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Buscaba objetos, en el parque, para reconocer los colores que aprendí ese día. Vi un contenedor de basura, azul, montado en un balancín. Me acerqué con la intención de mecerme; pero un bicho aterrizó en mi zapato. Abrió sus alas,se enredó en la agujeta y cayó al piso patas arriba. Corrí para decirle a mi mamá lo sucedido; pero escuché que decía a sus amigas: “hice que la despidieran de inmediato. Es una cucaracha insignificante; pero hay que aplastar a esos bichos porque hacen mucho daño con el tiempo”. Sus palabras me hicieron recordar el nombre del insecto. La cucaracha me agradó; sin embargo tenía que aplastarla. Levanté mi pie para matarla, ella seguía luchando para incorporarse, algo pegajoso le dificultaba la acción. La luna llena iluminó su cuerpito… Me detuve. No pude hacerlo. Recogí la cucaracha. Me acerqué a las mujeres, continuaban hablando de la cucaracha más ignorante, vulgar y mal vestida que despidieron del trabajo; interrumpí, le dije a mi madre: “no hace daño, no muerde”, abrí mi mano y la cucaracha voló hasta el pecho de mi madre quien se desplomó. La cucaracha reposó encima de ella por unos segundos e inició el vuelo.
Por aquel entonces, para mí su cara era redonda, como de caramelo y chocolate blanco. Venía en sus visitas adornada de ciervos con trineos, brujas viajeras y hadas como valkirias. Sin embargo, ese alarde de magia no dejaba de ser una luz sospechosa que yo y mis peluches tratábamos a toda costa de evitar cerrando la persiana.
Con el tiempo, ella se olvidó de mi risa de niño y a mí me enamoró su luz de trampa, como de roca y ángel. Testigo de mi primer cigarro en la ventana, compartíamos ambos nuestras caras ocultas en esas noches en que todo es herida. Noches de puerta con pestillo y deberes a medias, de emisoras perdidas en transistor barato e insomnios voluntarios desgastando su nombre enredado en un verso; noches de fuego y posters, besos de celuloide en una almohada muda. Torpes ensayos (….) Reina de todas las mareas, su luz efervescente rozaba con violencia los bordes de mi cama buscando más incendios (….) No fue mucho después cuando empecé a escuchar a Leonard Cohen.
La luz resplandeciente de la luna llena iluminaba la noche mientras la familia se preparaba para emprender juntos una excursión por la playa al anochecer.
El anuncio de una de las tres lunas grandiosas y sangrientas del verano era la excusa perfecta para » hacer familia».
Emprendieron la marcha mientras el padre les narraba historias de «hombres-lobo» o «lobishome» como se les llamaba por aquellos contornos.
La charla derivó hacia leyendas como la «Santa Compaña» y el ambiente se transformó en algo mágico.
Cuando caminaban por las dunas de la playa notaron que alguien, a escasa distancia, seguía sus pasos.
El padre, atemorizado pidió que se callaran para comprobar si les seguían, pero sólo le respondió el silencio.
Continuaron su paseo con aprensión primero, y al ver que no ocurría nada, se relajaron.
De regreso cuando los niños inventaban hipótesis descabelladas y sus progenitores hablaban de problemas mundanos se oyó a su espalda un largo gemido, que no parecía proceder de ningún humano.
Los padres corrieron abrazar a sus hijos en un inútil intento por protegerlos.
En ese instante un animal de grandes fauces y rasgos humanos transformó una apacible noche de luna llena en una trágica jornada.
Existe una Bella Pradera.
Un Lugar inaccesible a no ser Que Hayas Sido Convocado.
Un Lugar en el que Los Árboles Guardianes y La Orla Espinosa del Bosque sellan Su Acceso.
Este Lugar Sagrado se descubre hoy Para Aquellos Que Han Oído Su Llamada: Seres Elementales, Duendes, Hadas, Elfos, Entidades Angelicales y demás Espíritus del Bosque aguardan a que El Claro sea desvelado por La Luna.
La Dama De Salom Se Hace Presente.
Las primeras hebras de La Gran Luna se enroscan perfilando ondas plateadas en Su Pelo y tejen sobre Su Cuerpo un delicado vestido de Luz nacarada y ambarina.
Camina descalza rozando sutilmente La Pradera para captar, cuidadosamente, El Último Rayo de Luna Llena que entierra en El Suelo.
Cada Invitado tiene Un Don que entregar. Y con cada Ofrenda va germinando y desarrollándose Una Planta De La Que Brota Una Flor que, henchida de Amor, segrega Un Néctar Ambrosía.
La Dama Habla:
«Sioa Dare Sei Dam Sereueieyye Tahj Ham».
«Sortidei Seiram Naradei Deam Carav Thturat»
«Sza Gnorodei Diahj»
Dharát»
(El Sol Conducirá Esta Información Al Agua Del Cielo.
Es Tiempo De Que La Valentía Humana Alcance Su Vibración Más Elevada.
Al Fin Comprenderán Lo Infinito.
Así Sea)
Le atraía el color rojo. Así que fue tras ella. La perdió de vista al doblar la esquina. Miró hacia el cielo. En lo alto, la luna llena agudizaba sus sentidos. Podía escuchar el eco de corazón y pulmones contra la caja torácica. Hasta olía el reservorio de deseos contenidos en medio de las piernas impúberes. “Otra zorra que lo anda pidiendo”, pensó mientras la perseguía por el callejón.
Otras veces había tenido que cerrar, él mismo con su corpulenta presencia, las rutas de escape a sus elegidas. En esta ocasión, solo bastó un golpe de pensamiento para dirigir los apresurados pasos de la víctima hacia el riachuelo. Quedó atrapada entre las escarpadas márgenes fluviales. Temblaba al verlo acercarse desnudo y con la virilidad izada por el influjo del plenilunio. Más esas contorsiones del cuerpo femenino no eran de miedo, sino espasmos para desvestirse del humano disfraz . En ese momento, deseó haberse tomado los antipsicóticos y estar tranquilo en su celda. Ahora le tocaba rechazar, con todas sus fuerzas, las caricias forzadas de colmillos y garras de algo sobrenatural.
Ella, enamorada. Él, lobizón.
Por las noches me escapo a fumar un cigarro al jardín. Casi siempre está allí. Debe rondar los dieciséis, pero siendo percha en la inmensidad deforme de su pijama azul, apenas aparenta doce.
Al principio hablábamos, nos contábamos obviedades que no supusieran una apertura interior, poníamos a parir a las enfermeras, criticábamos al cocinero de planta, hasta que un día no tuvimos nada que decir.
Ahora nos sentamos en un banco y miramos al cielo. Cuando hay luna llena nos permitimos unas miradas cómplices y algún comentario jocoso sobre su parecido con nuestras cabezas. Cuando hay luna nueva nos cogemos fuerte de las manos para no pensar.
Varias de las grietas de la luna rezuman sangre. Así el cielo se tiñe de un color rojizo amenazante. Los mayores recuerdan áun las primeras fisuras y bajan la voz cuando, por descuido, alguno menciona los períodos aciagos de lluvia púrpura. Nosotros no hemos conocido tales calamidades pero nuestros progenitores, alarmados por la falta de hombres y leales a una responsabilidad heredada, han dado sus vidas para procrearse y traer varones al mundo. Aunque los abuelos no temen salir a la calle se guardan muy bien de dejar salir a sus nietos. Los más cautos y sabios se apresuran a buscar ofrendas. Muchachos de esos, sin parientes que los protejan y, de preferencia los de vida disipada. Saben que no hay escapatoria y que los sacrificios humanos son necesarios para apaciguar a la bestia.
A la luna llena baja vino y, bajo ella, llena de dudas, la muchacha se sentó. Tan redondo el astro descolgado que acogió, como propia, la o redonda que en redondo la boca roja suspiro: “oh…”. De vuelta devolvió la luna el lamento con la letra, polvo blanco como lluvia empolvando su melena. Se miran entonces al espejo: una desde abajo mira arriba, otra desde arriba mira abajo. Pesares compartidos en la noche que alguien cuenta.
Cuando cerró la escotilla y se puso al mando del módulo que los llevaría de regreso a casa, Collins echó un vistazo celoso y afligido a la superficie de la Luna, que tan cerca tuvo y nunca más volvería a tener tan a mano. Sus compañeros se desprendían del traje espacial y rebajaban su euforia tras tan singular hazaña, pero él dispuso todo para que la maniobra de reentrada se realizara con el mayor rigor. El espacio, la atmósfera, el rescate en pleno océano… Su parte de mérito quedaría eclipsada por aquel breve paseo, dos frases ingeniosas, tres rocas y muchas fotos. Era como si el confeti cayera solamente sobre sus compañeros.
Su mujer trataba de disimular el enojo con caricias impostadas para que las cámaras no desvelaran tal frustración.
—Tu hijo necesita una figura heroica en quien reflejarse—daba a entender la mirada de su esposa.
Pero él no habría podido poner en peligro la misión por un capricho. Los héroes no son únicamente los que se arriesgan, sino, sobre todo, los que saben guardar la calma.
Aquella noche juraría que estaba en buenas condiciones, pero mis amigos decidieron lo contrario, optando por mandarme a descansar.
Despés de tanto discutirlo me largué sin pestañear, fuí directo al coche y salí a toda prisa dirección a casa. Enfadado, daba tragos a la botella de whisky para olvidar lo sucedido.
A pocos kilómetros me percaté del mal etado en que estaba. Sudaba sin parar y mi corazón latía a mil por hora, pero que diablos, no quería darles la razón a unos hijos de puta que me hechan de su fiesta.
Poco después, observé un puto conejo sobre el capó de mi coche. Saltaba sin parar mientras me gritaba: «no pares..sigue, sigue».
Asustado, decidí parar y tomar el aire bajo la luz de la luna. A penas logro recordar lo que pasó despúés. Intenté centrarme en aquella luna. Podía sentir su luz envolviéndome por completo y no sé porque coño lo hice, pero recuerdo que caminé hacia ella y sin darme cuenta tenía el foco de un maldito trailer sobre mi cara…
Hoy por hoy, no sé como carajo terminé en una bicicleta, con una botella de whisky en la mano y más aún discutiendo con un puto conejo…
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