15. Segunda residencia
Los domingos al atardecer y tras escuchar el último motor que se aleja, el pueblo permanece en cauteloso silencio por un rato. Luego, cuando el peligro se aparta del horizonte, salimos de entre la maleza que invade el viejo cementerio y nos sentamos en círculo en la plaza y, como hemos hecho toda la vida, charlamos, reímos y tomamos la fresca. Después de compartir los chascarrillos de costumbre y para evitar sobresaltos, organizamos los turnos de guardia y, más tarde, mientras unos juegan unas manos a la brisca, otras, canturreamos alguna tonada sanjuanera, hasta que la Luna asoma su rostro entre las nubes y, amablemente, nos apremia. Entonces, volvemos a habitar nuestros hogares, tal y como nos los devuelve el recuerdo. Pero, como el tiempo no se detiene, el fin de semana se aproxima de nuevo sobre ruedas y por miedo a que la fatalidad nos desvele ante los otros, regresamos acelerados a nuestras tumbas. Todos, menos el tío Federico y su hija Libertad que,con resignación, ocupan su lugar en la fosa del otero —la que se oculta bajo un manto de salvia roja— a la espera de que alguien los encuentre y los entierre como Dios manda.


La muerte parece igualar a todos los seres humanos como pertenecientes al club ineludible de los mortales. Pero la manera en la que vivieron y murieron marca a las personas, en su existencia y más allá. Hay injusticias y atropellos que establecen diferencias, hasta incluso la de no poder descansar en paz tras una atrocidad no reparada.
Entrañable, triste, realista y con mensaje esta buena historia de fantasmas.
Un abrazo y suerte, María José
Hola, María José, pues me gusta que esos pobres olvidados puedan echar sus partidas y disfrutar una tonada.
Pese a que fueron tan maltratados.
Dolorosa época.
Un texto que te saca una sonrisa hasta que la frase final te saca una mala leche… al menos a mí. Y no por el texto, claro, sino por la historia.
Me ha gustado imaginarme la escena y verles salir de la maleza.
Un abrazo y suerte.
Magnífico relato lleno de ternura e imaginación. Ya era genial así, pero añades ese final que nos pone en alerta y, como dice el compañero de arriba, la sonrisa torna en amargura. De este modo, todo ello nos lleva a reflexionar y a tratar de buscar o entender la justicia, o más bien, la idea de Justicia, que no llega, no llega…
Estos muertos tan vivos non dan puntada sin hilo: desde el título, que me encanta, hasta el final, magnífico y aleccionador, pasando por esos nombres (Federico y Libertad) que presiento que no están por casualidad. Incluso el color de la salvia…
Idea interesante esa de que los muertos vuelven a su pueblo, tomado por domingueros. Tiene reminiscencias de los años duros de la guerra y post guerra. El final es revelador y lo confirma.
Una identidad perdida que recuperan una y otra vez. Realismo mágico!
¿Qué te puedo decir, María José, que no te hayan dicho ya en los comentarios? Pues que me encantan las historias de no muertos que hacen vida de vivos con naturalidad. Y que el final es duro, pero quizás lo más realista de este relato fantástico, con los nombres de Libertad y Federico anticipándolo.
Un abrazo y suerte
Un relato que que no solo es ingenioso y original sino que tiene la valentía de posicionarse ideológicamente de manera valiente. La literatura tiene ese poder. Es entretenimiento, aprendizaje y cronica.
Un abrazo
Tremenda historia de la represión. Mientras que a Federico (García Lorca) y Libertad no les encuentren no podrán jugar el mundo de los muertos… como los demás. Muy hermoso y duro el relato lleno de realismo mágico infinito. Enhorabuena María José