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Victoria camina y evita los tres euros del autobús. Al llegar, muestra el DNI; revisan las bolsas y, tras firmar, pasa a la sala de visitantes. Él sonríe al verla y la abraza como cuando era pequeño. Agradece el chándal, el tabaco y sus libros juveniles: Miguel Strogoff y Cuento de Navidad.
No estará para las fiestas, dice, a menos que se pague la fianza.
—No puedo, hijo.
Él le cuenta que deben de saber a qué banda pertenece, porque los presos no le molestan y los guardias le tratan bien. Hoy ha repetido lentejas. Eso sí, cuando salga, reventará al cabrón que le haya denunciado.
De regreso, compra yogures baratos, a punto de caducar. En casa, enciende el ordenador y transfiere los quince euros que ha ahorrado a una cuenta nueva que ha llamado “Matrícula FP”. Fontanero o electricista: los gremios siempre tienen trabajo y cobran bien.
Antes de acostarse, envía un WhatsApp:
—Mi niño, bien. Gracias, inspector.
La respuesta le hace sonreír:
—Hizo lo correcto. Cumpliré mi promesa.
Ajustó el micrófono y se dispuso a desplegar su corazón. Para postularse a la presidencia, debía mostrar su talante democrático y expresar su voz a lomos del coraje, sin cortapisas, pues sus raíces bebían de los caballeros del medievo.
—Gracias a todos por vuestra presencia.
Veo a muchas mujeres encumbradas en sus tacones de aguja, belleza que, seguro, ensalzará la decoración del auditorio.
Supongo que los negros, moros, al igual que los gais, lesbianas, invertidos y demás rarezas antropológicas, tendrán prohibida la entrada.
Por favor, si hay alguna persona con discapacidad física o intelectual, que se coloque detrás para no molestar.
Ahora sí. Vosotros, hombres, que sois el pilar de la familia y de la sociedad, escuchad.
Estoy a vuestra disposición para regenerar esta casta política que nos avergüenza. Juntos arrancaremos el eccema de putrefacción que se extiende por la piel de este, nuestro amado país.
El discurso prosiguió en un alarde de retórica. Cuando los focos se apagaron y sus pupilas pudieron contemplar al populacho, no había nadie.
Y, tras una exhaustiva reflexión, el orador llegó a la conclusión de que el auditorio, ignorante, no había comprendido su mensaje. Sin duda, la sociedad estaba abocada a la extinción.
El mayor sale al balcón, debe encontrar las palabras. Fuera está lloviendo. Acaban de cenar macarrones. Solos, en silencio.
El pequeño viene detrás:
—¿Lees conmigo un cuento? Ayer, con mamá, leí uno de dinosaurios.
El mayor no le mira. Sigue buscando entre la lluvia, entre los coches. Mañana tiene examen de conducir, el teórico. Las señales rojas significan prohibición; las azules, obligación.
Encárgate esta noche del niño, le ha dicho su padre.
Debe fregar los platos. Y acordarse de poner la alarma.
El pequeño le repite la pregunta. Varios relámpagos iluminan la avenida. Las señales amarillas son de advertencia.
Encárgate de él, por favor, que yo debo quedarme en el tanatorio. Y… díselo.
Díselo.
Sí, debe hacerlo. Debe encontrar esas malditas tres palabras. Pero su cabeza se empeña en esquivarlas; prefiere huir y pensar tan solo en coches y platos sucios. En la lluvia, en su examen de mañana…
En las putas señales de tráfico.
He llenado una vez más mi voz de cascabeles. Es la única manera. Da lo mismo decir «qué preciosa que es mi niña» que «no puedo más» o «ya no lo soporto»; lo importante es el tintineo, hacer de cada palabra un repique de campanas. Como hacía ella cuando yo era chica. La llamo por su diminutivo, tarareo las mismas canciones que ella me cantaba y la vuelvo a llamar. Hoy ha funcionado: una pequeña luciérnaga cruza su mirada y un esbozo de sonrisa se adivina en sus labios.
Un instante.
Un segundo.
Luego, se rompen los puentes y me quedo sola, sosteniendo la cuchara frente a su boca, que apenas recuerda cómo abrirse. Limpio con el babero la barbilla —batido de plátano y yogur— y sigo intentándolo. Soy una mancha difusa y chillona frente a sus ojos. Pero no callo, sigo llamándola porque el silencio es peor. El silencio se encalla y hace escaras. Cuando acabo, acaricio su escaso pelo, la beso en la frente y, un día más, rezo para que no sea mañana.
Después, rezo para que sea mañana.
Nala tenía un sueño. «Con esfuerzo y sacrificio conseguirás todo lo que te propongas, mi niña», le repetían sus padres a diario. Y ella se esforzó, y se sacrificó, y destacó en todo lo que se propuso: a buen seguro que sus padres habrían estado muy orgullosos de sus logros. Adquirió por internet el material deportivo, infinidad de manuales con rutinas de entrenamiento y un curso intensivo de francés online. Estudió noche y día, entrenó muy duro y se certificó en el idioma con nota; y cuando consideró que estaba lo suficientemente preparada, se embarcó rumbo a París. Su padre olvidó recordarle que también se necesita una pizca de suerte para conseguir los sueños, pero tal era su determinación que se tomó como una prueba preolímpica llegar a nado a la costa, sintiendo que la meta estaba más cerca con cada brazada, cuando la patera zozobró en las frías aguas del estrecho.
Leda vivía en un constante agotamiento. Después de su larga jornada laboral, tocaba recoger a los chavales del cole y realizar las tareas domésticas indispensables, así que al llegar la noche no tenía cuerpo para mucha fiesta. Andrés solía volver tarde, y como mucho se saludaban con escasa energía.
Tania llevaba un par de años viviendo con Abel, al que conoció siendo bien jovencita. El inicio de su convivencia había sido muy intenso, tierno y cómplice, pero con el paso de los meses fue perdiendo empuje. Poco a poco se comenzó a sentir extraña, aunque al pensar en ello no sabía explicar bien el motivo.
Cuando Leda y Tania coincidían en la oficina, todo mejoraba. Se ponían al tanto de sus vidas rutinarias, practicando sin saberlo una terapia necesaria sobre sus respectivas miserias. Y atendiendo al resultado, parece que bastante más eficaz que si la hubiera realizado cualquier profesional.
Hoy, Leda regresa del trabajo y Tania la recibe contenta en su coqueto apartamento. Esta noche los hijos de Leda vendrán a celebrar con ellas su aniversario de boda, la más recordada de las últimas décadas. Aquella en la que, desafiando lo establecido, decidieron ponerse el mundo por montera.
Cuando volvemos mi hermana y yo del cole y entramos en casa, madre sale a nuestro encuentro pidiéndonos con un gesto que no hagamos ruido. Eso solo puede querer decir que padre volvió de una de sus juergas de madrugada y ahora duerme. Avanzamos por el pasillo con cuidado cuando oímos cómo en la cocina, donde se hace la comida para el monstruo, lo primero que este reclamará, se cae y estalla un plato. Inmediatamente después llegan los gritos, los insultos y golpes; momentos en los que mi hermana y yo solemos escondemos bajo la cama. Sin embargo, nadie lo habría adivinado, el vaso de la pequeña estaba colmado y veo cómo se levanta, avanza hacia los rugidos, los acalla con su presencia insignificante y una vez a los pies del gigante empieza a golpearlo con saña; mi madre y yo nos miramos atónitos y descubrimos juntos que el miedo ha sido sustituido por algo que no sabemos nombrar y nos empuja a unirnos a nuestro David para maltratar al hombre con furia, molerlo a palos, gritando histéricos, hasta que aparece el cuchillo que se entierra en el vientre correcto todas las veces necesarias y nos devuelve la calma.
Cuando ella tenía tres años su padre huyó entre los trigales. Con siete comenzó a vender el pan y el café de estraperlo que le proporcionaba su madre. A los diez salía todas las mañanas del pueblo con un barreño de ropa sucia para lavarla en el río. Con doce años le dijeron que la gente como ella ya no necesitaba ir a la escuela y con quince no la dejaron entrar en una caseta de la Feria por ser hija de quien era. Su padre regresó cuando tenía dieciséis, hecho un despojo humano a causa del hambre y la cárcel. Con dieciocho se fue a servir a la capital, donde no la conocieran. Se casó, volvió al pueblo para ayudar a morir a su madre, devorada por un cáncer, y se hizo cargo de un hermano, hijo de la posguerra, casi veinte años menor que ella, porque a su padre no le quedaba nada de lo que fue. El tiempo le encorvó la espalda y la doblegó en una silla de ruedas, pero siempre que vamos a verla nos dice que nunca, nunca perdamos la sonrisa.
Hay cosas que me desesperan y mira que soy una persona tranquila, que no me acelero por nada, pero es que esta nimiedad me puede, y ya ves tú la importancia que tiene, pero no puedo, no lo soporto, pues nada, que por mucho que me empeñe no tiene remedio, que el mechón dice que va por ahí y va por ahí, que le da lo mismo si me atuso a cada momento, como si me quiero bañar en fijador o poner un rulo toda la noche que corte la respiración y estiraje todo el cuero cabelludo… no hay caso… una vez lo corté y fue peor, el remolino se transformó en tsunami y a ver quién dominaba aquella onda del demonio. He resuelto el tema usando siempre una horquilla, y no mirarme, si no la llevo, en los espejos. Aun así siento cuando lo suelto cómo tiende a volver a su sitio, como un resorte poderoso que no se doblega ante nada. Apuesto el cuello a que en caso de calvicie ese mechón ondeará como bandera reclamando ese territorio conquistado. Y solo pensarlo me enfurece, qué le hago, no puedo evitarlo.
La Aurori se quedó en estado por la fuente nueva. La fuente, que es como una copa de champán color azul columpio, está en medio de la plaza. No hay que apretar nada para que salga agua. Te asomas y el chorrito te da en la cara, hasta que tú lo encuentras con la boca. Pero se ve que, si bebes cuando oscurece, que es cuando ya deberías estar en casa, pero aún no has llegado, te quedas embarazada. Yo antes no lo sabía.
Pero, me acuerdo cuando se llevaron a la Aurori, tan seria, en la parte de atrás del coche. Miraba como si fuera ciega. O como si no oyera nada. Y luego, cuando se enteró el Eduardo, que es como su novio, pero sin serlo aún, salió de su casa llamándola a gritos: Aurori, Aurori. Y, como ya se habían ido, se puso a patear la fuente, de la rabia, a lo burro. La golpeaba encorajado por hacer que se preñara y se la llevasen. Y acabó arrodillado llorando, abrazado a ella, a la fuente, pero insultándola bajito. Hasta que su madre vino a llevárselo, casi en brazos. Como si fuera otra vez pequeño.
Sabía que él volvería hoy. Llevábamos más de un año sin vernos, aunque parecía que nunca se hubiera marchado. En casa seguía siendo el centro de todas las conversaciones, el nombre que siempre salía antes que el mío.
Mi hermano era el hijo perfecto: el mejor expediente, el más querido, el que siempre hacía lo correcto. Yo era el otro, el que aprendía a vivir en su sombra.
Aquel día de Navidad todos estaban felices de volver a verlo. Yo no.
La puerta se abrió antes de que nadie pudiera reaccionar. Él entró sonriendo, con esa calma suya que siempre parecía superior. Todos se levantaron a abrazarlo.
Yo fui el último.
Me acerqué, le di la mano. Un apretón corto. Correcto. Medido.
Y entonces vi la mesa.
Estaba puesta como si nada hubiera cambiado. Como si yo siguiera siendo invisible.
Entré un momento en la cocina. Al volver, dejé un sobre junto al plato de mi hermano y ocupé mi asiento.
Él lo reconoció al instante.
La sonrisa se le fue borrando poco a poco mientras bajaba la mirada.
Y comprendió que, por primera vez, su ángel de la guarda ya no estaba sentado a su lado.
«Nadie como un hijo para contarle tus cosas», se dice Aniceto mientras sube la cuesta del cementerio. Le gusta sentarse frente al nicho y mirar la foto en silencio, hasta que las palabras van saliendo solas. En dos años hay tiempo para hablar de mucho, y hasta para repetirse más de una vez, pero a su hijo eso parece no importarle. Lo escucha siempre, diríase que atento, con una expresión que lo mismo vale para asentir o poner en duda que para mostrar comprensión o discrepancia —según corresponda en cada caso—, con esos ojos suyos, nobles y hermosos, esos ojos que aún mantenía abiertos cuando fue hallado al pie del precipicio.
Pero este día es diferente. Aniceto llega jadeante y con la mirada enrojecida. Tras pasear nervioso delante de la tumba, saca un papel del bolsillo y se lo muestra temblando. Le exige entre lágrimas una explicación, y luego, con gesto de rabia, lo hace añicos y se marcha mascullando un dolorido adiós. El viento juega con los papelitos durante toda la tarde por las calles del camposanto. En uno de ellos se puede apreciar su firma, y en otro, una fecha, la misma que hay esculpida en la piedra.
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