Segunda residencia
Los domingos al atardecer y tras escuchar el último motor que se aleja, el pueblo permanece en cauteloso silencio por un rato. Luego, cuando el peligro se aparta del horizonte, salimos de entre la maleza que invade el viejo cementerio y nos sentamos en círculo en la plaza y, como hemos hecho toda la vida, charlamos, reímos y tomamos la fresca. Después de compartir los chascarrillos de costumbre y para evitar sobresaltos, organizamos los turnos de guardia y, más tarde, mientras unos juegan unas manos a la brisca, otras, canturreamos alguna tonada sanjuanera, hasta que la Luna asoma su rostro entre las nubes y, amablemente, nos apremia. Entonces, volvemos a habitar nuestros hogares, tal y como nos los devuelve el recuerdo. Pero, como el tiempo no se detiene, el fin de semana se aproxima de nuevo sobre ruedas y por miedo a que la fatalidad nos desvele ante los otros, regresamos acelerados a nuestras tumbas. Todos, menos el tío Federico y su hija Libertad que,con resignación, ocupan su lugar en la fosa del otero —la que se oculta bajo un manto de salvia roja— a la espera de que alguien los encuentre y los entierre como Dios manda.

