Esta Noche Te Cuento. Concurso de relatos cortos

LA LUZ

Un relato con menos de 200 palabras inspirado en el tema que te proponemos

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Bienvenid@s a ENTC 2020 En este momento podemos ofrecerte la posibilidad de participar con un relato que esté inspirado en LA LUZ... Bienvenid@
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12 DE NOVIEMBRE

Relatos

ESA LUZ QUE SE APAGA (Pepe Sanchis)

 

Habría sido difícil adivinar el escritor que se escondía bajo el seudónimo “Raimundo”. Soltero y solitario, realizaba una colaboración mensual en el suplemento cultural de aquel periódico de provincias. Como enviaba sus escritos por correo electrónico, nadie conocía su verdadera identidad. Tenía una forma peculiar de contar historias, buscando siempre la parte alegre de la vida, con un toque irónico, que gustaba a los lectores.

Por eso, resultó extraño aquel relato del mes de julio, tan alejado de su estilo habitual, donde su personaje, después de una ruptura amorosa, fallecía en su casa, habiendo cerrado a cal y canto puertas y ventanas.

Aun así, nadie preguntó por qué en agosto no apareció su relato.

Ni relacionaron el fin de sus historias con la noticia que a principios de ese mes apareció en el periódico, cuando unos vecinos habían alertado a la policía debido al olor que desprendía el interior del 7A, donde vivía ese rarito de Raimundo.

48. Cien años bajo cero (Fuera de concurso)

Al principio fue la luz, intensa y blanca, el mayor obstáculo, obligándome a cerrar los ojos de nuevo y a intentarlo una y otra vez hasta que aquel brillo cegador de cuanto me rodeaba fue desvaneciéndose como la bruma al avanzar el día, descendiendo sobre las cosas que lo emanaban hasta volver a formar parte de ellas, de su contorno primero y su materia después, y acabar definiéndolas en toda su nitidez y contraste. No fue cosa de un rato, sino de días, y todo lo que en ellos pude ver y hacer permanecerá por siempre en mi recuerdo envuelto en un aura ultraterrena.

Nada más salir de la clínica fui a verlo. Me recibió en una silla de ruedas. Casualmente cumplía ciento treinta años, ochenta más que yo, o treinta menos, según se mire. Lo imaginaba así. Nos miramos callados, y hasta temerosos, como si un abismo nos separara. Todavía torpes, mis manos de mamut rebuscaron en el bolso y sacaron un paquetito. «Felicidades», le dije finalmente al entregárselo. Pude ver entonces su respiración agitarse. E incluso una chispa de ilusión infantil en sus ojos al abrirlo. La misma que cuando le traía algún juguete al volver del trabajo.

47. La magia de la luz (María José Escudero)

Llegó en un cayuco a nuestra costa, aferrada a los brazos inertes de un cuerpo frío, y la recogieron los supervivientes de una isla olvidada que nunca habían tenido ocasión de contemplar el arco iris. Por aquel tiempo, el mundo era un inmenso archipiélago de lodo. Por eso, al ampararla en su regazo sospecharon que el destino se había equivocado de paisaje. La niña, clara de piel, tenía un mágico resplandor en la mirada que la distinguía de las sombras agónicas que poblaban aquella insignificante mancha marrón de la tierra desgajada. Y pronto, animados por su viveza forastera y pegadiza, limpiaron los caminos, encalaron las paredes  y las ropas carmelitas que dormitaban en los tendales se transformaron en banderines de fiesta. Con ella regresaron la luz del alba y los atardeceres. Por ella recobraron el asombro y el deseo. Pero mientras la niebla insular se desvanecía  y brotaban hojas en las ramas correosas, la niña medraba despacio y miraba de soslayo el horizonte en busca de un punto de fuga.

Llegado el momento, la despidieron con música  en la playa y, aunque en el cielo amagaban las nubes, la esperanza ya había prendido en el vientre de nuestras madres.

46. Cuando el universo nos regala un día más (Gemma Llauradó)

Desperté pasadas las siete tras una noche de náuseas y vómitos inducidos por la quimioterapia del día anterior. Apenas se filtraban unos leves rayos de luz azulada por las cortinas de mi habitación, todavía no había amanecido. Permanecí pensativa en la cama por un tiempo indefinido, agradecida de no sentir más náuseas. Luego un sueño intenso me venció. Cuando desperté de nuevo, sentí que aquellas eran las mejores dos horas de sueño de toda esa noche. Había amanecido ya. Respiré profundamente, sintiéndome afortunada porque el universo me regalaba un día más. Salté de la cama, descorrí las cortinas y permití que la intensa luz de la mañana inundara la estancia. Ojeé el exterior a través de los cristales del ventanal. Las hojas de los árboles y la hierba de la tierra aún no habían tenido tiempo de secarse del rocío de la madrugada y resplandecían como si estuvieran recién enceradas aportando un enfático centelleo. Abrí la ventana asomándome para poder observar el enclave de ese nuevo día. Una brisa suave y fresca me acarició el rostro y mi mente tomó la idea de que ese iba a ser un buen día.

45. SETENTA Y PICO PRIMAVERAS (Mødes)

La luz del último verano ha empezado a apagarse en su cerebro.

Y, como si fueran hojas secas en otoño, sus recuerdos tapizan ahora el suelo de nuestra habitación.
Y él juega con ellos, los tira al aire y después los pisa, sin dejar de sonreír.
Y yo lo miro con amor y también sonrío.
Porque, cuando anide en su memoria la eterna noche del invierno, sé que lloraré.

44. La luz al final del túnel

Araceli tenía luz. Cuando nos conocimos abrió todas mis ventanas y descorrió todas mis cortinas. Nuestros encuentros eran choques de placas tectónicas que desajustaban los sismógrafos. Fueron días felices, su brillo se descomponía en cientos de colores que derramaba sobre sus seguidores como las vidrieras de una catedral gótica. A veces me dejaba entrar en sus zonas de penumbra y la veía tal cual era, sin la obligación de brillar. Entonces, su llama parpadeaba vacilante como una vela en una tormenta. Yo le decía que todo iría bien y la abrazaba muy fuerte protegiéndola con mi cuerpo. La depresión era un agujero negro que absorbía toda su energia. Yo sufría con sus combinaciones temerarias de ansiolíticos y procuraba hacerla reír con cotilleos vecinales; su risa se precipitaba sobre mí como una cascada de aguas claras. Poco a poco y con altibajos volvió a ser ella. Su luz ya no deslumbraba , se volvió cálida y atrayente como las brasas en la chimenea. Una sombra de tristeza se había instalado en su mirada, pero al fin, en sus ojos, volvió a brillar el faro cálido que me salvaba de mis naufragios.

43. EL MONSTRUO

De pequeño le daba miedo la oscuridad. Sólo el amanecer podía calmar los latidos desbocados producidos por sus tenebrosos pensamientos.

Ahora busca la luz en las pupilas ajenas. Trata de contener la taquicardia cuando mira el brillo del metal.

De pequeño le daba miedo la oscuridad. La mañana le calmaba. Le fascinaba ver un haz descompuesto en colores.

Ahora observa los cortes, el color rojo, la descomposición de la carne.

De pequeño le daba miedo la oscuridad. Sabía que entonces iría a visitarle.

Ahora teme la luz, la imagen del monstruo en el espejo.

 

42. Ositos

Mamá me reñía cuando le pedía que no apagase la luz. Decía que ya era mayorcito para esas tonterías. Claro, ella nunca había escuchado las risitas de los peluches de madrugada, ni los ruiditos que hacían al bajar de la cama. Tampoco vio lo del agujero en el tubito del coche cuando el accidente de papá. ¡Le echo tanto de menos! Después de aquello se los regalé a la niña del tercero, pero por la noche volvieron todos a mi habitación y me hicieron jurar que no volvería a hacerlo. Además, me dijeron que si me chivaba se enfadarían mucho y le harían tragarse a mamá una cosa que se llama satisfái, o algo así, y a mí me harían lo mismo que a la niña del tercero. Nunca más la vi. Me daban tanto miedo que los metí todos juntos en la lavadora, apreté ese botón que hace dar vueltas a toda velocidad y me quedé mirando un buen rato cómo les saltaban los ojos y se les salían las tripas. Mamá me castigó por algo de un filtro, pero ya no tiene que dejar la luz encendida de noche. ¡Ah! Tengo que preguntarle qué es eso del satisfái.

41. La parada

Conocía esa luz. Había escapado otras veces de ella y sabía lo difícil que era no dejarse seducir por su destello hipnótico, cálido, neblinoso.

La primera vez, cuando aquellas fiebres, estuvo una semana deslumbrado, pero su madre sujetó firmemente su mano, día y noche, impidiendo que se lo arrebatara; durante la guerra, cuando una granada le arrancó un brazo y un torniquete hecho a tiempo rompió el hechizo del resplandor; y ya jubilado, y manco, cuando salvó a dos niños de la resaca que los arrastraba mar adentro. Flotaba ingrávido en la llama cegadora, medio ahogado, cuando una ola lo devolvió a la orilla.

—Voy al baño, no tardo. —Su hijo no respondió, ni quitó la vista del surtidor, mientras echaba gasolina. Al volante su nuera, Marisa, sonreía al retrovisor y se humedecía con la lengua los labios. Antes de entrar al lavabo, se giró al oír un chirrido de ruedas y vio la polvareda que levantaba el coche al alejarse.

Entonces sintió un desgarro en el costado izquierdo y notó una tristeza inmensa derramándosele por el pecho, como él por el suelo, y sin oponer resistencia se entregó a la luz que refulgía, esta vez, en todo su esplendor.

40. Paseo infinito (Rosy Val)

«A estas edades no es prudente separarlos de sus seres más queridos». Nos advirtió su médico. Pero el reglamento de la residencia, ajeno a las necesidades de su corazón, no permitía que Golfo viviera con ella. 

Yo ya no sabía qué hacer para consolarla, su añoranza como su mal iban en aumento y una nebulosa madrugada se apagó su luz.   

Él tendió sus huesos en el quicio de su puerta, tres semanas más tarde se fue en busca del faro que le veló durante catorce años.  

Que algunos se escandalizasen. Que otros me lo reprochasen, y la mayoría se llevase el dedo a la sien, no me importó, yo sabía que mamá lo aprobaría, y en la vasija donde ella guardaba sus chucherías mezclé para siempre sus almas convertidas en ceniza. 

Un radiante día de primavera, bajo la mirada cómplice de pinos y encinas, les eché a volar. Un halo travieso los arremolinó y entre jaras, aliagas y cantueso, retomaron juntos sus largos paseos.

39. EXAMEN FINAL

• Padre poderosísimo y omnipotentísimo.
• Hijo, ando un poco liado con tu abuelo Cronos que está como una cabra. Lo voy a mandar al infierno Tártaro. Además, el resto de Dioses del Olimpo no consiguen organizar los juegos deportivos que les ordené. Abrevia.
• Estoy atascado con el planeta que tengo que crear como trabajo fin de carrera. A este paso no sacaré el título de Dios.
• ¿Qué tienes?
Le enseña una negra bola aérea repleta de cráteres y explosiones.
• Esto es un desastre.
• ¿Y?
• He creado mil millones de universos. Los mejores son aquellos a los que he puesto luz.
• ¿Luz? ¿Qué es?
• Observa.
Zeus chasca los dedos y aparece otro globo mucho mayor, brillante y caluroso.
• Se llama Helios. Escóndelo hasta el último instante. A tu feo planeta llámalo Gea como tu bisabuela. Lo enseñas y grita teatralmente ¡Hágase la luz!. Los Dioses examinadores se quedarán estupefactos. También te preguntarán si pondrás seres en esa cosa redonda. Diles que sí pero que serán estúpidos. Les gustará.
Apolo, evidentemente, obtuvo el título y es desde entonces uno de los Grandes. Gracias a que en el examen decisivo supo pronunciar convincente ¡Hágase la luz!. Y Helios iluminó Gea.

38. Luces de sábado

Un tren se acerca a la estación. En el vagón oscuro viaja Nosferatu. Las sombras del pasado que retorna atrapan al trágico Mitchum. Sin embargo la joven y ambiciosa Eva Harrington no las percibe cuando medra entre bastidores. Su refinamiento dista de la cólera de Ethan Edwards, tan inabarcable como los territorios por donde cabalga condenado a que se le cierren todas las puertas. En cambio, una se abre en la soleada Florida para dos músicos travestidos que huyen a ritmo de hot. También huye Antoine Doinel hasta alcanzar la playa en la que rompe una ola que salpica a todos. Por el Swinging London paseamos impulsivos y joviales junto al fotógrafo que revela algo sórdido tras las apariencias. Nada de aparente tiene la suerte de Johnny, pura conciencia de los estragos bélicos, contada por un superviviente de otros aquelarres, Trumbo, Dalton Trumbo. Afortunadamente nos quedan los sueños, el lugar en que un perdedor gana y por un instante puede reinar, aunque rueden cabezas. Ya anochece y, seducidos por el clarinetista miope, contemplamos absortos el puente de Manhattan en contrapicado sobre cuyo pretil se encienden centenares de luces.

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