Esta Noche Te Cuento. Concurso de relatos cortos

DESORDEN

Un relato con menos de 200 palabras inspirado en EL DESORDEN

ENoTiCias

Bienvenid@s a ENTC 2026 Continuamos nuestro 16º concurso en el que iremos proponiendo hasta 8 propuestas temáticas en torno a la EXISTENCIA En esta ocasión serán relatos que desarrollen el concepto DESORDEN en todas sus acepciones. Y recuerda que el criterio no debe ser poner menos palabras sino no poner palabras de más. Bienvenid@
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Esta convocatoria finalizará el próximo
31 de MARZO

Relatos

EN OTRO ORDEN DE COSAS (A. BARCELÓ)

Todo funciona con inteligencia natural, los niños no hacen caso al móvil, la tablet, la consola, el ordenador o la televisión y juegan como locos en las calles y en los parques al aire libre, con total libertad y seguridad. Los padres pasan tiempo de calidad con ellos, también sin dispositivos electrónicos de por medio. Los políticos se preocupan por los ciudadanos por encima de intereses partidistas o propios y asumen responsabilidades dimitiendo si hacen las cosas mal o no están a la altura… ¿Pero qué mundo es este? Yo no entiendo nada.
El policía me mira como si estuviese intentando tomarle el pelo, no me cree cuando le explico que fui abducido por un haz de luz en una carretera secundaria y que hace una semana, al menos para mí, todo era distinto.

101. Defendiendo a mamá

Yo iba en el segundo coche. Estaba muerto sobre un charco de sangre. Él llega muchas veces borracho a casa, siguió diciendo. Le pedimos que soltará el cuchillo. Ordené que salieran dos coches patrulla de inmediato. La mujer miraba el cadáver desde un rincón de la cocina, acurrucada, abrazada a sus rodillas. Vivimos en el segundo piso, ellos son los vecinos de enfrente. Entramos en el piso con precaución. El chico tendría unos quince años. El hombre estaba tendido boca abajo, en la cocina. Habíamos recibido la llamada en comisaria sobre las diez de la noche. Subimos por las escaleras y encontramos la puerta de la casa abierta. Solicité refuerzos y una ambulancia. El joven lo dejó caer al suelo y comenzó a llorar. Una vecina nos salió al encuentro y nos dijo que era ella la que nos había llamado. Cuando colgué el teléfono me dio la impresión de que era la típica bronca de un matrimonio mal avenido. Estaba en el salón y sujetaba con fuerza un cuchillo de cocina lleno de sangre. Al llegar había muchos vecinos congregados en el portal. Tenía la cara llena de golpes y los labios amoratados.

100. El último pasodoble en París

 

Julia murió en la primavera del 73, antes de Pentecostés. La prima Virtudes la llamó para darle los detalles del funeral. Su padre vació su habitación y prohibió hablar de ella delante de los niños.
– Se van las mejores – le decían los vecinos al abatido marido dándole palmadas en la espalda.
Cuando supo del fatal desenlace llevaba un año viviendo en París con Paco, un comercial de sopas Maggy. Juntos habían descubierto un mundo que olía recién pintado.
Su madre intentó conectar con el más allá. En sus cartas acusaba a Paco de ser un libertino que había mancillado el buen nombre de la familia. Su padre no volvió a hablarla, murió meses después de un ataque de prejuicios.

La prima Virtudes la visitó para intentar componer el desorden de su cabeza. Tras glosar las bondades de la vida matrimonial le dijo que no todo estaba perdido con su ex y se ofreció a mediar para reconducir la situación. Julia la imaginó ataviada con sus bragas cristianas preparando una copa de brandy Soberano para su marido. La miró tomando el café con el meñique enhiesto y la asustó la certera revelación de que hay vida después de la muerte.

99. El quinto evangelista (Pablo Cavero)

Resucitó un domingo. Luego, envuelto en un sudario le llevaron a la cruz. Longino se lavó las manos y curó la herida del costado de una lanza, con la cual le hirió Poncio Pilato. Su madre, su novia y Juan, le ayudaron a bajar del monte con la pesada cruz, evitando tres caídas y que la chusma le flagelara y le colocase una corona de espinas. Todas esas barrabasadas estaban destinadas a otro preso, indultado por error en el papeleo. Liberado en el Huerto de los Olivos, Jesús besó al que era su discípulo y amigo más fiel, Judas «el isca», al que los romanos premiaron con treinta monedas, las que gastó en la última cena, la despedida de soltero de Jesús con sus doce apóstoles, en la que no faltó agua, convertida en vino, panes, peces y un gallo que mató Pedro antes de que cantase por cuarta vez. Días más tarde se casó con su novia, Magda.

98. Sangre Real (montesinadas)

Cuando el equipo de limpieza salía, ella lo enredaba todo otra vez. Los zapatos colgados de las lámparas como banderas, el papel higiénico por el pasillo, pintado de rojo, como una alfombra para las recepciones de estado. Colgados, al revés, los retratos de sus antepasados, algunos pintarrajeados con una cuerda al cuello. Se entraba al dormitorio aplastando miles de bolsas de plástico infladas que crujían al pisarlas, y sobre la cama, un muro de cojines plagados de insectos y una maraña de sábanas custodiaban la corona de aluminio.

Los objetos habían decidido, hace mucho, ocupar para siempre el lugar donde ella los abandonó por primera vez. A la cocina accedieron con palas para retirar un festín de restos preparados para un cóctel imaginario y en el fregadero sobrevivían un buen puñado de corchos, gracias a su habilidad para seguir flotando tras cada naufragio.

Alguien dejó intencionadamente la puerta abierta y los buitres del corazón disparaban ráfagas con sus cámaras al interior de la vivienda, pero los que quedaron fuera consiguieron capturar a su alteza, cuando intentaba forzar un contenedor por la puerta trasera: lo usaría como carroza real para asistir a la próxima  fiesta de gala.

97. Perdido en la vida

Los apuntes esparcidos cubren la mesa. La alfombra salpicada de hojas garabateadas esconde el caos nocturno. Ya no encuentro consuelo en los libros, ni siquiera en la bebida. Guardados en los márgenes de la memoria están los días en que pintaba de azul el cielo y ponía música en horas vespertinas. Y bailábamos, y soñábamos que volábamos juntos con las golondrinas que visitan nuestra ventana. Y tú te fuiste con ellas, aquella tarde de tormenta.

Desde entonces mi vida es un desorden continúo, no logro escribir dos versos seguidos, ni juntar las palabras precisas. Vivo en un bucle de indecisiones que no me dejan avanzar. Mi lugar favorito para aparcar los recuerdos de aquella noche, siempre terminan ahí, en tu compañía vacía, en tu ausencia. Por eso no logro arrancar el vehículo que me saque a flote de mis pensamientos. Porque a pesar de la visita de las musas, algo nada dentro de mí, que siempre me hace naufragar.

96. El verbo torcido

Todos venimos con un pan, excepto los hijos del carbonero, que llegan al mundo con una gallina bajo el brazo. De ahí que en su casa la alegría dure más que en las nuestras, donde el hambre aprieta en cuanto se nos acaba el último mendrugo. Hemos perdido ya la cuenta de los chiquillos que su mujer ha parido, y es que, pasada la cuarentena, vuelta la mula al trigo y otra vez ese olor a caldo recién hecho que se derrama por las ventanas.

Por eso las mozas del pueblo lo esperan en el camino escondidas tras los matorrales. Creen que su semilla encierra un corral. Le chiflan y, con las enaguas en alto, tratan de seducirlo empujadas por el estómago más que por el deseo. Pero él hace como que no las oye. No logra sacudirse de la cabeza lo que nació de los amores casuales con la lavandera. Sobre todo aquel ñiqui-ñiqui desacompasado, húmedo, que salía de la boca del crío. O lo que quiera Dios que fuera aquello.

95. En algún lugar de Oriente

Estaba el orden y dentro de ese orden giraba un disco. Lo surcaba una aguja que reproducía el Lacrimosa, del Réquiem en re menor de Mozart.

Entonces llegaron los aviones, vaciaron su vientre y terminó la música. Un momento después del estruendo miró a través de la ventana vacía y la pared rota. Percibió el terror que recorría la ciudad como en un Dies irae. Se llevó la mano a la cabeza y miró sus dedos. Vio la sangre y observó su alrededor. El disco de vinilo estaba extrañamente ileso sobre el diván, entre polvo y cascotes de la pared. Pensó en limpiarlo con cuidado. Las alarmas de los coches aullaban, parecían maquinales grillos urbanos. Los gritos salpicaban las aceras como arterias rotas. 

Un paréntesis se acomodó en su cabeza durante un minuto. Cuando reaccionó, pensó en buscar a Fátima y los niños. El mundo estaba roto, retorcido, quejumbroso. El desconcierto anidaba en él como un ser extraño. Empezó a correr hacia donde antes hubo una puerta, pero se detuvo por una leve molestia en el vientre. Miró al suelo y después un poco más allá, descubrió sus entrañas desordenadas. Y dejó de pensar en ello.

94. DESORDENISMO

Aurora era superordenada antes de formar una familia. Después, al compartir su vida con sus hijos y su marido, tuvo que adaptarse y ceder espacio a cierto desorden, aunque al principio le costó tiempo y energía.

Con los años se quedó sola y comenzó a pintar. El arte la sumió en un estado de creatividad febril y el orden dejó de importarle. Se volvía otra: los tubos de colores se esparcían por la habitación que había convertido en estudio.

Intentó recuperar el control, pero volvía una y otra vez al caos.

A ello se sumó un problema de cataratas que le impedía distinguir bien los colores.

El resultado fueron unos cuadros desestructurados y anárquicos, entre cubistas, abstractos y casi mágicos.

Tras su muerte, alguien los rescató del olvido, alcanzando grandes cuotas de popularidad. Había nacido un nuevo estilo pictórico: el desordenismo.

93. PALABRAS ENCADENADAS

Cría. Agresión. Once. Célibe. Belleza. Zaherir. Irse. Semen. Mentira. Rabia…

El doctor llama a los familiares de la paciente de la habitación número 202: el pronóstico no es bueno. Volar sin tener alas, nunca lo es. Y ahora, lo único que le quedaba entero, los huesos, están también quebrados. Ya nada está en su sitio y su mente se distrae encadenando palabras sin encontrar ninguna que enlace con la vida. La máquina que pone de manifiesto que tiene en alguna parte un corazón latiendo, lanza un pitido largo y alguien pide un médico. Su madre trae un sacerdote y al entrar el alzacuellos en su campo de visión, la atropellan las palabras sin orden ni permiso: temor, odio, final… sin percatarse que esta vez los vocablos no están encadenados y que no hay ninguno que case con perdón.

 

92. El viaje de Aquiles

Un día a Aquiles le entró el antojo de emprender un viaje sin mapas ni brújulas.

En el camino el talón empezó a bailarle en un desorden desbocado, por más que al nacer su madre le hubiera ungido los pies con agua de ambrosía para evitar estos trastornos.

Años después, en un callejón troyano, lo encontró un arqueólogo.

Vestía el hábito de los traspapelados, de los que no encuentran nunca el camino de regreso.

 

91. DULCE COMPAÑÍA

El secador enchufado descansa en una balda atestada sobre la bañera. Suenan berridos pretendiendo entonar una canción. Es mi chica bañándose. Yo, aguardo «Ay, Señor»…

Contemplo el lavabo abarrotado de productos de cosmética y botes de desodorante y colonia gastados. Continuo mi barrido visual. No veo el cesto de la ropa sucia sepultado en ropa sucia. Sí puedo ver algo del suelo entre el calzado variopinto desparramado. «Veintiocho años con ella y no me acostumbro». Echo un vistazo al dormitorio. Parece el escenario de un robo a contrarreloj. Nada de guante blanco; yonquis desesperados. Me santiguo, por si sirviera de algo. Debajo de una montaña de trastos veo asomando, como pidiendo ayuda, el libro de una tal Marie Kondo “Bendita fe”.

Vuelvo a ella. Baila sentada con el agua por la cintura. Berrea desatada a la alcachofa “Que cruz… con perdón”. Un braceo del baile arrastra el cable del secador haciéndolo caer hacia el agua. Con un rápido movimiento desvío su trayectoria. Cae fuera de la bañera. Ella se detiene. Me atraviesa con la mirada. Ahora mira el secador. Medita… y prosigue su actuación como si nada.

«Dios… cada vez es más difícil”. Suspiro resignado. “Tranquilo, que no la desamparo».

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