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Gelín venía mucho por mi casa. Llamaba con los nudillos en la puerta y me espetaba un “a qué jugamos” apenas yo abría. Era el abracadabra que conducía a un reino imaginario. La noche de Reyes habíamos estado jugando con una caja de cartón. Era una caja grande capaz de contener a uno de nosotros a guisa de improvisada barca. La galería se convirtió de pronto en una selva poblada de peligros. Había un ancho río y en sus márgenes rugían las fieras más temibles. No faltaban los ocultos antropófagos presentes en el latir de los tambores. Estuvimos remando río arriba, aventurándonos por senderos sombríos e inmiscuyéndonos en poblados abandonados hasta que fue noche cerrada. Entonces llegó la merienda del pan con chocolate y nos pusimos a mirar a través del cristal de la ventana. Afuera estaba oscuro. Quedaban muy lejos las calles principales y la cohorte de niños tiznados portadores de antorchas. Los dos pensábamos en si estarían nuestros regalos en la carroza de Melchor. De repente, Gelín cogió su impermeable y dijo: “marcho”. Y es porque había visto luz en su ventana, allí enfrente. Cuando me fui a dormir, la caja quedó en vela, esperando.
OTRA HISTORIA NAVIDEÑA
Entre los inmigrantes que habían arribado ilegalmente en la embarcación figuraban también dos subsaharianos, un hombre y una mujer en avanzado estado de gestación. Los agentes que suscriben siguieron su rastro por la rambla de Cala Carbón, desde la playa hasta unos antiguos establos que se encuentran unos cien metros al norte de la carretera del faro. Cuando los agentes llegaron, ya se había producido el alumbramiento.
Unos pastores que tienen sus rebaños en la zona habían prestado auxilio a los dos subsaharianos, que presentaban síntomas de agotamiento y deshidratación. El niño ha muerto.
La glorieta de los fugitivos. JOSE MARIA MERINO. Edit. Páginas de Espuma.
Acababas de nacer, es lógico que no lo recuerdes, aunque tú no necesitas recordar. Sin embargo, yo no he podido olvidarlo, tenía diez años y a esa edad aquella atrocidad me marcó para siempre. Vinieron a por ti, pero alguien había alertado a tu padre de lo que ocurriría y huisteis. Se llevó el oro, eso sí, mas fue tan ruin que no avisó a nadie y los mataron a todos. Acumulé el odio y el rencor hasta hacerme mayor. Con veinte años abandoné el pueblo con la idea firme de matarlo. Encontré un oficio que me permitía conocer gente de todas las comarcas y así di con vosotros. Tu padre ya había muerto y dirigí hacia ti mis deseos de venganza, no en vano tú fuiste el motivo. Siempre estabas rodeado de hombres rudos y me fue imposible acercarme sin levantar sospechas. Sin embargo, flaqueé en mi intención al escuchar tus palabras y observar tus hechos. Serías la causa, pero eras buena persona y no pude. Te perdoné como confío en que me perdones tú a mí por clavar esta lanza en tu costado para que no sufras más.
Aquella navidad, de niño, se le abrió abruptamente ese mundo entre fantasía y realidad. Refugiado en su habitación en medio de una densa oscuridad que le cubría en todas direcciones, intentaba aislarse de todo lo que en ese momento dañaba su corazón, Ahí estaba, solo, desgarrándose por dentro de manera silenciosa y triste. De alguna forma toda imagen; su madre, el hombre, el árbol, absolutamente todo parecía carente de tiempo. Lo que le habían dicho le causaba un enorme dolor atemporal.
Del otro lado de la puerta, golpeaba su madre, gritaba, temiendo por la salud de su hijo que hacia días que no abandona su habitación. Y ahí, sentado frente al retrato de su padre, el niño le respondía con un frió silencio, el mismo que sentía en su alma. Había tenido la mala pasada de decirle al pequeño; que ese hombre que veía recorrer la casa con pasos pesados, mirada perdida y movimientos torpes intentando adornar el árbol navideño, tenía tiempo de estar muerto.
Subía los escalones de dos en dos dejando tras de sí una vorágine de decibelios en forma de bienintencionados villancicos. Debía darse prisa pues sólo tenía diez minutos antes de que le echaran en falta y subieran a buscarle. Mientras ascendía pensaba en cómo había llegado a odiarle tanto, donde había perdido la ilusión y la magia de entonces. La primera vez que le visitó le dejó una pistola de juguete, de esas que disparaban pelotas de poliespan y que ahora su imaginación convertía en una Magnun calibre 44 con el cargador vacío tras llenar de plomo su enorme trasero. Luego llegó aquel camión teledirigido reconvertido ahora en el diablo sobre ruedas con el que atropellar con saña su excelsa humanidad, una y otra y otra vez. Qué decir del karaoke del año siguiente, en su mente resonaba un gutural HOHOHO!! amplificado por los micrófonos que le había hecho tragar. Por no hablar de aquel mecano con sus poleas, cuerdas y tornos oh! medieval artilugio de tortura y sodomía.
Casi había terminado, iba holgado de tiempo. Este año, al menos, podría ajustarse bien la barba. Risas nerviosas subían ya por la escalera, \»¿donde está papá?\» escuchó justo antes de entrar por la terraza.
– Mamá me gustan las Navidades. Me afirmaba Miguel, de pequeño, en una ocasión cuando la cabeza apenas le llegaba al borde de la mesa de la cocina en la que me hallaba preparando una bandeja de dulces.
Le miré fijamente a esos enormes ojos color miel que le abarcan casi todo el rostro.
– Son Navidades con sueños de algodón- le contesté risueña.
– ¿ De algodón?- exclamó arrastrando las palabras con extrañeza.
– Si, con belenes, magia, juguetes envueltos en papel de celofán, luces de colores, Reyes Magos, campanitas, ilusiónes y muchas cosas más.
– ¿ Con sabor a caramelo mamá?.
– Sí, como a tí te gustan.
Revolví su pelo y una lágrima resbaló por mi mejilla.
– Las Navidades de los mayores son iguales?
– Las de los mayores tienen , a veces, un sabor agridulce.
Puso cara de asco y se marchó corriendo como alma que lleva el diablo.
Me acerqué a la ventana y observé cómo los copos de nieve cabalgaban sobre la ciudad tiñéndola de un color mágico y especial, me quedé pensativa y mil imagenes acudieron a mi mente, deseé volver a la niñez y quedarme en ella para siempre.
¿Quién te mira tras el espejo?¿Recuerdas la lívida calavera de ígneas astas coronada? Diez, nueve… En la distancia clava sus ojos impíos en tu alma, y su fulgor te hiela la médula…Ocho… En este pasillo poseído por la oscuridad, en el umbral de tu infancia tus miedos cervales confabulan en lenguas inveteradas, proscritas. Siete, seis… Responden tus quedas preguntas siniestras ecolalias depredadoras del silencio. Seis… ¿recuerdas? Espectros viciosos acechan tu cama mientras ojos horripilantes brotan en la pared. Seis, cinco… Jamás has osado cruzar la noche de este lugar sin conjurar la luz. Tu infancia corrompida por esa pavorosa imagen se pudre en la celda especular. Cuatro, tres… Pero esta navidad todo cambia. ¡Coge tu lámpara! ¡Resquebraja la negrura del corredor! Dos… Tus compañeros cantan en el piso inferior, “Santa’s coming to town”.
-¡¡nnNunCA cRucé!!
– ¡Entra en shock!
– Gaspar, limítese a garantizar que las cinchas estén apretadas. Sé lo que hago… Uno, sigues por el pasillo.
-Nnnoooo.
– Alcanzas el espejo, los ojos del engendro devoran tu mirada; horrorizado comprendes… Al otro lado la canción continúa, “…coming, ¡SaTAN’s coming”.
-Ahhrggg.
– ¡Dios! ¡Doctor, está atrapado! ¿Cómo regresará ahora?
– ¿Regresar? ¡Jamás! No ahora que sabe quién es realmente.
Con mi familia me divierto más que nunca los últimos días de cada año y los primeros del siguiente. Me divierto más que el resto del año y no celebramos nada que nos imponen; lo hacemos porque creemos en el futuro haciéndolo realidad en cada presente.
Caminamos sin prisas por las aldeas, montes, ríos, ramblas y valles que rodean nuestra comarca; subimos, bajamos, descansamos debajo de los árboles endémicos, incluidos pinos y cipreses que estas últimas generaciones vienen plantando para las siguientes, volviendo a llenar nuestra tierra de ellos, que otras antes habían desnudado sin pudor para adornar y lucir con esos árboles sus salones luminosos, en pro de una celebración figurada.
Terminando el año repetimos el rito de plantar otro árbol cada uno de nosotros, que nos encargaremos de cuidar el resto de nuestras vidas. Y cuanto más adultos nos venimos haciendo más responsabilidades nos vamos echando encima, siendo el regalo más preciado que recibimos cada vez que cada fin de año plantamos uno nuevo.
Este fin de año, en la madurez de mi vida, presiento que luzco radiante con mi familia, y con ella sembrando felicidad.
Los charcos se vacían cuando saltas doce veces sobre ellos, las piedras pequeñas vuelan más, cuando les das una patada, que las grandes, los pollos se mueren poco a poco si les das un baño de agua. Las paredes se quedan de un color amarillo cuando estrellas huevos contra ellas. La ira se va con la violencia, la rabia se evapora con el mal pero luego vuelve al cuerpo en forma sólida y ya se queda para siempre. Aquella navidad, de niño, aprendí este tipo de cosas. Aprendí que la violencia engendra violencia , que una torta provoca ganas de romper un cristal, que la ausencia de la madre provoca ansias de matar , que la soledad hace a uno enfadarse contra el mundo. Aquella navidad fue la frontera entre el niño y el adulto. Aquella navidad con la madre muerta y el padre huido creó el resto de mi vida de una forma diferente.
Fue antes de que muriera mi abuelo, así que yo debía de tener menos de diez años.
Por Navidad, solíamos ir a Madrid en el 600, atravesando el puerto del Escudo y Somosierra, donde recuerdo que el dueño del restaurante tenía alguna clase de animal en una vitrina.
Yo, todos los años, comenzaba un cuaderno donde apuntaba cada pueblo por que el que pasábamos, que siempre tenía los mismos huecos, donde había caído rendida. Aún me sé los primeros: La Montaña, Las Presillas, Vargas, Puente Viesgo, Aes…
Aquella Navidad, de niña, fue la más divertida: A las chicas nos hicieron vestidos de papel Pinocho, y recuerdo una locura de persecuciones y risas, por el pasillo y el salón del piso del Parque de las Avenidas.
La noche terminó con mi tía Sonia, un año menor que yo, roncando frente a la tele dentro de su traje de papel.
Por aquellos años, las Navidades se parecían tanto unas a otras en aquel remoto pueblo pesquero. Navidades carentes de todo sonido excepto del murmullo de voces distantes que sigo oyendo algunas veces antes de dormir, que nunca consigo recordar si estuvo nevando durante seis días con sus noches cuando yo tenía doce años, o si nevó durante doce noches y doce días cuando tenía seis.
Las Navidades fluyen como una luna fría e inquietante que avanzara por el cielo que aboveda nuestra calle de camino al traicionero mar; y se detienen en el borde de las olas de aristas glaciales —verdaderos congeladores de peces- y yo hundo las manos en la nieve y desentierro cualquier cosa que pueda encontrar. Me veo sepultando la mano en ese festivo montón, blanco como la lana y con forma de campana con lengua, que descansa al borde de un mar que entona villancicos…
Dylan Thomas. LA NAVIDAD PARA UN NIÑO EN GALES (1950). Edit. Nordica.
Gracias a Paloma Casado, por su regalo navideño…
Al despertar metí la mano agarrotada por la artrosis debajo de la almohada y palpé. Ahí estaba, otra pieza más del tren y así desde hace setenta años.
Aquella Navidad, de niño, encontré el primer vagón y no llegué a adivinar quién me lo había regalado ¡ingenioso truco! pensé. Con el paso de los años dejé de preguntar. Railes, puentes, curvas, vagones de pasajeros o cargados con carbón, troncos o con sacos de harina y arroz.
Despacio, me incorporé e intuí en mis dedos una forma distinta. Encendí la lamparilla. La locomotora de vapor, la última pieza.
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