Esta Noche Te Cuento. Concurso de relatos cortos

LA MÚSICA

Un relato con menos de 200 palabras inspirado en el tema que te proponemos

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24 DE SEPTIEMBRE

Relatos

La Guitarra

La guitarra

A pesar de su corta edad, cada vez que escuchaba aquel sonido se le erizaban los pelos de la piel y dejaba de jugar para poder disfrutar de la melodía.
Una tarde decidió, resuelta, pedir para su cumpleaños una guitarra; tras escuchar en el receptor al maestro Paco de Lucía y a Jimi Hendrix volando con su música.
Los padres de Marta quisieron hacer realidad su sueño.
Juan recorrió varias tiendas; entró en el mundo de las cuerdas y se empapó de información,hasta llegar al convencimiento que aquel instrumento, que había elegido, sería del agrado de su hija.
Llegó el día. Toda la familia había acudido a la fiesta y estaba expectante, porque conocían la ilusión de Marta.
Sobre la mesa del salón reposaba un bulto, enfundado en una caja negra, y la música de Narciso Yepes envolvía la estancia.
El corazón de Marta se aceleró y no conseguía abrir la caja; su cuerpo temblaba emocionado. Cuando al fin, sostuvo el instrumento de cuerda entre las manos; lo arrojó al suelo y escapó llorando.
Atónitos, los padres recogieron el laúd y la cajita de púas, que se había abierto con el golpe, y corrieron tras ella.

La canción del coro (Manuela)

Los del coro tenían una edad. Era el primer día para María. Una mujer de risa fácil. Había pagado cuarenta y cinco euros por todo el mes. La directora le dio una copia de las canciones. Un hombre le hizo un hueco a su lado. Empezaron a cantar la número cincuenta: Quizás, quizás, quizás. María echaba pecho para seguirlos. Se sintió rara toda la clase. Se había anotado de forma precipitada. Sin pensar. Terminaron de cantar. María recogió pecho y la voz. La voz del hombre la frenó. Se llamaba Rafael. Risueño le dijo hasta la semana. Ella contestó: Quizás.

María llegó a casa. Reflexionó lo que su mente había registrado en esa hora. Pantalón de pana. Voz grave. Reloj de pulsera, alto y con mocasines. Ella: sofocada, contenta. Discutió con su voz interior. ¿ A tu edad?. Qué te importa. Miró en internet. Era obvio. Se acostó con la canción de los tres sudamericanos en mente: «el que tenga un amor que lo cuide, que lo cuide».

85. Canciones que unen (Josep Maria Arnau)

A él le ha costado mucho dar el paso: hoy llama para explicar su historia de desamor con Rosa. Luego pide una canción: “La mujer que yo quiero”.

Ella sigue el programa y no puede evitar que sus ojos se humedezcan. Se arriesga y llama. Le dice en antena que aún revive su primer y único beso. Y que haría lo que fuera para seguir escuchando la canción a su lado.

A él le invaden las dudas, pero también apuesta. Le dice que, desde ese concierto al que fueron juntos por primera vez, la melodía nunca le ha abandonado.

Ella decide continuar y él la acompaña. Después de una multitud de recuerdos imaginados y compartidos en antena, quedan para una cita. Ajeno a lo ocurrido, un locutor emocionado bendice el reencuentro.

Cuando cuelgan, ambos saben quiénes no son. Y confían en que hoy haya sido su día de suerte.

84. MELODÍA IMPOSIBLE

Hace mucho tiempo que no sonrío como entonces, cuando creía que siempre estaríamos juntos.

He olvidado tu cara y el sabor de tus labios, pero no la canción que sonaba cuando nos besamos por primera vez. Nuestro amor, ahora borroso entre fotos viejas, se inició con la banda sonora de Fleetwood Mac. “Sara, you’ re the poet in my heart. Never change, never stop”.

Parecía el preludio de un amor inquebrantable. Cuan equivocada estaba.

También recuerdo qué sonaba cuando me dijiste, sin atreverte a mirarme a los ojos, que habíamos terminado. La Luna asesina de Echo and the Bunnymen hizo añicos mi corazón. Se rompió en tantos trozos que resultó imposible arreglarlo.

Desde entonces odio las noches con luna.

Hace más de treinta años que acabó nuestro amor, eternamente efímero. Nunca he vuelto a enamorarme igual.

Por eso, cuando he escuchado tu voz junto al mostrador que atiendo, los primeros acordes de ambas canciones han sonado a la vez en mi cabeza, en una melodía imposible. Y ahora, frente a ti, intento dilucidar cuál de las dos va a quedarse sonando entre nosotros.

83. CARRERA MUSICAL

Mientras, la melodía avanzaba siguiendo la senda escrita en el pentagrama, la blanca le preguntó a la negra: ¿Dónde vas tan deprisa?.

 

  • Intento alcanzar la velocidad de la corchea-, respondió la negra.
  • Eso es imposible- comentó la redonda que caminaba con paso cansino-. Nunca lo conseguirás. Tiene un corchete que le hace ser más rápida.
  • Será por corchetes! Me puedo poner hasta cuatro y seré tan ligera como una semifusa.

Haced el favor de no hacer tanto ruido dijo el silencio. No puedo concentrarme

82. El fragmento de ámbar que pudo entrar en la Historia*

Poco antes del inicio de la Segunda Guerra Mundial, en el yacimiento de Notenblatt, perteneciente al Paleolítico Superior, y situado en la cuenca del río Óder, entre sus afluentes Allos e Ímafis, se produjo un hallazgo extraordinario: en un fragmento de ámbar de unos 30.000 años de antigüedad se conservaba, en perfecto estado, una melodía de tonalidad desconocida. Así, a la capacidad artística de nuestros antepasados demostrada en las paredes de Altamira o Lascaux, en el modelado de esculturas (véase la Venus de Willendorf) o en la fabricación de flautas de hueso, como la del yacimiento de Geissenklösterle, se añadía ahora el testimonio inmaterial de la música.

Fueron los conservadores del Museo de Registros Sonoros de Dresde quienes trataron de extraer las notas musicales allí preservadas, pero la destrucción del museo —y con él este tesoro de valor incalculable— debida a los bombardeos aliados, truncó cualquier intento de reproducir aquellos acordes primitivos. Desde entonces numerosas excavaciones buscan otros sonidos enterrados en los estratos del Óder, todavía sin resultado, aunque músicos y arqueólogos están convencidos de que en Notenblatt se esconde toda la música que sean capaces de descubrir.

 

*Texto extraído de La música clásica desde sus orígenes, de Guido Piànzi.

81. Mercedes Benz

El disco gira. Es de vinilo, sea lo que sea el vinilo. Es negro y brillante y un microsurco lo recorre en espiral, desde el I’d like to do a song of a great social and poetical hasta el That’s it! y la risita de la Janis: parece tan viva. La letra avanza a 45 r.p.m. Erre, pe, eme. Todos sabíamos entonces lo que significaban aquellas siglas: rpm, revoluciones por minuto. En Vietnam, en Cuba, en Argelia o Argentina. A una revolución le seguía una contrarrevolución y a esta una contracontrarevolución. Cuarentaycincorevolucionesporminuto. Los hippies en eeuu y en Europa el mayo del sesenta y ocho. Cuarentaycincorevolucionesporminuto así de sencillo. Todavía pensábamos que podíamos cambiar el mundo, que el amor era más fuerte que la guerra y que pasearse en un Mercedes Benz no era incompatible con la causa. La causa. Debería escribirla con mayúsculas porque muchos nos embarcamos en ella y muy pocos supimos de verdad que coño era la causa. Los que conducían Porches y Mercedes sí sabían lo que era la causa. Y el efecto. Los elepés giran más despacio, treintaytresrevolucionesporminuto. Mola escuchar a la Perla a treintaytresrevolucionesporminuto, como si todavía no hubiera llegado a cumplir los veintisiete.

80. Corazón de rock´n roll (Marta Navarro)

Se llamaba Silvia y tenía una banda de rock. Los niños morían por sus huesos, las niñas imitaban con descaro su aspecto de gótica displicente −ojos ahumados, melena azabache, piercings y botas de soldado, calaveras y tachuelas…−, las madres maldecían impotentes tan temible y fatal influencia.

Su voz desgarrada, sus provocaciones de artista transgresora, la rebeldía que apenas disfrazaba la adolescente fragilidad que aún hería su mirada, la convirtieron en estrella de la noche a la mañana. Las radios repetían sus canciones sin cesar, reporteros sin escrúpulos la acosaban inclementes, sus conciertos agotaban en minutos el aforo…

Hasta que, de pronto, un día, la supernova implosionó. Desapareció. Sin rastro. Sin explicación. Abandonó los focos y nadie volvió jamás a saber de la cantante.

«Una carrera truncada, otro juguete roto…», se especuló durante meses. Pero nuevas chicas ocuparon su lugar y, poco a poco, el mundo la olvidó.

A salvo ahora, tantos años después, de aquel extravío, Silvia sueña a veces ese tiempo. Los recuerdos resquebrajan entonces su coraza, rasgan su antifaz de ejecutiva y dejan en su rostro un surco amargo de melancolía. Rehuyó la fama por ganar la vida. No se arrepiente. Pero a veces… algunas veces…

79. POPpurrí

Yo no te pido la luna, ni que me bajes una estrella azul. Tan solo te pido que estés junto a mí los años que nos quedan por vivir; bailar pegados, una vez más; hacer burbujas de amor con la magia de tu mirada; y explotar como palomitas de maíz, a fuego lento. Pero tú, chiquilla, no me crees. Y me dices: “¡Déjame! ¡No me beses en los labios! ¡Todo tiene su fin!” Y yo sé que la culpa fue del chachachá que bailé con la flaca en la taberna del Buda. Soy así. Ni tu ni nadie puede cambiarme.

Y tú te vas.

Te necesito, loca. Sin ti no soy nada. No me dejes así, con el corazón partío. No me abandones como un burro amarrado, enganchado a una señal de bus, junto a la estatua del jardín botánico. No te escondas, niña, que voy a por ti y recuerda que, siempre donde vayas, te encontraré y tendré eso que tú me das.

 

78. El baile de Cenicienta

Suena un vals a lo lejos, pero no puedo bailar. No se mueve, y no me deja moverme. La sonrisa con la que me llevó a esa habitación llena de tapices se borró hace rato. Su mirada me recorre. En su puño brilla una esquirla afilada de mi tacón. Afuera, en el salón de baile, la música se mezcla con los murmullos de la fiesta. Sé que todas envidian que él me haya dedicado su atención, pero eso no atenúa el dolor de su mano apretando mi brazo. La música empieza a acelerarse, y parece despertarle de su trance. Su peso me ahoga, pero me resigno y me dejo hacer, mientras mi mente se evade y mi cuerpo se desmadeja al ritmo de su baile, cada vez más furioso. Al fin, la música cesa. Se da la vuelta y, sin mirarme, me deja ir. Corro descalza hacia la calle, apenas envuelta en los harapos de mi vestido. El campanario da las doce.

77. GRACIAS A LA VIDA (Nani Canovaca)

Este fin de semana hemos ido al pueblo a desalojar la casa que fue de los abuelos. Se la ha quedado el primo Luis para restaurarla y hacer de ella, una casa rural. Nos encontramos multitud de cosas cargadas de valor sentimental y escaso valor material. Entre ellas, el viejo acordeón del abuelo. Ha sido inevitable recordar las fiestas y verbenas los días del patrón, tocando a veces en la era junto a sus amigos, Juan (percusión) y Lolo (trompeta). Las navidades, en las que no se cansaba de tocar villancicos para que todos le acompañáramos cantando. No hemos podido evitar sentarnos junto a la chimenea y quedarnos evocando recuerdos y momentos entre aquellas paredes. Crecimos alrededor de aquel hombre noble que nos enseñó que la felicidad estaba en los sencillo, que lo grande e importante estaba en todo lo que encerraba las palabras de su querida y admirada Violeta Parra cuando cantaba: «Gracias a la vida que me ha dado tanto…» y sin querer, hemos coincidido que todo ello, fue la semilla de nuestra existencia, la que nos enseñó a amar la vida, respetar a todos los nuestros, caminando por el sendero que él nos marcó.

76. CON LA MÚSICA A OTRA PARTE Y A OTRO TIEMPO (Isidro Moreno)

Me tocó ser guía de un extravagante cuarteto de músicos del XVIII que, aún no sé cómo, se presentaron en Madrid en plena primavera de 2019. No me lo podía creer.

Mis clientes deseaban verificar la posteridad de sus nombres y su obra musical. Les guié a la Biblioteca Nacional, al Teatro Real, visitamos algunas importantes tiendas de música y quedaron atónitos con esos mágicos discos que contenían sus obras interpretadas por grandes orquestas de nuestro tiempo.

Concluidas las visitas oficiales, les animé a cambiar su atuendo para dejar de ser el centro de miradas. Los llevé a tomar unas cervezas por los bulliciosos barrios madrileños. Pasmados quedaron con los «carros de metal que inundan las calles y, desde sus ventanillas, arrojan un reiterativo, atum sim pam; atum sim pam, que sienes, tripas y cristales remueven».  Mientras asimilaban aquellos ritmos, les expliqué que eso era la música de moda. Después, entramos en un restaurante con magníficas vistas del Palacio Real y que por música de ambiente sonaba reguetón. Mozart reía nervioso, Beethoven con su trompetilla en el oído no daba crédito, Bach y Häendel, casi ciegos, lloraban.

Los cuatro genios me rogaron encarecidamente que los devolviera a su tiempo.

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