Esta Noche Te Cuento. Concurso de relatos cortos

EL MIEDO Y LA ANSIEDAD

Un relato con menos de 200 palabras inspirado en cualquiera de los dos temas que te proponemos

ENoTiCias

Bienvenid@s a ENTC 2021 Puedes participar con un relato en cuya historia se muestre EL MIEDO Y LA ANSIEDAD. Y recuerda que el criterio no debe ser poner menos palabras sino no poner palabras de más. Bienvenid@
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Esta convocatoria finalizará el próximo
15 de Noviembre

Relatos

19. Cristalino

El joven cogía el paraguas de manera torpe. La lluvia caía de lado, estilo inglés, y una niebla cubría toda visión lejana.

Llevaba mirando la gran caja de cristal hacía ya varias horas. El anciano, disfrutando de su lectura, se recostaba en su sillón y sonreía desde dentro. No miraba el exterior ni ante el más atronador trueno.

El joven dio un paso. Un charco mojó sus botines. Dubitativo, intentó retroceder, pero su voluntad le impulsaba a dar otro. Extendió su mano, cada vez más cerca de la jaula que lo protegería de la lluvia. Un temblor en su mano le hizo incapaz de encontrar destino, y así, se dio la vuelta.

Cuando se fue, el hombre se levantó y empujó el cristal, como si de una puerta se tratase.

18 In die illa tremenda (Javier Igarreta)

El día que murió Sandalio no tocaron a muerto, pero los escasos moradores de aquel poblacho perdido en la serranía remacharon entre dientes cada campanada, como queriendo añadir un plus de inexorabilidad al luctuoso acontecimiento. Aquella tarde, Remigia, el ama de llaves, bajó a la cuadra acuciada por un insistente crujido. A la luz de un ventanuco, contempló horrorizada el rítmico balanceo de un cuerpo. El último eslabón reconocido de los Enríquez de Melgos colgaba del techo ante la impasible mirada de los bueyes. Remigia ahogó un grito de espanto, pero fue incapaz de abrigar un ápice de compasión en sus entrañas preñadas de rencor.

La tarde del entierro presagiaba tormenta. Un exiguo cortejo, compuesto por dos criados, tres convidados de piedra y el cura, partió hacia el camposanto. Sobre un carromato tirado por mulas reposaba Sandalio, resguardado del creciente chaparrón en un ataúd de madera noble. Desde un lugar privilegiado, un muchacho que contemplaba la escena con ojos fulgurantes celebró el relámpago solidario que rasgó el cielo. El zigzagueante destello hizo encabritarse a los animales y la carreta quedó en equilibrio inestable. Insuficiente para el féretro que, tras deslizarse lentamente sobre las tablas, se precipitó en el Barranco del Diablo.

 

17. ES

Esto es el paraíso, sea lo que eso sea. Floto, disfruto continuamente, rodeada de ese bum bum repetitivo que me llena de bienestar. Quiero estar así siempre.

¿Qué pasa?. Algo me aprisiona. Aj. No. ¿Qué es esto?. Me muero. Tengo miedo. El líquido que me rodea se va. Tengo frío. Me duele todo el cuerpo. No puedo respirar. ¿Por qué me pasa esto a mí?. Aaaahhh, estiran de mí. Qué horror de luz, de dolor, de espanto, grito, lloro para poder respirar. Quiero volver a la paz de mi cielo.

Es una niña, dice la comadrona.

16. EN LÍNEA RECTA (Susana Revuelta)

Con miedo a decepcionar a sus padres, que tanto se habían sacrificado por él, creció Pablo, evitando distracciones y huyendo de toda tentación. Su vida discurrió, pues, por el buen camino: el que iba derecho del pupitre del instituto a la facultad, del Colegio Mayor al apartamento de alquiler, de la asesoría que heredó del padre al chalet adosado. Llegarían también, cada cual a su debido tiempo, el noviazgo largo, la boda, el pastor alemán, un hijo tan espabilado como él, una hija tan rubia como su madre, e igual de guapa o más.

Pero ahora que lo tiene todo, siente en la boca un regusto amargo cuando sus pensamientos regresan, cada vez con más frecuencia, hacia aquellos desvíos sinuosos, polvorientos y sin asfaltar que no tomó, y donde durante años acecharon las fiestas de la universidad a las que no fue, las compañeras de blusa transparente, ojos ahumados, labios jugosos y tejanos ceñidos a las que no hizo caso, los viajes de fin de curso a los que no se apuntó, los veranos de playa, puestas de sol y amaneceres que no vio y martirizándose, cada vez más abatido, por una vida que no vivió.

 

 

15. Uñas

Seguían ahí. Los oía rasguñar bajo las tablas del suelo, detrás del enlucido. Los imaginé arañándose también unos a otros, un hervidero de seres gibosos, cubiertos de calvas y úlceras mil veces infectadas, y me estremecí de asco.

Salté de la cama y corrí a la habitación del niño. Allí su compulsión enfermiza por rascar se cebaba en el envés del cielo raso. Enloquecido, hui hacia el baño y me ovillé en la bañera, con los oídos tapados para escapar de sus uñas diminutas, que ahora resonaban tras los azulejos. Y así, amortajado por la porcelana, caí en una duermevela angustiosa.

―Papi, ¿has dormido ahí?

Guille, frente al lavabo, me mira con más sueño que extrañeza. Me levanto entumecido y, sin respuesta, le revuelvo el pelo.

En la cocina Marta pone la cafetera. Quiero preguntarle a gritos si no oye el chirrido malsano que ni siquiera los sonidos reconfortantes del día amortiguan. Pero tengo miedo de ver otra vez la alarma en sus ojos. De las llamadas furtivas a la clínica. Del ingreso, las batas blancas y las pastillas verdes, una tregua que solo sirve para que ellos, incansables, afilen sus garras a la espera de mi regreso.

14. Los otros

Cada vez que mi hermana gemela entra en la habitación y me ve durmiendo en la cama, huye despavorida, como si acabase de ver un fantasma. Todavía le cuesta aceptar que de las dos, quien murió el día del accidente fue ella.

13. Sentencia (Josep Casals)

Esta vez no habían calculado bien la medida del lote de acusados porque apenas cabían en el banquillo. Tenían que sentarse apretados y los de los dos extremos, para no caer, debían ponerse de través y trabar bien las piernas a modo de tornapuntas. Cuando uno de aquellos desgraciados se levantaba par ser interrogado, el vacío que dejaba duraba apenas una fracción de segundo y después tenía que recuperar su sitio a base de golpes de cadera, pues los prisioneros llevaban los brazos cosidos al tronco.

La manera de afrontar la situación era diversa. A uno le temblaba la barbilla, otro sudaba a mares, el que iba descalzo balbuceaba lo que parecía ser una oración…, por el hedor que se percibía, era evidente que alguno se había orinado encima. Porque todos los imputados tenían asumido que los declararían culpables. La incertidumbre radicaba en la pena que impondrían a cada uno. Eran cinco, los jueces, pero las sentencias las leía, con la indiferencia que otorga la costumbre enraizada, el que tenía la araña tatuada en la sien. Fue el tercer acusado empezando por la izquierda quien recibió el castigo más severo: le condenaron a nacer.

11. Imaginando (J. L. Chaparro)

Quizá no sea yo la más indicada para hablar de lo que debió sentir durante esos pocos segundos.
Imaginad.
Me dice que me deja y que al día siguiente se irá para siempre.
No podía conciliar el sueño y me busqué un entretenimiento.
Antes de amanecer, cogió su equipaje, subió al coche y se marchó. Había quedado con unos amigos en Punta Calva.
Seguid imaginando.
Se encuentra en la montaña, a más de 2000 metros, enfundado en su traje con alas, dispuesto a saltar.
Mientras, yo salgo a la calle a tirar al contenedor una bolsa con recortes de hilos viejos, los del traje, y el resto del hilo nuevo con el que, la noche anterior, me entretuve en hacerle una costura similar.

10. LA MORGUE – EPI

Un 22 de diciembre, mientras todo Madrid escuchaba el soniquete de la Lotería Nacional, mi padre fallecía.
Se lo llevaron a la morgue. Por la noche me acordé de que no le habíamos puesto su anillo, así que me fui al hospital.
Los pasillos estaban vacíos, traspasé la puerta y empecé a bajar por la escalera.
El frío, la obscuridad y los ruidos de mis pasos, hicieron que mi vello se erizara.
Llegué a la puerta batiente y atisbé por el ojo de buey.
Una luz roja mortecina, alumbraba lo que parecían ser cuatro o cinco camillas cubiertas por sábanas.
Temblaba ostensiblemente cuando descubrí a mi padre, le besé en la frente y le cogí la mano derecha.
Tenía los dedos en garra, tuve que hacer mucha fuerza y al final, con un ruido que me pareció de ultratumba, conseguí enderezar los dedos, le coloqué el anillo y le tapé con la sábana.
Al salir y al pasar entre dos camillas, juro que una mano me agarró del pantalón y me quedé petrificado, mientras un líquido caliente mojaba mis piernas.
De un salto traspasé la puerta y decidí que no se lo contaría a nadie.
A veces siento esa mano.

09. Aquella atmósfera de temores (Jesús Alfonso Redondo Lavín)

¡Clan!

La tía Sefa, anoche, con esa cadencia átona de los que saben leer pero no ha practicado lo suficiente, repasaba en voz alta las noticias del periódico «El Caso». Pedófilos, asesinos en serie, locos descontrolados, accidentes truculentos…

¡Clin!

Se anunciaba el fin del mundo. Mi primo lloraba. Las trompetas del apocalipsis pasaron de largo.

¡Clan!

La tía dirigía el rosario. Mater inviolata, Mater intemerata… El filamento titilante de la bombilla daba vida a la ascensión de las almas del cuadro de las ánimas del purgatorio.

¡Clin!

Dijeron que ayer tarde los perros de Pito ladraron y que los de Colás a media noche aullaron.

¡Clan!

Se comentó que alguien oyó, más alto que de costumbre, el siseo metálico de la lechuza y otro recordó haber visto, aquella tarde, tres cuervos posados en las cuerdas del tendal de su balcón.

¡Clin!

En mi dormitorio el sacamantecas rondaba. Quizás bajo la cama… Me tapé los ojos con la manta.

Ricardo el Patán, el campanero de Orejo, por la mañana “dobló” a difunto. Fueron tres toques, en repetida cadencia cada cuarto de hora: ¡Clan! y cuando cesaba la vibración, ¡Clin! y vuelta a empezar.

Anoche, fue a media noche, murió Luis Cagigas.

08. Obsolescencia (JAL)

“Hoy estás estupenda”, me susurra el espejo inteligente del coche camino del trabajo. Miguel hace tiempo que no me dice un triste piropo. Está prohibido empatizar con tu reproductor. Ya en la oficina el asistente virtual me refresca la agenda del día e insiste en que no olvide la sesión de estimulación del 5G, a las 17.45; el Vigía ha detectado cierto nivel de estrés y mi productividad ha descendido unas décimas, si sigo así me borrarán del sistema y harán conmigo picadillo para xenobots. Conecto el Wireless del microchip y cierro los ojos. Mientras me rehabilitan se suceden imágenes de mis primeros escarceos con Miguel, de cuando el sexo estaba siempre permitido y no cumplía funciones reproductoras. Lo odio, aunque tengo que reconocer que funciona.  Reconfortada y satisfecha regreso a casa, pero ya nadie me espera. Miguel ha desparecido. En la nevera se ilumina un holograma en el que leo horrorizada: “Compra huevos, leche y cuarto y mitad de amor, el vuestro ha caducado”.

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