Esta Noche Te Cuento. Concurso de relatos cortos

INCERTIDUMBRE

Un relato con menos de 200 palabras inspirado en LA INCERTIDUMBRE

ENoTiCias

Bienvenid@s a ENTC 2026 Continuamos nuestro 16º concurso en el que iremos proponiendo hasta 8 propuestas temáticas en torno a la EXISTENCIA En esta ocasión serán relatos que desarrollen el concepto de LA INCERTIDUMBRE. Y recuerda que el criterio no debe ser poner menos palabras sino no poner palabras de más. Bienvenid@
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Esta convocatoria finalizará el próximo
30 DE SEPTIEMBRE

Relatos

51. Prelavado

A las siete, ella hace café cuando escucha girar la cerradura.

—¿Mamá, otra vez madrugando un sábado?

Él deja llaves, mechero y cartera en la entrada. Se va a la ducha. La ropa tirada en el pasillo. Ella la recoge. La camiseta hecha una bola, solo huele a kalimotxo. Sacude el pantalón, no cae nada. Revisa los bolsillos por si acaso: vacíos. Coge la cartera. Saca las tarjetas. Una a una. Un golpecito contra la mesa. DNI: nada. La de crédito tampoco. El bonobús: limpio. Los billetes. Planos, ni doblados ni enrollados. Los alisa despacio en la palma de la mano. Siguen planos. Guarda todo. Coge las llaves, pasa el dedo por los dientes. Ni una mota. Solo metal. El mechero no lo toca. Él sigue en la ducha. Cuando sale, lleva un pijama largo. La ventana está abierta de par en par.

—Hoy viene calor.

—Estoy destemplado —dice, y se estira un poco las mangas.

Lleva el pelo húmedo, pegado a la sien.

—Descansa.

—Tú también.

La madre mete la ropa en la lavadora. Gira la rueda desde «prendas delicadas», pasando por «sintético» y «oscuro», hasta detenerse en «tejidos resistentes». Después aprieta con fuerza la tecla «sin centrifugado».

50. ¡QUÉ NERVIOS!

¡Qué nerviosa estoy! El nuevo compañero de contabilidad está a punto de llegar y quiero que me vea radiante de guapa. Es que está muy bueno. ¡Joder, he olvidado alisarme el pelo! Claro, como últimamente me recojo el pelo en una coleta. ¡Hostias! Ya me he vuelto a manchar con el café de la máquina. Calma, es una mancha pequeñita; lo mismo no la ve. ¿Se fijará en mí? Seguro que en la primera que lo hace es en la lagartona de facturas, siempre luciendo, ceñida, su cuerpo de gimnasio. ¡Eso es! Mañana traeré los zapatos de tacón para parecer más esbelta.
¡Qué nervios! Ya ha llegado y avanza por el pasillo. Me siento sobre la mesa con el mismo cruce de piernas que Sofía Loren. El chico llega hasta mi posición y le dedico la mejor de mis sonrisas. Me devuelve un corto y avergonzado saludo mientras hunde los ojos hacia abajo, y yo no sé si está mirando la línea sexual de mis piernas o la carrera que adorna la media.
Es que eso es la incertidumbre: la puñetera manía que tiene el cerebro de iluminar nuestros defectos cotidianos en los momentos menos apropiados.

49. Familias (Juana María Igarreta)

Los papás llevan días desaparecidos. No están en la casa, ni tampoco en la autocaravana. Alaia lo expresa con su lengua de trapo, sentada en el suelo con las manos abiertas y un triste desconcierto en la mirada. La pequeña se ha estrenado en incertidumbre, pero ella todavía no sabe que existe esa palabra tan rara y difícil de pronunciar.

Asier, el hermano de Alaia, afirma haberlos visto hace poco, pero igual es que lo ha soñado. Intenta animar a su hermana diciéndole que la operación de búsqueda acabará siendo un éxito, pero en el fondo no descarta un final desafortunado. No es la primera vez que sufren una pérdida que acaba siendo una desaparición definitiva.

Mientras continúan las pesquisas para localizar a los papás, a las que se han sumado también tíos, primos y abuelos, Alaia ha decidido que no se separará de Peppa y George hasta que aparezcan.

Ajenos al revuelo que están generando, Papá Pig y Mamá Pig, tras haber conseguido zafarse de las fauces glotonas del aspirador gracias a sus orondas figuras, disfrutan de una apacible estancia en los últimos confines del salón.

48. VISITA A DOMICILIO (Ana María Abad)

El médico me ha diagnosticado dislexia. Dice que por eso confundo la izquierda con la derecha, hago cócteles extraños con las palabras, y se me escurre el tiempo entre los dedos. Sin embargo, no encuentra explicación para las violentas palpitaciones que me acometen en cuanto traspongo el umbral de su consulta, ni para los sudores fríos, los temblores de manos, la respiración agitada o los balbuceos incoherentes.

Está empeñado en derivarme al cadiólogo pero yo me niego: sé de sobra que no es un marcapasos lo que mi corazón necesita y, mientras observo arrobada cómo sus dedos largos y elegantes garabatean el nombre de un calmante cualquiera en una receta, me pregunto si rogarle que me ausculte más a fondo o si es mejor que le invite a tomar una copa fuera de la clínica. Cuando alza los ojos y veo que naufragan en los míos, las dudas salen volando por la ventana y empiezo a desabrocharme la blusa.

47. CUENTO DE INVIERNO (Rafa Olivares)

Por aquel entonces aún no existían las ecografías. Tampoco las casas de apuestas, lo que no era óbice para que en Stratford, una aldea al noroeste de Londres, sus habitantes se jugaran el dinero prediciendo el sexo del futuro bebé de cualquier moza con vientre prominente.

A falta de métodos más científicos, había quien se guiaba para su envite por la forma de la barriga: niño si baja y puntiaguda, niña si alta y redondeada. O bien por el tipo de antojos de la gestante: hembra si le apetecía mucho el dulce, varón si prefería las viandas saladas.

También hubo alegres comadres foráneas que apostaron sus peniques preguntando por las náuseas matutinas: muchacha si intensas, muchacho si leves. Y no faltó mercader veneciano que confió más en los movimientos de un péndulo sobre la panza: manzana si circular, plátano si lineal.

En el caso que nos ocupa, las apuestas estaban muy divididas; tanto, que sus importes subían conforme se aproximaba la fecha del parto hasta alcanzar cifras nunca antes conocidas.

Aún hoy, más de cuatrocientos años después, se comenta entre risas aquello que se convirtió en una comedia de errores.

Fueron bautizados en febrero como Judith y Hamnet.

46. El difícil arte del equilibrio

Una aplicación de móvil. Con una balanza azul, que el azul transmite serenidad y confianza, y en cuestiones de diseño hay que pensar en todo. Sobre un platillo colocas la situación, sobre el otro la reacción que te provoca, y entonces te sale un emoji que nivela la balanza o no. Por ejemplo, el semáforo cambia a verde y el conductor de delante no se entera. Tú pitas y le llamas gilipollas. Pues ahí aparecería un aspa roja, pongo por caso, y zas, platillo vencido. Sin embargo, si esperas pacientemente, saldrían unas manos aplaudiendo y platillos igualados. Cuando se lo conté a la psicóloga, me dijo que, ya que esa app no existe, quizá podría visualizar la balanza en mi cabeza cada vez que tenga dudas. Pero eso es muy difícil para mí, se me lían los emojis y no sé si logran el equilibrio, porque a ver qué quiere decir un ángel sonriente con los dos pulgares hacia abajo, o una cara ceñuda con las manos abiertas de par en par. Y hablando de manos, antes de seguir con las preguntas, ¿puede dejar que me lave la sangre de las manos, agente?

44. EL OTRO

No fue capaz de eludir la desesperación para que el tiempo dejara pasar el momento y, con ello, desapareciera del todo la duda que envolvía el ambiente. ¿Qué había hecho mal, después de todo? Repasando los fotogramas, viene a ver que titubeaba frente a ella, con la vista perdida, los brazos caídos y la respiración a todo gas. Quedaba claro que no se había aprendido el guion, o al menos eso parecía, e inventaba alguna palabra que apenas se hacía entender y, llegado el momento crucial…

No quedaba otra opción que repetir la escena, pero en principio ella no estaba dispuesta a soportar otro momento como ese. Su caché era de primer orden, una diva engreída, pero que garantizaba de entrada un más que probable éxito. Consideraba que no podía rebajarse tanto ante ese mamarracho —a pesar de que empezaba a sobresalir últimamente como revelación— que le habían puesto para que la conquistara y la besara con ardor.

Tendría que ponerse de nuevo, muy a su pesar, la máscara y convertirse en el otro.

Pero no se trataba de un baile de disfraces.

43. ¿Arritmia hereditaria?

Una vez más, despierto asustado en mitad de la noche. A oscuras, encuentro tu pecho.

Pumpumpum.

Me acomodo. Sonrío.

Pum, pum. Pum, pum.

Un dolor en la tripa me oprime y suelto un leve quejido.

Pumpumpum.

Me acerco más a ti. «Gracias», intento decir. Tomo tu dedo. Y olvido el dolor.

Pum. Pum. Pum.

«Mi héroe», quiero añadir, pero la garganta me arde. No puedo hablar. Otra punzada.

Chillo.

Pumpumpum.

Lloro.

Pumpumpum.

Me separas de tu pecho. Pierdo tu ritmo. Me alzas. Y me gritas:

—¿Vas a dejar de llorar, puto bebé? —mientras me zarandeas una vez más.

42. El punto azul

No sabía dónde estaba ni cómo salir de allí. El punto azul del GPS titubeaba sobre un espacio blanco en el centro de Delhi, y no emitía instrucciones. Cuando intenté llamar al hotel, solo se escuchaban ruidos metálicos. Intenté preguntar, pero nadie me entendía. Oscurecía, y en aquella callejuela, cada vez más desierta, no se encendía ninguna luz. Los pocos transeúntes que pasaban me miraban con recelo. Solo los perros adormecidos entre la suciedad me ignoraban. Lo último que recuerdo es tener la espalda apoyada contra una pared descorchada mientras los brazos me colgaban inertes y el móvil resbalaba entre mis dedos.

No sé cuánto tiempo pasó.

Al despertar, el sol ya entraba por la ventana. Estaba tendido en la cama, vestido, con los zapatos puestos y sucio. A mi lado, el móvil mostraba la pantalla del GPS con el punto azul, ahora sí, sobre la ubicación del hotel.

41. Miout! (Francisco Javier Igarreta)

Corrían tiempos de incertidumbre y no quiso dejar nada al azar. Schrödinger preparó concienzudamente todos los elementos. La caja metálica, el dispositivo radiactivo, el matraz con veneno, el martillo y, por supuesto, el gato. Una contribución desinteresada de Einstein.

Llegado el momento del experimento, el felino se mostró reacio peleando con uñas y dientes. Apenas vio el extraño artefacto, una súbita piloerección en el lomo le puso en alerta, allí había gato encerrado. Poco dispuesto a contribuir a una posible redundancia cuántica emitió un maullido desgarrador y echó a correr. La estridencia ultrasónica de su maúllo provocó la ruptura del frasco y la dispersión del tóxico.

Pendiente de la evasiva actitud del michino, Schrödinger sucumbió a los mefíticos efluvios del veneno y pasó a la posteridad. Muerto, pero paradójicamente vivo.

40. PASADO INCIERTO

Se preguntaba qué llevarse en una bolsa minúscula para una ausencia tan larga, y seleccionó en el trastero los recuerdos que lo acompañarían a su nueva vida y los que irían a la fosa común del olvido. Algunos trastos viejos o comprometedores se resistían a acabar en el vertedero, como la recién aparecida cámara, regalo de sus quince años y que perdió algunos veranos más tarde. Mientras decidía qué hacer con ella, vio un carrete sin revelar, y pensó en la encantadora incertidumbre de que las fotos de las vacaciones salieran bien o que simplemente salieran. Hoy ya nadie lo entendería, y se preguntó qué podría salir de aquel rollo tal vez estropeado, quiénes aparecerían en esos negativos, cuántas imágenes valdrían de verdad la pena. Quién sabe si esas instantáneas podrían acabar hoy día con carreras políticas y matrimonios o descubrir viejos engaños. Nunca lo sabrá, y además ya no existen sitios para revelar película, así que tiró al montón la vieja Minolta y trató de vencer la nostalgia y la tentación de husmear en su dudoso pasado. No sería buena idea cuando iba a pasarse treinta años en prisión tratando de vencer la nostalgia.

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