Esta Noche Te Cuento. Concurso de relatos cortos

DESORDEN

Un relato con menos de 200 palabras inspirado en EL DESORDEN

ENoTiCias

Bienvenid@s a ENTC 2026 Continuamos nuestro 16º concurso en el que iremos proponiendo hasta 8 propuestas temáticas en torno a la EXISTENCIA En esta ocasión serán relatos que desarrollen el concepto DESORDEN en todas sus acepciones. Y recuerda que el criterio no debe ser poner menos palabras sino no poner palabras de más. Bienvenid@
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Esta convocatoria finalizará el próximo
31 de MARZO

Relatos

66. El taller de las anjanas (Alberto Benito Fernández)

En el taller de Cari nada parecía estar en su sitio. Trozos de tela colgaban de viejas cuerdas, innumerables ollas se esparcían a lo largo y ancho de su suelo de madera, y multitud de objetos se apilaban en abigarradas estanterías y baldas. Pero, pese a ese aparente desorden, ella no tardaba ni un segundo en encontrar cada utensilio que necesitaba; no había duda de que se trataba de un caos organizado.

Mordentaba las telas para poder trabajarlas, recogía hojas de distintos árboles para crear formas y colores únicos que dieran sustento a sus genuinas obras de arte, y a partir de ahí funcionaba la magia. Nadie sabía cómo ni por qué, pero sin motivo aparente los paños volaban por la sala para introducirse en las ollas sin ayuda de ningún agente externo, mientras las hojas se añadían al recipiente de manera espontánea, tintando el tejido y produciendo resultados asombrosos.

Tanto era así, que multitud de comerciantes peregrinaban a la pequeña aldea para adquirir sus pañuelos, manteles y resto de prendas sin parangón.

Algunos decían que era cosa de anjanas. Otros, que vendría el ojáncano a destrozar el taller.

Cari, mientras tanto, callaba y atendía sonriente a sus ovejas.

65. DESORDEN MENTAL

El despertador grita dentro del armario, y el café brota hirviendo de la ducha. En el comedor, las sartenes saltan por la ventana, y las lámparas se niegan a encenderse.  Los libros se cocinan a fuego lento en la bañera, mientras los vinilos bailan claqué sobre la encimera.

La ropa interior se esconde debajo de la cama, y el vestido flota cerca del techo, como si mi cuerpo les resultara extraño.

Las llaves han huido del bolso, pero consigo atraparlas. Encuentro los zapatos escondidos en la nevera, y el teléfono haciéndose arrumacos con el cargador detrás de la cajonera.

Yo no sé qué me ocurre en la cabeza, pero desde que llegaste a mi vida la casa está del revés. Por eso no quiero alejarte de mi regazo, pero mi tiempo se acaba y debo regresar.

Salgo despacio y cierro la puerta sin hacer ruido, mientras siento una gota de leche escapando de mi pecho.

64. Ley de vida (Jesús Alcañiz García)

Más bien ley de muerte para aquellos ancianos que han sobrevivido rodeados de libros, figuritas de porcelana, recuerdos de viajes con el IMSERSO, colchas de ganchillo, álbumes de fotos, muebles viejos, zapatos, ropa pasada de moda hace décadas… Hogares de nuestra infancia que, desmantelado el delicado sistema que conforman, se abandonan a la entropía por esta ley implacable. Los puestos del Rastro acogen con profesional indiferencia cuanto ha sido rechazado hasta por los chamarileros: restos de naufragios de secano apenas carentes de valor venal, entre un batiburrillo de vidas cruzadas, con sus cachivaches ahora inservibles, desperdigados en mantas por el suelo, cubiertos de esta pátina de mugre con que los degradan el continuo manoseo y la intemperie, en este desorden cruel que aniquila sin piedad la lógica que los pudo unir un día.

Un domingo crees reconocer unas gafas tiradas entre una muñeca desnuda y manca y un peine de carey al que le falta una púa. Regateas por ellas, pagas el doble, ofendido por un precio que aún te resultaba ridículo para semejante profanación, para un último intento de reordenar tu propio caos desde la presbicia de tu abuelo.

63. Euritmia

Quince minutos exactos después de que abra las puertas el Supermercado, el hombre sin nombre aparece cada mañana por el pasillo de los lácteos justo enfrente de la caja en donde Charo, espera impaciente.

Ella atiende a otros clientes con destreza experta. Pasa los códigos por el lector, mete el cambio en la caja y expresa un “que tenga buen día” como un autómata, porque desde que el hombre sin nombre pasea por el súper, ella no puede pensar en nada que no sea él.

Él es una oda a la geometría. Coloca los productos sobre la cinta con precisión quirúrgica. El código de barras hacia arriba y el peso distribuido por centros de gravedad que sólo él conoce.

Charo observa su forma de guardar el cambio en el monedero, respetando el orden decreciente de las monedas, mientras imagina cómo será dormir en su cama: sábanas alineadas en un ángulo de noventa grados, aire fresco y una piel que conjetura pulcra.

Él, sin embargo, observa la anarquía de ella mezclando productos en una bolsa donde el pan aplasta a los yogures y desea que algún día, ella lo rescate de su jaula y le devuelva la libertad.

62. Anagrama posicional

Oámabstve ne le lzaami, sodoader ed bosemzi.

Soñ bágamunotsapre ótunac sám ríatnauga ne eip al racce uqe soñ baderoa, seup sol bosemzi es bapanotolane artnoc alle adac zev ne royam úmnero. Are iónstcue ed sotunim uqe al racce esedeic y noc alle sartzunpe sanzaperas ed ralis soviv ed ílla. Soñ cíaprea elbisopmi.

Al racce abatsre a otunp ed redec rop le etron, le sám onajel a rutzunpe ióncisop, orep on ríanadart ne ronzancalaso, zeid sotunim is nare bosemzi sotnel, y lveat olos sert is nare sodipár…

Ed etneper óicerapa ne le oleic un áfos ed sert salzap odalupirt rop un res ed sod sacebaz uqe soñ amiaprera arap uqe roméibusas a al raleasce ácinecam uqe soñ aíbah ozanlad. Nis olrasnep sotamasl a alle y somidnecsa sol atniert sortem uqe soñ narabapes led áfos, ednod sol sod soñ narsamodaco.

Somarim aicah oajab ednod al droha ed bosemzi abazapme a raroved sal sacrozam ed zaím.

On és rop éuq siatabse nat sodapucorep, soñ ojid ortseun rodatascer. Sotse bosemzi nos sonairategev. On so ríanbah ohce adan..

Sencotne osup le áfos a us ámximav dadicolev y soñ ojid oñeusir:

Aroha somav a al ayalp, a ronsañab noc senorubit socnalb, serodemoc ed azzip…

61. Otras historias

Un ingeniero italiano convenció a Felipe II de la conveniencia de hacer el Tajo navegable hasta Toledo y trasladar allí el centro administrativo y financiero de Iberia, en detrimento de la ciudad del comercio, Sevilla, y de Madrid, capital efímera y hoy un pueblecito muy chulo. Su olfato se expandió por el horizonte y el canal luso castellano se prolongó hasta conectar con el Mediterráneo a través del Ebro, convirtiendo a Tortosa en otro gran emporio económico, con mucho seny i capital d’alla.

El Corredor Ibérico, hoy en día un importantísimo nudo de comunicaciones y tránsito de mercancías, ha sido objeto de frecuentes sabotajes por parte de la Liga Baleárica, que continúan con la última barrabasada de Pitiuès XVIII: el cobro de guarranceles por transitar sus aguas, pero los mercados han reaccionado, devaluando la cotización de sobrasadas y ensaimadas, y  el capitoste ha cedido en sus pretensiones. Por fortuna, los Emiratos Unidos de Berbería mediaron en el conflicto y ofrecieron una novísima herramienta ensayada con éxito en su territorio, llamada dēmokratía, pero no seamos ilusos, con sendas peinetas, y las posaderas calentitas, fueron despedidos. Para nuestro consuelo nos queda la Champions; Toletum Atlético vencerá. Otra vez. ¡Hurra!

 

60. SU PROPIA SONRISA

Desde fuera, la clienta se contemplaba en la vitrina con el pañuelo atado a la cabeza y apenas acertaba a localizar la peluca elegida sin mucha convicción antes de que Rayo, el gato de la tienda, la hubiera emprendido con aquellos bustos inexpresivos que lo asustaban. La dueña de aquel comercio tan inusual se afanaba en recuperar la armonía del escaparate mientras le juraba venganza al felino que lo había arruinado todo y ahora se escondía prudentemente. Fue entonces cuando, pasando de largo, decidió sonriendo afrontar de otro modo el desorden de sus células.

59. Observación 137

El primer indicio se produjo cuando el cristal le devolvió su reflejo unos segundos tarde. En la cocina, el microondas zumbaba sin que él lo hubiera encendido. Dentro, un calcetín giraba lentamente sobre el plato. Encendió la cafetera y, antes de meter la cápsula, el café hirviendo se derramó sobre la encimera.

Salió a la calle y la lluvia subía desde los charcos al cielo. Su sombra se proyectaba tres metros por delante, tirando de él con urgencia. Los coches se detenían cuando el semáforo se ponía verde y arrancaban en rojo sin que se escuchara un solo pitido. Incluso los taxistas cedían el paso a los Uber.

El universo disfrutaba del caos, pero él no.

Ya en la oficina, encendió el ordenador y los números bailaban en los balances mensuales cada vez que parpadeaba. Incapaz de cuadrarlos, reinició el equipo con dedos temblorosos, y la boca seca.

La pantalla mostró una frase que no recordaba haber escrito:
“Observación 137: el sujeto todavía intenta mantener la rutina. Proceder con el colapso total”.

El cursor parpadeó y apareció una nueva línea:
“El sujeto ha leído el mensaje”.

Por primera vez sintió con absoluta certeza que alguien lo estaba observando.

58. El nuevo orden corporal

El NUEVO ORDEN CORPORAL (Gema Herráez Peñas)

Los médicos estaban desconcertados con el caso que les ocupaba. En la resonancia el desorden en el cuerpo de su paciente no era el situs inversus totalis que, aunque raro, estaba tipificado en medicina. Lo sorprendente era lo que mostraban los distintos órganos. El corazón estaba devastado, como si hubiera explosionado, y aún así seguía latiendo. El hígado era un auténtico vertedero de residuos indiscriminados. No daban crédito a lo que allí veían. Los riñones, negros como el petróleo, filtraban ese líquido espeso a través de los uréteres. Los pulmones aparecían velados como por un humo negruzco. Eran dos manchas casi opacas aunque eso no parecía impedir su funcionamiento. El sistema circulatorio era caótico. La sangre cambiaba de sentido de manera frenética como si huyera. Lo más increíble era lo que podía verse en el cerebro. No eran los lóbulos que lo forman sino un mapa del mundo en el que podían verse, al igual que en una retransmisión, explosiones, incendios e inundaciones en distintas zonas.

Intrigados le preguntaron por los síntomas que tenía. “Tristeza profunda, pensamientos negativos, incertidumbre, miedo. Es como si me estuviera descomponiendo”, dijo.

“Lo sentimos”, contestaron apesadumbrados, “su tratamiento no está en nuestras manos”.

57. Compromiso (Alberto Jesús Vargas)

La adolescente atraviesa el parque de camino a casa. El vivo color de las flores contrasta con el gris aburrido de su uniforme escolar. Hoy, por algún motivo, no la acompaña su inseparable amiga. Aprovechando tal circunstancia, un niño de su colegio, al que reconoce enseguida, le sale al paso. Es el pequeñajo con gafas redondas y carita de gorrión que dos cursos por debajo siempre la mira como el que mira a la luna. Ya frente a ella, rodilla hincada en el suelo, el chaval le pregunta que si quiere ser su novia mientras abre un estuchito que guarda una sortija con un hermoso diamante engarzado. Deslumbrada por la joya, la chica es incapaz de decir que no y sin decir tampoco que sí, acepta el regalo que le viene grande a sus dedos finos. Y el ingenuo pretendiente, sintiéndose por fin querido por alguien, se marcha corriendo para esconder sus lágrimas y confía en que su madre, en ese desorden que le ha dejado el abandono de papá, no echará de menos el anillo de compromiso que seguro ya no va a querer usar.

56. Soy el Desorden

¿Cuántas veces su padre militar franquista le había dicho que debía estudiar Derecho y casarse con una niña rica…? ¿Cuántas veces su madre del Opus le había aconsejado volver a la religión y apuntarse a la Obra…? ¿Cuántas veces sus píos amigos le habían animado a apuntarse a hacer acción social a Cáritas, con esas hipócritas damas y caballeros burgueses que estaban ahí para limpiarse la conciencia? Sus padres eran gente bien y no podían permitir que su hijo no lo fuera…

Todos, demasiado insistentes. Su entorno al completo le estaba presionando para que fuera como ellos, para que todo estuviera en Orden. Pero él era el Desorden per se. Pero era pura coherencia con su propia forma de pensar: auténtico.

Se levantó temprano ese Sábado Santo con pesada jaqueca. Había estando dándole vueltas toda la noche y decidió nunca más volver a misa, nunca más plantearse estudiar Derecho y nunca más volver a ver a su pacata novia.

Abrió el armario y en el fondo: una cazadora, pantalón de cuero negro y botas militares. Observó las habitaciones, hizo con el dedo el“¡Que os den!” y cerró de golpe esa puerta opresiva que, nunca en su vida volvió a abrir.

55. El despeinador de palabras

Dos amigos compiten desordenando palabras. «Soy Sergio, el que busca el RIESGO sin cesar». A lo que su compañero le responde: «Y yo, Mariano, un amante de la ARMONÍA». Con el tiempo, el mundo se ha vuelto gris, tenso y salpicado de guerras. El orden de las letras crea una neblina pesada en la que se desvanece cualquier ilusión. Mariano abandona el juego, pero a Sergio le apasiona de tal manera que, cuando tiene la oportunidad, se pone a ofrecer sus servicios en una modesta mesita en la entrada de un parque. Una mujer se acerca y le dice: «¡Cuánto ODIO hay en el mundo!» Sergio le contesta: «Agudice el OÍDO, ya verá cómo desaparece». Si un hombre le confiesa: «Estoy harto de tanta IRA», él le responde: «Contra la ira, RÍA». Llega un niño y le enseña con la mano abierta. «Mira, he encontrado una BALA». Entonces, Sergio le susurra: «Entiérrala al ALBA sin falta». Para quienes la ORDEN de MATAR les angustia, él les incita a que DOREN una TRAMA y que se salgan ya del cuento. Tras una semana, incluso los soldados enemigos acuden hasta la mesa del despeinador de palabras para obtener su sabio consejo.

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