Esta Noche Te Cuento. Concurso de relatos cortos

LA ENVIDIA Y LOS CELOS

Un relato con menos de 200 palabras inspirado en cualquiera de los dos temas que te proponemos

ENoTiCias

Bienvenid@s a ENTC 2021 Puedes participar con un relato en cuya historia se muestre LA ENVIDA Y LOS CELOS. Y recuerda que el criterio no debe ser poner menos palabras sino no poner palabras de más. Bienvenid@
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Esta convocatoria finalizará el próximo
15 DE AGOSTO

Relatos

46. QUEJA RESPONDIDA (Domingo J. Lacaci)

—Hermano, me retrasaré en Mónaco. ¿Pasas por mi casa a dar de comer a los perros?

Por evitarme el mal trago de cada vez, entré en su chaletazo andando hacia atrás. Y aun así, veía de reojo los trofeos de regatas, sus fotos con presidentes, los diplomas de microrrelatos. Enfrente, la foto con la belleza descomunal de mi cuñada. En el jardín vinieron a saludarme los dos galgos purísimos, que encima eran simpáticos. Bajé al garaje a por su comida, pero antes, me puse el antifaz de dormir que siempre llevaba para esas ocasiones. Así solo tuve que intuir la majestuosa presencia de los cuatro coches y las motos. Cogí el pienso a tientas y subí al jardín. Como apenas veía, tropecé, me golpeé en la piscina y me fui al fondo. Estaba allí conmocionado, muriéndome, tan a gusto. Era una forma de acabar, pensé satisfecho entre tinieblas. Pero me devolvió a la consciencia el robot limpiafondos de tres mil euros golpeándome una y otra vez la nariz. Salí, me puse hielo en el chichón, y mientras llenaba los comederos recé una pequeña oración pidiéndole a Dios la Hoja de Reclamaciones. Ahí vino un galgo y me orinó el pantalón.

45. POR LA BOCA… (Carmen Cano)

Porque Tino, aun siendo el más rebelde de los dos, conseguía con sus zalamerías las atenciones de mamá y siempre me ganaba en las peleas.
Porque, a pesar de que yo vi antes el pez de colores en la fuente del parque, fue él quien lo atrapó y yo lo lancé a la piscina cuando aún no habíamos aprendido a nadar.
Porque desde entonces su imagen preside el mueble del salón y mis peores sueños.
Por eso necesito ayuda, porque yo nunca fui celoso, doctor, aunque me sobraban motivos para serlo.

44. Hermanas (Alberto Jesús Vargas)

Aunque dicen que al nacer éramos idénticas, mi hermana no tardó en convertirse en la preferida de mis padres. Desde muy pronto se empeñó en destacar. Con apenas un año ya hablaba correctamente, a los tres manejaba el cálculo y a los cinco, tocaba el piano con increíble destreza. Yo, en cambio, por más que me esforzaba, no conseguía ser más que una niña normal y triste, que crecía eclipsada por ella.

         Aquel día en que los médicos no pudieron salvarla pensé que por fin mis padres empezarían a prestarme más atención. Me equivoqué. Ellos han seguido tan apegados a su niña prodigiosa que la mantienen a toda costa presente. Ocupado por los recuerdos, su cuarto permanece intacto, conserva su sitio en la mesa y su plato en el mantel y hasta los largos silencios de nuestras tardes se llenan con las dulces habaneras que nos dejaron sus manos musicales. Yo, en cambio, deambulo por la casa más ignorada que nunca gracias a ella que, siempre empeñada en anularme, ha conseguido que todos crean que fui yo la que en realidad murió en lo que convinieron en calificar como desgraciado accidente.

43. TIEMPO DE INFIELES (Rafa Olivares)

Su valor y fervor cristiano prevalecieron sobre los celos que le suscitaban su joven y bella esposa, doña Jimena de Astorga, y don Nuño Ruiméndez, Barón de Olaya, marchó a guerrear por Tierra Santa para defender la fe y recuperar los lugares sagrados. En su palacio quedó doña Jimena al cuidado de las haciendas y sin desatender sus oraciones y otros asuntos perentorios. 

Ya de regreso, tres años después, tras el ansiado abrazo y las efusivas muestras de cariño, procedía deshacer el equipaje y, sobre todo, localizar entre alforjas y arcones, la preciada llave garantía de su honra y honor.

Después de más de dos horas de búsqueda infructuosa, doña Jimena, hastiada y aburrida por tan larga espera, propuso a su esposo, con virginal sonrisa, probar con una de las horquillas de su peinado. Con una sola mano y gran habilidad y destreza, consiguió el «click» avisador de la liberación del tosco cinturón.

Por fin la pareja pudo folgar con pasión, exhibiendo doña Jimena habilidades amatorias que don Nuño no alcanzaba a recordar. Cuando, exhausto, el Barón de Olaya trataba de recuperar el aliento, pensó que tal vez no mereció la pena haber viajado tan lejos a buscar infieles.

42. EVANESCENTE (Pilar Alejos)

Los zapatos de tacón de aguja duermen en su caja el sueño del olvido. Dentro del armario, el tiempo se ha detenido en un vestido de fiesta que aguarda en la percha mientras amarillea la etiqueta que se balancea mostrando su precio. Hace tanto que anhelo poder lucirlo contigo en algún lugar maravilloso. Pero los días pasan y, cada vez, me mimetizo mejor con las paredes del salón o me hundo más en el abismo del sofá hasta volverme evanescente. Por eso no me ves cuando regresas tarde a casa, ni tampoco sabes lo mucho que deseo acurrucarme a tu lado y cobijarme en tu ternura. No te imaginas cómo me duele que la abraces y la beses a ella con tanto amor.

Aun así, tan solo espero que un día descubras mi mirada desde tu ventana y comprendas que la luz de mi balcón permanece siempre encendida por ti.

41. El estigma

Dejé de vivir el día en que nació mi hija. Pensé que de la náusea solo podría brotar un ser repulsivo, pero los desechos de mi vida sirvieron como abono para Nevenka. Ella me ha superado en todo. Y la misma tersura que irradia su cuerpo empacha mi mente de rencor. Porque su presencia golpea sin reposo las puertas de mi memoria. Hoy, que se casa con el hombre al que ama, he intentado limpiar mi corazón. Pero se ha resquebrajado entre mis manos al contemplar el vestido colgado de la lámpara del techo. Su cola de espuma marina, que cubre las baldosas del salón, me ha devuelto el aroma a salitre macerado en la piel de Ivan. Yo, y no ella, debería ser la novia que camina  hacia el altar. Después de nuestra boda habríamos tenido tantos hijos como planeábamos. Pero el fusil de aquel soldado serbio apagó su mirada diáfana antes de ver cómo me violaba. De nuevo surge una chispa de ira en mis ojos. Esta vez, antes de que estalle, logro apaciguarla con una sonrisa en cuanto me asomo a la ventana.  He descubierto que el cielo está enfoscado. A punto de llover.

40. Amado, Amando y Amador (María José Escudero)

 

Su casa era larga y destemplada como un túnel y, a pesar de su estrechez, había espacio más que suficiente para los tres hermanos que tenían la costumbre de pasar días, incluso semanas, sin rozarse. Ocasionalmente, un estornudo imprevisto o un bostezo de aburrimiento los hacía mirarse en la lejanía, aunque apenas se inmutaban. Sin embargo, alguna tarde se abría la puerta de repente y, nerviosos, se acicalaban y salían —por orden de nacimiento— a pasear por aquella especie de ciudad metálica y muda. Acompasados, deambulaban por un extraño laberinto de escaleras con el propósito, por ellos ignorado, de fomentar experiencias comunes. Eran trillizos, casi podían leerse el pensamiento y, a pesar de tener emociones y deseos bien distintos, había entre ellos, por el hecho de ser un experimento de probeta, un vínculo (quizá poco sano) que parecía indestructible. Pero aquella vez Amando, harto de su rol difuminado, nos sorprendió al cambiar el rumbo de sus pasos. Ya no soportaba más al primogénito ejemplar ni al mimado benjamín y necesitaba, imperiosamente, llamar la atención.

En el laboratorio estábamos consternados. Como padres de las criaturas tuvimos que reconocer nuestro estrepitoso fracaso: No habíamos logrado neutralizar el “síndrome del mediano”.

39 AMIGAS (Rosalía Guerrero Jordán)

La envidia es un gusano retorciéndose en las tripas y arañando el esófago mientras escala por él. Cuando llega arriba te quema los labios intentando escapar de su prisión. A veces lo consigue, otras veces te impide respirar.

Eso sentía Marta cada vez que veía a Laura entre los brazos de Rubén. Un dolor afilado y silencioso le roía las entrañas. Sentía que le faltaba el aire, como si la muerte la rondara de cerca.

Si hubiese sido otra, Marta podría haber bramado al cielo, haberla odiado sin tapujos. Pero tenía que ser Laura, su mejor amiga, su confidente, su compañera inseparable.

—¡Hagamos algo divertido! —gritó Laura un atardecer otoñal frente al mar, mientras se desnudaba y corría hacia el azul infinito.

Desde la orilla, Marta vio cómo el mar lamía su cuerpo joven. También cómo desaparecía engullida por una ola. Esperó verla surgir cual Venus adolescente. Sin embargo, eso no ocurrió. Durante horas, Marta guardó silencio

—Se subió a un coche —dijo a la policía al día siguiente—, era un poco alocada.

Ahora, la culpa ha desplazado a la envidia. Se le queda atascada entre los dientes y vuelve su aliento fétido.

A cambio, Rubén le pertenece.

38. Sueños Inalcanzables (Marian Ramos)

Cada noche acude al bar del puerto. Se sienta en un extremo de la barra, con un abrigo viejo y el sombrero calado hasta las orejas. Escucha las historias, contadas siempre a gritos y entre carcajadas, mientras bebe una cerveza tras otra.
A Toribio le quedan algunos jornales para el pasaje a América. Venancio, menos aventurero pero igual de emprendedor, habla de comprar una Cirila para ampliar el reparto a los pueblos vecinos. Atilio, el de más edad, quiere mandar al chico mayor a estudiar a la capital y, quizás, darle algún capricho a su señora. Así la llama siempre, su señora, y le brillan los ojos como a un adolescente.
De vuelta a la casa del barrio alto, cuelga sombrero y abrigo en la caseta de aperos. Después, acostado en la mullida cama, junto a la mujer que escogieron para él, hija del socio de su padre en la naviera, odia a Toribio, a Venancio, a Atilio y al resto de parroquianos hasta caer en el sueño etílico, el único posible para quien todo lo tiene de cuna.

37. PORCELANA ROTA

No tenía dónde ir, por eso decidí volver. La puerta estaba abierta, nadie reparó en mí. El resplandor de un flash iluminó el interior. En la mesa del salón seguía la bandeja de la cena con los bordes de la pizza que nunca te comías . Habían abierto los cajones y husmeaban entre tus cosas. La cafetera estaba caída sobre la encimera, una mancha negra se extendía implacable sobre el mármol. Siempre decías que la vajilla de Sargadelos que compramos en el viaje a Galicia era el tesoro de la pareja. Ahora cubría el suelo de la cocina rota en mil pedazos. Tenía que verte otra vez, intenté entrar en la habitación, pero alguien me reconoció. Yo mismo ofrecí las muñecas al agente que me esposó, casi un niño que me miraba como a una fiera de circo. Después de horas deambulando por las calles fue un alivio enorme. Como la culpa por lo que había hecho.

36 LA ÚLTIMA ÚLTIMA CENA (IsidroMoreno)

Y yo os digo que uno de vosotros me traicionará esta noche.

Acabada la frase de Jesús, Juan y Pedro se abalanzaron sobre Judas. Acto seguido, los trece comensales se debatían en gran melé, unos por separar y calmar y otros por alcanzar a Judas para asestarle algún guantazo. Platos, copas y vasijas volaban por los aires o rodaban por los suelos. Jesús, ante la imposibilidad de instaurar el orden entre sus apóstoles, hizo mutis por el foro. Como director salí a escena para aplacar y calmar a los alumnos. De pronto, espectadores y padres de los actores tomaron el escenario entre forcejeos e improperios para defender cada cual a su hijo, o reprender a algún apóstol, o salvar al malogrado Judas.

Como responsable pensé que me había equivocado en la elección de obra o en el reparto, o quizás el Método Stanislavski de Identificación con el personaje habría dado frutos y celos insospechados.

Sin embargo, todo me quedó claro cuando en el patio de butacas observé al “apóstol Juan”, iniciador de la trifulca, arrojando al suelo una bolsa con monedas que acabada de recibir de un siniestro y satánico espectador.

Y un tenue olor a azufre invadió la sala.

35. AÍN Y CABEL (Belén Sáenz)

De muchas maneras se envidiaban la labriega villa de Aín y su municipio gemelo, Cabel, de linaje ganadero. Sus muros, escindidos de un mismo cigoto, con la rivalidad impresa en los genes, comenzaron a alzarse de espaldas a una carretera de la que se resistían a desligarse como si se tratase de un cordón umbilical maldito. En la desventura o en la bonanza, los campos de Aín jamás cedieron una brizna de forraje a los pastores cabelenses porque estos no permitían que sus bestezuelas los abonaran con estiércol. Pasaron decenios sin que se cruzasen las miradas de sus gentes. ¿Acaso soy yo el custodio de mi hermano?, gritaban a sus dioses encogiéndose de hombros. Descendiendo del risco hasta el valle, los celos devinieron en un odio que infectó los manantiales y heló el mismísimo aire que expelían los pulmones de unos y otros. No tardó en proclamarse la contienda fratricida, que arrastró los confines de la comarca entera más allá del este del Edén. Allí malviven sus pobladores, creyéndose afortunados en su charca de lodo, sin querer ni poder borrarse de la frente el indeleble quiste de la división.

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