Esta Noche Te Cuento. Concurso de relatos cortos

2019 ENTCOLORES

Un relato con menos de 200 palabras inspirado en el color  amarillo

ENoTiCias

Bienvenid@s a ENTC. Este mes te ofrecemos de nuevo nuestro concurso habitual y la posibilidad extra de participar en el ENTCerrado... ¿Qué te inspira el color amarillo?
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Esta convocatoria finalizará el próximo
28 de julio

Relatos

34. En una comida con amigos

En una comida con amigos  observo mis manos y con extrañeza veo mis uñas de color azul pálido, eso sí, limpias e iguales.

A mi lado estaba uno de los tres médicos que nos acompañaban en la comida. Le enseño mis uñas y mi amigo me dice claramente que eso era signo de un fallo del riego sanguíneo.

Seguro que las uñas de los pies están mas azules, pues al estar mas lejos del corazón tienes menos riego sanguíneo; me explica razonando el motivo de ese cambio de color en las uñas.

-No las he visto, le respondo, pero estaba seguro que estarían de color tan azul que no quise quitarme los zapatos para verlos.

-Vete mañana mismo a ver a tu médico y que te hagan pruebas.

-¿Notas cansancio ?.

-Pues si que lo noto y respiro mal.

Cuando terminamos de comer _ yo ya no comí _ me senté en el sofá; a mi lado mi amiga Maria Jesús me preguntó que me pasaba.

Pero, bueno Juan, eso es del champú con el que lavaste tu pelo gris; vete al baño , frota bien las uñas y verás como desaparece.

VOLVIERON A SU COLOR BLANCO,VOLVI A RESPIRAR Y RECUPERÉ EL APETITO.

33. Prohibido pasar en amarillo

Presagiaba un día muy especial. Iba a ejercer de padrino de mi mejor amigo en su boda, y a la noche estrenaba mi primer gran papel dramático. ¡Qué buena suerte la mía!

Me apresuré para recoger los anillos. Monté en mi coche y me lancé raudo a la joyería. Con las prisas, aceleré en un semáforo que estaba en ámbar. La policía estaba justo por allí y me paró. Bajé la ventanilla y lo primero que escuché fue: “¿Usted no sabe que está prohibido pasar en amarillo?” Sin rechistar recibí la multa y proseguí.

Me fui directo a la iglesia. Estaba radiante con mi diseño de Versace. Cuando iba a poner un pie en el templo, el capellán me para en seco y me suelta: “En la casa del Señor está prohibido pasar en amarillo”. Imposible convencerlo de que era dorado.

Por fin llegaba la hora del estreno. Me crucé con el director de la obra que al verme me espetó: “¿Aún no sabes que en el mundo teatral está prohibido pasar en amarillo el día del estreno?” Me había teñido el pelo para ir conjuntado con el traje.

¡Qué mala suerte la mía! ¿o no?

32. Postizos

Odio el amarillo. La falta de pasión me daña el hígado y Clara y yo parecíamos hermanos que ni se pelean. Mi amigo Luis, que también tuvo ictericia, me confesó que él había pasado por lo mismo en su matrimonio hasta que descubrieron las pelucas y convencí a Clara para probar.  Así, de pelirroja y peinado tipo Cleopatra, se convirtió en Sonia, una treintañera que reía todas mis bromas y me hacía sentir único.

De castaña, se llamaba Lidia. Revelaba una audacia superior y dotes hipnóticas: cuando, desnudos, me recitaba versos de Benedetti, presagiaba los efectos del calentamiento global en los polos y, sin embargo, encontraba placer. Pero mi preferida era Olvido, una mulata de pelo afro y cuerpo turgente. Trabajaba como espía y ese halo de misterio me volvía loco. No podía quitármela de la cabeza, ni su maquillaje tiznando mi piel mientras hacíamos el amor.

Una tarde, Clara me recibió llorando y me entregó una carta firmada por las tres en la que le confesaban nuestras aventuras. Le aseguraban que no volverían a verme, pero lo que me desconcertó fue que escribieran que se habían enamorado de un ario rastafari. Se llamaba Günther y era mi amigo Luis.

31. LOS OJOS

No me lo creo. He ido al baño a mitad de la noche. He levantado la tapa del inodoro y ahí estaban. Dos ojos amarillos, brillantes, mirándome, esperándome. Me ha recorrido un escalofrío de terror. En la oscuridad absoluta son la reencarnación de Lucifer. Seguro que mi mente no ha terminado de despertarse. Me siento y realizo la función hidráulica.
La infinita sorpresa es que a la noche siguiente me vuelvo a levantar y … no. Otra vez. Los puntos me miran. Pero tengo que hacer lo que tengo que hacer e intento dormir de nuevo.
Y así noche tras noche. Empiezo a acostumbrarme. Hasta hablo con él, con ellos, con lo que sean. Los ojos cambian de tonalidad, forma y posición según el tema. Creo que me entienden.
Hoy al sentarme ha sido diferente. Una garra ha surgido de las interioridades. Me ha agarrado de lo que se denominan partes nobles.
He gritado todo lo que he podido.
Me ha arrastrado succionándome por las oscuras tuberías.
Ahora habito en las inmensas profundidades buscando por los inodoros, con mis nuevos ojos amarillos brillantes, mi primera víctima.
Para arrastrarla también a los nichos del averno.

30. MALDITA FIEBRE AMARILLA

Esta maldita fiebre amarilla me está matando. Si no hubiera viajado a Etiopía, nada de esto habría pasado, pero cuando Alicia me contó al volver de vacaciones que había ido a Namibia supe que yo no podría ser menos, no iba a ser el único de la oficina sin haber pisado alguno de esos exóticos destinos africanos. Claro, que, si no hubiesen ascendido a Jacobo, yo no habría tenido que pedir el aumento gracias al cual pude pagar el viaje y las primeras cuotas de ese último modelo de coche con más prestaciones que el de Arturo. Es envidiable lo bien que les va a todos mis compañeros y, mientras, yo, aquí, postrado en cama y contando mis horas. Desgraciadamente ya es tarde para darse cuenta de que la verdadera fiebre amarilla no es la que padezco ahora… y de que la envidia tiene cura.

29. FÓSIL (Paloma Casado)

Ha estado jugando con sus amigos en la calle y vuelve a casa sucio y desastrado, como siempre. Tras la riña de costumbre, su madre le prepara un bocadillo de foie-gras para que meriende en la cocina mientras hace los deberes. Bajo el cuaderno, esconde un libro que le han regalado por su cumpleaños y cuando ella no mira, continúa la aventura en la isla del tesoro. Una miga embadurnada va a caer en la página cincuenta.

El anciano ha vuelto a su ciudad tras años de ausencia. La nostalgia dirige sus pasos al barrio de su niñez que ya apenas reconoce. El descampado donde jugaba es ahora un parque y va a sentarse en uno de los bancos. El sol cansado de noviembre se filtra entre las hojas amarillas de los árboles.

Abre el libro ajado que compró en una librería de viejo. Una mancha ocre le espera en la página cincuenta. Entonces detiene su lectura para volar en el tiempo a una cocina con la radio encendida, a un sabor en la boca. Vuelve a ser el niño que leía, a su infancia conservada en un fósil de ámbar.

 

 

28. AMARILLO CELOS (Jorge Zas)

Juan es mi mejor amigo, o por lo menos lo era hasta que conoció a la tonta del bikini amarillo, esa que lo mantiene incrustado en la arena, aplastándolo a besos.

No entiendo por qué Juan insiste en que lo acompañe a la playa, si después me ignora.

¡Qué distinto era todo antes!

¡Cómo disfrutábamos de la playa!…y de la vida, cuando éramos sólo nosotros dos: Juan y Felipe, los inseparables Felipe y Juan. Qué divertido era trotar juntos por el borde del mar salpicando a todo el mundo.

Y ahora tengo que salir a correr solo, añorando la complicidad perdida.

Al volver me instalo dándoles la espalda, ya he visto suficiente besuqueo.

Cuando van a bañarse, Juan parece recordar que existo.

–Vamos, Felipe –me llama.

Miro para otro lado. He decidido ignorarlo. No me bañaré con ellos.

–Venga, Felipe –insiste.

No respondo. Lo observo con disimulo, veo que tropieza ¡Me alegro!…Pero no, no ha tropezado, sólo se ha agachado ágilmente para recoger algo de la arena.

–Vamos Felipe –grita desde la orilla, mientras arroja al mar lo que acaba de recoger.

Y yo, como un estúpido, salgo corriendo y ladrando para traerle de vuelta el trozo de madera.

27. Las tribulaciones de un corazón amarillo (Juana Mª Igarreta)

Ella todavía está creciendo, pero ya se siente observada. Tiene que ser discreta para no correr la misma suerte que otras de su clase. Por eso, cada vez que alguien se acerca, se dobla sobre sí misma tratando de camuflarse en la frondosa hierba que la rodea; sabe que si tiene la desdicha de caer prisionera en sus manos, puede padecer un verdadero suplicio. Muchas de sus vecinas han acabado sometidas a un cruel interrogatorio; despojadas a tirones de su vestimenta, y ejerciendo el papel de eventuales pitonisas, son forzadas por sus raptores en aras de hallar la respuesta a una extraña pregunta, que al parecer surge a menudo en quienes transitan por los intrincados terrenos del querer.

Ella, que ha nacido en el campo, lo más parecido al amor que conoce son los abrazos de sol y los besos de lluvia. Su único deseo es llegar tranquila al final del verano conservando intacto su aterciopelado corazón amarillo. ¿Es mucho pedir para una humilde margarita?

26. Louise en mi memoria (Pepe Sanchis)

En Suiza tenían un gran jardín rodeando una enorme casa. Pero aquí prefirieron un pequeño adosado en una urbanización tranquila y apartada. Los hijos venían a verlos una vez al año. Suficiente. Repartieron sus bienes, reservándose para ellos el importe de su pensión. Pasaban las horas muertas contemplando el mar desde su terraza. Sin sospechar que pronto aquella enfermedad irrumpiría. Él se lo ocultó a sus hijos, cargando con la responsabilidad de su cuidado. Ni un solo día dejó de mimarla. Estuvo pendiente de ella hasta el más mínimo detalle.

Compraban todas las mañanas el pan alemán que les gustaba. La dependienta, suiza también, lo admiraba en secreto. Cuando su mujer murió, se encontró vacío, solo. Se descuidó en lo físico, bebía más de la cuenta, se le agrió el carácter. La dependienta, al venderle el pan de cada día, observaba su deterioro. Viuda, como él, no tardó en abrirle su corazón.También él se había fijado en ella. Enseguida se entendieron, en lo afectivo y en lo material. Les gustaba tenerlo todo controlado. Y ahora da gusto verlos juntos, cuidando su pequeño jardín repleto de hibiscus amarillos, los preferidos de Lou.

25. CUANDO EL DESEO LO EXPLICA TODO (Petra Acero)

¡Seguro que tiene una explicación científica! Hoy en día todo tiene una explicación científica, matemática, médica o artística. Nada es ¡porque sí! Incluso las diferentes religiones ofrecen su interpretación a mutaciones como la que acuno entre mis brazos (en beneficio propio, ya lo sé, pero explicación al fin y al cabo). Cualquier bebé surge de la fusión de dos gametos; del resultado de dos sumandos; del éxito de la tercera inseminación artificial. Hasta aquí, explicaciones lógicas y asumibles. Pero, ¿quién me explica estos ojos achinados y esa boquita de geisha? Mi mujer y yo somos blancos. ¡Ay cuándo se despierte¡ Nos han engañado como a chinos, asiáticos, amarillos o como cojones haya que llamar (de la forma más políticamente correcta) a los de tu raza. Porque, chiquitina, tú no puedes ser hija nuestra, por mucha mutación amarilla que… ¿Esa sonrisita es para mí? Pero, ¡qué preciosa eres! Igual a mi mujer no le importa el color ni… ¡Uy, un bostezo! ¿Tiene hambre mi niña bonita? Tal vez, ese amarillo-oro de tu piel sea la explicación artística que me faltaba por encontrar. Cuando tu mamá despierte de la anestesia y te conozca, será la mujer más feliz del mundo. ¡Seguro!

24. Tiempo estimado siete minutos

Nos volvemos a ver después de muchos años. Fuimos amigos de esos que van a durar toda la vida pero todo pasa y eso también lo hizo. No importa algo en el fondo de la mirada queda.

Te doy la mano y el contacto de la piel habla más que las palabras convencionales que intercambiamos. De pronto ambos buscamos la salida a este encuentro , como si quisiéramos terminarlo cuanto antes. Algo nos quema.

Ya te veo alejándote por la terminal del aeropuerto,  confundiéndote con el resto de las personas en ese anonimato que tanto nos gusta porque nos permite seguir con nuestras propias mediocridades. Pienso en lo importante que éramos el uno para el otro, o eso creíamos.

Me quedo de nuevo solo, acompañado solo por mis pensamientos, me inquieta. Miro el panel de los vuelos… vaya a su puerta , tiempo estimado siete minutos.

 

 

 

22. EL SOL DE ARTURO (Mercedes Marín del Valle)

Pasaban los días y los meses, y su pequeña crecía sin pronunciar, un “mamá” o un “papá”; vocablos que tan sencillos parecían en boca de otros bebés.
Los médicos coincidieron en que no había nada anómalo en ella. Escuchaba y ejecutaba perfectamente los mensajes y se desenvolvía correctamente en su, lógicamente, restringido entorno. Sin embargo, por prevención, recomendaron llevarla a clase de lenguaje de signos, lo que no convenció mucho a sus padres, que pensaban que aprender así, no ayudaría. Entristecidos, pero no vencidos, devoraron con avidez, libros y artículos intentando encontrar una explicación al retraso verbal manifiesto en su pequeño tesoro.
Una mañana yendo a terapia, su padre le hablaba para entretenerla y para, de paso, minimizar su estrés, provocado por el inabarcable tráfico del diario.
La niña soltó una carcajada infantil cuando, parados delante del semáforo, el hombre canturreó:
—Verde, verde…que se ponga verde.
—Amarillo, amarillo —gritó ella, pronunciando correctamente todas las sílabas.
Incrédulo y emocionado, buscó con sus ojos qué milagro había desatado por fin su lengüita atrapada.
En el vehículo de al lado, un gran sol era agitado con fuerza por un niño al que enseguida reconoció. Era Arturo, el amiguito de terapia de su hija.

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