98. Sangre Real (montesinadas)
Cuando el equipo de limpieza salía, ella lo enredaba todo otra vez. Los zapatos colgados de las lámparas como banderas, el papel higiénico por el pasillo, pintado de rojo, como una alfombra para las recepciones de estado. Colgados, al revés, los retratos de sus antepasados, algunos pintarrajeados con una cuerda al cuello. Se entraba al dormitorio aplastando miles de bolsas de plástico infladas que crujían al pisarlas, y sobre la cama, un muro de cojines plagados de insectos y una maraña de sábanas custodiaban la corona de aluminio.
Los objetos habían decidido, hace mucho, ocupar para siempre el lugar donde ella los abandonó por primera vez. A la cocina accedieron con palas para retirar un festín de restos preparados para un cóctel imaginario y en el fregadero sobrevivían un buen puñado de corchos, gracias a su habilidad para seguir flotando tras cada naufragio.
Alguien dejó intencionadamente la puerta abierta y los buitres del corazón disparaban ráfagas con sus cámaras al interior de la vivienda, pero los que quedaron fuera consiguieron capturar a su alteza, cuando intentaba forzar un contenedor por la puerta trasera: lo usaría como carroza real para asistir a la próxima fiesta de gala.

