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A medida que su mirada se anclaba en el lienzo, un despliegue caótico de líneas negras quebradas sobre un fondo gris ceniza, los trazos comenzaron a vibrar, conectaban entre ellos formando un códice que su mente empezó a descifrar.
Aquella línea descendente que terminaba en forma de gancho no era un simple brochazo, era la grafía de una escritura milenaria, olvidada en el tiempo.
Al darse cuenta de que el autor se estaba comunicando con él, sintió un hormigueo en la nuca: «es fascinante, susurró para sí mismo, soy el receptor de una advertencia cifrada sobre el destino de la humanidad, el único hombre capaz de descifrar el testamento cósmico»
Se inclinó hacia un lado, consciente de la importancia del momento, para leer la pequeña placa metálica fijada en la pared. Mientras se ajustaba las gafas pudo leer: «mancha de café tras volcar la taza sobre el boceto».
He corrido la cortina para crear una semipenumbra creativa; he encendido el ordenador y he abierto una hoja de Word en blanco. De fondo, Sarah Vaughan canta Star Eyes. Alguna vez esta liturgia había funcionado, pero hoy no hay milagro. Y el tiempo pasa, no espera: ya ha devorado otra mañana estéril. Medio día más en blanco, como la pantalla. Y sin perspectivas, porque la tarde avanza lenta y pesada, como un carro que transporta adoquines arrastrado por un buey viejo.
Pese a la cortina, el sol poniente provoca un bochorno que obtura los poros por donde entra el aire que ventila el cerebro. Con esta calima bajo el cráneo, es imposible escribir algo decente. Abro y cierro ventanas, escucho principios de canciones y miro a menudo el reloj porque se acerca el crepúsculo, estoy muy cansado y si me duermo ya no habrá nada que hacer. No habrá humo de cigarrillos, ni noche, ni velas, ni un trago (o dos) de whisky. No habrá ni una idea, ni una; esto es lo que pasará.
Que tiene menos arrugas. Que cesan las bombas. Que le dejan ver porno en el móvil hasta las tantas. Que su madre no ha muerto. Que sabe cocinar bizcocho de chocolate. Que su casa está intacta. Que esa noche sale. Que sale del refugio. Que le gusta. Que la adoptan. Que nieva. Que vuelven a tener calefacción. Que sale el sol. Que sale vivo de esta. Que para el viento. Que se acaba el odio. Que le pagan a fin de mes. Que recupera la pierna. Que paga el alquiler puntual. Que su familia no está muerta. Que aprueba. Que el colegio sigue en pie. Que le queda bien el bañador. Que deja de llorar. Que se jubila. Que se acaba. Que al fin se acaba.
Sigue debajo de mi almohada. El ratón Pérez no ha venido. Cuando mami lo vea, se va a enfadar con él.
Voy a desayunar.
La cocina está vacía.
Hoy hago de mayor. Me subo a la silla para alcanzar las magdalenas y el cacao. Aunque ella no me deje. Siempre dice que tengo que comer a mis horas.
Voy a buscarla.
Mami, ¿sigues dormida?
Qué fría estás.
Te doy un besito para que te despiertes. Como la Bella Durmiente.
Siempre vio las cosas de manera diferente a los demás y eso, pensaba él, le hacía especial, único, maravilloso. Según su familia, en cambio, todos muy tradicionales y enemigos acérrimos de cuanto pudiera alterar el pacífico devenir de sus días, constituía un peligro.
Él no se dejaba amilanar: seguía inventando vida extraterrestre bajo las piedras del sendero, animales extintos entre las hojas secas del parque, conjunciones astrales extraordinarias en cada luna llena, arcanos tesoros ocultos en las macetas del jardín. Aunque eso supusiera ser un paria, rodar por el mundo sin más compañía que su propia sombra, a paso lento, muy lento, para disfrutar del camino, con nada más que su casa a cuestas y asomando, a la menor oportunidad, sus cuernos al sol.
“En la cueva “La Graciosa” del Cutelliun Castrum se encontraron ocho cráneos”.
Las tribus que habitaban Trasmiera subían en verano a los bosques de las fuentes del río Miera; ese río que desemboca en la bahía santanderina y que, cuando la sal le cambia el sexo, llaman ría de Cubas. Allí organizaban sus cacerías de corzos y rebecos. Así llenaban las despensas invernales. Cuando terminaban las batidas recorrían cargados con sus presas el camino de retorno. Al salir al llano, subían a un montículo cónico anejo a Peña Cabarga. En la cumbre, ofrecían, invocando al sol y a la luna, las cabezas de los cadáveres de los cazadores fallecidos por despeñarse o por ser víctimas de los osos cavernarios. Los cuerpos descabezados quedaban atrás, en las garmas de aquella selva donde sus espíritus volarían al albur de vientos y abantos.
El montículo, por su forma de cuchillo, bautizó a la zona como Cudeyo.
Pues sí, parecen funcionar las pastillas chinas para excitar la imaginación que me llegaron ayer por AMAZON.
Desde esos bosques, testigos de aquellas correrías, ya roturados en prados, bajó mi abuelo Victoriano, con la cabeza en su sitio, para instalar sus ganados en las marismas de Cudeyo.
Se metió en el pijama con el dibujo estampado del osito Misha. Sentado en la cama, contempló el enorme despertador en la mesita de noche; parecía un timón. El timón de un barco que surcaría el mar de esa noche agazapada tras la ventana. Embozado en las sábanas, apagó la lamparita y al cerrar los ojos se vistió con el traje corsario que se deslizó desde el libro que descansaba junto al reloj. Navegó tan lejos como pudo y quiso sentir la brisa y la sal en la cara, y asaltar naves en llamas, y dejar que vientos cálidos y desconocidos hinchasen sus velas.
Cuando abría los ojos encontraba el techo vacío, pero entonces sus párpados, pesados, lo devolvían al mar. Las gaviotas chillaban entre las velas y los cables y las jarcias, y una brisa de gritos y de vino rancio lo envolvía todo. Y en medio de feroces abordajes un ruido de platos rotos se entremezclaba con los gritos del combate, con los cañonazos y la pólvora, con la sal y el llanto desconsolado de su madre.
La brisa de barlovento hizo reventar las lágrimas en sus ojos.
A veces, las imágenes que se graban en la retina no son solo recuerdos: son —como su raíz léxica sugiere— máquinas de imaginar. Lo sé porque, cuando mi madre llora, parece que esa imagen se le desprende de los ojos y dibuja otra realidad.
Las lágrimas le resbalan por las mejillas y forman arroyuelos que corren por su cintura y desembocan en un río que atraviesa bosques, campos y pueblos. En sus riberas crecen helechos, pinos y secuoyas que dan cobijo a ruiseñores que cantan “Al pasar la barca, me dijo el barquero”.
En la barca, siempre con el mismo peto verde y blusa rosa, va mi hermana, que mira embelesada la danza de las mariposas sobre verdolagas amarillas.
Mi madre la contempla unos minutos. Como la ve entretenida, aprovecha para bajar de nuevo por la orilla de su río imaginario. Mientras avanza, construye diques y presas, abre zanjas laterales, coloca compuertas… Por último, drena las acequias para asegurarse de que, esta vez, el agua no llena el estanque de riego de mi abuelo Ramón.
No advierte, sin embargo, que —en cada uno de sus intentos desesperados— desvía el cauce hacia el barranco donde, desde aquel día, me encuentro yo.
Lo recuerda perfectamente, fue al poco de llegar al Departamento de Registro (Ministerio de la Verdad). Su trabajo era rutinario: recibía noticias de prensa del pasado por el tubo neumático receptor; las alteraba, falsificaba y corregía para que coincidiese con aquello que afirmaba el Partido o el Gran Hermano; y enviaba las nuevas versiones por el tubo emisor, al tiempo que los originales desaparecían por Agujero de la Memoria para su destrucción definitiva. Aquellos textos antiguos, lo sabía, estaban llenos de trampas, de un sinnúmero de palabras, desaparecidas, subjetivas, con adjetivos inútiles y adverbios llenos de matices que ya no tenían cabida; y él tenía que ser extremadamente cuidadoso. Sin embargo ese día leyó y destruyó, junto con otras, la palabra “imaginación” pero esta, justo esta, se quedó fija en su memoria y la telepantalla, eso quiere creer, hasta ahí no llega.
Recostado en la alfombra, el niño hojeaba las ilustraciones de El caballito valiente y fingía leer en voz alta la historia del potro salvaje que vive en el bosque con su madre y sus amigos. De repente preguntó:
—Abuelo, ¿cuánto mide un caballo muerto de miedo?
El hombre se levantó del sillón, se paró contra el marco de la puerta, trató de enderezar sus hombros de luchador vencido y mentalmente calculó su estatura.
La mujer del cuadro movió los ojos de un lado a otro modificando levemente su expresión de aburrimiento. Alzó un poco el cuello y pudo constatar que ya nadie se ocupaba de nada. Desentumeciéndose, decidió salir.
Le sorprendió el impacto del aire acondicionado sobre la piel, y ésta, reaccionó del mismo modo que reaccionan las pieles cuando se sienten agredidas: arrugándose.
Nada volvería a ser igual, estaba segura de ello, pero no pudo evitar acercarse al ventanal y contemplar los cambios de la ciudad en esos, _calculaba_, doscientos años. Imaginaba rupturas, destrozos, murales, incendios…
Para su sorpresa, todo permanecía igual.
Podría ser que no había salido de un cuadro sino que se había metido en otro.
Esperaba tener más suerte esta vez.
La de arriba a la izquierda parece un dragón con las alas extendidas. Debajo, una bruja monta en su escoba. No me canso de mirarlas.
Siempre ha sido así. De niño, mientras los demás jugaban, indiferentes a la belleza que los sobrevolaba, yo encontraba mi refugio entre las nubes. Fascinado, escrutaba incansable sus caprichosas formas hasta que me era revelada la imagen que escondían.
Muy pronto, el cielo no fue suficiente. Apliqué la misma mirada a las manchas de humedad, a los charcos, a los rostros que se adivinaban en los enchufes. La primera vez que me afeité, una medusa roja me observó un instante desde la cerámica blanca del lavabo, antes de escurrirse por el desagüe. Extasiado, casi hipnotizado, no me importó la herida en la mejilla.
He aprendido mucho desde entonces. Se nota en la última pieza, la del dragón y la bruja. Es magnífica. Podría pasarme horas delante. Hay tanto que descubrir, tanto que imaginar. El ángulo del corte, justo en la base de la carótida, ha obrado maravillas en la sábana. El conjunto que formará con las otras quince es extraordinario. Aparto el cuerpo y la doblo con cuidado. Aún no está seca del todo.
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