Esta Noche Te Cuento. Concurso de relatos cortos

2019 ENTCOLORES

Un relato con menos de 200 palabras inspirado en el color BLANCO

ENoTiCias

Bienvenid@s a ENTC. Este mes te ofrecemos nuestro concurso habitual y la posibilidad extra de participar en el ENTCerrado... Dos "paginas en blanco" a tu disposición...
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Esta convocatoria finalizará el próximo
5 de junio

Relatos

IMBÉCILES

La luz cambia del rojo al verde y los transeúntes se apresuran a pisar las líneas blancas del cruce de peatones, gentes que caminan y van en ambas direcciones de la calle. Entre todos ellos, un hombre y una mujer intercambian miradas. Al sobrepasarla él voltea para descubrir que ella también ha girado la cabeza, sus ojos vuelven a encontrarse. El cree conocer el motivo del interés de la fémina: sus pantalones a la moda, ajustados, le marcan el paquete. Se equivoca, no se entera que ella ha volteado porque lo encuentra ridículo y, entre todos los machos que pasan por su lado, él ha provocado que piense en el marido del que se está divorciando quien, por joder, se la está poniendo difícil y hace poco han discutido. Decididos ambos a dar la pelea, por la custodia del perro.

81. El Sanatorio

Antes de abandonarse al llanto, había contemplado aquella risa violeta muy por debajo de sus aplastados labios tras la máscara de su pálida tez. Sabía, sin reconocerlo, que ya no le pertenecía, que su eco se iba desmoldando en cada recaída. Corrió hacia su cuarto y se tiró sobre la cama aún deshecha por el aliento de la pesadilla recién abandonada; después se dio la vuelta arrastrando la sábana que un día vistió de blanco y quedó mirando al techo, recorriendo las paredes con pausa hasta detenerse en uno de los puntos donde confluían las aristas del cubículo y, de pronto, esas tres líneas le parecieron la vida misma, fluyendo hacia un único término, discurriendo por diferentes cauces hacia el siempre inevitable vértice.

Con el pensamiento del que no cree que el último viento del invierno se lleve todos los restos esparcidos de su cadáver, escuchaba el sonido repetido de la voz tuberculosa, silenciándose de a pocos, como el taconeo de unos pasos familiares distanciándose calle abajo, durante la noche insomne.

80. Vestido a la deriva (Blanca Oteiza)

Los pies descalzos acarician la arena que duerme bajo el calor de principios de julio. Bonito mes para casarse y vestir de blanco, como quería su madre. Las olas salpican el vestido que termina mojado por completo. Y ella, sintiéndose sirena, ríe y nada desnuda mientras el vestido desaparece con las olas más allá del recuerdo.
En la iglesia los invitados estupefactos van saliendo de vuelta a sus casas. Los padres de la novia no se explican nada y llora la madre la vergüenza de su hija. El banquete quedará servido en una mesa sin comensales y la música sonará sin nadie que baile. El novio mira al infinito sin distinguir la luz blanca que se apaga, de un amor que se ha ido.

79. Noches blancas

Entras lentamente en la cama, tiritando, como si te estuvieses metiendo en una bañera de icebergs. Te arrebujas bajo las mantas, te frotas los dedos, abrazas a Lichi, el conejo de felpa al que le falta un ojo, espiras nubes de aliento blanco. Hoy tampoco ha habido beso de buenas noches. Imaginas a mamá recorriendo las calles nevadas con sus tacones puntiagudos, los labios tan rojos, la falda minúscula bajo el abrigo de pieles. Te consuela saber de sus poderes mágicos para soportar el frío, a ti los dientes te castañetean como una taladradora. Y aunque no entiendes por qué se viste así para cazar ladrones y malhechores, rezas para que esta noche logre atrapar a muchos y te despierte por la mañana con el brasero encendido y un tazón de chocolate ardiendo.

78. La vida en blanco

Endulcemos el horror del mundo con un poco de azúcar, pensemos en la inmaculada belleza del blanco y no en la fealdad recalcitrante de los colores. Dejemos que la inocencia nos conduzca como si fuéramos niños caminando por impolutas y blanquísimas playas. Convirtamos las sombrías mentiras en luminosas verdades, aquellas que deslumbran el entendimiento y desafían la razón. Movámonos, dejemos la apatía y adelantémonos al proscenio de nuestras sosas vidas. Imaginemos por un momento que nos curamos de una vieja dolencia y de pronto florecemos con una renovada inocencia. ¿Seriamos capaces de despojarnos de la hostilidad del hombre? ¿Llenaríamos de altares y danzas este soterrado planeta? ¿Bailaríamos de nuevo con túnicas de inmaculada pureza? Seamos atrevidos y atrapemos blancas y luminosas estrellas, solo aquellas que navegan entre nubes, como si fueran azahares de novia. Dejemos de pensar en oscuras ceremonias, ¿o no están cansados de arrastrarse gozosamente en la inmundicia? ¿No les gustaría volar entre una cristalina bandada de aves blancas? Cerremos los ojos, pues la belleza permanece dentro de nosotros, afuera y adentro, y dejémonos llevar por esos cisnes, aquellos que viajan lento, para que puedan paladear pequeños sorbos de eternidad.

77. El concierto (Pablo Núñez)

Vivimos en un pueblo de casitas blancas alejado de la mano de Dios. Él mismo vino a disculparse por tal circunstancia. También nos aclaró que no contáramos con que el apocalipsis llegara hasta aquí. Desviar a miles de ángeles de su ruta subía enormemente el presupuesto y, por unos pocos habitantes, no le merecía la pena. Cuando asimiló el agravio, el padre Francisco cambió su nombre y decidió transformar la parroquia en una sala de conciertos como venganza contra su jefe por habernos dejado sin juicio final. Mientras intentaba contactar con su grupo favorito, la acondicionó para usarla de discoteca. De esa forma conocimos el doble blanco de los Beatles. Además de los temas, nos entusiasmó ver que la portada estaba inspirada en nuestras fachadas encaladas. Nos pusimos en contacto con la discográfica para reclamar los derechos de imagen y, tras calcular el porcentaje que nos correspondía, nos pagaron un dineral. Fue entonces cuando volvió Dios con cara circunspecta a decirnos que, tras pensarlo detenidamente, por un módico precio tendríamos el apocalipsis con todo su esplendor. El padre Richards declinó su ofrecimiento. Ahora tenía simpatía por el diablo y, al fin, había contratado un espectáculo insuperable con sus satánicas majestades.

76. El abuelo canguro (Rosy Val)

De vuelta a casa despotrica como un descosido. Toñín apenas le entiende. No sabe de besos ni por qué a su abuela jamás le dio uno en público. Tampoco, de la poca vergüenza que tenían esos dos hombres y por qué antes no se veían esas cosas. No entiende de valores y por qué ya no los hay. ¡A él le gusta dibujar! Por eso aguarda, con las pinturas, las hojas en blanco y la merienda, a que su abuelo se atrinchere en su sillón frente al televisor —ayer eligió Machete, hoy verá El Padrino—, con un cigarrillo y una copa de vino blanco. 

Ciento setenta y cinco minutos después, finaliza la venganza de la familia Corleone. El bocadillo ha desaparecido; la copa se vacía por tercera vez; el cenicero está lleno; el rojo acapara el folio y el timbre entra en escena. Toñín abre a su madre que viene a recogerlo y sin esperar a que su abuelo le dedique las mismas palabras de siempre… «¡Qué bueno eres jodío!», deposita en el cajón, sobre un hombre con metralleta; unas cuantas katanas; dos toros con banderillas; un guante con cuchillas y diferentes pistolas… la cabeza ensangrentada de un caballo.

75. USANDO LAS PALABRAS SUBRAYADAS (O SUS VARIANTES) CONTINÚE LA SIGUIENTE HISTORIA:

Recuerdo a mamá pintándome caballos blancos con alas. Para huir volando, decía. Ella era la única capaz de enfrentarse a toda la calle sin que le temblara el pulso para apartarme del camino equivocado y de las malas compañías. Mi madre era una luz blanca, buena y pura que, sin saber lucha libre, podía matar todos mis miedos de un solo golpe.

 

No recuerdo cuándo mamá tuvo que huir de mí ni en qué momento nos apartamos.  Quizás cuando empecé a  volar por encima de los miedos a los que no era capaz de enfrentarme. Ojalá mi madre pudiera hacerme libre ahora que la luz me encuentra siempre en el mal camino, sin compañía, sin blanca, equivocado, en la calle, matándome, de golpe en golpe, sin pulso, luchando por la más buena, temblando por la más pura. Ojalá mi madre pudiera pintarme alas blancas sin caballo.

74. Mar de fondo.

Aprovechaba vuestras ausencias para pescar en el lago, junto a la casa. Después me tumbaba sobre la madera del pequeño embarcadero, con la mente en blanco, hasta que el sonido del todoterreno me hacía volver a la realidad. Me escabullía entre los árboles hasta mi cabaña y desde allí os observaba a través de los prismáticos, imaginando que era como vosotros: «Salíamos a navegar y os sorprendía con mi destreza en el manejo del velero. Mentía inventando un padre patrón de barco y ocultando una realidad de maltratos y abandono».

Al caer la noche, permanecía espiando hasta que se apagaban las luces de la casa. Luego me metía en la cabaña, cenaba los restos de la comida ―cuando los había― y me echaba en el jergón intentando que los sueños me devolvieran a la cubierta del velero, que me convirtieran de nuevo en uno de los vuestros. El amanecer me sorprendía despierto, intentando comprender por qué aquella no podía ser también mi vida.

Todo sucedió tan rápido… ni siquiera sé cómo empezó. Solo recuerdo que no podía apartar los ojos de las llamas, mientras oía vuestros gritos de socorro en el interior. Supongo que me cansé de soñar lo imposible.

73. En sueños te invento un día más…

Llevo pensando desde ayer que hoy justamente hace dos meses que te marchaste para no volver. Y a ratos parece que siento más tu ausencia, porque dónde antes había calor, ahora sólo queda un frío sostenido. Nos separa una gran distancia, no sólo por los días transcurridos, sino por la irremediable ausencia… Y sólo tu recuerdo llena ese interminable vacío.

Intento que esos recuerdos tan nuestros que despierto y rescato de mi memoria sean lo mejor de mis horas, de mi día… mi única compañía. Esa que no quiero perder porque me reconforta y me alienta a seguir adelante… Me ayuda a despertar cada día, a trabajar, a sonreír, a llorar, en definitiva, a ser yo misma, a vivir sin tu presencia. Pero no quiero llorar porque no te hace regresar junto a mí. Las lágrimas derramadas no sirven para cambiar la realidad ni te devuelven a la vida… Sólo los recuerdos reemplazan tu falta. Y si en algún momento no los encuentro, los invento porque anhelo tu regreso, ese que no es posible…

72. DESESPERA ACCIÓN (Belén Mateos)

Dejé de respirar, dejé que su boca reanimara la mía, que mi circulación exhalara un éxtasis de satisfacción.

Él punteó mi pecho con su mano, yo mojada de abandono y pudor, blanquee mi secreto de excitación. Volvió con su boca a la mía, con su caricia al deleite de mi seno, con su inconsciencia a saborear mi saliva.

Una bata blanca cubría cada centímetro de su cuerpo, el mío escaso de ropaje, gritaba al atlas de su lengua, a su aliento, al silencio de la palabra ahogada en mi sacramento.

Una ambulancia con luces albinas, dejó huérfano mi vientre de vida.

Hoy espero, junto al calendario, que vuelva mi útero a ovular.

71. Tiro al blanco (Marta Navarro)

Nadie supo nunca qué ocurrió. Un viento gélido y devastador se extendía de repente por el mundo. A su paso: oscuridad, vacío, silencio… también miedo. Calcinaba sin clemencia el sol la tierra, todo era gris y para tanta derrota no hallaban las almas consuelo.
<<Escuchamos a lo lejos un disparo>>, contarían los testigos tiempo después, <<¿quién iba a imaginar…?>>.
Entre ruinas de muerte y desolación parecía de pronto haberse el tiempo detenido en un instante feroz, agónico, eterno. Lloraban su espanto a gritos la magia y la poesía. Un corazón roto, sin fe y sin esperanza, al cielo clamaba su plegaria. Todo lo inundaban fatalismo y abandono.
Ningún rastro quedaba ya de la vida y la belleza de otro tiempo. Cenizas, vegetación muerta, columnas de fuego, destrucción e indiferencia. Tierra yerma, heridas que supuran, que sangran y no cicatrizan. Que jamás lo harán.
Alevoso crimen o fatal accidente poco importa. Irreparable resultó el disparo. Trágica fue la consecuencia. A los pies del cazador yacía muerta una paloma: muy blanca y muy pequeña, inocente, frágil, casi inmaculada.

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