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20 pares de pies, veinte pares de talones y no sé ni calcular cuantísimos dedos. Bueno deditos, que son tan pequeños, tan gorditos, tan tiernos…
Y tan impacientes ¡qué razón tenías! Cuando me dijiste “mira que aunque te gusten los niños, esto es una batalla”. Hoy yo te diría que más que una batalla ¡es un castigo! Pero un castigo tan llevadero que no podría vivir sin él.
Ya he sacado los correspondientes calcetines, desabrochado todos los botones, bajado pantalones, quitado camisetas y ajustado los bañadores.
Ahora toca poner los gorros, mira que son antipáticos estos gorros de silicona, menos mal que con los polvos de talco es más sencillo, y aún así hay, tirones, gritos y llantos. Llevan razón no puedo evitar que se les enganche el pelo y que sus ojos parezcan todavía más rasgados.
Ya están listos.
Como siempre, digo: «¡Ale a nadar! Pasadlo bien y tened mucho cuidado. Hasta mañana niños».
Y todos, uno por uno, me dan un besito, por cierto, bien babeado. Ellos son así todo cariño y les gusta demostrarlo. ¿Será ese cromosoma demás, ese que los tiene marcados?
Los miro embobada, hoy mi “batalla” con ellos ha terminado.
La mujer, trémula y cohibida, se quedó tendida sobre la tierra húmeda y sangrienta. De lejos parecía un bulto blanquecino, de cerca era un fardo gris y maloliente. Casi amanecía cuando vinieron a recogerla; le pusieron una chaqueta vieja sobre los hombros rendidos y se la llevaron a casa en silencio y con cautela.
La mujer era joven, casi una niña cuando empezó la guerra, pero una madrugada de espanto, mientras se aferraba a sueños destruidos, le brotaron hebras blancas en el pelo. También era valiente, incluso descarada, hasta que un peso inoportuno en el bombacho la puso en entredicho, y la abochornaba. -Estás viva -susurraban con alivio su madre y sus cuñadas. -Estoy viva -ella musitaba sin orgullo. Y qué tristeza vivir así, con este olor a miedo entre las piernas.
El grupo de soldados voluntarios se apostó frente a la hilera de condenados al desaliento. Inesperadamente, una voz de mando gritó contrariada: «Apartad a esa desgraciada de la tapia. ¡Rediós! Que se ha cagado encima».
La mujer se llamaba Martina y, tras aquella contienda sin sentido, se convirtió en una sombra perturbada y esquiva que vivió siempre con la mirada escondida y el corazón en un puño.
Cuentan que tras la batalla nunca más volvió a sonreír. Que después que aquellos soldados entraran en su pueblo, sus ojos dejaron de brillar.
La niña de la mirada triste tuvo que dejar de jugar con muñecas para hacerlo con el bebe del pelo del color del fuego, como el que nueve meses antes había arrasado con su vida.
Cuentan que el niño creció sin conocer el amor de un padre.
Cuentan muchas historias de cuando mi abuela era niña, aunque no todas sean ciertas.
Hoy la despedimos, serena, inerte, pero con una bella sonrisa en sus labios mudos.
Mi padre llora en mi hombro mientras acaricio el fuego que permanece en su pelo.
–Pudo haberlo matado, pero no lo hizo. Peter Pan es tonto.
Adel cerró el libro con furia, enfadado con su personaje favorito. Esperaba un final distinto, donde la batalla se hubiera resuelto con el ajusticiamiento de los perdedores. Miró por la ventana. El sol vestía de paz la pobreza de su pueblo.
–Papá, ¿por qué Peter Pan no mató a Garfio?
Su padre lo miró con ternura. No pudo evitar que sus ojos delataran una angustia fatal. Ayudó a su hijo a vestirse lentamente, ocultando los vendajes que cubrían su dolorido abdomen. Luego lo acompañó a la puerta y lo besó en la frente.
Adel se dirigió al mercado, repleto de gente a esas horas.
Cuando varias horas después, entre el caos y el horror causado, entre gritos de madres y charcos de sangre y barro, un bombero encontró el brazo amputado de un niño, no entendió la nota que apresaba entre sus dedos: “Cambiaré el final del libro”.
Dicen que se ha perdido la batalla. Que otra vez, la sombra de la guadaña suspira por cortar su vida, su alma. Su punzante frialdad ha entrado en él con la fuerza secreta de un virus. Ha arrasado con las defensas que le protegían y ha mirado fijamente su interior.
El bombeo.
El alma.
La vida. Y no lo ha dudado.
Se ha lanzado a por ella, rodeando y atacando su fortaleza, esperando a abrir un hueco para asegurarse la victoria una vez más. Sueña con que los refuerzos externos, en esta ocasión, lleguen demasiado tarde. Cuando nada se pueda salvar ya. Cuando el último latido se transforme en un simple rumor sobre las olas del mar. Estos son sus sueños y esperanzas:
Destrozarle una vez más.
Dicen que se ha perdido la batalla. Que ya no hay nada más que hacer. Sólo calmar el dolor de la pérdida. Cerrar los ojos y anhelar.
La localización del fin del mundo me pillaba a desmano así que, el día señalado por los profetas no acudí a la cita. Había dejado a todo el mundo tirado y, a mi regreso, me encontré a todo el mundo criando malvas. Supe que habían luchado con honor porque hasta mi lejanía llegó el eco de sus huesos. Contemplé el desastre de la contienda. La desnudez de la nada como paisaje, me dañaba la vista y el corazón. La ansiedad se apoderó de mí. El cuerpo me pedía un cigarrillo, dos, la cajetilla entera. Pero el último me lo había fumado poco antes del exterminio. De los estancos, estanqueros, plantadores, recolectores, tabacaleras, fumadores, no fumadores, y ex fumadores del mundo, no quedaba rastro alguno.
Ahora empiezo a añorar el pasado que se desvaneció en el aire, a temer al silencioso futuro que me aguarda. Respecto al presente… el presente es infumable. Debí saltar cuando aún existían los precipicios.
Amigo, compañero, hermano. Te llamo con la voz rota por el humo que empieza a disiparse, en esa campiña apacible transformada en un reguero de cicatrices y hombres. Siento calor en las mejillas y no acierto a encontrar en qué tenebrosa frontera sudor y lágrimas han dejado de ser algo distinto. Te encuentro, al fin. Tendido en una posición que revela una verdad amarga que no puedo asumir. No ahora. No cuando el fin está cerca. O eso nos dicen para que salgamos un día más a ser el propio combustible que nos consume. Giro tu cuerpo maltrecho y todo atisbo de duda se evapora. Ya no brilla la vida en el espejo de tus ojos. Te tocó pagar el precio terrible de esa libertad nebulosa por la que se supone que luchamos.
Mientras el desconsuelo me embarga acierto a retirarte el guardapelo. Las caras de tu mujer y tu hija me miran tras sus cristales y en sus sonrisas descubro la única verdad que nos mueve a nosotros, pequeños peones desechables: sobrevivir; regresar.
Jason McDonald estaba vivo.
Todo Charleston recibió con expectación la noticia. El viejo Freeman había asegurado que Jason se había desangrado como un cerdo ante sus ojos en Gettysburg.
Ahora, cinco años después, un abogado de Philadelphia les comunicaba la buena noticia y su madre, su hermana y su prometida, Millicent Kelly, lloraban juntas a la vista del telegrama.
A veces Millicent, deseaba haber muerto también en Gettysburg. Estaba cansada de no ser.
No ser viuda. No ser casada. No ser soltera.
Cansada de ser tan solo la pobre señorita Millicent.
Maldito sea el viejo Freeman, pensaba ella. Si acaso hubiera podido saber…….
El reencuentro tuvo lugar en el porche de los Kelly. Era la primera vez que estaban a solas. Sin carabina. Mientras Jason contemplaba como las colinas se derretían bajo un fulgor anaranjado, Millicent advirtió el temblor de su mano y un tic nervioso en su ojo derecho. No recordaba que sus ojos fueran verdes. Ni su costumbre de apretar los nudillos hasta blanquearlos.
De hecho, apenas lo recordaba.
— Yo creo….que ya no le quiero— Dijo Millicent, sin pensarlo.
Él la miró en silencio y asintió aliviado.
Después observaron la puesta de sol.
Hacía calor.
Era Agosto.
Ocurrió el marzo de sus trece años. Llevaba varios días, junto a sus padres y su hermano, tratando de huir por la línea fluctuante del frente del Ebro.
Vio cómo traían detenidos a dos brigadistas que habían encontrado escondidos entre los almendros. Eran corpulentos, tenían el cabello claro y los pómulos altos. Uno de ellos arrastraba su mirada hacia la vida efímera y venenosa que se agolpaba a su alrededor.
Los llevaron hacia un barranco cercano al camino. Después se oyó un estruendo de pólvora.
Al atardecer se escabulló con su hermano. Al asomarse al último de los márgenes pudo ver un montón de ramas ocultando algo.
Otro marzo, muchos años después, regresó. Acompañado de dos compañeros universitarios y una pala, volvió al lugar exacto. Entre las raíces de los almendros en flor empezaron a asomar costillas, un fémur y un par de calaveras, que introdujeron en un petate para transportarlos de vuelta a Barcelona. Allí limpiarían los huesos hasta dejarlos de un blanco sucio y uniforme.
Durante los años siguientes, los huesos recios de dos eslavos que fueron fusilados en una guerra extranjera le enseñaron toda la anatomía que necesitaba para convertirse en el médico respetable que pretendía ser.
Abre los ojos, mira el reloj y suspira. Solo resta media hora de paz. No los ha cerrado aún cuando toca diana puntual a las siete. Casi sin tiempo para asearse, se equipa con el uniforme de combate y se pone a cuestas las armas de destrucción masiva. Pero, antes de salir como una bala hacia el campo de batalla, escucha a voces las últimas instrucciones del comandante.
Llega a su destino y, tras una avanzadilla, observa que aún duermen, por lo que, de modo fantasmal, se adentra en la línea enemiga y comienza con la sangría. Haciendo uso de una logística admirable, las maniobras han sido un éxito y no ha dejado rastro de su adversario en todo el perímetro.
Ahora revisa su plan de operaciones, pero no olvida las órdenes del comandante. El coraje la paraliza. Absorta, localiza al enemigo en casa. Vuelve en sí y contempla las armas que lleva cargadas. Y decide hacerle caso sumiso. Se despoja de los guantes de látex, tira el friegasuelos, ata una sucia camiseta blanca al recogedor, se monta en la escoba y sale volando por la ventana, mientras, con una sonrisa, se repite: “Te vas sin prepararme el desayuno, bruja”.
He vuelto a perder la batalla.
No quiero despedirme de mis nubes; me sentiré extraño sin los otros que viven en mí. Pero no me resisto y bebo del vaso que me tienden. Trago y sonrío, aunque su mundo me aterroriza.
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