Esta Noche Te Cuento. Concurso de relatos cortos

PERTENENCIA

Un relato con menos de 200 palabras inspirado en LA PERTENENCIA

ENoTiCias

Bienvenid@s a ENTC 2026 Continuamos nuestro 16º concurso en el que iremos proponiendo hasta 8 propuestas temáticas en torno a la EXISTENCIA En esta ocasión serán relatos que desarrollen el concepto de LA PERTENENCIA en todas sus variantes. Y recuerda que el criterio no debe ser poner menos palabras sino no poner palabras de más. Bienvenid@
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Esta convocatoria finalizará el próximo
15 DE AGOSTO

Relatos

64. MAR ADENTRO (Ana María Abad)

Mi abuelo siempre contaba que, una noche de faena, pescó a mi abuela en sus redes y que ella cambió su cola de escamas plateadas por una vida juntos. La abuela le quitaba importancia con la mano, mientras cruzaban sonrisas cómplices. Cuando el abuelo murió, creí que ella se nos iba detrás. Se pasaba todo el día sentada en el sofá, pálida, con un velo triste en la mirada, como uno de esos cielos grises de lluvia fina. Desaparecido lo que la anclaba a la tierra, el mar la reclamaba con un murmullo insistente y poderoso, y cada vez bajaba con mayor frecuencia a la playa, a enredar los pies en la espuma que lamía la arena, dejando que el viento le alborotase las canas y los sentimientos.

Hoy, no conseguimos encontrarla por ninguna parte. Sus huellas se pierden entre las rocas y sus zapatillas flotan en un charquito que dejó la marea, junto a unas algas y un cangrejo asustado. Sospecho que al fin ha regresado allí donde pertenecía: en esa botella con un velero dentro que me regaló el abuelo por mi quince cumpleaños, junto al barco nada ahora una sirena de cola plateada y canas al viento.

63. Desorden (acepción cuarta)

Se supone que debes sentirte parte de la obra de Dios, igual que lo vive el resto de tu comunidad. Pues no. Sigues siendo un añadido que no encaja. Parece mentira que tantas oraciones no te hayan apaciguado el alma en estos largos años. Cuando miras al Cristo en la cruz, siempre ves esos mofletes sonrosados que contemplaste apenas unos segundos y que, aun así, quedaron grabados en tu retina de por vida. Era un niño. Lloraba hasta quebrársele el grito, como si supiera que lo separaban de su madre. Quisiste cogerlo, pero no te dejaron acercarte al bebé en ningún momento antes de que desapareciera de tu vista en un Hispano-Suiza reluciente de un adinerado beneficiario de la orden. Eras una perdida, no tenías derecho a nada. Solo a rezar durante todos los días de tu aciaga existencia en un convento que no sale en los mapas.

62 ¿De quién son nuestros días?

Sí, el fuego lo iniciaría él, pero la chispa llevaba germinando muchos años.

Aprovechó que Luis, Eduardo y Antonia, los únicos amigos en la empresa, disfrutaban del día libre para llevar a cabo su plan.

El encargado de la seguridad, un chulo con pretensiones de matón, a esa hora se refugiaba en su sala para comerse el bocadillo y seguramente ver porno.

La mayoría de los trabajadores estarían sumisos y cabizbajos en sus puestos, con nada en sus cabezas mas que el tictac del reloj que les acercaba a la hora de salida.

Entró en el despacho y cerró el pestillo. Manuel no pudo decir nada, el golpe en la mandíbula le dejó sin palabras, y sin varios dientes. Otro en el estomago le arrebató la voluntad de defenderse. Por suerte la habitación estaba insonorizada para que no se escucharan los jadeos de las empleadas que eran invitadas a realizar tareas especiales. Manuel se jactaba de que no eran pocas.

Ahora, en el suelo, llorando y sangrando no parecía el jefe prepotente y acosador que aterrorizaba a sus empleados. Le propinó quince patadas, una por cada año explotado en la fábrica.

En unos segundos las llamas harían su trabajo.

60. COMMUNITY (Modes)

Esa noche de tormenta, en lo más profundo del bosque, la joven amish gritó de dolor.
Horas después regresó a la aldea, tras enterrar su pecado.
Un pecado de tres kilos seiscientos gramos.

59. El patio

Sus dedos, por pasar el rato, trenzan peciolos desnudos de falsa acacia con los que crea animalillos amorfos. Aunque nadie se interese por su destreza. Mira a su alrededor deteniéndose a envidiar la gracia y precisión de las que saltan a la comba, la agilidad de los que juegan a baloncesto, el glamour que destila el corrillo de las guapas, el magnetismo que emana del grupito de los mayores. Los estudia a todos, busca diferencias, cualidades que emular.

Uno de los pequeños, atraído por su actividad, se sienta a su lado y hace mil preguntas, pero no pone empeño en  deshojar las ramitas con el «gallo-gallina», ni quiere aprender a hacer trenzas: huye hacia los columpios.

Un balón la golpea y cae a sus pies. Se levanta dolorida, pero sonriente, e intenta devolverlo de una patada. Tropieza con el banco y el improvisado zoo de cestería va al suelo. Un compañero de clase se acerca a buscar la pelota. No pide perdón, ni la invita a jugar: la mira  con un mar de desprecio.

Comienza a llover, la gente corre a refugiarse. Ella trata de imitarles. Resbala, trastabilla. Sus gruesas gafas se enturbian con incómodas gotitas. Sus ojos, también.

58. Suyo por siempre

Cuando el bip anunció que el último artículo había pasado por caja, Marcos contestó que pagaría con tarjeta. Vanesa le entregó el ticket y un segundo papel. «Descuento del diez por ciento en su próxima compra, si la realiza antes de dos días», le dijo, mecánicamente. Una vez cargadas las bolsas en el maletero, pensó que tal vez necesitaba unos pantalones. Cerró el coche y volvió a pasar por delante del sonriente vigilante del Forever shop 24×7, rumbo a la sección de confección. De camino, cogió un brik de nata, que había olvidado antes.

Al pagar, Marisa le ofreció un nuevo papel, asomando entre sus largas uñas de lunares rojos: «Veinte por ciento de descuento en parafarmacia, en compras efectuadas hoy».

Cinco días más tarde le llamaron desde su trabajo para preguntar por su prolongada ausencia, pero Marcos no contestó. Acercaba el móvil, con mano temblorosa, al datáfono que le ofrecía Marta, mientras esta le anunciaba un quince por ciento de rebaja en vinos durante los próximos treinta minutos. «Por ser cliente vip», añadió.

Cuatro días después, Emilia, una reponedora, avisó al servicio de limpieza. Acudieron con desgana a retirar el cuerpo del pasillo de frescos.

57. Un mundo de locos o la locura del mundo

—¿Ha tenido usted alguna vez la sensación de ser la única persona cuerda entre locos?

—Tutéame, voy a ser tu terapeuta.

—¿Ha tenido usted…?, perdón. ¿Has tenido tú alguna vez la sensación de ser la única persona cuerda entre locos?

—Tú, ¿sí?

—Sí, constantemente. Aunque a veces dudo.

—¿Dudas? ¿De qué?

—De mí misma.

—¿Dudas de ti misma? ¿Por qué?

—Porque creo que si todos están de acuerdo y yo pienso lo contrario…

—Continúa.

—… la loca puedo ser yo.

—¿Fuera del trabajo te ocurre lo mismo?

—Fuera del trabajo ya no tengo vida.

—¿Por qué?

—Porque estoy todo el día hablando de lo que me pasa en el trabajo y ya nadie me aguanta.

—¿Tus amigos te han dicho que no te aguantan?

—No, pero les noto en la cara que se aburren cuando hablo del trabajo.

—¿Has sido tú misma la que has decidido no salir más con ellos?

—Sí, porque siento que no están bien conmigo, en realidad siento que nadie me soporta porque soy un bicho raro.

—¿Y quieres dejar de ser un bicho raro?

—Sí, quisiera ser como todo el mundo. Estar loca o cuerda me da igual.

—Pues vamos a empezar a trabajar.

56. Adopción

En la protectora, nada más verlo, supo que sería el suyo. Le miraba con ojillos vivarachos y, al acercarse, le regaló tres lametones, como si lo hubiese reconocido.

Una vez en casa, le impuso algunas normas. Duraron poco. Los llantos atravesaban las paredes y despertaban a los vecinos, así que terminó instalándolo junto a su cama.

Rompió el sofá, devoró las zapatillas y convirtió las cortinas en jirones. El coche empezó a oler a él. También los jerséis. Pronto tuvo que adaptar su vida a la del perro. Madrugaba para sacarlo a pasear, buscaba hoteles que lo aceptasen, terrazas en las que pudiese tumbarse a sus pies y playas donde correr libremente. Se inquietaba si no comía o si no salía a recibirlo. Y si llevaba mucho tiempo solo, siempre regresaba a casa antes de lo previsto.

Una tarde se le escapó en el parque. Lo buscó durante horas, llamándolo hasta quedarse afónico. Al anochecer, apareció un hombre con el perro.

-¿Es suyo?

Tardó un rato en contestar. Luego le ajustó la correa y volvieron a casa juntos, sin saber si era él quien había adoptado al perro o el perro quien había terminado adoptándolo a él.

55. La reconciliación

La letra T mayúscula. Me encanta cuando me escribes en la espalda después de hacer el amor tras una de nuestras broncas. La letra E. Esta vez te he levantado la mano por cómo te ha sonreído el quiosquero. Te prometo que no volverá a ocurrir. Aunque me pertenezcas. La letra V, que repites porque podría parecer una U. Con la habitación únicamente alumbrada por la tenue luz de las velas. Me quedo acostado, boca abajo, con los brazos extendidos a lo largo del cuerpo y la cabeza ladeada. La O. Entonces me besas despacio la nuca. La Y mayúscula. Deslizas tu dedo índice por mi espinazo dibujando las figuras más bellas, llamándome por los nombres más hermosos. La letra A, muy lenta. Tendida junto a mí, con tu cabeza descansando sobre mi hombro, vas haciendo. La M. Cierro los ojos y me abandono por completo. Otra letra A. Nunca acabo de entender los mensajes que en mí deletreas. La letra T. Estoy tan exhausto y es tanta la paz que me da sentir ese cosquilleo que, a menudo, termino dormido. Una nueva A. A ti te divierte, cuando despierto, comprobar que soy incapaz de recordar nada. La letra R.

54. Noctívago (A. Parada)

Cruzo el umbral del portal y lleno mis pulmones de aire fresco. Miro al cielo oscuro y echo a caminar. «No debería salir a estas horas» pienso mientras la noche me arropa.

Un gato se cruza delante de mí. Se para, me mira un segundo extrañado y continúa. Yo, en la libertad de una calle vacía, lo sigo en silencio, a una distancia prudencial. El felino se mueve lento y tranquilo durante tres manzanas cuando salta la valla de un descampado y abandona mi compañía.

Avanzo mirando al cielo y pienso: «este es mi lugar, aquí pertenezco».

Como ese gato negro, o las estrellas que titilan sobre mí o como esa farola de luz intermitente.

La deriva me arrastra a un pequeño parque. Noto el cambio de textura bajo mis pies al pisar la tierra y cómo altera el sonido de mis pisadas. Me doy cuenta entonces que, bajo la sombra de un árbol en un banco, una joven pareja habla entre susurros.

Intimidad, cercanía y calor.

Paso por delante sintiéndome un intruso, tratando de esquivar sus miradas mientras me disculpo mentalmente. Metros más adelante, decido volver a casa. Pues ellos, de pronto, pertenecen a la noche más que yo.

53. «Homo sapiens»

Provincia de Gauteng (Sudáfrica).

Cuna de la Humanidad.

 

El derrumbe accidental en la falda de una colina cercana al fértil valle del río Vaal, en Sudáfrica, produjo un hallazgo inesperado, y además sirvió para redefinirnos como seres humanos modernos. La tierra se abrió a una cueva sellada durante miles de años en cuyo interior yacían más de una veintena de homínidos entre hombres y mujeres. Gracias al compartimento estanco del lugar todos ellos se encontraban momificados y en un estado tan excepcional de conservación que incluso se percibía la piel apergaminada y, aun así, casi intacta de sus cuerpos.

El equipo de paleontólogos encargados de determinar la categoría a la que pertenecían debatió si habría que asignarlos a una etapa arcaica de los primates, identificarlos con un orden nuevo o registrarlos como un fósil de transición entre alguno de estos grupos y nuestro propio género. Su pertenencia a la especie Homo sapiens, sin embargo, no dejó ninguna duda cuando un estudio posterior reveló las fracturas de huesos y dientes, y las manchas de color cárdeno que destacaban sobre la piel grisácea, alrededor de los ojos y la boca, en más de la mitad de los cuerpos femeninos adultos allí descubiertos.

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