Esta Noche Te Cuento. Concurso de relatos cortos

BALCONES o BICHOS

Un relato con menos de 200 palabras inspirado en cualquiera de los dos temas que te proponemos

ENoTiCias

Bienvenid@s a ENTC 2022 Puedes elegir: enviarnos un relato donde encontremos BALCONES o BICHOS. Y recuerda que el criterio no debe ser poner menos palabras sino no poner palabras de más. Bienvenid@
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Esta convocatoria finalizará el próximo
30 de Junio

Relatos

15. Refugios de la vida

Un pellizco le agarra el corazón cuando enfila la calle y mira hacia arriba, hacia la segunda balconada. La que daba a la habitación de sus padres. Donde ella y sus hermanas nacieron.

Donde su padre murió. Donde su madre guardó luto y se refugió de la vida, esperando su muerte; porque ‘sin un marido, una mujer ya no tiene nada que hacer en este pueblo’.

En ese balcón, sentada en su mecedora, tejía, rezaba y leía lo que alguna vecina, que había servido en aquella casa tiempos atrás, le traía cuando iba de visita. Le contaba cotilleos, le regaba las pocas plantas que le quedaban y descorría las cortinas para que, al menos, algo de luz entrase a través de aquel balcón donde la vida había muerto.

De ahí se fue ella, se fueron todas. Ella a veces vuelve. Pero en ese balcón solo hay recuerdos muertos.

14. Serpientes de verano

Para ella, estar desnuda no es solo despojarse de la ropa, separar la tela del contacto con su piel; para ella, estar desnuda es sentir como el sol la reconoce, como el viento examina su espalda, como el fuego de la barandilla del balcón la penetra cuando, todavía indecisa, a horcajadas, piensa en traspasar esa frontera y asomarse al asfalto líquido del verano. Para ella estar desnuda es mostrarse a unos ojos asombrados, lascivos, temerosos, inquietos, insaciables. Para ella los curiosos que abajo se amontonan son hormigas que acuden a la llamada de la carne. Para ella estar desnuda es crear expectativas: desconcierto, gula, sexo, suicidio, Cuando llegan los bomberos sus pies ya están en la cornisa, sus manos sujetas a la balaustrada, su cuerpo hacia delante, como el mascarón de proa de un edificio a la deriva; su pecho un ariete que desafía al horizonte; su pubis un rastro de miel ofrecido al abismo. No sabe cómo han averiguado su nombre, pero al escucharlo siente la necesidad de acudir a la llamada, de soltarse mientras una plegaria solemne, un coro de lamentos, se prepara para recibirla, igual que los judíos recibieron el maná en el desierto.

13. Una plaza con solera (Javier Igarreta)

La plaza nació como triángulo trapezoidal. Un aborto del urbanismo, junto al río. En la antigua huerta de las monjas. Algún cronista incluye un cementerio. Un aluvión de gente de pueblo dio sentido al descabellado proyecto. Los balcones se llenaron de flores y pájaros enjaulados. Una ajustada metáfora del agridulce sinvivir del animado núcleo poblacional. Después daría paso a un abigarrado microcosmos, en consonancia con la heterogénea procedencia de sus nuevos moradores. “Demasiado cambio”, decía una vecina de enfrente. Siempre me chocaron los ademanes ceremoniosos con que acariciaba a su gato sobrealimentado. Alguien me comentó de su afición al esoterismo.

Hoy me despertaron unas luces oscilantes, la ambulancia, pensé. Asomado a mi ventana vi coches de policía. Ayudados por los bomberos accedieron a la vivienda. La señora había activado su alarma, pero no estaba allí. Tampoco el felino. De pronto, alguien la vio encaramada en una lámpara. Reducida a su mínima expresión emitía un ultrasonido que aumentaba de intensidad al chocar contra la ventana. Amparada en el secreto de sumario volvió a su ser. El felino salió de su encierro. Aún pasean al anochecer junto al río. Ella cantando a la luna, el gato, triste y azul.

12. Malvas y blancas (Susana Revuelta)

Sale el sol aligerando de rocío las telarañas y despertando los aromas del campo: limón, lavanda, tierra mojada, estiércol fresco de vaca. Se oyen ladridos, ruido de tractores, el trino de aves alborotadas.

De estos sonidos y olores, Hanna no percibe nada. Cada mañana disimula los pinchazos en el pecho para no preocupar a sus compañeras del albergue, que intentan animarla charlando con ella, sacándola a pasear. Llega después la traductora y les enseña en español el nombre de algunas plantas: hortensias, margaritas, lirios, jaras.

Pero su mente está en su balcón, a miles de kilómetros de distancia. Allí tras el verano no sobrevivían ni azaleas ni camelias ni nada; se amustiaban en cuanto se debilitaban los rayos de sol. Además era tan pequeño que apenas cabían cuatro macetas, el tendal y la silla donde se sentaba Viktor a fumar. Siente otra punzada en el alma al recordar cómo le reñía cuando se encendía un cigarrillo, ¿no tragas bastante humo en la fábrica?, solía decirle, mientras le quitaba el paquete enfadada.

Hanna escucha esas palabras extrañas y reza en voz baja. Solo pide que su corazón resista, para poder regresar y depositar un ramo de flores en su tumba improvisada.

 

 

11. Titular de mañana (Toti Vollmer)

Algo se estrelló en su balcón. Tras el sobresalto inicial, encontró un dron estropeado junto a las macetas. Se asomó a la calle, pero no vio a nadie. Entonces lo examinó y le pareció que era irreparable. Estaba a punto de botarlo cuando le interrumpió el timbre. Abrió la puerta y se encontró con un chico guapísimo que venía a excusarse y a buscar su chatarra. Encantada con su suerte, y como esa sonrisa se le hizo tan familiar, lo hizo pasar. Le costó un par de cafés reconocer que se trataba del de la foto que inundaba internet, el que acechaba a sus víctimas con cámaras ocultas.

10. CONDENAS (Juan Manuel Pérez Torres)

La prensa la calificó de condena ejemplarizante, incluso salió en la tele, decían que era pionera, avanzada, porque aquello era maltrato…
En la celda, de tres por tres, al menos, tenía una cama pegada a una de las paredes, y, al lateral, por el lado de los pies, un minúsculo lavabo, aunque sin espejo, y, algo más allá, la letrina. Frente a la cama, una mesa hecha de obra sostenía, en una esquina, un vaso de plástico con el cepillo de dientes y otros artículos para la higiene. Precaria, sí, pero tenía higiene.
Lloraba arrepentido porque, ahora, era capaz de asumir las acciones pasadas sin eludir las consecuencias de su culpabilidad. Se dio cuenta de que había vivido solo para trabajar, para producir, competir, doblar turnos, comer un bocadillo y seguir, seguir, seguir. Seguir para qué, joder… ahora lo borraría todo. Pero ya era tarde, por eso lloraba, porque ya era tarde y porque lo había hecho una y otra y otra vez. Y lloraba de una forma sincera desde el momento que comprendió y reconoció su crueldad con Trueno, el mejor amigo… dejarlo encerrado cada día… tantas horas… en aquel balcón… a pienso y agua… a la intemperie…

09. Cantos de cigarra ( Fernando Garcia del Carrizo)

Es mi única oportunidad para escapar de esta sentencia a muerte. Llevamos varias horas trabajando, bajo la mirada cansada de los guardianes. Todos en fila, portando cada uno parte de la cosecha recogida hasta el almacén y vuelta a empezar. En un tramo del trayecto hay un árbol donde una chicharra nos castiga con su monótona canción. Allí podría esconderme inicialmente hasta la noche. Entre la multitud que somos, no se percatarán hasta el recuento diario en la prisión. Mi único temor es que algún compañero lo vea y me delate.

Es arriesgado, pero ansío la libertad.

Quiero decidir por mí mismo y dedicarme a aquello donde realmente me sienta realizado, aunque solo sea una hormiga.

08. Se juntaron dos cobardes

La primera escapadita romántica, alquilamos un apartamento en la costa para disfrutar de nuestra incipiente historia de amor. Quería impresionarla y organicé una cena  estupenda en la magnífica terraza de la que disponía el ático. Para sorprenderla aún más le vendé los ojos, abrí la cristalera y me disponía a poner un pie fuera cuando lo ví, sólo atiné a decir: ”Vuelve atrás”. Cerré apresuradamente  y ante la mirada atónita de ella, despojada ya de la venda, le señalé con el dedo: “¿Tu ves lo que yo? ¡Ése es el lagarto Juancho!” Pasamos la semana encerrados en la habitación con un calor espantoso. Por el ventanal  veíamos a la salamanquesa paseándose ufana por su feudo . En ese  momento temí la imagen más que infantil, que  había proyectado de mí, teniendo en cuenta además que le sacaba diez años.

Tengo que reconocer que  el amor puede superar estos trances porque han pasado los años y llevamos dos días con la ventana cerrada del dormitorio, un murciélago enorme, creemos ambos que se trata de un caso de gigantismo murcieguil, ha decidido acampar en el poyete…

El palo del escobón y lo empujo a volar…..sólo de pensarlo tengo los pelos como escarpias.

07. SIGILO NOCTURNO

Sentada en la cama, absorta en una trepidante novela de intriga policíaca, tarda en percibir la solapada actividad que se desarrolla a su alrededor. Más allá de los confines del círculo de luz que la envuelve, algo se arrastra lentamente sobre la colcha, algo pequeño y sigiloso. Agarra la lamparita de noche y enfoca directamente a sus pies.

¡Caracoles! La expresión de sorpresa es, en este caso, literal: una caravana de moluscos asciende, sin prisa aunque sin pausa, por su cuerpo cubierto por la ropa de cama. En primera instancia le resulta curioso; luego una bombilla de alarma empieza a parpadear en su cerebro. Cuando los caracoles trepan por sus brazos, por su pijama, por sus cabellos, intuye que es hora de pedir ayuda. Pero, al abrir la boca, los animalejos la invaden, asfixiándola…

Se incorpora en la cama gritando, bañada en sudor frío, la respiración agitada. Mira alrededor: está sola. Suspira aliviada y sale al balcón para que la brisa nocturna disuelva los últimos jirones de la atroz pesadilla. Y, mientras se deja acunar por la amable luna llena, cientos de estelas plateadas avanzan sobre el césped del jardín, inexorables, hacia su balcón…

06. MARINO

Cada Viernes Santo el paso de la Virgen de los Desamparados se detenía bajo su balcón, un primer piso en la Plaza Mayor.

Tocado con mantilla y peineta Marino le cantaba, los ojos arrasados, con deliciosa, fina y firme voz.

Hace unos días el Sr. Obispo afirmó con desprecio en la prensa local que este año la procesión no pararía ante el balcón de un degenerado.

Al día siguiente Marino se vistió entero de un elegante y discreto negro.

Temprano caminó al Palacio Episcopal, bien conocido por él, donde le saludó cariñosamente Sor Teresa que tantos desayunos le había preparado.

Entró directamente en el despacho del Sr. Obispo quien le observó estupefacto hundiéndose en el sillón cuando Marino le aseveró con deliciosa, fina y firme voz que sí le cantaría a la Virgen. De no ser así se sabrían los importantes personajes de la Curia, se los enumeró despacio, que habían gozado de sus placeres.

Este Viernes Santo, tocado con mantilla y peineta, Marino le ha cantado como nunca a la Virgen de los Desamparados con deliciosa, fina y firme voz.

Con los ojos arrasados ha podido ver cómo desde la calle el Sr. Obispo le bendecía con solemnidad.

05. KAFKIANO (Jesús Alfonso Redondo Lavín)

Terminada la campaña comercial en Moravia, Marek Kovák volvía a Praga para renovar los muestrarios de primavera y pasar a contabilidad la lista de pedidos.

Cuando el tren cruzaba el río Moldava recordó sus largos paseos por la orilla con Gregorio Samsa, su amigo de la infancia, y se prometió a sí mismo visitarlo. Hacía tiempo que no sabía nada de él, salvo algún rumor de que había sido despedido de la Compañía en la que ambos habían sido reclutados.

Terminadas sus obligaciones laborales se acercó a la casa de los Samsa. El señor Samsa lo reconoció y lo abrazó emocionado:

─ Gregorio desapareció. Desde navidades no sabemos nada de él, le dijo.

Contrariado, Marek salió del portal y se sorprendió al ver que los transeúntes se paraban a mirar hacia el balcón del señor Samsa. Incluso un grupo de personas jubiladas escuchaban, mirando a la balconada, las explicaciones de su guía:

─Señores, decirles que diariamente, al toque del carrillón de la catedral a medio día, ese inmenso gorgojo que ven abre con sus patas la ventana del balcón y mira hacia el cielo.

Marek se estremeció. El insecto parecía hablarle y no apartaba su mirada lacrimosa de su rostro.

04. UNA COMIDA ESPECIAL

¡Un animal! ¡Un animal! Eso gritaba yo mientras echaba a correr como una loca cuando una hormiga enfilaba el mantel sobre la hierba, justo cuando mamá destapaba las fiambreras que iba sacando de la vieja bolsa-nevera azul.

Éramos pobres como ratas, pero ir a comer, los domingos de verano, a la Casa de Campo, el parque más grande de Madrid, era el premio especial de  una larga semana de privaciones.

Papá desplegaba el mantel entre los árboles, a la sombra y, después de la caminata desde el centro de la ciudad hasta allí, nos moríamos por empezar a devorar los manjares de mamá: Filetes rusos, tortilla de patatas, pimientos verdes fritos y alguna fruta. Con pan y agua fresquita del termo, esa comida era un auténtico festín para los cuatro.

Pero nada más coger mi hermano y yo nuestras raciones ¡Zas! Aparecía alguna maldita hormiga avanzando decidida hacia los platos.

Entonces, mientras yo huía a varios metros de distancia y mi madre desalojaba a aquellos “animales” fuera del mantel, el nano se iba comiendo su ración y parte de la mía !El muy…!

Pasó mucho tiempo hasta que los bichos y yo llegamos a entendernos.

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