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Pese a su experiencia como recepcionista, aquella pareja de octogenarios llamó vivamente su atención. En ningún momento separaron sus manos y de sus rostros sonrientes se traslucía auténtica paz. Habituado a una clientela motivada por las relaciones fugaces, formada por amantes clandestinos, o mujeres profesionales con sus clientes, su presencia allí constituía una verdadera excepción.
-¿Están aquí de paso –preguntó con tanta curiosidad como acento profesional pudo imprimir.
-¿Quién no lo está, joven?, camino de la eternidad, aunque unos más cerca que otros –respondió socarrón el anciano, acompañado por una risita cómplice de su mujer.
El hombre le tendió un sobre abultado encima del mostrador. “Es su propina, por las molestias” –dijo-, “sólo le ruego que no lo abra hasta mañana, cuando nos hayamos ido” –añadió.
Los vio alejarse en el ascensor, sin equipaje, como la mayor parte de los clientes de ese hotel de carretera, habituales consumidores de una sola noche.
Ajenos al entrechocar de cuerpos y jadeos de otras habitaciones, vertieron en sendos vasos el contenido de un frasquito que habían traído.
Los dos ancianos terminales -hasta en eso habían sido almas gemelas-, no dejaron de mirarse, convencidos de encontrarse al otro lado.
El chorro de agua fresca arrastra las legañas de su rostro de la misma manera que se fueron los años vividos. Y Manuela revive la primavera de su infancia cuando, aún niña, trabajó las tierras, cuidó los animales y atendió a una madre eternamente postrada en cama.
Porque recordar los años echados al lomo, como trabajadoras de jornada y media diaria, evoca dolores pegados al costillar; Y provoca un reproche que nace del pecho para surcar el sendero que marcan las arrugas de su cara. Una lágrima por padre y todos los que jamás escupieron un gesto de reconocimiento hacia estas mujeres. Las mismas que, a la par que trabajaban como hombres, corrían más que las penas para dejarlas atrás. Para huir de la miseria.
Por eso ahora, tras una vida dedicada a los suyos, no puedo evitar recordarla. Dicen que dobló el lomo e hincó las rodillas como nadie. Que llevaba colgando de las pestañas la pena saetera de una vida vivida sin vivir y que jamás regaló sus besos analfabetos. Todo eso me contaron en aquel motel de carretera del que se marchó lo mismo que se van las tardes de primavera. Sin decir adiós.
Miró de nuevo la arrugada nota y comprobó la dirección. La carretera adolecía de alumbrado y la noche era cerrada lo que le procuraba no pocas dificultades a la hora de leer el cartelón de la entrada.
Se cerró la chaqueta para ocultar las manchas con las que el idiota del guarda le había salpicado la camisa al recibir el disparo y se acomodó la pistola en el cinturón. El eco de las sirenas acercándose le impelió a entrar pese a no estar seguro de si era el lugar convenido.
La consigna la regentaba una mujer mayor de cutis labrado y verrugas en las manos. Sus ojos verdes conjuntaban con la pátina de moho que asperjaba el papel pintado y su corcovada espalda con las paredes ásperas y extrañamente inclinadas. Arriba se escuchaban gritos. Le recordó de pequeño, en casa.
La vieja le aseguró pese a sus objeciones que su estancia sería larga y puso una bala con su nombre sobre el mostrador. Asustado, se giró para largarse pero ya no había puerta. Reconoció entonces la voz de sus padres y acabó la epifanía entendiendo que las manchas de su camisa, quizás, no eran de la sangre del guarda.
Había reñido con el único amigo que le quedaba. Conducía irritado por aquel insulto, procurando expulsar de la mente evocaciones de la infancia. Adelantó un automóvil para él inoportuno, en una carretera que suponía diseñada para correr en un coche como el suyo, no para circular en uno barato como el de casi todos.
Su geisha rubia con ojos de color miel le esperaba en la cafetería. Vestía falda larga, una gargantilla de oro y una blusa desabotonada. La mujer le despreció con la mirada antes de recibir el beso en la mejilla. Sabia por experiencia, comprendió que en la habitación no tendría que actuar desnuda. Ni tocarse excitando en vano una impotencia irremediable. Tampoco ducharse, luego de soportar en la piel la orina caliente de otra eyaculación fingida; sólo escuchar a un ego enfermo:
– Ese desgraciado no tiene donde caerse muerto y encima dice que es feliz.
Horas después, un querubín, trabajándose el afecto de un cliente habitual del hotel, le llamó señor mientras abría la puerta del conductor.
En la recta subió el volumen de la radio con las teclas del volante. No quería recordar, pero aquellas palabras regresaron molestas:
– Sólo eres un pobre hombre rico.
Ajadas y de un color indefinido ondean al viento las cortinas a través de la ventana que nadie cerró. De nuevo en la ciento treinta y tres.
La encontré en un bar de Móstoles, detrás de un whisky on the rocks. Me enamoré de ella al instante. Antes de saber que acabaríamos en su casa. Antes de aspirar su aroma de champú de huevo y desinfectante. Sus pechos eran grandes y cálidos. Sus caderas anchas y confortables. Trabajaba en un viejo hotel de carretera. Limpiando. Le gustaba limpiar. Y atesorar aquellas cosas que la gente dejaba en las habitaciones. Como quien deja atrás media vida. Solía hablarme de esos objetos olvidados. Un vestido de novia hecho jirones, una medalla militar, una Beretta 92, una pierna ortopédica, un fonendo….. Jugábamos a inventar historias sobre los dueños de esos cosas. Sobre las razones por las que nunca volvían a buscarlas.
Porque nunca volvían.
Nunca.
No he podido olvidarla. A veces marco su número. Luego recuerdo que fue ella quien me dejó y cuelgo antes de que conteste.
Me gusta imaginarla en la soledad de su sala de estar, enfundada en aquel vestido de novia. Quizá se beba un whisky a mi salud. La estoy viendo, acariciando esa pierna ortopédica. Intentando decidir en qué parte de su vitrina coloca los restos del corazón que me dejé olvidado entre sus sábanas.
Y fue allí, vaya recuerdo.
El mismo tapiz, sobrio en las paredes, la alfombra que denota el paso del tiempo, el aroma a pasto húmedo que entra por la ventana, el susurro de la brisa y la lámpara mortecina que pendía del ventilador.
El bar también conserva esa imagen de ayer, vetusto, pero acogedor. La mesa junto al ventanal hoy está vacía, pero aquella noche…
La miró y quedó prendado, un mohín travieso le dio pié para invitarla a unir su soledades entre copas y charla. Luego la pasión desenfrenada.
Fue una noche única, jamás imaginada. Al llegar la madrugada debieron partir cada uno por su lado. Solo una mirada y el adiós con la mano, su auto se perdió en la lejanía.
Se mintieron mutuamente, por eso no sabe ni su nombre.
Hoy ha vuelto a pasar, se detuvo y pidió la misma habitación. Cierra los ojos y respira su aliento, su perfume, oye el susurro de su voz que a pesar de los años transcurridos sigue presente en el.
Se pregunta: ¿Dónde estás?…
No lejos de mi casa, unas luces de neón anunciaban el nombre de aquel modesto hotel de carretera. Desde la ventana, me gustaba observar a la gente que entraba o que salía con maletas .De niño solía ver, sin comprenderlo, parejas que acudían por tan solo dos horas y luego se marchaban. Después, de adolescente, e influenciado sin duda por el cine, me imaginaba dentro a Thelma y Louise o a Jack y Jessica metidos en harina, hasta que al fin, pasando ya de los cuarenta, decidí una noche ser yo el protagonista. Me vestí como siempre, agarré una maleta y crucé la calzada.
En recepción, un hombre que parecía cansado de decir “al fondo a la derecha” me entregó sin mirar la llave 104. No sé qué sucedió, pero al entrar ya me sentía extraño. Las paredes parecían vacías de recuerdos y la sordidez formaba parte del silencio. Abrí un cajón y luego otro y otro y el frío parecía rodearlo todo. Ya en el baño, abrí el grifo y me senté a su lado. Como todos los días, encendí la tele y me dormí. Al final concluí que para ser escritor no es preciso vivir una experiencia.
El pasillo enmoquetado era la zona perfecta para jugar al balón. Podían chutar y gritar con la tranquilidad que da el sentirse aislado. En cualquier otra zona les echaban bronca, incluso en el aparcamiento. El tipo que vigilaba la puerta les insistía: “Discreción, chicos, discreción” y, aunque el significado de aquella palabra no estaba del todo claro, podían intuir la petición de don Juanjo. Por no hablar de la gran ventaja: si jugaban al balón siempre en el mismo lugar, los demás niños y niñas que acompañaban a sus papás podían unirse al partidillo.
¡Maldita sea! Toda la adolescencia esperando este momento, al final me dices que sí, que lo deseas… Tú “te acuestas en casa de tu amiga”. Yo paso mucho ya, no voy a dar explicaciones, estoy hasta el gorro. Toda la habitación de este motel para nosotros, toda la noche.
Intimidad, nervios, deseo, va a ocurrir… Desnudez, repetimos las caricias mil veces habidas sin llegar al final. Eres mía, eres mía…
“No puedo. Lo siento. No puedo.”
Sollozos. Llanto.
Ven aquí, tranquila. No estás preparada.
“Increíble. ¡Increíble! ¡Cuando lo va a estar!”
Duerme, mi dulce muñequita, regálame al menos una noche entre tus brazos.
* * * * *
¿Qué hora es? ¿Dónde estoy? ¿Quién…quién eres tú? ¿Muñequita? ¿Pero…? ¿Cómo es posible? ¡Te casaste! ¡Me abandonaste por otro! ¿Qué hacemos aquí juntos? ¿Qué día es hoy?
Veintiún años tesoro. Han pasado veintiún años. Yo tampoco me lo acabo de creer, pero parece que ocurrió. Aquella noche que vinimos aquí casi por obligación, temía perderte y al final no hicimos nada. Te dormiste y creí que soñaba cuando desee con todas mis fuerzas que jamás te separaras de mí. Y resultó. Han pasado veintiún años en un suspiro y continuamos juntos.
Desde que te has ido esta habitación se ha quedado pequeña, ha dejado de ser nuestro universo vital. Qué suerte encontrarte, descubrirte sin buscarte, amarte sin conocerte, dejarse llevar… Ahora conservo tu olor, que me envuelve entre las sábanas, fantaseo sobre nuestro próximo encuentro, me percibo incompleto, inacabado hasta que vuelvas, te echo de menos. Son los pequeños detalles los que me acercan a ti, los abrazos, los susurros, la calidez de tus dedos sobre mi espalda, ese derroche de tiempo, sin relojes, sin presiones.
¡Una pena que no podamos obviar el asunto del dinero!
Conducía mi auto y me sentí abrumado, deseaba tomar un baño… Desde el primer momento que vi el hotel sentí escalofríos y una atracción morbosa. Era una zona de médanos; sin embargo, el hotel estaba rodeado de árboles de gran altura formando una barrera contra la arena. Solo una lámpara alumbraba el andador; más bien a un estanque de peces japoneses —mis preferidos—, adyacente a lo largo de él. Una pareja me recibió, el hombre registraba mis datos mientras caminábamos hacia una habitación, la mujer me dijo: “Te encantará”. Encontré una réplica de la recámara que ocupaba, hace muchos años, en la casa de los abuelos. Los señores se retiraron, no me dieron tiempo para preguntar. Todos los olores añorados llenaron la habitación y dormí como cuando era niño.
Sentí la necesidad de abrazar a esos señores al despedirme; pero no los encontré. Conduje mi automóvil, confundido pero ligero, sin esa pesadez causante de mi hospedaje en aquel hotel de carretera. A unos cuantos kilómetros había un operativo, ocurrió un accidente unas horas antes, varios vehículos colapsaron. No hubo sobrevivientes… oficialmente.
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