Esta Noche Te Cuento. Concurso de relatos cortos

CORAJE

Un relato con menos de 200 palabras inspirado en EL CORAJE

ENoTiCias

Bienvenid@s a ENTC 2026 Continuamos nuestro 16º concurso en el que iremos proponiendo hasta 8 propuestas temáticas en torno a la EXISTENCIA En esta ocasión serán relatos que desarrollen el concepto CORAJE en todas sus acepciones. Y recuerda que el criterio no debe ser poner menos palabras sino no poner palabras de más. Bienvenid@
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Esta convocatoria finalizará el próximo
15 de MAYO

Relatos

EL CORAJE DE PAQUITO

Yo tengo coraje. Tú tienes coraje. Él tiene coraje. Nosotros tenemos coraje..” El pequeño de doce años Paquito repite el ejercicio que la maestra de lengua les ha puesto en clase esta mañana. ¿Por qué habrá elegido la palabra “coraje”..? ¡Ah, sí! Porque vive en el San Sebastián en los ochenta, con ETA asesinando a mansalva y una sociedad muerta de miedo. Su madre le escucha repetir el ejercicio y le mira con más ternura que nunca. No quiere que su hijo se convierta en un gris, en un policía nacional. Bastante ya tiene con su marido. Pero el niño, a escondidas con su padre, está aprendiendo a tirar con pistola y es lo que más desea ser: un gris para acabar con todos ésos que amenazan su seguridad. Se lo escuchó su madre a escondidas, el otro día, cuando su retoño jugaba con los muñecos Madel Man. Y no sabe cómo disuadirle. En una de éstas, tiene miedo de perder a su marido, pero se quitaría la vida si también se quedara sin su hijo.

  • ¡Amor mío!, ¿qué entiendes tú por “coraje”?- Le pregunta un día temblorosa.
  • ¡Matar, mamá, matar al enemigo!

33. El gato negro del vecino

Cuando va a salir de casa las dudas le invaden y su corazón se desboca pero, tras unos instantes, las sesiones de terapia dan su fruto y consigue recomponerse. Sabe que la única forma de dejar atrás las supersticiones es exponerse, así que suspira, cierra la puerta y se marcha, repitiéndose que no necesita llevar ningún amuleto ni ejecutar ningún ritual.

Horas más tarde sale de la audición con el papel protagonista. Se siente tan confiado que se sube al hasta ahora prohibido autobús número trece, ahorrándose así un par de trasbordos. Cuando llega a su barrio en menos de media hora y sin el menor percance, la valentía se apodera de él y decide que hoy por fin se mirará en el espejo roto del portal.

Pero ni siquiera llegará a entrar porque el gran Zeus, cansado de sus constantes miradas de terror, le espera en el alféizar sentado junto a una pesada maceta de piedra.

32. DEPARTAMENTO DE OMISIONES

Me recibieron con una sola frase: “Ese es tu despacho”.

No supe rechazar aquel trabajo; me dijeron que era fácil, solo debía revisar los expedientes de coraje no ejercido e implementar la sanción correspondiente.

Se trataba de momentos breves, escuetas escenas; sin embargo, cada carpeta pesaba como si contuviera toda una vida.

Ojeé los primeros. Un hombre que no había defendido a otro en el metro, pena, ser ridiculizado cada día en la calle; una mujer que no se había enfadado con la infidelidad de su esposo, pena, vivir con él el resto de vida; un joven que no supo reaccionar a los insultos de su jefe, soportar por siempre los insultos de superiores, y a medida que los leía sentía que no era tan sencillo, que no sabía si iba a aguantar.  Seguí revisando hasta que llegué a uno que llevaba mi nombre y recordé cuando mi cuñado me dijo que dejara de soñar con ser músico y me pusiera a trabajar en algo serio.

Con miedo pasé la siguiente hoja para ver mi sanción: trabajar en el departamento de omisiones eternamente.

La supervisora se levantó, dio un golpe seco con un sello y dijo:

—Siguiente caso.

31. Manual de instrucciones caducado

—¿Se puede saber cómo has abierto el paquete de galletas? ¡Qué barbaridad! Y mira que te lo he repetido mil veces. ¿Para qué sirven las tijeras?

—Ya pongo el lavaplatos.

Acuérdate de que hay un espacio entre plato y plato y de que las cucharillas van en el centro.

Mira, casi mejor me voy a la ducha, que no estoy para aguantar tus manías.

No te pegues una eternidad, que la electricidad está a precio de oro, por si no te habías enterado.

Una hora después, un denso vaho se escapa por las ranuras de la puerta del cuarto de baño como una enorme olla exprés, rebosando de cólera, a punto de explotar. Ella sale, se viste y, antes de dar el portazo definitivo, se gira.

—¡Diez años de matrimonio! Pensaba que lo tuyo sería pasajero, pero, ¿sabes? ¡Estoy harta de tus malditas tijeras, de tu jodido lavavajillas y de tu prohibitiva agua caliente!

Cielo, no hace falta que te pongas histérica, que vas a despertar al chihuahua. ¿No ves que lo que te digo es para que te mejores?

—Llámame cuando actualices tu manual de instrucciones, anda.

¿Pero adónde vas, sin trabajo ni casa?

¡A vivir, por fin!

30. Si he perdido la vida, si he perdido la voz, me queda la palabra

Cierra la puerta, sin su sonrisa, y emprende el camino con las fuerzas mermadas. Sabe que puede cambiar el rumbo e intentar desvanecerse. No es opción.

Se sube a la tarima y observa un aula con demasiados pupitres vacíos. La tristeza y el temor solo son aplacados por esas miradas inocentes que le dan vigor para comenzar la clase. Tan solo minutos después entran los uniformados. Sin llamar. Groseramente.

Pensaban llevársela sin más, pero lo que leen tras ella escrito con tiza los encoleriza. Es evidente que no es una letra adulta. Cuando le preguntan quién lo ha escrito, ella mira con ternura a sus alumnos y luego confiesa que ella misma. El culatazo que hace crujir su mandíbula no obtiene otra respuesta. Se la llevan ignorando los llantos que el futuro recordará.

Cuando la suben a un camión, el rugir del motor no consigue aplacar una aguda y clara voz infantil.

Su eco provoca que todos los reunidos dirijan sus rostros hacia la escuela. La pizarra borrada con saña ha comenzado a gritar mientras se reescribe…

Libertad

29. EL ESPECIALISTA

Siete vueltas de campana, impacto contra un muro, coche incendiado: la rutina del especialista, que sale indemne de aquel infierno y, solo al cambiarse el mono, se encara con un clavo que le desgarra el bolsillo.

¡Caramba!

Al llegar a casa, en la entrada hay unas maletas y un largo silencio que debe afrontar con agallas, porque, más que un silencio orgulloso, parece una pregunta sin responder, una prueba suprema que abordar sin casco ni cinturón de seguridad.

Antes de buscar su mirada, piensa en el modo de explicarle que sería capaz de perdonarlo todo, incluso lo más íntimo, como esa aventura con la estrella de cine; que aceptaría dormir en el sofá el tiempo que hiciera falta, incluso tomar, como desde hace cuatro días, el jarabe contra los ronquidos. Todo lo haría, incluso cambiar, con tal de que no se fuera y su uniforme de trabajo quedara bien zurcido por aquellas manos.

28. Anagrama (Francisco Javier Igarreta)

Aurelio no salió excesivamente mal parado de sus travesuras infantiles. Apenas le quedaba el recuerdo de algunos chichones y restos de alguna que otra cicatriz. Eso sí, arrastraba una cojera,  producto de una de tantas caídas sufridas durante sus correrías por los accidentados andurriales de aquel poblado  perdido de la mano de Dios. La escasa atención médica y una absoluta confianza en los remedios caseros hicieron que algo en principio de relativa importancia fuera a más, hasta el punto de acarrearle cierta incapacidad. Lejos de suponerle un hándicap, Aurelio echó mano de su talante animoso y ocurrente y sacando coraje de su cojera la convirtió en su seña de identidad. Era todo un espectáculo verlo caminar con aquel ademán, un tanto forzado pero sin embargo no exento de gracia. Tal vez solamente era una manera de disimular algo que seguro que le hacía sufrir.  Pese a todo había algo que no olvidaba hacer cada día. Sabedor de la hora en que la tía Ramona salía de su partida de cartas, se acercaba cada tarde presto a empujarle la silla de ruedas por la pequeña rampa que conducía a casa. Después se retiraba ya cansado a la suya.

27. Cónclave

—Mamá, estoy embarazada.

—¡Dios del cielo! —exclamó la madre de Ana— No habría esperado esto de tu novio, hija, le tenía por un chico responsable.

—Es que no ha sido Ramón, mamá. Fue un repartidor de Amazon que no he vuelto a ver ni supe cómo se llamaba.

—Pero hija ¿cómo has podido…? Dirás a Ramón que la criatura es suya, por supuesto, ¡y os casaréis de inmediato!

—Mamá, ya sabes que Ramón es muy católico. Se ha empeñado en respetarme hasta el matrimonio. ¡No le puedo atribuir la paternidad!

 

La familia de Ana, que también era muy católica, se reunió en cónclave. La niña iría a estudiar a Inglaterra y, en el momento oportuno, abortaría. Volvería a final de curso con un diploma bajo el brazo y la barriga lisa.

 

 

Han pasado dos años. Ramón está prometido con una estudiante de último de magisterio que conoció al salir de misa. Aquel chico tan simpático que vino a entregar un paquete cuando los padres de Ana estaban fuera de casa, ahora reparte para Glovo en otra ciudad. Ana trabaja de dependienta en una céntrica zapatería de Nottingham y vive en un pequeño apartamento con su hijita Eva.

26. El nudo de Merlín

Pasábamos los veranos en un pueblo cercano a Barcelona, nos gustaba llamarlo Camelot. Antes de salir a jugar, siempre nos reuníamos en el salón de casa, en torno a una mesa redonda y carcomida por el tiempo. Allí sentados, con la merienda en una mano y el tirachinas en la otra, trazábamos el plan de la tarde. Por fortuna, el sabio Merlín, que solía ir un paso por delante, nos libró de alguna que otra catástrofe; excepto de la última, la del árbol, donde él mismo anudó la cuerda de cáñamo a la rama más alta. Desde entonces, a los caballeros nos une un juramento. Y, aunque cada vez nos cuesta más volver al jardín, nuestro mago nunca nos pierde de vista. Nosotros fingimos que jugamos mientras él nos observa, en silencio, de pie en una esquina, con la mandíbula rígida de quien custodia un secreto y los nudillos blancos, aferrado a la silla de Lancelot.

25. Pasatiempo

Buenos días, jefe. Ponme lo de siempre. Y «lo de siempre» era un café con leche del tiempo y un churro para pasar la pastilla de la tensión ¿O era la del colesterol? Después se abalanzaba sobre el periódico que descansaba en la barra para su duelo diario con el crucigrama. Acostumbraba a terminarlo antes de que sirvieran los almuerzos, pero aquella mañana, una definición le hizo sudar tinta: «Impetuosa decisión y esfuerzo del ánimo, valor». Seis letras. Acabó la jornada con aquellas casillas vacías. Al día siguiente, unos profundos surcos malva delataron su noche de insomnio dándole vueltas a la dichosa palabrita. Despreciando por vez primera la prensa del día, retomó la del anterior con idéntico resultado. Así transcurrieron las semanas y los meses, sumergido en la manoseada página amarillenta. Los que se acercaban a preguntarle por qué no abandonaba de una vez, les respondía que no imaginan el coraje que le daba dejarlo sin completar.

24. LO QUE CABE EN DOS BOLSAS

Dos bolsas blancas de plástico, de esas que se rompen si las llenas demasiado. Pienso en qué llevaría dentro; quizás la compra de un lunes cualquiera de junio que también había amanecido con olor a pólvora.

Aquel desconocido despertó esa mañana sin saber que aquel día iba a ser el único que no estaría dirigido. Se plantó en mitad de la avenida, demasiado ancha para un solo hombre, y la columna de tanques tuvo que frenar. Cuando la mole de hierro que iba en cabeza intentó sortearlo él se interpuso en su camino, y las bolsas se tensaron como si fueran a romperse. No hubo ira en sus movimientos. Solo el cansancio de quien lleva demasiado tiempo acatando lo que otros imponen y que a veces se confunde con la valentía.

Cuando lo apartaron de allí la columna siguió su camino, y él desapareció. Prefiero creer que siguió con su vida gris y que al llegar a casa alguien le preguntó por qué había tardado tanto en volver.

Desconozco si pesa más el miedo o el coraje. Sí sé que caben en dos bolsas de plástico.

23. Visillos

Estoy mirándolo desde mi sofá, las cortinas corridas, olor de verano y las golondrinas como locas de un lugar a otro, creando sombras en mi salón y dando movimiento al polvo… Esas partículas fantasma, estancas a su manera, reverberando la luz filtrada: mi compañía. Las páginas del libro dobladas, me arrepentiré luego.

Siento que la soledad se esparce y que hoy es el día. Sólo muevo los ojos unos 10 grados y enfrento ese pasillo inabarcable.

Los ruidos del parque no tienen clemencia, pero él avanza lento. Se detiene junto a la farola y alza sus ojos. Me estremezco, pero no me muevo. El cuerpo tiembla a su manera. La súplica de ese rostro es un descampado urbano.

Sigue avanzando y ya puedo respirar. La habitación pega un vuelco, las cortinas se inflaman y me rozan. Una arcada engorda dentro. Entierro la cara entre mis manos y lloro de nuevo sin lágrimas ni espasmos. El túnel del pasillo se expande más allá del universo, no hay barreras en el paso.

El libro hace un ruido sordo al caer, se desprende el marcapáginas, y yo divago con horror sobre mi capacidad de encontrarme de nuevo.

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