Esta Noche Te Cuento. Concurso de relatos cortos

SILENCIOS Y ANÓNIMOS

Un relato con menos de 200 palabras inspirado en cualquiera de los dos temas que te proponemos

ENoTiCias

Bienvenid@s a ENTC 2022 Puedes elegir: enviarnos un relato donde encontremos SILENCIOS o ANÓNIMOS. Y recuerda que el criterio no debe ser poner menos palabras sino no poner palabras de más. Bienvenid@
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Esta convocatoria finalizará el próximo
31 DE DICIEMBRE

Relatos

17. El sonotone

Pasé de mala madre a vieja cascarrabias sin darme cuenta. De mis dos hijas una me ignora y la otra me atosiga. A veces pienso que fuimos una de esas familias que llaman «disfuncionales» (me gusta la palabra, aunque familia de mierda sea lo primero que me viene a la cabeza). De ahí lo dicho anteriormente.

La atosigadora sube a verme dos veces al día; dos visitas cortas para comprobar que me tomo las pastillas y que la asistenta cumple con las tareas que ella misma le va asignando. Luego, unas regañinas cuyos pretextos solo puedo suponer. Nada más entrar ella, apago el sonotone y me limito a mover la cabeza en señal de aprobación a todo lo que me dice. Es la mejor manera de que no terminemos discutiendo. Un sistema que nos va bien a las dos.

Sin embargo, cuando me visita la otra (tres veces al año) procuro tener las pilas del sonotone bien cargadas, me arreglo y preparo una buena merienda. Después de los besos de rigor (casi mortis) pasamos a la salita, pero entre bocado y bocado de mantecado solo me llega el chisporroteante silencio de su incomodidad, rencor e impaciencia.

16. LOS SILENCIOSOS SON LOS PEORES

Nos quedamos callados, ella con su natural discreción, yo con asombro, pues era la primera vez, y el resto de asistentes con frialdad disimulada, como correspondía al momento y al lugar. Por fortuna para todos, solamente fue un ruidito, como el que hacen los sillones de cuero cuando uno se sienta de golpe, y menos mal, porque cuando no se escuchan, suelen ser más molestos para la concurrencia, aunque también se pueden disimular mejor, pues se desconoce al responsable. Me creí en la obligación de salir en su defensa, pero ella, sin hacer el menor ademán, me disuadió de echarle más leña al fuego, pues adivinó en mi mirada la intención de sacar un mechero y dar un espectáculo aún más bochornoso. Asumió tácitamente la autoría del episodio con esa naturalidad que le era propia y que la hacía única, y así, tras el incómodo inciso, la ceremonia podía proseguir.
—Yo os declaro marido y mujer, concluyó el oficiante, algo sofocado, todo hay que decirlo.

15 Hola, me llamo Soledad

El martes se ha convertido en el mejor día de la semana, hay reunión. Empieza siempre a las seis, aunque yo a las dos ya estoy nerviosa. Muy nerviosa. Tanto que en la comida no pruebo bocado, una tila azucarada como mucho. En otros tiempos, me hubiera bebido un copazo para templar los nervios, o acelerarlos según se mire. Pero ahora no hago esas cosas, hace meses que no pruebo el alcohol. Claro que eso no lo cuento, no quiero que me echen de la asociación. Es el único sitio donde me llaman por mi nombre y no responden con silencio incómodo al contar mi historia.

14 Y grita el silencio (Marta Navarro)

Escuchad. Escuchad el lamento del viento, su triste canción entre las ruinas. Prestad atención, ¿no lo oís…? Sí, escuchad… Escuchad sobre la brisa los chapoteos de los niños en el río, sus travesuras, sus juegos, sus carreras tras una pelota vieja y magullada. Escuchad cómo caen los pequeños entre risas y se arañan las rodillas, cómo trepan a los árboles y a los ruiseñores persiguen y espantan con malicia de sus nidos. Escuchad… Es el sonido bullicioso de la despreocupación y la alegría. ¿Verdad que lo oís? Un eco lejano, un latido de infancia olvidado, aroma a lumbre, sabor a chocolate, a pan con mantequilla, a nueces y castañas… Es la melancolía y la ternura que a las callejuelas de este pueblo, hace tanto a su suerte abandonado, devuelve el viento con lealtad inquebrantable. Voces suaves y mimosas, rescoldos de un tiempo antiguo y feliz un mal día tragado por la bruma, zarpazos repentinos de dulzura y pena insoportables, recuerdos, ausencias, nostalgias, mordiscos de soledad… Cenizas de inocencia perdida, entre callejones desiertos, sin ruido y sin alma, por el viento esparcidas. Por ellas grita el silencio. Por ellas llora el olvido.

13. Dos ramitos (Jerónimo Hernández de Castro)

La chica de la guitarra me ha descubierto. Con frecuencia pasa cerca de la floristería camino del local donde ensaya. Era cuestión de tiempo. Me gusta comprar las flores aquí y elegirlas personalmente.

La primera vez, ella estaba parada frente al escaparate y me vio salir con los ramos. Entonces no podía saber lo de mi amante, y mucho menos percatarse de este sentimiento de culpabilidad que me obliga a enviar a mi mujer un ramillete igual, siempre de violetas.

Mi esposa debió sorprenderse mucho por recibir aquellas flores anónimas y aún me oculta todas las que ha recibido después. Ahora parece más feliz, aunque siga quejándose de mi falta de ternura. Desde el primer envío, no me atreví a adjuntar la tarjeta con los besos apasionados, la que nunca falta en el otro ramo, destinado a quien me vuelve loco desde hace ya más de tres años.

Creo que en mi casa nadie sospechará cuando escuchen la canción que acabo de oír en la radio. No cabe duda de que la chica de la guitarra se ha inspirado en mí y en mis ramos de violetas. Es mejor para todos que solo hable de uno de ellos.

12. En mis sueños

No me conoces, pero habrás leído cartas mías. O quizás tengas a alguien que te las lea, estarás tan ocupada… Espero que no te tomes a mal cada escrito que recibas, todos sin fecha, sin nombre… No soy ni un acosador ni nadie peligroso. Sé que jamás podré acercarme a ti, porque hay muchas barreras que lo impiden. Mis intenciones, ya digo, son honestas.

En mis sueños junto a ti soy alguien especial. Amable, cariñoso, educado, inteligente, culto, atrevido…, del que te enamorarías al instante.

En la realidad no soy nada del otro mundo. Más bien diría que tú eres de otro mundo; uno inalcanzable, brillante y lleno de estrellas.

Yo, simplemente, soy un ser gris y anónimo de los muchos que habitan este mundo. Que, a veces, se sienta en un mullido sillón, delante de una enorme pantalla blanca, de un multicine sin nombre, de una ciudad que no conoces y a la que posiblemente nunca vendrás. Y que, en reverente silencio, te adora en cada plano, haciendo que la vida sea algo menos gris.

11. Remake (Francisco Javier Igarreta)

Había dormido mal, apenas un duermevela poblado de fantasmas. Últimamente, las constantes llamadas telefónicas le sacaban de quicio. Sobre todo cuando colgaban sin contestar. O permanecían a la escucha, respirando al acecho.

Aquel lunes cogió por los pelos un metro atestado de gente. Pese a las apreturas pudo acomodarse al fondo del vagón. Enseguida reparó en una chica con gafas de carey que, asomando entre las cabezas, le miraba con una sonrisa burlona. Se esfumó mientras él contestaba un inoportuno wasap. Al mediodía, volvió a casa malhumorado. Torció el gesto ante una primorosa labor de papiroflexia que halló en el buzón. Cualquier cosa le infundía sospechas y el “regalo” podía encerrar un mensaje sibilino.

No podía sospechar que aquella mariposa blanca daría alas a su imaginación, retrotrayéndole al momento preciso en que perdió de vista a la chica del tren. Aupado en un presentimiento, se apeó tras ella y siguió sus pasos a una distancia prudencial. La justa para comprobar que el rumbo rimaba con su sospecha. Incomprensiblemente, la perdió de nuevo, cerca de casa.

Cariacontecido y confuso, se sentó en el portal mirando fijamente al buzón. Por si le servía de consuelo, salió volando una mariposa.

10 GUERRA (Paloma Casado)

Solo sus pisadas rompían el silencio inmaculado del bosque. Había logrado escapar con vida de la última refriega y ahora buscaba cualquier refugio donde guarecerse. Por fin encontró una cabaña semicubierta por la nieve. Seguramente estaría vacía, ya que ninguna nube de humo escapaba por su chimenea. Le sorprendió que la puerta estuviera abierta y al traspasarla, el desorden de las sillas caídas en contraste con la pulcritud de la alacena. Al entrar en la habitación, las vio: eran una mujer de mediana edad y una chica muy joven, presumiblemente madre e hija. Tenían los ojos abiertos y un gesto de terror en el rostro que el frío de la estancia había conservado. También manchas de color granate en los vestidos y riachuelos de sangre secos entre sus piernas. Contuvo una náusea para cerrarles los ojos e incapaz de mantenerse en pie, se sentó a su lado. El agotamiento hizo que se quedara dormido y soñó con ese hogar en un tiempo sin guerra. Ellas le recibían con la calidez de sus voces y un guiso que burbujeaba en el fuego encendido. Despertó tiritando con un vacío negro en las entrañas. Ni siquiera le quedaban lágrimas para llorarlas.

 

 

09 Pato mojado, beso húmedo

Recuerdo la noche en que llegó al apartamento: fuera llovía a cántaros y ella se presentó ante mí como un pato mojado, el agua bañaba su rostro sensual, ensopaba sus cabellos y chorreaba sobre la blusa empapada, pegada a sus senos sin sostén. Nos miramos en silencio, ella sabía qué podía esperar de mí y fue quitándose las prendas una a una y yo imitándola hasta llegar al desnudo total. Ese fue el inicio de una historia de encuentros y desencuentros en la que cada cual jugaba su rol: ella me estaba utilizando y yo… lo aceptaba.

Tiempo después apareció él, era joven, atractivo y en su mirada descubrí su secreto. No lo juzgué.

Pasaron los días y, como siempre abierto a lo nuevo, me adapté a todo, incluso a que ellos tuvieran sexo delante de mí. La primera vez que ella salió dejándonos solos, él no tardó en confirmar lo que yo había descubierto el primer día: se acercó a mí e hizo lo que había hecho ella la noche del pato mojado, aunque, a diferencia de la chica, él me besó; fue un beso prolongado, caliente y húmedo que traspasó el cristal y, en silencio, templó mi azogue.

8. Amenaza cercana. (Fernando Garcia del Carrizo)

La carta no dejaba lugar a dudas. Con tono desafiante y con letras recortadas de una revista me daba un ultimátum de veinticuatro horas antes de perpetrar lo que consideraba un acto de justicia. Acabaría conmigo de una forma rápida, aunque estaba tentado de cambiar el método para que pudiera sentir de lleno el dolor y el sufrimiento similar al que yo le había hecho pasar toda su vida. Esta frase, y el hecho que no quisiera que reconociera su caligrafía me hizo pensar que era alguien próximo, posiblemente alguno de mis empleados. Repasé mentalmente algún incidente reciente que hubiera ocurrido en la fábrica, pero no recordaba nada fuera de lo común. No había habido ningún despido en los últimos meses. Esa noche no pude dormir nada y al día siguiente fui al trabajo inquieto y con miedo. Me encerré en el despacho, pero fui incapaz de concentrarme y solo miraba a la puerta. En el momento señalado, mi secretaria entró asustada al oír un disparo, encontrando mi cabeza ensangrentada sobre el escritorio y la pistola en mi mano derecha.

07. Silencio ergo ruido/Ruido ergo silencio

Me encanta oir los gritos de los niños jugando al fútbol  bajo mi ventana, el ir y venir de gente en la cafetería de enfrente, los perros ladrando en el parque, eso que te obliga a subir el volumen de la tele, eso que suena a vida.

Ayer mismo en esa dialéctica que nos mantiene siempre alerta, yo defendía que el ruido significaba vida, que en el cementerio sólo había muerte y silencio y él, que todo hay que decir, siempre ha soñado con pasar unos días en un monasterio, me rebatía: ¿Y en la guerra? Hay mucho ruido y mucha muerte.  Y mucha “vida”, le respondía yo, pugnando por sobrevivir.

Acabo de subir. Él está en absoluto silencio concentrado en la lectura de un libro y yo lo desconcentro, enciendo la tele y empiezo a hablar;  cierra el libro, me escucha. Ea, pues otra tarde más en la que nos envolvemos en un rifirrafe apasionado de opiniones diferentes.

Hace un rato  frente a una página en blanco pensaba que mis neuronas se habían ido de resort pero con un poco de realidad y otro tanto de silencio he conseguido dar vida a un pequeño texto lleno de ruido.

06. UN CÍRCULO DE SILLAS (Jesús Alfonso Redondo Lavín)

Era la primera vez que me encontraba en medio del pabellón de baloncesto.  Los otros siete estaban ensimismados, envueltos en una atmósfera de silencio solo roto por el roce de las sillas, dispuestas en círculo, contra el parqué, en las que esperábamos sentados. Se palpaba la desgana. Me peguntaba si estuvieran cumpliendo una obligación como parte de una condena judicial; tal era mi caso.

El que tenía enfrente disimulaba con un pañuelo al cuello una cicatriz; ¿el roce de una cuerda?, pensé. Una chica joven, a mi derecha, escondía sus muñecas estirando las mangas del jersey. A mi izquierda uno extremadamente delgado, de edad indefinida y sucia melena, balanceaba su cuerpo de atrás a adelante apretando con sus puños las fosas de sus codos tatuados. Los demás miraban hacia un horizonte perdido tras las ventanas por encima de las gradas vacías.

Llegó la sicóloga de gafas grandes y melena corta con un block de notas. Todos hablaron. Ella con ganas de terminar, escuchaba y apuntaba.

Llegó mi turno.

Miré al techo, tratando de ausentarme de aquella rueda de rostros anónimos que clavaban sus miradas en mí.

Invadido por la vergüenza vacilé antes de hablar:

Soy… Luis, y soy… ludópata, balbucí.

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