Esta Noche Te Cuento. Concurso de relatos cortos

ESCRIBIMOS EN BLANCO Y NEGRO 2018

Un relato con menos de 200 palabras inspirado en esta foto de Víctor Lax. 

ENoTiCias

Bienvenid@s a ENTC. Ya tenemos en marcha nuestra octava propuesta del concurso de relatos en blanco y negro... en menos de 200 palabras...
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Esta convocatoria finalizará el próximo
18 de Noviembre

Relatos

421. FUMAR MATA, de Coto de Caza

La estampida de las fieras al crepitar las ramas, la confusión de aleteos y plumas en el aire… Nada de eso llega a tus oídos. Apenas percibes un remoto olor a madera y follaje quemados. Si mirases por el retrovisor, divisarías a lo lejos una nube de humo y cenizas —te recordaría a esa niebla que arruina tus batidas de caza— que envuelve el tapiz de ocres y naranjas hasta cubrirlo por completo.
Indiferente, sigues con tu rutina. Elevas el volumen de la música, pisas a fondo el acelerador y enciendes otro cigarrillo.

420. DESESPERANZA, de Gato Montés 3

Dicen que uno está irremediablemente muerto en el mismo momento en que se percata de que ya no es un niño, de que nunca volverá a serlo.
En ese mismo instante, nuestro bosque desaparece, deja de ser ese lugar maravilloso en el que esconderse; el espacio protector que se extendía a lo largo y ancho de todo el barrio y donde las madres, oteando desde la atalaya de una ventana,a grito pelado reunían a sus crías para la merienda reparadora…
El muchacho inocente que soñaba con un beso de su compañera de 4º d EGB, ahora es incapaz de encontrar la vereda para llegar al bosque; se mira en el lago del cristal y sólo alzanza a ver reflejado en él, a un animal herido por el tiempo:
La espesa bruma de la mediocritud nos arrebató el arte de navegar en los charcos.
Para paliar sus efectos descorazonadores, le hablamos a un dios en el que ni siquiera creemos porque no hay nadie más a quien suplicar que vuelva a salir el sol; porque no hay nadie al otro lado del teléfono que pueda arrancar de nuestra piel el acre olor a eterna deseperanza.
Estamos solos.

419. POR UNA SONRISA, de Trasgo

Le devolvió la sonrisa. Jamás hubiera pensado que aquel bichejo asqueroso pudiera despertar en él un sentimiento tan profundo. Y volvió a sonreír, para comprobar que realmente su corazón no le estaba engañando. No lo hacía.
Dumdum abandonó la casa y se dirigió a lo más recóndito del bosque. Allí se encontraba su hogar, entre ramas de arbustos. El trasgo se echó a descansar sobre una enorme seta roja. Y volvió a pensar en ella. Su carita redonda, su pelo dorado, sus grandes ojos verdes, tan verdes como los suyos, y esos dientes, blancos como el nácar… La imagen le resultaba horrorosa, pero la sonrisa le siguió pareciendo sincera.
Hacía muchos años que día tras día, al atardecer, el pequeño duende regresaba a aquella casa para hacer de las suyas: ruiditos a medianoche, cambios del lugar de las cosas, insoportables goteos de grifos. Pero esta noche era distinta. Dumdum volvería cuando anocheciera sólo para ver dormir a aquel ser. Sus papás siempre le habían advertido de los humanos, pero pensó que quizá ella fuese distinta…

418. BRAVOS Y BRILLANTES, de Hayedo66

Teníamos la costumbre de subir a sentarnos en el adarve del muro que rodeaba la huerta de los padres de Martín. Allá, dominando ese pequeño mundo con nuestra mirada, solíamos compartir a menudo unos chorizos crudos con algo de pan que Chino sustraía hábilmente de la cocina de su casa.
Exceptuando al sonido del aire hilvanando vibrante las ramas del hayedo que se extendía ante nosotros, nada  se oía desde esas alturas. Ni siquiera a nosotros masticar aquellos manjares con la boca tan llena que no cabía más en ella. Nos mirábamos, asentíamos con la cabeza señalando los chorizos y seguíamos disfrutándolos mientras nuestra atención se perdía a lo lejos, más allá de donde alcanzaba la vista.
El aire llegaba templado, tan confortable que invitaba a adormecer los sentidos, a cerrar los ojos y perderse en aquella placentera sensación: atronaba el viento a nuestros oídos, y nos parecía estar cubiertos entre sus brazos; no existía el tiempo, pues era tan extenso como aquél bosque que teníamos ante nosotros; ¿para qué medir y preocuparse de lo que tanto teníamos?
Nuestro pelo se agitaba bravo y brillante, iluminado por el reflejo dorado de todo aquello que veíamos eterno…

417. ÉRASE UNA VEZ…, de Cascada

Érase una vez…Un bosque lleno de hadas. Mientras el sol brillaba, dormían en las grietas de los árboles, bajo los sombreros de las setas o detrás de los saltos de agua. De noche, cada estrella que brillaba en el cielo despertaba a una de las ninfas. Y ellas salían volando y visitaban a los niños que habían sido buenos para mirar en sus sueños y enterarse de cuáles eran sus deseos para después hacerlos realidad.
Una noche no les hizo falta salir del bosque para conceder deseos. Una niña se alejó del caminito jugando al escondite y se perdió sin querer. Al anochecer, la chiquilla lloraba y despertó a todas las hadas.
           ¿Por qué lloras? – le preguntaron.
           Quiero estar con mis papás – respondió entre sollozos.
           Haremos que tu deseo se haga realidad, pero no puedes decirle a nadie que nos has visto y que te hemos ayudado
           De acuerdo.
Las hadas movieron sus varitas y se escondieron. Enseguida apareció el papá de la pequeña.
            La niña guardó el secreto y cada noche se dormía pensando en las hadas del bosque que hacían los deseos realidad. Y colorín, colorado, este cuento se ha acabado.

416. EL DESTINO, de Boletus

Lo que amortiguó la caída fue su abultado traje de plumas y la alfombra con que la estación había cubierto el suelo, así que solo se llevó un buen susto y algunas contusiones. Herido en su orgullo se alejó de allí a pasitos y se adentró en el bosque.

Durante todo el día no fue capaz de atrapar ni una mísera lombriz. Comenzó a sentirse débil y se dejó caer en la hierba, abandonándose a su suerte. Empezaba a oscurecer cuando de pronto una bolita cayó a su lado. Se acercó hasta ella, se la tragó y enseguida empezó a sentirse mejor. Encontró otra y otra más allá y animado siguió el reguero de miguitas hasta llegar a un claro donde escuchó unos ruidos. Sintió curiosidad, aquellas dos voces infantiles no le infundían ningún temor, pero ya había tenido suficientes emociones por hoy.
Aquella mañana, su madre le había expulsado a picotazos del nido acusándole de parásito e impostor; y todo por culpa de su hermano pequeño, que tembloroso le contó cómo había  empujado a codazos a los otros huevos.
Agotado tras esta jornada, se acunó entre la hojarasca y no oyó acercarse a aquel monstruo de enormes ojos amarillos.

415. UN CUENTO DE PRINCESAS, de Princesa

Un día le conté  a mi niña un cuento que empezaba así:
Caminando por el bosque, se me acercó un gnomo,
…si claro un gnomo pensé, a ver  como le explico a mi niña,
qué es un gnomo.
Mejor le contaré que los siete enanitos y…,
claro después ella querrá que la lleve a verlos.
Tal vez, un día una princesa, ¡sí eso esta bien!.
Una princesa…
         ¿Cómo se llamaba? -preguntó susurrando,
    Julia, – le dije a media voz.
    Papá ¿Es verdad que mamá también fue princesa?
    ¿Por qué preguntas eso?
         Porque ella me contó, que antes de que yo naciera,
ella lo era todo para ti,
     y a ti… ¿te  alegró saberlo?
    Sí y no.
    ¿Por qué sí y por qué no?, -le pregunté.
     Sí porque así sé, que si fue tu princesa
vivió tiempos maravillosos.
¿Y por qué no? pues porque sólo yo
quiero ser tu princesa.                                                                     
La miré durante mucho tiempo.                                                     
Tenía los ojos cerrados,
una lagrimita le resbalaba.
La princesa ya estaba dormida.
Me levanté sin hacer ruido
y me fui para mi cama.
Besé a mi mujer y le dije:
¡Te quiero princesa¡
pero ya dormía.

414. EL OTRO, de Ardilla Roja

Después de atravesar el bosque solitario, acompañado solamente por el lamento de algún pájaro nocturno, al entrar en la habitación, la oscuridad lo paralizó. A pesar de ello, avanzó unos pasos. De pronto, divisó una figura frente a él, percibiendo una mirada amenazante.

Pensó que le habían tendido una trampa y casi al borde del pánico, intentó retroceder.
Trataba de contener la respiración pero en su pecho bullía un tropel de sensaciones que no le permitía vislumbrar una estrategia para huir sin ser perseguido.
No alcanzaba a divisar si el otro estaba armado.
Por su mente cruzaban imágenes de pordioseros que a diario se acercaban por un plato de comida, pero rechazó la idea.
El cura había ingresado a la iglesia como todas las noches y nunca imaginó que alguien los estaría aguardando.
Al cabo de unos minutos, envuelto en un silencio aterrador, llega el sacristán, abre la ventana y un sol de plata penetra a pleno en la habitación.
En ese instante, aparece nuevamente la figura del cura en el espejo…

413. HADA, de Lechuza

Un hada estaba estatuificada en una cadenita que llevaba Cora. Estaba a la espera de un apuesto príncipe que la liberaría…

Cora quería ser un hada, por eso tenía ese collar.
Un brujo del bosque le iba a entregar a un corcel alas. Cuando la enamorada de Cora lo supo, desafió a pelear al corcel para obtener dichas alas. Le ganó, y se las dio a Cora, pero no las quiso. Entonces su enamorada decidió aprender a volar con sus brazos, para luego enseñarle a Cora. Sabía que no lo lograría, pero ella valía la pena. Practicó pero no lo conseguía. Tanto que cayó al agua, vio a la raya volar. Le enseñó a ser un hada del agua del bosque, pero Cora dijo que le faltaba la magia. Tenía razón, las hadas tenían un polvo mágico que esparcían y despertaban a las flores dando apertura a la primavera. Su enamorada notaba algo especial en ella, que, cuando volvió a respirar, le llegó el perfume que Cora irradiaba y llegó la primavera y su enamorada se despertó. Así Cora se enamoró de la flor y el hada de su cuello fue liberada dando lugar a un hada en el corazón.

412. SENDERO, de Ojáncano

Cansado por la caminata, me senté en el suelo, reclinando mi vieja espalda contra el roble más colosal del claro del bosque. Su contacto me resultó similar al abrazo de un viejo amigo largo tiempo olvidado, pues la piel del gigante había sido sutilmente moldeada por los miles de cuerpos humanos que habían realizado aquel mismo gesto a lo largo de los siglos. Alcé la vista y percibí el tronco del roble como un sendero, una escalera que crecía y se ramificaba hacia el cielo, en algún punto hacia el corazón del árbol se encontraba el anillo correspondiente al año en que nací, un poco más cerca de la superficie el del año en que la conocí, durante una lejana noche de San Juan en ese mismo bosque. La corteza sobre la que me apoyaba señalaría en el futuro el año en que ella abandonó éste mundo.

Los rayos de sol y un suave viento jugaban al escondite entre las ramas mientras dejaba los minutos pasar…, hasta que el sonido del teléfono rompió la quietud del bosque. Descolgué por inercia y miré la pantalla; mi casa, decía.
Ignorándolo, volví a reclinarme y a cerrar los ojos: ya estaba en casa. 

411. LOS SABIOS ÁRBOLES, de Luciérnaga 3

Hace ya tanto tiempo que casi ni me acuerdo, pude observar desde la lejanía como la noche caía y dos hombres entre la oscuridad se perdían.
La desesperación cada vez más les invadía y los hombres, escondidos, a los lobos temían. El hada del bosque sintió compasión y hasta ellos voló con sus alas de amor. Los hombres, anonadados por su belleza, le suplicaron al hada su ayuda y compresión.
Tan solo a humildes seres ayudo yo.- Les explicó.
Los hombres, juraron poseer bondad y el hada del bosque les decidió ayudar.
Esta noche, en la cueva la debéis pasar, y yo prometo guiaros cuando no haya oscuridad.
Los hombres obedecieron y en la cueva se escondieron.
Cuando la noche venció y la mañana llegó, el hada del bosque a la cueva se acercó. Horrorizada,
el pequeño conejo que habían cenado observó y tras adentrarse en ella, el horror en espanto se convirtió, cuando las cenizas de un arbusto divisó. El hada, enfadada, a los hombres gritó y con robarles la vida les amenazó.
Aprenderemos a respetar, perdónenos.
Para que su palabra los hombres no pudieran romper en árbol los transformó y largos años allí los dejó…

410. BLANCA ALADA, de Tejado

¡Oh! serpiente, no llores
desde la Biblia estás maldita.
No importa lo que hagas
ni cuán bella seas,
te perseguirán, siempre.
Nadie preguntará tus razones
nadie te dará un abrazo
Siempre temerosos
al recibir el tuyo.
Lo consideran mortífero
igual que tu veneno.
Ese que te protege
y ese fin tiene.
Porque tú también
tienes derecho a tu vida.
Aunque llores
nadie verá tus lágrimas.
Nadie querrá creer
la generosidad de tu alma.
¡Oh! serpiente, llámate
Blanca Alada,
repta y vuela.
hasta los confines de este bosque.