Esta Noche Te Cuento. Concurso de relatos cortos

IMAGINACIÓN

Un relato con menos de 200 palabras inspirado en LA IMAGINACIÓN

ENoTiCias

Bienvenid@s a ENTC 2026 Continuamos nuestro 16º concurso en el que iremos proponiendo hasta 8 propuestas temáticas en torno a la EXISTENCIA En esta ocasión serán relatos que desarrollen el concepto de LA IMAGINACIÓN en todas sus variantes. Y recuerda que el criterio no debe ser poner menos palabras sino no poner palabras de más. Bienvenid@
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Esta convocatoria finalizará el próximo
30 de JUNIO

Relatos

67. El sol ocultándose entre las nubes

El joven que le entregó el certificado deslizó un suave acento caribeño cuando le pidió su número de identidad, instintivamente sus ojos se impregnaron del oceánico azul de los suyos. Rozó su mano al devolverle el bolígrafo con el que había firmado la entrega y su piel amenazó con desprenderse de su cuerpo. Agradeció estar recién depilada, de lo contrario el vello se hubiera convertido en alfileres. Antes de cerrar la puerta se las ingenió para observar con deleite su espalda, gozó de tiempo suficiente para declarar su trasero como Patrimonio de la Humanidad. Hubiera asegurado que la miraba con el rabillo del ojo y que incluso hizo la intención de dar la vuelta. A punto estuvo de que el corazón se le escapara por la manga de la camiseta.

Se quedó pegada a la puerta cerrada como si fuera parte de la madera con la que estaba fabricada. Cerro los ojos en un postrero intento para retenerle en su memoria y de algún modo conseguir que volviera a tocar el timbre.

Pasados varios minutos los abrió y la realidad la golpeo con su desabrida rudeza cotidiana: sus dedos sujetaban una carta del Ministerio de Hacienda.

66. Ojos que no ven

El ciego llegó a la costa. Una bocanada salitre lo recibió y él regaló una sonrisa al aire. Allí donde yacían las estructuras desmigajadas de la ciudad, los cascotes, los escombros y los añicos de hormigón, intuía él, cuando palpaba con su bastón, perfiles escarpados, peinados por las tormentas y rocas porosas enharinadas de flor de sal, repletas de cangrejos, lapas, caracoles, anémonas y estrellitas de mar extraviadas. Oyó el chillido de las gaviotas hambrientas mientras removían la basura de la playa en busca de comida; pensó que el graznido era música celestial de aves que gritaban al viento un himno de libertad. El hombre avanzó hacia el agua; rugía el mar, poblado de animales domésticos descompuestos, víctimas de los obuses. A él le hacía feliz la resaca de las olas en su baqueteo feroz contra los riscos y dibujó en su mente un paraje marítimo hermoso. Percibía pestilencia, que atribuía a los sargazos. Llevaba días buscando un rincón para descansar. Se aposentó encima de un montículo de arena fina. Algunos pasos más allá de unos cuerpos varados, inertes, soldados con las armas aún en bandolera. Respiró pletórico, contento de la quietud del lugar.

65. Montarse una película

El mundo andaba desquiciado. Cualquiera podía percibir las señales. Y en eso llegaron los novelistas.

Arturo Pérez-Reverte había dirigido un drama de época que él mismo interpretaba. También el guion era suyo. Prolongó su papel de pendenciero de ingenio quevedesco en los actos promocionales y esa sobreactuación lo condenó.

Eduardo Mendoza descansaba de las aventuras de su detective anónimo, cuando se embarcó en la filmación de El increíble hombre menguante que mató a Liberty Valance. Un pastiche que se quedó sin premio al Mejor largometraje de animación.

Javier Cercas encontró la fórmula del éxito mezclando en sus libros la dosis precisa de ficción y realidad, pero la extravió en su viaje al cine. Si hubiese existido la categoría de Documental de ficción…, se justificaron quienes le habían negado el voto.

Todas nuestras ilusiones puestas en los Óscar acabaron en la basura.

Menos mal que nos resarcimos meses después cuando la Academia Sueca galardonó por fin con el Nobel de Literatura a Javier Marías.

64. No estoy solo

«Esquiva el golpe mortal de la espada, pero esta logra su pequeña recompensa: la sangre se escapa del cautiverio de la carne. Mas no hay tiempo para atender el dolor; la mar embravecida zarandea el barco, y los fieros piratas, acostumbrados al vaivén del viento, lo acechan. El agua salada zigzaguea por su piel hasta la comisura de sus labios; nada amilana su valor. Siempre se defiende con gallardía, su determinación es inquebrantable y…»

El último golpe es una patada en el costado.

—Hasta la próxima, marica cuatro ojos. —La invitación para un próximo encuentro queda sellada.

Ahora, el grupo de compañeros de colegio se aleja mientras la risa acompaña sus empujones de complicidad.

 

El niño se adentra en la biblioteca, escudriñando los anaqueles, y presto cabalga sobre los lomos de los libros en busca de otra historia: un escudo que lo proteja y que dé sentido a su dolor.

 

Los golpes se suceden; su rostro se refugia entre sus manos, cierra los ojos y viaja lejos. Al final, siempre es igual: ante su bravura, siempre huyen.

63. Supuestas amistades (Blanca Oteiza)

Ya está de nuevo hablando con su amigo imaginario. Desde pequeño han pasado por casa un dinosaurio, un astronauta, una jirafa y un robot. Ahora, ya ves, le ha dado por decir que quiere unirse al circo con su compañero el domador. Hay tardes que llena el salón de elefantes y otras de leones. Realmente este niño me preocupa, no sé si será peligroso que se pase el día en un mundo paralelo. Pero no has venido sólo para escucharme, tomemos el café antes de que se enfríe.

En el salón Andresito sigue jugando con sus muñecos imaginando una sabana llena de animales, mientras su madre sola en la cocina, sigue charlando con esa amiga a la que le cuenta todas sus fantasías.

62. Despedida(s)

Nos tumbamos en el prado y vemos pasar las nubes. Ambos trepamos con destreza a la que tiene forma de árbol frutal y arrancamos de sus ramas esponjosas manzanas y peras de algodón, tan deliciosas como las recordábamos del verano anterior.

La nube que parece un conejo nos hace reír. Tan redonda y blanquita. Por eso la perseguimos. Corremos tras ella como si nos fuera la vida en el juego. La vemos refugiarse en su madriguera y nos metemos dentro. Infructuosamente. Salimos sin haberla podido alcanzar y con las rodillas magulladas.

La siguiente es como un yunque. Plana por arriba, estrecha por abajo. Color panza de burra. La dejamos pasar sin más porque no nos sugiere nada entretenido. ¿A quién puede divertirle un yunque?

La cuarta nube recuerda a un tren. Es alargada. Es veloz y borrosa. Corremos, como tantas otras veces, y consigo cruzar la vía, por los pelos, para saludar su paso agitando el pañuelo manchado con la sangre seca de mis rodillas. El tren desaparece en el horizonte y me descubro, ahora solo, todavía con el pañuelo en alto.

Regreso dando puntapiés a las piedras, con la esperanza de subirme al tren en otra ocasión. Quizás mañana.

61. Tortura de lunes

Contemplo sus torneados músculos, su atractivo rostro, su abundante pelo negro. Que se parezca a mi exmarido me motiva tanto que soy incapaz de decidir qué hacer ni por dónde empezar. En un alarde de valentía, me sonríe desafiante, y su alineada e inmaculada dentadura detona en mi mente una idea de lo más original e imaginativa.

Eureka. Voy a disfrutar de lo lindo.

Satisfecha, me acerco a la mesa donde mis adorados utensilios brillan bajo la tenue luz de la solitaria bombilla que cuelga del techo. Cojo los alicates con la mano derecha y las tijeras con la izquierda, y abro y cierro ambos, lentamente, acercándome a él. De repente, algo cambia: el tipo ya no sonríe y se remueve en la silla. Acelero mis pasos, pero sé que es tarde. Entre sollozos, empieza a cantar el paradero del alijo que le robó al jefe y los nombres de toda su banda. Suspiro frustrada mientras dejo mis instrumentos, tristemente impolutos, sobre la mesa. Parece que hoy la única torturada voy a ser yo, y de puro aburrimiento.

Y para colmo, es lunes.

60. EL PUEBLO ENCOGIDO

Desde mi ventana observo como mi pueblo ha encogido. Apenas logro encontrar la torre de la iglesia que antes se veía desde cualquier lugar. Las aceras se han replegado y reposan en el centro de la plaza, juntitas, abrazadas, buscando el consuelo que no encuentran.

Los árboles de mi calle también se han encogido, ahora parecen arbustos y los gorriones anidan al ras. Estos ya solo susurran, un susurro quedo y triste para no romper el silencio del lugar.

Solo las cigüeñas siguen con el elegante vuelo de siempre; qué ingenuas, quizás  no saben que Ángela ya no está, que no volverá a pasear hasta las canteras, ni a recorrer la orilla del Guadiamar. O quizás sí saben… Sí, deben saberlo porque ahora se han unido al repiqueteo de las campanas de la iglesia. Cuántas hay, cuántas vuelan, cuántas la despiden ya.

Yo no lloro, se lo dejo a los campos de girasoles, a la luz del sol que es testigo de que cómo la blancura de este pueblo se destiñe en un luto voraz.

Yo no lloro, se lo dejo a las flores mientras miro a esa pequeña cigüeña que, alzando el vuelo, las nubes va a alcanzar.

 

A Ángela y su familia. 

A Gerena.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

59. LA PLAYA

La calle era corta y estrecha, adoquinada.

Nos dirigíamos hacia allí serenos y preparados, también un poco nerviosos. Todos éramos jóvenes, probablemente ninguno había cumplido los veinte años… La vida por delante.

Entramos en aquella calle y empezamos a levantar aquellos adoquines buscando la playa que sabíamos que estaba allí, pero que no encontrábamos. Entre todos levantamos tal vez cien, quizás doscientos, de aquellos cubos de un color gris ceniciento, el mismo  que el del uniforme de la policía que nos estaba esperando en el otro extremo, blandiendo sus porras.

Todavía no habíamos encontrado la playa, pero estábamos preparados para hacerlo. Ahora la buscábamos con la razón en nuestras manos.

58. Cuentos de la corrala

Mientras se abrían las puertas de la Feria, recordó con ternura el bautizo de Clarita: aquella lluvia de caramelos y monedas que, caída de las nubes, sorteaba tendales y relucía sobre el patio cual patrulla de luciérnagas en busca de pareja. Entre risas y empujones, reunió calderilla suficiente para comprarse algunos cromos y un tebeo; pero al llegar la noche y callarse el organillo, se escuchó el inquietante llanto de la pequeña y, al amanecer, una neblina amenazante detuvo el trajín de las galerías. Cuando preguntó por Clarita, respondieron que, como era tan linda y tan buena, se la había llevado el Ángel de la Guarda a vivir al cielo. Alarmada, añadió al ángel a su lista de temores, junto al Sacamantecas y Camuñas. Y, por si acaso, se volvió respondona y desaliñada. Hasta que se mudó a la corrala una chiquilla de mirada distraída que solía invitarla a merendar y a jugar con sus muñecas. Entonces, para no ser menos y porque no tenía más, correspondía contando historias que imaginaba, como la del bautizo de Clarita…

Un cohibido carraspeo la devolvió a la realidad y, bolígrafo en mano, se dispuso a firmar ejemplares de su último libro de cuentos.

57. RESET (Juan Manuel Pérez Torres)

Fue todo un acontecimiento. Estaba datada dos siglos antes.
Cuando abrieron aquella cápsula del tiempo, todas las cosas volvieron a ocupar su espacio. Curiosamente, de la tierra surgieron brotes verdes que poblaron de huertos los arenales. En los cielos se disiparon los nubarrones y lucieron los azules. Las aguas marinas volvieron a mecer sus olas bailando cadenciosamente en la orilla. La fauna y la flora sincronizaron sus tempos con el tic tac del mundo. Los días y las noches se sucedían de nuevo con respeto a los astros y los planetas. Se desconfiguraron los smartphones, se apagaron las tabletas y se colgaron los pecés. Se borró la nube. Simultáneamente, todos los fusiles se encasquillaron y los civiles volvieron a sus quehaceres. Los países eliminaron sus fronteras. Las familias se convocaron.
Y todos los hijos regresaron al amor de sus madres.

 

56. VIOLETA

La profesora de cultura emprendedora encomendó a la clase un trabajo en aras de socavar qué ideas se instalaban en aquellas mentes jóvenes que van a ser el futuro de nuestra sociedad.

Violeta, una de esas alumnas, tiene la imaginación suficiente como para crear un mundo de funkos en el que TikTok e Instagram serían los paisajes vividos, pero obviamente no era un tema a tratar en esta ocasión, así que decidió mirar a su alrededor y saltó la chispa en la cotidianidad sin recurrir a extravagantes ocurrencias intentando rebuscar la más original.

El título del trabajo “PLAN B” y el lema “aprender a vivir también debería enseñarse”. A Violeta le preocupa salir de la rueda educacional con muchos conocimientos teóricos, pero con poca práctica en la vida diaria: «¿Cómo entender una nómina?», «¿cómo arreglar una pequeña avería en el hogar?», «¿cómo enfrentarse a una entrevista de trabajo?», «¿cómo cocinar platos básicos?»…

Lo que no esperaba ella es que su proyecto fuera gratamente acogido por el profesorado, hasta el punto de tener que defenderlo ante un jurado universitario que aplaudió su ingenio y la hizo justa ganadora de la convocatoria.

Violeta y profesora, tándem perfecto y esperanzador.

 

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