Esta Noche Te Cuento. Concurso de relatos cortos

INCERTIDUMBRE

Un relato con menos de 200 palabras inspirado en LA INCERTIDUMBRE

ENoTiCias

Bienvenid@s a ENTC 2026 Continuamos nuestro 16º concurso en el que iremos proponiendo hasta 8 propuestas temáticas en torno a la EXISTENCIA En esta ocasión serán relatos que desarrollen el concepto de LA INCERTIDUMBRE. Y recuerda que el criterio no debe ser poner menos palabras sino no poner palabras de más. Bienvenid@
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Esta convocatoria finalizará el próximo
30 DE SEPTIEMBRE

Relatos

Entre comillas

Con suerte, un punto y seguido; a pesar de que llevo sufriendo desde hace tiempo, y entre demasiadas exclamaciones, cualquier pausa sin ti que dure más que una coma. Te escribo estas palabras para despedirme, temeroso ante los interrogantes que me depara el futuro inmediato: ¿qué será de mí? Y aun así, confío en que este paréntesis (entre nosotros) no termine siendo un punto final sino unos puntos suspensivos… Permíteme ahorrarme las explicaciones que siguen a los dos puntos —me echaría a llorar y emborronaría la tinta—.

Solo te pido que, si la vida decide reunirnos de nuevo, no me pidas que seamos solo amigos, entre comillas.

FUTURO INCIERTO (Juan Manuel Pérez Torres)

De la última entrevista salió especialmente contento.
—Le llamaremos para comunicarle, sea cual sea el resultado —le dijeron.
Sabía que quedaban cuatro candidatos, dos chicos y dos chicas, pero nunca se cruzó con los otros tres. Él estaba sobradamente preparado, pero imaginaba que también lo estarían sus invisibles rivales. Alea iacta est, se decía.
Tras varios días de espera, no se le iba de la cabeza el cuento de la lechera. Luego comenzó a revisar su currículum por si se había deslizado algún error involuntario en sus datos de contacto. Su teléfono estaba bien.
A la semana siguiente recibió una llamada. El número era desconocido. Esperó dos tonos antes de contestar, pero al otro lado solo encontró un silencio leve, casi respirado. Luego se cortó. Miró la pantalla: sin identificación.
Aquella noche, mientras cenaba, llegó un correo con el asunto «Proceso de selección». Lo abrió con las manos temblorosas. La bandeja tardó unos segundos en cargar y, cuando por fin apareció el mensaje, solo había una frase:
«Le llamaremos para comunicarle, sea cual sea el resultado».
Volvió a comprobar el teléfono. Seguía bien. Sin embargo, desde entonces, cuando sonaba, no se atrevía a contestar.

LA PREGUNTITA… (Jesús Alfonso Redondo Lavín)

Quedé epatado, sorprendido, impactado y pasmado. No sé qué participio de verbo pudo definir la mueca de mi rostro. Mis ojos quedaron fuera de órbita, las orejas respingaron patilla arriba y las cejas ascendieron a lo alto de mi frente. Separé los codos de la mesa y dejé de apoyar mi barbilla con los puños.  No lo podía creer, mi nieto, mientras movía un peón en el ajedrezado para atacarme con un gambito de dama, me había comentado:

─Abuelo, me han dicho en el colegio que tengo que decidir qué quiero ser, niño o niña.

Qué incertidumbre la mía, qué le digo yo a mi nieto ahora. Mira que si me dice…, no, no lo parece, no parece amanerado. O es que este ladino me quiere desconcertar para que pierda el hilo de la partida.

Yo ya estoy cercano a los 80 años y esa pregunta nunca me la plantearon en la escuela. En lugar de decir que “qué tiempos aquellos” me cuestiono que “qué tiempos estos”.

Finalmente fingí naturalidad y le pregunté:

─Y… tú, ¿ qué quieres ser?

─Niño, claro, me respondió.

No puedo negar cierto alivio con la respuesta, pero me dio jaque mate con los tres movimientos siguientes.

5. MARGEN DE ERROR

La espuma de la cerveza dejaba anillos perfectos en el cristal. Cada trago borraba uno y dibujaba el siguiente. Afuera llovía con esa obstinación que hace imposible saber si merece la pena esperar cinco minutos más o salir corriendo.
—¿Crees que existe el amor para toda la vida? —le pregunté.
El hombre hizo girar lentamente la pinta entre las manos. La madera del pub olía a cerveza derramada y el rumor del bar se mezclaba con el tamborileo de la lluvia sobre los cristales.
—Es posible.
Bebimos en silencio.
—¿Y que las personas cambien de verdad?
—También es posible.
La tormenta arreció.
—Entonces, ¿de qué demonios podemos estar seguros? Y no me digas otra vez aquello de que el amor no paga facturas.
Su rostro reflejó el cansancio de quien había pasado la vida persiguiendo certezas. Apuró la pinta de un largo trago.
—Cuanto más empeño ponemos en medir la vida, menos tiempo nos queda para vivirla.
Levanté la mano hacia el camarero.
—¿Otra?
Heisenberg contempló un instante el vaso vacío. Después miró la lluvia golpeando el cristal.
Sonrió.
—Nunca sabremos si era la última.

04. ÁIGOR

Estoy que no me tengo en mí. Necesito ganarme la vida y surgen dos opciones para mañana. No sé qué hacer.

Dicen que mis manazas son ideales para amasar pan. Mi tío me ha hecho un sitio en la panadería para cubrir un hueco imprevisto. Por otra parte una desconocida productora cinematográfica me ha llamado para pedirme que ponga mis ojazos en una película de rodaje inmediato.

Manos, ojos, en fin.

Trabajo estable con algo de dinero o la aventura de vete a ser qué, ¿qué hago?.

Marty Feldman decidió interpretar a Áigor en el Jovencito Frankestein de Mel Brooks.

Sus manazas no amasaron pan. Sus ojazos pasaron a la historia.

03. Agosto

No estaba siendo un vuelo tranquilo.

Tras el caos absoluto del embarque, vinieron los malos modos a la hora de alcanzar los asientos. Las pobres asistentes, agotadas y al borde del colapso, hacían lo que podían, y la gente, como de costumbre, daba por saco.

Pueden imaginar lo que costó algo tan sencillo como que todo el mundo estuviera al fin sentado con el cinturón abrochado, la bandeja levantada y los dispositivos electrónicos desconectados.

Pero esa armonía pasajera terminó bruscamente con el comienzo de las turbulencias. Los cánticos y ovaciones de los borrachos se mezclaron con el griterío de los niños y el guirigay general de broncas, quejas y advertencias.

Insoportable.

Había oído hablar del “piloto automático”, pero nunca me había encontrado con que un aparato tomara el mando de esa manera. Y, a partir de ahí, como la seda.

Un esfínter, lo hubiese llamado yo a falta de mejor opción… Desconocía su existencia. Ni siquiera imaginaba que la ciencia hubiese llegado tan lejos.

El siglo XXI será el siglo de la automatización —me dije—y, tal vez entonces, la selección natural encuentre su mayor desafío en un nuevo reino.

Cerré los ojos y suspiré disfrutando del dulce sopor.

02. SOMBRA CUÁNTICA ENAMORADIZA (Miguel Ángel Jiménez)

El 12 de agosto un eclipse solar recorrió parte de Iberia. Me levanté con la ilusión de ser testigo de esa coincidencia cósmica. Hablé con mi sombra, como otros días, tratando de resolver viejos litigios enquistados.

A la hora del eclipse nos quedamos todos sin sombras. Desparecieron. Lógico al ocultarse el foco emisor de luz. Hasta aquí todo bien. La sorpresa surgió cuando reaparecido el Sol para seguir cumpliendo su función, mi sombra no aparecía.

Meses después, sentado en una terraza en Donostia la vi aparecer con una ertzaintza llamada Amaia. Me la presentó y me dijo que era feliz con ella. Que nunca volvería a ser la sombra de un personaje como yo.

Se habían conocido a través de un tal Heisenberg, muy amante de sembrar dudas por donde quiera que pasara. Aquello me llenó de incertidumbre. Me lo confirmó una amigo que me garantizó que a mi sombra se la había visto del brazo en Sevilla con un señorito cayetano el mismo día y a la misma hora de mi encuentro en Donostia con Amaia.

Y aquí me tenéis. Indeterminado. Sin saber que hacer. Buscando una nueva sombra que me cobije. O al revés. Siempre me lío.

01 . A SALVO

Lucía lleva horas ayudando en el polideportivo montando camas de campaña y organizando una improvisada enfermería. Durante un descanso, recoge el móvil, que ha dejado cargándose, para llamar a su madre. Quiere confirmar que se ha ido con Cristóbal. Allí nadie contesta. Buena señal.
La casa de su madre estaba lejos del incendio, pero era lo más prudente. La de Lucía, en cambio, peligraba. El fuego alcanzaba ya el pinar de una ladera cercana cuando la evacuaron. Esperaba alguien uniformado, pero fueron unos civiles con esos luminiscentes chalecos de «voluntarios» quienes la ayudaron a cargar cuatro cosas en el coche y salir hacia Casares.
Ahora solo puede pensar cómo estará. Tal vez Ismael, su vecino, pueda contarle algo. Lo llama. Tampoco contesta.
Entonces, en un impulso intuitivo, marca el número fijo de su propia casa. Escucha los tonos insistentes y cuando va a cortar la comunicación descuelgan.
—¿Mamá?
Se perciben ruidos de ajetreo. El rozamiento de algo que se arrastra. De fondo hay voces que hablan con un tono de urgencia, pero no puede entenderles. El sonido del teléfono rozando la pared, suspendido de su cable.
—¿Hay alguien ahí?
Y un portazo apaga todos los ruidos con un silencio ominoso.

87. Pertenencia

En Cándida, todas, todes y todos hablamos en femenino. Las mujeres de otros pueblos nos ven como un ejemplo de transformación social. No se pierden ninguno de nuestros talleres de micromachismos, igualdad, violencia de género, conciliación o masculinidades corresponsables. Aún son pocos los hombres de otras aldeas que asisten, pero poco a poco vamos haciendo.

Después, de puertas adentro, nosotras hacemos la colada, dormimos a las crías, las despiojamos, organizamos compras, comidas, colegios, médicos, limpiamos cocinas, ollas, platos, fregamos los baños. Y, a veces, ellos cocinan. 

86. Ni ellos mismos se lo creen (María Rojas)

En el Salón de Reinos, boquiabierto se queda el enano ante las espléndidas pinturas.

Zurbarán, complaciente, lo deja estar y él se deja ir en una contrahecha melancolía. Siente envidia del aedo de cuerpo bien proporcionado y elástica musculatura.

Luego, ante un “avisillo” de chorizo y un chorrete de vino, ríen a carcajadas el pintor y el enano al recordar la absurdidad de los Habsburgo de creer que pertenecen al mundo del todopoderoso Homero.

 

85. Al dictado

Hermoso otra vez, así es el cuerpo cuando me lo explicas. Cierro los ojos y dejo que cabalgue la memoria sobre el texto. Adonis, me comparas, y acepto la metonimia porque sé que no hay en ella ni pizca de ironía, porque sé que así me viste un día ya lejano y aún conservas el recuerdo, aunque solo sea una hipérbole convenida entre los dos; igual, que para mí, tú eres Afrodita. Hermoso es escuchar de tus labios que mi pecho es el casco de un navío, que mis piernas son columnas de un templo bizantino, que mi aliento es la brisa que se escapa de un bosque remoto. Y cada metáfora acaricia los poros de mi piel sin necesitar que tus manos la recorran. Hermoso es el verbo que se acuesta a mi lado cada noche, que susurra palabras inventadas, que rompe los silencios como rompe la escollera el murmullo de las olas. Hermoso es saber que pertenezco a lo que dices, que me inventas en cada línea que dicta tu discurso, que la palabra es el barro que sustenta la creación.

84. La decisión

No le reconocía, pero era su marido. Tenía delante a un desconocido con el que resultaba que llevaba más de veinte años casada. No asimilaba la situación después del accidente. Aceptaba su cariño y sus cuidados rebosantes de abnegación con el reparo y la prudencia de quien los recibe de un extraño del que recela. La ofrecían una vida nueva. Quizá debería aprovechar y jugar esa carta, pero si algo tenía claro era que no le gustaba el juego. Qué pasaba con todo lo anterior a estamparse con el coche.

Parecía que un amor residual, latente, quería volver a florecer en ella. Había algo de anhelo. Pero no se acostumbraba a ese hombre, a sus miradas de admiración ni a la dulzura de su trato. Ella no podía evitar lucir una expresión de desconcierto desde que salieron del hospital. Era su marido. Se empeñaban en dejárselo claro. Pero… no era su marido.

Valoró. Sopesó. Y volvieron a su memoria los silencios despiadados, los desprecios, los vacíos. La frialdad. Soberbia. Humillación. Odio, rechazo, desprecio… Y firmó para que, ya sin duda, dejase de ser su marido. Lamentó entonces que la amnesia no le hubiera afectado también a ella.

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