Esta Noche Te Cuento. Concurso de relatos cortos

WABI SABI

Un relato con menos de 200 palabras inspirado en el tema que te proponemos

ENoTiCias

Bienvenid@s a ENTC 2024 Este año, la inspiración llega a través de conceptos curiosos de otras lenguas del mundo. El tema de esta cuarta propuesta es el concepto japonés del WABI SABI. Y recuerda que el criterio no debe ser poner menos palabras sino no poner palabras de más. Bienvenid@
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Esta convocatoria finalizará el próximo
30 DE JUNIO

Relatos

18 LA ETERNIDAD (Jesús Alfonso Redondo Lavín)

Aquella noche me costó conciliar el sueño. El hermano L.M. me había visitado.  Intentaba el lasaliano, tras interrogarme sobre mi vida, demostrarme que yo tenía “vocación”. Sinceramente yo no la veía por ninguna parte. Evidentemente aquel fraile estaba haciendo una ronda de “pesca” entre los alumnos, concentrados en los anuales “ignacianos” ejercicios espirituales.

Daba vueltas en la cama como las que daba la hormiguita de la gigantesca canica de acero que por la tarde nos habida descrito el jesuita F.G.S. Esa obrera de la familia de las formicidaes rozaría con sus patitas los átomos del metal hasta que allá en la eternidad lograra desgastar el último reducto del núcleo de aquella bola. Eso era la eternidad del cielo o del averno que yo podría elegir según me decidiese a encontrar en lo recóndito de mi ser esa “vocación” que, repito, yo no la veía por ninguna parte.

Qué devoción, qué espiritualidad derramaban aquellos frailes en la casa de ejercicios de la ciudad de Vitoria. Más que andar, levitaban en nuestra presencia.

El lasaliano L.M. y el Jesuita F.G.S no se quedaron contemplando el trabajo de aquel insecto. Después de 1975 colgaron las sotanas y se metieron en el Partido Comunista.

17. Las mejores vistas

Como cada domingo, Antonio pone rumbo al viejo faro. Está a poco más de un kilómetro pero, a su paso, le lleva un tiempo. Al llegar dedica un rato a meter las botellas y las latas vacías en la bolsa de basura, deleitándose con el aroma de las madreselvas que crecen salvajes por todo el perímetro. Después rodea la vieja mole. Afortunadamente hoy no hay pintadas, limpiar la última le costó muchísimo. Pasa sus arrugados dedos por las grietas, le alegra ver que en algunas están brotando margaritas. Coge una y la prende en su solapa.
Tras concluir la minuciosa inspección, decide subir. Aunque la puerta desapareció hace años, ha de esforzarse para pasar por debajo de la cadena. Sube lentamente los ciento seis escalones y llega casi sin aliento, pero la ausencia de cristales ayuda a que el viento le recomponga. Por fin, se sienta a contemplar el mar y a observar a las gaviotas. Allí arriba es la persona más feliz del mundo.
Suspira, sin saber que aquel será su último atardecer. Su hijo Manuel, preocupado por la tardanza del viejo farero, le encuentra en el suelo, inerte, con la palabra paz escrita en su rostro.

 

16. Hogar Azul

El tiempo y avatares varios han ido dejando cicatrices, agujeros, zonas oscuras, eriales,…  tanto en mi superficie como en mi interior.

Muchos han intentando conquistarme; y hasta aniquilarme, me atrevería a decir. Modelando mis imperfecciones a su antojo, han vivido obsesionados algunos.

Por más que desde pequeños se les enseña que solo estoy yo, que no hay recambio.

‘Cuidaremos de Ella’, cantaban algunos. Benditos tiempos inocentes…

Pocos lo hacen. Y así me estoy quedando, de un azul paliducho que a veces da lástima. Para otros, a pesar de todo, sigo siendo hermosa y única.

Yo no me he quedado calladita ante ciertos desatinos. He protestado de mil maneras. Aunque hacer entrar en erupción a los volcanes me sube la temperatura una barbaridad, y luego no hay quien me aguante con los sofocos. O con sequías, que cuando ven que se me desescama el terreno parece que reaccionan.

Tampoco he solucionado nada con maremotos, terremotos, epidemias varias… Me he llevado la peor parte. Hay quien no escuchará nunca mi latido.

A pesar de los pesares, los quiero a todos por igual. Aquí tienen su Hogar Azul.

Los que ya se fueron. Los que ahora están. Y los que un día llegarán.

15. YA LO DECÍA BILLY WILDER (Toribios)

Que “nada es perfecto” lo sé desde que vi a los diez años la película. Y lo vengo repitiendo desde entonces. Pero lo de esta mañana casi me hace dudar. Limpiaba yo un besugo cuando… Pero vayamos al principio.

A los veinte años me enamoré de Adelina. Fue en un semáforo, frente a una joyería. Eso marcó nuestra relación hasta el punto de que, desde ya, sentí la necesidad de cumplir con lo de “un diamante es para siempre”.  Empecé a ahorrar a escondidas y, por fin, en nuestro décimo aniversario pude alcanzar mi sueño. Pero tuve la desdicha de abrir el estuche en plena calle, y el preciado bien cayó por una artera alcantarilla.

No le dije nada, claro. Y ahora, diez años después, esto. O sea, el diamante en la tripa del besugo. Con cara de ídem me quedé. Solo falta el “The end” y el beso, me dirán. Pues no, porque Adelina me dejó de aquella, por manirroto.

¿Y si la busco y se lo cuento?

No me creerá.

¿O sí…?

14. Mimi, mi muñeca perfecta.

Volvíamos del aeropuerto, recogíamos a papá que regresaba de Japón.

Mi madre se adelantó para abrir la casa, yo me giré para ir al coche en busca de mi muñeca, siempre iba con ella a todos lados. No recuerdo nada más, sólo un estruendo y un dolor inmenso en la pierna. Desperté en una habitación de hospital con mi padre llorando a mi lado y un dolor en la pierna que ya no estaba.

De repente mi vida de niña cambió, tuve que asimilar mi prótesis, la falta de mi madre, el dolor de un padre muchas veces ausente y la carita de Mimi, que había perdido un ojo aquel fatídico día. No voy a decir que haya sido fácil, pero han pasado ya veinte años.

Hoy le he dicho a mi padre que vamos a cenar a un restaurante japonés que han inaugurado cerca de casa.

“¿Qué es soba, udon, ramen..?” No entendía de la carta más allá del sushi, mi cara era un poema ante esos platos de arcilla con los bordes irregulares, el restaurante no era precisamente barato…. Y entonces él, sonriendo, me explicó qué era el wabi sabi y juntos entendimos nuestras vidas.

 

13. Shunkan (Instantes)

Lluvia en la rama.

Se funde con la yema

la gota inerte.

 

Se abre la flor

y sus tiernos estambres

desprecia el fruto.

 

Brota redonda

la manzana en Aomori,

y tú tan lejos.

 

«Tú eres yo», dije.

Pasan largos los días

y olvido mi nombre.

 

Refleja el mar

el alto cielo azul:

me hundo en su seno.

 

Nos dan la muerte

los mismos dioses crueles

que nos reencarnan.

12. Je m’en fous

Siempre he escuchado elogios a lo largo de mi vida. La gente enmudecía en mi presencia, se apartaba, me expiaba. No sólo era por mi hermoso cabello blanco, brillante. O por mi cuerpo esbelto, perfectamente cincelado. Era, sobre todo, por ese cuerno dorado que coronaba mi frente. Pero ese apéndice largo y extraño condenó mi vida a una soledad exhausta y a un pertinaz hostigamiento.

Harto de tanta atención, una noche en la que la misma luna vino a perturbar mi sueño con cursis llamadas de atención más propias de adolescentes que del astro anciano que en realidad es, la emprendí a topetazos con el muro del establo en el que permanecía encerrado y, tras dos o tres pérdidas de conciencia, conseguí partir el cuerno además de deformar mi bella cabeza para siempre.

De esta manera he empezado a gustarles a todos, y ahora cultivo mi tiempo entre la introspección y el montañismo.

11. ETIQUETAS (Juan Manuel Pérez Torres)

Lo conocí en el pasillo de los probadores, había cola, me pareció guapo y entablamos conversación. Me contó que su trabajo consistía en poner etiquetas, así que cuando me llamó prenda, le dije que me pusiera una.
– Vivita y coleando, me dijo. Interpreté lo de vivita como alegre y vivaracha y entendí lo de coleando por estar allí, esperando turno…
– Aún me conoces poco, le dije, ya tendrás tiempo de ponerme alguna más acertada ¿no crees?
– Entonces tendremos que conocernos mejor, contestó…
Con el tiempo, mientras se asentaba nuestra relación, me puso muchas, y me hablaba siempre de la necesidad y la importancia de su trabajo. Gracias a eso, conocí y aprendí a valorar sensibilidades distintas, nuevas para mi.

Ahora que ha pasado tanto tiempo, pienso en aquel pasillo como símbolo del camino que nos llevara a recorrer juntos nuestras vidas.
Hoy, después de tantos años de convivencia en la salud y en la enfermedad, con todo su amor y tanta dedicación, ha besado mi frente y me ha colocado la etiqueta definitiva en el pulgar del pie derecho.

10. Apreciaciones

Llevo horas delante del espejo. Me resulta extraño verme sin ropa ni adornos. Mi cuerpo desnudo, el espejo y yo; solamente los tres, un buen número. O igual no, dicen que dos son compañía, tres multitud. Y a mí nunca me gustaron los ménage à tróis, siempre termina estorbando uno. Hoy, apuesto a que es mi cuerpo el que sobra. Si me viese Freud, hablaría de pulsiones, del yo, del narcisismo o del autoerotismo. Y suena bien: la soledad y el erotismo pasado el meridiano. Es más divertido que charlar sobre los beneficios de comer fruta a diario. Pero yo diré que, a la vejez, viruelas. Viruelas y la resaca de los años, los estragos gravitatorios, las deformaciones artríticas y el resto de alifafes que me van desdibujando. Me rediseñan a su antojo. Descodifican la fecha de caducidad en mis arrugas, mientras los recuerdos se me enredan con las canas y los poros de la piel se agrandan, tanto que por alguno se escaparan los veintiún gramos de mi alma. Aunque no será hoy, no porque todavía no he acabado de contemplar este cuerpo imperfecto, finito. Creo que hoy retiraré mi apuesta y, quizás, más tarde, el espejo.

09. Tres veces por semana (Jesús M. Valls)

Tenía tan solo dos meses de vida, pero recuerdo una sala llena de batas blancas y olor a desinfectante. Voces que recitaban mis síntomas y un futuro bastante negro, mientras yo pasaba de unos brazos a otros hasta que cierto día resbalé de unas manos accidentalmente y caí de bruces al suelo. Todos pensaron lo peor. Mi madre se acercaba cada día al hospital para probarme el último gorrito que había tejido a ganchillo para el día del entierro, pero como no me decidía a morirme, la pobre se pasó los años tejiendo infinidad de gorros. La verdad es que mi fortaleza era tal que los médicos se empeñaron en evaluar mi grado de resistencia a los traumatismos. Me arrojaban tres veces por semana desde una cierta altura y aumentaban varios centímetros en cada sesión. A pesar de todo no pudieron enviarme al otro mundo y conseguí llegar a adulto. No les guardo rencor, al fin y al cabo la gente de ciencias son así y así hay que aceptarlos, bastante tienen con no creer en milagros.

08. HABITACIÓN 326 (Modes)

Anoche mi mujer me susurró: «Haz las paces con Pilar y dile que vuelva a casa.

Está desamparada y necesita a su padre.

Y el bebé, a su abuelo».

Y yo, acariciando su pálida mano, sólo pude sonreír.

Por no llorar.

07. Buscamos hombre…

Mi madre puso un anuncio en el periódico local. Yo no quería, pero ella era tan tacaña que cuando teníamos que comprar un par de zapatos se ponía de mal humor.

Una mañana, en la sección de anuncios por palabras, lo vi. Puso las justas para que se entendiera, si eras listo:

«Buscamos hombre compartir zapatos, izquierdo, 41».

Para mi sorpresa, se entendió y al día siguiente me dijo que podíamos ir de compras. Doblé lo que me sobraba del pantalón y lo ajusté con un imperdible a la altura de mi ausente rodilla izquierda, cogí la muleta y nos fuimos a la zapatería, en el centro de la ciudad.

En la puerta nos esperaba un señor mayor, al que le faltaba la pierna derecha, apoyado en su muleta. Parecíamos un reflejo cuando nos pusimos de frente para saludarnos.

Mi madre nos azuzó para que entráramos, con la seguridad de que nos pondríamos de acuerdo enseguida. Así fue y así pasaron los años, hasta que Evaristo murió. Mi madre también había muerto tiempo atrás.

Hace meses publiqué un anuncio idéntico al suyo en el periódico, pero nadie contesta y en mi armario guardo entre lágrimas los zapatos izquierdos sin estrenar.

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