¿Te falta alguno de nuestros recopilatorios?
PREMIO A CURUXA 2024
PREMIO SENDERO EL AGUA 2024
***
más de 15000 relatos

más de 6 millones de visitas


Las huevas de caviar del Báltico estallan suavemente al morderlas. Vuelvo a decir que estoy encantada y agradecida, mientras finjo una protesta ante tanto dispendio. “Tú te lo mereces todo, hoy es un día especial”, recibo por respuesta.
El toque de mantequilla de la carne de wagyu no es menos placentero que esa voz, que ahora me habla de un compañero con el que ha empezado a salir. Le digo que quiero conocerlo. El vino de alta gama y mi alegría hacen que yo cuente otra vez aquella tarde en la que su padre, que en gloria esté, me pidió relaciones.
No esperaba un postre de chocolates exclusivos y oro comestible, ni un brindis con Möet & Chandon.
Me alejo con mi silla de ruedas, sin querer mirar el plato que dejo con restos de lentejas y otro con pollo reseco, además del yogur caducado y el vaso triste con agua del grifo, bajo el parpadeo de un fluorescente que nadie cambia.
La telenovela en la sala de la residencia de ancianos no interrumpe mi fantasía, la ensoñación de que la hija que perdí ha venido hoy a visitarme, primer domingo de mayo, con un cáterin y unas flores.
A las afueras de la ciudad, donde los barrios limitan con las fábricas y el campo, donde los patios conviven con tendederos y coches oxidados, los vecinos contratan a Cassiel. El mejor pintor, comentan todos.
El hombre realiza sus trabajos en silencio, imaginando cada una de las escenas. De ese modo, los muros de las casas lucen ventanas simuladas desde las que puede verse el mar; balcones adornados con flores eternas; un jardín con nieve que no se derrite; una estación con un tren que regresa; o, incluso, un pequeño café frente a un tranvía en Lisboa. Todas aquellas imágenes son encargos de quienes sueñan con algo que nunca tuvieron.
La anciana que vive en el bajo del bloque tres, por fin se ha decidido y, sin titubear, le pide una cocina.
Cassiel pinta entonces pucheros humeantes, un periódico doblado sobre la mesa y un reloj detenido en la pared. La luz entra por una ventana que no existe y, aun así, parece cálida.
Cuando termina, pregunta a la mujer si aquella cocina es la de sus sueños.
—No —responde ella, sin apartar la vista del cristal—. Es la que perdí el día que cayeron las bombas.
El dardo viajero evadió el mapamundi estrallándose en un desollón, virando el destino. ¿Cómo discernir, percibir y sentir la verdad? si solo se modelan y construyen similitudes.
Se acuna con su mantra: “Om tare tuttare ture soha” para permutar y capturar una especial travesía, un vuelo con destino a Ipsum. Allí, los espacios visitables son las luminosas erudiciones, las idóneas pericias y las serenas mágicas, donde desertar de frustraciones y centrarse en otras elucubraciones más gratificantes.
Liberados, exentos y soberanos, somos mundanos sometidos a nuevas devociones y adhesiones que deambulan por nuestros lares. Hay días que, sin saber porque, se obvian las circunstancias adversas y una se centra en lo importante. Actúa como es, y hace que los instantes sean más preciados.
Sumergirse en el humo, atraer los mejores sueños, acomodarnos en ciclos y deambular por los mejores viajes. Urdir mi equipaje con afectos y ternuras y no temer sombras en mi frente tosca, pues solo surten líricos laureles del desván de mi memoria. Tomar decisiones, ser el auriga de mi vida y así hallar mi paz… vengan desafíos que me eleven.
Ya todo es perfecto, nadie a quién anhelar, nada hay que actuar… nuestra esencia hasta la eternidad.
In memoriam, Lara
Seguía en pie ante el micrófono, cuando se detuvo un instante. Entonces se giró hacia el ataúd dispuesto frente al altar, tragó saliva y con voz trémula continuó con su discurso fúnebre:
”No podías hablarme, ni oírme, ni verme; las condiciones de tu nacimiento no lo permitieron. Pero mis manos siempre estuvieron contigo, sobre tu piel, hablándote sin palabras. Ojalá haya conseguido… Ojalá hayas sentido todo el amor que…”
Repentinamente dejó de hablar. Apoyó despacio ambas manos en los extremos del atril y dirigió la vista al techo de la iglesia. Permaneció inmóvil durante largos segundos en una especie de trance, como si estuviera escuchando algo. Al cabo, hizo un gesto de asentimiento, devolvió la mirada al féretro y una amplia sonrisa iluminó su recompuesto semblante.
Lógicamente, debido a la intensidad del momento, todos los allí presentes atribuyeron lo ocurrido al fruto de su imaginación. Sin embargo, aquel día la Muerte sí hizo una excepción.
Creíamos que habían vuelto pero, si observamos con atención, está claro que nunca se fueron.
Jamás imaginé que el mundo por el que transité durante mi vida adulta, mutara por completo en tan sólo unos pocos años. Aquel mundo que casi añoro no era perfecto, sin duda, pero sí era más humano, más solidario, más habitable y mucho más reconocible.
Reflexionando ahora sobre todo esto, recuerdo cómo, por aquel entonces, los muy ricos no hacían tan descarado alarde de su poder, ni mostraban su insolidaria avaricia con el casi pornográfico orgullo con el que la exhiben hoy.
El guión global que cierta moderna tecno-oligarquía obliga a seguir a todas las ultraderechas del mundo, a cambio, eso sí, de mucho dinero para financiar su muy repetitiva propaganda mediática, sólo persigue perpetuar su dominio y sus privilegios, eliminando sin pudor democracias, estados de derecho, avances sociales, lucha contra las desigualdades, respeto a reglas y límites que nos permitían convivir razonablemente en paz.
Creí que mi imaginación, muy básica pero muy sólida a lo largo de toda mi vida, me anunciaría la repetición de esta debacle más propia de algún siglo atrás pero, está claro que…
Me equivoqué.
Llevaba semanas atascado con aquel relato sobre la imaginación. Al menos tenía claro el título. Lo había aprendido en una clase de Marketing: provocar un “efecto wow” consistía en sorprender al cliente superando por completo sus expectativas.
A partir de un buen título, él solía dejarse llevar. Imaginaba situaciones, tiraba del hilo y acababa encontrando un giro inesperado. Pero esta vez era incapaz de hilvanar una sola frase brillante.
Admiraba a Hemingway, aunque no compartía aquello de “escribir es sentarse ante la máquina de escribir hasta sangrar”. Él prefería rumiar sus ideas frente al folio en blanco, mirando por la ventana, convencido de que las historias no se forzaban, sino que aparecían. Si no lo hacían, era mejor dejarlas reposar hasta volver a mirarlas con otros ojos.
Pasaron seis semanas. El plazo terminaba aquella noche y el documento seguía vacío.
A las 23:59 envió el relato, dejando el iceberg bajo el agua.
No tenía una sola palabra.
El título decía: “Ausencia de”.
La viudez repentina trunca mis viajes del Imserso. El reuma oportunista me hunde definitivamente en el sofá. Hasta que un máster providencial del nieto mayor lo obliga a vivir conmigo durante esos meses de estudio. Viéndome decaída, se empeña en revertir la situación. Debo fortalecer la musculatura divirtiéndome, asegura. Con gran perseverancia, aprovecha mi pasión por los animales para intentar hacerme teriana. Primero, jirafa (los estiramientos, imprescindibles); luego, pajarraco, chimpancé, canguro… (extremidades y articulaciones en acción); acabo siendo felina a cuatro patas (aprender a levantarse del suelo sin ayuda, vital).
Cuando empezaba a cogerle gusto a la tontería, me propone un cambio: viajar. Discrepo rotundamente, todavía recelo salir. Insiste: él se encarga de todo y me acompañará mientras no pueda hacerlo sola. Cedo. Así elegimos cada periplo: a ciegas, señalo cualquier lugar sobre el mapamundi. Igual visitamos un bosque cercano como nos trasladamos a una playa caribeña. ¡Alucinante!
Mi próximo destino, ya sin nieto, será un safari. Llevo horas frente al ordenador, construyendo en la aplicación el entorno tridimensional inmersivo. También edito el avatar. Con visera y mochila, parezco más joven; mis amigos virtuales alucinarán. Y yo que pensaba que el metaverso era la rama poética de la metaliteratura…
“Imagina la vida en paz”
¿Por qué no?
Los mayores dicen que sólo hago tonterías, que no seré nadie en esta vida.
Mis profesores afirman que soy un inútil, me han echado de la escuela.
“Puedes decir que soy un soñador”
Sólo mi madre cree en mí. Me ha regalado una guitarra y pone folk en el tocadiscos.
“Imagina todos compartiendo el mundo”
¿Por qué no?
Imagino con componer algún día una canción así. Sería bonito.
¿Por qué no?
(Años después John Lennon publicó “Imagine”. Se vendieron 23 millones de copias)
Tras rellenar los datos de empleado y valoración, el formulario abría un espacio amplio con una indicación: “Desarrolle, si lo desea, en menos de 100 palabras, una propuesta y protocolo de actuación” Y Guille deseó hacerlo.
«He soñado tantas veces con visitar tu boca como quien explora las selvas que se abren a machete, que se resisten hasta empujar con el filo de la lengua. He planeado tantas veces quemar los mapas para recorrer todos tus centímetros, acampando en cualquier pliegue de tu piel que me invite al reposo. Tatuarme junto al corazón la constelación de la araña que forman los ocho lunares de tu hombro. Enredarme en tus manos cualquier noche. Sin que sepas qué parte de mí descubre tu tacto ciego, sabio, dispuesto a olvidar para regresar mañana a la fascinación del hallazgo.»
—¿Has terminado el informe que me debes, Guille? —le interroga Alicia desde la puerta.
—Estoy… terminándolo.
—Te noto distraído, Guille. Escúchame. Soy tu amiga. Soy tu cuñada. Pero también soy tu jefa. No me lo pongas difícil …
—…solo andaba buscando la palabra adecuada. Ayúdame… esa sensación de querer conseguir algo a toda costa…
—¿Equivocarse?
—Déjalo, seguiré buscando…
Todavía recuerdo las gafas de pasta del Mejías, su melena grasienta con escamitas de caspa diseminadas sobre ella. Llevaba jerséis de rombos marrones o negros, aburridos, sobre los que asomaba el cuello duro de una camisa azul celeste; los zapatos llenos de polvo y unos pantalones que parecían estar hechos de arpillera. Deambulaba por el patio del recreo entre el vocerío de los pequeños, los balones de los que jugábamos al fútbol, las combas de las chicas y las carreras de los equipos del rescate. Avanzaba absorto, mientras sostenía entre sus manos igual La Regenta que un ensayo de Física Aplicada, igual El Alehp que un tratado de Fonética. Movía los labios como para espantar de su cabeza el ruido ambiente. Los mofletes, algo hinchados, rebosaban un acné púrpura y purulento. Parecía un fantasma ajeno a balonazos y empujones, un estudiante de otro tiempo que estuviera atrapado entre la arcilla de la tapia del colegio. Un día nos enteramos de su muerte, pero cuando salíamos al patio, él seguía allí igual que siempre, con su ropa estrafalaria, su aspecto descuidado y un libro distinto cada día entre sus manos, atravesando nuestros cuerpos, que ahora se paraban a su paso.
Mamadou sueña con ser ingeniero. Ha leído en algún sitio que el puente más largo del mundo mide 164,8 kilómetros. Lo levantaron los chinos sobre el lago Yangcheng. A Mamadou, como a los demás, las olas le salpican la cara. Hace rato que no habla. Lo calcula todo mentalmente: la velocidad de la barca, la hora de salida, lo que falta para llegar. Aun así tiembla. Se abraza las piernas y se acurruca en un extremo. Desde que anocheció, el miedo le agarró de los huevos y ya no se los suelta. Igual que cuando era niño y tenía que tirarse al río. Siempre era el último en saltar. Sus amigos cruzaban a nado hasta la otra orilla mientras él se quedaba en lo alto del acantilado, mirando el agua oscura del fondo. Entonces le gritaban:
—Vamos, Mamadou. Tírate. No pasa nada.
Todos soñaban con llegar a Europa y jugar en el Barça. Él prefería quedarse.
Pero al final Mamadou siempre acababa saltando.
Como ahora. Porque piensa que aquí podrá estudiar y construir puentes. Uno que mida exactamente 14,4 kilómetros.
El sol de mayo llega hasta la cama de Sofía. Lame la tibieza de las sábanas que la cubren reptando por ellas hasta besar su rostro. A su lado, sus padres intentan prenderla con las pinzas del miedo al tendal de una vida que le ha dado la espalda. Le hablan de valentía, de esperanza y, en nombre de un amor espeso y plúmbeo, la anclan a un lugar al que hace tiempo que ya no pertenece. Sofia ha reunido el coraje para decir adiós y ya tiene una fecha para buscar su sitio. Los suyos tendrán que quedarse con la estela que dejará ese amor que no tiene cadenas, tal vez algún día comprendan que la valentía tiene más de un camino.
más de 15000 relatos

más de 6 millones de visitas









