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Le arruinaron la infancia, y por ende la vida, cuando aquel pediatra anunció su mal. Que no corra, que no se fatigue, que no coja frío, señora. Así lo sentenció el galeno, fonendo al viento y gafas en la punta de la napia, con el orgullo de quien hace un descubrimiento capital. Y la madre, ay dios mío, menos mal que este sabio me ha salvado al hijo. Así estuvo un tiempo, llevando vida de planta de interior.
Pero el niño era obstinado. Parado yo… Cómo no vestir, como todos, el chándal del colegio. Cómo renunciar a ser parte del equipo. Y, erre que erre, se empeñó en desafiar mandatos y presiones. Primero fueron juegos en la calle, y luego consiguió ir a clase de gimnasia, prometiendo, eso sí, no forzarse mucho. Acabó destacando en el deporte. Hoy, mira la vitrina donde atesora los trofeos y piensa en esa vida que no fue. Una vida quizás de literato, de esos que escriben vidas de gente hiperactiva.
La pareja de mercenarios navega a bordo de una lancha. Desembarcan en la orilla. Esquivan las balas que disparan sus enemigos ocultos en la selva. Abaten a todos. Corren hasta la hacienda. Saltan la muralla, acaban con los demás guardias, también con el cacique y rescatan a los rehenes.
Ya liberados, regresan a la ciudad y reciben su recompensa. Los héroes de alquiler se retiran a dormir la siesta. De pronto suena el teléfono. Los dos, temerosos, miran el número desconocido que aparece en la pantalla.
No se atreven a reponder la llamada repentina del posible spam.
Lola lucía un moño apretado donde llevaba bien sujetas con horquillas todas las penurias que había ido sorteando en su vida. Cada cana que le salía correspondía a una nueva desgracia que ocultaba con destreza entre su pelo negro. Así ocultó que Anselmo le engañaba y cuando le decía que iba a trabajar al campo, en realidad iba a calentarle la cama a la vecina. Un puñado de canas por cada hijo que tuvo que criar sola, y fueron nada menos que siete. Sacar adelante a la familia y a la granja en solitario le añadió otras pocas más. Así fue como su pelo negro ya no pudo ocultar tanta cana y se convirtió en gris. Dicen que el invierno en que cayó el alud de nieve que sepultó la vida de nueve vecinos, entre ellos su Anselmo, fue cuando el moño de Lola se volvió blanco, pero en esta ocasión no fue por pena, fue por gratitud a la nieve que la liberó de una boca más que alimentar y un problema menos de qué ocuparse.
Cuando consigue sentarse, con el esfuerzo que le exige la edad, esboza una leve sonrisa al ver a todos junto a la mesa.
Dos hijas que han sabido labrarse un porvenir junto a sus parejas, y tres nietos tan inquietos como cariñosos son, a su edad, un legado más que generoso.
Durante la cena saborea con agrado el guiso de maafe que ha preparado su hija pequeña. El sabor le transporta a su niñez, al calor de su hogar, y le reconforta saber que su receta perdurará al menos una generación más.
A su lado se sienta, como siempre, su hija mayor. El resto de la familia conoce y respeta ese vínculo que las une, y que se forjó hace años, durante su viaje a España.
Y aunque la calma reina en su ánimo en el ocaso de su vida, a veces revive esa noche, con una hija en brazos, y la otra en ciernes, en una embarcación que hacía aguas. Entonces vuelve a estremecerse ante el abrazo gélido del agua, con el empuje de las olas, y sus ojos se inundan de lágrimas al verlo morir en la orilla, ante un país que no lo pondría fácil.
Luna de sangre.
Noche de bestias.
Le ofrezco un cigarro.
Hablamos.
He leído sus libros.
Son un bálsamo en estos tiempos convulsos.
Me da las gracias.
Aún todo puede acabar bien.
Sólo tiene que renegar de su ideología.
Me mira a los ojos.
Con coraje.
Con rabia.
«Jamás», es su respuesta.
Me despido de él.
Me acerco a mis soldados.
Les transmito una orden.
«A este pájaro dadle triple ración de alpiste.
Por poeta, rojo y maricón».
Ni en su pueblo ni en su país del sur del mundo había oportunidades para él. Como muchos otros jóvenes, se sentía expulsado. Recién cuando tuvo dinero suficiente para comprar el pasaje, les contó a los padres su decisión: quería desandar el camino de sus abuelos, volver a los orígenes.
En el aeropuerto apeló a su fortaleza para que no lo conmovieran las lágrimas de su madre. Ella lo llenó de medallitas de la Virgen y de preguntas: «¿Dónde vas a parar? ¿De qué vas a vivir? ¿Cuándo te volveremos a ver?» Se despidió con un: «No se preocupen por mí, todo va a andar bien, me voy a arreglar. Apenas pueda, vengo a verlos.»
Caminó por la manga sintiéndose dueño del mundo. La novedad de su primer vuelo hizo que las doce horas de viaje pasaran rápido. A medida que avanzaba por Barajas, lamentó no tener un teléfono o una dirección adonde ir. En la cabeza resonaban las dudas de su madre. La incertidumbre y el miedo le aflojaron las piernas. Instintivamente buscó en el bolsillo las medallas, las apretó bien fuerte y apuró el paso como si alguien estuviera esperándolo con los brazos abiertos.
«De toda la vida se ha hecho así», dice mi padre. «Nosotros, a lo nuestro». Mientras hunde la cuchara, le suelta a mi madre que nunca le salen las lentejas como las del bar. Ella aprieta el borde del mantel entre los dedos y traga saliva, pero reúne el coraje para volver a mirar afuera. Mi padre no levanta la cabeza del plato. Yo finjo comer, aunque no puedo apartar la vista de esa mano al otro lado del cristal, convulsa, desatada. Mi madre corre el visillo antes de que el grito se cuele por la ventana.
Aunque ya soy mayor, sigo sin soportar esos chillidos al clavarles el cuchillo en el gaznate. Y eso que la tía Julia es de las mejores matanceras: rápida y limpia. Después siempre llega la fiesta. Hoy, además, me dejarán participar en el atado.
Lo nuestro es un negocio familiar. Un matriarcado. Mamá se encarga del adobo. Yo la observo porque continuaré con el oficio. A la carne picada le ha añadido pimentón, sal, ajo, pimienta y vino blanco. La veo amasar con sus manos y espero ansiosa el momento de la embutidora.
De pronto, un timbrazo inesperado nos paraliza. Cualquier descuido podría delatarnos. Siento escalofríos y dudo de mi valentía. La abuela, cauta, va hacia la puerta y regresa con una desconocida. La mujer trae un brazo en cabestrillo, negrales verdosos en la cara —reveladores de su historial—y un terror inabarcable en las pupilas.
Mamá, sin preguntar quién la ha enviado, acepta el encargo. Pero yo desconfío. “Ella nos necesita” —dice la abuela— y me convence con su voz protectora. La tía Julia afila ya la hoja. No tardará en aparecer el cerdo buscando a quien cree de su propiedad.
El charco marrón entra por debajo de la puerta. Fuera, los coches se deslizan sobre una masa oscura. Detrás, un muro de barro y cañas se acerca, arrasando todo a su paso.
Entro deprisa y atranco la puerta. Veo crecer la ola antes de que reviente las ventanas. Escalo los muebles del salón, pero me alcanza.
Y comprendo que voy a morir.
El vómito, áspero y terroso, me despierta. Todo está oscuro, pero los intermitentes de la montaña de coches sobre la que me encuentro parpadean.
Entonces, recuerdo.
Recuerdo la masa marrón engulléndome, y bucear a tientas, intentando encontrar la salida. Recuerdo una mano que toma la mía con fuerza, y estira de ella hasta sacarme a la superficie. Recuerdo los bandazos, y los golpes, y la muerte respirando a mi lado.
Recuerdo cómo, a pesar de esa mano, pensé en rendirme.
Le miro a los ojos. A esos ojos que siempre estuvieron llenos de hambre atrasada, de desdicha y de miedo, pero en los que ahora brilla el coraje. El mismo con el que se enfrentó al océano. El mismo con el que me ha salvado la vida, aun a riesgo de perder la suya.
No sé si es una daga (entiendo poco de armas), pero mi abuelo la llamaba así, LA DAGA, y yo me imaginaba las mayúsculas grandes y rojas, como sangre enemiga. Nos contó, más de cien veces, que un día el arado se tropezó con algo y cuando fue a ver qué pasaba la encontró sobresaliendo de la tierra. Debía de ser de los romanos que construyeron el Acueducto, aseguraba, porque estaba oxidada. Tal cual la encontró, la colgó en el desván. Cuando murió, subí a buscarla, antes de que alguien se adelantara y desde entonces está colgada en mi dormitorio.
Ayer me llamó el de recursos humanos: quería hablar conmigo hoy (le gusta torturarme con las esperas).
Anoche limpié y afilé la daga y la guardé en una mochila, que ahora descansa sobre mis piernas. Me habla de recortes, de amortizar mi puesto, de bajo rendimiento y de necesidades de la empresa, mientras acarició la empuñadura. Cuando hace resbalar un papel sobre la madera noble de su mesa, esgrimiendo un bolígrafo de marca delante de mis ojos, la saco rápidamente y la acerco a su garganta, por mí, por mi abuelo y por el soldado romano que antaño la blandió.
abajo mira salta abajo
qué haces vuelve no mires atrás déjalo no sí déjalo
no mires ciérralos no mires calma respira no pienses calma despacio así otra respira piensa despacio cascarón sí calma bien así despacio
pero solo sí solo puedes no sí un paso uno relaja olvida solo uno respira solo instante breve salto respira solo aire instante viento paso siente aire despacio respira sí otro paso despacio solo mira abajo puedes calma
abre mira cielo mira puedes aire siente escucha viento mira sí abajo salto instante arriba cielo ahora salta salta salta abre más más mueve abajo rápido arriba extiende mueve rápido mueve sigue sube sigue rápido sigue nido sigue olvida siente viento sube mueve gira mueve sube mueve alas mueve calma mira cielo nubes sigue siente aire
sigue
sigue
eres viento
Te traje al mundo sola, mi amor, con el miedo apretándome la garganta y la rabia ardiendo por dentro. Me dijeron que venías con un camino difícil, que tu vida sería frágil, que quizá el futuro no te alcanzaría para hacerse largo. Y cuando otros se fueron, yo me quedé.
Creí que tendría que enseñarte a vivir: a caminar, a hablar, a defenderte, a encontrar tu sitio en un mundo que no siempre sabe mirar despacio. Pero fuiste tú quien me enseñó a mí.
Me enseñaste que la felicidad puede respirar bajito, que una sonrisa tuya podía abrir una ventana en mitad del invierno, que no hace falta vivir muchos años para dejar una huella inmensa.
Fuiste mi pequeño faro en una noche enorme: no iluminabas lejos, pero iluminabas todo lo que importaba.
La vida nos regaló tiempo: rutinas, mesas, abrazos, momentos sencillos que hoy sé que eran milagros.
Aprendí a quererte sin medida, sabiendo que podía perderte. Y cuando te fuiste, dejaste ausencia, pero también la belleza de haberte vivido.
Y entonces tuve que hacer frente al mayor de los corajes: el de aprender a vivir sin ti.
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