Esta Noche Te Cuento. Concurso de relatos cortos

IMAGINACIÓN

Un relato con menos de 200 palabras inspirado en LA IMAGINACIÓN

ENoTiCias

Bienvenid@s a ENTC 2026 Continuamos nuestro 16º concurso en el que iremos proponiendo hasta 8 propuestas temáticas en torno a la EXISTENCIA En esta ocasión serán relatos que desarrollen el concepto de LA IMAGINACIÓN en todas sus variantes. Y recuerda que el criterio no debe ser poner menos palabras sino no poner palabras de más. Bienvenid@
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Esta convocatoria finalizará el próximo
30 de JUNIO

Relatos

El escondite

Hago memoria mientras el carcelero y el oficial aguardan mi confesión. Les cuento que aquel desconocido me describió con todo detalle cómo el sol iluminaba el edificio de un amarillo intenso al atardecer. Los dos asienten, impacientes. Las terrazas de la fachada, me dijo, eran alargadas; de esas de tendedero o de paseo de ida y vuelta. No me detalló cuántas alturas tenía, pero me lo imagino con siete.  

—¡Tiene siete alturas! —grito. Y es verdad. Afuera nieva y ellos insisten. 

—Dinos dónde se esconden esas ratas que tú llamas «camaradas» y no te pasará nada —susurra el oficial. 

Un escalofrío recorre mi espalda siempre que cruzo el muro que nos separa del exterior. Pero no les cuento nada de eso. Tampoco menciono aquella cafetería en la que un hombre cualquiera me habló del edificio en el que creció. Por suerte, frente a nosotros, una mujer sale a una terraza del tercer piso y se apoya en la barandilla. Se la señalo. Esta luz realza sus facciones. Los dos se quedan embobados y la observan desde la acera.  

—Se llama Marianna —les digo y, mientras el sol se pone, le quito las llaves al carcelero. 

EVITAR CASTIGOS

Un balonazo redujo a pedazos el jarrón favorito de su madre. Al verla entrar furiosa, Leo, de siete años, activó su imaginación: —¡Mamá, nos salvé! Un duende del polvo gigante atacó el sofá, le lancé mi esfera de energía y el jarrón se sacrificó. Ella sonrió ante la película de ciencia ficción y limpiaron juntos.

Al día siguiente, llegó tarde al colegio. Su maestra lo esperó muy seria en la puerta. Leo argumentó: —Profesora, unos astronautas invisibles aterrizaron en mi tejado; aspiraron los relojes y les ayudé a recoger los minutos con una red de mariposas. La maestra sorprendida contuvo la risa: —Pasa, astronauta, antes de que el tiempo escape.

Por la noche llegó el brócoli. Leo tomó el tenedor y anunció: —Este bosque de árboles alienígenas planea invadir mi estómago. Como guardián de la Tierra, debo eliminarlos. Ante la risa cómplice de sus padres, Leo fue lanzando los árboles al cubo de la basura. Su padre, asombrado por el ingenio, puso la pizza preferida de Leo en el horno.

Love me tender

 

 

Estaba muy cerca, casi podía tocarle. Aún abotargado y crepuscular seguía siendo el rey. En su mirada vi el desamparo de los juguetes rotos. Tenía manchas de nicotina en sus dedos gordezuelos llenos de anillos. Había cambiado sus clásicos mocasines blancos por unas ajadas deportivas. A su alrededor el aire tenía una densidad nueva, un tabique invisible que aseguraba su inaccesibilidad. Con los primeros acordes empezamos a movernos, como si una fuerza desconocida nos empujara en la dirección que él quería. Su voz tenía la cadencia hipnótica de los cantos de los esclavos. Unas paradas después dio por terminada la audiencia. Nos bendijo como un papa con chorreras y pantalones de campana y supimos que no volveríamos a verlo.

Me acerqué y me dio un beso tenue que sabía a malvaviscos y Pepsi Cola.

Gracias Elvis – le dije. Me miró confundido. Me dijo que se llamaba Washington, tocaba en el metro para sacar plata para su madre enferma allá en Cuzco. Entonces entendí. El acoso de la prensa y la fans, las giras interminables. Le hice un gesto de complicidad llevándome un dedo a los labios. Conmigo su secreto estaba a salvo.

Abuelita… ¡Qué imaginación tan fantástica tienes!

Cada noche, la abuela abría un grueso libro de tapas gastadas cuyas páginas, escritas a mano, escondían historias fantásticas. Los nietos, ya acostados, aguardaban expectantes. Ella deslizaba los dedos por el papel como si siguiera las palabras y decía:

—Había una vez…

Y las historias fluían: reyes bondadosos, lobos feroces, niñas valientes y pueblos escondidos que guardaban secretos. Cada noche era distinta, aunque el libro fuera siempre el mismo, y cada noche los niños se dormían plácidos en mundos oníricos.

Crecieron escuchando aquellos cuentos hasta que, con el tiempo, repararon en un detalle: la abuela no leía; quizá nunca lo había hecho. Le preguntaron a su madre y ella les confirmó la verdad: la abuela no sabía leer. Aquello los desconcertó, pues no entendían por qué tomaba el libro si podía contar las historias sin él.

Entonces, la madre les reveló un secreto: todos esos relatos se los había contado la abuela. Por eso, en cuanto aprendió a escribir, decidió plasmarlos en un cuaderno en blanco, convirtiéndolo en un diario fantástico.

La abuela, orgullosa de su hija, seguía sosteniendo aquel libro cada noche para «leer» sus maravillosos cuentos. Era un puente perfecto entre lo escrito, lo contado y lo soñado.

86. El Melampiro

Hoy, que la lluvia ha dejado huérfanas de perlas a todas las flores del barrio, sube una neblina nauseabunda del asfalto y se enreda en  los huesos bajo el calor de un junio implacable que pone a prueba la vida desdibujando las sombras. La mía tiembla solitaria al notar que repta entre la gente como una espina de pescado dispuesta a clavarse si la hacen retroceder  y se acerca de perfil, con su babeo rojizo y la máscara melosa que disimula su tacto áspero .Sus colmillos oxidados hacen presa en mi corazón. Cierro los ojos y percibo cómo succiona mi energía,  languidecen mis brazos y fallan mis piernas mientras todo se vuelve gris.

En silencio, aferro tu mano, aunque tú no lo sepas, para dominar el miedo. Recito tu nombre como un mantra mágico y te  vislumbro a mi lado. Respiro profundo, cuento hasta ocho, vuelvo a mirar: has pintado el cielo de azul y perfumado el aire con rosas amarillas. Me rodea la luz y siento fluir la sangre dulcemente por mis venas. Sonrío al evocar tu  guiño cómplice, el calor de tu abrazo.

El parásito pegajoso ha huido.  El mundo gira de nuevo porque tú estás en él.

85. Lo que fuimos

La primera vez que aparecieron los ángeles en una de sus redacciones fue después de la muerte de su madre. Escribió que echó a correr hacia el bosque con el cuello del vestido empapado en lágrimas, desoyendo los gritos de su padre. Al caer derrotada junto al río los vio beber de sus aguas, antes de perderse entre las nubes. Estaba segura de que no era una casualidad. Volverían por ella algún día.

Hubo alguna mueca burlona, pero la mayoría nos contuvimos.

Siguió introduciendo a esos seres en todos sus textos y los mohínes pasaron a risas antes de ser carcajadas. La maestra hacía lo que podía por contenernos.

Siempre andaba sola por el patio. Raro era el día que alguien no pasara por su lado agitando los brazos como alas. Todos la llamábamos Angelines, aunque su nombre puede que fuera Carmen.

“Creo, por fin, haberles comprendido. Esperan un gesto mío, no la pasividad de una incrédula. Así que me arrimaré al borde de la peña de la ermita y saltaré para que ellos me recojan al vuelo”.

Doña Luisa terminó de leer. Todos mirábamos su asiento vacío.

 

 

 

 

 

84. Atardecer

Con su vestido raído se sienta todas las tardes en una montañita de escombros a ver la puesta de sol. Imagina que después del trabajo su marido regresa cada tarde a casa y aún le da tiempo de jugar un poco con los chicos. Amina, la mayor, será abogado, como él. Sin embargo, a Omar no le gusta estudiar, apenas tiene ocho años y las cosas podrían cambiar, pero ella intuye que los libros no van a ser lo suyo. Se pasa el rato montando y desmontando los pequeños aparatos electrodomésticos de casa, la bicicleta e incluso la moto del vecino. Eran felices viviendo el presente y jugando con el futuro, pero ahora ella ni siquiera se esconde cuando suenan las alarmas y los proyectiles comienzan a explotar. Se deja acariciar por los rayos del sol y piensa que, si tiene suerte, pronto volverán a estar los cuatro juntos otra vez.

83. En blanco

Pulsó el botón de inicio. Pensó, se rascó la cabeza, como había visto hacer en las películas antiguas, y se levantó despacio para dar vueltas por la habitación: una silla frente a la pantalla táctil que colgaba del techo y la caja reparadora, en la que se acurrucaba seis horas cada día, eran el único mobiliario en la estancia 5.647.

Desde principios del siglo XXI se impuso el minimalismo, pero ella recordaba los cuadros en las paredes, las camas, los muebles de la cocina y los armarios de la primera casa que habitó. Por esa añoranza escribió con la Olivetti hasta que se le cayeron las teclas y por puro romanticismo se negaba a utilizar la inteligencia artificial.

Había pasado tanto tiempo que le costaba creer que aquella fuera la misma persona que se enfrentaba ahora a la falta de imaginación. ¿Cómo había llegado a ser incapaz de escribir tres palabras seguidas? ¿Cuándo fue la última vez que tuvo una idea?

Hacía calor y necesitaba una reparación antes de aceptar la realidad. Programó la temperatura a menos veinte grados, se acomodó en la caja y se dispuso a descansar.

 

 

 

82. Infinitos

Ocho. Otro ocho. Alguien le dijo que si tumbas un ocho, se convierte en infinito. Desde entonces, guarda en las yemas de sus dedos esa línea caprichosa y la dibuja por donde pasa: en el vaho de los espejos, la tierra mojada, la harina de amasar. Y con cada trazo imagina a su hermana bailando bajo la lluvia, la risa de su hijo mientras gatea hacia ella y tantas cosas alegres, y no sabe si eso serían muchos infinitos o uno solo, porque son diferentes, pero en todos ellos su felicidad no tendría fin. 

Mira la pancarta. Un 8817 en grandes caracteres negros oscurece la mañana. Los participantes en el homenaje arrojan flores al mar, una por cada nombre que no consiguió llegar a Europa ese año. Faltan miles. Los de su hermana y su hijo no. Se acerca a la orilla con dos claveles. Los ha atado tan juntos que los pétalos forman un ocho, un infinito rojo y suave. Al lanzarlos al agua, imagina otra vez lo fácil que habría sido: saltar a las olas tras sus cuerpos inertes, cambiar el número a un 8818, tres nombres unidos en un mismo infinito bajo ese Mediterráneo devorador de sueños.

81. Álbum

Para tener bonitos recuerdos tomé por costumbre hacerme fotos contigo en lugares en los que nunca estuvimos. Entonces el único recurso con el que podía contar era la imaginación. Gracias a ella viajamos por el mundo y sin salir del pueblo posamos ante la torre Eiffel, la Estatua de la Libertad o la pirámide de Keops. Y en este juego de eternizar deseos como si se hubieran cumplido, quedamos inmortalizados, juntos y felices, el día sin fecha en que aceptaste mi anillo de compromiso, en el reportaje de una boda que no tuvo lugar, en la luna de miel que no disfrutamos y en toda la colección de imágenes que reflejaban cómo iban creciendo los hijos que no tuvimos. Con todo lo que no fue fui construyendo el álbum imaginario de todo lo que quise que hubiera sido. En él tú sigues sonriendo a mi lado en cada foto y yo, desde mi vida real, sigo añorando esa vida que no pudiste compartir conmigo.

80. La niña que quería ser muñeca (Jesús Navarro Lahera)

Tras dar las buenas noches a su madre, la niña recorre su habitación a oscuras y, después de escuchar a sus espaldas el sonido de la puerta al cerrarse, se mete en la cama. Luego saca de debajo de la almohada una muñeca de trapo a la que pasa la mano por el vestido, que tiene la tela desgastada.

—Qué guapa estás —le dice en un susurro—. ¿Quieres que te cante una nana?

Entonces se oye la voz bronca del padre, que pregunta a la madre por qué demonios tarda tanto en traer la cena.

—Duerme, princesa, duerme ya —canturrea la niña, mientras acaricia la cara de la muñeca.

Cuando el primer grito resuena en mitad de la noche, la niña se echa a temblar. Se abraza a su muñeca. Después se oye un golpe, en la mesa, seguido de varios insultos, y la niña empieza a llorar y canta más alto.

—Duerme, princesa, duerme ya —repite una y otra vez, aferrándose a su muñeca. Y de repente se queda muy quieta, como si ella fuera también de trapo, como si así no sintiera, como si de ese modo no le doliera la paliza que su madre está recibiendo.

79. El cuento de la lechera

Me puse a imaginar mi propio huerto y mi granja de leche ecológica. Fuera estrés. No a la contaminación. Adiós al asfalto y a los malditos atascos; al obligado consumismo de centro comercial; al absurdo postureo en el garito de moda y a las infumables películas chinas en versión original. Dispuesta a luchar por un destino donde hallase la autenticidad que habita entre vigas de madera y piedra encalada soporté que los mosquitos convirtieran mi cuerpo en hervidero de picores y ampollas. Soporté los callos de mis manos y el humo de la leña que convirtió mis poros en puntos negros de ceniza y hollín. Soporté los excrementos de ratones y el polvo de las termitas que amargaba el café. Soporté el zumbido de las moscas en la siesta, las arañas y el escozor de pulgas entre mis sábanas vacías.  

Lo aguanté todo, excepto la cabezonería de esas desagradecidas ubres secas.

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