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No sé si es una daga (entiendo poco de armas), pero mi abuelo la llamaba así, LA DAGA, y yo me imaginaba las mayúsculas grandes y rojas, como sangre enemiga. Nos contó, más de cien veces, que un día el arado se tropezó con algo y cuando fue a ver qué pasaba la encontró sobresaliendo de la tierra. Debía de ser de los romanos que construyeron el Acueducto, aseguraba, porque estaba oxidada. Tal cual la encontró, la colgó en el desván. Cuando murió, subí a buscarla, antes de que alguien se adelantara y desde entonces está colgada en mi dormitorio.
Ayer me llamó el de recursos humanos: quería hablar conmigo hoy (le gusta torturarme con las esperas).
Anoche limpié y afilé la daga y la guardé en una mochila, que ahora descansa sobre mis piernas. Me habla de recortes, de amortizar mi puesto, de bajo rendimiento y de necesidades de la empresa, mientras acarició la empuñadura. Cuando hace resbalar un papel sobre la madera noble de su mesa, esgrimiendo un bolígrafo de marca delante de mis ojos, la saco rápidamente y la acerco a su garganta, por mí, por mi abuelo y por el soldado romano que antaño la blandió.
abajo mira salta abajo
qué haces vuelve no mires atrás déjalo no sí déjalo
no mires ciérralos no mires calma respira no pienses calma despacio así otra respira piensa despacio cascarón sí calma bien así despacio
pero solo sí solo puedes no sí un paso uno relaja olvida solo uno respira solo instante breve salto respira solo aire instante viento paso siente aire despacio respira sí otro paso despacio solo mira abajo puedes calma
abre mira cielo mira puedes aire siente escucha viento mira sí abajo salto instante arriba cielo ahora salta salta salta abre más más mueve abajo rápido arriba extiende mueve rápido mueve sigue sube sigue rápido sigue nido sigue olvida siente viento sube mueve gira mueve sube mueve alas mueve calma mira cielo nubes sigue siente aire
sigue
sigue
eres viento
Te traje al mundo sola, mi amor, con el miedo apretándome la garganta y la rabia ardiendo por dentro. Me dijeron que venías con un camino difícil, que tu vida sería frágil, que quizá el futuro no te alcanzaría para hacerse largo. Y cuando otros se fueron, yo me quedé.
Creí que tendría que enseñarte a vivir: a caminar, a hablar, a defenderte, a encontrar tu sitio en un mundo que no siempre sabe mirar despacio. Pero fuiste tú quien me enseñó a mí.
Me enseñaste que la felicidad puede respirar bajito, que una sonrisa tuya podía abrir una ventana en mitad del invierno, que no hace falta vivir muchos años para dejar una huella inmensa.
Fuiste mi pequeño faro en una noche enorme: no iluminabas lejos, pero iluminabas todo lo que importaba.
La vida nos regaló tiempo: rutinas, mesas, abrazos, momentos sencillos que hoy sé que eran milagros.
Aprendí a quererte sin medida, sabiendo que podía perderte. Y cuando te fuiste, dejaste ausencia, pero también la belleza de haberte vivido.
Y entonces tuve que hacer frente al mayor de los corajes: el de aprender a vivir sin ti.
Sudor frío, palpitaciones, sensación de irrealidad y el aire que no entra, si me alejo de mi zona segura. Sé de memoria los pasos que separan mi cama del salón, el sofá de la cocina o del jardín que no piso desde hace años. Sólo acercarme despierta ese hormigueo en las piernas, el temblor y la urgencia de volver a subir las escaleras y encerrarme en mi dormitorio.
Cruzo de una habitación a otra sin mirar hacia la entrada de la casa para evitar los frecuentes ataques de pánico. Ahí fuera hay un mundo demasiado grande para mí.
Un paso más, debo averiguar si soy capaz, ver hasta dónde llego, o si es otro fracaso. Necesito un apoyo y rozo las paredes del pasillo con mis dedos que sienten el relieve del papel pintado. Los zapatos son cargas de profundidad que se hunden en la moqueta.
Abro la puerta, un pie suspendido en el aire, luego el otro, avanzo, por fin, bajo el escalón.
Fuera el viento me reconforta y siento un deseo irrefrenable de correr a taparme bajo las sábanas. Respiro. Doy otro paso y compruebo que el mundo no estalla en mi cabeza.
Tenía varios trabajos mal remunerados con los que sostenía a su familia. Durante la semana, limpiaba diferentes establecimientos, y los fines de semana trabajaba en la hostelería. Hacía tiempo que se había quedado viuda con dos hijas pequeñas. Cuando llegaba exhausta a casa, ayudaba a sus niñas con las tareas escolares, siempre vigilando que no se distrajeran ni se pusieran a jugar, ya que su preparación no le permitía resolver la mayoría de las dudas que le presentaban. No desatendía ninguna de sus responsabilidades académicas: tutorías, reuniones, actividades extraescolares. Las niñas sentían cierta vergüenza por no tener una madre más preparada.
Un día, mientras hacían un trabajo de ética, confrontaron a su madre, en torno al tema de la igualdad y, con la intención de dejarla en evidencia, le preguntaron si ella estaba de acuerdo en que todos debíamos ser iguales. La madre, al responder que no, provocó que las niñas se echaran las manos a la cabeza y la llamaran de todo, con calificativos penosos. Cuando finalmente terminaron de hablar, ella, les explicó que todos los esfuerzos que realizaba a diario eran para que ellas no fueran iguales que su madre. Lo dijo con mucho coraje.
Muchas tardes, la joven de la última fila se desahoga en la pared de la casa del profesor de lengua y literatura. Esgrafiadas con un objeto punzante, le deja frases en las que conjuga en presente irregular su amor no correspondido: «Eres mi bida», «Estoy loka por tí», «Sino es aora, kuándo?».
En un par de semanas la pared parece un enorme pupitre, castigado con cientos de mensajes que hieren la vista y el corazón del docente. Cada error lo punza como una ortiga, pues arrastra desde niño una aversión obsesiva a los deslices ortográficos. Y a la maldita soledad.
Hace dos días que ella no ha vuelto a resbalarse por allí. Al amanecer, cuando la ciudad aún guarda silencio, él se arma de valor y le escribe con tiza roja: «Me faltas».
Con el mundo a mis pies y esos insignificantes y débiles mortales expuestos a mi divina voluntad hoy siento la tentación, no de amoldarme a la responsabilidad y buen juicio que hasta ahora he ejercido en mi cargo, sino de utilizarlo para experimentar y observar cómo sus pequeñas vidas se trastocan al provocarles todo tipo de desgracias. ¿Serán capaces de sobreponerse y luchar o simplemente aceptarán lo que les mande?
Desearía encontrar a aquel que se revele contra el destino que les impongo. No quiero asustadizos, dóciles, sumisos e hipócritas adoradores. Me aburren. Necesito un desafío que me saque de este monótono reinado. Alguien que tenga el coraje de superar la adversidad una y otra vez sería estimularte.
Es hora de jugar. Será difícil pensar en desgracias que superen las que ellos mismos han recreado desde que están a su libre albedrío. Y cuando encuentre a quien sea capaz de sobrevivir disfrutaré aplastándolo, reduciendo su valentía a la nada. O se me ocurre, quizás un castigo aún más cruel. Le concederé la inmortalidad y le traspasaré este pesado cetro de la infinitud.
Llevaba demasiado tiempo sin haberse manchado las manos. Las excusas habían sido buenas, pero intuía que los de arriba no se tragarían ni una más. Pronto empezarían a sospechar de su pasado. Aunque estaba avalado por un magnífico currículum, sus supuestos méritos como sicario eran difíciles de probar.
Por eso reunió el coraje suficiente y se ofreció voluntario para el siguiente trabajo. El jefe en persona le entregó una carpeta con todo lo necesario: la dirección donde encontraría a la víctima, un fajo de billetes como adelanto y una escueta sinopsis de la misión. —Nivel 4: ejecución— leyó ante el jefe sin pestañear.
Llegó puntual a la dirección. No había nadie. Le resultó extraño. Muy extraño. Era un fallo impensable que la víctima no se encontrara allí. —A no ser que… —pensó mientras su espalda se deslizaba despacio pared abajo dejando un rastro de sangre en el papel pintado.
En su segunda venida, el Mesías aseguró que resistir la tentación era sencillo: bastaba con tener miedo. Lo verdaderamente difícil, dijo, era reunir el coraje necesario para caer.
Sus palabras prendieron enseguida en el pueblo como una forma de liberación. El carnicero trucó sin pudor la balanza. La maestra se acostó con el padre de un alumno. El alcalde aceptó sobornos para recalificar terrenos. La culpa no los atormentaba porque ya no era pecado, sino valentía.
Pronto sus seguidores fueron legión. En todo el mundo, la gente se atrevió a dar rienda a sus deseos más oscuros. Solo Él permanecía limpio: no robaba, no fornicaba, no se enriquecía. Por eso, pronto lo acusaron de no predicar con el ejemplo, de ser un farsante y un cobarde. El pueblo exigió un castigo ejemplar, y las autoridades decretaron su crucifixión.
Ya en la cruz, habló:
—Seguís siendo los mismos tontos de siempre. No veis que yo también he cedido a la tentación.
—¿A cuál? —gritó el pueblo enfervorecido.
—A la de medir mi poder. Hace dos mil años os convencí de que si pecabais, había un infierno esperándoos. Ahora quería saber si también lograba convenceros de lo contrario.
Amed miró con recelo al hombre que le ofrecía comida. El muchacho tenía hambre y sed, pero tenía aún más amor propio y no aceptó. Sus ojos eran dos pupilas inmensas y oscuras que se abrían paso a través del polvo de sus pestañas. Y acusaban en silencio. Le tentaba alargar la mano sudorosa y escoger algo de fruta y harina de ñame para que su madre —que tenía el pecho seco y estaba maldita— volviera a ser mirada con amor. Sin embargo, rehusó de nuevo y dio las gracias en francés. Luego, antes de trepar hasta el agujero de la mina y reanudar la búsqueda del oro y mientras le ahogaba una tos persistente, accedió con un gesto discreto a ser fotografiado.
Aunque, a menudo, se sentía impotente y avergonzado, el hombre de la cámara hizo lo que tenía que hacer y, preparado el objetivo, capturó la historia escrita en la mirada de Amed. Después, perseguido por un zumbido de mosquitos, caminó despacio sobre las cicatrices de un sendero yermo y se dirigió a la escuela del poblado, aquel lugar extrañamente silencioso donde los niños, antes de salir a jugar con la muerte, aprendían a rezar.
Salió de la comisaría limpiándose los lagrimones. ¿Iría al infierno, a la cárcel?
Moño, chaqueta de punto, falda de cuadros, zapatos de tacón bajo. Jamás se hubiera imaginado a sí misma en un lugar como ese. La Policía, ¡por todos los santos! De dónde había sacado la valentía para contarlo era algo que solo Dios podía explicar. Él era como su propio padre. Mejor incluso, más presente. Un hombro en el que llorar, alguien en quien confiar. Años hacía que lo intuía, pero jamás imaginó que pecaba. Un hombre tan bueno solo podía hacer cosas buenas. Hasta que la oyó sollozar. A la pequeña. Tan bonita, tan temblorosa. ¿Había sido una desagradecida o lo había salvado concediéndole la oportunidad de arrepentirse? Siempre invisible, como una sombra. Limpiando hasta en los rincones más oscuros, oculta a los ojos de todos menos a los de Dios.
No regresó a la iglesia hasta que todo hubo acabado, hasta que las luces se hubieron alejado, hasta que no quedó nadie más. Se arrodilló y rezó. Anhelaba de todo corazón su perdón. Él, todopoderoso, sabría reconocer lo bueno que, estaba segura, todavía quedaba en él.
Sentada en el suelo del refugio con las rodillas abrazadas, observa cómo la maestra canta con sus alumnos la tabla de multiplicar: dos por tres, seis; dos por cuatro, ocho… Admira la normalidad que transmite a los pequeños. Las explosiones cesan y, terminada la clase, los críos suben a jugar entre las ruinas. Como ellos, se ha acostumbrado a imágenes que resultan insoportables para los espectadores que pueden seguir el horror desde sus salones, a miles de kilómetros. Está vacunada contra todo, salvo el miedo. El dolor por los compañeros muertos en un ataque a su convoy se le aferra al cuello, al pecho, al estómago. La paraliza, pero consigue dominarse. Para no entrar en pánico sigue el ejemplo de la maestra. Los niños viven la guerra de manera diferente, protegidos por su envidiable resiliencia infantil. Todos han perdido algún familiar bajo los mismos escombros sobre los que buscan un balón perdido. Se ajusta el casco con la acreditación PRESS y el chaleco antibalas. Cámara al hombro y micrófono en mano, aprieta los dientes y sale a la calle a desempeñar su labor un día más.
El zumbido del misil sobre su cabeza es lo último que escucha.
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