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Empapado.
Tu sexo está empapado.
Y yo soy el apicultor más dichoso del mundo, al recoger con mi lengua la miel que brota de él.
Y tiemblan tus piernas, y eres toda gemidos.
Y mis dedos recorren, apenas rozando, los labios vaginales, mientras tu clítoris se convierte en el centro de mi universo.
Lo beso dulcemente, te arqueas, lo chupo, te retuerces, lo lamo, y…
Y estallas.
Y eres tsunami.
Y eres volcán.
Segundos después, asciendo la cordillera de tu cuerpo, beso tus ojos entreabiertos e inundo tus oídos de te quieros.
Tú sonríes, acaricias mi cara y susurras que eres feliz sintiéndote mi mujer.
Yo te escucho y solo puedo llorar de alegría.
Y doy gracias a Dios por haberme permitido conocer el milagro.
Por haberme permitido amar.
Y ser amado.
Minutos mas tarde, tú duermes.
Yo me levanto, me miro en el espejo de esta habitación de hotel y, de nuevo, vuelvo a preguntarme por qué siempre fui representado con cuernos y patas de cabra.
Al abuelo le encantaba ser mi mejor pasatiempo. Siempre aguardaba, en nuestro jardín, a que acabase los deberes, para emprender, junto a mí, una nueva travesía hacia fascinantes mundos desconocidos. A bordo de fragatas de prosa, impelidas por vientos de letras, surcábamos un sinfín de mares de cuentos, hasta que, guiados por rayos de luna, atracábamos en el puerto del ensueño.
A la abuela no la conocí, pero, aunque él solo contaba bondades de ella, me prometió que nunca jamás me abandonaría para acompañarla en aquel sombrío hotel de carretera, donde se hospedaba.
Pero un día marchó. Pensé que, preso de la nostalgia, se había ido a vivir con su amada.
Solo volví al jardín la tarde en que mi padre me mostró una urna y me dijo:
—Tu abuelo deseó residir eternamente en vuestro jardín y quiso que tú fueses el encargado de ello. Sé valiente. Cumple su voluntad.
Allí, solo, oí surgir del silencio su voz susurrando: “Érase una vez un jardín fantástico…”. Decidido, removí la tierra y esparcí sus cenizas como si fueran semillas, mientras, mis lágrimas las regaban.
Y ahora, desde aquella tarde, bajo con mi cuaderno para recolectar las maravillas que brotan ante mis ojos.
Le deseé que tuviera un buen turno al cruzarnos los dos en la recepción. Jeny estaba guapísima, más que nunca, muy sonriente y me guiñó el ojo.
La observaba en los monitores, cómo azotaba con el látigo al concejal. Después a horcajadas sobre el cura. Luego, jadeando de manera exagerada con un par de universitarios. Y a la sobremesa, despachaba sin ganas algún representante o comercial. La jornada fue tranquila, porque todas las chicas tenían clientes sobrios y pacíficos, así que no tuve que acudir al rescate de ninguna.
Al atardecer vino una cliente habitual del club, Marta, la psicóloga. Bajé el volumen de los altavoces cuando Jeny comenzó a estremecerse de placer.
Eso soy incapaz de soportarlo.
Tras un sueño reparador, despertó en aquella habitación de estilo nórdico, elegante y funcional; se duchó despacio, consciente de cada gota de agua que resbalaba por su piel; y se afeitó a navaja, usando primero la brocha para enjabonar su rostro y deslizando después la cuchilla en un ritual sagrado. Afeitarse así llevaba tiempo, pero cuando tenía oportunidad no se negaba ese placer. Cuando se vistió ya silbaba un aria de Turandot.
En el bufete de los desayunos no había nadie —ni siquiera un camarero—, así que se sirvió él mismo el café y lo tomó sentado al lado de la ventana. Desde allí se veía la sierra extendiéndose por el horizonte como una mujer tumbada en el lecho, perezosa; que se sabe observada por su amante.
Pagó y abandonó el hotel. El recepcionista nocturno, que la noche anterior le había revelado el número de la única habitación ocupada, ya había terminado su turno y no era probable que confesara su indiscreción arriesgándose a perder el empleo. Ya en el aparcamiento no pudo dejar de observar aquel otro coche, estacionado discretamente lejos y tuvo que reconocer que su mujer siempre había tenido un gusto exquisito.
Deambulo por la habitación inquieta. Miro por la ventana tras correr una cortina espesa, tediosa, demasiado tupida para un motel de carretera. Solo veo las luces de las farolas y coches que sortean sin acierto la zona de estacionamiento.
El paisaje junto a la máquina de hielos es todo un poema. Picar-días, pille-rías y demás diabluras se concentraban en un mismo espacio. Individuos que se transforman en travestís, amantes del engaño, galanes de rosas robadas y piropos en boca de camioneros pioneros en este tipo de negocios.
Espero medio desnuda, ardiente de deseo, desprovista de culpa y sin tener consciencia de ese mundo. Inocente, provocativa… Con el único aliento de complacerle, de pensar que ese habitáculo desprovisto de belleza y atractivo, sirva para que tras un encuentro envuelto en locura y lujuria, ayude a traer de nuevo el frenesí a mi desgastada relación. Una noche donde nuestros nombres sean diferentes y nuestros cuerpos se sientan explorados por manos expertas en el arte amatorio.
Apago la luz…Me tumbo. Una silueta cierra la puerta tras de si. La experiencia es un grado y hoy me voy a doctorar. Solo siento que mi primer examen, esta vez, sea sin mi esposo.
«En este hotel de carretera se ha querido con locura».
Aquellas antiguas paredes nunca antes habían escuchado un “te quiero” sincero. Por eso, las palabras pronunciadas por Alicia, mueren en el aire nada más salir de sus labios sin hallar dueño.
Ella, que esperaba expectante algún atisbo de ternura ante tal declaración de amor, detiene la mano con la que dibujaba un corazón en la espalda de Gabriel y, avergonzada, posa sus ojos en el suelo, donde están sus ropas, huellas de la batalla pasión apremiante en la que, como tantas otras veces, ambos luchaban enredados hasta hace solo unos momentos.
Pero, <<quién es culpable por amar a alguien hasta la locura>> se pregunta a sí misma.
Gabriel profiere un largo suspiro acosado por sus propios demonios.
Todavía no se lo ha confesado a Alicia, pero no quiere volver a verla. Aquella será la última vez que se citen a escondidas en aquél hotel de carretera.
Alicia se siente aturdida, los insultos de la mujer de Gabriel acuden a su cabeza.
<<Me prefiere a mí>> había dicho esta antes de colgar.
Sonriendo para sí misma, sabiéndose vencedora, cierra los ojos y se acurruca junto a Gabriel notando los primeros efectos del potente veneno que vertió en las copas de vino.
Pese a su experiencia como recepcionista, aquella pareja de octogenarios llamó vivamente su atención. En ningún momento separaron sus manos y de sus rostros sonrientes se traslucía auténtica paz. Habituado a una clientela motivada por las relaciones fugaces, formada por amantes clandestinos, o mujeres profesionales con sus clientes, su presencia allí constituía una verdadera excepción.
-¿Están aquí de paso –preguntó con tanta curiosidad como acento profesional pudo imprimir.
-¿Quién no lo está, joven?, camino de la eternidad, aunque unos más cerca que otros –respondió socarrón el anciano, acompañado por una risita cómplice de su mujer.
El hombre le tendió un sobre abultado encima del mostrador. “Es su propina, por las molestias” –dijo-, “sólo le ruego que no lo abra hasta mañana, cuando nos hayamos ido” –añadió.
Los vio alejarse en el ascensor, sin equipaje, como la mayor parte de los clientes de ese hotel de carretera, habituales consumidores de una sola noche.
Ajenos al entrechocar de cuerpos y jadeos de otras habitaciones, vertieron en sendos vasos el contenido de un frasquito que habían traído.
Los dos ancianos terminales -hasta en eso habían sido almas gemelas-, no dejaron de mirarse, convencidos de encontrarse al otro lado.
El chorro de agua fresca arrastra las legañas de su rostro de la misma manera que se fueron los años vividos. Y Manuela revive la primavera de su infancia cuando, aún niña, trabajó las tierras, cuidó los animales y atendió a una madre eternamente postrada en cama.
Porque recordar los años echados al lomo, como trabajadoras de jornada y media diaria, evoca dolores pegados al costillar; Y provoca un reproche que nace del pecho para surcar el sendero que marcan las arrugas de su cara. Una lágrima por padre y todos los que jamás escupieron un gesto de reconocimiento hacia estas mujeres. Las mismas que, a la par que trabajaban como hombres, corrían más que las penas para dejarlas atrás. Para huir de la miseria.
Por eso ahora, tras una vida dedicada a los suyos, no puedo evitar recordarla. Dicen que dobló el lomo e hincó las rodillas como nadie. Que llevaba colgando de las pestañas la pena saetera de una vida vivida sin vivir y que jamás regaló sus besos analfabetos. Todo eso me contaron en aquel motel de carretera del que se marchó lo mismo que se van las tardes de primavera. Sin decir adiós.
Miró de nuevo la arrugada nota y comprobó la dirección. La carretera adolecía de alumbrado y la noche era cerrada lo que le procuraba no pocas dificultades a la hora de leer el cartelón de la entrada.
Se cerró la chaqueta para ocultar las manchas con las que el idiota del guarda le había salpicado la camisa al recibir el disparo y se acomodó la pistola en el cinturón. El eco de las sirenas acercándose le impelió a entrar pese a no estar seguro de si era el lugar convenido.
La consigna la regentaba una mujer mayor de cutis labrado y verrugas en las manos. Sus ojos verdes conjuntaban con la pátina de moho que asperjaba el papel pintado y su corcovada espalda con las paredes ásperas y extrañamente inclinadas. Arriba se escuchaban gritos. Le recordó de pequeño, en casa.
La vieja le aseguró pese a sus objeciones que su estancia sería larga y puso una bala con su nombre sobre el mostrador. Asustado, se giró para largarse pero ya no había puerta. Reconoció entonces la voz de sus padres y acabó la epifanía entendiendo que las manchas de su camisa, quizás, no eran de la sangre del guarda.
Había reñido con el único amigo que le quedaba. Conducía irritado por aquel insulto, procurando expulsar de la mente evocaciones de la infancia. Adelantó un automóvil para él inoportuno, en una carretera que suponía diseñada para correr en un coche como el suyo, no para circular en uno barato como el de casi todos.
Su geisha rubia con ojos de color miel le esperaba en la cafetería. Vestía falda larga, una gargantilla de oro y una blusa desabotonada. La mujer le despreció con la mirada antes de recibir el beso en la mejilla. Sabia por experiencia, comprendió que en la habitación no tendría que actuar desnuda. Ni tocarse excitando en vano una impotencia irremediable. Tampoco ducharse, luego de soportar en la piel la orina caliente de otra eyaculación fingida; sólo escuchar a un ego enfermo:
– Ese desgraciado no tiene donde caerse muerto y encima dice que es feliz.
Horas después, un querubín, trabajándose el afecto de un cliente habitual del hotel, le llamó señor mientras abría la puerta del conductor.
En la recta subió el volumen de la radio con las teclas del volante. No quería recordar, pero aquellas palabras regresaron molestas:
– Sólo eres un pobre hombre rico.
Ajadas y de un color indefinido ondean al viento las cortinas a través de la ventana que nadie cerró. De nuevo en la ciento treinta y tres.
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