Esta Noche Te Cuento. Concurso de relatos cortos

PERTENENCIA

Un relato con menos de 200 palabras inspirado en LA PERTENENCIA

ENoTiCias

Bienvenid@s a ENTC 2026 Continuamos nuestro 16º concurso en el que iremos proponiendo hasta 8 propuestas temáticas en torno a la EXISTENCIA En esta ocasión serán relatos que desarrollen el concepto de LA PERTENENCIA en todas sus variantes. Y recuerda que el criterio no debe ser poner menos palabras sino no poner palabras de más. Bienvenid@
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Esta convocatoria finalizará el próximo
15 DE AGOSTO

Relatos

02. CUESTIÓN DE AMORES

El cirujano cardíaco, curtido en mil batallas, cambió rápido un corazón por otro. Al palpar el nuevo se dio cuenta de que ahí bullía algo extraordinario. Los amores que en él se apretujaban esperaban curiosos la nueva carcasa. Enseguida se dieron cuenta de que su inexplorado hogar nada tenía que ver con el anterior. Acostumbrados como estaban a hacer el bien por doquier llegaban al territorio de un cafre, un terrorífico engreído especialista en fastidiar futuros. Los entes del enamoramiento debatieron largo y tendido. Algunos pedían finalizar la historia, otros exigían ser profesionales y desarrollar la labor en este desastre al que ya pertenecían de hecho, había quien opinaba buscar un nuevo receptor. Una voz excelsamente amistosa habló clara y rotunda, “crearemos un nuevo ser bueno y sublime”. Todos asintieron.
Decidieron despertarlo.

Abrió los ojos viendo a las dos enfermeras que trajinaban con sueros y catéteres y al asqueado familiar al que tocaba acompañarlo no por gusto sino por turno de obligación. Sonrió a las mujeres susurrando gracias mientras tomaba levemente la mano al visitante reconociéndole su presencia.

Éste, absolutamente perplejo, meneó la cabeza afirmando con rotundidad “me lo han cambiado”.

01. LO NUESTRO

En Casares jamás hemos dudado de la existencia de Dios. Además de asistirle en bodas y bautizos, cuando éramos unos chavales ayudábamos a don Basilio a sacar los lagartos muertos de la iglesia durante los veranos y pintábamos los bancos para evitar que la madera, con su escandaloso crujir, interrumpiera las pocas misas posibles.
Si bebía de más y perdía la calderilla jugando a la brisca en el mesón, nuestro párroco volvía a la rectoría dando voces, blasfemando y proclamando, a voces, la vida como nuestra maldición local.
Poco ha cambiado. Yo me marché a los dieciocho, y he regresado esporádicamente por esa necesidad física por retornar. Y allí encontraba las mismas caras en la plaza. Más arrugadas, más encorvadas, pero las mismas.
Una tarde pregunté por Martina a las mujeres que poblaban la sombra de la iglesia en sus asientos de enea.
—¿Cuál de ellas? —dijo mi madre.
Entonces señalé a la anciana que cosía bajo el olmo del otro lado de la plaza.
—La vieja.
Mi madre soltó una carcajada.
—Esa es la niña.
La anciana levantó la vista, me reconoció y me saludó con la misma sonrisa pícara de cuando teníamos doce años.

94. La Última Visita

Desde pequeño, Tomás hablaba con personas que nadie más veía.
Sus padres lo llamaban imaginación.
A los seis años jugaba con piratas en el salón.
A los nueve discutía con filósofos en el parque.
A los doce recibía consejos de una anciana que aparecía sentada en el borde de su cama.
Con el tiempo aprendió a ocultarlo. Los adultos parecían incómodos cuando alguien seguía viendo lo invisible.
Creció, estudió, trabajó y olvidó aquellos encuentros.
Una noche, ya anciano, sintió que alguien se sentaba junto a él.
Levantó la vista.
Era la misma mujer que había visitado su habitación décadas atrás.
— Has tardado mucho en volver a hablarme — dijo ella.
Tomás sonrió.
— Pensé que eras producto de mi imaginación.
La anciana negó con la cabeza.
— No. Tu imaginación eras tú. Yo siempre fui real.
Entonces le tendió la mano y, por primera vez desde la infancia, Tomás decidió seguirla.

93. CUANDO BROTAN LAS HEBRAS

Al vestirme descubrí que tenía un hilo. Tiré de él y sentí un pellizco en el pecho. Entonces observé que salía de mi corazón. Lo ignoré y me fui a trabajar. Por la tarde ya tenía varios metros. Lo corté al ras. Al momento aparecieron otros tres hilos al lado.

Había quedado con una amiga en mi casa. Se lo conté. Sin darle importancia me pidió «la caja de los hilos». Encontró una aguja de ganchillo y comenzó a tejerlos con tanta suavidad que me hizo sentir una paz desconocida.

Me explicó que eran hilos de estrés, una adaptación evolutiva, cuando el cuerpo no puede más. Pueden llegar a convertirte en un árbol hilado, sin posibilidad de caminar.

Incrédula, se me escapó una risa nerviosa.

Ella también sonrió y me acarició el pelo, del que ya asomaban algunas hebras. Luego me besó en los labios con una dulzura desconocida para mí. La física y la química que ya tenía olvidadas se activaron en mi interior y continué besándola con pasión.

Al intentar separarnos, con nuestras lenguas pobladas de hebras enredadas, terminamos cayendo al suelo, con un ataque de risa.

92. Jugando en el jardín

«Te tengo». Ha sido mas fácil de lo que pensaba. Mi prisionera intenta escapar, pero la sujeto contra el suelo con una de mis garras. No quiero espachurrarla. Está asustada. Me da pena y la libero. Desaparece super rápido con una carrera desesperada. Se le ha caído la cola. La ha dejado atrás retorciéndose como un gusano con dolor de tripa. Su baile es divertido, creo que quiere jugar. Al tocarla me fijo en mi pata peluda. Me la lamo. La peino con mi lengua áspera. Me gusta, me siento genial. Levanto la mirada buscando un nuevo reto.
Veo a un niño mirándome de rodillas. Su cara… Me pongo alerta. Es muy raro… espera… ¿Qué está pasando aquí? Al reconocerlo huyo con el pelo erizado. Me alejo unos cuantos metros y me paro para volver a mirarle. Ahí está. No se ha movido.  Sigue… digo, sigo observándome.
Un escalofrío me cierra los ojos. Los abro y veo a mi gato. Me mira extrañado, igual que lo miro yo. Él se va a saltos como si hubiera visto un fantasma, yo me levanto, sacudo mis rodillas y entro corriendo en casa.

91. En un mundo nuevo o entre fantasmas

Los lereles campan a sus anchas en Silosenovengo. Llegaron con sus carros blindados, sus fusiles de asalto, sus bombas de racimo, sus botas de sietesuelas, destrozándolo todo, pim, pam, pum: un edificio demolido, una carretera hecha fosfatina, un parque devastado. Los sinsinsín, que vivían allí desde hace tiempo, saltan por los aires: diez, veinte, treinta; niños, mujeres, viejos; algunos perros y muchas cabras, y las arañas que, arrancadas de sus rincones, patalean entre las ruinas. Los lereles husmean entre los escombros, desentierran tesoros ajenos, aniquilan a los sinsinsín que aún respiran, incendian los muebles que han resistido a la debacle. Muchos sinsinsín escapan hacia el sur, arrastran su hambre y su miseria, se hacinan en una franja de tierra yerma y desabrida. Elgranimaginador se mesa su cabellera naranja satisfecho, apaga la pantalla y se dirige a la maqueta.

—¿Has visto, Jhony? Resort, campos de golf, parques de atracciones y temáticos, restaurantes, clubs nocturnos, playas paradisiacas. ¡Es el sueño americano, Jhony!

Jhon comprueba sus ataduras, balbucea amordazado.

—♫Diréis que soy un soñador, Jhony… quizá algún día os unáis a mí y el mundo sea uno solo♫.

El gran imaginador canturrea, le arranca sus gafas redonditas y las pisa sin piedad.

90. El escondite

Hago memoria mientras el carcelero y el oficial aguardan mi confesión. Les cuento que aquel desconocido me describió con todo detalle cómo el sol iluminaba el edificio de un amarillo intenso al atardecer. Los dos asienten, impacientes. Las terrazas de la fachada, me dijo, eran alargadas; de esas de tendedero o de paseo de ida y vuelta. No me detalló cuántas alturas tenía, pero me lo imagino con siete.  

—¡Tiene siete alturas! —grito. Y es verdad. Afuera nieva y ellos insisten. 

—Dinos dónde se esconden esas ratas que tú llamas «camaradas» y no te pasará nada —susurra el oficial. 

Un escalofrío recorre mi espalda siempre que cruzo el muro que nos separa del exterior. Pero no les cuento nada de eso. Tampoco menciono aquella cafetería en la que un hombre cualquiera me habló del edificio en el que creció. Por suerte, frente a nosotros, una mujer sale a una terraza del tercer piso y se apoya en la barandilla. Se la señalo. Esta luz realza sus facciones. Los dos se quedan embobados y la observan desde la acera.  

—Se llama Marianna —les digo y, mientras el sol se pone, le quito las llaves al carcelero. 

89. EVITAR CASTIGOS

Un balonazo redujo a pedazos el jarrón favorito de su madre. Al verla entrar furiosa, Leo, de siete años, activó su imaginación: —¡Mamá, nos salvé! Un duende del polvo gigante atacó el sofá, le lancé mi esfera de energía y el jarrón se sacrificó. Ella sonrió ante la película de ciencia ficción y limpiaron juntos.

Al día siguiente, llegó tarde al colegio. Su maestra lo esperó muy seria en la puerta. Leo argumentó: —Profesora, unos astronautas invisibles aterrizaron en mi tejado; aspiraron los relojes y les ayudé a recoger los minutos con una red de mariposas. La maestra sorprendida contuvo la risa: —Pasa, astronauta, antes de que el tiempo escape.

Por la noche llegó el brócoli. Leo tomó el tenedor y anunció: —Este bosque de árboles alienígenas planea invadir mi estómago. Como guardián de la Tierra, debo eliminarlos. Ante la risa cómplice de sus padres, Leo fue lanzando los árboles al cubo de la basura. Su padre, asombrado por el ingenio, puso la pizza preferida de Leo en el horno.

88. Love me tender

 

 

Estaba muy cerca, casi podía tocarle. Aún abotargado y crepuscular seguía siendo el rey. En su mirada vi el desamparo de los juguetes rotos. Tenía manchas de nicotina en sus dedos gordezuelos llenos de anillos. Había cambiado sus clásicos mocasines blancos por unas ajadas deportivas. A su alrededor el aire tenía una densidad nueva, un tabique invisible que aseguraba su inaccesibilidad. Con los primeros acordes empezamos a movernos, como si una fuerza desconocida nos empujara en la dirección que él quería. Su voz tenía la cadencia hipnótica de los cantos de los esclavos. Unas paradas después dio por terminada la audiencia. Nos bendijo como un papa con chorreras y pantalones de campana y supimos que no volveríamos a verlo.

Me acerqué y me dio un beso tenue que sabía a malvaviscos y Pepsi Cola.

Gracias Elvis – le dije. Me miró confundido. Me dijo que se llamaba Washington, tocaba en el metro para sacar plata para su madre enferma allá en Cuzco. Entonces entendí. El acoso de la prensa y las fans, las giras interminables. Le hice un gesto de complicidad llevándome un dedo a los labios. Conmigo su secreto estaba a salvo.

87. Abuelita… ¡Qué imaginación tan fantástica tienes!

Cada noche, la abuela abría un grueso libro de tapas gastadas cuyas páginas, escritas a mano, escondían historias fantásticas. Los nietos, ya acostados, aguardaban expectantes. Ella deslizaba los dedos por el papel como si siguiera las palabras y decía:

—Había una vez…

Y las historias fluían: reyes bondadosos, lobos feroces, niñas valientes y pueblos escondidos que guardaban secretos. Cada noche era distinta, aunque el libro fuera siempre el mismo, y cada noche los niños se dormían plácidos en mundos oníricos.

Crecieron escuchando aquellos cuentos hasta que, con el tiempo, repararon en un detalle: la abuela no leía; quizá nunca lo había hecho. Le preguntaron a su madre y ella les confirmó la verdad: la abuela no sabía leer. Aquello los desconcertó, pues no entendían por qué tomaba el libro si podía contar las historias sin él.

Entonces, la madre les reveló un secreto: todos esos relatos se los había contado la abuela. Por eso, en cuanto aprendió a escribir, decidió plasmarlos en un cuaderno en blanco, convirtiéndolo en un diario fantástico.

La abuela, orgullosa de su hija, seguía sosteniendo aquel libro cada noche para «leer» sus maravillosos cuentos. Era un puente perfecto entre lo escrito, lo contado y lo soñado.

86. El Melampiro

Hoy, que la lluvia ha dejado huérfanas de perlas a todas las flores del barrio, sube una neblina nauseabunda del asfalto y se enreda en  los huesos bajo el calor de un junio implacable que pone a prueba la vida desdibujando las sombras. La mía tiembla solitaria al notar que repta entre la gente como una espina de pescado dispuesta a clavarse si la hacen retroceder  y se acerca de perfil, con su babeo rojizo y la máscara melosa que disimula su tacto áspero .Sus colmillos oxidados hacen presa en mi corazón. Cierro los ojos y percibo cómo succiona mi energía,  languidecen mis brazos y fallan mis piernas mientras todo se vuelve gris.

En silencio, aferro tu mano, aunque tú no lo sepas, para dominar el miedo. Recito tu nombre como un mantra mágico y te  vislumbro a mi lado. Respiro profundo, cuento hasta ocho, vuelvo a mirar: has pintado el cielo de azul y perfumado el aire con rosas amarillas. Me rodea la luz y siento fluir la sangre dulcemente por mis venas. Sonrío al evocar tu  guiño cómplice, el calor de tu abrazo.

El parásito pegajoso ha huido.  El mundo gira de nuevo porque tú estás en él.

85. Lo que fuimos

La primera vez que aparecieron los ángeles en una de sus redacciones fue después de la muerte de su madre. Escribió que echó a correr hacia el bosque con el cuello del vestido empapado en lágrimas, desoyendo los gritos de su padre. Al caer derrotada junto al río los vio beber de sus aguas, antes de perderse entre las nubes. Estaba segura de que no era una casualidad. Volverían por ella algún día.

Hubo alguna mueca burlona, pero la mayoría nos contuvimos.

Siguió introduciendo a esos seres en todos sus textos y los mohínes pasaron a risas antes de ser carcajadas. La maestra hacía lo que podía por contenernos.

Siempre andaba sola por el patio. Raro era el día que alguien no pasara por su lado agitando los brazos como alas. Todos la llamábamos Angelines, aunque su nombre puede que fuera Carmen.

“Creo, por fin, haberles comprendido. Esperan un gesto mío, no la pasividad de una incrédula. Así que me arrimaré al borde de la peña de la ermita y saltaré para que ellos me recojan al vuelo”.

Doña Luisa terminó de leer. Todos mirábamos su asiento vacío.

 

 

 

 

 

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