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La niña mira el suelo de la habitación sin parpadear. Necesita deshacerse de esa carga que le impide respirar con libertad. Está cansada de esconderse, de ahogarse en un silencio que la enferma día tras día. Sabe que su familia está preocupada, que desea ayudarla, pero no se atreve a dar el paso.
—¡Basta! —grita con los puños apretados.
Se levanta decidida. Con la manga de la camiseta se limpia las lágrimas. Ha reunido a sus padres en el salón para decirles que quiere que la llamen como a su abuelo: Ricardo.
Medito mientras camino de regreso a la hacienda, el sitio en el que viví los momentos felices de mi infancia y de mi adolescencia.
Ha pasado mucho tiempo, me he demorado en cada parada. ¿Qué he sufrido mucho? Es verdad y, con todo, eso me lo reservo; no lo contaré a nadie en casa, no querían pasar por mi ausencia.
Una infinidad de veces me he extraviado en las metrópolis, ni siquiera he tenido idea de dónde me encontraba. He visitado pueblos y comunidades rurales. He conocido a personas que no sabían qué hacer con sus problemas, a los desubicados, a los deprimidos, a los que no tienen hogar, a los que tienen un lugar que no quieren, a aquellos que parecen personajes de la película Los desarraigados, y a los que poseen todo y están vacíos.
He viajado tanto, solo para reconocer que pertenezco a mi punto de partida. Sin embargo, eso tampoco lo mencionaré, tal vez me sienta impulsado a salir otra vez.
Mis primeros recuerdos tienen barrotes: los de una cuna metálica de los años 70, contra cuyos hierros fríos golpeaban mis pequeños pies. Me aburría en aquella pobre y desolada habitación. Mamá, embarazada de mi hermano, permanecía junto a mí, al lado de la que sería su primera morada y el final de la mía.
Tenía muchas ganas de que naciera. En aquel silencio infantil empezaron las preguntas que aún me acompañan: ¿Qué era yo? ¿Por qué estaba allí?
Cuando llegaron a casa, dije: «¡Qué feo!». Esperaba ver un bebé como los de la tele. Carlitos tenía la frente cubierta de costras y parecía un mono. Con el paso de los días dejó de parecerlo.
Un día tuve fiebre. Mi madre salió escopetada a la farmacia, dejando olvidado sobre la mesilla un chupete con restos de miel. Las hormigas no tardaron en acudir. Me tapé la cabeza mientras sonaba en la radio Llorando por Granada, de Los Puntos. Años después descubrí el título de aquella canción, que se convertiría en la primera de la banda sonora de mi vida, a la que he ido sumando miles de canciones, como las hormiguitas acumulan sus pequeños tesoros.
Grité que no me lo creía al ver la carta en la que, en base a mi buen comportamiento, me notificaban que habían decidido conmutarme la pena de prisión permanente por la de libertad condicional. Mi compañero de celda, al oírme, se levantó de su cama y se acercó, y tras leer la hoja se puso a felicitarme a la vez que me daba palmadas en la espalda. Yo no lograba tenerme en pie, me temblaba todo el cuerpo, por lo que me apoyé un momento en la pared.
Él, mientras tanto, insistía en sus enhorabuenas, y no cesaba de repetir la envidia sana que me tenía. Reconozco que no presté demasiada atención a sus palabras, aunque al escuchar que comentaba que tendría muchas ganas de salir después de treinta años encerrado, y luego me preguntaba qué iba a hacer cuando estuviera fuera, sentí que la carta se me escurría de los dedos. Entonces, en lugar de recogerla, lo miré, le di un puñetazo en la boca y lo tumbé de nuevo en su cama. A continuación, le tapé la cara con la almohada, me coloqué encima y me quedé allí, apretando, hasta que dejó de patalear.
Se despereza. Ha dormido como nunca. Se siente nuevo, descansado. Bosteza, entreabre los ojos y se gira. No hay despertador, tampoco mesita ni colchón, solo nota bajo su cuerpo un suelo terroso. Se frota los ojos y se incorpora. No tiene sillas o armarios; ni una pared, ni un techo. No existe una casa. Anda unos pasos. Le golpea el viento y se le clavan las piedrecitas en los pies. No lleva zapatos, ni cartera, ni dinero, ni un pijama. Está desnudo y tiene sed. Tampoco reconoce el lugar: plantas, animales, ruidos extraños. No entiende nada. Se acurruca, se abraza con fuerza y nota un ligero vacío donde antes había una costilla.
La organización no daba crédito a la solicitud recibida. Una marciana de piel verdosa, grandes ojos amarillos y enigmática sonrisa había enviado una fotografía y su currículum para participar en el certamen de Miss Universo.
Tras revisar las bases, la institución convocante no encontró argumento alguno para rechazar la candidatura. El reglamento no exigía haber nacido en la Tierra.
Los cánones de belleza podían discutirse; el significado de la palabra «universo», no tanto. Pero ¿cómo comparar la armonía de un cuerpo terrestre con la de un ser llegado de otro mundo?
La noticia sembró el desconcierto. Mientras los científicos intentaban averiguar cómo aquella candidata había conocido nuestra existencia y el certamen, una pregunta más inquietante comenzó a extenderse: ¿desde cuándo nos observaban?
El jurado aguardó expectante su llegada.
Solo entonces comprendieron el verdadero motivo de su inscripción.
No venía a concursar. Quería comprobar qué clase de inteligencia había detrás de una ocurrencia semejante.
Marta se ha sometido a un caro e innovador tratamiento de belleza en una clínica puntera de neuroestética. Ha tomado buena nota de las indicaciones de la doctora que la ha atendido. Ésta le ha explicado muy bien el motivo principal de sus arrugas dinámicas: es demasiado sensible y expresiva. Tiene que evitar siempre que pueda los movimientos repetitivos de sus músculos faciales. Son el principal origen de los surcos que afeaban su rostro al llegar a la consulta: patas de gallo alrededor de sus ojos, líneas de marioneta circundando su boca…
Para garantizar unos resultados duraderos, deberá tomar unas píldoras inhibidoras de las emociones. Así evitará reír, llorar y todo aquello que la haga gesticular gratuitamente.
Ya en la calle, saca un pequeño espejo del bolso para verse con luz natural. Observa con satisfacción su aspecto. Perfecto, ni rastro de arrugas. Uf… ¡ha estado a punto de sonreír!
Se dirige veloz a la farmacia. Cuanto antes tome la medicación, mejor.
El fin de semana, como muchos, se reúne con los suyos. Conforme se acerca al pueblo se sorprende al comprobar que la alegría de pertenecer a ese lugar y a esa familia prácticamente ha desaparecido.
Peina por última vez a la muñeca, su única pertenencia. La guarda en el armario, donde aún cuelgan la camisa de rayas y el abrigo que usa para ir al colegio, pero no el vestido largo que le han comprado para que él la conozca. Ese ocupa la pequeña maleta sobre la cama. Lo ha estrenado una semana atrás.
Aquella tarde, él la había mirado sin prestarle atención, y se había encerrado en la sala con su padre.
—Van a hablar cosas de hombres —había dicho con tono triste su madre.
Cuando salieron, ella, roja de vergüenza, no había levantado la cabeza. No le había mirado a la cara. Solo sabía que tenía zapatos de viejo.
Su madre entra al cuarto con el vestido blanco y vaporoso plegado sobre el antebrazo y una sonrisa forzada en el rostro. Lo deposita junto a la maleta.
Con delicadeza la hace sentar sobre su falda y mientras calla todo aquello que quisiera o debiera decirle, empieza a peinarle el largo cabello por última vez.
Mi abuelo siempre contaba que, una noche de faena, pescó a mi abuela en sus redes y que ella cambió su cola de escamas plateadas por una vida juntos. La abuela le quitaba importancia con la mano, mientras cruzaban sonrisas cómplices. Cuando el abuelo murió, creí que ella se nos iba detrás. Se pasaba todo el día sentada en el sofá, pálida, con un velo triste en la mirada, como uno de esos cielos grises de lluvia fina. Desaparecido lo que la anclaba a la tierra, el mar la reclamaba con un murmullo insistente y poderoso, y cada vez bajaba con mayor frecuencia a la playa, a enredar los pies en la espuma que lamía la arena, dejando que el viento le alborotase las canas y los sentimientos.
Hoy, no conseguimos encontrarla por ninguna parte. Sus huellas se pierden entre las rocas y sus zapatillas flotan en un charquito que dejó la marea, junto a unas algas y un cangrejo asustado. Sospecho que al fin ha regresado allí donde pertenecía: en esa botella con un velero dentro que me regaló el abuelo por mi quince cumpleaños, junto al barco nada ahora una sirena de cola plateada y canas al viento.
Se supone que debes sentirte parte de la obra de Dios, igual que lo vive el resto de tu comunidad. Pues no. Sigues siendo un añadido que no encaja. Parece mentira que tantas oraciones no te hayan apaciguado el alma en estos largos años. Cuando miras al Cristo en la cruz, siempre ves esos mofletes sonrosados que contemplaste apenas unos segundos y que, aun así, quedaron grabados en tu retina de por vida. Era un niño. Lloraba hasta quebrársele el grito, como si supiera que lo separaban de su madre. Quisiste cogerlo, pero no te dejaron acercarte al bebé en ningún momento antes de que desapareciera de tu vista en un Hispano-Suiza reluciente de un adinerado beneficiario de la orden. Eras una perdida, no tenías derecho a nada. Solo a rezar durante todos los días de tu aciaga existencia en un convento que no sale en los mapas.
Sí, el fuego lo iniciaría él, pero la chispa llevaba germinando muchos años.
Aprovechó que Luis, Eduardo y Antonia, los únicos amigos en la empresa, disfrutaban del día libre para llevar a cabo su plan.
El encargado de la seguridad, un chulo con pretensiones de matón, a esa hora se refugiaba en su sala para comerse el bocadillo y seguramente ver porno.
La mayoría de los trabajadores estarían sumisos y cabizbajos en sus puestos, con nada en sus cabezas mas que el tictac del reloj que les acercaba a la hora de salida.
Entró en el despacho y cerró el pestillo. Manuel no pudo decir nada, el golpe en la mandíbula le dejó sin palabras, y sin varios dientes. Otro en el estomago le arrebató la voluntad de defenderse. Por suerte la habitación estaba insonorizada para que no se escucharan los jadeos de las empleadas que eran invitadas a realizar tareas especiales. Manuel se jactaba de que no eran pocas.
Ahora, en el suelo, llorando y sangrando no parecía el jefe prepotente y acosador que aterrorizaba a sus empleados. Le propinó quince patadas, una por cada año explotado en la fábrica.
En unos segundos las llamas harían su trabajo.
La mujer que nunca había tenido nada ansiaba los ojos verdes que sujetaba en la palma de la mano con la misma desesperación con la que racionaba la comida que esa dependienta que fue tan bella le regalaba cada mañana al verla mendigar en la puerta de la tienda en la que trabajaba.
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