Esta Noche Te Cuento. Concurso de relatos cortos

FE

Un relato con menos de 200 palabras inspirado en LA FE

ENoTiCias

Bienvenid@s a ENTC 2026 Comenzamos nuestro 16º concurso en el que iremos proponiendo hasta 8 propuestas temáticas en torno a la EXISTENCIA En esta ocasión serán relatos que desarrollen el concepto de FE en todas sus acepciones. Y recuerda que el criterio no debe ser poner menos palabras sino no poner palabras de más. Bienvenid@
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Esta convocatoria finalizará el próximo
14 de FEBRERO

Relatos

72. Confianza ciega

Primero empuja con el belfo. Luego con una pezuña. Insiste de nuevo, rezumando una espesa baba de paciencia, hasta que, al fin, la realidad cede. Su cabeza se vierte hacia el otro lado como cera derretida, deslizándose en un silencio absoluto. Siente la caricia fresca del acero ciñendo ojos y orejas, comprimiendo el cráneo en una línea de luz. Convencido de su propia fluidez, el camello entrega el resto de su cuerpo al vacío, con la certeza de que encontrará un mundo sin límites al otro lado del ojo de la aguja.

71. Sonría, por favor

«Por favor, sonría para ir al cielo. Si por el contrario prefiere ir al infierno, frunza el ceño», me propuso aquel anciano —de aspecto bonachón y cuidada barba blanca— que vestía una túnica y blandía un par de llaves, antiguas y grandes, como las del portón de la casa del pueblo de mis abuelos.

Un sueño lúcido, pensé, y decidí seguirle la corriente… Y desde entonces vago por el inframundo, dando vueltas en círculo y lo peor: todo el santo día con el entrecejo arrugado.

70. EL QUE MIRA, CAMINA Y CALLA

Cuando Sara perdió la vista, dejó de creer en casi todo. En los médicos, en las promesas, en las frases de ánimo o en los libros de autoayuda. Y también en Lupo, el perro que le asignaron como guía.

—Un animal no puede saber por dónde yo quiero ir o lo que me apetece hacer—gruñía—.

Durante semanas lo sujetó con desconfianza, tirando de la correa, corrigiendo cada paso, deteniéndose ante cada ruido. Lupo obedecía, pero avanzaba con el cuerpo tenso, caminaba cargando un miedo que no era suyo.

Un día, en un cruce que ella conocía de memoria, lo soltó. Tropezó. Cayó. El bastón rodó lejos.

Entonces Lupo no esperó órdenes. Se plantó delante, firme, bloqueando el paso. Ella intentó avanzar y chocó contra su pecho caliente. El perro no se movió. Un segundo después, el rugido del autobús desgarró el aire.

Ella apoyó la mano en su lomo, temblando.

Por primera vez, no preguntó. No dudó. No mandó. Simplemente se dejó guiar.

Y su mundo, aunque seguía oscuro, dejó de ser un abismo.

69. La fe de Ismael (Juana María Igarreta)

Ismael atraviesa la galería central de la residencia a la que acude de voluntario. Los numerosos internos que ocupan sillas de ruedas dispuestas sobre el suelo embaldosado en blanco y negro, se le antojan piezas de ajedrez esperando el empuje de unas manos que las mueva, escaque tras escaque, en el tablero de una nueva jornada.

Clara llamó su atención desde el primer día. Su postura rígida y mirada hierática le evocan la imagen de una virgen románica de la iglesia de su pueblo, a la que siendo niño sus padres adoptivos lo alzaban una vez tras otra pidiendo su bendición.

Ismael nunca ha sentido el fervor religioso que se respiraba en la familia que lo acogió. Lo más parecido a la fe que conoce es creer que si su madre biológica lo abandonó, como siempre sostuvieron las Hermanas de la Caridad, fue porque no tuvo otra salida. Y esa fe lo ha llevado a vivir con la esperanza de poder un día conocerla. Sabe que es un deseo difícil de alcanzar. Lo que no sabe es que la dificultad roza lo imposible cuando la madre ha vivido creyendo que su hijo nació muerto.

68. Estrellas vagabundas

Como cada día, después de un breve descanso, se congregaron a la entrada de un inexplorado pasadizo donde la mujer más vieja consultaba, con sosiego, un mapa del cielo. Provistos de chalecos reflectantes y alimentos para náufragos y siempre con zancada corta y decidida, volvieron a recorrer hectáreas de suelo reseco, sin atender al frío que atenazaba sus rodillas, sin escuchar el viento que zarandeaba las ventanas y quebraba los cristales, sin mirar hacia las tumbas que crecían a ambos lados del camino. Discurrían como una constelación de puntos luminosos, dispuestos a bregar hasta que se agotase su energía y preparados para derribar cada cartel que les prohibiera el paso.Hacía tiempo que se habían desprendido del miedo y de la rabia y abrazaban solamente la esperanza y, a pesar de la fatiga acumulada, mantenían la mirada atenta al horizonte. Jornada a jornada, los guiaba la certeza de que la belleza los esperaba impaciente en algún sitio. Y aunque se sentían perseguidos y observados, mientras la muerte quisiera respetarlos, seguirían caminando en busca de un mundo nuevo y delicado, capaz de regresar la alegría a los rostros de los niños

67. Lo que el tiempo al guante

En aquel lugar, conforme se alejaba el frío, los guantes escapaban sigilosos de los roperos. A pares siempre. En días cálidos, era común ver bandadas de ellos, como palomas de diez dedos, cruzarse con grupos de aves, que, por el contrario, llegaban en busca de mejor clima. Llamaba la atención cómo algunos largos, de los de casarse o hacer estriptis, antes de huir del todo, sobrevolaban los campanarios, creyéndose cigüeñas.
Para mayo no quedaba ni uno en la ciudad. Salvo los de boxeo, que intentando fugarse de los gimnasios, con zumbido de moscardón, solo conseguían volar a ras de suelo, como avestruces o gallinas negras; acabando casi siempre estrellados contra tapias y tranvías.
Pero la población mostraba ya poco interés en retenerlos. Al llegar el otoño, solo los más, pero cada vez menos, frioleros oteaban el cielo, soñando verlos volver; como si fueran migrantes de retorno. Lo escudriñaban con esperanza varios atardeceres, antes de resignarse a conseguir otro par. Entonces, se dirigían a la última guantería que aguantaba, en la que sus ingenuos dueños sustentaban una fe, nada menguante, en que los inviernos volverían a ser tan rigurosos como cuando, tomadas como acantilados, los guantes anidaban prolíficamente en sus estanterías.

66. La fe de nuestros padres

A principios de los setenta, las familias pudientes de Madrid pensaban que nadie podía garantizar una educación exquisita y un futuro prometedor para sus hijas mejor que las Hermanas de la Caridad. Allí nos enviaron, internas, para nuestro disgusto, con la fe puesta en que, bajo su custodia, nos convertiríamos en esposas recatadas y amas de casa perfectas, como nuestras madres.

A lo largo de cuatro cursos aprendimos a coser, a limpiar, a cocinar y a burlar la vigilancia de las hermanas. Durante el último año, en varias escapadas nocturnas, descubrimos placeres mundanos que ni siquiera habíamos imaginado.

Después de haber conocido los clubes nocturnos, el alcohol, el sexo y algunas drogas menores, salimos de allí listas para un matrimonio ejemplar y acomodado, pero mortalmente aburrido.

¿Cómo no íbamos a organizar después nuestro propio Club de Amantes de la Caridad?

65. El lanzamiento (Alfonso Carabias)

Una hora antes del lanzamiento nos acomodaron en una sala situada frente al control de operaciones, junto a varios ingenieros que realizarían tareas informativas y de seguimiento.

Miré de soslayo a mi mujer. Aún seguía con esa mezcla de felicidad y nervios que le acompañaba desde hacía dos meses, cuando nuestro hijo fue seleccionado, junto a otros perfiles de similares capacidades de todo el país, para un programa secreto de formación espacial que culminaría con un viaje a Saturno.

Cada uno tenía su particular visión de nuestro hijo. La mía era muy simplista, lo reconozco. A mi edad no acababa de comprender que alguien pudiera cumplir 38 años con el mando de la videoconsola en la mano y sin ningún interés en emanciparse de sus padres.

Mi mujer en cambio tenía un enfoque más analítico. A su juicio, la sociedad actual no valoraba adecuadamente determinados perfiles, como el de su niño, al que ofrecían, en el mejor de los casos, puestos y salarios muy por debajo de su valía.

He de reconocer que mi mujer siempre tuvo más fe que yo en nuestro hijo. Por eso no consideré oportuno decirle que el viaje solo era de ida.

64. Qué cruz de hombre (Fuera de concurso)

—¿Crees en mí?
—Creo en ti, maestro
—¿Has dudado alguna vez? ¿Has tenido, quizás, vacilaciones?
—Ya no. No ahora.
—Entonces, las tuviste, en algún momento. ¿Es cierto?
—Lo es, maestro, pero fueron ínfimas. Tal vez propiciadas por la debilidad del sueño, del dolor o por los subibajas del alcohol.
—¿Bebes?
—Ocasionalmente, maestro. Ocasionalmente.
—¿Ocasionalmente? ¿Seguro?
—Bueno, sí, claro. Depende de la ocasión.
—¿Y en qué ocasiones bebes?
—Pues lo justo: en las comidas, las cenas, algunas tardes, por las noches, sobre todo las de los sábados, los domingos antes de comer, las fiestas de guardar, las que no se guardan, algo caliente los días fríos, algo fresco los días calurosos, en los cumpleaños de los 12, recuerda que somos 12… Vamos, para evitar la sed. Lo justo.
—¿Lo justo?
—Lo justo, maestro. Lo justo para…
—¿Para qué?
—Para cosas, maestro.
—¿Para qué cosas?
—Mis cosas.
—…
—¡Para olvidar, coño, para olvidar dudas y vacilaciones, que todo lo quieres saber! ¡Cómo no voy a tenerlas siendo humano, Dios! ¿Pero tú no eras omnipresente y omnisciente, copón? Y no paras de preguntar. Anda, déjame beber tranquilo y date una vuelta con Judas que ya lleva un buen rato buscándote.

63. El tercer cielo

Nuestro reino no es de este mundo. Nos lo repite como un martillo los domingos mientras por uno de los vitrales señala al firmamento, ese ángulo donde brillan la paz y el amor infinito, libre del sufrimiento terrenal. Bienaventurados los pobres de espíritu como nosotros, porque según él tenemos las puertas siempre abiertas allá arriba. Y tanta fe les ponemos a sus palabras que esa misma tarde nos entran unas ganas tremendas de marcharnos. Algunos lo hacen, pero yo me quedo. No es oro todo lo celestial que nos vende desde el púlpito. A poco que afines el ojo, descubres que, cada cuatro segundos, una nube se muere también de hambre y abandono.

62. Family Junior

Mientras comenzaba a sonar de fondo una fanfarria tan alegre como desenfadada, y con el aplauso del público para acompañarlos en su despedida, abandonaron cabizbajos el plató de televisión después de no ser elegidos. Qué podían haber hecho contra la niña de rizos rubios y ojos azules vestida de punta en blanco, o contra ese chaval repeinado y de cara lavada, tan repipi, que estaban convencidas de que no era tan educado como aparentaba, o contra un bebé, que se dieran cuenta, que esos eran imbatibles. Que qué mala suerte habían tenido, nada más. Que siguieran creyendo en ellos mismos, eso siempre, porque eran los mejores, bien lo sabían ellas. Que no desesperasen, que la próxima vez iban a ser seleccionados. Seguro. Eso les dijeron cuando pudieron recogerlos a la salida, tristes y abatidos, y darles un abrazo, y así, entre hipidos y con un llanto inconsolable que estremecía sus frágiles cuerpos, las monjitas los llevaron de regreso al orfanato.

61. En el fondo del vaso solo hay cubitos de hielo

Mi padre se jactaba de haber participado en algunas revueltas en Barcelona cuando era un joven comprometido en la lucha por las mejoras sociales y laborales allá por los años setenta. En ese ambiente familiar nací yo, que por supuesto, ni fui bautizado ni hice la comunión, pero como dice el refrán, un tanto soez, «pueden dos te…más que dos carretas».

Crecí y la conocí a ella, con el nombre de la primera mujer; me acomodé tanto a su vida que más pronto que tarde empecé a vestir traje de chaqueta en Semana Santa y a lucir orgulloso en mi cuello la medalla de la que consideraba ya la hermandad de toda mi vida. Durante unos cuantos años tuve la dicha de portar bajo su palio a María Santísima, mi costal y mi faja empapados de sudor y de fe.

Ella fue mi primer amor, la que me inoculó el veneno del fervor religioso, pero cuando la relación acabó, mi «fe» se diluyó casi tan rápido como entró.

Mi medalla sigue guardada en el cajón de mi mesita de noche; a veces siento la necesidad de estrujarla entre mis manos y llorando de rabia, tomo una copa más.

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