consigo mismo.
A un hombre le podemos perdonar que haga algo útil siempre que no lo admire. La única excusa para hacer una cosa inútil es admirarla infinitamente. Todo arte es completamente inútil.
En el pasado, Pietro introdujo en el sobre la fotografía que le tomaron hace veinte años y se la entregó a quien iba a ocuparse de su encargo.
En el presente, unos operarios aumentan la fotografía de Pietro y la pegan sobre un tablero de fina madera. Después la cortan con delicadeza hasta obtener, conforme al pedido, doscientas cuarenta piezas distintas siguiendo el dibujo que van improvisando sus manos. Tras introducir el puzzle en la caja, lo devuelven adonde vino sin nunca más pensar en el asunto.
En el futuro, Pietro recibirá la caja y esparcirá los trocitos con suavidad en el suelo. Luego tomará una por una las piezas llamándolas por sus doscientos cuarenta nombres, uno por cada mes, y recompondrá lentamente la imagen de su memoria. Comprobará que es más fácil colocar primero las cosas que no tienen vida, los bordes, la pared, el agua sucia en el vaso. Con las piezas que le irán sobrando, sabrá de memoria dibujar cada arruga, cada visita, cada domingo, cada escudilla, cada insulto. Con este empeño, un día terminará al fin y colgará en la pared de su celda a ese extraño anciano, triste de frente, vacío de perfil.
El estaba allí dia tras día, mirandola fijamente con aquella mirada penetrante desde su retrato.Cada vez que ella se sentaba a comer sus ojos le decían que él era el dueño de todo.
No se atrevía a retirarlo de su ubicación , le tenía miedo incluso despues de muerto.LLevaba cinco años bajo tierra pero aún no se lo creía,a pesar de haber sido ella misma la que lo había mandado para aquel lugar del que nunca se vuelve.
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