Esta Noche Te Cuento. Concurso de relatos cortos

PERTENENCIA

Un relato con menos de 200 palabras inspirado en LA PERTENENCIA

ENoTiCias

Bienvenid@s a ENTC 2026 Continuamos nuestro 16º concurso en el que iremos proponiendo hasta 8 propuestas temáticas en torno a la EXISTENCIA En esta ocasión serán relatos que desarrollen el concepto de LA PERTENENCIA en todas sus variantes. Y recuerda que el criterio no debe ser poner menos palabras sino no poner palabras de más. Bienvenid@
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Esta convocatoria finalizará el próximo
15 DE AGOSTO

Relatos

LOS GARRAVISES (Jesús Alfonso Redondo Lavín)

Ya sé que es tarde para arrepentirme de no haber sonsacado a mi abuela detalles más precisos de lo que pasó en su época o del significado de muchos de sus relatos a los que, mientras jugaba con mis soldaditos de plomo, no prestaba demasiada atención. En más de una ocasión me dijo: “hijo, tú perteneces por parte de mi familia a los “Garravises” y por parte de la del abuelo a los “Bragastristes”. Entendía la sorna de la madre de mi padre respecto a su marido, pero no pregunté que qué era aquello de los garravises. Tampoco mi prompt a la IA da resultados.

Seguramente echó mano de dichos ancestrales de su profundo saber castellano.

He dedicado un innumerable número de horas y ahora, jubilado, muchas más, a la búsqueda de mis ancestros. Me he topado con sidreros asturianos, maragatos y leoneses de las riberas del Órbigo, cántabros pasiegos y trasmeranos, burgaleses pinariegos y losinos, pucelanos, palentinos cerrateños y tierracampinos y hasta un despistado alcarreño. Los he descubierto con oficios de herreros, labradores, pastores, arrieros, ferroviarios, carboneros de carbón de encina, ganaderos, médicos y maestros de escuela.

Abuela, escucha, ¿quiénes y de dónde eran esos que tú llamabas garravises?

19. VACÍO (Miguel Ángel Jiménez)

Federico se preguntaba el día que ingresó en la Residencia que qué ingresaba con él. Total, su vida había quedado atrás y todo lo que tenía era su maleta y su memoria. Aquella llena de ropa vieja y ésta llena de agujeros, cada día mayores, como los tomates que crecían en los calcetines rotos día a día.

Su vida había quedado atrás. No la dejaban pasar. Su familia olvidada. Sus amigos fallecidos. Sus amores apagados. Sus vecinos, todos jóvenes, habían sido expulsados por un fondo buitre. En el barrio no quedaba nadie. En sus recuerdos tampoco. Prefería olvidarlos. Detrás no le quedaba nada. Su pasado no era suyo. Ya no tenía nada. Salvo años. Había salido en todos los telediarios del planeta el día que cumplió los 142 años. El ser humano más longevo de todos los tiempos. Y además le asignaron una habitación individual. Hubiera preferido habitación doble. Necesitaba a alguien con quien compartir el vacío de sus pertenencias. Un problema más. La soledad.

18. Hasta el sábado (Luisa Hurtado)

Ya no podía vivir más tiempo sola, necesitaba ayuda; y tenía que tomar una decisión. ¿Qué residencia debía elegir? Ante ella los folletos, en su memoria las palabras que las asistentes sociales habían dejado caer en sus oídos, en esta le gustaron los lugares comunes, de aquella las actividades, en la última un interno le sonrió. Estaba indecisa, aquella mudanza sería la última.
Se dio unos días más para pensarlo, solo hasta el sábado; y lo más importante, se hizo una promesa: en cuanto tomase posesión de su habitación, colocase sus ropas, algunos libros y un ordenador, haría todo lo posible por implicarse en aquel lugar, por conquistarlo y dejarse conquistar, mejorándolo con su conversación y sus sonrisas, con su presencia, con silencios, respeto y escucha, con esas cosas que creía que se podían hacer y no se hacían; tenía que lograrlo, y lo lograría, pertenecer a aquel lugar y que este le perteneciera.
Lo haría.

17. Paréntesis

Justo ponerse el sol, la Voz ha recitado la estrofa con la musicalidad característica. Después, los asistentes la hemos repetido tantas veces como ha sido necesario, hasta que el Afinador ha considerado que se había alcanzado la sincronía exacta. A partir de aquel momento, hemos subido el volumen siete decibelios en cada repetición, hasta llegar al primer éxtasis. A continuación, la Voz ha anunciado que se abría el paréntesis. Dentro hacía un frío húmedo, intenso, pero pronto han encendido diversas hogueras y la atmósfera se ha caldeado hasta el punto que todo el mundo se ha quitado la ropa. A continuación, nos hemos lamido los unos a los otros. A mí me ha encantado el gusto que tenía una mujer pelirroja de piel pecosa, blanca como la nieve nueva, pero después del segundo éxtasis ha desaparecido. Mientras la buscaba por el nido de lombrices en el que se ha convertido el paréntesis, ha sonado la sirena que lo cerraba. Entonces, todos nos hemos dirigido a las duchas. Nos hemos enjabonado, nos hemos aclarado con agua tibia. Nos hemos puesto ropa nueva, hemos subido al metro en hora punta y hemos ido a trabajar.

16. Fuera de trama

El personaje principal de este microrrelato descubrió que no pertenecía al club selecto de los protagonistas. Después de demasiadas páginas aceptando un papel de reparto, decidió desaparecer por su cuenta. Aprovechó un descuido del narrador, saltó sobre el margen izquierdo y se escondió entre las notas al pie. Desde allí abajo disfruta del caos que dejó su ausencia. Ahora es libre, pero ya no pertenece a ninguna historia.

15. Segunda residencia

Los domingos al atardecer y tras escuchar el último motor que se aleja, el pueblo permanece en cauteloso silencio por un rato. Luego, cuando el peligro se aparta del horizonte, salimos de entre la maleza que invade el viejo cementerio y nos sentamos en círculo en la plaza y, como hemos hecho toda la vida, charlamos, reímos y tomamos la fresca. Después de compartir los chascarrillos de costumbre y para evitar sobresaltos, organizamos los turnos de guardia y, más tarde, mientras unos juegan unas manos a la brisca, otras, canturreamos alguna tonada sanjuanera, hasta que la Luna asoma su rostro entre las nubes y, amablemente, nos apremia. Entonces, volvemos a habitar nuestros hogares, tal y como nos los devuelve el recuerdo. Pero, como el tiempo no se detiene, el fin de semana se aproxima de nuevo sobre ruedas y por miedo a que la fatalidad nos desvele ante los otros, regresamos acelerados a nuestras tumbas. Todos, menos el tío Federico y su hija Libertad que,con resignación, ocupan su lugar en la fosa del otero —la que se oculta bajo un manto de salvia roja— a la espera de que alguien los encuentre y los entierre como Dios manda.

14. Recuerdos

Él le decía la verdad. Trató de convencerla de lo absurdo de sus sospechas, pero fue inútil. Ella nunca le creería, no podía hacerlo. El horóscopo la había puesto sobre aviso y la echadora de cartas se lo había confirmado.

Ciega de rabia, agarró unas tijeras del costurero, buscó en el altillo del armario y clavó sus celos en el trajeado pecho del muñeco de boda.

Como esperaba, Él cayó fulminado. Pero, para su sorpresa, Ella también se desplomó. Mientras la vida se le escapaba, sus recuerdos retrocedieron a la trastienda de aquella santera celestina que visitó poco después de conocer al hombre que ahora yace sin vida.

Recordó que no quería una cuenta más en su rosario de desengaños. Recordó que le pidió un gran amor con ese hombre. Pero, sobre todo, recordó las palabras de la santera al finalizar el ritual, tras tatuarle dos corazones entrelazados: “Ahora vivirás en su corazón».

«Tranquila, ya me pagarás». Fue su último recuerdo.

13. Compañía de estraperlo

Él coge el álbum de la barra y se lo entrega a la dama. El ambiente caliginoso del local diluye el brillo de las joyas, que tintinean mientras ella se muerde las uñas.

—¡Siéntate ahí, Toby, bonito! —dice antes de abrir el álbum—. ¡Qué monada! A este lo llamaríamos Rocky. ¿Y esta? Esta tiene carita de Laika.

Los colgantes de oro entrechocan con cada saltito.

—Por esa… podría hacerte una buena oferta —dice él antes de mirar la salida de reojo.

—¡Qué bien, una rebaja! ¿Tú qué opinas, Toby? ¿Jugarías con ella? —pregunta mientras recorre con el índice el rostro de Laika.

—No lo sé, mamá. Creo que ya somos muchos.

12. VARÓN POR VÍA DE VARÓN ( Fernando García del Carrizo)

Soy un asesino reincidente. Al nacer, maté a mi abuelo. Era el primer nieto, hijo de su único hijo y conmigo aseguraban la continuidad del apellido. Mi familia siempre minimizó el hecho, «murió tranquilo y feliz sabiendo que tenía un heredero», pero para mí, ha sido una carga emocional tremenda. Pertenecer a la aristocracia era algo que mamaron desde la cuna durante generaciones, como si realmente fuera lo más importante que nos pudiera suceder. Nunca compartí ese clasismo casposo, machista y anacrónico lleno de “valores” completamente desfasados. Crecí rodeado de palabras pomposas: «linaje», «marquesado», “tradición”, que chocaban de frente contra mis ideas y sentimientos. Hoy, me he cargado a mi padre. Le he explicado quién soy y que ahora me llamo Marta.

11. El plan

Un camarero le apremia y él muestra tímidamente su carnet de identidad falsificado, con el que pretende ser uno más en el local. Superado el trámite, se aproxima a un grupo de caras conocidas, todos compañeros de su clase en el instituto.

Su presencia le asquea tanto como el alcohol, pero sabía que el bar era el mejor sitio para encontrarlos a todos. Por primera vez parecen tolerar su compañía, incluso se dirigen a él por su nombre y eso le hace dudar.

Cuando acaricia el gatillo de la automática oculta bajo la sudadera recuerda a qué ha venido.

10. Chocandre (Francisco Javier Igarreta)

Cuando ingresé en el internado “Chocandre” ya estaba allí. No recuerdo su nombre de pila, probablemente lo he olvidado. O quizás nunca lo supe. Creo que era algo mayor que yo, sin embargo se movía a su antojo por aquel triste y desangelado lugar. Nadie osaba pedirle explicaciones. Ni siquiera los celadores que con estricta precisión hacían la vista gorda en cuanto barruntaban su presencia. “Chocandre” era muy dado a apostarse en lugares al parecer “estratégicos” según su entender y el de los gatos que se congregaban allí. En actitud ritual y con las manos entrelazadas de espaldas a la pared, “Chocandre” iniciaba entonces un rítmico balanceo,  mientras recitaba un monótono e ininteligible mantra.

“Chocandre” casi nunca miraba a los ojos, tenía la vista enfocada al infinito. Pero un día se fijó en mí y seducido por su mirada cuasiestrábica vi por un momento más allá de mis narices. Remontando aquel sombrío presente atisbé como en un flash este luminoso aquí y ahora. Una moderna zona hospitalaria donde todavía permanecen como viejos testigos algunos de aquellos árboles de gran porte. A veces, cuando sopla el viento escucho a su vera la salmodia de “Chocandre”.

09. Diagnósticos dispares (Edita)

Tengo una buena amiga que no aplaude mi humor gris marengo, como yo lo califico eufemísticamente. Nos conocimos en el trabajo. La primera vez que le envié un mensaje, mezcla de retranca y mala intención, respondió con la frase “Ti es o demo” y el emoticono correspondiente. Me hizo gracia y empecé a utilizar esa carita cornuda para firmar mis habituales salidas de tono.

Un día de fiesta familiar, comenté la broma. El rostro de mi madre se descompuso y me ordenó callar. Ni poniéndome pesada, conseguí que descubriera el motivo de su reacción. Los demás cambiaron de tema. Desde entonces, sustituí el sarcasmo irreverente por formalidad y silencios.

La vecina más próxima, que me ha visto crecer, mostró extrañeza por mi semblante serio. Le expliqué la razón y se ofreció a contarme si le prometía no descubrirla. Según dijo, recién cumplidos los cuatro años, sufrí una posesión demoníaca. Mi madre buscó un cura exorcista, pero mi padre, médico y ateo, puso el grito en el cielo e impidió el ritual. Él, con psiquiatras y medicación, me sacó adelante; ella, escéptica, piensa que el maligno permanece aletargado en mis entrañas a la espera de mejor ocasión para manifestarse de nuevo.

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