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Estruendos a lo lejos anuncian que empiezan los fuegos artificiales en la playa.
El abuelo, que juega al Brawl stars en el móvil, levanta la vista y anima a su nieto a que suba al terrado para verlos.
Mauro, el nieto, suelta la novela que está leyendo y corre escaleras arriba.
En el terrado se encuentra a su padre fumando a escondidas. Y wasapeando, también a escondidas. Le comenta que los verá bien en el porche orientado al mar.
Ya se oye el chisporroteo de la pirotecnia y Mauro baja rápidamente al porche.
Allí, está su madre hipnotizada con videos de Instagram donde salen gatos haciendo cosas humanas. O humanos que hacen cosas felinas. Mejor desde el huerto, le dice.
Entre las tomateras, la abuela se graba con un palo selfi mientras explica los beneficios del riego nocturno. En el solárium, susurra.
Ahora, un pop tras otro como palomitas al cocinarse, los cohetes en pleno apogeo.
En el solárium, su hermano tumbado en una hamaca hace una videollamada con su chica. Pírate, le gruñe.
Mauro escucha solo la traca final y vuelve dentro. Coge su móvil y busca en youtube un video para ver los fuegos artificiales en la playa.
Empieza a registrar la basura minutos después de que ella se haya levantado con pereza del sofá, emitido un casi imperceptible “buenas noches” y entrado en el dormitorio cerrando la puerta tras de sí. Mientras tantea con sus manos enguantadas lo que hay en el interior de la bolsa negra no se quita de la cabeza lo que sucedió hace justo un mes. Entonces encontró, por accidente, las cartas que él le había escrito de novios y que ella había prometido conservar para siempre. Dos semanas después halló entre desechos la boina azul que él le había comprado en París, poco antes de pedir su mano. Y el domingo pasado tropezó con el ramo de rosas –una por año de casados– que días antes le había regalado sin más razón que intentar sorprenderla. Ahora, mientras sigue rebuscando sin tregua entre cartones de leche estrujados, espinas de merluza punzantes y restos de pan endurecidos, no puede quitarse de la cabeza la posibilidad de que pronto sea otro quien baje la basura en esa casa.
Una vez perdí el bolso conmigo dentro y aunque intenté volver sobre mis pasos, no fui capaz de hallar el pie derecho. Era un bolso de esos de cruzar, con bolsillos escondidos y secretos… En objetos perdidos me dijeron: «Llámese al móvil» Y yo sin cobertura, sin tabaco, sin dinero… ¡Cómo echo de menos mis pequeñas cosas! Mi lápiz de ojos, tu encendedor, las horquillas del pelo… un anillo de plata. Un cine. Un concierto. Y esa lágrima triste que encontré en la arena. Y el rojo carmín de mis últimos besos.
Yo siempre temí perder el bolso conmigo dentro. Porque… ¿Y si todo lo olvido? ¿Y si ya nunca me encuentro? ¿Si no vuelvo a sentir ese caos tan mío cruzándome el pecho?
Fue un simple problema de orden. Nada más que eso. El vocativo interpelándote al principio lo coloqué bien, incluso hice la pausa de la coma, pero luego me lié. Estaba nervioso, entiéndelo, era una situación incómoda. Entre la sábana arrugada y las pieles resbaladizas me enredé y lancé el verbo principal acompañado de la preposición junto al otro nombre y resulta que se me olvidó la negación. La tenía en la punta de la lengua. Ese no tan corto y sencillo que debía intercalarse o anteponerse o qué sé yo. Y se me quedó colgando de los labios como un apéndice inútil. Como aquel otro, el que se me pegaba entre las piernas moribundo tras la gloriosa batalla. Y al final, ahora que lo pienso, igual fue el subconsciente o el consciente o el sub. No sé. No, no sé.
Padre nació descosido, deshilvanado, y cada mañana amanece disperso y desordenado. Hoy despierta con su mano derecha junto a la pierna izquierda. La blande por el tobillo, la zarandea bajo las sábanas hasta que choca con algo. Está seguro de que es el torso porque ninguna otra parte de su cuerpo tose de esa manera. Lo acerca hacia la pierna, engancha los corchetes y aprieta los broches que madre le cosió hace tiempo. Une cada parte, poco a poco, esperando no equivocarse. Tantea con las manos y encuentra la cabeza bajo la almohada. La abrocha, carraspea y abre los ojos. Farfulla porque la ha montado al revés. Cuando termina, se incorpora y se viste bien apretado para que nada se le desmonte. Hay días, sobre todo los que tiene prisa, que se compone sobre la alfombra, pero casi siempre cae primero el pie izquierdo y el día no funciona bien. A pesar de todo, al volver a casa le resulta placentero descalzarse y desmembrarse a voluntad, abandonar los problemas descabezados sobre la mesita de noche o cortarse las uñas de los pies sin agacharse. Insiste en que no hay mal que por bien no venga.
En la oficina de correos del semisótano se saltaron su turno y esperó una eternidad hasta ser atendido. La empleada le explicó que el funcionamiento era automático y en la pantalla aparecían los números de manera rigurosamente consecutiva, habrá sido un despiste suyo, caballero. Aceptó la humillación con tal de acceder al exterior cuanto antes. Recogió el sobre y bajó al garaje: no pudo abrir el vehículo porque el mando no respondía. Se dirigió a su apartamento a por la copia, pero no consiguió entrar: la llave no encajaba en la cerradura. Se internó en el edificio de su infancia. Una apresurada nostalgia lo empujó escaleras arriba. La puerta del que fuera su domicilio se hallaría entornada, según le indicaron. Recorrió el pasillo donde había jugado con sus hermanos y se metió en el diminuto cuarto del fondo lleno de los trastos de siempre. No miró atrás. Solo releyó la carta. Abrió el ventanuco e imploró ayuda. Entendió que al otro lado alguien tiraría de él. De su cabeza, porque no había otro modo de salir de aquel aprieto. Como entonces.
Aquel otoño fue algo extraño. Soñaba que entraba en casa y todo estaba como si se acabaran de ir unos ladrones. Los zapatos tirados por el pasillo, sobre las camas la ropa amontonada, y la mesa con latas abolladas y un cenicero rebosante de colillas. Me despertaba agitado en mi cuarto, donde los libros estaban colocados por tamaños, las camisas por colores y el escritorio podría pasar por bandeja de instrumental quirúrgico. Tardaba poco en recobrar la paz, tras un vistazo. Pero, volvía la pesadilla cada vez con más frecuencia. Me empezó a preocupar, sobre todo desde que en el sueño surgieron copas de licor junto a los cigarrillos. “Pero si odio el tabaco y soy abstemio”, le comenté angustiado al terapeuta el primer día. Y él me miró por encima de las gafas, con esa superioridad de los psicólogos. “Se avecinan cambios”, dijo tajante.
Y fue verdad, porque por Navidad llegaste tú. Con tus vestidos de flores en invierno, y tus gorros aparatosos en verano. Con tus cigarrillos y tus “tomate algo, no seas sonso”. Con tu sonrisa y esa locura encantadora que lo ordenó todo, definitivamente, a su manera.
Ya venían quejosas las palabras del poco rigor con que se las estaba tratando, cuando ocurrió el dislate: alguien había confundido astronomía con gastronomía.
La reacción de las dos palabras afectadas no se hizo esperar. Conscientes de su poder para configurar el pensamiento humano, acordaron mantener durante un tiempo sus significados cruzados. Sería una lección ejemplarizante.
Un día todos los astrónomos se levantaron con una suerte de agujero negro en el estómago. Arrastrados por una enigmática fuerza, en lugar de encaminarse a sus correspondientes observatorios para seguir estudiando el universo y sus cuerpos celestes, salieron desaforados en busca de restaurantes con estrellas Michelin.
Pero lo peor fue cuando ese mismo día la NASA se llenó de cocineros. Armados con sus panoplias de cuchillos, invadieron el organismo decididos a comprobar si lo que allí dentro se estaba cociendo era de su gusto; en caso contrario, procederían a cortarlo por lo sano.
Así las cosas, tuvo que mediar la palabra diálogo para que sus dos compañeras volvieran a sus respectivos roles, frenando de esta manera el caos que estaban provocando.
Desde entonces, a pesar del aparente orden restablecido, los precios de los productos gastronómicos no han dejado de ser astronómicos.
Las calles amanecieron rellenas de algodón. Nos aventuramos en aquella espesura con pasos ciegos, expuestos a obstáculos desconocidos. Mis bastones actuaban de vanguardia; vacilaba, al menos no tropezaba. Los vehículos circulaban despacio, pero sin referencias chocaban entre sí. Se oían voces, amenazas, golpes. Muy cerca, un coche invadió la acera. Después, un grito. Quedé paralizada en medio del desastre, la nada era mi apoyo. No recuerdo si el tiempo existió o lo imaginé. Cuando poco a poco se adivinaron formas y colores, el caos había tomado las calles. Aún así, nos quedó una tarde de paseo la mar de bonita.
No encuentro las llaves. Durante un buen rato revuelvo por toda la casa sin encontrarlas. Miro en los bolsillos de los pantalones, nada. Voy a la lavadora, metí la sudadera manchada; tampoco están.
El último sitio donde las recuerdo es sobre la encimera de las herramientas, cuando limpié el martillo, junto a la cuerda y el cuchillo. Suena el timbre de la puerta. Es esa vieja chismosa, será la siguiente en mi lista improvisada de candidatos.
—¡Buenos días! Creo que alguien se ha dejado las llaves en el buzón —expone poniendo el llavín frente a mi cara
—Gracias ¡Qué cabeza la mía!
Cierro la puerta con apremio, voy al coche y salgo a toda prisa. Me dirijo a mi lugar favorito, recóndito, donde descansar en paz.
Allí, me bajo, abro el maletero, me rasco la cabeza y pienso en dónde enterrar a mi última víctima. No sé a dónde está la anterior. Comienzo a hacer el agujero y, en efecto, está ocupado, creo que fue el ejecutivo que apuñalé en mayo. Tengo que idear un patrón para recordar donde inhumano a mis ejecutados o buscar otro lugar escondido, aquí ya empiezan a faltar hoyos.
Mina busca desesperadamente las gafas debajo de los cojines cuando una montaña de ropa, que juró doblar hace días, se precipita al suelo. Aparta con un pie las cajas de pizzas a la vez que intenta ponerse las deportivas, revisa el móvil y busca las llaves debajo de la mesa.
—¡Tonina! —grita muy nerviosa— que llegamos tarde a clase de burpees.
—Cariño, ¿qué estás buscando? —le pregunta su compañera de piso que aparece en pijama llevando una taza de té humeante entre sus manos—, porque las gafas están en tu cabeza, las llaves las tienes en la mano y la clase es mañana.
—¿En serio? ¿Vas a quedarte ahí existiendo como un mueble más de la casa? —contesta Mina con las pupilas dilatadas por el estrés.
Esa tranquilidad de su amiga es lo que la pone en modo: ¡Alerta Máxima!
Tonina sentándose en el único rincón del sofá que está libre de trastos, desplaza un poco sus pies para dejarle un hueco a su inquieta compañera de piso. La invita a sentarse.
Sabe que no durará más de unos segundos. No tardará en llamar a su primo Cortisol, Corti para los amigos. Entre los dos pueden liarla parda.
Virtudes siempre ha sido amante del orden y así lo dispone en su casa. Cuando sale, tiene la costumbre de volver sobre sus pasos para comprobar que no quede ninguna luz encendida o que haya desenchufado la plancha o apagado los fuegos de la cocina, así puede marchar tranquila. Pero, a pesar de su esmero por tener cada cosa en su sitio, los trastolillos esconden sus gafas de leer, sacan libros de la estantería o guardan su labor de ganchillo en la nevera -le cuenta al doctor, que la escucha con una sonrisa. Virtudes se pregunta de qué forma las pastillas que le ha recetado consiguen hacer desaparecer a los trastolillos ¿Quién comprende los misterios de la ciencia? El caso es que se había acostumbrado a esos pícaros duendes que parecían querer jugar con ella, a ese desorden mínimo que la obligaba a buscar por los rincones como cuando era niña. Así que ha decidido dejar la medicación y colocar a la vista una caja de bombones para atraerlos de nuevo. Ya se han comido tres.
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