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La luna llena había dejado su puesto al sol, cuyos rayos iluminaban a una Emma que yacía totalmente desnuda tras la batalla de sexo y pasión de la noche anterior. Abrió los ojos y buscó a Silvia con la mirada por la habitación, pero no obtuvo resultado.
Sobre la silla vio una nota y sobre esta una rosa. Se levantó, cogió la nota y la leyó.
» Lo siento Emma, tengo que irme, entenderás que tengo una vida que continuar»
Emma con lágrimas en los ojos, rajó la nota, cogió la rosa y salió del hotel decidida a retomar su plan.
En el hospital y desde la lejanía reconoció a su madre, y con ella, aquel joven que besó a Silvia en la calle.
Esperó a que dejará de hablar con su madre, caminó por el pasillo y chocó con él intencionadamente, haciendo que cayeran los informes al suelo. Emma se agachó a recogerlos mientras se fijaba en la identificación que llevaba en la solapa de la bata.
– ¡ Ya te conocí, Víctor Villafrías ! – Pensó Emma.
El enfermero continuó su camino tras agradecerle su ayuda. Esta abandonó el hospital y fue directa a la casa de Isaías…
-¡Mira Juan!, mira lo que he hecho con el periódico.
-¡Déjame en paz Marisa, que me voy a jugar con mis amigos!.- La niña perseguía a su hermano con el papelito transformado en barco ondeando en la mano. Su hermano corría calle abajo al encuentro de sus amigos, huyendo de su hermana y su tesoro.
La tarde anterior ambos habían tratado de conseguir ansiosamente la figura del barco descrita en el libro de papiroflexia; doblando y desdoblando el papel hasta hacerlo añicos; ¡Y por fin ella lo había conseguido!. Ahora corría tras su hermano con la proeza en la mano.
-¡Para!, Juan. ¡Que sólo voy a enseñaŕtelo!.
– ¡Marisa, que llego tarde!. ¡Mis amigos han empezado a jugar sin mí y hoy toca batalla final en el fuerte!.
El niño protestaba, no sin razón, ante la testaruda hermana. Había pasado muchos días con sus amigos construyendo sueños como para que una niña con un barquito de papel les fastidiase el desenlace final.
De pronto, paró en seco. Se giró hacia ella y con una espontánea e ilimitada dosis de comprensión la miró a los ojos, la cogío de los hombros y amorosamente le dijo.-Ya lo se:. has hecho el barco. Te prometo que lo veo después de la batalla.- Marisa sonrió y con una dosis no menor de comprensión asintió con la cabeza teniendo la absoluta certeza de que su hermano vendría a ver el barco tras la última batalla.
El sol copulando desaforadamente con la tierra.
He perdido tantas veces la batalla antes de librarla que no recuerdo si la chaqueta, con la que tantas veces he intentado protegerme, es metálica, el Napalm de fogueo y si la colina que nunca tome era la de la hamburguesa; aun desconociendo si estaba embadurnada de gas mostaza. Oteo desde mis prismáticos los Altos del Golán, la franja de Gaza, el rojizo cielo de Bagdad… con la vista en un punto fijo y común a todos ellos y, observo, a pesar de las tinieblas que se interponen entre las bondades del hombre y sus demonios, el rostro de ancianos, mujeres y niños que clavan su mirada en el fondo de las lentes de mi distante binóculo. No me resigno y, de nuevo, me sumerjo en el fragor de una contienda que lentamente aniquila mi conciencia y entumece mi alma desabrida. Caigo, como siempre, otra vez derrotado y como siempre, impenitente, de nuevo me levanto.
Primero fue su compañero, después el primogénito, en los vacíos de sus ausencias sólo había germinado miseria. La mujer tuvo que tragar muchas lágrimas para sacar adelante al pequeño, el motivo por el que se levantaba cada día, soportaba colas con la cartilla de racionamiento, obraba el milagro de buscar papel y lápiz para que acudiera a la escuela.
Cansados de retozar en los socavones que habían dejado los obuses, los chiquillos decidieron esa tarde ir hasta las afueras del pueblo, cosidas de trincheras todavía distinguibles, tumba de muchos hombres.
Si algo habían aprendido aquellos pequeños supervivientes era a improvisar juguetes donde no los había, de ahí el regocijo de todos al hallar munición sin detonar. El tesoro se completó con el hallazgo de una caja de fósforos. Les faltó tiempo para juntar maleza seca y palos. En la alborozada hoguera arrojaron el objeto metálico. La bala, separada de la vaina por el calor, voló con violencia indiferente hasta atravesar un corazón.
Nadie como una madre sabe que la guerra insaciable mata hasta después de muerta. También, que es posible morir de dolor.
Era frecuente que terminásemos con bronca. Temblaban hasta los taburetes de la barra del café Paraíso. Cierto es que la televisión nos ayudaba con las noticias. Cierto también que el vino que se servía no era ni bueno ni malo, más bien de chato mañanero. Todos sabíamos de política, de enfermedades, de asuntos sociales, todos, allí no quedaba ni uno sin dar su opinión. Por las tardes los golpes en la mesa con las fichas de dominó agudizaban el jolgorio. A la noche, después de la cena, ya con el día sosegándose, saludos adormecidos al que llegaba, palmadita en la espalda y vuelta a empezar: el sinvergüenza de turno y hasta las predicciones del parte meteorológico nos conducían a la refriega y tras ella cada mochuelo a su olivo y todos de camino a casa, pensando : “ Ojalá mañana amanezca de nuevo y podamos seguir estando vivos , pero eso sí, a ser posible a ver si aciertan de una vez con el tiempo, aunque se acaben las batallas, ya encontraremos otra diversión”. Ahora ya no tenemos ganas de discusiones, la cosa va en serio, hasta Tito el del bar ha echado el cierre.
UN ALTO AL FUEGO (de Piluca Illana Herraiz)
En Las trincheras embarradas se amontonaban exhaustos los cuerpos sudorosos y heridos que un instante antes habían luchado temerariamente por conservar sus vidas.
Ahora, tras la batalla se mantenían inmóviles, alerta todavía. Siempre se perdía algún tiro tardío y despistado que acertaba en la diana. Eran unos minutos que se alargaban indefinidamente desertando del reloj y de sus mandos.
En ese período corto e inexplicablemente largo, ni obedecían órdenes, ni respiraban, ni se guiaban por la medición del segundero, solo descansaban esperando recuperar las fuerzas abatidas por el enemigo, pero sobre todo soñaban en blanco, recreándose en aquel color de paz distante y postergada que alguna vez en un tiempo extraviado vivieron sin saberlo.
Era una sensación de desaliento la que sentían, arrebujada en la esperanza surgida del profundo silencio que acompañaba siempre el parón de los últimos disparos.
Y una pregunta surgida en la inconsciencia marcaba las agujas del reloj con repetida intermitencia:
-¿Volveremos a vivir de nuevo aquella deseada paz de bandera blanca?
-Antes tendréis que ganar la guerra…
Les contestaba una voz surgida del desastre del combate con aliento y olor a pólvora quemada.
M. Pilar Illana Herraiz
4 de septiembre 2014
Tras la batalla. El cielo cerró sus puertas y el infierno selló la entrada. Todo quedó oscuro para vergüenza y penitencia de los que hasta ahora habían sido los elegidos.
Agarro mis barrotes fuertemente en la fría mazmorra que es mi encierro.
Cansado de destruir fortalezas, tomar castillos, asaltar atalayas, matar dragones, invadir territorios, pelear contra el enemigo, someter al pueblo, demoler puentes, abordar navíos, conquistar continentes, disputar ofensas, ajusticiar reos…
¡Cansado de guerras!
Una armadura demasiado pesada.
Nunca he sabido de donde procedía este dolor, esta pena, esta rabia, esta ira, esta desesperación…
Ahora comprendo, al final de mis días, que tanta lucha ha sido en vano y que mis heridas están más abiertas que antes.
Ahora comprendo, tras la batalla, que el enemigo no está en ti sino en mi.
¿Puedo encontrar la paz sabiendo que lucho contra mi mismo?
¿Dónde está el arma certera que sea capaz de conquistarme?
¿Dónde clavar la bandera que ondee, al fin, Victoria?
¿Conozco al enemigo?
¿Y ahora?
Agarro mis barrotes fuertemente en la fría mazmorra que es mi encierro.
Y sigo luchando.
El enemigo está aquí, conmigo, en mi.
Llegó padre y se sentó…
Llegó como si hicieras apenas un rato que había salido de casa…
Llegó y no recuerdo besos ni abrazos.
Me vienen a la memoria los ojos inquisitivos de mi madre; los de mi padre… perdidos.
Cicatrizaron las heridas, las superficiales, las que se ven.
¿Las otras? Nunca llegamos a profundizar tanto.
Llegó padre, pero la alegría de su llegada vino con un velo de tristeza.
La abuela lloró de alegría el regreso de su hijo, a la vez que lloraba de pena por la muerte del gemelo.
Se puso luto y lo llevó casi toda su vida.
Digo “casi” porque se lo quitó el mismo día que murió padre.
Entonces no lo entendí.
La cama deshecha, la sábana cimera vuelta y la bajera fuera de sus goznes, dejando ver parte del colchón. La almohada, con manchas de carmín y de rímel en la funda.
En el centro, se mezclan, migas, un trozo de pizza, ceniza, manchas de algún otro fluido, un preservativo arrugado y usado, otro virgen, un anillo constrictor y unas bolas chinas que rodean una rodaja de limón.
En la mesilla, una lata de cola volcada, otra de cerveza, un vaso a medio vaciar, un cenicero que se desborda y la caja abierta de la pizza con dos trozos llenos de hormigas que inician su andadura por la pata hasta su escondrijo.
Debajo del tálamo, es imposible distinguir nada, todo es un maremágnum de latas, ropas y zapatos, que se expanden por el suelo al resto de la habitación, donde se aprecian los calcetines, la camisa, el pantalón y los calzoncillos de la última puesta.
Al fondo, sentado en un pub, está nuestro héroe, desnudo, con un cigarrillo en los labios, con la cabeza entre las manos, llorando tras la batalla, con el rabo entre las piernas, pues ha sido vencido, no por una gata, sino por un gatillazo.
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