¿Te falta alguno de nuestros recopilatorios?
PREMIO A CURUXA 2025
PREMIO SENDERO EL AGUA 2025
***
más de 15000 relatos

más de 6 millones de visitas


Es su primer día; se nota en cómo duda y consulta a un compañero, que le susurra:
—Avisa al encargado.
—Perdone, debí decirle antes que soy socio —le digo, y le enseño un carné caducado hace años.
Me aparto para que no se sienta presionado mientras llama. El chico vuelve, me pide disculpas y me trae una copa y un puro con las manos temblorosas.
Salgo antes de que llegue el encargado. Esta noche la caja no cuadrará y mañana habrá otro novato en su puesto.
Algún día alguien reconocerá mi voz al otro lado del teléfono.
Mientras tanto, duermo bien. Es lo único que me inquieta.
No le importa levantarse antes, lleva días sin pegar ojo del bochorno que hace. Anoche le telefoneó su jefe: que llegaría tarde, que fuese abriendo el local, que encendiera la cafetera y la plancha, atendiese a los repartidores, llenara el botellero, ayudase a Mirta a pelar patatas. «Ufff, espero no olvidar nada», piensa, enjugándose el sudor de la cara.
Se despide de Julia, coge con delicadeza a Alba para no despertarla, sale sin desayunar, arranca el coche. Parece que se derritiera el asfalto, que los neumáticos rodasen más despacio. Le atormenta el recital de bocinazos, el no avanzar, el ver los minutos pasar atrapado en mitad de ese atasco. Suena el móvil, es el jefe: que compre hielo en alguna gasolinera, que la máquina ayer se trababa.
Cuando por fin llega, aparca el coche arriba, no da tiempo a entrar al garaje subterráneo del centro comercial. Abre el bar, es un no parar hasta las cuatro, hora de marcharse.
Sale fuera, cuarenta grados, enciende el móvil. Un mensaje de la guardería, preguntando por Alba. Recuerda recostarla en su sillita, abrazada a su muñeca, durmiendo tan plácida.
Se abre el suelo bajo sus pies. Cae. Siente el lametazo de las llamas.
En la caja cuatro, la única donde todavía atendemos personas, doña Pilar deposita cada martes lo mismo: tres yogures, un bote de habichuelas en conserva —con el que dice que come tres días—, dos o tres tomates y tres barras de pan. A veces añade algo de embutido o patatas fritas. Siempre trae un monedero gastado y me pide que le cuente yo las monedas porque no ve bien. La gente en la cola resopla mientras yo saco las monedas una a uno, pero a mí no me importa tardar.
Hoy hizo lo de siempre. Cuando se fue con su bolsa, Ernesto, el encargado, bajó de la oficina y se puso a mi lado. Dejó dos billetes de cincuenta euros junto al teclado, sin mirarme, y dijo: «Que no te vuelva a faltar dinero al cerrar la caja». Luego se dio la vuelta y se marchó.
La doctora entra en la habitación con ese caminar suyo, tan suave y sofisticado, que apenas desplaza las sombras.
Intercambiamos una mirada: interrogante la suya; expectante la mía.
En ese duelo desigual se me atropellan las preguntas en la garganta, pero me obligo a permanecer sereno, como si la cosa no fuese conmigo. Es algo que se me da bien. Eso, y levantar una ceja sardónica que, creo, me hace bastante interesante.
Ella interpreta su papel, impecable y fría como una serpiente. Observa mis constantes y toma notas, pero sé que, al igual que yo, se muere por iniciar una conversación. Y también sé que no quiere ser ella la primera en hablar.
Sonrío para mí y permanezco inmóvil.
Al final ella cede, como de costumbre, y, con cierta displicencia, entona:
—¿Qué ha sentido?
Me humedece los ojos con solución acuosa a la vez que evita mi inquisitiva mirada.
Simula entereza; yo finjo todo lo demás, así que le contesto:
—Mucha culpa, doctora, mucha culpa…
Por culpa del chirrido de la puerta, mi padre, el reverendo Austen, no puede concentrarse al preparar sus sermones, y mi madre, la señora Austen, sufre de frecuentes jaquecas.
Ni siquiera Cassandra, mi hermana mayor, entiende mi rotunda negativa.
– ¿Por qué arreglarla – le digo -, si está perfecta como está?
A falta de mi propio estudio, la vieja puerta es mi aliada. En este momento acaba de chirriar, anunciando a las visitas, y me ha dado el tiempo suficiente de ocultar lo que estaba haciendo.
Mientras finjo coser y seguir la charla, pienso en el título perfecto… ¿»Primeras impresiones»? … No, no me convence… Mejor, «Orgullo y prejuicio».
Los botes de cristal de las verduras, los pimientos y los espárragos, al de la tapa verde. Cartones y papel, al azul. Los briks y el resto de envases, al amarillo.
La única bolsa que no deposita es la de la basura orgánica. Esa la deja siempre sobre la acera, a los pies del contenedor.
Han pasado dos meses y sigue siendo incapaz de levantar esa tapa. Sabe que, de hacerlo, volverá a ver la bolsa, y junto a ella la toquilla y el sonajero.
Aún es muy joven, pero ya sabe que para el dolor, la culpa y el arrepentimiento no hay contenedor de reciclaje.
Se fue sin pedir permiso, sin siquiera despedirse, y nos dejó con el corazón seco, sin sístoles ni diástoles, y revoloteando por la mente bandadas de pájaros negros que, de manera machacona, nos hablaban de la posibilidad de no haberlo hecho feliz. Recordamos aquellas veces que le gritamos, que le reñimos o que le aplicamos un correctivo por alguna tontería, creyendo que eso era educar. Ahora, al reflexionar, no logramos encontrar el más mínimo desliz que él cometiera y que mereciera, siquiera, una mirada de reproche. Cuántas cosas deseábamos para él que ya no serán posibles. Cuántas imágenes nos martillean el alma. Esa dolorosa sonrisa aparece entre la bruma y nos dice, con su voz: «¿Vaya que yo tenía razón y no era para tanto?» Y nosotros, agachando la cabeza, respondemos al unísono: «Sí, hijo, tenías toda la razón». Deseamos otra oportunidad para enmendar nuestros errores; la pedimos a gritos, entre lágrimas, pero el silencio nos responde que hemos llegado demasiado tarde. Solo había una oportunidad y lo sabíamos. Hemos fracasado.
Es imposible escapar de semejante atractivo, no sentir su personalidad seductora como lanzador de cuchillos.
El primero se clava a escasos centímetros de mi pierna de ayudante.
Todo el circo conoce sus saltos mortales entre sábanas con Carlota, la trapecista.
La madera blanda absorbe el impacto del segundo estilete junto a mi cadera.
Es sonada la buena coordinación que mantiene con la contorsionista Johanna.
El tercer acero retumba cerca de mi cintura, a la distancia que tiene tan bien estudiada.
Comparte sensuales juegos de manos con Gertrudis, colaboradora del mago.
La cuarta daga casi roza mi brazo extendido.
Ni siquiera escatima visitas a la mujer barbuda.
La quinta punta se hunde con precisión entre mis dedos abiertos.
No puedo dejar de esperarlo cada amanecer en nuestra caravana. Acostumbrado a no equivocarse nunca, da por hecho que estaré siempre, que sus revoloteos no me taladran.
Con el último puñal, más difícil todavía, aumenta el riesgo, aunque nada sucedería si me atravesase el corazón, seco de quererlo demasiado.
No sospecha y nadie nota cómo desplazo un poco el cuello en el último momento.
El público grita.
Mi arteria carótida se vacía.
Su carrera termina.
Mi vida concluye.
Su remordimiento empieza.
Dejé pasar la vida de largo. Elegí la sombra.
No me atreví a realizar el viaje contigo. Tuve miedo a equivocarme de camino.
Vi correr gente desde mi ventana. Les pilló la tormenta sin paraguas.
Preferí el refugio a las trincheras.
Tuve prejuicios al mirar con desconfianza al extraño.
Fui cobarde
Por no alzar la voz en favor de los oprimidos.
Por haber callado. No te defendí.
Miré para otro lado. No di la cara por ti.
Me culpo por no darte abrazos.
Por las charlas que nunca tuvimos.
Por no apoyarte en la lucha, en tus ideales.
Por no coger tu mano.
Por no contestar a tus llamadas.
Te dejé allí, llorando en la estación, cuando me subí al tren.
Huía de tu valentía.
Di tu afecto por sentado. Te descuide.
Me culpo de que pesara más el orgullo a un te quiero.
Metí el papel muy doblado dentro de una botella. Sellé el corcho con cera.
Mecida por la marea, la vi alejarse. El pasado se marchaba mar adentro.
Por primera vez en mucho tiempo las manos me pesaban poco. Estaban listas para escribir la segunda parte de mi vida.
No le digo a nadie que la cama es más cómoda cuando duermo sola. Que el silencio de las mañanas, ese que antes me asfixiaba, ahora lo dejo pasar por la ventana, sin apurarme a cerrarla.
No le digo a mi hermana que río más. Que el otro día un vecino me soltó una gracia en el ascensor y me reí de verdad, con el estómago, y luego tuve que apoyarme en la pared un momento, no por el dolor de siempre, sino por el susto de haberme reído tan fácil.
Ella pregunta cómo lo llevo. Yo digo que mal, que le echo de menos, que hay días que no puedo. Y no miento del todo.
Pero no le cuento que ayer planté tomates en el balcón, a las siete de la mañana, todavía en pijama. Algo que él desaprobaría. «Porque atraen bichos», decía. Que los planté con una alegría tan limpia que me dio vergüenza, ahí sola, con las manos en la tierra.
No sé si esto es duelo. Sé que cada vez que soy feliz, miro hacia la puerta, como si alguien pudiera entrar y verme.
Te busqué, tan ilusionada como decidida. Antes de conocerte, ya descubrí lo que sería un amor vitalicio. Luego, abandoné el universo habitual para instalarme en el tuyo. Asumí con naturalidad los sacrificios y desvelos precisos. Tus logros son mi dicha. Pero, cuando sufres, me arrepiento profundamente de haberte parido por egoísmo; de arrojarte a este mundo despiadado sin que tuvieras la mínima opción de impedirlo.
Octubre ya es un mes de pleno otoño, la estación que más me gusta, el olor a hierba mojada, las hojas caídas…
La cita en salud mental se ha retrasado, por lo visto uno de los médicos se ha dado de baja y no hay suficiente personal, aunque si lo pienso bien no tengo claro que estas visitas me hayan ayudado demasiado.
20 de octubre, jueves,
llevaba todo el día luchando por desprenderme de la oscuridad de mi mente, pero me alcanzó la noche y ya no tuve escapatoria. Sobre la mesilla el inútil remedio a mis pesadillas, quizá vaciando el bote….
Por primera vez en mucho tiempo sonrío, voy en busca de mis sueños de campos de flores, bajo el balcón una alfombra de girasoles y amapolas iluminados por una farola.
Lo siento Ángel, te quiero, tal vez yo haya perdido la guerra, pero tú siempre ganaste todas las batallas.
más de 15000 relatos

más de 6 millones de visitas









