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El bello niño de ocho años Nachito encendió el televisor en el salón para ver su espacio de vídeos musicales favorito. Se vistió una camiseta de lunares veraniega de manga corta en la cabeza a modo de peluca y comenzó a bailar con sus canciones preferidas. Siempre, le había atraído la idea de ser un artista de la música. Adoraba a Encarnita Polo, Nino Bravo, Salomé, Los Brincos…Pero, sobre todo, a las divas, como Karina, Massiel o Jeannette. Ansiaba ser una más y se prometía que, algún día, lo conseguiría porque cantaba notablemente bien. Por eso, comenzó a estudiar Solfeo en la parroquia y sus padres, campesinos emigrantes a la gran ciudad en búsqueda de trabajo, no dieron crédito a sus ojos. No sabían qué pensar del chaval, cuyo hermano mayor era el típico machito obnubilado por el fútbol y las chicas teñidas de rubio. Pero a él las niñas le traían al pairo . Y eso que tampoco se fijaba en los chicos…de momento… ¡Qué incertidumbre! Su físico era masculino, pero su mente, claramente femenina. ¡Y una inesperada noche, ya adulto, apareció operado y con un caro traje de lentejuelas en el más famoso cabaret de la ciudad!
El hombre despertó con los gritos de su hijo de siete años llamándole en mitad de la noche, como tantas veces. Como tantas veces, se levantó de la cama y se dirigió a consolarlo con la casa a oscuras, flotando con torpeza y con los ojos apenas abiertos, intentando que el sopor no le abandonase. Chocando con alguna pared y algún marco de puerta llegó a la habitación del niño. La lamparita que permanecía encendida durante la noche para que pudiese dormir sin la amenaza de la oscuridad estaba apagada. La encendió y vio que su hijo no estaba. La cama lucia perfectamente hecha sin arrugas en su edredón. Después de un desconcierto fugaz despertó por completo y entró de lleno en la pesadilla. Fue consciente de que su hijo desapareció de esa habitación hacía tres meses. En esa cama le deseaba dulces sueños una noche y a la mañana siguiente no estaba. Se rompió al recordar con nitidez su voz llamándole hacía sólo un momento.
A la mujer la despertaron los sollozos de su marido. Era la primera noche que dormía durante horas gracias a la medicación, pero regresó del descanso imposible al vacío en la oscuridad ruidosa.
Al poco de salir papá y mamá llegó el novio de Malú, Pablo. Cenamos pizza en la cocina. Él le tiraba del pelo y ella se reía y le daba pellizcos que debían de doler un montón, pero ninguno se enfadaba. Entonces yo pellizqué a Malú y ella me dio un bofetón.
Luego vimos una peli. Bueno, yo, porque Pablo mordía a Malú en el cuello como un vampiro y ella tenía los ojos en blanco. Pensé que le hacía daño, así que me acerqué por detrás con mi bate de béisbol y le golpeé en la cabeza. La soltó, pero empezaron a insultarme muy enfadados, encima de que la salvé. Me metieron en el dormitorio y cerraron con llave.
Afuera hacían mucho ruido de carreras y gritos. Pensé que estaban peleando, pero entonces se escucharon risas. Luego respiraban muy fuerte, como cuando haces gimnasia y te cansas. Malú chilló. Luego gruñó Pablo. ¡Qué juego tan raro!
Por la mañana, Malú me hizo un gesto de “calla o te corto el cuello”, así que no pregunté nada.
Otro día cuando venga Pablo, les espiaré desde detrás de la cortina del salón y averiguaré cuál es ese juego tan peligroso.
Solo bragas de algodón, de las que abrazan. De las que no entran ni salen. No se ensañan. Cómodas, confortables y perfectas. Como su matrimonio. Por eso se debaten entre dudar o no dudar.
El tambor de la lavadora está abierto; el cubo, lleno de la colada recién lavada. El tendedero, todavía vacío.
Transcurren unos minutos desde que la confianza recibe un fino corte, apenas perceptible, pero suficiente para deshilachar la costura.
Esos tensos minutos en los que la joven que acaba de prometerse decide cómo lo va a resolver.
Ha aceptado el trabajo. Ha acudido a esa casa por primera vez, se ha cambiado en el cuarto de baño y se ha esmerado: suelos, cristales y lavadora, por favor. El cubo de la ropa sucia está al lado del lavabo. Tras cobrar, se ha ido a toda prisa sin tan siquiera cambiarse, con toda la muda embutida en una bolsa de plástico. O casi toda.
Si no fuera porque se conocen.
Si no fuera porque es increíble.
Suena el timbre, la joven sonrojada que viene acompañada por un chico delgado remienda, con hilvanes tímidos, el descosido.
Desde hace un tiempo, sor Dorotea del Espíritu Santo se revuelve inquieta en su jergón las pocas horas que transcurren entre completas y laudes. ¡Ella, que en sus más de treinta años de profesa ha disfrutado de una paz bendecida! Según su cuenta, ya lleva más de veinte días de retraso. Si pudiera conseguir una de esas pruebas que venden en las farmacias, saldría de una vez de dudas, pero prefiere no despertar el recelo de las demás hermanas. Ellas solo salen de dos en dos. Alivia la larga espera rezando con toda su fe. Sabe que es difícil, pero los milagros existen. Al fin y al cabo, en este asunto hay al menos un precedente. Ella tampoco ha conocido varón, pero ¡sería tan feliz acunando al bebé en su regazo!
Relato fuera de concurso.
Por San Ginés, el pueblo espera impaciente. En las casas permanece la lumbre encendida. A los niños se les permite jugar y quedarse despiertos unas horas más, pero siempre dentro. Nadie se atreve a salir esa noche. Nunca se sabe quién será el que regrese.
Durante el día se escuchan comentarios en los corrillos de la plaza:
—Que no sea Sebastián, al que colgaron hace dos años por matar a la Marieta.
—Esperemos que el turno no le haya llegado a Engracia, que fue mala mujer hasta para morirse.
Y así van repasando, uno a uno, todos los muertos del pueblo.
Pasadas las doce, entre asustados y curiosos, se asoman a las ventanas por ver si el revivido llega. Esa noche, la figura de una mujer avanzaba despacio por el camino del río. Al alcanzar la casa de Antonia, la huevera, rodeó la fachada y se metió por el gallinero.
En la casa de al lado, extrañados, comentaron la aparición.
—Pues va a ser que la ausencia de Antonia no era porque hubiera abandonado al canalla de su marido.
Maurits Cornelis se pasó sus últimos años proyectando planos de lugares imaginarios. «Para cuando te extravíes», solía decir.
Se apagó una madrugada cualquiera, de la misma manera que se pierde un camino bajo la niebla. Entre la plétora de sus creaciones encontré un puñado de mapas: calles sin bautizar, afluentes que no llegaban a desaguar, pintorescas poblaciones coronadas con un interrogante…
Los conservo todos. No sé si son fruto del delirio de un ser abismado en su propio arte o valiosas instrucciones que aún no comprendo.
A veces, me pongo a prueba. Despliego uno al azar y empiezo a caminar, tan solo para ver adónde no me lleva.
Aquella mañana, mientras Miguel desayunaba, su mujer le llamó Pedro. De inmediato pensó en una infidelidad, pero sus hijos respaldaron a su madre: papá se llamaba Pedro.
Marchó al trabajo convencido de que se trataba de una broma muy elaborada. Sin embargo, al llegar a la oficina descubrió que también era Pedro para todos sus compañeros. Su correo electrónico lo confirmaba.
Atónito, fotografió su DNI.
Al día siguiente se llamaba Juan. Luego José. Después Antonio. Las fotos de su DNI y su dirección de correo cambiaban con él cada día.
Los psiquiatras hablaron de trastornos de memoria, pero los neurólogos no encontraron anomalías. Estaba al borde de la locura. Dormía poco, obsesionado con averiguar cuál sería su siguiente nombre.
Una tarde, en la sala de espera de la clínica, un anciano se sentó a su lado.
—Hola, Miguel.
Por primera vez, alguien lo reconocía. El anciano le contó que había pasado por lo mismo.
—¿Y cómo lo superó? —preguntó Miguel.
—Comprendiendo que lo único que cambia es tu nombre —sonrió el anciano.
Aquella noche durmió plácidamente. Los nombres siguieron rotando —hasta los de los reyes godos—, pero algo en él dejó de hacerlo: la necesidad de encontrar una explicación.
Al hombre de tez cetrina y ojos enramados le tiembla el pulso, no acierta a meter la llave en la cerradura del piso. Con la del portal tampoco pudo, menos mal que le abrió un vecino. Se enerva, blasfema con voz pastosa, da un puñetazo, después un alarido. Pega el dedo al timbre hasta que oye los pasos de Angelines, que descorre el cerrojo y, sin lamentos ni reproches, regresa a la cocina.
A gatas se arrastra hasta el salón, vocifera «¡Angelines, la cena!», pero enseguida cae rendido sobre la alfombra. Los párpados le pesan, le corre la baba por la mejilla. Su respiración entrecortada se va acompasando, haciendo más ruidosa y profunda, hasta quedar inconsciente, sumido en una bruma de ronquidos.
Cuando despierta, la quietud de la casa le desconcierta. El tictac del reloj de pared, el zumbido del refrigerador, una mosca que choca contra la ventana, la tarima de madera que cruje bajo su peso. Extrañado, aguza los sentidos, intentando oler un guiso, escuchar el cacharreo de la mujer, un cajón que se cierra, un suspiro. Entonces brama «¡Angelines, ven aquí!», hasta quedarse ronco, para terminar susurrando lloroso, bañado en un sudor frío, «no tienes huevos de irte».
De niña se iba a dormir agarrando con fuerza un billete de diez euros. Necesitaba saber que podría telefonear a sus papás si un día despertara en otro país. Solo así se deslizaba tranquila hacia la inconsciencia. Al bajar por ese tobogán, mientras arrugaba el billete contra su barriga, ponía en fila todos sus miedos y los desactivaba uno a uno. Si temía —por ejemplo— que su mamá fuera atacada por un cocodrilo, recreaba la escena. Justo antes de que entrase en el río africano le advertía de que no llevaba gafas. Ella se las ponía, miraba, y la cola del reptil desaparecía en un remolino rabioso y marrón.
Cuando la abuela supo que dormía con el puño apretado, le cosió un bolsillo en el centro del pijama para guardar el dinero. A partir de ese momento pudo descansar confiada, y los diez euros permanecieron tersos y sin uso.
Anoche se soñó buceando entre dos azules. Nadaba con delfines y otros seres más oscuros. La apnea la ha despertado en una habitación extraña. Tras una tremenda bocanada de aire se palpa la zona donde estuvo el marsupio del pijama. Y sólo encuentra un océano rebosando el cuenco de su ombligo.
Me lavo concienzudamente: desde las manos hasta los codos.
Me saco leche de los pechos, la coloco en la jeringa, e inserto la jeringa en la sonda nasogástrica: aunque no haya nada en tu boca, ya tienes el reflejo de mamar…
Pañal, gorro, escarpines… Todo es diminuto.
Cada día, una conquista. Cada gramo, un desafío.
El amor me da fuerzas y el temor, el gran temor me atenaza… ¿Sobrevivirás?
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