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“Pertenecer o no pertenecer, he ahí la cuestión”.
Pensaba que estaba delirando, pero no, estaba en sus cabales. Llegada la noche, había hecho de nuevo todo lo humanamente posible para ser y estar en la sociedad, con el resto de mortales, cumpliendo con sus deberes y acatando sus obligaciones. No importaba si recurría a alguna trampilla, siempre que no empañase sus modales ni alterase el producto de su conducta.
Al final de cuentas, mañana será otro día y, como está bien acostumbrado, volverá a ocupar el sitio que se merece. Eso sí, no cambiará de equipo por nada del mundo, aunque se juegue en la última jornada la permanencia en el grupo de los grandes.
Ni siquiera un «me gusta» a su penúltimo post. En el último, dirigido al señor Juez, explicaba su decisión.
Sabía que no era mío. Aun así, aprendí a quererlo. Me había cambiado la vida… No, me la había dado. Apenas sentí sus primeros latidos, supe que siempre existe una esperanza. Hoy, tras millones de latidos, es más mío que nunca. Incluso más que el día en que me hicieron el trasplante de corazón.
Nació a la vez que su madre daba los últimos balidos. Cerca de allí, la perra de la granja perdía su único cachorro en el parto. El pastor se apresuró a alimentarlo con biberones, pero los rechazaba. En su desesperación, juntó a la madre doliente con el huerfanito. Al día siguiente vio que mamaba, y los dejó juntos. Formaron una pareja inseparable: ella le enseñaba el arte de pastorear al ganado. Aprendía rápido, pero sus congéneres se lo ponían difícil. ¿Un corderito guiándolos? ¿Dónde se ha visto? No lo entendía. Si era un perro con piel de cordero.
Querida mamá:
Comprendo que estés enfadada conmigo, pero me gustaría que pensaras en mí. Tú, más que nadie, sabes que mi vida es un esfuerzo continuo. Porque me lo inculcaste desde niña: «Lucha, lucha».
¿Recuerdas cuando compartíamos la cocina? Mientras yo hacía los deberes, le quitabas las tripas al pescado. Y tus ojos reían de orgullo imaginando mi futuro. ¿O era el tuyo? Porque siempre decías: “Un día seré la madre de alguien importante”. Y eso intento: alcanzar tus deseos. En segundo de medicina y la mejor del curso.
Con muchos sacrificios, voy saliendo del gueto. De este barrio marginal donde vivimos. Hoy, en lugar de ir a la biblioteca, Paula me invitó por primera vez a estudiar en su casa. Creo que te comenté que vive en una zona con clase, como tú dices.
No quise lastimarte, pero lo volveré a hacer si sucede de nuevo. Con el brazo metido hasta el codo en el retrete, así te encontré en uno de sus baños. “Hace poco que trabaja en casa —me respondió Paula—, no recuerdo cuál es”. Yo, mamá, con aire indiferente, le había preguntado por tu nombre.
Por encima de la mascarilla, la enfermera no quitaba atención a las manos del cirujano, que ya miraba a la paciente sin esperanza alguna de seguir perteneciendo a este mundo, y no dejaba de pensar en lo bien que le irían esos ojos sin dueño a su enfermera.
Aprovechó para escapar al ver su cabeza reclinada sobre el escritorio. Después condujo durante casi ocho horas mirando de soslayo el espejo del retrovisor hasta detenerse, agotada, frente al primer hotel que encontró en la carretera. Se quedaría una noche para reponer fuerzas antes de seguir el camino que, como una hoja en blanco, se abría ante ella. Nada más meterse en la cama se quedó dormida; sin embargo las pesadillas apenas la dejaron descansar. Él conseguía adentrarse también en sus sueños. “Siempre serás mía” –repetía con su voz ronca de tabaco y absenta–. Despertó con un temor que se fue disipando con la luz del día. No todo estaba resuelto, aún podría salvarse y continuar su propia historia. Al levantarse de la cama vio un folio que alguien había introducido bajo la puerta. Un escalofrío recorrió su cuerpo antes de que el temblor de su mano lo dejara caer. Era el capítulo final escrito con su letra, con su maldita letra.
Desde que se dedica a la administración de fincas, Adoración ha resuelto muchos conflictos. No es fácil ejercer de pacificadora en ambientes viciados por una convivencia indeseada, pero con su experiencia y su pericia siempre ha logrado reconducir la situación. Sin embargo, hace ya un tiempo en que todo tiende al caos. En cada reunión hay un vecino que remueve el cotarro cuando todo parece estar calmado. Unas veces se empeña en recibir informes semanales de los gastos, otras, exige pintar espacios que a nadie importan más que a él, o se empecina en protestar por ruidos que nadie más percibe. Es siempre alguien de esos que no destacan por nada en especial: edad mediana, estatura normal, gafas discretas. Con sorpresa, ha llegado a la conclusión de que es una única persona. No sabe cómo hace para colarse en todas las comunidades. Así es que lo sigue un día al final de una reunión, le toca el hombro y se dispone a interrogarlo. Pero él se vuelve y ve en sus ojos algo que la repele, que le repugna en lo más profundo de su alma. “Tiene usted unas gafas muy elegantes”, es lo único que consigue articular.
Antes de cerrar, el encargado recorre los pasillos del almacén con una linterna. Una vez que todo queda a oscuras, comienzan los lamentos: paraguas que quieren regresar con sus dueños, llaves ansiosas por encontrar su cerradura, guantes a su pareja…Siempre cuentan las mismas historias de pérdida que ya conozco.
Con mirada de cristal observo desde el estante 4-C y, aunque llevo un bonito vestido de encaje, un lazo granate en el pelo y soy de porcelana, los demás objetos se alejan de mi hacia el otro lado del estante. Soy la muñeca que nadie reclama.
Fui la mejor compañía para aquella pequeña de ojos grandes, su amuleto, hasta que la fiebre se la llevó. Su madre me sacó en plena noche de aquella casa. Me abandonó en la calle.
Esta mañana han empezado a etiquetar los estantes con una cinta roja: liquidación de inventario, lleva escrito. Pensé que mi final había llegado, hasta que una niña saltarina entró con su madre y se detuvo embelesada frente a mi estante. Me entregó una sonrisa sin saber que ya era mía porque… volvería a buscarme.
A Leandro se le cayó el audífono en el inodoro mientras defecaba y, como le daba asco meter la mano, tiró de la cisterna y desapareció por el desagüe. «Este hombre chochea», se lamentó la directora de la residencia mientras, muy afligido, se lo contaba.
―Comprenderá usted, señora ―continuó diciendo, sentándose sobre la cama― que no me apetezca tocar la pandereta ni cantar villancicos, si no oigo nada.
Pero no, no entendía ella que no quisiera ponerse un collar de espumillón, soplar los matasuegras y pasarlo bomba tirando confeti a los otros ancianos en una fecha tan señalada.
―A la cena sí que viene, don Leandro ―dijo autoritaria, cruzándose de brazos.
Pero le explicó él, sacándose la dentadura postiza, que desde por la mañana le hacía un daño horroroso, que tenía la boca llena de llagas.
―Los canapés, langostinos y el lechazo, qué remedio, los comeré aquí en la habitación, a mi ritmo. Polvorones, mazapán y turrón, solo del blando. Y una botella de cava para pasarlo, gracias. Y ahora voy a seguir con el crucigrama, no la entretengo más.
Mientras cerraba por fuera la puerta, se sintió triste y dolida al confundir con un gemido lastimero una carcajada.
La única constante en nuestra vida es el trastorno, por eso estamos aquí: todos odiamos caer en su trampa.
Algunos temen a los gérmenes y no aguantan el contacto físico: viven lavándose las manos.
Están los que hacen mil comprobaciones y, aún así, no se quedan tranquilos.
Los que no soportan las asimetrías viven ordenando todo, y los que tienen pensamientos intrusivos hacen rumiaciones que darían envidia a las vacas.
Aquí, lejos de burlas y estereotipos, nos exponemos a lo temido:
Hay quienes aguantan, aunque sea unos segundos, un apretón de manos, o resisten el impulso de comprobar y de ordenarlo todo.
Otros se exponen al pensamiento intrusivo sin intentar cancelarlo.
Porque Todos Odiamos Caer, y porque queremos recuperar nuestra vida, aquí estamos: para no seguir en el bucle de nuestra compulsión.
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