Esta Noche Te Cuento. Concurso de relatos cortos

COLECCIONISTAS

Un relato con menos de 200 palabras inspirado en el tema que te proponemos

ENoTiCias

Bienvenid@s a ENTC 2020 En este momento podemos ofrecerte la posibilidad de participar con un relato que esté inspirado en el LOS COLECCIONISTAS de todo tipo... Bienvenid@
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Esta convocatoria finalizará el próximo
15 DE ABRIL

Relatos

11. Herencias

Mi afición a la entomología proviene de mi abuelo. Él era un gran coleccionista de insectos. Bueno, y de todo.   Apenas fui dos veces a su casa porque vivía solo en el pueblo. A mamá no le gustaba que le visitáramos y  a él tampoco. Ella estaba empeñada en llamar a un camión que se llevara todas sus colecciones y él la amenazaba con un cuchillo y gritaba que le dejáramos morir en paz. Al final fueron unos vecinos y la guardia civil los que consiguieron desalojar todas sus cosas, porque decían que estaba enfermo. Se le habían escapado algunos bichos. Incluso ratas. Creo que se le fue un poco de las manos lo del coleccionismo.

Por eso yo intentaba tener los míos controlados dentro del cajón y, si alguno se movía, echaba insecticida. Como en la escuela nos insistían en no maltratar a nadie, decidí no ser cruel y alimentarlos con sobras de comida. Crecieron y se multiplicaron. Mucho. Parecían felices y yo también lo era. Me sentía un dios.

Hasta que mi madre descubrió el origen de tantas moscas y cucarachas. Gritó, lloró y se desmayó. Entonces comprendí al abuelo. Y busqué un cuchillo para defender mi universo.

10. El último adiós

Colecciono despedidas.

Desde que nací y mi madre se fue. Me dio la vida y al parecer no quedó suficiente para ella.

Mi padre apenas estaba conmigo (creo que no quería verme). Yo dejé de preguntar.

Luego un colegio tras otro, compañeros, profesores, amigos…Familias de acogida, padres, abuelos, tíos y primos prestados por unos meses…a los que dejé de aferrarme y así me era más fácil dejar al partir.

Veo una niña, con gorro de lana azul, tras un cristal mojado con la manita levantada en señal de despedida, y me despierto con el corazón desbocado y la cara mojada.

A veces, en mi soledad, recogía pajaritos, que en alguna ventolera caían del nido, los cuidaba hasta que les crecían las alas y un día echaban a volar.

Ahora en mi trabajo, al menos tengo tiempo de despedirme, maquillo muertos, les hablo con ternura, y los preparo para que tengan su mejor aspecto para el último adiós.

 

9. DECISIONES (Mødes)

Han pasado muchos años, pero aún conservo, intacto en la memoria, el álbum con los recuerdos de mi infancia.

Y mi cromo más doloroso es el de aquella mañana en la que, temblando, le susurré a mi padre lo que hice la noche anterior.

Y él, mirándome con un amor infinito, me confesó lo que nunca tuvo el valor de hacer.

Y así, abrazados junto al ataúd de mamá, lloramos de pena los dos.

8. POUR LE MÉRITE

Ni los innumerables laureles ecuestres, ni los cuantiosos diplomas escolares, ni los inacabables trofeos de caza, nada despertó en el joven Manfred más obsesión que pilotar un triplano y recibir la Blauer Max, aunque para ello debiera cambiar la honorable caballería por la vulgar infantería y comenzar a volar no en un escuadrón de combate sino en el servicio aeropostal.

En su corta vida, no acumuló una gran fortuna, vivía con rigor prusiano. Manfred no tuvo más que un caballo prestado por su padre, un Albatros cedido por la aviación y por fin, y ese fue su único capricho, un Fokker rojo, la envidia de la aeronáutica y el terror de los cielos. Con él se ganó el respeto de los adversarios por el número de aeroplanos abatidos.

Ese fue su balance, o así lo pensaba el intrépido teniente a cuyo funeral asistió un nutrido batallón de viudas y huérfanos de las fuerzas enemigas, una hueste de periodistas y escritores privados de su principal héroe y, por último, una tropa de jovencitas que llorarían su muerte y aceptarían quedarse solteras.

Sobre el pecho del difunto barón lucía únicamente la medalla azul con la leyenda “Pour le mérite”.

7. Terapia interminable

Maribel hacía colección de desdichas, de las ajenas, porque las propias sólo podía sufrirlas. Me contaba que de esta forma sus desgracias parecían no existir, que mirando y analizando las tragedias de los demás, se daba cuenta de que su vida era estupenda.

Apenas tendría yo once años cuando me explicaba aquellas ideas que no alcanzaba a entender muy bien. Vivía justo en frente de nuestra puerta, y cuando mi madre tenía que meter horas extras en la fábrica, yo pasaba algunas tardes en su casa. Ella planchando y dándome palique, yo intentando hacer los deberes.

Un día que yo estaba muy aburrido me dijo:
-¡Ven Jaime! Te voy a enseñar mi galería secreta.

Me llevó escaleras abajo y abrió la puerta del sótano. Era como un despacho oscuro, húmedo y bastante amplio. Las paredes estaban forradas con papel de periódico donde aparecían esquelas, noticias de asesinatos, accidentes de tráfico, y cualquier tipo de titular que condujera al éxitus. También había baldas con álbumes de fotos.
– Mira, aquí guardo las que más me gustan.

Me mostró imágenes de funerales de algunos vecinos, algunos amigos de mis padres, e incluso encontré a mis abuelos.
Parecía tan contenta que no quise llorar.

6. VALOR SENTIMENTAL (Ángel Saiz Mora – EdH 2020)

No supe presagiar la sacudida que me esperaba. Al regreso de un viaje de trabajo hallé varios contenedores frente al portal de casa, tres de ellos con mis libros, otro lleno de figuritas de plástico de personajes de dibujos animados, vinilos y muchos objetos más.
Temí que unos okupas hubieran asaltado la vivienda. No era eso. Paula me explicó que había decidido aligerar de elementos inútiles nuestro hogar, recargado a causa de mi afición al coleccionismo. Apenas tuve oportunidad de introducir algunas palabras de queja. Enseguida dijo que tenía una tendencia malsana para la acumulación.
Me sentí culpable según avanzaba su discurso, en el que hubo un instante definitivo cuando mencionó una regla de obligado cumplimiento, al parecer, en su nueva filosofía vital: “Una cosa entra y otra sale”. Luego alguien abrió la puerta. Su maestro de autoayuda y minimalismo tenía copia de la llave. No hizo falta palabras.
Ella sonreía, él también.
Ya en la calle, una joven empleada se preparaba para transportar mis cosas hasta un punto de reciclaje municipal. Al verme abrazarlas aseguró que allí había verdaderos tesoros, de los que era incomprensible que alguien quisiera desprenderse.
Ella sonreía, yo también.

5. INVENTARIO

Al fin llegó mi hora.

He tenido una vida larga y plena, pero si hiciera un inventario de los momentos verdaderamente importantes seguro que me sorprendería al comprobar que no fueron tantos como yo, ingenuamente, pensaba.

Así que he decidido emplear el poco tiempo que me queda no en recordar mis grandes fracasos o mis pequeños triunfos, no en evocar los años ligeros ni los tiempos de plomo, sino en repasar, con una sonrisa, mi pequeña colección de huellas de esas que nunca se borran, de emociones especiales que, sin hacer apenas ruido, se instalaron para siempre en mi alma y me cambiaron la vida.

Una lágrima sincera, una risa espontánea, una palabra de ánimo, una ayuda oportuna, un reproche certero, una mirada de amor. Olores, tactos, sonidos, sabores…

Hasta el silencio de la nada, lejos del bramido.

4. Distopía 210220 (Luisa Hurtado)

Asociaciones, fundaciones y todo tipo de organismos públicos o privados lo habían empezado a hacer con mayor o menor éxito pero fue él, sir Conall Hardy, el primero en decirlo públicamente, y en exclusiva, al Amazon Post: “He comprado el Henry Doorly, uno de los zoológicos más grandes del mundo, para hacer de él el germen de la más extensa y completa colección de seres vivos de la historia”. Y nadie puso en duda que lo lograría, y con creces, pues le respaldaban una cartera siempre llena y la experiencia de ser, en cualquier cosa que le interesase, uno de los mejores coleccionistas del planeta.
Desde ese momento las noticias se inundaron de imágenes en las que dejaba constancia de cada una de sus nuevas adquisiciones, selfis en los que él aparecía mostrando otra de sus pasiones, los implantes biónicos, a las que quizás habría que añadir la edición del ADN para, también hizo una noticia de esto, “corregir mutaciones genéticas, eliminar secuencias patógenas, insertar genes terapéuticos, dar vida a mejores seres y, ¿por qué no?, a superhombres”, cuestiones a las que prestaría, como siempre había hecho, atención y fortuna, en ese orden o en cualquier otro.

3. Nole, Sile… Jesús Alfonso Redondo Lavín

Cuatro sobres de la colección de Mundo Salvaje por una peseta. En cada sobre dos cromos. Mi paga de los domingos de cuatro pesetas terminaba en las manos de la señora Felisa la “caramelera” del quiosco.

Qué chasco, qué injusticia, en los dieciséis sobres azules de la editorial FHER me salieron el tigre de bengala y el pez martillo repetidos dieciséis veces. El mono narigudo de Borneo y el dragón de las islas Cómodo eran los difíciles, nunca salían. Siempre había algún mentiroso que decía tenerlos o saber quién los tenía.

La familia Cagigas, la del alto de Encarnación de Orejo, cuando dejaron las vacas y se instalaron en Bilbao, para acompañar al sueldo hacían, hoy se diría “en sumergida”, horas extraordinarias dentro de casa metiendo cromos en los sobres azules de la FHER. Es más, cuando íbamos de visita a su casa, nos entregaban sobres y cromos para entretener la conversación sobre las cosas y gentes del pueblo mientras hacíamos el trabajo de ensobrar y ellos engomaban con engrudo las solapillas. Yo ponía cromos diferentes en cada sobre; pero a ellos… ¿qué les importaba?

Después del cine matinal, en corrillos, barajábamos los cromos cantando aquello de nole, sile, nole.

2. BICHOS

Carlos Javier revisa cada dos días su amplia colección de coleópteros. Procura que no se llenen de polvo y que formen filas y columnas perfectas de naturalezas muertas.

En un Congreso de Entomología regional conoce a Isabel, lo suyo son los lepidópteros.Las mariposas son más difíciles de mantener, pero son más lucidas.

Los dos hablaron sobre sus colecciones en el bar de la Facultad, comentaron los últimos artículos publicados en sus  revistas científicas y compartieron trucos para mantener en buenas condiciones la colección.

Sin darse cuenta se echó la noche encima y cerraron el bar. Carlos pidió un taxi y levó a Isabel a su casa. Se despidieron con dos tímidos besos en la mejilla, intercambiaron sus móviles y quedaron en verse pronto. Carlos durmió apaciblemente esa noche, Isabel se acostó con una sonrisa dibujada.

En el bar de la Facultad de Biológicas, en una repisa cercana a la ventana, descansaban dos cajas, una de coleópteros y otra de lepidópteros. Esa noche nadie las echo en falta.

 

1. DESDE LA CÁRCEL

Me lie con el bedel de Anatomía y una tarde me invitó a sus dominios.
Entramos en un recinto enorme con grandes vitrinas y armarios de madera como de otra época.
Grandes frascos llenos de un líquido amarillento y turbio dejaban ver cabezas cortadas por la mitad, apreciándose el cerebro, los dientes y la lengua en una mueca de asco y terror.
Fetos, con sus posturas encogidas y el cordón umbilical como el cable de los astronautas, que a veces por las irisaciones del líquido y la iluminación parecían moverse.
En una especie de rotonda estaban los abortos monstruosos, con dos cabezas, varios miembros, parte de un cuerpo que emerge de otro y una cabeza de un bebé sin calota.
Me apoyé en el lateral de una de las vitrinas medio mareada, levanté mis ojos y tras mi imagen, empezó a definirse una multitud de tarros grandes con penes y testículos de diversos tamaños y formas que flotaban libremente.
A mi lado, el bedel se había bajado la bragueta y se abalanzó sobre mí, lo único que tenía en la mano era un bolígrafo bic que introduje en su ojo izquierdo, más por su ímpetu que por el mío.

113. LA BELLEZA

Cuando llegué a casa, se marcharon todos, le bañe con mucho cuidado, con miedo que se me escurriera entre los dedos, probé la temperatura del agua tantas veces que se quedó fría, añadí caliente mientras la toalla se calentaba en el radiador.

Con la esponja más suave, como alga entre mi mano, jaboné su cabecita posada en la palma de mi mano, el cuerpo entre mi antebrazo y la muñeca. Parecía un angelito. Me sonrió. Después seco y perfumado lo metí en la cuna.

Dejé una lámpara en la mesita encendida. El silencio se hizo espeso .Puse todos los sentidos pero no escuchaba nada. Me asusté. Le saqué de la cuna y le metí en la cama debajo de mi brazo pegado a mi pecho escuchando sus latidos, respirando su olor nos quedamos dormidos.

Hoy cuando le he visto entrar por la puerta, hecho un hombre de casi dos metros me he puesto a llorar, él no sabe por qué, me ha cogido en brazos, me ha acostado en la cama, se ha sentado,  he ido acurrucándome a su pecho, él acariciando mi pelo gris. He levantado la vista y me sonría mientras me buscaba el pulso en la muñeca.

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