Esta Noche Te Cuento. Concurso de relatos cortos

LA CULPA

Un relato con menos de 200 palabras inspirado en LA CULPA

ENoTiCias

Bienvenid@s a ENTC 2026 Continuamos nuestro 16º concurso en el que iremos proponiendo hasta 8 propuestas temáticas en torno a la EXISTENCIA En esta ocasión serán relatos que desarrollen el concepto de LA CULPA. Y recuerda que el criterio no debe ser poner menos palabras sino no poner palabras de más. Bienvenid@
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Esta convocatoria finalizará el próximo
15 DE NOVIEMBRE

Relatos

76. PERDÓNANOS, SEÑOR (Belén Sáenz)

Te señalaré el lugar. Han de apartarse las nubes, siempre después de la lluvia para que enjuague nuestra ceguera. Lo llamamos Tumba de la Culpa, y es un paraje terrible y estéril que espanta a las más feroces alimañas. Los dioses, que conocen la estupidez humana, nos lo han impuesto así para que nadie lo visite. Solo acude la hermana, Expiación, que aún roe, vieja y desdentada, algunas almas torturadas. Quiero contarte esto para que nunca dejes de agradecer la gesta de los valientes cuyos nombres ha borrado nuestro apocamiento. Fue una lucha desigual, no contra gigantes ni mitos, sino contra sus iguales. Somos nosotros quienes creamos monstruos y los cargamos sobre las espaldas de las deidades, quienes sembramos la semilla de la culpa en la inocencia de nuestros semejantes. Hombres y mujeres, como tú y como yo, que llevados de la avaricia desatan bestias que muerden las conciencias. Los dioses ―que nos amaban― asistieron desolados a la contienda y ni su omnipotencia pudo hacer justicia, pero escucharon nuestros ruegos y enterraron aquella peste bajo la tierra. Queda mucho camino por recorrer, pero pondremos todo nuestro corazón para que nos perdonen y recuperen la fe en el ser humano.

75. Un sábado cualquiera

Te acomodas en el asiento del conductor. Te abrochas el cinturón. Arrancas. Sales de la ciudad por la carretera que te lleva al pueblo, como llevas haciendo desde hace algo más de tres años. Escuchas la voz de Daniel: «no vayas tan deprisa, papá». Pero tú no vas deprisa. Esta vez no. Disfrutas de un día soleado y de poco tráfico. Llevas los ojos humedecidos, no lo puedes evitar. En apenas una hora te detienes en la entrada de un camino, a la salida de una curva. Sacas del coche un ramo de flores, lo depositas junto a una roca y te sientas. Hace tiempo que has borrado de tu memoria por qué discutíais aquel día. Te fumas cuatro o cinco cigarros, desde entonces has vuelto a fumar. No sabes cuánto tiempo pasas allí, te quedas hasta que el frío, o el hambre, o la sed, te vencen. Queda poco para llegar al pueblo, pero no continúas el viaje y decides regresar a casa. Recibes una llamada. Tienes el dispositivo de manos libres activado. Es ella. Son ellos. Tu mujer y tu hijo. Aceleras. Aceleras un poco más y piensas que un sábado cualquiera aceptarás su llamada.

74. Golpe de realidad (Jesús Navarro Lahera)

Encendió la televisión y se pasó toda la tarde cambiando de canal, como si ese mediodía no hubiera sucedido nada. Luego, tan pronto se hizo de noche, se dispuso a dar de comer a los niños. Al chaval le preguntó si le apetecía un poco de filete, y ante la falta de respuesta optó por pinchar un trozo y acercárselo. Fue ahí cuando se dio cuenta de que estaba tieso. Seguramente, pensó, ese era el motivo por el que no intentaba morderlo. A la pequeña le ofreció una cucharada de sopa, pero ella, quizás porque estaba fría, no hizo amago de probarla. Después miró a su mujer, que permanecía inmóvil en la silla, con la cabeza echada hacia atrás y la boca abierta. Entonces fue consciente de lo que había hecho y, tras lanzar un grito, se arrojó por la ventana.

73. Tradiciones

Nos gustan las corridas de toros, la montería, ir bien peinados y vestir como Dios manda. No sé de dónde sacó José Alfonso lo de los haikus y el manga. Encima pretendía llevar las pintas de los desaliñados esos que llaman otakus. El colmo fue cuando nos dijo que quería aprender japonés. «¡Y una leche!», le gritamos. Si descuidaba sus estudios de Derecho, nunca podría ser notario, como habíamos planeado.

Ahora no me importaría volver a verlo vestido como un puto samurái, pero sin aquel cuchillo.

72. DEBE Y HABER (Juan Manuel Pérez Torres)

Cada día, al despertar, antes del amanecer, regresaban nombres: el padre, al que dejó morir solo en el hospital porque tenía una reunión; Marina, su esposa, esperando en casa mientras él, en el bar, fingía trabajar; el hijo, que aprendió a no pedir abrazos. También recordaba pequeñas crueldades: portazos cargados de ira, disculpas que aplazaba, promesas hechas para acabar discusiones y olvidadas al día siguiente.

Siempre se había considerado un hombre práctico. Decía que trabajar era amar, que proveer bastaba, que el tiempo arreglaba lo que uno no se atrevía a afrontar. Ahora, a los ochenta años, comprendía que el tiempo no reparaba nada: solo cubría las heridas hasta que ya no quedaba nadie a quien pedir perdón.

La enfermera lo acomodó y le preguntó si necesitaba algo.

—Sí —susurró—. Otra vida.

Julián, que había vivido tanto, miró sus manos, finas y temblorosas y descubrió, en la cama, que la memoria no era un álbum, sino un tribunal. Afuera amanecía, pero el día le pareció demasiado breve para empezar de nuevo.

71. Siete

La culpa fue del siete que no salió. Todos los números coincidían y yo cruzaba los dedos para que apareciera, era mi número favorito: un número mágico. Hasta ayer me gustó. Ahora lo odio. Lo escribí siete veces, como hacíamos en el colegio, y quemé el papel en el suelo de la alcoba, junto con el billete de lotería que terminaba en el siete que no salió. Me despisté un momento, no sé por qué, quizá un ruido, un golpe o un pensamiento. Cuando me llegó el olor yo estaba en la cocina y ya era demasiado tarde. El fuego había alcanzado las cortinas, la cama… Y toda la culpa era del siete.

«La culpa ha sido del siete», les dije a los policías cuando vinieron a buscarme, también se lo juré a los vecinos que me querían matar. Todos en la calle, las llamas salían por mis ventanas y los bomberos trabajaban a destajo para que el incendio no se extendiera más.

Dicen que ya la he liado más veces, pero que nunca había llegado tan lejos. Yo no me acuerdo, pero de lo que estoy seguro es de que hoy la culpa ha sido del siete.

70. El Ruido



El pichón estaba en el piso, recién salido del huevo o de algo peor.
Piel casi transparente, el pico demasiado grande para un cuerpo que apenas existía.

— Es feo — dijo
— Se va a morir — dijo también

El hijo insistió.

Así que lo levantó. No por compasión, sino por cansancio.

El cuerpo era liviano, tibio.

Lo dejó en una caja. Pan mojado. Agua.

 

Esa noche el ruido empezó.


Era húmedo, rítmico, insistente.

 


Se metía en la almohada. 

Pensó levantarse.
Pensó hacerlo callar.

Pero no hizo nada.

Hasta que el ruido ya no fue tolerable.

Lo levantó otra vez. El cuerpo seguía tibio.

Lo dejó afuera, en un rincón.
Donde no molestara.

El ruido siguió un momento más.

Después ya no fue el mismo.

Cerró la puerta.
Sintió alivio.

Durmió.

A la mañana siguiente, el pichón estaba muerto.

“era de esperarse” pensó,  y siguió con su día.

Esa noche soñó con el ruido.

Lo vio en reflejos. En la oscuridad.
Siempre igual: enorme, horrendo, quieto.

Una noche habló.

No con palabras.

Primero vino el rincón.
Después la oscuridad.
Después nada que respondiera.

Y recién entonces, el ruido.

Frío.
Hambre.
Soledad.

69. LOS DÉSPOTAS NO SIENTEN CULPA

Don Marcelo dice que la culpa siempre es de los demás, por eso hace lo que le da gana sin sentir remordimientos. Por eso, y porque la empresa es suya.

Le gusta contratar mujeres, mejor cuanto más jóvenes. A ser posible, sin pareja y con hijos a su cargo. Dice que esas hacen lo que sea por conservar el trabajo. Y si alguna se pone tonta, pues le paga el finiquito y aquí paz y después gloria. Que para eso es el despido tan barato en este país.

A la última que vino le hizo la vida imposible: doblar turnos, trabajar en festivos, retrasos en la nómina… Todo porque la chica dijo que la acosaba y que iba a denunciarlo al sindicato.

Cuando la vio saltar desde la azotea me pareció ver un atisbo de culpa en su mirada, pero enseguida se repuso: se encendió un puro y, después de dar dos caladas, dijo que este despido le iba a salir gratis.

68. Desmanes

 

Ahora que nos separan kilómetros de distancia, te imagino entrando en mi casa para robar el cuadro. Yo mismo te he dejado las llaves. 

Me preguntaba qué inducía a mi nuevo vecino a mostrar ese afán de camaradería con alguien que le doblaba la edad, ese acuciante interés por ganarse mi confianza.

En realidad, el cuadro es más tuyo que mío. 

Pero lo que no sabes es que me has liberado de una pesada carga: la pintura, expoliada por mi familia a la tuya durante aquella absurda guerra, con la impunidad de los vencedores, siempre ha supuesto para mi un verdadero conflicto.

Cuando vuelva a casa, el cuadro y tú habréis desaparecido, y esa ausencia mitigará mi vergüenza.

 

 

67. Comodín infalible (Rosy Val)

Yo no creo tener culpa alguna, al menos no la siento como tal. Que yo recuerde, claro, porque a mis años…

Ya me lo decía mi pobre marido: «Me tienes muy preocupado, estás empezando a chochear». Lo decía, sobre todo, cuando le preguntaba acerca de mis gustos: mis bombones favoritos, mi fragancia preferida, mi música, los poetas que me inspiraban. También, cada vez que me quejaba de que no notara mis cambios de peinado, si lloraba, si perdía kilos. Cuando no tenía ganas.

Pero mi Rogelio estaba en lo cierto. Ya no pensaba con claridad y empecé a desorientarme. A olvidarme del sitio donde él dejaba sus gafas, el Marca, su móvil, las llaves de casa, de su coche. De mantener fresquitas sus cervezas. Me liaba con el color de sus calcetines, con el horario de sus comidas. Llegué a sazonarle varias veces la sopa, a echarle azúcar en el café. Y por primera vez me aturullé con sus pastillas. Aquellas chiquititas azules y ovaladas para la diabetes, con las verdes redonditas, las de la hipertensión. Y esas blancas triangulares para el reúma, con las ocres aplanadas y ranuradas, para las arritmias del corazón.

66. Mensaje divino

Al padre Jeremías se lo llevaban los demonios cada vez que rezaba el Yo confieso. En el momento en que la oración llegaba al «por mi culpa, por mi culpa, por mi gran culpa», unas señoras de negro alzaban la voz para expiar las suyas. Pertenecían al gremio del santo decoro que, tras haber manchado el nombre de las que vestían prendas de colores sin tapar todas sus carnes, acudían a la iglesia para que Dios las absolviera de sus faltas. No sospechaban que Él mismo las miraba con recelo. Sus voces le removían las tripas y decidió aparecerse al cura para tratar el incómodo trance. «Me repugna que propaguen sus prejuicios y luego pretendan mi perdón a cambio de unas plegarias», le confesó. Su representante en la Tierra resumió el conflicto con un refrán: «A Dios rogando y con el mazo dando». Al Todopoderoso le gustó tanto que trazó un plan para grabarlo en la memoria de aquellas devotas. El domingo, cuando llegó la proclama estentórea de las culpas, el sacerdote bajó del púlpito con calma, se acercó a ellas, les dio la espalda, levantó sus vestiduras y mostró un hermoso tatuaje de letras góticas que cruzaba sus posaderas.

65. Desfile nacional (Alberto Benito Fernández)

No volví a dormir tranquilo desde el día en que decepcioné a mi padre negándome a realizar el servicio militar. Sé que nunca me lo perdonó. Por eso, cuando falleció, decidí alistarme en la brigada paracaidista para que se sintiera orgulloso de mí, allá donde estuviera.

 

A base de esfuerzo y disciplina me convertí en el recluta más destacado de mi promoción, y me gané el derecho a participar en el desfile de las Fuerzas Armadas. Al fin tenía la oportunidad de redimirme y acallar mi prolongada culpa.

 

Ay, si me pudiera ver el viejo, qué emocionado estaría. Tenía al fin frente a mí esos minutos de gloria para que el apellido Martínez fuera recordado para siempre.

 

Qué sensación la de sobrevolar la Castellana escoltado por la Patrulla Águila y dar el salto ante la atenta mirada de mis compatriotas. La lona se despliega majestuosa en el cielo de la ciudad que me vio nacer y desciendo con precisión hacia el punto de aterrizaje escuchando los aplausos de una multitud enfervorizada. Cierro los ojos y puedo sentir que el corazón de mis antepasados late en el mío.

 

—Mierda, una farola.

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