Esta Noche Te Cuento. Concurso de relatos cortos

PERTENENCIA

Un relato con menos de 200 palabras inspirado en LA PERTENENCIA

ENoTiCias

Bienvenid@s a ENTC 2026 Continuamos nuestro 16º concurso en el que iremos proponiendo hasta 8 propuestas temáticas en torno a la EXISTENCIA En esta ocasión serán relatos que desarrollen el concepto de LA PERTENENCIA en todas sus variantes. Y recuerda que el criterio no debe ser poner menos palabras sino no poner palabras de más. Bienvenid@
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Esta convocatoria finalizará el próximo
15 DE AGOSTO

Relatos

LA PLAYA, otra vez

Los niños, cuatro, tenían ocho años, tal vez diez. Eran delgados, fibrosos, llenos de energía. Estaban en aquella pequeña playa que se formaba milagrosamente en el litoral rocoso, salvaje, al norte de la ciudad.

La marea estaba subiendo y había unas olas que superaban claramente la estatura de cualquiera de ellos. ¡La diversión estaba asegurada! Unas las buceaban, otras las pasaban por arriba con un nadar todavía pendiente de mejorar, las menos las surfeaban con su cuerpo sin saber que dentro de poco necesitarían una tabla que les ayudase en la “navegación”. Como no podía ser de otra manera, alguna que otra ola les daba un buen revolcón durante unos breves segundos en los que se veían sus piernas emergiendo en medio de la espuma. Las risas, después del susto, estaban garantizadas.

Solamente muchos años después se darían cuenta de lo felices que habían sido domesticando la vida en aquella playa que, en exclusiva, les pertenecía.

39. La ciudad que llevas dentro

Le recuerdo desde niño. Camiseta de tirantes, blanca entonces, ahora grisácea por el paso del tiempo, pantalones de camuflaje y grandes botas militares. Me lo encontraba por el barrio, iba solo, con las mismas pintas en cualquier estación del año y sus cicatrices en la cara y en los brazos. Se paraba y me clavaba los ojos, luego me hacía un guiño y seguía su camino.

Su encuentro no me dejaba indiferente, y menos cuando empecé a asociar su presencia con acontecimientos importantes en mi vida, tanto en los buenos como en los malos momentos siempre aparecía. Pregunté por él a la gente del barrio, en las tiendas, incluso en el cuartel, pero nadie lo conocía.

Es la primera vez que salgo de mi ciudad natal. Este viaje a Dresde, aunque sea por motivos laborales, ha llegado en un momento en el que necesitaba marcharme. Siempre es bueno cambiar de aires, dicen, y yo llegué a creerlo. Hasta que, esta tarde, mientras tomaba café en una terraza lo vi. Desde la mesa de enfrente me guiñó un ojo y soltó una carcajada. Aún escucho su voz: «no puedes huir, perteneces al lugar donde yo existo».

38. Gol sur, fila siete

Llevábamos años sentándonos juntos en la grada sin dirigirnos la palabra. Por eso me sorprendió que se acercara al terminar el último partido, en el que nos libramos del descenso.

—Me acaban de dejar en paro, la próxima temporada no podré seguir pagando dos carnés de socio —dijo señalando con la mirada la urna cubierta con la bufanda verdiblanca—. ¿Le importaría a usted ser quien traiga a mi padre?

No fui capaz de negarme. Me lo entrega, domingo sí, domingo no, a la puerta del estadio y nos despide con un entusiasta ¡viva el Betis!, al que yo correspondo con un ¡manque pierda! El caso es que me he acostumbrado a ver los partidos con el viejo. Las veces que la cosa pinta mal, se queda como ensimismado; en cambio, cuando jugamos bien, siento sus cenizas revolverse y, si cantamos gol, me parece que intenta gritar con una pasión muda. Para hacerlo participar en la celebración, decidí arrojar un puñadito de cenizas al césped cada vez que metemos uno.

Este año nos está yendo tan bien que la urna ha empezado a perder peso. El hijo lo notará pronto, pero creo que no le resultará difícil comprendernos.

37. Desorbitado

El aula tiene un orden cósmico. Los empollones ocupan la primera fila mientras que los revoltosos os sentais al final. Desde tu posición puedes lanzar una lluvia de meteoros de papel con el canuto del boli. Hoy, en la clase de manualidades, había que traer un planeta. Miras al repelente de Vicente como presume de anillos de Saturno. Seguro que le ha ayudado su padre. Como medida desesperada, recoges de la papelera la bola de aluminio del bocadillo, todavía con aroma a chorizo. Cuando llega tu turno, lo presentas como Plutón. Con las risitas de Vicentito de fondo, el maestro te recuerda que lo han excluido como planeta y que, de seguir por ese camino, no vas a pasar de curso con el resto de tus compañeros.

36. Amarre (Nuria Rodríguez Fernández)

Te amé mal desde el principio.
Guardé tus uñas, un cabello, el hilo suelto de tu abrigo. Con todo hice un cuerpo pequeño y torpe. Le cosí tu nombre donde otros guardan el corazón y lo escondí bajo mi almohada.
Cuando faltabas, la casa entera crujía de hambre.

Al principio fueron pequeños descuidos: extraviaste las llaves, perdiste el sueño tranquilo, olvidaste alguna cita. Después empezaste a regresar con cualquier excusa: un libro, una chaqueta, las gafas. Pensé que eran casualidades.
Mi obsesión era un animal paciente.
Anoche me dijiste que mañana te irías para siempre.
No respondí.
Esperé a que te durmieras. Saqué el muñeco de debajo de la almohada y lo apreté en el puño hasta que las costuras se me clavaron en la piel.
Esta mañana sigues aquí, con mi nombre entre los dientes y ninguna puerta en tu memoria.

35. CORAZÓN APÁTRIDA

Tengo una grieta en el pecho que me parte en dos.

Nací en este lado de esa línea imaginaria llamada frontera, pero el color de mi piel me convierte en extranjero.

No quiero renunciar al lugar del que vinieron mis padres, pero conservo su idioma como quien esconde una carta de amor clandestino entre las páginas de un libro viejo.

Cultivo flores con raíces mestizas, pero sus tallos se enredan hasta marchitarse.

Entonces, la grieta de mi pecho se abre un poco más.

No, no pertenezco a ningún sitio.

Pero soy los dos.

34. UN CIUDADANO EJEMPLAR

“Pertenecer o no pertenecer, he ahí la cuestión”.
Pensaba que estaba delirando, pero no, estaba en sus cabales. Llegada la noche, había hecho de nuevo todo lo humanamente posible para ser y estar en la sociedad, con el resto de mortales, cumpliendo con sus deberes y acatando sus obligaciones. No importaba si recurría a alguna trampilla, siempre que no empañase sus modales ni alterase el producto de su conducta.
Al final de cuentas, mañana será otro día y, como está bien acostumbrado, volverá a ocupar el sitio que se merece. Eso sí, no cambiará de equipo por nada del mundo, aunque se juegue en la última jornada la permanencia en el grupo de los grandes.

32. Ahora es mío

Sabía que no era mío. Aun así, aprendí a quererlo. Me había cambiado la vida… No, me la había dado. Apenas sentí sus primeros latidos, supe que siempre existe una esperanza. Hoy, tras millones de latidos, es más mío que nunca. Incluso más que el día en que me hicieron el trasplante de corazón.

31. NO ES IDÉNTICO, ES IGUAL (Rosa Gómez Gómez)

Nació a la vez que su madre daba los últimos balidos. Cerca de allí, la perra de la granja perdía su único cachorro en el parto. El pastor se apresuró a alimentarlo con biberones, pero los rechazaba. En su desesperación, juntó a la madre doliente con el huerfanito. Al día siguiente vio que mamaba, y los dejó juntos. Formaron una pareja inseparable: ella le enseñaba el arte de pastorear al ganado. Aprendía rápido, pero sus congéneres se lo ponían difícil. ¿Un corderito guiándolos? ¿Dónde se ha visto? No lo entendía. Si era un perro con piel de cordero.

30. Piel de lejía

Querida mamá:

Comprendo que estés enfadada conmigo, pero me gustaría que pensaras en mí. Tú, más que nadie, sabes que mi vida es un esfuerzo continuo. Porque me lo inculcaste desde niña: «Lucha, lucha».

¿Recuerdas cuando compartíamos la cocina? Mientras yo hacía los deberes, le quitabas las tripas al pescado. Y tus ojos reían de orgullo imaginando mi futuro. ¿O era el tuyo? Porque siempre decías: “Un día seré la madre de alguien importante”. Y eso intento: alcanzar tus deseos. En segundo de medicina y la mejor del curso.

Con muchos sacrificios, voy saliendo del gueto. De este barrio marginal donde vivimos. Hoy, en lugar de ir a la biblioteca, Paula me invitó por primera vez a estudiar en su casa. Creo que te comenté que vive en una zona con clase, como tú dices.

No quise lastimarte, pero lo volveré a hacer si sucede de nuevo. Con el brazo metido hasta el codo en el retrete, así te encontré en uno de sus baños. “Hace poco que trabaja en casa —me respondió Paula—, no recuerdo cuál es”. Yo, mamá, con aire indiferente, le había preguntado por tu nombre.

29. MIRAR AL FUTURO

Por encima de la mascarilla, la enfermera no quitaba atención a las manos del cirujano, que ya miraba a la paciente sin esperanza alguna de seguir perteneciendo a este mundo, y no dejaba de pensar en lo bien que le irían esos ojos sin dueño a su enfermera.

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