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—Vamos, chico —se impacientaba el genio—, que no tenemos todo el día.
Pero él no necesitaba nada. Ahora, incluso, disponía de cama propia. Había dejado la deslomante recogida de fruta por un trabajo cómodo en el almacén. Aquí, sentado, solo debía abrillantar un montón de herrumbrosas lámparas de aceite. ¿Por qué narices tuvo que salir el gigantón de una de ellas? Y encima exigiendo no uno, sino dos.
—Ah, ya sé por qué callas —prosiguió todavía envuelto en humo—. Tendré que elegir yo mismo el primero. No hay otro remedio. Ea, concedido. Mañana pedirás el segundo y quedaré libre.
El muchacho pedaleó de vuelta al piso compartido, olvidando en su camino aquel encuentro. Durante la noche ocurrió algo extraño: soñó por primera vez. Al despertar, imaginó que vivía en una mansión. Mientras subía la cuesta sobre la bicicleta de segunda mano, su mente se inundó con lujosos deportivos. Y el salitre del mar entró en sus pulmones desbancando al olor putrefacto de los contenedores callejeros. Con la mirada hirviente, entró en el local buscando al genio hasta encontrarlo.
—Chico, ahora que ya tienes imaginación, ¿cuál es tu último deseo?
—Dejar de tenerla —respondió de inmediato.
No supe calibrar el alcance de esa primera decisión, de ese experimento que empezó como un descubrimiento curioso, casi un juego, y acabó convirtiéndose en una pulsión adictiva con consecuencias irreparables. Cuando me hablaron de la aplicación ignoraba que la tenía, pero en cuanto la descubrí empezó mi perdición. Al principio la usaba con fines meramente estéticos pero después lo hacía compulsivamente. Borraba y borraba de las fotos objetos y personas, como un niño que emborrona un dibujo. Un día, viendo fotos de un viaje a París, borré por error un cuadro del Louvre. Escuché en la radio cómo daban la noticia de su desaparición y la conmoción que causó. Saber que lo que yo borraba desaparecía de la realidad me produjo tal borrachera de poder que comencé a hacer fotos de todo lo que me disgustaba. Fotografiaba las noticias y borraba a personajes que detestaba, políticos que hacían la guerra, ciudades destruidas y empobrecidas. Pero se me fue de las manos. El mundo no mejoró y el caos por las desapariciones se desató. Asumo mi craso error y por eso he decidido hacerme un selfie y borrarme. Quizás cuando yo desaparezca se reviertan las demás desapariciones.
Ya no encuentra formas en las nubes como antaño, cuando no dejaba pasar una sin emparejarla con algo o alguien. Parece que los años han secado su imaginación, pues ahora solo percibe la cruda realidad, y donde quiera que dirija la mirada, le invade la tristeza. Recuerda aquellos tiempos en los que todo lo entusiasmaba y se sabía entretener solo, cuando soñaba despierto y pintaba un futuro colorido sin esfuerzo.
Sin ocupación alguna, con fuerzas mermadas y escasas habilidades sociales, descubrió un método para escapar de ese frío baño de realidad que ahogaba su soledad: ir a la biblioteca. Allí, rodeado de jóvenes que estudiaban para forjarse un futuro, tomaba un libro y, en un ambiente de silencio y concentración —y, no menos importante, cómodo y cálido— se sumergía en la lectura, aislándose de su entorno.
Cuando se adentraba en una historia, se dejaba acunar por una imaginación vicaria que lo transportaba a otros mundos, haciéndole olvidar su triste existencia. Quedaba tan absorto que el aviso de cierre siempre lo sobresaltaba, y le costaba entender su entorno al volver de otras civilizaciones, otras épocas u otros ambientes.
Miles de lunas surcaron el cielo. El ser humano se adaptó para sobrevivir. Solo utilizaba el índice; el resto de los dedos se había apelmazado en una especie de muñón al que estaba adherido el móvil, como una prolongación natural de la mano. Los individuos interactuaban a través de unas gafas oscuras conectadas a la red. La complejidad del lenguaje, en cualquier idioma, se había simplificado a gruñidos. En función del estado de humor, variaban de intensidad. Cuando se reían, una ruidosa carcajada salía de sus fauces sin dientes porque solo se alimentaban a base de pastillas y comprimidos.
A pesar de todos los satélites que envolvían la Tierra, un enorme meteorito atravesó la estratosfera y fue a caer en el centro del Polo Norte. El impacto se sintió hasta el Polo Sur. La conectividad mundial se apagó. Los niños, tumbados en la playa, esperaban a que los mayores arreglasen el estropicio. Uno señaló una nube con forma de cara barbuda y dos orejotas y consiguió decir entre gruñidos: «Don Jo -sé». Risas infantiles acompañaban las primeras palabras que pronunciaban. «E-le-fan-te», dijo otro. «Mo-no», advirtió otra. Les surgió entonces una desesperada necesidad de usar ese antiguo lenguaje, versión 0.0.
Alicia no puede creer que no vaya a ir al viaje de fin de curso.
—¿Tus padres no te dejan?
A mí me molesta que siempre que no puedo ir a algún sitio, Alicia piense que es culpa de mis padres. Ella sí que tiene un padre pesado. El mío siempre deja a que decida mi madre. No se mete como el suyo que hasta está en la AMPA.
Mi madre nunca me prohíbe que haga cosas, solo me pide que me lo piense bien.
—Imagina que en el viaje de fin de curso te marees en el autobús, como lo hacías en el coche cuando eras pequeña. O imagina que no te dejen compartir habitación con Alicia y que te toque hacerlo con otra que te dé la noche… Tú verás —me dijo. Solo quiere ayudarme a tomar mis propias decisiones.
Cuando se lo quiero explicar, Alicia opina que mi madre tiene demasiada imaginación.
—¡Vaya tontería! ¡Como si tener demasiada imaginación fuese malo! Ya le preguntaremos a la de lengua si…
Pero Alicia no me deja acabar la frase. Se va corriendo hacia la parada del bus escolar. A mí, mi madre me viene a buscar.
En su alcoba afronta la reina un largo sueño de crisantemos y cipreses. Debió de quedarse dormida durante mi regreso de la escuela, pues, al besarla, aún noté su rostro tibio. He lamentado, entonces, haberme entretenido buscando con mi lente a los minúsculos habitantes de musgos y líquenes.
Han venido seres de lejos y de cerca a admirar su sueño. La comitiva es tremendamente variopinta. Hay dos trolls del reino al norte y una familia de gnomos aficionada al hojaldre. También ha venido el viejo kraken de Tierra Húmeda, con sus dos sirenas y sus dos tritones. Han aparecido dos elfos silenciosos que, según dicen, son primos míos. Hadas y brujas ocupan las esquinas de los salones circulares, intentando encubrir sus susurros. Solo conozco a algunas. Los grifos mayores están fuera en la calle humeando y una ninfa se ha desmayado por el calor.
Por todo el castillo he buscado el viejo libro de hechizos y embrujos, sin encontrarlo, y comienzo a pensar que nunca existió. Así que regreso al dormitorio a mirarla un rato más.
Todo permanece igual. Papá aún no ha querido tirar las medicinas y su cuerpo, al que le sigue faltando un pecho, parece simplemente dormido.
Quizá sea por su buena orientación. Por su carácter unidimensional. Por la facilidad con que se pueden plegar. La cuestión es que los hombres mapa son la última moda. «¡Fácil de transportar!», «Si se pone pesado, ¡lo pliegas y listo!». Son algunos de los eslóganes que aparecen en televisión, radio y autobuses a todas horas. Suelen habitar en tiendas de aeropuertos o buzones de rellanos. Y cuando son adquiridos, pasan gran parte del tiempo viviendo en bolsos. Algunas veces, si encuentran un resquicio en una cremallera mal cerrada, los hombres mapa, impulsados por su naturaleza intrépida, huyen lejos del vecindario y ya no se vuelve a saber de ellos. Otras, sin embargo, permanecen allí: entre monederos, juegos de llaves tintineantes y muestras de perfume a la mitad. Hasta que les llega una nueva oportunidad y una mano los libera. Entonces, se despliegan perezosos, oliendo a jazmín, con los cantos mellados. Si tienen suerte, tropiezan con alguien en busca de nuevos rumbos. Los menos afortunados acaban desterrados más allá de las costuras.
Desde el interior de la nave gozan de una perspectiva privilegiada. Bólidos fugaces surcan el cielo como una exhalación y todas las gamas de matices cromáticos decoran las auroras boreales que tienen a su alcance. Si cierran los ojos, la música de las esferas los arrulla en un cálido sopor mientras levitan insensibles a las colisiones que jalonan su trayectoria. No les importa nada más. Aunque su cápsula sea un Ford Fiesta mal tuneado y el planeta que orbitan un descampado cubierto de escombros y terraplenes.
Cuando anochezca regresarán a su vehículo, con las luces apagadas para no ser descubiertos, y emprenderán de nuevo su huida tóxica hacia las estrellas.
Máxima atención, esto es cine vanguardista. En la siguiente escena todo debe ser real, ¿está claro?: el verdugo tensando la soga, el protagonista sintiendo la asfixia, la madre gritando y llorando… Quiero tensión, sudor, lágrimas, sufrimiento… Verdad, necesito verdad, ¿entendido? Y vosotros, estad atentos, porque hasta que el director no diga ¡Corten!, no podéis cortar la soga.
Tranquilos, confiad en mí. Lo tengo todo pensado. Cuando acabemos la toma, el hijo podrá respirar, el llanto de la madre cesará, el verdugo dejará de sudar y… podremos pasar a la siguiente escena.
Aunque… supongamos que algo falla. Imaginemos que, en vez de decir ¡Corten!, el director grita otra cosa. ¡Aguacate!, por ejemplo. O se despista. O duda. Eso es. Imagínatelo: el director dudando, el verdugo dudando, los auxiliares que deben salvar al chico dudando, yo dudando de cómo seguir este relato y tú dudando sobre el sentido del arte vanguardista.
Sí, sí, me refiero a ti, que, aunque no lo creas, eres pieza fundamental de esta historia. Porque… sigues ahí, ¿verdad?
Marquitos tiene a Excalibur. Dice que la sacó de una gran roca pero yo sé que la encontró en el descampado que hay al otro lado de la carretera. Se ríe de mí porque no tengo arma con la que luchar y me quita el bocadillo de chocolate. El de mantequilla con chorizo lo utiliza de balón de fútbol y es que también es Maradona. Verás la cara que pone mañana cuando aparezca con la espada láser de Darth Vader. Solo tengo que ocultarles a mamá y a papá que no hay luz en la cocina.
Viajar, lo que es viajar, yo he viajado poco. Me he conformado siempre con imaginar que lo hago. Deslizando el dedo sobre el mapa, mirando fotos de otros sitios o consultando guías turísticas. Aunque mi modo más habitual es viendo en la tele a otra gente que sí lo hace. Cuesta poco meterse en su piel durante el tiempo que dura el reportaje y salir luego sintiendo que has vivido su misma experiencia. Sin esperas en aeropuertos ni inclemencias climáticas, sin pagar por ello. Cambiando de destino cada día.
Hay veces también en que pienso que soy un ciudadano de esos lugares. De los que se ven colocando el género es sus puestos del mercadillo, atendiendo un taller de calzado o esperando de pie en la puerta de su peluquería. De los que cruzan andando junto al viajero o pasan conduciendo un vehículo. Me veo vistiendo sus ropas, montando su bici o motocarro, y me pregunto a dónde irán, si les esperará alguien al llegar, si serán medianamente felices, hasta que salen de la escena y aparece otro, cargando tal vez un haz de leña y mirando al objetivo, con esa expresión tan mía, y continúa luego a sus cosas.
Como si todos hubieran suspendido en su día la asignatura de Anatomía, nadie en el quirófano recordaba la ubicación correcta de cada órgano. Sin embargo, como el corazón aún latía, le cosieron la nariz al cuello, la oreja derecha se la insertaron en la frente y en su hueco incrustaron el ojo que había quedado indemne. Picasso, que había acompañado a su amigo accidentado al hospital y que había decidido volver al Realismo, tomaba notas en su cuaderno pensando en dedicarle un retrato.
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