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Tenía una fe ciega en que con mi ídolo en el equipo conseguiríamos la remontada. Llevaba su foto en la carpeta del colegio y siempre había tenido un póster de él en el cabecero de la cama. Yo no había cumplido aún los 12 años, pero aquella se me antojaba una ocasión única y convencí a mi hermano para que me llevase al estadio a ver el partido de vuelta.
Él solo tenía 17 años, así que nos tuvimos que ir con la vespino que usaba para circular por el pueblo, sin decírselo a mis padres. Salió un día horrible, con lluvia y frío.
Tras una hora de viaje en la moto llegamos al hotel donde se alojaba el equipo. Estábamos empapados, ateridos. Con la inocencia de mi corta edad pude colarme en el vestíbulo con una libreta a estrenar para conseguir el autógrafo de mi jugador preferido. Al verle, me acerqué a él con una sonrisa y la libreta abierta. Me dio un manotazo para tirármela al suelo. Su guardaespaldas, que venía tras él, me remató con un tortazo.
Cuando me reuní con mi hermano, solo pude decirle llorando que me llevase de vuelta a casa.
Su madre permanecía inconsciente, conectada a varias máquinas que le hacían vivir. Aquella tarde, cuando Lucas llevaba unos minutos asiendo su mano, entraron el médico de planta y su ayudante virtual. Le dijeron que a su madre le quedaban 21 horas, 34 minutos, y escasos segundos de vida.
Lucas no habló. Le explicaron nosequé de algoritmos, estadísticas y demás… “Confíe en nosotros, haremos que no sufra” le dijo, a modo de conclusión, el asistente virtual. Y se marcharon.
La habitación se quedó sombría. «Eso es todo?» se preguntó Lucas. Sabía que no se podía encomendar a nadie ni nada que no fuera la ciencia; estaban perseguidas las demás creencias.
Pero no le importó.
Lucas sintió una confianza interior muy fuerte, y supo que su madre no moriría en 21 horas y 30 y pico minutos. Se acercó a la cama y cerró los ojos con fuerza mientras entrelazaba sus manos. Deseó con todas sus fuerzas volver a hablar con su madre.
Cuando pasaron unas horas, entraron en la habitación el médico de planta y su asistente virtual. Le explicaron nosequé de algoritmos, estadísticas y demás… “Confíe en nosotros, su madre no morirá” le dijo, de manera alentadora, el asistente virtual. Y se quedaron.
Desde entonces no ha vuelto a conducir. De hecho, evita salir de casa tanto como puede. Tiene los ojos hinchados. Duerme poco y llora mucho. Mira vídeos del pequeño donde están felices y risueños, jugando, cantando, riendo… ¡Esas palabras le quedan ahora tan lejos! Bebe café para no dormir, bueno, para eludir las pesadillas. El café que aquel día decidió no tomar porque tenía prisa por dejar a Mario antes de su reunión. El café que podría haberle ahorrado el tormento en que se ha transformado su vida.
Y repite, cual mantra, la pregunta sempiterna: ¿cómo puede ser que no viera ese enorme camión en el carril contiguo?. Y de nuevo la imagen que persiste en sus retinas, esa mitad derecha del vehículo convertida en chatarra. Y ese deseo imposible de que fuese la mitad izquierda la devastada…
Sería muy fácil usar una caja de pastillas y acabar de una vez. Pero es católica. Tener prohibido matarse es parte de su castigo y sabe que luego merece pasar toda la eternidad en el infierno. Mientras espera su muerte, reproduce en bucle las escenas con su hijo y lo llora a mares.
Sabía de la inmensidad del océano y de las dudas ante lo desconocido. Tenía realizados sus cálculos aunque no cuadraban, pero la fe es una aritmética flexible y también puede contagiarse y exhibirse. Habló con muchos, convenció a varios, realizó algunos tratos y, finalmente, contrató, firmó y prometió enormes beneficios a aquellos que confiaran en él, consiguiendo así el vil material que casi todo lo hace posible.
Se rodeó de hambrientos de dinero, de prófugos de la justicia, de codiciosos de gloria y riquezas e incluso de sotanas ambiciosas de almas. Se hizo a la mar y comprobó que el impertérrito horizonte y el azul oceánico eran una prueba diaria de aquella pregonada fe que comenzaba a hacer aguas en las mentes de los tripulantes y, a veces, en la suya propia.
La duda y el miedo viajaban gratis. Y surgió su duda: ¿Seguir o volver? Esa era la cuestión ─que también dirían otros─.
Si regresaba, admitiría su fracaso y menosprecio por su fe harto promulgada.
Si continuaba rumbo a lo desconocido, su fe triunfaría, bien como loco o bien como héroe visionario.
Cuando Rodrigo gritó, “¡tierra!”, todos agradecieron a la providencia, pero Colón sabía que era su fe.
Al llegar la Fidela con los bulbos de la fe la tomamos por chalada. El milagro de la Dolores, la única que le hacía oídos, que de analfabeta pasó a sacarse la oposición, acabó con burlas y dudas. Tiempo nos faltó para espolvorear el polen de sus flores en desayunos, comidas, cenas. Con cautela, no fuésemos a empacharnos de dogmas absurdos. Confiábamos el destino a nuestros sueños y enseñábamos a los zagales a creer en sí mismos. Teníamos días malos, claro, pero no cedíamos ante el desánimo ni tirábamos la toalla al primer traspiés. Así nos convertimos en un pueblo próspero y orgulloso.
Va a hacer un año que nos dejó la Fidela. Ni un mes tardó su huerto de la esperanza en secarse y no hubo abono en el que enraizasen las dichosas plantas. Ahora la juventud camina sin rumbo, ha vuelto al botellón y a las pintadas de «Aquí no hay futuro». Las mujeres han regresado a la cocina y la fregona, los hombres al vino y al mus. Incluso el párroco ha colgado la sotana y las campanas llevan días sin sonar. Y nosotros, los viejos, ya ni en que la Parca nos lleve tenemos fe.
No, no puede salir del armario; la cerradura está sellada por el miedo. Su familia se avergonzaría, su padre seguramente lo desterraría de su vida o, tal vez, acabaría con la suya. Esconde la mirada de los hombres por temor a que un destello de deseo lo delate. Aplaca la líbido en soledad y sueña con abandonar un cautiverio que lo oprime.
Cuando está sobrio, su anhelo —ser periodista— lo ve como una meta inalcanzable. Introduce pegamento en la bolsa e inhala libertad una y otra vez.
Ha tomado una decisión. Tiene pánico a las alturas, pero con la mente embotada de valentía corre y comienza a trepar la valla. Su baja estatura y sus fuertes dedos facilitan el ascenso. Ve a compañeros caer, a otros desistir, pero sigue subiendo; ya no mira atrás. Una concertina rasga su brazo; parte de su sangre se niega a abandonar la tierra que lo vio nacer, pero logra pasar al otro lado. El miedo pugna por adueñarse de su mente, pero en su interior, escondido entre la duda y la desesperación, un pequeño atisbo de fe en la vida se abre paso.
Los solemnes tambores atronaron la plaza cuando el santo atravesó el pórtico. Era el primer año en que se animaban a sacarlo tras la pandemia. Cubrirle el rostro con una mascarilla púrpura fue solo un gesto de buena voluntad. Algo que los feligreses esperaban agradara al todopoderoso y lo convenciera de que no era necesario enviar más desgracias colectivas para acrecentar la fe de sus fieles.
Cuidamos tanto al santo como a nosotros mismos, era el mensaje que querían transmitir. Somos tus esclavos sufrientes, que aceptamos tus castigos tanto como nos regocijamos cuando se te antoja cubrirnos de bienaventuranzas.
Estamos arrepentidos de habernos dejado arrastrar por el materialismo y la promesa de los placeres prohibidos.
La sierpe tornasolada en púrpuras, dorados y negros avanzaba entre las callejuelas. A ambos lados, rostros cabizbajos, rodillas hincadas. Silencio.
Pero después de tantos años reprimido, el júbilo terminó por aflorar. En cuanto la comitiva giró por la avenida principal, el santo movió el brazo con el que apuntaba al cielo a lo Travolta, se remangó la túnica y se lanzó en plancha a la multitud que, pasándolo por sobre las cabezas, terminó absorbiéndolo.
A la catedral nunca regresó.
Clara mira el techo del hospital mientras teje una bufanda. En los días malos la esperanza se le cae al suelo; en los buenos está convencida de que saldrá de aquel infierno blanco por su propio pie.
Su médico está preocupado. La analítica de su paciente es una condena, pero hoy tiene otra inquietud. Camina hacia un restaurante apretando en la mano el anillo que quiere poner a Silvia. Sin embargo, no lo saca del bolsillo. Antes de dar el paso, ella le cuenta que se larga de la ciudad a empezar una nueva vida.
El doctor ha pasado la noche en vela, llega a la consulta y se queda dormido hasta que lo despierta un enfermero. «Es la hora del tratamiento de la mujer de la habitación trece», le dice. Aturdido, receta la fórmula sin percatarse de que confunde los fármacos; horas más tarde, lo ahoga la angustia cuando revisa sus informes.
Meses después, presenta su medicamento, que salvará vidas. Un periodista pregunta cómo lo descubrió. Recuerda entonces el abrazo de Clara, la bufanda que le regaló el día de su alta, juguetea con el anillo de su dedo anular y responde que, quizá, haya sido cuestión de fe.
Como las rapaces que han perdido el filo de sus garras porque ya solo esperan la carroña del atropello, las cigüeñas que no migran han alargado sus picos al acecho de progenitores distraídos e indecisos. Impresionan con sus libreas, impávidas, encaramadas a cientos sobre las farolas de la M-50, dispuestas a servir bebés.
A María, estragados cuerpo y alma con aguas milagrosas, cócteles de hormonas, sacrificios inconfesables, velas inverosímiles, amuletos diversos, luz de luna y oraciones a San Ramón, se le deshilacharon la esperanza y las ganas con los años. Atrapada en el atasco, le tiemblan las manos sobre el volante y apenas levanta la mirada hacia el ejército de pájaros que observa el discurrir lento de los vehículos. Fantasea con recuperar el anhelo, esta vez sola, y prescindir de las ventajas de ser dueña absoluta de sus días.
No recuerda haber leído ningún caso de embarazo por las cigüeñas desesperadas, ni se explica el posible mecanismo. Quizá sea todo una leyenda urbana. Aun así, casi sin pensarlo, fija la vista en un ejemplar cercano y susurra «aquí estoy». El ave extiende las alas y alza el vuelo.
Antes de llegar a casa compra, ilusionada, un test en la farmacia.
Últimamente le ronda la sospecha de que una persona puede desaparecer si nadie cree en ella. Lo notó por primera vez cuando una vecina mayor le comentó que no podía ir a pedir una fe de vida. No la volvió a ver. En el trabajo, había un compañero del que nadie parecía recordar el nombre. Una mañana vio su escritorio vacío; no supo decir cuándo había dejado de venir. Quiso contárselo a un amigo con quien llevaba tiempo sin hablar y el teléfono respondió con un mensaje de número inexistente, como si nunca hubiera estado allí.
Ha ido creando rutinas. Se sienta siempre en el mismo bar, a la hora en que está casi vacío, y alarga la conversación con el camarero. Llama a las puertas de los vecinos con cualquier pretexto. Es el último en salir de la oficina; cuenta despedidas como quien siembra un saludo para recogerlo al día siguiente.
Cada mañana se mira en el espejo; solo entonces prepara el café. A veces, mientras lo bebe, observa esa segunda taza silenciosa que no encuentra dueño, y se siente ajeno, como un tren que atraviesa paisajes que no lo ven pasar.
Abandonó la escritura hace tiempo. Su afición por las letras la dejó apartada el día que se dio cuenta que todo lo que escribía, en cierta forma, se cumplía. El incendio en casa de sus vecinos, el tornado que se llevó media granja, el cierre de la fábrica del pueblo, el accidente en esa curva aquella fatídica noche de tormenta. Casualidad o no, le dio pánico seguir plasmando ideas en su libreta.
Hoy ha vuelto a coger un cuaderno y bolígrafo. Sentada junto a la ventana, no sabe cómo comenzar, ha perdido la costumbre después de tanto tiempo. El miedo hace que su mano tiemble, pero quiere escribir, debe hacerlo si desea que su hermana despierte del coma.
Estaba segura de que se reconocería en su mirada en cuanto se cruzaran.
A mi hermana la golpeó un tranvía cuando tan solo contaba cinco años. Un hombre bien trajeado, que se dijo médico, la introdujo en su coche y jamás volvimos a verla.
Han transcurrido siete años, durante los cuales ella ha salido de madrugada a su encuentro con el hatillo que padre le preparaba, con todo el pesar y el cariño, para que no desfalleciera en sus largas travesías. Regresaba para descansar su dolorido cuerpo y sus magullados pies. Nosotros tan solo podíamos arroparla y desearle un reparador sueño.
Y fue ayer cuando apareció, a una hora temprana, pletórica y brillante. Venían las dos con las manos entrelazadas y enrojecidas por la presión.
Tras un escueto silencio, en el que los demás nos observamos, se fusionaron el instinto y la razón para lanzarnos a abrazarlas con inmenso júbilo.
Esa noche, nuestro festejo, podría ser la envidia de cualquier familia que se precie.
Madre, por fin reconfortando el hogar, la llama Teresita. Los demás hemos optado por “tata”, a excepción de padre que la llama doña Teresa.
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