30. Piel de lejía
Querida mamá:
Comprendo que estés enfadada conmigo, pero me gustaría que pensaras en mí. Tú, más que nadie, sabes que mi vida es un esfuerzo continuo. Porque me lo inculcaste desde niña: «Lucha, lucha».
¿Recuerdas cuando compartíamos la cocina? Mientras yo hacía los deberes, le quitabas las tripas al pescado. Y tus ojos reían de orgullo imaginando mi futuro. ¿O era el tuyo? Porque siempre decías: “Un día seré la madre de alguien importante”. Y eso intento: alcanzar tus deseos. En segundo de medicina y la mejor del curso.
Con muchos sacrificios, voy saliendo del gueto. De este barrio marginal donde vivimos. Hoy, en lugar de ir a la biblioteca, Paula me invitó por primera vez a estudiar en su casa. Creo que te comenté que vive en una zona con clase, como tú dices.
No quise lastimarte, pero lo volveré a hacer si sucede de nuevo. Con el brazo metido hasta el codo en el retrete, así te encontré en uno de sus baños. “Hace poco que trabaja en casa —me respondió Paula—, no recuerdo cuál es”. Yo, mamá, con aire indiferente, le había preguntado por tu nombre.


Gran trabajo el de esa madre para que su hija salga adelante con todo en contra, con lastres de inicio, barreras casi insalvables. Gran mérito el de la hija por luchar por ello, por ella misma y por su madre, pero ese hacer que no la conoce, renegar de quien la trajo al mundo, simular que pertenece a una clase que no es la suya, no dice nada bueno de la muchacha. Precisamente, su mérito y el de su madre es el de ser luchadoras, cuando otros lo tienen todo más fácil. No tendría que ocultarlo, al contrario.
Un relato en el que las clases sociales pesan y mucho, tan duro como posible y bien contado.
Un abrazo y suerte, María
Ay… esas clases sociales que todavía nos separan como si, por eso, unos fueran superiores a los otros. Desde luego que pesan. Demasiado.
Un abrazo grande y feliz verano, Ángel
Si ambas reniegan de su condición, y eso las hace vulnerables. Un buen retrato de estas dos mujeres que pese a su situación no aceptan su propia identidad.
Desde luego, Rosa, ambas quieren integrarse en el «otro mundo». Aunque cada una a su manera. Y pasa lo que pasa.
Un abrazo Rosa.
A veces, pretender ascender en la escala social tiene estas miserias. Muy bien trazada esa parábola, que va de una primera parte con valores positivos a ese final agónico en que la hija reniega de la madre. Un saludo y suerte, María.
Así es el ser humano: ni blanco ni negro. Gris. Más o menos oscuro, pero gris.
Un abrazo Antonio y gracias por comentar.
El título me atrapó. Corrí a saber de dónde venía y tuve q esperar hasta el final, obligándome a disfrutar por el camino.
Edita, gracias por tu comentario. Un placer leerte siempre.
Abrazo grande
Qué historia más dura: no es fácil salir de la miseria, requiere mucho tanto esfuerzo que la mayoría de las personas no lo consiguen. Por eso me gusta el optimismo que destila la primera parte del micro, con esa madre y esa hija luchando por salir adelante.
Y qué decir del final. Joder, qué duro. Parece que la hija ya ha aprendido a comportarse para seguir relacionándose con las personas «con clase». No sé si a esa madre le ha valido la pena todo es esfuerzo que ha hecho por su hija.
Un abrazo y suerte.
Que tu hija reniegue de ti, debe de ser terrible. No me gustaría estar en la piel de esa madre. Ni en la de esa hija (que también lleva lo suyo).
Gracias por comentar Rosalía.
Abrazo grande y feliz verano.
Relato contundente, de los q remueven. Me gusta mucho el titulo, María, es genial.
Enhorabuena y suerte
Gracias por comentar, Alberto. Aprovecho para darte la enhorabuena por tu victoria en REC. Bueníiiiiimo tu micro.
Un abrazo
Duro, muy duro tu micro…Y qué real en tantos casos, sobre todo en generaciones anteriores no muy alejadas de nuestro presente. Me ha encantado, María. Otro abrazo y suerte, guapa.
Gracias, Puri, por tu comentario. Esperemos que estas historias se hayan desvanecido en la actualidad.
Un abrazo grande y suerte también con tu relato.
El clasismo es horroroso cuando, junto con la clase, adjudicas o no dignidad y otros valores quedan perdidos. Lamentablemente las clases elitistas, a veces, fomentan ese reparto de valores. Triste historia donde la hija asocia vergüenza a clase. Muy bien escrito María. Enhorabuena.
María, qué relato tan inteligente y demoledor. El verdadero horror no está en el giro final, sino en que una hija llegue a sentir vergüenza de la madre que se ha dejado la vida por ella. Duele precisamente porque resulta tan humano. Un final que deja un nudo en el estómago. Enhorabuena y un beso grande ❤️❤️