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A veces, mientras sirve la mesa, tiene que reprimir Betsy una carcajada al imaginar los fideos, higadillos y trocitos de zanahoria del consomé deslizándose por la pared, después de estampar contra ella la sopera, hasta formar un charco ―parecido a vómito de gato― sobre la alfombra persa. Pero más gracioso le resulta fantasear con la salsera estrellada en el suelo de mármol, descascarillándolo un poco y llenando de añicos de porcelana todo el comedor. ¡Qué cómico ver al bulldog resbalarse sobre la salsa bordelesa, cortándose con la loza rota y poniéndolo todo perdido de sangre y pringue! Aunque lo más hilarante tiene que ser, sin duda, llenar de Château Beychevelle hasta el borde las copas del señor y la señora Wellington, para a continuación volcarlas de un manotazo sobre el mantel.
―Betsssy, traiga la carne ―sisea la señora, agitando la mano, haciendo tintinear las monedas de oro de sus pulseras―. Y quite esa sonrisita, haga el favor, que parece usted tonta del bote.
―Sí, señora ―se sobresalta Betsy, como recién salida de un sueño, recomponiendo como puede el gesto y ahogándose de risa al imaginarse derramando la fuente de perdices estofadas sobre su vestido de encaje y terciopelo.
Roído por una relampagueante negrura que lo fue acorralando, el cielo se desplomó en picado sobre el mar. La agresiva tormenta sacudía las olas en vaivenes imposibles que lograron doblegar la estabilidad de la embarcación. Finalmente, los sucesivos embistes la desmenuzaron.
El único aventurero que viajaba en ella pasó las siguientes semanas sobre restos desvencijados, apenas algunos tablones y unos pocos aparejos, pero su cabeza permaneció aferrada a las palabras que flotan en los naufragios, a versos silvestres capaces de descomponer la pegajosa bruma de la desesperanza.
Imaginaba guiños de sal acunando la larga estela que los tronchados maderos trazaban en el agua. Hilvanaba en el tejido del viento los etéreos colores del crepúsculo que tendía hacia horizontes de hogar. Alzaba metáforas de espuma que remolcaban su balsa perdida.
Contó que a su suerte la ayudaron el pescado crudo y la lluvia. A él, el mágico desorden de la poesía.
Me escondí en el armario al oír las llaves. Recordé que también lo hacía cuando estaba viva. “No sé si matarla y que su fantasma le atormente o que él muera en un inesperado accidente”. Sutilmente me fue aislando hasta quedarme sola. Se casó enamorada pero pronto descubrió su error. “Espera, si lo estaba escribiendo en primera persona”. Mi espíritu le acompañará, “no”, le perseguirá, “no”, le atormentará, “así mejor”, hasta el fin de sus días. Al quedarse en paro volcó su frustración sobre mí, convirtiéndome en su saco de boxeo. “Creo que esta imagen es potente”. Consciente de sus terrores, me reencarnaré en todo aquello que odia. “Y en cada aparición hago que ella se presente con distintas formas hasta que a él le dé un infarto o se tire por el balcón”. Mis padres, alarmados por la situación, quisieron ayudar, pero lo impedí. “No sé si quitar lo de los padres”. Pensaba que en el fondo era bueno y cambiaría. “Nananá, tututú, nananá…, me encanta esta canción”. Cuando le vi por primera vez, quedé cautivada por su sonrisa. “¡Anda! , si se me ha olvidado el título”.
Debía dejar el piso ese mismo día. El salón era un campo de batalla. Siempre había vivido así, entre montones que prometía ordenar mañana.
Solo me quedaba un armario por vaciar. Lo abrí sin miedo a enfrentar el desorden acumulado durante años y, al fondo, encontré una caja de madera. Dentro, todo estaba sorprendentemente bien ordenado: billetes de viajes antiguos que propiciaron ¿soledad?, fotos de personas que ya no estaban en mi camino y dejaron ¿mentiras?, contratos de trabajos que abandoné y que terminaron en ¿abuso?
Aquel orden meticuloso me irritó. Tomé el contenido entre mis manos y lo lancé al aire. Los papeles y las fotos cayeron al suelo en un completo desorden, mezclándose con el caos del piso, como si por fin todo encajara en su sitio.
Entonces mis ojos se fijaron en una sola foto: mi gato, cuando aún era cachorro, mirándome. La recogí. Dejé la puerta bien cerrada, me marché para siempre con mi amigo de cuatro patas y eso produjo en mí , sin lugar a interrogaciones, una ordenada y agradable sensación: compañia.
Aquel día, abrumada por el cansancio acumulado, nada le salió bien. Por eso, al llegar al portal tras una jornada laboral estresante y no encontrar la llave, le pareció lógico. También daba por perdidas las gafas, hasta que el espejo del ascensor se las devolvió, cual diadema, sobre su cabeza. Al entrar en casa, además del caos visual, acusó cierta falta de ventilación. En la cocina, restos y platos pringosos compartían escena y un macramé de ropa interior y camisetas deportivas alfombraba el cuarto de su hijo. Asimismo, la desaliñada cama de su hija trazaba, sobre la colcha, montes y oleajes en diversos planos de color. A punto de estallar ante aquella fusión provocadora que inquietaba su espacio y tambaleaba su fuerza espiritual, se resbaló en el baño encharcado y se quedó pegada al suelo junto al albornoz de su marido. A pesar del patinazo, valoró la inmensa libertad creativa que la rodeaba, pero como es sabido, toda sobrecarga es un error, y para ensamblar a los miembros de su familia y concebir una obra más unificada, estimó urgente imprimir un listado con reparto de tareas y salvar así tan desordenada composición doméstica. O al menos, mejorar su riqueza óptica
Pequeños desajustes —tareas olvidadas, comidas compartidas en silencios tensos, trastos desperdigados— se iban acumulando como el polvo debajo de una alfombra demasiado gastada. Pero nadie decía nada, y la vida seguía su inercia en casa de los García.
Una tarde de domingo cayó la primera bomba, mucho antes de que nadie pronunciara las palabras separación o divorcio.
La madre, harta, dejó la cocina sin recoger.
Entonces, cada miembro de la pronto-no-familia mostró su propio derrumbe. El padre, sin saber dónde poner las manos, abría y cerraba cajones como si buscara una explicación mal archivada. Los hijos reaccionaron, a su manera: la pequeña alineó cuidadosamente sus juguetes, convencida de que así arreglaría su mundo; el adolescente dejó que su habitación se hundiera en un estruendoso caos musical, como si así pudiera seguir existiendo sin tener que hablar.
Cuando la madre cerró la maleta, la casa se quedó a medias, partida entre fotos torcidas y cajones semivacíos.
Pero, en medio de ese desorden, apareció algo inesperado: el silencio dejó de ser un abismo y los hermanos empezaron a contarse sus preocupaciones.
Por primera vez, cada García encontró un rumbo propio en medio de ese territorio en ruinas.
Tenía un magnetismo único con los más pequeños. Su actividad de payaso o mago era solicitada de continuo en celebraciones infantiles. Padres y madres contemplábamos su cercanía natural con nuestros hijos, hasta mimetizarse entre ellos como uno más. Lo suyo no parecía un trabajo, sino puro disfrute.
Mis ojos de psicólogo apreciaron en él un comportamiento genuino, sin impostura, quizá aderezado con algunas trazas de adulto desubicado, pero nadie esperaba su reacción en ese cumpleaños, al ver desenvuelto un regalo concreto. El joven animador arrebató al niño una escopeta nuevecita, que tenía por munición inofensivos proyectiles de goma espuma. Frenético, utilizó las manos y los dientes para reducirlo todo a pedazos.
Me ofrecí para sacarle de la fiesta que acababa de arruinar, convertida en un caos de incredulidad y llantos inocentes. Alguien tenía que hacerlo, antes de que la indignación general condujese a una deriva aún peor. Pude persuadir a la familia de que no llamaran a la policía
Una vez sosegado, le animé a que hablase. Fueron veintiún palabras de terapia y biografía:
Un país en conflicto.
Una infancia consumida sin haber podido jugar lo suficiente.
Aquel maldito fusil que le obligaron a empuñar.
Apareció entre el desorden de los dias posteriores. Era una lista de la compra, o un recordatorio de tareas: Necesario para antes del jueves, decía, hacerme las uñas (pedir cita), encargar tarta, tónicas, limón… Sin duda era su letra. En secreto preparaba mi cumpleaños.
Pero ahora el tiempo es frío, como el banco metálico de la parada del bús, e ingrato como la cola del super. Su ausencia se extiende en la casa como la niebla en el cielo y la vida es un cúmulo de nubarrones. Después del turbión de la noticia, la ginebra solo es un reloj de arena y un montón de calcetines huérfanos.
Día 1: Se ha ido. Que no son manías, le he dicho, que el orden es fundamental, que es mi manera de luchar contra el caos que lo invade todo, que los pequeños gestos —las minúsculas derrotas— le abren la puerta.
Pero se ha ido.
Día 2: No soportaba que fuera detrás de ella recogiendo. «Si quiero dejar las bragas en el suelo las dejo, joder». La he llamado. He prometido cambiar.
Día 3: Lo intento. Logro pequeños avances. Anoche, antes de acostarme, dejé tirados los zapatos en cualquier sitio. No he podido dormir. Me he ido al trabajo sin hacer la cama.
Día 8: Le estoy cogiendo el gusto. Ella tenía razón. El primer paso costó, pero ahora… hay algo adictivo. Sigo sin dormir, pero no me improta. No encuentro el mando de la tele.
Día 15: En realidad, es sencillo. Basta con dejarse llevar. Rendrise, aceptar que nada tiene su sitio. La entorpía hace el resto.
23 Día: La he llamado: «La casa no reconocerías. Cuesta por el salón abrirse paso«. Colgado ha.
62: Insoprotable olor. Han asivado a la policía.
40 Aid: Alle on ulveve. Doto se coas y ordesdén. Peor alle on ulveve.
Me encanta cómo queda la casa cada vez que te vas. Mi ropa tirada por todas partes, botellas de vino abiertas, platos a medio hacer. Nada que no arregle en menos de una hora.
Después me distraigo: llamo a mi madre, contesto el correo, veo alguna serie, leo novela negra.
Pero, antes o después, necesito dormir y tengo que enfrentarme a tu ausencia. Camino hacia la cama. Aún flota el incienso, las sábanas tienen tu olor y tus risas parecen rebotar en las paredes.
Apago la luz. Pruebo distintas técnicas. Nada, imposible. Maldito insomnio.
Me levanto y voy directo a la terraza. Fumo compulsivamente. Enciendo el ordenador. Tu perfil, como era de esperar, sigue mudo, sin conexión.
Busco otro nombre, otra cara. He perdido la cuenta este mes.
Solo espero que esta quiera quedarse.
Un calcetín adorna la lámpara del techo; el compañero comparte suelo con otras prendas, no todas pulcras. Las paredes son una exposición de murales imposibles. Bajo una montaña de papeles y carpetas, se esconde un escritorio. Sobre la cama, perfectamente revuelta, descansan demasiados artilugios: ordenador portátil, latas, mochila, cables… También una persona, aunque cuesta diferenciarla del entorno. Está recostada; lleva cascos en las orejas, no se sabe si para escuchar algo o dejar de oír. Llegan gritos desde el pasillo reclamando su presencia. No responde ni a los golpes en la puerta. Protestan los vecinos, hartos de aguantar la misma escandalera todo el día. Silencio temporal. Lentamente, se incorpora el cuerpo inerte, en bata, sin asear. Retira los auriculares y sale de la estancia. Cierra. Se dirige a la cocina con la esperanza de conseguir algo comestible. Esquiva a una chica que corre en dirección opuesta. Esta patalea furiosa al encontrar su habitación bajo llave de nuevo. La culpable continúa la marcha fingiendo indiferencia. Piensa repetir la operación tantas veces como sean necesarias. Ella nunca tuvo una, pero acabará encontrándose cómoda dentro de esa leonera, sin agobios cotidianos. Empieza a comprender un poco a su hija.
Creo que el desorden lo traigo de serie ¿Sabe, doctor? Mis amigos, muy ordenados con sus papeles, bromean con mi anarquía, pero me han sugerido que lo consultara con usted.
Así que, le cuento: Yo soy muy mayor, y a estas alturas de mi vida, habiendo doblado el codo del siglo hace rato, he decidido dejar de explicar a los demás que prefiero una mente clara que una mesa impoluta libre de papeles, y le aseguro que, tras esta firme decisión, al fin me siento a gusto conmigo misma, y la opinión del resto del mundo, nada perfecto por cierto, ya se la pueden guardar donde les quepa.
Realmente no sé por qué he venido a verle yo y no esos vigilantes inquisidores, tan molestos con quienes no somos como ellos.
Bueno, ya me despido, doctor. Ha sido un placer y, por cierto, le felicito por el bello desorden de su mesa de trabajo, tan similar al que yo conservo, con tesón, sobre la de mi casa. Seguro que, como yo, también usted sabe, exactamente, dónde está cada dato, cada nota, cada papel.
Vamos, que es usted de los míos…Pero no se lo contaré a mis amigos.
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