Esta Noche Te Cuento. Concurso de relatos cortos

EL ENFADO Y LA IRA

Un relato con menos de 200 palabras inspirado en cualquiera de los dos temas que te proponemos

ENoTiCias

Bienvenid@s a ENTC 2021 Puedes participar con un relato en cuya historia se muestre EL ENFADO Y LA IRA. Y recuerda que el criterio no debe ser poner menos palabras sino no poner palabras de más. Bienvenid@
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Esta convocatoria finalizará el próximo
1 de Octubre

Relatos

56. Soñar el encuentro – Calamanda Nevado-

En realidad no había necesidad de ponerse así. Pero la casa no estaba acondicionada.  Sin sofá, ni sillas. Sin luz eléctrica. Las paredes dibujadas de lagartos. Los techos de  serpientes, pájaros,  flores y hojas  como detalle artístico.  Apareció de pronto con los brazos y  tobillos adornados con plumas, pronunciando mí nombre y alargando las vocales. Llevaba atados alrededor de la cintura diversos objetos artesanales. Me tendió las manos, sonriente, y me atemoricé. No se parecía a lo que había pensado encontrar, ni en sueños.

Se puso a bailar solo,  frente a mí. Cuando cesó, me ofreció una bandeja llena de piedras,  dijo. “Elije una”. Se me puso la carne de gallina a pesar del calor. Me sonaron las tripas y vi todos los guijarros  iguales.  Mira que desee que alguno brillara o pareciera especial. No llevaba bolsillos para guardarlo y me lo metí por el escote.  Entonces ordenó. “Nos vamos” ¿Adonde? Pregunté. A ver el cambio de luna. Eso no sonaba divertido.  Quedé parada mirándolo.  Tienes un peculiar sentido del humor.  Murmuré. Me sentí víctima. Parecía un desconocido. Di gracias por dejar el billete de vuelta del avión, en el hotel.   Vocee en distintas lenguas hasta quedar afónica ¡Idiota, idiota!

55. Encadenados (Alberto Jesús Vargas)

Arturo mañana no trabaja. Él, que quiso ser un gran chef y tener su propio restaurante con estrella Michelín, lleva años en el mismo bar sirviendo bocadillos de calamares y aguantando a un tipo que por ser el dueño se cree con derecho a escupirle diariamente su constante malhumor. Arturo está casado con Marta, una mujer que estudió Interiorismo y terminó atrapada en un piso de cincuenta metros soportando a un marido que huele a fritanga y está acostumbrado a lanzar contra ella su enojo de perdedor. Ambos tienen un hijo, al que llaman Javi, cuyo sueño es pilotar motos lejos de esa guerra que es su casa y aunque se siente hostigado por una madre siempre irritada, se alegra de haber dado con Eladio, un compañero de clase gordito y con gafas con el que puede descargar su rabia empujándole a los charcos y pateándole como a un balón. Así ha conseguido que el pobre Eladio se odie tanto a sí mismo, que haya decidido dejarse caer como una lágrima desde la azotea de su edificio. Por eso Arturo mañana no servirá bocadillos. El bar permanecerá cerrado para que su dueño pueda llorar a Eladio, su hijo menor.

54. Estás jodido

Se acabó ser el monigote de barro con que los jueces juegan a ser Dios.

Inanes seres, insignificantes en casi todas las facetas de la vida, excepto, indignidad, cobardía y complejo de inferioridad más que justificado que los aboca a esa exacerbada sociopatía narcisista. Un solo logro en su vida; dedicarse en cuerpo y sin alma a conseguir un único objetivo, tragando para ello, sin escrúpulos, lo que fuera menester con tal de conseguir el poder, guiados únicamente por el ansia de poder, mucho poder, todo el poder.

Dictar el bien y mal. Aunque, visto así, diríase que cualquiera podría dirimir controversias cotidianas y otras mucho más complejas dadas a diario en la vida. Pero no, se trata de retorcer condiciones y requisitos que deben cumplir las apariencias, argumentos, pruebas y hechos, y hacerlos depender de puntos de vista tan subjetivos e imaginativos que nadie, ni siendo juicioso y habilidoso, los haría encajar por las microscópicas rendijas que esa macabra trama exige.

Hacer pasar dinosaurios por ojos de aguja, hacer caminar personas por el filo de una hoja de afeitar, interpretando la vacilación como delito; así que si no eres capaz de mantener el equilibrio . . .  estás jodido.

52. Problemas de digestión

Todo empezó cuando se tragó las palabras que querían escaparse cuando aquella niña le llamó fea. Se quedaron ahí, dando vueltas en el estómago. Después siguió comiéndose las respuestas que no se atrevía a soltar a todos los que se reían de sus gafas. También los restos de los escupitajos que le caían en el pelo a la hora del patio, a veces con chicles con algo de sabor a fresa y pelo pegado. Se le atravesó especialmente la risa de la profesora cuando le pedía leer en voz alta y las erres se le atascaban en el aparato, y el eco replicado por todos los compañeros le abofeteó las mejillas hasta hacerlas arder. Tragó y tragó, hasta que un día, volando hacia el suelo en plena zancadilla a la salida del colegio, notó un extraño mareo y empezó a vomitar fragmentos de palabras hirientes con miles de aristas, que se expandieron por toda la calle, clavándose en todo el que andaba por allí cerca. Pronto, solo hubo gritos y confusión, mientras ella se sacudía la falda del uniforme y se iba caminando, ligera, preguntándose qué habría de comer.

51. LOS LÍMITES DE LA IRA (Rafa Olivares)

Esta vez la bronca ha sido monumental, más fuerte que cualquiera de las anteriores. Se ha marchado dándome la espalda y pegando una patada al loro, después de haberme llamado chismosa, comprometedora, promiscua y no sé cuántas cosas más. Lo último que le he escuchado ha sido «¡Y no quiero saber más de ti en toda mi puta vida!». Pero sé que no tardará en volver. Tiene un genio de mil demonios, sin embargo, también es analítico, reflexivo y nada rencoroso. Estar solos desde el naufragio en cuarenta metros cuadrados de isla también ayuda.

50. Agitar antes de usar

Primero introduce unos puntos suspensivos en el fondo de un recipiente, con medio litro de agua. Salpimienta y sumerge un gerundio. Espera 7 minutos. Ponlo a fuego medio, lo llevas a ebullición y vas añadiendo el resto de ingredientes, a saber: un participio, tres infinitivos, dos verbos transitivos y otros tantos reflexivos, cuatro guiones, de trece a quince adjetivos, siete pronombres, cinco adverbios y un par de signos de interrogación. Después, mételo en el congelador durante 15 minutos. Sácalo, agita con fuerza, vierte el contenido en un vaso de cóctel y ofréceselo a ella, sí, a ella, mientras le dices cuanto la amas. ¿Que te rechaza? Pues nada: le sueltas una frase del tipo “¡Mi venganza será atroz!” o “¡La ira de Issis caerá sobre ti! (que sepas o no quien es Issis, es indiferente). Pero sobre todo, para vengarte de la ingrata que acaba de rechazarte, incrústala un pretérito pluscuamperfecto del subjuntivo entre la segunda y tercera costilla de su costado izquierdo: aproximada y preferiblemente, a la altura del corazón. Es rarísimo que falle.

 

49. El Accidente (Montesinadas)

En ese momento sólo piensas que eres una vieja torpe, cabezona y soberbia. Te enfadas contigo misma. La ira hace que tu corazón bombee con más fuerza y la sangre mane a borbotones. Por un momento, dejas de castigarte y piensas que necesitas que alguien te salve, pero no puedes gritar. Hace tiempo que tu vida discurre en voz baja y que tus ojos son leves, que sólo el tacto te ha salvado en más de una ocasión. También sabes que no puedes meterte sola en el baño. Pasan los minutos, quizás media hora, quizás media vida y desechas toda posibilidad de salvarte. Tendida sobre el suelo frío y mojado oyes el agua que rebosa y cae en cascada por la bañera para acabar mezclándose con el hilo de sangre que fluye sin freno de la brecha de tu cabeza. Un hilo que tira de tu vida como una cuerda invisible. Has dejado de pedir ayuda con tu voz débil, amordazada por la toalla enrojecida. Has dejado de luchar, sientes cómo una ráfaga de viento ha entrado por la ventana llevándose todos los recuerdos y empieza a gustarte el eco del baño y ese vapor cálido que inunda la escena.

48. El gordo de la lotería

Hay que ser majadero. Quién mejor que ella para aguantar mis complejos y este humor mío que sube y baja más que la bolsa; los sermones de mi padre; las brasas de mi madre; las navidades entre cuñaos… ¿Y cómo se lo pago?

¡Y tratar así a mi vecino!, ¿acaso tiene la culpa de tener esa cara de baboso? Con la de veces que me arregló la cisterna, los atascos en el fregadero ¡y siempre sin cobrarme un duro! ¿Se puede ser más egoísta?

Y llamar a mi jefe metiéndole por el culo el empleo que me ofreció cuando nadie confiaba en mí y nadie me daba trabajo… ¡Mentecato no, lo siguiente! 

¿Y regalarle mi Vespa al kioskero solo por reservarme cada miércoles la porno! ¿Seré gilipollas?

Y mi Panda al Juanma, ¡precisamente a ese meapilas!

¡Mecagüentoloquesemenea! ¡Hossstiaputa!, ¡cómo se puede estar tan cegato y confundir un siete con un uno!

47. MIRANDO AL MAR (IsidrøMorenø)

Una decena de postes están clavados en la arena de la playa. El nutrido grupo de amazonas de feroces y firmes rasgos se afanan en amarrar a diez hombres. Cuerpos desnudos. Manos y pies atados a los postes. Siempre ojos vendados y cara al mar.

Los varones presentan sus penes decaídos; seguro que también sus ánimos y esperanzas.

Solo se oye el romper de las olas. Ella, a quien llaman «la Guerrera», desciende de su caballo para iniciar el ritual. Enarbolando un machete se dispone a cercenar las pollas de esos elegidos. El resto de la comitiva femenina se ocupará de hacerle comer, uno a uno, su propia piltrafa sanguinolenta.

Mientras escucha los gritos desgarradores de aquellos desgraciados, Guerrera recuerda sus propios gritos y los de su familia cuando, aún niña, intentaba zafarse a golpes de esos “seres queridos” que pretendían mutilarla. Consiguió huir sin ablación, pero con firme juramento de venganza.

46. UNA PALABRA (Belén Sáenz)

Quise aplacar tu enfado dedicándote los más bellos Nocturnos de Chopin y columpiarte despacio en un jardín pintado por Fragonard, pero te obstinabas en seguir encerrada en el baño. Si preguntaba por qué la comida que me preparabas tenía últimamente un sabor acre, te salían sapos y culebras de la boca. Sentía tus arañazos de gata cruel en el alma. Ningún médico encontraba remedio para la arritmia de tu corazón y, mientras, el latido se perdía en el horizonte. Los únicos que mostraron interés fueron los de la Agencia Estatal de Meteorología. Vinieron a estudiar el frío seco que se había instalado en nuestro dormitorio y una nube negra que planeaba a todas horas sobre mi cabeza. El señor párroco, que te había bautizado, no quiso oír hablar de endemoniados y exorcismos. Y tú cada vez más congestionada, con ojos de acero y piel eléctrica. Por miedo a perderte —qué ridiculez—, fui a una visitar a una pitonisa. Sin bolas de cristal ni abracadabras me guio hacia la solución. Solo tenía que fijarme bien. Si tenías los dedos cruzados y la barbilla temblorosa, había esperanza, y lo único que tenía que hacer era pedirte perdón.

45. VALIENTE

Tiene la costumbre de tirarse a la piscina, incluso sin saber si hay agua para flotar. Se pasa la vida nadando, es lo único que la puede salvar. Una vez más se ha pegado la hostia, y duele, pero por nada del mundo quería quedarse con la incertidumbre. Ahora está en pleno duelo, es pronto, aún necesita más días para recuperarse de una situación que ella sola ha creado. Sabe que pasará, que volverá a resurgir de las cenizas que queden después de ese fuego interno que la consume. Utilizará las armas reglamentarias. Llevar una fachada resplandeciente aunque por dentro esté apagada y oscura, pisar fuerte cuando camina aunque quisiera tirarse al suelo y echar a llorar, reírse con más ganas que nunca aún de las cosas más insignificantes. Cuando él aparece, un segundo corazón le late en el estómago que le hace sentirse débil y expuesta, pero sobre todo siente rabia, por no poder controlar la inundación que viene tras la tensión soportada, por la congoja que se le quedó en la garganta cuando ella vio esa expresión de tristeza en sus ojos, y esa frase que no pronunció : “ya lo siento chica, pero no va a poder ser”.

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