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Me cuidaba y alimentaba, me mantuvo calentito y protegido del enemigo. Nada en mi experiencia me preparó para el día en que me empujó del nido.
Volvió cuando el mar le insistía, con un rumor terco, que por aquellas tierras, su nombre ya no tenía un sitio donde reposar.
Había ensayado ese regreso miles de veces, amontonando coraje y cosiendo retales de excusas que se le deshacían. Ninguna alcanzaba hasta la noche en que zarpó sin despedirse.
El puerto seguía en su sitio —percibió el olor a madera repintada; allí seguían los noráis oxidados y las redes, amontonadas, secándose—, como si aún le permitiera llegar hasta allí. No más lejos.
Nadie aguardaba en el muelle. Ni una sombra. Tampoco él habría sabido a quién buscar.
Ni a los suyos.
Ni a ella. Ni siquiera su nombre encajaba en su voz.
Se quedó mirando la línea de casitas bajas, apenas insinuadas tras la bruma del amanecer. Cada fibra de su cuerpo quería avanzar pero sus pies no dieron un paso.
Escupió al suelo, como si aún llevara dentro aquella despedida que no ocurrió. Entonces rió, seco, y negó con la cabeza.
El mar tenía razón.
El único nombre que le quedaba le llenó la boca de sal.
Nací en una familia cofrade. Aunque de pequeña desfilé de nazarena, quería algo más duro. Cuando alcancé la edad necesaria, enredé a las mujeres de la hermandad para que apoyaran mi candidatura a un puesto en la cuadrilla de porteadores. El Hermano Mayor lo desaprobaba más por ser mujer que por mi fragilidad manifiesta. Pero cedió ante la presión. Ocupé un puesto irrelevante y decidieron ignorarme. Aprendí los rudimentos del oficio sin faltar a ningún ensayo. Llegó el gran día y la procesión discurrió sin contratiempos, hasta que un obstáculo inesperado, situado por debajo del palio, frenó la marcha. El capataz enmudeció. Ante la inacción, tomé el mando. Grité en dos tiempos para que todos nos arrodilláramos. Luego, nos arrastramos para superar el estorbo. Y con otro grito a la voz de «¡arriba!», reanudamos el paso entre el aplauso contenido del público.
Hoy soy capitana de un barco mercante. Es lo mismo, pero más grande.
Acudir a la manifestación no había sido buena idea, su cabeza tenía precio. Mientras huía, pensaba cómo un ser tan despreciable había podido alzarse con el poder. Un nudo gordiano le estranguló las tripas y se vio obligado a aliviarse allí mismo, en aquel callejón, demasiado cerca de una instalación de alta tensión. Pensó que fuera del perímetro delimitado por una valla no había peligro, la urgencia le impedía buscar lugar mejor. Una paloma que se posó sobre el cercado fue alcanzada por un arco eléctrico que, al atravesarla, le impactó de lleno. Consciente de lo sucedido, alucinó de no estar frito. Sin explicación y encontrándose en posición tan deshonrosa, regresó a su quehacer mundano. Se percató entonces de que no tenía con qué limpiarse y reparó en un periódico tirado. La foto del tirano aparecía en portada. Justicia poética, pensó. La sorpresa vino cuando al contacto con sus restos fecales la imagen del malvado pareció disolverse en ácido sulfúrico.
Aquel suceso supuso una increíble transformación que le otorgó un poder nada convencional. Desde entonces, villanos y corruptos miran hacia las nubes con desasosiego, temerosos de que en cualquier momento les caiga del cielo la justicia implacable de Palominoman.
Requisaron el Château de Bourgueil. La cocinera explicó al oficial que hablaba francés que los condes habían escapado a Londres.
Plenamente acomodado el cuartel general de Rommel, Madame Ratatouille les preparaba guisos exquisitos. Demostraba no entender palabra de alemán y ellos se explayaban con tranquilidad.
Cada noche en el sótano detrás de la bodega de extraordinarios caldos de Champagne y Bourgogne existía un tictictic.
El desembarco de Normandía tenía alterados a los nazis.
Esa noche el tictictic informó en morse que el Mariscal viajaría a las 9h en coche a París por la carretera secundaria de Évreux. Los cazas Spitfire remataron la tarea. Soldados histéricos arribaron al château vaciándolo, aullando que habían cazado al Zorro del Desierto. Desaparecieron.
Madame Ratatouille sonrió. Subió al desván. Del arcón sacó el precioso vestido turquesa y el collar regalo de su difunto marido, el conde. Así engalanada disfrutó del excelente cognac en el sofá del salón. La Comtesse de Bourgueil dominaba el alemán por sus estudios en Munich. Utilizando la estación secreta de espionaje instalada por paracaidistas ingleses enviaba diariamente información crítica sobre las divisiones acorazadas alemanas y provocado el fin del Mariscal Rommel.
Plenamente satisfecha, con los ojos entrecerrados, degustó otro sorbo.
De todos los visitantes que acudían al parque este joven solitario me llamó la atención. Creí reconocer en él el espíritu que tanto añoraba. Sentado en una esquina del ventanal y un cuaderno sobre los muslos, miraba al león. Un grueso cristal los separaba. La fiera bostezaba adormilada lejos de su hábitat, mientras el aprendiz lo retaba imaginando correrías por la sabana desplegada como una página en blanco. Unas pisadas me obligaron a desplazarme con rapidez y resguardarme de un impacto sobre mi delicado cuerpo. Me había perdido el momento culminante. Servidumbres de mi condición. Cuando recuperé la compostura, pude comprobar cómo la ambulancia recogía un cuerpo. Al otro lado del cristal me pareció ver a la criatura estremecerse.
Dicen que escribir buenos relatos requiere capacidad de observación, inspiración, mundo interior… Sí, también. Pero lo que los hace perdurables es la transformación. Y hay que tener valor para afrontarla. Kafka lo sabía. Otros perecieron en el intento. Yo doy fe de que él sobrevivió.
Se ha dicho de mí que soy impasible, lacónico, melancólico, un profeta de la inacción. Se han escrito ensayos sobre mi particular rebeldía y sobre mi falta de compromiso con otra cosa que no sea mi obcecada determinación. Sin embargo, nadie ha llegado a conocerme, a comprender el motivo de mi pasiva insolencia. Por eso, decidí atravesar el tiempo, cambiar de lengua, de país, renunciar a mi padre y buscar otro que me diera una oportunidad. Así recalé en Argel donde comenzaron a llamarme “el extranjero” . Qué mejor apodo para alguien que se siente ajeno al mundo. Allí murió mi madre y tuve trato con una mujer y algún amigo. Allí cambié la pluma por un arma de fuego decidido a reescribir mi historia. Fue en la playa donde tuve la oportunidad. El sol que martilleaba mis sienes me dio el coraje necesario. El sol y un árabe con un cuchillo en la mano. Preferiría no hacerlo, dije antes de apretar el gatillo.
Estruendo que paraliza juegos durante el recreo. Tintineo de vidrio caído sobre el suelo del patio. Rostro colérico a través de la ventana rota.
Balón en mano, el director exige conocer la identidad del causante.
Repite la pregunta, con advertencia de grave castigo colectivo.
Temerosos de represalias aún peores, las que reciben los chivatos, todos mantenemos un silencio encubridor.
Quien menos se espera levanta un brazo. Él no ha sido, pero declara ser autor del destrozo. Gracias a su noble y valiente sacrificio hay un silencio de alivio. Algo me hace reaccionar, lo que me faltó para defender a este mismo compañero cuando sufrió acoso. Tampoco he sido, pero con un «y yo» me uno a su falsa confesión. Esta vez no voy a dejarlo solo.
Se suman más estudiantes, hasta los secuaces del verdadero responsable, que se esconde tras un silencio cobarde, con la puntera aún caliente después del trallazo. La bravura de la que presumía cuando humillaba a su víctima favorita ha desaparecido. Ahora tiembla de miedo y vergüenza.
Impresionado por la solidaridad de sus alumnos, el director finaliza el interrogatorio. Solo rompe su silencio complacido cuando llama por teléfono al cristalero.
Nada vuelve a ser lo mismo.
Lo conocía bien: además de ser vecinos, fuimos juntos a clase. Aunque receloso, asumí liderar el operativo de búsqueda. Había desaparecido después de agredir brutalmente a su madre. Ella, malherida, se preocupaba más por él que por sus lesiones. Le prometí encontrarlo vivo.
Estaba al borde de un precipicio. Era la única salida digna, pero corpulencia y orgullo no implicaban valentía. Como tampoco quería entregarse, me retó:
─¡No tienes huevos a dispararme!
Bajé el arma. Igual que hacía antaño en el recreo ante sus ataques, le di la espalda y retrocedí. Empezó a insultarme. Aceleré. Para que la distancia no me impidiera seguir oyendo improperios, necesitó aproximarse.
─¡Gallina! ¡Zurullo uniformado!
El plan funcionaba. Avisé sigiloso a los compañeros que, escondidos, esperaban órdenes. Cuando el camino se estrechó lo suficiente, simulé tropezar en un pedrusco y caí aparatosamente dando gritos lacerantes. Seguro de mi debilidad, emprendió la huida, rozándome casi. En ese momento, con rapidez extrema y efecto sorpresa, pude inmovilizarlo. Los refuerzos aparecieron enseguida.
La pobre señora no se cansa de agradecerme la vida del hijo. Yo me arrepiento de haber hecho lo correcto cada vez que la veo arrastrar andador y secuelas hacia el presidio los días de visita.
“La ignorancia es la peor desgracia para cualquier sociedad”, dijo Platón en el siglo V a.C., o sea, hace ya un rato.
Ignorancia es mentir, conociendo la verdad. Es distraer la memoria y tropezar en la misma piedra. Es desviar la vista cuando alguien que sufre, te mira. Es darse un tiro en el pie votando ideologías a las que tú les importas un mojón. Es elegir el “tú o yo” en lugar del “tú y yo”.
Inteligencia es reflexionar para revertir todo eso. Es tener conciencia de que el lugar de nacimiento es puro azar. Es considerar que cualquier ser humano merece ser feliz. Es saber compartir en vez de acaparar. Es no ser cómplice de la injusticia y la violencia.
Coraje es enfrentar la oscura realidad para llegar a la verdad. Es tener el valor de defenderla contra quienes buscan robárnosla. Es denunciar el egoísmo y la indecente avaricia del tecno-oligopolio millonario que dirige el mundo. Es abrir bien los ojos y la mente para elegir la humanidad y no el odio.
¿Enseñará algo de esto la mediocre y elitista enseñanza privada?
Mucho nos tememos que no…
En la película de John Ford, “La Diligencia”, la voz rota del mayoral Buck (Andy Devine) azuzaba a las mulas, Paloma y Caprichosa, tratando de huir de los Apaches de Gerónimo. (Quizás fuesen yeguas, bueno, da igual).
Buck desconocía que aquellas mulas eran descendientes de un burro zamorano que el rey Carlos III regaló a George Washington.
George, como agricultor, sabía de la calidad de las recias mulas españolas engendradas por asnos garañones de exportación vetada por el reino español.
En una campaña militar comentó su deseo a sus aliados militares españoles. El ruego llegó a la Corona y un soldado, Juan Téllez, conocido por su coraje, se encargó de acompañar a pie y pezuña a un garañón zamorano desde Roales (Zamora) hasta el puerto de Bilbao. La Compañía Gardoqui sufragó el viaje naval del pollino y de Juan hasta Gloucester.
Con gran alborozo recibió George en su finca de Mount Vernon al soldado y al borrico al que bautizaron como Royal Gift.
No sé si Téllez tuvo que hacer de mamporrero para mostrar la calidad del rucio, pero se cuenta que una vez cubiertas a satisfacción las yeguas de George, este, alquilaba los servicios del zamorano a 5 guineas.
Ya le habían advertido de que el verdadero tamaño de un gigante se mide por el miedo que despierta, pero ella se sentía fortalecida tras soportar los primeros envites. Y más ahora que su abogada había conseguido contactar con un periodista de un diario importante que estaba dispuesto a publicar una detallada noticia. Galerías Veracruz había despedido a Berta después de haberla maltratado con turnos, enredos y mostradores incómodos durante meses, por la oculta represalia de haberse afiliado a uno de los sindicatos no afines a la empresa.
Tras un par de entrevistas en el que expuso las artimañas empresariales para castigar su independencia, el artículo parecía terminado y el periodista , un semana después, les advirtió que la publicación ocuparía la página 14 o 15 de la edición del jueves.
Y ese día compró el periódico y encontró que la página 14, y la 15 también, la ocupaba un enorme anuncio gráfico proclamando que “Ya es primavera en Galerías Veracruz”.
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