Esta Noche Te Cuento. Concurso de relatos cortos

INCERTIDUMBRE

Un relato con menos de 200 palabras inspirado en LA INCERTIDUMBRE

Bienvenid@s a ENTC 2026 Continuamos nuestro 16º concurso en el que iremos proponiendo hasta 8 propuestas temáticas en torno a la EXISTENCIA En esta ocasión serán relatos que desarrollen el concepto de LA INCERTIDUMBRE. Y recuerda que el criterio no debe ser poner menos palabras sino no poner palabras de más. Bienvenid@
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Esta convocatoria finalizará el próximo
30 DE SEPTIEMBRE

Relatos

96. Aparentar

En el puente de mando del Ttitanic el capitán seguía aferrado al timón mientras se volvía a colocar bien la gorra. En el bar un camarero sujetaba la copa del único borracho que quedaba sentado frente a la barra, dándole la misma inclinación que había tomado el barco. Aquellos dos castos jóvenes por fin estaban juntos en aquel largo banco aunque la chica interponía entre sus labios un abanico blanco de madera. La orquesta seguía tocando, amontonados, mirando con cierto respeto al piano que amenazaba con seguir su misma trayectoria. El chico de mantenimiento movía los cuadros hasta ponerlos rectos respecto al nuevo horizonte. Y todo esto pasaba mientras que en el camarote 115 un as de picas empezaba a emerger de la manga de mi chaqueta. Los molestos cigarrillos, a medio apagar, empezaban a flotar. Todos teníamos en los parpados pequeñas burbujitas de aire y mirábamos absortos al infinito. Nos esforzábamos, sin mucho existo, en aparentar que estábamos vivos.

95. Cada uno en su lugar

A eso de las dos de la mañana, se hunde en el Ártico la criada de segunda Mary Stewart, que ha caído por la borda empujada por Lord Worcester en su afán por salvarse. Entonces, varias familias de atunes, nada pretenciosos parroquianos de las aguas superficiales, se arremolinan a su alrededor para dar cuenta del menú de tercera clase que se les obsequia cual catering en el estómago de la muchacha: pan sueco, patatas asadas, plumcake, pudding. Puede consumirse de todo con largueza, pues pronto cesan los gritos de auxilio y el molesto pataleo.

Media hora después, como corresponde a la  alcurnia y la etiqueta, llega Lord Worcester, directo a las profundidades abisales. Veamos la carta: Hors d’oeuvre, filet Mignon, pathé, asparagus. Esto es otra cosa. Un selectísimo grupo de terribles criaturas, medio ciegas, transparentes, da buena cuenta del inesperado festín sin que les incomode en absoluto toda la farfolla de oro, organdí, y perfumes con que llega adornado tan aristócrata recipiente.

Saciados todos, nadie  prestará atención a la legendaria orquesta, ni siquiera al prudente capitán Smith que, pese a sus años de carrera, llegará el último. Nada se perderán los peces porque el oficial, desganado, apenas había probado bocado.

94. Hacer agua

El rumor se movió por el salón como cualquier otro invitado y fue de corrillo en corrillo haciéndose más grande hasta posarse en sus oídos. Entonces, fijándose en cómo bailaban, entendió su empeño por el camarote 115 y abandonó la fiesta. Llegó a él perturbada y compungida. Abrió su baúl para vaciarlo y, así, quedaron esparcidos por toda la habitación los atardeceres en el Támesis, los sueños campestres o la felicidad prometida. Luego se desprendió del vestido, de sus joyas y, dado que le quemaba, se liberó de su alianza recién estrenada para arrojarla al olvido.

Desnuda, se tendió en la cama y se topó con el poemario que él utilizaba para encandilarla; pero en vez de hacerlo añicos, quiso fustigarse. Inició su lectura por unos versos al azar, que ya no le parecieron románticos. De inmediato, escuchó su voz, recitándole y sus ojos se humedecieron. Una lágrima roció la página, emborronándola y ya no se pudo contener. Empezó a llorar con amargura, a derramarse, a rebosar la estancia con sus lamentos hasta que su cuerpo se licuó por completo e, igual que un río tras un gran aluvión, se desbordó.

Horas después, se hundía el Titanic.

93. La otra dimensión (Jesús Mollinedo)

Cien años después de la catástrofe del Titanic, el sónar de un submarino captó un mayday, mayday cansino y angustioso desde la habitación 115 del maltrecho buque.

Nadie advirtió la presencia de unas burbujas junto a una botella de champán, sólo la existencia de una inusual colonia de peces payaso por la primera cubierta.

92. La última noche del RMS Titanic

¿Cómo sigues, viejo? Me propuse no decírtelo, pero ya da igual. Supongo que tú ya lo sabes, que lo has adivinado. Mañana te van a llevar a Rosyth. Te remolcarán hasta allí para… ¡Cabrones! Toma, viejo, toma un trago de whisky. Nadie se preocupa de nosotros. Cuando nos salen arrugas o nos cubrimos de herrumbre, nos mandan al desguace. ¡Maldita sea, viejo! Ya nadie recuerda que ganaste la banda azul. Hace años que no se habla de eso. Y esos yanquis que transportaste durante la guerra… Tampoco ellos quieren saber nada de ti. El periódico decía que iban a llevarte a América. Pero era mentira. Sólo te despojaron de todos los muebles, viejo, de las escaleras, de los paneles de madera… Se me saltaron las lágrimas cuando vi lo que te hacían. Ojalá te hubiera torpedeado un submarino alemán. Entonces no te habrían olvidado. ¿A que estás de acuerdo conmigo, viejo? O, mejor, deberías haberte hundido en tu primer viaje… Decían que eras insumergible, viejo, insumergible. Tenías que haber chocado con otro barco… O con un iceberg.

91. CAMAROTE 115 (Mariángeles Abelli Bonardi)

Aferrada al travesaño de la cama, espera que la sirvienta termine de ajustar el corsé.
—Señorita, afuera hay un día espléndido — comenta la mujer, tirando de los lazos.
Afuera hay un día espléndido, ¿por qué no?… Salir a cubierta… Disfrutar del viaje de Southampton a New York… Si, por toda libertad, le queda este tiempo entre muelles, debería aprovecharlo.
La sirvienta le asegura el sombrero y remata su cintura con un moño. Cuando empieza a preparar al perro, ella se saca el anillo y lo guarda en un cajón.
Su pequeño Yorkshire la espera quietito, los ojos brillantes. Correa en mano, abandona el camarote: una mantarraya le tapa el sol.

90. Descubrimiento

Se juraron amor eterno, e iniciaron una vida conjunta, empezando por un viaje hacia el nuevo mundo, donde esperaban prosperar y tener un futuro familiar pleno.
No dejaba de ser un viaje de novios, donde la luna de miel, empezaron a comerla justo al encerrarse en su fabuloso camarote.
La travesía era fría, pero abrigándose con sus cuerpos, no notaban lo que las heladas aguas desprendían.
A pesar del bullicio, los gritos, correrías y avisos, siguieron en su camarote, ajenos a todo ello, concentrándose en su mutuo conocimiento.
Cuando años más tarde, los exploradores marinos, consiguieron adentrarse en el pecio marino más deseado, contemplaron admirados toda la belleza que aquel navío atesoraba.
Lo que más les sorprendió, fue encontrar aquella pareja totalmente entrelazada, en el camarote 115 del Titanic, el único habitado.

89. Segundas partes…

El Titanic II esperaba en el puerto, indiferente a los malos augurios. Quien decidió ponerle nombre a aquel mastodonte marino sabía que solo los menos supersticiosos osarían emprender aquel viaje. Tendrían que alcanzar un destino que había quedado varado en el tiempo. Algunos, como Miguel, pretendían demostrarse a sí mismos que existían las segundas oportunidades con final feliz. Su matrimonio, esa frágil nave que había zarpado diez años atrás, hacía agua, y estaba a punto de irse a pique. Con la esperanza de poder reflotar la pasión perdida, decidió ofrecerle a su desencantada esposa una metáfora de su propia vida en forma de pasajes de embarque. Eligió un camarote con el día de su aniversario, un once de mayo grabado en su memoria como el más feliz de su existencia, y, como un adolescente enamorado, esperó en la habitación a que ella llegara. Nunca lo hizo.
Nadie la vio descender por la pasarela y abandonar el barco; pero es imposible ignorar que los acontecimientos siempre van encadenados, y, mientras una profunda grieta rasgaba el corazón de uno de los pasajeros, un fallo de soldadura abría una descomunal vía de agua en la bodega del trasatlántico.

88. A las puertas del Paraíso.

La puerta estaba entreabierta. Por la estrecha rendija se observaba un espejo donde un cuerpo glorioso se deshacía en ardientes contoneos exhibiendo una pálida desnudez propia de las ninfas más bellas que cualquier ojo humano haya tenido el privilegio de ver. Advirtió mi presencia porque, rápidamente, intentó cubrirse presa del rubor. Me aparté discretamente de la entrada con la agradable sensación de  que el camarote 115 de aquel lujoso transatlántico me acababa de abrir las puertas del mismísimo cielo. Tal era mi grado de turbación que apenas reparé en el reguero de agua que discurría por los pasillos de acceso a las suites hasta que comencé a advertir la humedad en mis pies. Desconcertado por el  descenso precipitado que experimente en mi regreso  a la tierra, solo pude constatar como un infierno helado se abría paso hacia mí.

87. Icebergs (Luisa Hurtado González)

Mi mujer siempre dijo de mí que era un hombre frío, como me lo comentó de ella cuando nos la cruzamos en cubierta. Sin embargo, en cuanto nos miramos, nuestros ojos se encendieron.
Hoy, haciendo caso omiso de las carreras y de los gritos, nos zambullimos el uno en el otro; y mientras el barco se mueve y hace que nuestros cuerpos bailen sobre la cama, peleamos el frío del agua con el calor de nuestros besos.
Ya queda poco. No tenemos mucho tiempo.
Nos ahogamos el uno en el otro, nos fundimos en un abrazo, buscamos oxígeno en la boca del otro persiguiendo ser uno, siéndolo.

86. MAR TEÑIDO DE GRIS

Vestido con su mejor smoking, cruzó la entrada del suntuoso  salón del  barco temeroso de lo que  iba a encontrar.  Todos estaban allí sentados, esperándole, disfrutando de la cena de gala, y entre todos ellos, mirándole con reproche resplandecía Sofía.

El corazón le dio un vuelco.

— ¿Dónde te habías metido Charles? —le preguntó el señor Smith. —Sofía estaba a punto de salir en tu búsqueda.

Él no respondió,  fue directamente hacia su mujer besándola  con pasión en los labios, hasta que ambos sintieron que les faltaba la respiración.

Durante la velada, algunos invitados mencionaron que no se escuchaban los motores, también  que  el barco parecía no moverse.

Más tarde, bajo las lámparas de cristal, bailaron al son de la música muy pegados,  para terminar en la puerta   del camarote 115.

Tras la batalla de caricias, Sofía apoyó la cabeza sobre su pecho y susurró que estaba embarazada.  Charles lloró lágrimas amargas.

Miles de metros por encima del Titanic, en pie sobre una lancha que permanecía estática sobre las olas, un empleado contratado para tal fin, sostenían entre sus manos una Urna vacía.

No había familiares, Charles, incapaz de superar la muerte de Sofía en el hundimiento,  nunca volvió a casarse.

85. Náufrago

Cada madrugada contempla fascinado cómo el trasatlántico vuelve a  estrellarse contra  el iceberg en el fondo del vaso de bourbon. Y ni siquiera  los gritos desgarrados de la muchacha del camarote 115, la que tiene los mismos ojos dolientes de Lucía, consiguen hacerle abandonar el deseo de hundirse para siempre con él.

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