Esta Noche Te Cuento. Concurso de relatos cortos

COLECCIONISTAS

Un relato con menos de 200 palabras inspirado en el tema que te proponemos

ENoTiCias

Bienvenid@s a ENTC 2020 En este momento podemos ofrecerte la posibilidad de participar con un relato que esté inspirado en el LOS COLECCIONISTAS de todo tipo... Bienvenid@
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15 DE ABRIL

Relatos

82. El desdén de la virtud

El viejo despide a la muchacha. Tumbado en la cama se mira los dedos torcidos de los pies, las rodillas huesudas, los muslos delgados y llenos de pellejos. La polla; aquella polla que tiene a sus espaldas un millón de coitos, que ha satisfecho a tantas mujeres de bandera, descansa ahora flácida; una piltrafa expuesta a la mirada inclemente de cada joven que accede a su alcoba por dinero; incapaces todas de resucitar aquel cadáver. El viejo se levanta a duras penas, se apoya en el andador que espera pegado a la mesilla, se calza sus babuchas de franela y avanza despacio, acompasando sus pies a las ruedas del metálico artilugio que le ayuda a caminar. A cada paso se le mueven los triunfos como piezas que cuelguen de las correa de un trampero. No estaba mal armado el viejo. Se acerca a la pared y observa sus trofeos. Son tantos los marcos que la llenan; pero conserva mejor la memoria que la hombría. Repasa en cada lienzo el nombre de la chica, la fecha, el precio y en donde tuvo lugar el maridaje. Recuerda en cada pliegue la ternura original de aquellas membranas tan bien reconstruidas.

81. Namibia, 1997.

El día anterior, cuando montó en el avión, las últimas palabras de su padre le resonaban en la cabeza: «¡Cronista de viajes! Jamás escuché papanatada mayor. Una fracasada, eso es lo que serás siempre».
Llegó a la residencia después del entierro, durante el que estrechó muchas manos de desconocidos acompañándola en un sentimiento que no conseguía encontrar. La directora, tras hacer notar lo mucho que lamentaba, además de la muerte de su padre, el conocerse en estas circunstancias, le alargó una carpeta de anillas con una foto de su infancia pegada en la portada. Recordaba ese día, su padre corriendo tras ella, sosteniéndola por la parte trasera de la bicicleta, mientras ella gritaba «no me sueltes, no me sueltes».
– La favorita de su padre era la de su viaje a Namibia con el National Geographic. Se la leía a cualquiera que se sentase junto a él en la galería.
Dentro, ordenadas por fecha, la última de cinco años atrás, las postales que envió mientras su madre todavía vivía. Junto a ellas, testigos de los te quiero que él nunca dijo y de los gestos que ella no supo interpretar, los recortes de todas sus crónicas en periódicos y revistas.

80. SOLEDAD

Era su cumpleaños, sus amigas le habían preparado una fiesta en casa de Lola, por ser la casa más grande y con jardín. Cumplía 40 años, pero esa fiesta parecía una fiesta infantil, todas sus amigas habían acudido con sus maridos e hijos, niños entre 12 y 2 años. Solo ella iba sola y al verlos a todos pensó que hacia allí.

Fue la fiesta más triste y corta de toda su vida, también  la más bulliciosa con niños peleándose y llorando. No le gustaban los niños. Cerró los ojos y pidió un deseo al tiempo que soplaba las velas.

De vuelta a casa observó la luz del kiosco, se acercó para comprar una revista y allí estaba esa piedra, era una colección de minerales y empezó hacerla, después vinieron las colecciones de dedales, de casas de muñecas…Hasta que empezó con libros y revistas de Extraterrestres, quería comunicarse con ellos, se sentía una de ellos, incluso decía que por las noches la visitaban unos hombres planos vestidos de negro que le comunicaban a que habían venido.

Hoy cumple 61 años, y la fiesta es en el jardín del psiquiátrico.  No hay niños, solo personas de otro mundo.

79. LA MANCHA

LA MANCHA

De pronto, aunque no por esperado, a todos nos sorprendió. Las huellas siniestras crecían como un tsunami y no queríamos ver cómo rompían las olas en nuestra orilla. La distancia nos engañó y extendimos un velo que se mecía bajo la suave brisa de la lejanía.

Pero, la corriente arrastró el lodo extendiéndolo como una gran mancha tóxica y letal. Pasamos del estado de somnolencia al de pesadilla y de esta, al infierno real. Ese fue el inicio de mi afición : coleccionar gestos, miradas, voces, sentimientos y a envolverlos con soplos de esperanza, escondiéndolos tras la sombra de la incredulidad.

Y, desde este lugar, en soledad, en el que no puedo hablar, ni respirar y, mi estado febril me arrastra por senderos oscuros con retorno al olvido,

recopilo la mirada amiga, tierna, sincera…La voz dulce, desesperada, enfadada…El objeto fetiche, el que guardo en la mesita, el que escondo en el armario… El sentimiento sincero, el hipócrita, el ajeno… El gesto de angustia, miedo, de resignación, de rabia… El lugar de paso, el habitual, el del otro… Todo ello, para ahuyentar mis miedos y abrazar el vuelo del animal herido, mientras se abre una grieta en mi moribundo cuerpo.

 

78. Otro mundo

Los seres arribaron en naves desconocidas al puerto. Dotados de tecnología mortífera, lo sacaron de su casa y fue llevado junto a otras personas raptadas hasta los depósitos de los transportes, Viajaron a través de aquel espacio azul que se llenó de cadáveres flotantes de conocidos y familia que no soportaron la travesía. Solo él llegó vivo a su destino y lo vendieron a un coleccionista de humanos. En un jardín de aclimatación, entre plantas de maíz y cacao, compartía espacio con el enano, una pareja de congoleños, un grupo de turcos y el anacoreta que lo enseñó a rezar en castellano en busca de resignación al ser exhibido frente a la aristocracia europea deseosa de conocer al nuevo espécimen traído desde esa tierra recién descubierta llamada América.

77. EL ZULO

Escuchamos el chirriar de la cerradura y nuestros cuerpos se tensan. Contenemos la respiración. Esperando. Trae una nueva. Tiene los ojos rasgados y parece muy joven. La ha empujado sobre el jergón infecto que hay en la esquina y se ha ido.

Ella gimotea sin cesar. Ninguna se acerca a consolarla. Cuando logra calmarse un poco empieza a hablarnos de su vida. Salía de clases de inglés, sus padres la estarán buscando, nunca llega a casa más tarde de las diez. Se culpa por haberse fiado de él, y vuelve al llanto como quien vuelve al calor de un abrazo.

Sabemos como se siente, en unos días empezará a perder la esperanza, a sentir que sus recuerdos no le pertenecen.

Nosotras respiramos tranquilas, durante las próximas noches nos dejará en paz. Aunque ninguna saca el tema estoy segura de que todas pensamos lo mismo. Dijo que acabaría con nosotras cuando terminase la colección, a ella no le decimos nada, miramos nuestras pieles, nuestros rasgos, solo le faltaba una oriental. Y ya no hay más colchones vacíos.

76. Naturaleza muerta (Salvador Esteve)

Tras el cristal de la ventana, miro con tristeza y rabia a mi familia, insertados como tres lepidópteras más de la colección. Mis padres, prácticamente, han cumplido su ciclo de vida, pero mi hermano lo está comenzando y ya jamás batirá sus alas. Una sonrisa se dibuja en el rostro del humano, mi ansia de venganza crece y empiezo a maquinar un plan.

Conozco el lugar donde germina la Nerium Oleander.  Me poso sobre ella,  abro mis seductoras alas y espero a que pase un macho, uno en especial. Por fin aparece, ciertamente es hermoso, pero aun eclosionado sigue siendo un capullo; todavía siento asco recordando lo que me hizo tiempo atrás en la morera. Me mira un tanto desconcertado, mas viene a mí. Sobre la flor revoloteamos en una danza de sexo, impregnándose nuestros cuerpos de su veneno.

Excitado, me sigue al interior de la casa y, jugueteando, le dirijo hacia el  puchero que el hombre acaba de poner al fuego. Aprovechamos las corrientes térmicas para aletear, está confiado. Con un movimiento brusco, rasgo con mis patas sus alas y cae a la burbujeante lava con sabor a potaje.

Satisfecha, me alejo; una venganza se diluye para consumar otra.

75. El coleccionista (Raquel Lozano)

Leí no hace mucho un estudio de una prestigiosa universidad alemana que afirmaba que las mujeres lloran cuatro veces más que los hombres así que, a pesar de que no dejaba de llorar, dejé de tratar de consolarla y obviando sus lamentos, realicé una incisión certera en la base ocular. Extraje el globo al completo y lo dispuse en un frasquito de vidrio junto a los de las demás, etiquetando éste como “verde esmeralda”.

Limpié minuciosamente la escena, me miré al espejo, me perfumé y sonreí tratando de buscar esa mueca seductora que tanto les gusta.

Hay estudios que relacionan la psicopatía con el narcisismo. Paparruchas.

74. CUERPOS ESFÉRICOS. (Paloma Hidalgo)

Escondido en el armario, el primer frasco que encuentra el policía está lleno de canicas. La mayoría son de esas que llamaban de trébol. No sabe que fueron las favoritas de su colección para salir a la calle a buscar con quien jugar cuando su padre llegaba borracho. Tampoco que las de vidrio blanco, las chinas, las usaba para ganarle “al miope” algún bolón con que el paliar los efectos de los castigos por suspender matemáticas, ni que las agüitas y los ojos de gato proceden de un hurto en casa de sus primos. Quizá le habría servido en la investigación abierta sobre tres cadáveres mutilados que he llevado hasta allí, conocer que las del petróleo, unas rarísimas que le trajo su madre tras salir del hospital de la capital, eran perfectas para sobornar y librarse de ser el monaguillo de Don Paco y de sus manos exploradoras. Y que de todas se aprovechaba para verles las braguitas a esas mujeres que hoy salen en todos los periódicos, entonces niñas, que comían pipas sentadas en los bancos del parque viéndole perder. En el segundo, lo que flota en el formol, le pone la piel de gallina.

73 Recuerdos (Nieves Torres Alonso de la Torre)

Cuando la abuela cumplió ochenta años, nos confirmó lo que ya sospechábamos desde hacía meses: Estaba perdiendo la memoria. Ella, que había sido una mujer fuerte e independiente, se enfrentaba ahora a un futuro incierto. No le importaba olvidar el nombre de los muebles, pero no soportaba la idea de vagar por la nada, sin ningún recuerdo que la anclase al presente y a su familia.

Antes de apagar las velas, nos repartió unas tarjetas de cartulina, con el encargo de que anotáramos en cada una de ellas un recuerdo, desde los episodios más importantes de nuestras vidas a las anécdotas más pequeñas.

Durante años, en cada visita añadíamos una tarjeta a la caja y le leíamos también otras escritas con su letra redonda y perfecta de maestra de posguerra. Historias mil veces contadas, que le devolvían la sonrisa, aunque ella ya no se reconocía en aquella joven.

Ahora que la abuela ya no está, cada ocho de julio, nosotros seguimos añadiendo una pequeña historia a su colección de recuerdos.

72. Con los pies en el suelo y echando raíces

Con ese material tan liviano del que están hechas las promesas sé fabricar unos sueños fascinantes, delicados y transparentes como pompas de jabón. Pueden ser grandes, pequeños, anchos, estrechos… En realidad tengo todos los que quieras coleccionar y no me importa inventarlos del tamaño exacto que tú desees. Los niños, en cuanto me descubren, no dejan de admirarme, se acercan a mí, dejándose llevar, y arrastran a sus padres de la mano con una emoción que a estos los desarma, aunque no hay más que verlos para saber que solo acompañan a sus hijos por costumbre, mientras aprenden a dar los primeros pasos. Aún así sigo disfrutando al oír los chillidos de asombro cuando después de crear una ilusión gigante se la regalo a quien todavía espera todo de mí; me alegra ver cómo crece el anhelo en su mirada y la ansiedad ante la expectativa de que pueda hacerse un poco más grande. Qué culpa tengo yo de que siempre estallen en millones de colores delante de sus ojos sin que sean capaces de retenerlas. Ellos, los niños, me siguen aplaudiendo confiados y tratan de imaginar qué voy a ofrecerles a continuación. Los adultos ya no, nunca lo hacen.

71. MÁS QUE UNA AFICIÓN

Siempre les había gustado coleccionar cosas.
Desde que eran niñas se aficionaron a atesorar cromos.
Y como no tenían dinero para completar su deseada colección, las tres hermanas juntaban sus pagas semanales, mientras el único varón recopilaba imágenes de futbolistas de los yogures.
La primera serie fue una de animales que les sirvió para aprender, sin moverse de casa, sus características y costumbres. Después vendrían las de minerales, paisajes o dibujos de la tele.
Sus padres no ponían objeción alguna, pues sabían que gracias a ellas, sus hijos habían mejorado sus notas.
Esa costumbre creció con los años. Reunieron billetes, monedas, rocas y minerales diversos, convertidos en sus mayores tesoros, que cuidaban y ordenaban con mimo.
La última por la que optaron fueron sus novios.
Les gustaban todos: aficionados al deporte, que practicaban fútbol, tenis, buceo, natación o kárate; jóvenes que hacían la mili en su ciudad, algunos no muy agraciados, pero que suplían este menoscabo con inteligencia y simpatía.
También guapos y atrevidos feriantes; fascinantes aprendices de poetas, y, por último, los que serían sus maridos, aburridos hombres convencionales, que las obligarían a finalizar este apasionante y entretenido pasatiempo, que había llenado sus vidas de conocimiento y diversión.

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