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Cuando abrí los ojos supe que no había sido una pesadilla. La hija de Nara seguía junto a mi cama, respirando débilmente, pero viva.
La de Nara, esa noche, había sido una muerte trágica: era muy joven y había muerto entre aullidos pariendo a unos cachorros que morían al nacer.
Papá preparaba la cena cuando el parto se adelantó varios días. Nosotras colaboramos en lo que pudimos: hervimos agua, preparamos paños, tratamos de reanimar a los cachorros y de aliviar a la madre, pero no sirvió de mucho. A medianoche, mi madre envolvió a Nara en una toalla y con el último cachorro cobijado en el escote de su blusa, se los llevó a la única clínica abierta a esas horas. Volvió de madrugada, derrotada, con el cachorro, una hembra diminuta con pocas probabilidades de sobrevivir.
Esa noche nos acostamos casi sin cenar y todos, hasta mi padre, lloramos antes de dormir.
Mi hermana, que quería ser atea, quiso entender la muerte de Nara como una prueba de que Dios no existe, le parecía impensable un dios tan poco oportuno. El resto nos centramos en criar a la pequeña. La llamamos Maisha, que en swahili significa “vida”.
Emulando a los pájaros, el conejo sobrevoló el arbusto e intentó, como en otras ocasiones, sumergirse en la familiar negrura sin tocar suelo, pero se dio de bruces con varias vallas amarillas.
– ¿Quién las habrá puesto ahí?- Preguntó indignado con su voz chillona.- Ahí debía estar el gran agujero.
Como no hubo respuestas empezó a apartarlas una a una, ante la atónita mirada de la niña. Tras el arduo trabajo, se encontró la superficie tapiada y un llamativo letrero en cirílico. Dado que sus fantasías eran superiores a las trabas lingüísticas acertó a leer:
“RECORTES EN CULTURA HAN IMPEDIDO MANTENER EL AGUJERO”.
Miró a la muchacha con resignación y encogió los hombros. Alicia apenada se despertó de repente y sobresaltada notó el frío filo de unas enormes tijeras que suavemente acariciaba su blanquecino cuello.
Cuando despertó, se convirtió en un insomne perpetuo. Como un dragón pasó las noches con un ojo abierto y una oreja cerrada. Guardián del tesoro rubio que dormía a su lado.
En 1963 pasé la nochebuena peor de mi vida… sabia que mi marido iba a cenar adonde sus padres pero eran las doce y seguía sin venir… desde mi cuarto del hospital podía oír el jolgorio en las otras habitaciones…
Con dificultades por los puntos conseguí sacar de la cunita mi primera hija recién nacida. Con ella en mi regazo, llorando, canturree todos los villancicos que cantábamos por las calles nevadas de nuestro barrio parisino al ir y volver de la misa del gallo y recordé con añoranza como, después de la misa, mi abuela abría el biombo que cerraba el bajo de la escalera adonde ella tenia su cama: encima, y colgados del revés de los peldaños, estaban los regalos hechos por ella misma…
El día 26 volví a nuestra casita campestre y cuando enseñe mi hija a la damisela de la veleta de hojalata (ver cuento anterior), con la impresión de haberme por fin despertado, musité esta frase de Prevert:
“¿Y si tratábamos de ser felices? No seria mas que para dar ejemplo”
Y siguiendo un consejo de Voltaire:
“Decidí ser feliz, es mejor para la salud”
Escalofrío. Pánico. Un disparo, después otro. El latir de su reloj de pared, de época victoriana, le daba cobijo. Se levantó de la cama como un resorte buscando respuestas. Le detuvo aquel reloj que le hablaba con su tic-tac melancólico, deseoso de pasar otra hora, otro minuto e incluso, otro segundo. Salió de la habitación y cruzó el pasillo. Intentó abrir todas y cada una de las puertas que rodeaban aquel largo y doloroso corredor. Ninguna se abría. Lloró desconsolado, se arrodilló pidiendo misericordia, pero no hallaba ningún amparo. Únicamente el silencio, interrumpido de vez en cuando por su reloj victoriano, su único compañero de habitación y de vida. Estaba solo. Pasado un tiempo, en su mente empezó a atisbarse un halo de esperanza. Sonrió. Una puerta se entreabrió, dejando ver un minúsculo reflejo de luz. Fue hacia él. Abrió aquella puerta y se volvió a detener. Aquel habitáculo estaba vacío, arropado por cuatro paredes vetustas. Deambuló un buen rato, dando vueltas sin parar. ¿Qué ocurre? Se repetía una y otra vez. .. Era un sueño.
Cuando despertó, encontró las respuestas. Un disparo, después, otro. Su reloj victoriano seguía latiendo de manera melancólica. Pero él ya no lo oiría jamás.
La imagen que ahora memorizo es difusa, pero recuerdo que todo comenzó al presenciar casualmente como un hombre, de aspecto rudo, asfixiaba a Carmen, mi vecina.
Mi situación ya era extrema, tras el forcejeo con Ángel perdí el conocimiento y al despertar me encontraba maniatada y encerrada dentro de algo que podría ser un ataúd.
¿Cómo imaginar que con las prisas para no ser vista olvidaría las cartas sobre el muro?
Tratando de no perder la calma, tanteándome, encontré un encendedor que el muy sádico había colocado. Estaba dispuesto a hacerme sufrir.
Durante todo el día el revuelo policial en casa de mis vecinos me tenía inquieta, pero más aún cuando comprobé que quien dirigía la operación era un tal Ángel Castro. Creo que nos reconocimos al mismo tiempo, él mi pánico y yo su mirada de satisfacción.
Con el encendedor pude ver lo delicada que era mi situación, hilos de arena se filtraban por las fisuras del cajón. Dentro de mi angustia iba notando cómo me quedaba sin aire.
Cuando más asfixiada estaba comencé a tomarle gusto a mi mordaza. Eran los labios de Ángel, mi marido, con sabor a rico y reanimante café.
Tan rudo para unas cosas…
Serían las tres a.m. cuando abrió los ojos interrumpiendo sus sueños con un vacío en el oído izquierdo, una molestia incrustada en el canal que provocaba un ruido interior, en su cabeza, algo se había alojado ahí.
Tratando de librarse de aquella invasión introdujo un hisopo, no funcionó, aquello se movía en el delicado conducto generando cada vez más incomodidad, y ese ruido que no era ruido, sordo y distante, intentó con un alambre y a medida que su desesperación crecía en esa angustia comenzaba una sordera de los sonidos circundantes, pero no de ese hueco rasgado por los movimientos del intruso….y más objetos cada vez más peligrosos entraban en ese oído.
Finalmente, el cansancio le venció, se tumbó a la cama entre el dolor y la angustia y sin más, de su costado, sintió salir un pequeño insecto, una diminuta araña que le cambió para siempre su audición por ese ruido ensordecedor….
Cuando despertó vio la hora que era y comenzó su rutina. Cada mañana se levanta, se viste y sale a comprar el periódico. Después en el bar de siempre desayuna un café, comenta los titulares con el camarero y se marcha a buscar alguna obra. Le encanta observar cómo las grúas crean de la nada esas moles de viviendas, pero sobre todo le gusta discutir con sus compañeros de valla los aspectos técnicos de cada construcción. Al mediodía vuelve al bar y toma algún tentempié, mientras charla con sus vecinos de mesa. Por la tarde se sienta en el banco de la plaza e intenta arreglar el mundo. Al anochecer vuelve resignado a la soledad de su casa, toma leche o una pieza de fruta y hace tiempo hasta acostarse. Entonces con un “hasta mañana” se despide de los extraños que le acompañan. Alguna vez su nuera, otras su hijo, las menos su nieto, le responden con las mismas palabras.
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