Esta Noche Te Cuento. Concurso de relatos cortos

CALORES o REGRESOS

Un relato con menos de 200 palabras inspirado en cualquiera de los dos temas que te proponemos

ENoTiCias

Bienvenid@s a ENTC 2022 Puedes elegir: enviarnos un relato donde encontremos CALORES o REGRESOS. Y recuerda que el criterio no debe ser poner menos palabras sino no poner palabras de más. Bienvenid@
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Esta convocatoria finalizará el próximo
31 DE SEPTIEMBRE

Relatos

07. Inesperado ( Fernando Garcia del Carrizo)

Después de trece años por fin regreso a casa. Me muero de ganas de ver a mi familia, mi mujer y mis hijos, sabiendo que estarán cambiadísimos después de tanto tiempo. No sé si me reconocerán, sobre todo la pequeña, pues apenas era una cría cuando me marché.

Cuento los minutos por compartir todos juntos otra vez el rato de la cena en la cocina, luego ver en el sofá lo que echen por la tele y dormir abrazado a mi esposa.

Cuando he entrado en el pueblo, no he podido contener las lágrimas, al ver la plaza, el campanario de la iglesia, el parque con la fuente y mi colegio.

En la parada del autobús, no había nadie esperándome pues quería darles una sorpresa y no les avisé que llegaba hoy.

Conforme me acercaba al portal notaba mi corazón latiendo cada vez más rápido. Al llegar a la puerta he respirado hondo antes de entrar.

Solo espero que no les asusten los fantasmas.

06. Una de Bécker (Jesús Alfonso Redondo Lavín)

Celia vio por primera vez, a sus cuatro años, cómo a mediados de marzo, apareció una golondrina que presurosa se afanó en juntar bolitas de limo y pajas hasta terminar un nido escondido bajo el alero del caserío. Luego llegó mamá golondrina que no salió del nido hasta que nacieron cinco boquitas chillonas. La niña se pasó toda la primavera atenta al trajín alimentario de aquellos animalillos. Ellos la tomaron como una más en el nido y cuando salieron a volar, planeaban en derredor de las coletas de la pequeña. Quiso hablar con ellas y aprendió el tristar de las golondrinas y lo logró modulando los tonos de su dialecto abriendo y cerrando la boca mientras frotaba un globito de goma sobre sus dientes húmedos.

Aplaudía con sus manos cuando, en el lavadero, planeaban sobre el agua marcando una estela lineal con su pico inferior. Y por las tardes, a la puesta del sol, para que no la picasen, limpiaban la nube de mosquitos del ventanal de su dormitorio.

En otoño llegaron los vientos y con las primeras celliscas se hizo el silencio.

—No llores Celina, no han muerto, se fueron; el año que viene, cuando vuelva el calor, regresarán.

05. A MEDIAS (Ángel Saiz Mora)

Todos los veranos llegaba un ángel, menos en ese final de junio, cuando la ausencia anunciada se confirmó.
Alicia me había hablado de la enfermedad en sus cartas, de una incierta lista de espera y visitas al hospital.
Mientras acompañaba a mi padre en los sembrados, recordaba nuestras charlas de otros años. Al caer la tarde, rodeado de vecinos que anhelaban marcharse para siempre, sentía de nuevo esa mirada suya, aquel decir sin palabras lo que yo significaba para ella, una mezcla de cariño y límites: Matías, un buen chico, el mejor amigo del pueblo; nada menos, pero también nada más.
El mismo día en que cumplí los dieciocho viajé a la capital, con muchos papeles que firmar y las intenciones muy claras. Solo puse una condición: el anonimato. Nunca he contado a nadie lo que sucedió allí.
Sigo unido al mismo lugar, a cargo de las tierras de la familia. Alicia, felizmente restablecida, viene algunas semanas en época estival con su marido e hijo.
Saber que una parte de mí permanece en su interior me ayuda a sobrellevar una vida incompleta, en la que el riñón que no tengo es lo que menos echo en falta.

04. Das Metzger

El venerable y respetado anciano caminaba como cada mañana al local social de Río de la Plata donde se encontraría con sus camaradas, venerables y respetados ancianos, para compartir las mil veces repetidas historias de juventud, juventud perfecta y deseada.

Ensimismado en sus recuerdos no se apercibió de la furgoneta negra de cristales tintados que frenó junto a él. La capucha envolvió su cabeza siendo introducido en el vehículo a empujones. Sintió un pinchazo en el brazo.

Despertó mucho después conmocionado, atado a una silla, viendo entre nebulosas varias personas que le hablaban con voces tranquilas:

• …culpable del asesinato de miles de… …es Vd. el Carnicero…

“Así me llamaban, idiotas, Das Metzger aus Auschwitz, a mucha honra, malditos miserables, teníamos que haber acabado con todos vosotros” farfulló revolviéndose frenético.

• …se le condena a…

Retorciéndose bramó varios insultos y escupió.

Ya en el cofre de madera lo último que vio fue el letrero de hierro adorado por él y sus camaradas del local social, “ARBEIT MACHT FREI” leyó.

Siempre había querido regresar pero no de esta manera.

La realidad le golpeó cuando el inmenso calor del horno crematorio comenzó a envolverle.

03. In memoriam

Añado a la lista no volver a burlarme de tu nariz. Este vestido tan ceñido me está matando, pero es perfecto. Busco las gafas negras. Ayer anoté lo de no disfrazar cebolla en la tortilla de patata, no resoplar cuando viene tu madre a comer, no planchar torcida la raya de tus pantalones, no escupir en tu café.

Lo de no hacer cortes en tus cuerdas mejor lo omito.

Aunque el sedán sería más adecuado para presentarme allí, cojo las llaves de tu todoterreno. Lo trajeron anteayer, cuando te declararon oficialmente desaparecido en la sierra. Siempre preferiste estar con tu amada montaña antes que conmigo ¿no?

Decías que mi originalidad resultaba ridícula. Quizá tuvieras razón, pero me regodeo imaginando la escena: tu familia circunspecta, apenada en su justa medida, sin una lágrima fuera de lugar, ni aspavientos innecesarios, ni muestras de dolor indecorosas. Alternando sus miradas de desconcierto a tu inapropiada foto en el Mulhacén con las de odio a mi indumentaria amarilla. Boquiabiertos, escuchándome enumerar las pequeñas satisfacciones con las que me rebelaba a tu despotismo y prometer, riendo, que si regresas me enmendaré.

Como si fueras a regresar. Como si alguien te esperara. Eso sí que sería ridículo.

02 FLORENCIO

Mi primer amor tenía siete años, como yo, y ambos íbamos a un parvulario en el centro de Madrid, con dos aulas separadas por sexos, como era preceptivo en la década de los sesenta del pasado siglo.

Una mañana, durante nuestra tediosa lección, oímos la voz de un niño que, desde la clase contigua, gritó: “¡¡¡Puri, me gustas mucho!!!”.

Niñas y maestra lo oímos con toda claridad, pero el silencio se hizo tan atronador que a mí no se me ocurrió otra cosa que contestarle, también a voz en grito, para que me oyera: “¡¡¡Y tú a mí también!!!”. Era la pura verdad.

Nuestra maestra y el suyo hablaron un momento y pasaron al despacho de la directora que, de inmediato, decretó nuestra expulsión a partir del día siguiente mismo. Habíamos transgredido unas normas no escritas.

Aquel episodio supuso mi primera decepción con la oscura y pacata docencia institucionalizada de mi infancia, carente de empatía y sentido del humor con dos críos de tan solo siete años.

No hace mucho busqué aquel parvulario y había desaparecido. Pero juro que ese amor entre Florencio, aquel niño al que nunca volví a ver, y yo, no fue un sueño.

01. OBJETIVO CUMPLIDO

El entusiasmo llegó con las primeras explosiones del fuego de mortero. Los periodos de tregua solo servían para retrasar el regreso a casa. Tras dos semanas de una insoportable calma, querían abandonar las trincheras. Avanzar. Cumplir la misión de tomar al asalto aquella colina y marcharse a casa. Recuperar la normalidad de sus nombres y sus vidas. Ser recibidos por los vecinos de la ciudad y que la banda municipal de cornetas tocaran el himno nacional en su honor, atragantados por la emoción de considerarlos héroes.

Pero, con esa precipitación que despiertan a veces los retornos y la niebla de las detonaciones cercanas, algunos olvidaron los cargadores, y otros saltaron hacia el lugar equivocado. Solo se cumplió una parte del sueño de todos ellos, cuando sonaron los compases solemnes en las calles de Jacksonville, al paso de aquellos catorce ataúdes iguales.

75 Enfermos

Podría haber sido un gran cardiólogo. Tiró por la borda el sacrificio de sus  padres para costearle los estudios. Las dichosas cartulinas rojas y negras le hechizaron, dejó todo por esas timbas donde ganar dinero fácil. Las gafas de sol y la mascarilla ocultaban cualquier mueca de su rostro.

Muchas noches por la puerta de urgencias del hospital deambula un joven que lleva siempre una baraja con aspecto de indigente, tiene un parecido a uno de los conductores de ambulancia. Ciertos pacientes llegan con una carta, siempre de corazones, donde hay escrita una palabra clave para su diagnóstico.

74 Expiación

Volví a mirar la dirección. Sin duda era allí. Me sorprendió la blancura inicial de la fachada, el equilibrio de sus muros, la apatía cenital que escapaba por las ventanas como gatos asustados. Toqué con los nudillos la puerta medio abierta. Volví a llamar hasta que una voz estéril me invitó a pasar. Tenía la baraja preparada sobre una mesa redonda de madera, una lámpara con forma de lechuza que parecía tener vida y un cenicero que soportaba un cigarro recién encendido. Me ofreció café, una silla en la que sentarme frente a ella y me ordenó cortar. Dividí en dos el mazo y me mostró una carta. Un gran sol iluminó la sala. Su luz parecía escapar de su jaula de cartón. Se puso en pie, imponente, y dejó caer la túnica celeste que le cubría el cuerpo. A pesar de las arrugas sus pechos se mantenían firmes, su vientre liso. Apenas tenía pelos en el pubis, pero tan blancos, que un rumor nevado parecía invitarte a beber de aquella fuente. Dejé unos billetes en un cuenco de madera y salí de allí. Era de noche y un adiós con acento extranjero se confundió con el ruido de la puerta.

73 LA BOLA DEL MUNDO

Lo que más me gusta de la clase es la bola del mundo. Se llama así porque dice la seño que donde estamos todos los que vivimos en la tierra, es el mundo y es redondo. O sea que tierra y mundo es lo mismo, me parece.

Me gusta tanto que me quedo mirando la bola y pienso en los nombres de los países tan raros, que se llaman el extranjero y la seño me dice que atienda, que atienda.

A veces, la coloca en su mesa y la hace girar. Cuando para, pone el dedo donde sea. Entonces, cuenta cosas de ese sitio, si es un país o dos, un mar, una montaña… Cosas de verdad: cómo hablan, qué comen, qué hacen las personas, o un cuento de los que viven allí, en el extranjero.

Un día que una niña empezó a llorar y luego otra y luego un niño y al final  todos llorábamos, la seño nos preguntó que qué nos pasaba y cuando le dijimos que nada, nos explicó que en muchos países del mundo extranjero hay millones de niños que no lloran y les pasan cosas malísimas, y entonces sí que empezamos a llorar de verdad.

72 Ansiada derrota

Pilar se deja ganar todas las tardes. Es lo único que le permite contemplar algo de brillo en los ojos de Adolfo, y eso da sentido al esfuerzo que realiza diariamente para que la reconozca.

Él ya ha dejado de comer y caminar solo, y a duras penas controla sus esfínteres, en un progresivo deterioro físico y mental. Todavía le entretiene jugar a las cartas, aunque desde hace un tiempo las lance sin ningún criterio y con llamativa torpeza.

La neuróloga había advertido meses atrás que pronto olvidaría todo lo aprendido a lo largo de los años, pero aún así resulta muy duro constatar cada día esta pérdida de facultades. Por ello, y pese a producirse de manera cuestionable, la efímera satisfacción de la victoria cobra más importancia que nunca en sus visitas a la residencia de ancianos.

Cada anochecer, tras despedirse, Pilar regresa a su casa deseando que Adolfo vuelva a reconocerla al día siguiente y la vida le dé la oportunidad de perder otra partida.

71 EXTRANJERO

Marcos no fue un niño como los demás. Se pasaba los días encerrado en el dormitorio,  examinando el mapamundi desplegado sobre el suelo, calculando distancias y soñando con visitar todos los países.

Desde que tuvo independencia y algo de dinero en el bolsillo, no ha parado de viajar. Adora la sensación de perderse por las calles, de que lo miren con extrañeza y de no entender ni una palabra del idioma. Durante años ha malvivido como artista callejero o vendedor ambulante, pero en cuanto los habitantes autóctonos empezaban a acostumbrarse a su presencia, hacía las maletas y elegía otro destino, cada vez más lejano y exótico.

Hace un mes regresó a su pueblo, convencido de que el mundo es realmente un pañuelo y se le ha quedado pequeño. Se comunica en una mezcolanza de lenguas, no soporta los guisos de la madre porque dice que en España todo lleva ajo y ni siquiera sus hermanos lo reconocen como parte de la familia. Ahora es totalmente feliz, porque en ningún lugar se había sentido tan extranjero como en su propia casa.

 

 

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