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Rondaba el mediodía, Dimas miraba con fe ciega al hombre que, sin duda, traería la salvación al mundo y Gestas se encaraba con ambos iracundo. Al pie de la cruz, María lloraba desconsolada arropada por el eterno abrazo de Juan, Magdalena se agarraba desesperada a los pies del madero; José disimulaba sus lágrimas jugueteando con su bastón, y José de Arimatea y Nicodemo buscaban una escalera para cuando llegara el desenlace, las santas mujeres preparaban la mortaja, los soldados romanos evitaban la mirada a ese angustiante espectáculo, Pedro y Judas compartían el dolor de la mentira y la traición, sus amados apóstoles se escondían temiendo la peor de las venganzas, de las persecuciones y delaciones de fariseos, sanedrines, vecinos envidiosos y próceres romanos, el pueblo disimulaba su dolor y su desconcierto bajo la mirada cruel de los sumos sacerdotes. Todos sintieron que en su corazón se abría la duda y el rechazo a sus creencias y crecía el dolor y la desesperanza. Entonces, viendo que la fe puesta en sus palabras y promesas desaparecía, Cristo bajó la mirada y antes de encomendarse al Padre, pronunció su verdadera quinta palabra: «Dios mío. Dios mío ¿por qué los has abandonado?».
Por aquellos tiempos perdió la fe, si es que alguna vez la tuvo. Hijo de una familia muy religiosa, sin recursos económicos suficiente para costearle una educación universitaria, lo enviaron al seminario, con la esperanza de que pudiera estudiar magisterio y educarse en valores cristianos.
Allí, asistía a misa diariamente y de vez en cuando, dirigía la mirada al crucificado, pidiéndole que le guiñara un ojo o que le hiciera alguna señal que le ayudara a dejar de dudar de su existencia. Le rogaba que lo asistiera en su sufrimiento.
No lograba entender el contraste entre ese Dios colérico y vengativo del Antiguo Testamento y la dulzura de su hijo, siempre dispuesto a poner la otra mejilla y no asimilaba los intrincados rompecabezas que se necesitaban para explicar lo inexplicable, como el libre albedrio o la concepción de la Virgen con la introducción de una paloma en la trama para justificar que Dios fuese uno y trino. Sin embargo, el verdadero calvario se le avecinaba cada noche cuando escuchaba pasos camino del dormitorio. Era en esos momentos cuando perdía la fe en la divinidad y en la humanidad.
Desde mi terraza, diviso el claustro del monasterio de los monjes contemplativos, esos que tienen el místico olor de los que solo se alimentan de verdes.
En las noches se frotan las piernas con limoncillo y, al amanecer, haciendo equilibrios con el hambre, pierden la fe cuando ven al Espíritu Santo trincando el tenedor y el cuchillo en un
jugoso filet mignon.
Primero empuja con el belfo. Luego con una pezuña. Insiste de nuevo, rezumando una espesa baba de paciencia, hasta que, al fin, la realidad cede. Su cabeza se vierte hacia el otro lado como cera derretida, deslizándose en un silencio absoluto. Siente la caricia fresca del acero ciñendo ojos y orejas, comprimiendo el cráneo en una línea de luz. Convencido de su propia fluidez, el camello entrega el resto de su cuerpo al vacío, con la certeza de que encontrará un mundo sin límites al otro lado del ojo de la aguja.
«Por favor, sonría para ir al cielo. Si por el contrario prefiere ir al infierno, frunza el ceño», me propuso aquel anciano —de aspecto bonachón y cuidada barba blanca— que vestía una túnica y blandía un par de llaves, antiguas y grandes, como las del portón de la casa del pueblo de mis abuelos.
Un sueño lúcido, pensé, y decidí seguirle la corriente… Y desde entonces vago por el inframundo, dando vueltas en círculo y lo peor: todo el santo día con el entrecejo arrugado.
Cuando Sara perdió la vista, dejó de creer en casi todo. En los médicos, en las promesas, en las frases de ánimo o en los libros de autoayuda. Y también en Lupo, el perro que le asignaron como guía.
—Un animal no puede saber por dónde yo quiero ir o lo que me apetece hacer—gruñía—.
Durante semanas lo sujetó con desconfianza, tirando de la correa, corrigiendo cada paso, deteniéndose ante cada ruido. Lupo obedecía, pero avanzaba con el cuerpo tenso, caminaba cargando un miedo que no era suyo.
Un día, en un cruce que ella conocía de memoria, lo soltó. Tropezó. Cayó. El bastón rodó lejos.
Entonces Lupo no esperó órdenes. Se plantó delante, firme, bloqueando el paso. Ella intentó avanzar y chocó contra su pecho caliente. El perro no se movió. Un segundo después, el rugido del autobús desgarró el aire.
Ella apoyó la mano en su lomo, temblando.
Por primera vez, no preguntó. No dudó. No mandó. Simplemente se dejó guiar.
Y su mundo, aunque seguía oscuro, dejó de ser un abismo.
Ismael atraviesa la galería central de la residencia a la que acude de voluntario. Los numerosos internos que ocupan sillas de ruedas dispuestas sobre el suelo embaldosado en blanco y negro, se le antojan piezas de ajedrez esperando el empuje de unas manos que las mueva, escaque tras escaque, en el tablero de una nueva jornada.
Clara llamó su atención desde el primer día. Su postura rígida y mirada hierática le evocan la imagen de una virgen románica de la iglesia de su pueblo, a la que siendo niño sus padres adoptivos lo alzaban una vez tras otra pidiendo su bendición.
Ismael nunca ha sentido el fervor religioso que se respiraba en la familia que lo acogió. Lo más parecido a la fe que conoce es creer que si su madre biológica lo abandonó, como siempre sostuvieron las Hermanas de la Caridad, fue porque no tuvo otra salida. Y esa fe lo ha llevado a vivir con la esperanza de poder un día conocerla. Sabe que es un deseo difícil de alcanzar. Lo que no sabe es que la dificultad roza lo imposible cuando la madre ha vivido creyendo que su hijo nació muerto.
Como cada día, después de un breve descanso, se congregaron a la entrada de un inexplorado pasadizo donde la mujer más vieja consultaba, con sosiego, un mapa del cielo. Provistos de chalecos reflectantes y alimentos para náufragos y siempre con zancada corta y decidida, volvieron a recorrer hectáreas de suelo reseco, sin atender al frío que atenazaba sus rodillas, sin escuchar el viento que zarandeaba las ventanas y quebraba los cristales, sin mirar hacia las tumbas que crecían a ambos lados del camino. Discurrían como una constelación de puntos luminosos, dispuestos a bregar hasta que se agotase su energía y preparados para derribar cada cartel que les prohibiera el paso.Hacía tiempo que se habían desprendido del miedo y de la rabia y abrazaban solamente la esperanza y, a pesar de la fatiga acumulada, mantenían la mirada atenta al horizonte. Jornada a jornada, los guiaba la certeza de que la belleza los esperaba impaciente en algún sitio. Y aunque se sentían perseguidos y observados, mientras la muerte quisiera respetarlos, seguirían caminando en busca de un mundo nuevo y delicado, capaz de regresar la alegría a los rostros de los niños
En aquel lugar, conforme se alejaba el frío, los guantes escapaban sigilosos de los roperos. A pares siempre. En días cálidos, era común ver bandadas de ellos, como palomas de diez dedos, cruzarse con grupos de aves, que, por el contrario, llegaban en busca de mejor clima. Llamaba la atención cómo algunos largos, de los de casarse o hacer estriptis, antes de huir del todo, sobrevolaban los campanarios, creyéndose cigüeñas.
Para mayo no quedaba ni uno en la ciudad. Salvo los de boxeo, que intentando fugarse de los gimnasios, con zumbido de moscardón, solo conseguían volar a ras de suelo, como avestruces o gallinas negras; acabando casi siempre estrellados contra tapias y tranvías.
Pero la población mostraba ya poco interés en retenerlos. Al llegar el otoño, solo los más, pero cada vez menos, frioleros oteaban el cielo, soñando verlos volver; como si fueran migrantes de retorno. Lo escudriñaban con esperanza varios atardeceres, antes de resignarse a conseguir otro par. Entonces, se dirigían a la última guantería que aguantaba, en la que sus ingenuos dueños sustentaban una fe, nada menguante, en que los inviernos volverían a ser tan rigurosos como cuando, tomadas como acantilados, los guantes anidaban prolíficamente en sus estanterías.
A principios de los setenta, las familias pudientes de Madrid pensaban que nadie podía garantizar una educación exquisita y un futuro prometedor para sus hijas mejor que las Hermanas de la Caridad. Allí nos enviaron, internas, para nuestro disgusto, con la fe puesta en que, bajo su custodia, nos convertiríamos en esposas recatadas y amas de casa perfectas, como nuestras madres.
A lo largo de cuatro cursos aprendimos a coser, a limpiar, a cocinar y a burlar la vigilancia de las hermanas. Durante el último año, en varias escapadas nocturnas, descubrimos placeres mundanos que ni siquiera habíamos imaginado.
Después de haber conocido los clubes nocturnos, el alcohol, el sexo y algunas drogas menores, salimos de allí listas para un matrimonio ejemplar y acomodado, pero mortalmente aburrido.
¿Cómo no íbamos a organizar después nuestro propio Club de Amantes de la Caridad?
Una hora antes del lanzamiento nos acomodaron en una sala situada frente al control de operaciones, junto a varios ingenieros que realizarían tareas informativas y de seguimiento.
Miré de soslayo a mi mujer. Aún seguía con esa mezcla de felicidad y nervios que le acompañaba desde hacía dos meses, cuando nuestro hijo fue seleccionado, junto a otros perfiles de similares capacidades de todo el país, para un programa secreto de formación espacial que culminaría con un viaje a Saturno.
Cada uno tenía su particular visión de nuestro hijo. La mía era muy simplista, lo reconozco. A mi edad no acababa de comprender que alguien pudiera cumplir 38 años con el mando de la videoconsola en la mano y sin ningún interés en emanciparse de sus padres.
Mi mujer en cambio tenía un enfoque más analítico. A su juicio, la sociedad actual no valoraba adecuadamente determinados perfiles, como el de su niño, al que ofrecían, en el mejor de los casos, puestos y salarios muy por debajo de su valía.
He de reconocer que mi mujer siempre tuvo más fe que yo en nuestro hijo. Por eso no consideré oportuno decirle que el viaje solo era de ida.
—¿Crees en mí?
—Creo en ti, maestro
—¿Has dudado alguna vez? ¿Has tenido, quizás, vacilaciones?
—Ya no. No ahora.
—Entonces, las tuviste, en algún momento. ¿Es cierto?
—Lo es, maestro, pero fueron ínfimas. Tal vez propiciadas por la debilidad del sueño, del dolor o por los subibajas del alcohol.
—¿Bebes?
—Ocasionalmente, maestro. Ocasionalmente.
—¿Ocasionalmente? ¿Seguro?
—Bueno, sí, claro. Depende de la ocasión.
—¿Y en qué ocasiones bebes?
—Pues lo justo: en las comidas, las cenas, algunas tardes, por las noches, sobre todo las de los sábados, los domingos antes de comer, las fiestas de guardar, las que no se guardan, algo caliente los días fríos, algo fresco los días calurosos, en los cumpleaños de los 12, recuerda que somos 12… Vamos, para evitar la sed. Lo justo.
—¿Lo justo?
—Lo justo, maestro. Lo justo para…
—¿Para qué?
—Para cosas, maestro.
—¿Para qué cosas?
—Mis cosas.
—…
—¡Para olvidar, coño, para olvidar dudas y vacilaciones, que todo lo quieres saber! ¡Cómo no voy a tenerlas siendo humano, Dios! ¿Pero tú no eras omnipresente y omnisciente, copón? Y no paras de preguntar. Anda, déjame beber tranquilo y date una vuelta con Judas que ya lleva un buen rato buscándote.
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