Esta Noche Te Cuento. Concurso de relatos cortos

INCERTIDUMBRE

Un relato con menos de 200 palabras inspirado en LA INCERTIDUMBRE

ENoTiCias

Bienvenid@s a ENTC 2026 Continuamos nuestro 16º concurso en el que iremos proponiendo hasta 8 propuestas temáticas en torno a la EXISTENCIA En esta ocasión serán relatos que desarrollen el concepto de LA INCERTIDUMBRE. Y recuerda que el criterio no debe ser poner menos palabras sino no poner palabras de más. Bienvenid@
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Esta convocatoria finalizará el próximo
30 DE SEPTIEMBRE

Relatos

11. Sola en casa (Edita)

Esa tarde, la fiebre gripal me obliga a quedarme en cama. Suena el timbre. Pretendo ignorarlo, no espero a nadie. Los timbrazos insisten; aunque mareada, debo levantarme. Salgo en bata al pasillo. Silencio. Mejor así. Al regresar, oigo un golpe en el salón. Supongo que es mi marido; habrá olvidado las llaves y, como yo no he respondido, entraría por una ventana accesible. Pero dentro de la estancia, encuentro a un desconocido.

─¿Qué hace usted aquí?

─¿No es esta la casa del abogado?

─No.

─Quería sorprender a un amigo y menudo susto acabo de darle. ¡Cómo para denunciarme! Ya salgo.

Se dirige al vestíbulo. Le abro la puerta, desconcertada. Marcha en un coche rojo demasiado lento. Mientras cierro todo concienzudamente, voy asimilando lo ocurrido y empiezo a temblar. Recuerdo que un hijo de los vecinos del chalet nuevo estudió Derecho. Los llamo. Él mismo coge el teléfono. Niega tajante que ese hombre sea amigo suyo, según la descripción detallada que le facilito. La misma que podría dar hoy, media vida después: varón esbelto de unos treinta años, bien peinado y trajeado, gabardina azul marino… Lo más extraño es que tampoco logro olvidar el aroma desconocido e intenso que dejó.

10. UN BUEN CHICO (Ángel Saiz Mora)

Estaba decidido, aunque dudaba de que fuese capaz de vencer la timidez para consumar su idea temeraria. Tampoco podía predecir la reacción de ella.

Había visto antes la película de terror en secreto, para elegir la escena más escalofriante.

Los pellizcos inquietos en su brazo por parte de la muchacha, durante algunos momentos tensos del largometraje, lo animaron a seguir con la arriesgada apuesta. Todo o nada.

Ella cerró los ojos al llegar la secuencia prevista, mientras ladeaba la cabeza con la adrenalina disparada, instante que él aprovechó para unir sus labios a los suyos.

La bofetada que recibió fue tan fuerte como su audacia. El corazón fundido en negro por el fracaso le hizo marcharse avergonzado y evitar todo contacto posterior.

Sus hijos ríen con ganas cuando les cuenta que el impacto en su oído aún resuena años después. No se cansan de escuchar esa vivencia, que vuelve a relatarles cuando se lo piden, ya superado el trauma.

A ella, cuando rompe con algún impresentable a los que es propensa, monstruos que succionan su juventud, ilusión y alma, le sobreviene la certeza de haberse equivocado aquella tarde con quien tanta molestia se tomó para transmitirle sus sentimientos.

09. MEDIEVO

Como están disparando cerca y ya se me va acortando el futuro, dada mi pila de años, empiezan a asaltarme dos dudas cuando, en la calma de alguna medianoche, me siento a pensar medio en serio:

Duda 1: ¿Me pongo a llorar por el mundo que hoy ven mis ojos, o me pongo a reír porque, quizá, en no demasiado tiempo dejaré de verlo al fin?

Duda 2: ¿Cuando me vaya de este casi planetario lodazal ultra, podré comprobar, desde algún agujerito espacio-temporal, si los ignorantes y los desmemoriados seguirán dándose un tiro en el pie votando a sus enemigos para aterrizar, tan contentos, en un nuevo medievo, o despertarán a tiempo para echarlos y continuar transitando hacia un futuro de progreso e inclusión?

No creo mucho en la engañosa esperanza, aunque quienes me quieren siempre me dicen que nunca hay que perderla.

Claro que, la mayoría de ellos…Son más jóvenes que yo.

08. Entre comillas

Con suerte, un punto y seguido; a pesar de que llevo sufriendo desde hace tiempo, y entre demasiadas exclamaciones, cualquier pausa sin ti que dure más que una coma. Te escribo estas palabras para despedirme, temeroso ante los interrogantes que me depara el futuro inmediato: ¿qué será de mí? Y aun así, confío en que este paréntesis (entre nosotros) no termine siendo un punto final sino unos puntos suspensivos… Permíteme ahorrarme las explicaciones que siguen a los dos puntos —me echaría a llorar y emborronaría la tinta—.

Solo te pido que, si la vida decide reunirnos de nuevo, no me pidas que seamos solo amigos, entre comillas.

07. FUTURO INCIERTO (Juan Manuel Pérez Torres)

De la última entrevista salió especialmente contento.
—Le llamaremos para comunicarle, sea cual sea el resultado —le dijeron.
Sabía que quedaban cuatro candidatos, dos chicos y dos chicas, pero nunca se cruzó con los otros tres. Él estaba sobradamente preparado, pero imaginaba que también lo estarían sus invisibles rivales. Alea iacta est, se decía.
Tras varios días de espera, no se le iba de la cabeza el cuento de la lechera. Luego comenzó a revisar su currículum por si se había deslizado algún error involuntario en sus datos de contacto. Su teléfono estaba bien.
A la semana siguiente recibió una llamada. El número era desconocido. Esperó dos tonos antes de contestar, pero al otro lado solo encontró un silencio leve, casi respirado. Luego se cortó. Miró la pantalla: sin identificación.
Aquella noche, mientras cenaba, llegó un correo con el asunto «Proceso de selección». Lo abrió con las manos temblorosas. La bandeja tardó unos segundos en cargar y, cuando por fin apareció el mensaje, solo había una frase:
«Le llamaremos para comunicarle, sea cual sea el resultado».
Volvió a comprobar el teléfono. Seguía bien. Sin embargo, desde entonces, cuando sonaba, no se atrevía a contestar.

06. LA PREGUNTITA… (Jesús Alfonso Redondo Lavín)

Quedé epatado, sorprendido, impactado y pasmado. No sé qué participio de verbo pudo definir la mueca de mi rostro. Mis ojos quedaron fuera de órbita, las orejas respingaron patilla arriba y las cejas ascendieron a lo alto de mi frente. Separé los codos de la mesa y dejé de apoyar mi barbilla con los puños.  No lo podía creer, mi nieto, mientras movía un peón en el ajedrezado para atacarme con un gambito de dama, me había comentado:

─Abuelo, me han dicho en el colegio que tengo que decidir qué quiero ser, niño o niña.

Qué incertidumbre la mía, qué le digo yo a mi nieto ahora. Mira que si me dice…, no, no lo parece, no parece amanerado. O es que este ladino me quiere desconcertar para que pierda el hilo de la partida.

Yo ya estoy cercano a los 80 años y esa pregunta nunca me la plantearon en la escuela. En lugar de decir que “qué tiempos aquellos” me cuestiono que “qué tiempos estos”.

Finalmente fingí naturalidad y le pregunté:

─Y… tú, ¿ qué quieres ser?

─Niño, claro, me respondió.

No puedo negar cierto alivio con la respuesta, pero me dio jaque mate con los tres movimientos siguientes.

5. MARGEN DE ERROR

La espuma de la cerveza dejaba anillos perfectos en el cristal. Cada trago borraba uno y dibujaba el siguiente. Afuera llovía con esa obstinación que hace imposible saber si merece la pena esperar cinco minutos más o salir corriendo.
—¿Crees que existe el amor para toda la vida? —le pregunté.
El hombre hizo girar lentamente la pinta entre las manos. La madera del pub olía a cerveza derramada y el rumor del bar se mezclaba con el tamborileo de la lluvia sobre los cristales.
—Es posible.
Bebimos en silencio.
—¿Y que las personas cambien de verdad?
—También es posible.
La tormenta arreció.
—Entonces, ¿de qué demonios podemos estar seguros? Y no me digas otra vez aquello de que el amor no paga facturas.
Su rostro reflejó el cansancio de quien había pasado la vida persiguiendo certezas. Apuró la pinta de un largo trago.
—Cuanto más empeño ponemos en medir la vida, menos tiempo nos queda para vivirla.
Levanté la mano hacia el camarero.
—¿Otra?
Heisenberg contempló un instante el vaso vacío. Después miró la lluvia golpeando el cristal.
Sonrió.
—Nunca sabremos si era la última.

04. ÁIGOR

Estoy que no me tengo en mí. Necesito ganarme la vida y surgen dos opciones para mañana. No sé qué hacer.

Dicen que mis manazas son ideales para amasar pan. Mi tío me ha hecho un sitio en la panadería para cubrir un hueco imprevisto. Por otra parte una desconocida productora cinematográfica me ha llamado para pedirme que ponga mis ojazos en una película de rodaje inmediato.

Manos, ojos, en fin.

Trabajo estable con algo de dinero o la aventura de vete a ser qué, ¿qué hago?.

Marty Feldman decidió interpretar a Áigor en el Jovencito Frankestein de Mel Brooks.

Sus manazas no amasaron pan. Sus ojazos pasaron a la historia.

03. Agosto

No estaba siendo un vuelo tranquilo.

Tras el caos absoluto del embarque, vinieron los malos modos a la hora de alcanzar los asientos. Las pobres asistentes, agotadas y al borde del colapso, hacían lo que podían, y la gente, como de costumbre, daba por saco.

Pueden imaginar lo que costó algo tan sencillo como que todo el mundo estuviera al fin sentado con el cinturón abrochado, la bandeja levantada y los dispositivos electrónicos desconectados.

Pero esa armonía pasajera terminó bruscamente con el comienzo de las turbulencias. Los cánticos y ovaciones de los borrachos se mezclaron con el griterío de los niños y el guirigay general de broncas, quejas y advertencias.

Insoportable.

Había oído hablar del “piloto automático”, pero nunca me había encontrado con que un aparato tomara el mando de esa manera. Y, a partir de ahí, como la seda.

Un esfínter, lo hubiese llamado yo a falta de mejor opción… Desconocía su existencia. Ni siquiera imaginaba que la ciencia hubiese llegado tan lejos.

El siglo XXI será el siglo de la automatización —me dije—y, tal vez entonces, la selección natural encuentre su mayor desafío en un nuevo reino.

Cerré los ojos y suspiré disfrutando del dulce sopor.

02. SOMBRA CUÁNTICA ENAMORADIZA (Miguel Ángel Jiménez)

El 12 de agosto un eclipse solar recorrió parte de Iberia. Me levanté con la ilusión de ser testigo de esa coincidencia cósmica. Hablé con mi sombra, como otros días, tratando de resolver viejos litigios enquistados.

A la hora del eclipse nos quedamos todos sin sombras. Desparecieron. Lógico al ocultarse el foco emisor de luz. Hasta aquí todo bien. La sorpresa surgió cuando reaparecido el Sol para seguir cumpliendo su función, mi sombra no aparecía.

Meses después, sentado en una terraza en Donostia la vi aparecer con una ertzaintza llamada Amaia. Me la presentó y me dijo que era feliz con ella. Que nunca volvería a ser la sombra de un personaje como yo.

Se habían conocido a través de un tal Heisenberg, muy amante de sembrar dudas por donde quiera que pasara. Aquello me llenó de incertidumbre. Me lo confirmó una amigo que me garantizó que a mi sombra se la había visto del brazo en Sevilla con un señorito cayetano el mismo día y a la misma hora de mi encuentro en Donostia con Amaia.

Y aquí me tenéis. Indeterminado. Sin saber que hacer. Buscando una nueva sombra que me cobije. O al revés. Siempre me lío.

01 . A SALVO

Lucía lleva horas ayudando en el polideportivo montando camas de campaña y organizando una improvisada enfermería. Durante un descanso, recoge el móvil, que ha dejado cargándose, para llamar a su madre. Quiere confirmar que se ha ido con Cristóbal. Allí nadie contesta. Buena señal.
La casa de su madre estaba lejos del incendio, pero era lo más prudente. La de Lucía, en cambio, peligraba. El fuego alcanzaba ya el pinar de una ladera cercana cuando la evacuaron. Esperaba alguien uniformado, pero fueron unos civiles con esos luminiscentes chalecos de «voluntarios» quienes la ayudaron a cargar cuatro cosas en el coche y salir hacia Casares.
Ahora solo puede pensar cómo estará. Tal vez Ismael, su vecino, pueda contarle algo. Lo llama. Tampoco contesta.
Entonces, en un impulso intuitivo, marca el número fijo de su propia casa. Escucha los tonos insistentes y cuando va a cortar la comunicación descuelgan.
—¿Mamá?
Se perciben ruidos de ajetreo. El rozamiento de algo que se arrastra. De fondo hay voces que hablan con un tono de urgencia, pero no puede entenderles. El sonido del teléfono rozando la pared, suspendido de su cable.
—¿Hay alguien ahí?
Y un portazo apaga todos los ruidos con un silencio ominoso.

87. Pertenencia

En Cándida, todas, todes y todos hablamos en femenino. Las mujeres de otros pueblos nos ven como un ejemplo de transformación social. No se pierden ninguno de nuestros talleres de micromachismos, igualdad, violencia de género, conciliación o masculinidades corresponsables. Aún son pocos los hombres de otras aldeas que asisten, pero poco a poco vamos haciendo.

Después, de puertas adentro, nosotras hacemos la colada, dormimos a las crías, las despiojamos, organizamos compras, comidas, colegios, médicos, limpiamos cocinas, ollas, platos, fregamos los baños. Y, a veces, ellos cocinan. 

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