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La repipi de Ceci y el suavón del Pomposo eran dos cuervos. Venían a casa en Navidad y se suponía que éramos primos.
Aquella Nochebuena, cuando nos mandaron a la salita para que no enredáramos en la cocina, Ceci dijo que papá era un vago, que llevaba un año en paro, y que el suyo nos iba a echar a la calle. El Pomposo añadió que era una vergüenza que mamá trabajara fuera de casa. Mi hermano temblaba de rabia, pero yo sujetaba su mano.
Señalé el patio:
-Mi bici es mejor que la tuya.
La muy tonta picó, y tan pronto salió al patio cerré la puerta y la dejé fuera bramando y tiritando, para que probara el frío de los que no tenían techo. El Pomposo se puso a gritar y le derramé sobre el pantalón una jarra de ponche. Como su madre temió que se resfriara, pasó la velada vestido con una falda y unas bragas. Fueron las mejores navidades de nuestra vida.
Ganamos aquella batalla, pero no la guerra.
Hoy Ceci dirige un banco que echa a la gente de sus casas, y el Pomposo es tertuliano en una cadena de televisión. Siempre lo supimos.
Me envuelven palabras lejanas, unos leves acordes y la oscuridad. Un silencio me transporta a mi niñez. Hace frío y nieva más allá de la ventana. A mi espalda parpadean las luces de un adornado abeto y cuelgan de la apagada chimenea, unos motivos navideños cargados de dulces. Un grito me estremece. Proviene de la habitación de mis padres. El reno esconde su sonrisa. Un sollozo me devuelve a la oscuridad. Suena una canción inmortal. No hay regalos en el árbol. Mi padre surge de la habitación escupiendo palabras oscuras. Me insulta. Mi madre, tumbada sobre la cama, yace maltrecha. Pienso en la sopa caliente, en los turrones y en el jodido champán. Tengo ocho años y ya odio estas fiestas. Mis hijos me leen unas palabras entrecortadamente,con la emotividad que sólo te permite la pérdida de un ser querido. No puedo escucharlos del todo bien. El recuerdo del bofetón de mi padre esa noche lo evita. Me veo llorar y saliendo por la puerta de casa. Corro y escucho el grito apagado de mi madre. No hay vuelta atrás. La imagen de la huida me devuelve al presente y al chirriar de unas ruedas al desplazarse sobre el suelo.
Mamá olía a turrón y, cuando nos sentábamos a cenar en la mesa del comedor la Nochebuena, yo le escarbaba el bolsillo en busca de algún trocito de mazapán que traía de la fábrica. El abuelo afinaba la botella de anís a cada trago que le daba mientras mamá servía el pollo. A mi hermana le daba pataditas bajo la mesa para chincharla. Son algunos recuerdos que me marcaron aquella Navidad. Ver a mi padre borracho intentando trepar por el árbol de Navidad para levantarse y posteriormente sentarse en la mesa insultándonos y pegando a mi madre y a mi hermana…
Siempre he querido inmortalizar aquella escena, aquella última Navidad que pasé con mi padre. Pero ya no es lo mismo. El abuelo, sus cenizas las tengo metidas en la botella de anís que nunca llegó a afinar. Mi hermana sigue pateando, amordazada, queriendo gritar, intentando decir que estoy loco, pero no lo estoy, con los ojos rojos como cuando lloraba al darle un puntapié fuerte bajo la mesa. Y mamá ya no tiene turrón en su mandil, ya no huele a yema tostada ni a mazapán. Es difícil ponerla erguida en la silla, tal vez hubiera sido mejor incinerarla a su muerte como al abuelo. Entonces, cuando todos callan, junto las manos y rezo para bendecir la mesa; y grito, como cuando era pequeño, que las Navidades sin papá, si son posibles.
Vas a ser la peladilla que se queda en la bandeja de los dulces.
De tanto escucharla, esta sentencia se convirtió en una especie de mantra del desprecio. Pero unas Navidades, no recuerdo el año, ya no pude contener aquél impulso. Al terminar la cena, tras la volatilización de los polvorones, mantecados, turrones incomibles y de los otros, contemplé aquellos corpúsculos blancos que yacían sobre la plata apagada. Lentamente fui llevándome a la boca a cada uno de esos mártires, no dejaría a ninguno en la estacada. Los invitados me miraban extrañados desde la lejanía de su frialdad. Al terminar me acerqué al corrillo donde él se encontraba, con la bandeja de plata sobre las manos, y pronuncié un feliz navidad apenas audible que por el silencio de las circunstancias pareció ser un grito. Sus ojos se licuaron de un modo desconocido entonces para mi, y por efecto del frío que emanaba de su rictus las gotas que resbalaron por su rostro fueron convirtiéndose en copos de nieve, los mismos copos de nieve que ahora observo junto a él tras la ventana, mientras detrás nuestro, en la chimenea, crepita la leña del ayer.
“¿Cómo que no van a venir los Reyes?”, espeté a mi madre, provocando un llanto que ya resultaba recurrente. Tiritando y sin estufa seguí con el ritual. Encendí las velas utilizando cerillas y abrí una botella de vino, derramando tres cuartos sobre cada una de las copas, como en otras ocasiones. Desde que mi padre se había ido, hacía un mes, a ayudar a los pajes de los Reyes, yo era el hombre de la casa y, aunque me daba pena su ausencia, alguien tenía que poner orden. Pero mi madre con sus chifladuras, estropeando las fiestas. Que me olvide de regalos… todo el año portándome bien; sacando buenas notas; ayudando a Lola, la del tercero, a subir la compra… para que Melchor, Gaspar y Baltasar me recompensaran. Nada,… ¿qué mosca le habrá picado?. Se iba a enterar ella cuando viera el salón lleno de regalos. Ni uno, ni dos… Apagué la luz y cerré los ojos con fuerza, sabiendo que ellos no me fallarían. Al día siguiente me levanté de un salto, fui al salón y… no encontré nada en el suelo, ni… ni en las tres copas… ni en la botella.
Es habitual encontrar en todos los belenes algún hombre sin importancia. Yo apreciaba mucho a éste, colocado sin rumbo conocido y con la vista fija en ningún sitio, disimulado entre el resto cuidadosamente coreografiado. Pantalones de pana, chaleco pastoril, polainas de temporada. Lo que lo hacía peculiar es que se cambiaba por sí solo de postura. Unas mañanas aparecía sentado, otras levantado, apoyado en el brocal. Yo lo venía observando hasta que una noche al fin dejó el disimulo, se movió y ya no paraba, empezó a vestir bien y llegué a sorprenderlo piropeando a la Verónica, que ya se contoneaba con merecimiento, o intentando incluso bailar algunos pasos de claqué navideño. Daba la mano a todo el mundo, deslizaba sobres en los bolsillos de los pastores e incluso aparecía por detrás de la pareja principal rodeándolos con sus brazos, como posando para una fotografía. La noche de reyes, como si tuviera un presagio, abandonó el escenario y, con mucho cuidado, se escondió en el roscón. Se libró de la caja del belén y ahora está en la de las sorpresas. Menudas juergas se corren ahí.
-Pero ¡se va a enfriar!, hay veces que no pareces su padre
-¡Por dios María! Sabes perfectamente que no lo soy.
-Habéis pasado muchos años juntos y él siempre te ha tenido consideración. O ¿cómo explicas que no haya decidido despedirte también a ti?
-¡Eso! Ahora ve contra mí, pero si soy el que mejor te ha tratado…
-¡Ya empezamos con los celos! Estábamos hablando de lo mejor para el niño y sales con lo que pasó.
-Sólo estoy diciendo las cosas como son, él hizo su aparición estelar, te dejó con el bombo y se largó, y luego ¿quién se hizo cargo?
-A ver, estamos un poco nerviosos con esto de los recortes, ¿volvemos al tema principal?, por favor.
-Está bien.
-¿Cómo vamos a calentar el portal?
-¡Siempre haces lo mismo!, perdona María, pero es así, ¡él ya no necesita un buey y una mula!
-Me vas a salir con lo de que es mayor ¿no?
-No, simplemente no necesita calor.
-¿Que no necesita ca…? ¿que no necesita calor? ¡esto es el colmo!
-¡Bendito sea! ¡Si es de plástico!
La mañana de Nochebuena, tras regresar de Doña Engracia, mamá con los ojos vidriosos repletos de felicidad activó la casa a base de órdenes. A papá le encomendó la compra del pavo más grande que viese; a Gonzalo el suministro de vino, una onza de turrón duro y medio kilo de castañas; a Pedro que consiguiera guirnaldas, un niño Jesús y que pidiese prestado una radio. Y a mí: «Hijo, pórtate bien y arréglate, que hoy vas a conocer a tu hermana». Y se metió en la cocina sin esperar respuestas. Una sonrisilla tonta se instaló en mi cara, que no menguó ni cuando mis hermanos y mi padre salieron a la calle renegando. Fue una alegría escuchar a mamá cantar mientras preparaba los arreglos de la cena y luego cuando cosía los encargos de Doña Engracia. ¡Qué voz! Yo cumplí con mi parte y fui el único. Doña Engracia no recogió sus vestidos, mi padre y mis hermanos llegaron con las manos vacías bien entrada la noche, mamá después del berrinche se encerró para llorar como una magdalena y mi hermana no se presentó, dejándonos sin Navidad como otras veces, según mi padre.
El interior del night club permanecía en penumbra. Un olor dulzón, mezcla de sudor, colonia barata y sexo me dio un bofetón al entrar.
Nadie reparó en mi presencia cuando cerré tras de mí la acolchada puerta negra salvo una de las chicas, que al ver entrar a un niño de diez años en aquel antro salió de la oscuridad y se lanzó como una posesa hacia mí.
– Largo de aquí enano –me espetó con una voz que me sonó estridente y cansada-
Antes de que me agarrara del brazo para echarme del local, apenas me dio tiempo a echar una ojeada rápida a mi alrededor.
En la mugrienta barra, bajo la débil luz de unos focos los vi.
El de la barba marrón apoyaba su cabeza sobre los brazos al parecer completamente borracho y derrotado.
El de la barba blanca, me miró fugazmente a los ojos, desde unas profundas ojeras que le hacían parecer más viejo. Los bajó avergonzado.
Y el de piel oscura se besaba con una mujer.
Papá tenía mucha razón cuando, mientras se lo llevaba la policía, me gritó riendo que este año no vendrían los Reyes a casa porque se habían ido de putas.
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