Esta Noche Te Cuento. Concurso de relatos cortos

DESORDEN

Un relato con menos de 200 palabras inspirado en EL DESORDEN

ENoTiCias

Bienvenid@s a ENTC 2026 Continuamos nuestro 16º concurso en el que iremos proponiendo hasta 8 propuestas temáticas en torno a la EXISTENCIA En esta ocasión serán relatos que desarrollen el concepto DESORDEN en todas sus acepciones. Y recuerda que el criterio no debe ser poner menos palabras sino no poner palabras de más. Bienvenid@
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Esta convocatoria finalizará el próximo
31 de MARZO

Relatos

77 El desorden de la soledad

Tuve una novia que quería ser escritora, era la persona más desordenada del universo y un día se marchó.

La perseguía por la casa recogiendo platos, libros, zapatos y ropa interior; ponía cada cosa en su sitio y terminaba la jornada agotado, a pesar de todo la amaba.

Lo que más me gustaba era, al final del día, rescatar de la papelera y del suelo los trocitos de papel que cada noche desechaba. En ellos anotaba ideas, hacía listas de personajes y esquemas con su lápiz de dos puntas de color rojo y azul.

La quería tanto que, cuando se fue, no supe qué hacer. Invitaba a mi hermana e insistía para que se trajera a los niños a poner algo de desorden en mi frustrado hogar, pero ella venía sola, porque creía que necesitaba tranquilidad.

Supe que lo había superado cuando comencé a odiar a mis sobrinos y cuando, una noche de San Juan, quemé en un ritual inventado por mí el montón de papeles que había reconstruido como un puzle.

Poco después la vi en televisión, un presentador bajito la entrevistaba porque había ganado el premio mejor dotado económicamente del país.

76 Sin norte

Vuelve a buscarla, como si insistir bastara para hacerla aparecer. Abre el cajón de Lugares, luego el de Objetos. Recorre con el dedo los separadores. No está. De su padre, que aparecía poco por casa, aprendió que el cariño podía caber en un bolsillo, doblado dentro de una cartera. Cuando nació su propia hija, una cartera no le bastó y cambió el bolsillo por archivadores.
Hace un rato lo llamó su hija. Antes de colgar, ella le recordó aquella frase que le decía cuando era niña: «Siempre hay que tener un ancla que nos sujete». Le sonó como si la hubiera dicho otro. Después se hizo un silencio largo.
No sabe dónde ubicar la ausencia del ancla sin que todo lo demás quede mal puesto. Deja el cajón a medio abrir, por si al cerrarlo se desordenara algo más. Se queda inmóvil, perdido, como quien despliega el mapa de una ciudad que no existe.

75 Resquicio

El bolsón se abría con cremallera. Tenía el vientre repleto, a punto de reventar. Recordamos a Nora con aquella bandolera. Nunca la dejaba colgada en la silla o espatarrada encima de la mesa como hacían las demás. A veces se entretenía con el contenido; nos dejaba entrever un universo de objetos dispares que no tenían razón de estar. Un flotador inflado, la plancha, cargada con agua destilada, una bomba de bicicleta, aunque ella viajaba en taxi, una caja llena de suspirosPara hacernos reír, metía en él su mano de dedos regordetes, luego el brazo hasta el hombro y sacaba del fondo un conejo y su chistera. En un día baladí, una turba de acreedores despiadados la persiguió por la avenida. Ella corrió asustada, subida a un jadeo. Cuando sintió que se ahogaba, abrió la bolsa de par en par. Dejó los cachivaches del interior esparcidos por la acera y se metió en el morral a ritmo de contoneo. Cerró a cal y canto. Una voz gutural se despidió desde las entrañas de la bolsa y un eructo de saciedad selló el momento.

74. No sirve de nada construir en la orilla los castillos más hermosos

Cuando despertó, Ruben comprobó el desorden de la habitación y lo asimiló al de su vida. Olía a alcohol y marihuana. La maleta estaba abierta con la ropa por el suelo, el espejo torcido, la televisión encendida en un canal donde emitían imágenes de playas hermosas. Todo era confuso desde que ella lo dejó llevándose a su hijo; desde que lo despidieron del trabajo; desde que discutió con sus padres. Desde aquel día.

Intentó moverse, pero a cada tentativa sumaba un nuevo caos. Se asfixiaba. Su cabeza era un rompecabezas, y sus pensamientos mala sintaxis de recuerdos con faltas de hortografía incluso.

Aun así, atinó a recordar cuando, desatinado, acudió al trabajo pesando en mil cosas y olvidando al pequeño dormido en su sillita, en el asiento de atrás del coche. Tras unas horas, una compañera se lo advirtió a tiempo, pero su mundo colapsó.

Lo siguiente fue un melodrama de interminables capítulos que todavía dura.

Todo estaba sucio, el porro y el ron ya se habían consumido. A Rubén poco le faltaba.

Volvió a tumbarse para huir, y se sorprendió rezando por su redención.

Al tercer ruego se durmió.

Cuando despertó, el desorden todavía estaba allí.

73. EL OCASO DE UN CEREZO EN FLOR (Modes)

Mierda.

La casa está llena de mierda.

El olor es nauseabundo, multitud de objetos, cogidos del basurero, se acumulan en el suelo del salón, y caminar sin golpearse se convierte en imposible.

Los surcos de sangre reseca que decoran las piernas de la anciana, dan fe de ello.

Pero en su mirada perdida habita una total indiferencia.

Y es que la enfermedad ha arrasado su mente y ahora nada recuerda.

Ni siquiera que años atrás fue famosa.

Ni que su nombre es Marie Kondo.

 

 

72. El desorden que dejas

Hoy me he fijado en tus botas de trabajo, tiradas en mitad del recibidor, como si hiciera un segundo que te las hubieras quitado. He debido de estar pasando por encima de ellas todo este tiempo. Las he recogido y las he guardado en su sitio. También he caído en la cuenta de que sigo llevando el pelo desordenado, el camisón arrugado y que mis pies están descalzos. En la cocina están los platos sucios, pero no recuerdo si he comido. Ahora que lo pienso, no sé desde cuándo faltas ni si esta es mi casa. Me asusto y voy al baño a mirarme en el espejo. No sabría decir si la que me mira soy totalmente yo o si estoy diferente. Tengo dos ojos, una nariz, una boca, dos manos y un gran hematoma que me cubre media cara. No lo entiendo, no recuerdo nada. Voy a la habitación y hay un bulto en la cama, intento disimularlo, pero no puedo. Es imposible arreglar nada.

71. Un caos de luz

Abrí los ojos, todo era distinto, algo había sucedido mientras dormía, las cosas estaban “fuera de su sitio” o así lo pensé yo. Donde estaba el despertador yacía la cafetera, la ropa amontonada por las sillas y el espejo en la cocina.

Empecé a ordenar y entre la ropa descubrí una carta de hace años donde me ofrecían un trabajo. La releí, pensé sobre ello. Claramente  me había equivocado en mi decisión. Intentaría rectificar. Agradecí la fuente de luz que es salir del orden inerte y empolvado que nos da seguridad y nos quita la vida.

70. Rigor de método

Afronté mi cargo de técnico de campo con la misión principal de poner orden en “El bosque de la diversidad”. Era el elemento más valioso del Jardín Botánico y estaba compuesto por árboles procedentes de muy dispares puntos del planeta, centenarios en su mayoría y adaptados de forma admirable a nuestro clima. Su estado, sin embargo, había ido degenerando en las últimas décadas —fruto del abandono administrativo— hasta acabar convertido en una auténtica jungla.

Una vez que mi equipo hubo retirado la maleza, me encargué yo mismo del resto.

Calculé primero la antigüedad de cada ejemplar, incorporando luego el dato a unas fichas que detallaban su género y especie, nombre común, familia botánica y otros elementos taxonómicos; describían el tipo y la forma de sus hojas, la textura y el color de la corteza, la clase de sus flores y los frutos a que estas daban lugar; señalaban su región geográfica de origen, hábitat y mapa de distribución; y acababan indicando su código único y ubicación dentro del recinto. Encontré indispensable, por otro lado, añadir un colofón con particularidades tales como el perímetro del tronco, el diámetro de la copa o su altura antes de ser realizada la primera comprobación.

69. Risk

Al jugador naranja no le importa demasiado la expansión del ejército rojo por el norte de Europa, ya que ve con buenos ojos que la esforzada resistencia de las fichas amarillas y azules esté diezmando a su poderoso enemigo. Por eso no interviene. Prefiere, en su lugar, descabezar al jugador vinotinto en una jugada relámpago y amenazar con la sorpresiva compra de un estratégico territorio polar que, hasta ese momento, a nadie había importado.

A continaución, da un inesperado giro a la patrida y se alía con las fihcas blanquiazules para pasar a la ofensiva contra el jugadro negro, de modo que el estrecho que separa el goflo Pérsico del océano se convierte, de perente, en un polvorín.

Meintras se derrasolla uan conforntacóin en al caul ombas danbos tartan de invulocarr al maoyr némuro sopibel de gujadores, se sentie tan ófeurico qeu sugerie consoldiar un nevuo ronde mindual cno la ivnasóin deu na sila dle Cabire y noc esa orta pamcaña qeu se el orruricá neter la blipucación de tese toxte y le mmoneto ne que tú ol laes.

Un percfeot nevuo ronde mindual.

68. Grietas

El tartamudeo al pronunciar mi antiguo nombre, el  temblor de manos al poner el parche en el ojo azul de Blanca, la voz quebrada al contestar al teléfono. Después vinieron los cinco minutos menos de gimnasia matinal, la leche sin miel, los lunes sin verduras en la cena. Su corbata torcida, nuestra ropa sin planchar. Nos asustamos con el trocito de su bigote perfecto en el lavabo, los chorreones de gomina y aquel reguero de lágrimas y pedazos del traje de los domingos  que seguimos por el pasillo hasta la alcoba. Atravesado sobre la cama de matrimonio, despeinado y sin vestir para ir a misa, papá gimoteaba bajito. Al vernos, abrió los brazos. Tardamos en comprender, por  falta de costumbre, lo que quería. Nos acercamos desconfiados, Blanca con su heterocromía al desnudo, yo con los labios pintados y las manoletinas rosas. Fue el primer abrazo suyo que recuerdo, la primera vez que me llamó Luisa y miró de frente a mi hermana. El primer perdón que le escuché.

En un arrebato de coraje le confesamos que nosotros también añorábamos la alegría, los disparates y las galletas que mamá nos daba a escondidas. Que, por favor, la llamase para que volviera.

 

67. Aún no ha vuelto

El párroco, durante los oficios, observa los últimos bancos con una sonrisa adolescente esperanzada. Los feligreses mascullan y especulan.

Doña Ana, la dueña de la mercería, se queja ante los clientes: ha recibido un requerimiento por impuestos impagados. No la compadecen.

La pequeña de los Martínez camina orgullosa: su Julián volverá pronto. Le han llegado noticias. Lo proclama para desmentir a todos los que aseguraban que no regresaría. Nadie la cree.

Las gentes del pueblo añoran el equilibrio anterior. Los rumores se amontonan sobre silencios desconcertados.

Todo comenzó con su tedio y su hartazgo por tanto pedaleo con los mismos perros intentando morderle los tobillos. Las más de las veces, bajo afiladas tormentas o un sol caníbal

Primero se entretenía conociendo lo ajeno, luego empezó a intercambiar destinos; para acabar por torcer palabras y crear mensajes.

Hoy ha sido él quien ha recibido una carta inesperada. Al leerla, ha perdido la sangre del rostro bajo un sudor frío.

Madre, mis hermanos y yo nos hemos mirado en muda complicidad. Hicimos lo que consideramos necesario para él, aunque el texto pudo ser excesivamente despiadado.

Ha salido descompuesto con su bicicleta funcionaria. Sin mirar atrás, escribiendo esta vez con polvo.

66. El taller de las anjanas (Alberto Benito Fernández)

En el taller de Cari nada parecía estar en su sitio. Trozos de tela colgaban de viejas cuerdas, innumerables ollas se esparcían a lo largo y ancho de su suelo de madera, y multitud de objetos se apilaban en abigarradas estanterías y baldas. Pero, pese a ese aparente desorden, ella no tardaba ni un segundo en encontrar cada utensilio que necesitaba; no había duda de que se trataba de un caos organizado.

Mordentaba las telas para poder trabajarlas, recogía hojas de distintos árboles para crear formas y colores únicos que dieran sustento a sus genuinas obras de arte, y a partir de ahí funcionaba la magia. Nadie sabía cómo ni por qué, pero sin motivo aparente los paños volaban por la sala para introducirse en las ollas sin ayuda de ningún agente externo, mientras las hojas se añadían al recipiente de manera espontánea, tintando el tejido y produciendo resultados asombrosos.

Tanto era así, que multitud de comerciantes peregrinaban a la pequeña aldea para adquirir sus pañuelos, manteles y resto de prendas sin parangón.

Algunos decían que era cosa de anjanas. Otros, que vendría el ojáncano a destrozar el taller.

Cari, mientras tanto, callaba y atendía sonriente a sus ovejas.

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