Esta Noche Te Cuento. Concurso de relatos cortos

INCERTIDUMBRE

Un relato con menos de 200 palabras inspirado en LA INCERTIDUMBRE

ENoTiCias

Bienvenid@s a ENTC 2026 Continuamos nuestro 16º concurso en el que iremos proponiendo hasta 8 propuestas temáticas en torno a la EXISTENCIA En esta ocasión serán relatos que desarrollen el concepto de LA INCERTIDUMBRE. Y recuerda que el criterio no debe ser poner menos palabras sino no poner palabras de más. Bienvenid@
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Esta convocatoria finalizará el próximo
30 DE SEPTIEMBRE

Relatos

43. ¿Arritmia hereditaria?

Una vez más, despierto asustado en mitad de la noche. A oscuras, encuentro tu pecho.

Pumpumpum.

Me acomodo. Sonrío.

Pum, pum. Pum, pum.

Un dolor en la tripa me oprime y suelto un leve quejido.

Pumpumpum.

Me acerco más a ti. «Gracias», intento decir. Tomo tu dedo. Y olvido el dolor.

Pum. Pum. Pum.

«Mi héroe», quiero añadir, pero la garganta me arde. No puedo hablar. Otra punzada.

Chillo.

Pumpumpum.

Lloro.

Pumpumpum.

Me separas de tu pecho. Pierdo tu ritmo. Me alzas. Y me gritas:

—¿Vas a dejar de llorar, puto bebé? —mientras me zarandeas una vez más.

42. El punto azul

No sabía dónde estaba ni cómo salir de allí. El punto azul del GPS titubeaba sobre un espacio blanco en el centro de Delhi, y no emitía instrucciones. Cuando intenté llamar al hotel, solo se escuchaban ruidos metálicos. Intenté preguntar, pero nadie me entendía. Oscurecía, y en aquella callejuela, cada vez más desierta, no se encendía ninguna luz. Los pocos transeúntes que pasaban me miraban con recelo. Solo los perros adormecidos entre la suciedad me ignoraban. Lo último que recuerdo es tener la espalda apoyada contra una pared descorchada mientras los brazos me colgaban inertes y el móvil resbalaba entre mis dedos.

No sé cuánto tiempo pasó.

Al despertar, el sol ya entraba por la ventana. Estaba tendido en la cama, vestido, con los zapatos puestos y sucio. A mi lado, el móvil mostraba la pantalla del GPS con el punto azul, ahora sí, sobre la ubicación del hotel.

41. Miout! (Francisco Javier Igarreta)

Corrían tiempos de incertidumbre y no quiso dejar nada al azar. Schrödinger preparó concienzudamente todos los elementos. La caja metálica, el dispositivo radiactivo, el matraz con veneno, el martillo y, por supuesto, el gato. Una contribución desinteresada de Einstein.

Llegado el momento del experimento, el felino se mostró reacio peleando con uñas y dientes. Apenas vio el extraño artefacto, una súbita piloerección en el lomo le puso en alerta, allí había gato encerrado. Poco dispuesto a contribuir a una posible redundancia cuántica emitió un maullido desgarrador y echó a correr. La estridencia ultrasónica de su maúllo provocó la ruptura del frasco y la dispersión del tóxico.

Pendiente de la evasiva actitud del michino, Schrödinger sucumbió a los mefíticos efluvios del veneno y pasó a la posteridad. Muerto, pero paradójicamente vivo.

40. PASADO INCIERTO

Se preguntaba qué llevarse en una bolsa minúscula para una ausencia tan larga, y seleccionó en el trastero los recuerdos que lo acompañarían a su nueva vida y los que irían a la fosa común del olvido. Algunos trastos viejos o comprometedores se resistían a acabar en el vertedero, como la recién aparecida cámara, regalo de sus quince años y que perdió algunos veranos más tarde. Mientras decidía qué hacer con ella, vio un carrete sin revelar, y pensó en la encantadora incertidumbre de que las fotos de las vacaciones salieran bien o que simplemente salieran. Hoy ya nadie lo entendería, y se preguntó qué podría salir de aquel rollo tal vez estropeado, quiénes aparecerían en esos negativos, cuántas imágenes valdrían de verdad la pena. Quién sabe si esas instantáneas podrían acabar hoy día con carreras políticas y matrimonios o descubrir viejos engaños. Nunca lo sabrá, y además ya no existen sitios para revelar película, así que tiró al montón la vieja Minolta y trató de vencer la nostalgia y la tentación de husmear en su dudoso pasado. No sería buena idea cuando iba a pasarse treinta años en prisión tratando de vencer la nostalgia.

39. Plot twist

En la sala de espera, un aire espeso se cuela por las rendijas de los ventanales, camina por las rayas de colores dibujadas en el suelo para orientarse y se convierte en un mar de nubes amenazantes bajo sus pies inquietos. Gotas de sudor inoportuno recorren su cara y la fuerzan a secarse con un pañuelo que le ofrece, con cariño, su marido.

—Son los nervios—le susurra para justificarse mientras se pregunta por qué tardarán tanto.  Ya ha sacrificado sus pechos, el tratamiento ha debilitado sus brazos y, todavía, usa peluca. Temerosa de volver a enfrentar la fatiga y las náuseas, aguarda los resultados y ruega al cielo que la conceda más tiempo y la permita conocer a ese niño que crece en el vientre de su hija.

—María Grandes—llaman.

Y entra en la consulta y se enfrenta al rostro grave del oncólogo que revisa su última analítica.  Aunque tiembla, lo mira con firmeza, dispuesta a recordarle que hizo testamento vital… Pero, inesperadamente, el argumento se subleva y, contra todo pronóstico, el narrador de la historia resuelve darle un poco de esperanza.

—Todo en orden, María —pronuncia el médico disimulando su asombro. Nos vemos en la próxima revisión.

38. LA ÚLTIMA CENA

Me duele tanto la cabeza que ni siquiera puedo abrir los ojos. Creo que anoche me pasé. Y tanto, como que no me acuerdo de nada…

Mierda, necesito ir al baño, pero las piernas no me responden. Qué digo, ni las piernas, ni los brazos, ni el resto del cuerpo. Esto es peor de lo que pensaba.

Un momento ¿Qué es ese ruido? Parece algo, o alguien, respirando. Y también hay un pitido que se repite ¿Dónde estoy? Joder, ¿qué está pasando?, ¡me estoy asustando de veras!

Espera, eso parece una puerta que se abre. Y pasos. Se vuelve a cerrar. ¿Están hablando?

El paciente continúa en coma —¿el paciente soy yo? —, y la única expectativa a medio plazo es la muerte cerebral.

¿Pero cuánto tiempo llevo aquí?

Por eso habíamos pensado iniciar los trámites para la donación.

¡Tengo que despertarme!

Creo que a él le gustaría —¿Maricarmen, eres tú? —. Era un hombre muy generoso.

¿Generoso, yo?

Vayamos a otro sitio y le explicaré el procedimiento —¡no, no le expliques nada!

Silencio.

Dijiste que me habías perdonado, Maricarmen… y me preparaste un cachopo … pero tú cenaste ensalada… ¡Como salga del coma, te vas a enterar!

37. Invención de un relato

Para la IA

 

(Basado en hechos irreales).

 

Llevaba tiempo sin escribir, pero el jugoso premio de un concurso literario me animó a participar. Como seguía sin ideas, y aunque las bases lo prohibían expresamente, recurrí a la IA, si bien no dejó de inquietarme la posibilidad de ser descubierto.

Primero me propuso elegir un tema:

­—Romántico. (Uff, qué cursi).

—Infidelidad. (Demasiado trillado, y, sin embargo, siempre funciona).

—Ciencia ficción o costumbrista. (Más trillados todavía).

—Personal. (Este me gustó. Las vivencias personales resultan muy apreciadas si son auténticas).

Después tuve que decidir sobre estos tres aspectos:

—Tono. Me decanté por un volumen bajo… que no, ja, ja. Pedí que fuera una mezcla entre mordaz, irónico y satírico. Con un poquito de humor. Eso suele gustar. Y que se las arreglase como pudiera. No haber preguntao.

—Ritmo. Pues que fuese rápido. Así. Zas. Fácil de leer. Con frases cortas, sin subordinadas que son tan pesadas que acaban confundiendo, o peor, que aburren a cualquiera.

—Desenlace: ¿abierto o giro final? Preferí giro final. Me seduce desconcertar al lector.

 

Estoy deseando ver qué inventa con estas premisas, y sobre todo cómo va a lograr sorprender, en un relato como este, con un incuestionable e inesperado orig lanif.

36. Por si acaso (Rosa Gómez)

Al principio fueron las nubes. Caían en forma de girones, pero no se deshacían en agua. Agotadas, vimos que el cielo lucía como pintura cuarteada. Después la bóveda celeste se desprendió a trozos. Las autoridades pidieron que buscáramos refugio. Pese a todo, muchos murieron.

Ya ha cesado la lluvia, nos ha quedado un cielo negro, sin luna ni estrellas. El día ha desaparecido. Los gobiernos aconsejan empaquetar nuestros enseres, hacer testamento y apuntarnos a cursillos acelerados de religión.

No es cuestión de que nos pille desprevenidos.

35. Experto en lenguas amazónicas

João, nuestro intérprete, vuelve a girarse hacia nosotros, aunque incapaz esta vez de mantenernos la mirada. Le tiemblan los labios y, más que hablar, balbucea:

—Dice que el gallo anciano ni canta ni come grano, o que, si guardas demasiado grano, para mayo estará vano. No estoy seguro.

Tiene la cara sudorosa y llena de picotazos, y sus ojillos suplican comprensión tras las gafas empañadas. Yo le muestro una contenida perplejidad —como cuando ha explicado que nuestro interlocutor elogiaba la Bauhaus—, y él agacha la cabeza. Plantado mientras tanto ante su cabaña, Raoni, único integrante de su tribu, espera digno e impasible más preguntas. Se trata de una costosa expedición, al corazón de la selva, y podría quedar deslucida por un currículum hinchado. Repaso mis anotaciones y, llenándome de paciencia, ofrezco un pañuelo a João. La tarde cambia de repente. Oscurece deprisa y el aire se espesa. Algunos monos empiezan a aullar en los árboles, mientras otros, que gritaban, se callan. Es el crepúsculo amazónico, cogiéndonos siempre por sorpresa. Rompe a llover y el cámara protege su equipo. João parece más tranquilo. Me acerco a él.

—Oye —le digo al oído—, ¿por qué no haces como Raoni, y finges entender?

34. La Musa

La llamada anónima, que se repitió durante ciento veinte días, al principio le produjo inquietud, pero acabó convirtiéndose en una agradable rutina. Comenzaba con: “Musa, estoy aquí para escucharte” y después, silencio. Aurora colgaba el teléfono al oír la voz, hasta que una tarde de soledad y tristeza se animó a hablar. El último encuentro que conoció por Tinder había resultado decepcionante. ¿Qué os pasa a los tíos? preguntó sin obtener respuesta. A partir de entonces se acostumbró a contar sus vivencias, reflexiones y recuerdos a ese desconocido que la atendía. Cuando las llamadas cesaron, Aurora tuvo que reconocer su desilusión otra más por el final de esa extraña relación.

Pasado unos meses compró una novela que ocupaba los expositores de todas las librerías. Pertenecía a un escritor o escritora que, según revelaba la editorial, se escondía bajo un pseudónimo. Fue leyendo su propia historia con una mezcla de orgullo y estupor. El autor dotaba de interés y misterio a una vulgar biografía. Intrigada, quiso conocer su destino en las últimas páginas. Tal como se contaba, una tarde de invierno alguien llamó a su puerta.

33. Día D

La organista mira al párroco. El párroco mira al novio. El novio mira a la madre. La madre mira al fotógrafo. El fotógrafo mira a la puerta. La puerta mira a poniente.

32. Esos fantasmas

Estaba seguro de que ella lo había reconocido. Había transcurrido mucho tiempo, pero hay cosas que no se olvidan. Ahora el pasado volvía de la forma más insospechada. Como suele ocurrir. Un maldito accidente, una cama de hospital, el cambio de turno. Y la víctima de entonces apareció frente a él. Todo encajaba. Esa gamberrada de adolescentes estaba a punto de ser vengada. Creyó llegado su momento al ver a la enfermera con una jeringuilla en las manos. Cuando tuvo la oportunidad de haber dado la cara y pedir perdón, prefirió no hacerlo y ahora lo reclamaban en la pista para el último baile. Lo sentía por su abnegada Mercedes que no lo dejaba a solas ni un instante.

‒Siempre igual, Aurelio, tú y tu terror a las agujas. No sé en qué estarás pensando, pero ten el brazo quieto para que te encuentren la vena, hombre. Y deja de mirar a la enfermera, que parece que hayas visto un fantasma. Oye, no estarás otra vez dándole vueltas a ese cuento que dices que vas a escribir, ¿verdad?

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