Esta Noche Te Cuento. Concurso de relatos cortos

LA ALEGRÍA Y LA FELICIDAD

Un relato con menos de 200 palabras inspirado en cualquiera de los dos temas que te proponemos

ENoTiCias

Bienvenid@s a ENTC 2021 Puedes participar con un relato en cuya historia se muestre LA ALEGRÍA Y LA FELICIDAD. Y recuerda que el criterio no debe ser poner menos palabras sino no poner palabras de más. Bienvenid@
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Esta convocatoria finalizará el próximo
31 de Diciembre

Relatos

A los hijos (Miguel Ibáñez)

Por haberlos dejado desnudos no van a acordarse de nosotros. No serán capaces siquiera de sentirse huérfanos, porque de desorientados, se caerán por todas las pendientes. Y cuando las avenidas y las moquetas de los hoteles ya no tengan quien las pise ni quien las odie, quizás aún les queden ganas, a los que sobrevivan, de buscarnos en los pozos secos de memoria que abandonamos sin cegar. Si escarban entonces y quitan las balas, los cadáveres, las sequías, los pijamas, los mares de plástico y las canciones, se darán de cara con los días alegres en las fotos, las copas en alto, los selfies y los abrazos. Algo les dirá que éramos frágiles, pero no lo que tramábamos en realidad.

36. NOCHEBUENA

Luces verdes iluminan el follaje que enmarca el jardín, y doce farolitos chinos de tenue luz blanca aparecen aquí y allá entre los árboles cual docena de pálidas lunas, creando un clima irreal, extraña monotonía de verdes y lunas sólo quebrada por el árbol de Navidad que brilla en la terraza recordando que otros colores existen.

En la mesa  de  entremeses que reúne a la familia bajo los pinos, una luna riela en el champán de cada copa. Y de pronto se apaga. Entonces aparece Papá Noel con grandes bolsas de regalos, y cuando la luz regresa, todos volvemos a ser niños por un rato y chicos y grandes rasgamos frenéticamente envoltorios en un jubiloso alboroto.

Más tarde se sirve la cena en la terraza, y una serie de platillos apetitosos van dando formas, colores y sabores a los aromas que fluían provocativos desde la cocina. Y cuando dan las doce, nos deseamos Feliz Navidad, brindamos, nos besamos y abrazamos. Laura, mi mujer, me besa con efusión y yo le retribuyo con ternura, mientras  en mi mente se juntan la fantasia de que mi infidelidad no significó nada, con la ilusión de que, por ser Navidad, Laura me ha perdonado.

35. EL REGALO (Carmen Cano)

Hoy es día de Reyes. Laura se levanta y destapa con desgana sus regalos: un patinete, dos libros de cuentos, una muñeca y un pijama. Sonríe con tristeza.
Por la tarde le ponen colonia y el abrigo y la llevan a un edificio muy grande. En el ascensor suben familias con niños. Entran despacio en la habitación y allí está, tendida en la cama.
Se abraza a ella sin reparar en el regalo, una sillita de enea que lleva su nombre pintado de azul en el respaldo. Han pasado más de dos meses, un tiempo que no alcanza a calcular muy bien.
Aún tarda unos minutos en separarse mientras el corazón se le expande en el pecho. Al fin sonríe, ahora sí, con alegría. No mira la silla, aunque se la señalan, sino los ojos húmedos y el pañuelo que cubre la cabeza de mamá.

34. Verano del 81

La felicidad para Luis era jugar al fútbol todo el día con los chicos del barrio, volver a casa sudoroso y beber agua hasta reventar sin haberse lavado aún las manos. También oír los goles cantados en la radio y compartir la victoria o restregársela por las narices a los del cuarto derecha. Las vacaciones surcaban el calendario comiéndose el verano como un buque gigante que parecía no avanzar. Mi padre se sacó el carné de conducir y corría eufórico, llaves en mano, ignorando que iba a hacerle un bollo al coche de mamá. Enrique, mi hermano mayor, con las pupilas brillantes sosteniendo una carta y voceando por toda la casa que lo exoneraban de la mili. Yo no le habría hecho ascos al cloro de la piscina, al picor de ojos o las quemaduras de sol como pruebas de un día bien aprovechado. Pero para mí la felicidad era mirar mi álbum de fotos. Tomas desde la ventana de partidos entre coches mal aparcados, imágenes movidas por la velocidad con la que Luis me empujaba la silla de ruedas por toda la casa celebrando una goleada. Para mí la alegría de aquel verano siempre fue algo estático y compartido.

33. EFEMÉRIDE (Rafa Olivares)

No se recordaban en Sotomonte semejantes festejos en honor de la Patrona. Llegaron gentes de muchas partes, todos con raíces, o parte de ellas, en el pueblo. Salvo la doctora Molina que, aun no coincidiendo con el día de consulta quincenal, tampoco se lo quiso perder. Tomasa, algo sorda, preguntó que cómo era lo de aquel gentío, alguien le respondió que por las redes sociales, pero siguió sin entenderlo. En la romería a la ermita, Cristian, un joven venido de Andalucía que se ocupó de las bombillas, farolillos y banderitas de la plaza, se enamoró de Malena, también nieta de otro lugareño, que había llegado desde Alemania con su grupo de música para amenizar la verbena. Ya no se separaron durante los tres días. Incluso prometieron volver para casarse en aquella ermita. Paulino y Honorio, los más ancianos, no recordaban la última vez que Cupido había estado por allí. Los pasacalles, las tracas, la misa solemne por la Virgen, que hasta vino el señor cura desde la capital a celebrarla, y la tómbola hicieron de aquellas fiestas las de más esplendor de la historia. Cuando todos se marcharon, los diecisiete salmonteños tuvieron tema de conversación por mucho tiempo.

 

32. MI MUNDO

Imagino. Doy color y forma a un escenario mágico.

No es más que una pequeña parte de terreno, si lo miran unos ojos desdeñosos y mediocres; pero esos hermosos parajes me enseñan que lo que estoy pisando es algo más que tierra.

Aquí es dónde me pierdo sin querer llegar a ninguna parte, donde no existe el tiempo. Aquí respiro aire puro que no ha podido ser perturbado por las envidias, odios ni rencores de las multitudes.

Es fuente de vida y de inspiración para aquellos que apreciamos y agradecemos esos pequeños momentos del día en que todo parece estar en calma, esos instantes en qué reímos acompañados por nuestros amigos, esas conversaciones sobre nada en particular que mantenemos con nuestra familia, y esos largos paseos por pueblos pequeños perdidos en medio de la montaña.

Aquí, es donde aprendo a valorar todos esos momentos de felicidad en mi vida, efímeros instantes en los que encuentro la razón para levantarme cada día, mi razón de ser.

Cada persona tiene un mundo particular al que hace escapadas con cierta frecuencia, éste es el mío, no es perfecto, pero esta es una característica que me ayuda a llegar a él cuando lo necesito.

31. CHIN-CHIN – (Rufino)

Lo medité mucho antes de dar el paso. Tenía claro que era mi última oportunidad, pero una vez que lo decidí, el día se convirtió en el más feliz de mi vida. Relájate y disfruta, me dije. Llevas mucho tiempo añorando este momento. Saboréalo.

Los accionistas de la empresa iban a nombrar al nuevo Director General y tan solo barajaban dos nombres, el mío y el de Francisco. El tipo me caía bien y he de reconocer que sentía la empresa como si fuera suya. Días antes de que se hiciera público el nombramiento le invité a comer en un restaurante de confianza. Semanas atrás me había hecho muy amigo de la joven camarera a quien convertí en mi cómplice. Le pagué una pequeña fortuna para que vertiese en el chupito de Francisco un veneno de acción lenta prácticamente imposible de detectar.

Brindamos y ambos apuramos la copa. Saboréalo, me dijo con un brillo en los ojos. Cuando la joven camarera trajo la cuenta y me comentó sonriendo: “Así que trabajas con mi padre”, tuve muy claro quién sería el próximo Director General.

30. Tiempos felices (Juana María Igarreta)

Félix siempre ha tenido un don especial para llegar al alma de las cosas, y por eso se hizo relojero.

Recuerda los relojes que su padre, cuando por ventura podía dedicarle un rato, le dibujaba con asombrosa pericia en el brazo. Observando los efímeros tatuajes su corazón palpitaba exultante, “tic-tac”, “tic-tac”…, marcando el compás imposible de aquellas ilusorias máquinas del tiempo. Pero el primer reloj que de verdad abrazó su muñeca fue un reloj “de mentira” que su abuela le compró en una feria. Surgiendo entre las manecillas lo miraba un sonriente Mickey Mouse, al que Félix correspondía con la dicha instalada en sus vivarachos ojos negros.

Empezó a dudar de la percepción del tiempo cuando Alaia, una chica de la clase de los mayores, lo sorprendió con un beso relámpago tras preguntarle la hora; el niño que salió al recreo era otro cuando volvió al aula. Al sonrojo del desconcierto le siguió la alegría del hallazgo: una nueva e intensa emoción de la que aún desconocía el nombre.

Cuando murió la abuela supo que la felicidad es un reloj de frágil esfera en la que, de repente, se pueden oscurecer las horas.

29. HITLER o la confusión de términos

En teoría, me vacunaron contra la alergia. El prceso era rutinario: un ligero pinchazo, un  algodón empapado en alcohol que debes presionar sobre tu brazo, una fecha de vuelta. Nada extraordinario pero de resultados impagables: sobrellevar los malditos efectos que el polen del almendro tiene sobre mi persona. De verdad, es un suplicio vivir moqueando y con los ojos inflados como los de un besugo. Sin embargo, algo debió salir mal ese día, porque conforme fue avanzando la semana, mi alergia no desaparecía. Tengo dos teorías: o bien la vacuna estaba caducada o bien debió infectarse la herida. Dejando el motivo al margen, y con la alergia arreciando con rabia, algo cambió en mí. Fue una revelación. Me afeité el ridículo bigotillo que me había dejado; repasé un libro que había escrito y me deshice de él. No me reconocía. Era nauseabundo, escrito por un enfermo. También retomé mis estuidos sobre arte, centrado en el proceso y no tanto en el resultado. Y como me apasionan lols animales, me hice voluntario de una protectora. Y lo mejor: tan enfrascado estaba en mis nuevas tareas, que mi alergia se esfumó.

28. EMPACHOS

No hay tiempo que perder, aceleremos el paso, tenemos que llegar los primeros, pues dicen que están acabándose también las raciones de alegría. La gente empieza a estar desesperada, ya se hartaron de las de nostalgia, que con las de frustración han venido inflando más que nuestros estómagos los últimos años. Una amiga mía murió el otro día de felicidad de tanta alegría que había consumido. Ahora dicen que los cementerios empiezan a tener otra imagen bien distinta, suena música de ambiente muy alegre, y las risas que salen de las tumbas hacen que sea un lugar con mucho encanto para visitar.

27. Nadie te echa de menos (Rosy Val)

Igual es casualidad, pero últimamente ha empezado a venir gente a casa; nuestros padres, mis hermanos, los tuyos, y algunas tardes nuestros hijos invitan a merendar a sus amigos. También, a veces, se queda a dormir Cristina, la amiga de Ana. El otro día, por ejemplo, la vecina vino a pedir sal, ¡fíjate que no la recordaba tan agradable! Y el cartero, que no sabía nada, me preguntó si aún seguías enfadada. No pienses que estoy exagerando, pero Toby ya no muerde al que se acerca a nuestra casa, hasta creo que ladra menos. Ahora los chicos hacen los deberes, su cama, recogen la mesa y nunca se olvidan del almuerzo. Y yo, antes de irme a trabajar, plancho mis camisas. Tienes que saber que algunas noches me quedo dormido viendo la tele y me olvido de la copa de vino sin el posavasos sobre la mesa de madera. Que muchas veces cocinamos juntos y durante las cenas conversamos y reímos. ¡Ah!, y ya no se discute sobre quién pone el lavavajillas. Tranquila, que no nos hemos derrumbado, seguimos con nuestras vidas. Así que haznos un favor, ¡no te revuelvas más y descansa de una puñetera vez en paz!

26. Que aproveche (Susana Revuelta)

Entornó los ojos al dar el primer sorbo a la Coca-Cola y de la emoción comenzaron a resbalarle por las mejillas unos lagrimones. Cerró la boca y la enjuagó con el refresco, como si fuera un colutorio. ¡Añoraba tanto sentir el chispeo de las burbujas en la lengua y el paladar! Cuando se le fue el gas lo tragó y repitió la operación hasta terminarse el vaso. Pidió entonces si podían servirle más, mientras se ponía a dar cuenta del bistec. En ese momento las lágrimas de felicidad ya le caían a borbotones, ¡al cocinero había que felicitarlo! Lo había dejado por dentro crudo y por fuera churruscado, justo como se lo preparaba su abuela cuarenta años atrás, allá en la granja. Las patatitas le parecieron también deliciosas, todo le estaba sabiendo a gloria. No le importó, en absoluto, que la bebida estuviera calentorra, ni que las patatas fueran ultra-congeladas. Eso qué más daba, si llevaba cuarenta años en el corredor, sin catarlas. Tan abstraído estaba engullendo la tarta de manzana, que tampoco renegó por que no le fuese a dar tiempo a hacer la digestión de esos manjares antes de que le administrasen la inyección programada.

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