Esta Noche Te Cuento. Concurso de relatos cortos

INCERTIDUMBRE

Un relato con menos de 200 palabras inspirado en LA INCERTIDUMBRE

ENoTiCias

Bienvenid@s a ENTC 2026 Continuamos nuestro 16º concurso en el que iremos proponiendo hasta 8 propuestas temáticas en torno a la EXISTENCIA En esta ocasión serán relatos que desarrollen el concepto de LA INCERTIDUMBRE. Y recuerda que el criterio no debe ser poner menos palabras sino no poner palabras de más. Bienvenid@
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Esta convocatoria finalizará el próximo
30 DE SEPTIEMBRE

Relatos

40. PASADO INCIERTO

Se preguntaba qué llevarse en una bolsa minúscula para una ausencia tan larga, y seleccionó en el trastero los recuerdos que lo acompañarían a su nueva vida y los que irían a la fosa común del olvido. Algunos trastos viejos o comprometedores se resistían a acabar en el vertedero, como la recién aparecida cámara, regalo de sus quince años y que perdió algunos veranos más tarde. Mientras decidía qué hacer con ella, vio un carrete sin revelar, y pensó en la encantadora incertidumbre de que las fotos de las vacaciones salieran bien o que simplemente salieran. Hoy ya nadie lo entendería, y se preguntó qué podría salir de aquel rollo tal vez estropeado, quiénes aparecerían en esos negativos, cuántas imágenes valdrían de verdad la pena. Quién sabe si esas instantáneas podrían acabar hoy día con carreras políticas y matrimonios o descubrir viejos engaños. Nunca lo sabrá, y además ya no existen sitios para revelar película, así que tiró al montón la vieja Minolta y trató de vencer la nostalgia y la tentación de husmear en su dudoso pasado. No sería buena idea cuando iba a pasarse treinta años en prisión tratando de vencer la nostalgia.

39. Plot twist

En la sala de espera, un aire espeso se cuela por las rendijas de los ventanales, camina por las rayas de colores dibujadas en el suelo para orientarse y se convierte en un mar de nubes amenazantes bajo sus pies inquietos. Gotas de sudor inoportuno recorren su cara y la fuerzan a secarse con un pañuelo que le ofrece, con cariño, su marido.

—Son los nervios—le susurra para justificarse mientras se pregunta por qué tardarán tanto.  Ya ha sacrificado sus pechos, el tratamiento ha debilitado sus brazos y, todavía, usa peluca. Temerosa de volver a enfrentar la fatiga y las náuseas, aguarda los resultados y ruega al cielo que la conceda más tiempo y la permita conocer a ese niño que crece en el vientre de su hija.

—María Grandes—llaman.

Y entra en la consulta y se enfrenta al rostro grave del oncólogo que revisa su última analítica.  Aunque tiembla, lo mira con firmeza, dispuesta a recordarle que hizo testamento vital… Pero, inesperadamente, el argumento se subleva y, contra todo pronóstico, el narrador de la historia resuelve darle un poco de esperanza.

—Todo en orden, María —pronuncia el médico disimulando su asombro. Nos vemos en la próxima revisión.

38. LA ÚLTIMA CENA

Me duele tanto la cabeza que ni siquiera puedo abrir los ojos. Creo que anoche me pasé. Y tanto, como que no me acuerdo de nada…

Mierda, necesito ir al baño, pero las piernas no me responden. Qué digo, ni las piernas, ni los brazos, ni el resto del cuerpo. Esto es peor de lo que pensaba.

Un momento ¿Qué es ese ruido? Parece algo, o alguien, respirando. Y también hay un pitido que se repite ¿Dónde estoy? Joder, ¿qué está pasando?, ¡me estoy asustando de veras!

Espera, eso parece una puerta que se abre. Y pasos. Se vuelve a cerrar. ¿Están hablando?

El paciente continúa en coma —¿el paciente soy yo? —, y la única expectativa a medio plazo es la muerte cerebral.

¿Pero cuánto tiempo llevo aquí?

Por eso habíamos pensado iniciar los trámites para la donación.

¡Tengo que despertarme!

Creo que a él le gustaría —¿Maricarmen, eres tú? —. Era un hombre muy generoso.

¿Generoso, yo?

Vayamos a otro sitio y le explicaré el procedimiento —¡no, no le expliques nada!

Silencio.

Dijiste que me habías perdonado, Maricarmen… y me preparaste un cachopo … pero tú cenaste ensalada… ¡Como salga del coma, te vas a enterar!

37. Invención de un relato

Para la IA

 

(Basado en hechos irreales).

 

Llevaba tiempo sin escribir, pero el jugoso premio de un concurso literario me animó a participar. Como seguía sin ideas, y aunque las bases lo prohibían expresamente, recurrí a la IA, si bien no dejó de inquietarme la posibilidad de ser descubierto.

Primero me propuso elegir un tema:

­—Romántico. (Uff, qué cursi).

—Infidelidad. (Demasiado trillado, y, sin embargo, siempre funciona).

—Ciencia ficción o costumbrista. (Más trillados todavía).

—Personal. (Este me gustó. Las vivencias personales resultan muy apreciadas si son auténticas).

Después tuve que decidir sobre estos tres aspectos:

—Tono. Me decanté por un volumen bajo… que no, ja, ja. Pedí que fuera una mezcla entre mordaz, irónico y satírico. Con un poquito de humor. Eso suele gustar. Y que se las arreglase como pudiera. No haber preguntao.

—Ritmo. Pues que fuese rápido. Así. Zas. Fácil de leer. Con frases cortas, sin subordinadas que son tan pesadas que acaban confundiendo, o peor, que aburren a cualquiera.

—Desenlace: ¿abierto o giro final? Preferí giro final. Me seduce desconcertar al lector.

 

Estoy deseando ver qué inventa con estas premisas, y sobre todo cómo va a lograr sorprender, en un relato como este, con un incuestionable e inesperado orig lanif.

36. Por si acaso (Rosa Gómez)

Al principio fueron las nubes. Caían en forma de girones, pero no se deshacían en agua. Agotadas, vimos que el cielo lucía como pintura cuarteada. Después la bóveda celeste se desprendió a trozos. Las autoridades pidieron que buscáramos refugio. Pese a todo, muchos murieron.

Ya ha cesado la lluvia, nos ha quedado un cielo negro, sin luna ni estrellas. El día ha desaparecido. Los gobiernos aconsejan empaquetar nuestros enseres, hacer testamento y apuntarnos a cursillos acelerados de religión.

No es cuestión de que nos pille desprevenidos.

35. Experto en lenguas amazónicas

João, nuestro intérprete, vuelve a girarse hacia nosotros, aunque incapaz esta vez de mantenernos la mirada. Le tiemblan los labios y, más que hablar, balbucea:

—Dice que el gallo anciano ni canta ni come grano, o que, si guardas demasiado grano, para mayo estará vano. No estoy seguro.

Tiene la cara sudorosa y llena de picotazos, y sus ojillos suplican comprensión tras las gafas empañadas. Yo le muestro una contenida perplejidad —como cuando ha explicado que nuestro interlocutor elogiaba la Bauhaus—, y él agacha la cabeza. Plantado mientras tanto ante su cabaña, Raoni, único integrante de su tribu, espera digno e impasible más preguntas. Se trata de una costosa expedición, al corazón de la selva, y podría quedar deslucida por un currículum hinchado. Repaso mis anotaciones y, llenándome de paciencia, ofrezco un pañuelo a João. La tarde cambia de repente. Oscurece deprisa y el aire se espesa. Algunos monos empiezan a aullar en los árboles, mientras otros, que gritaban, se callan. Es el crepúsculo amazónico, cogiéndonos siempre por sorpresa. Rompe a llover y el cámara protege su equipo. João parece más tranquilo. Me acerco a él.

—Oye —le digo al oído—, ¿por qué no haces como Raoni, y finges entender?

34. La Musa

La llamada anónima, que se repitió durante ciento veinte días, al principio le produjo inquietud, pero acabó convirtiéndose en una agradable rutina. Comenzaba con: “Musa, estoy aquí para escucharte” y después, silencio. Aurora colgaba el teléfono al oír la voz, hasta que una tarde de soledad y tristeza se animó a hablar. El último encuentro que conoció por Tinder había resultado decepcionante. ¿Qué os pasa a los tíos? preguntó sin obtener respuesta. A partir de entonces se acostumbró a contar sus vivencias, reflexiones y recuerdos a ese desconocido que la atendía. Cuando las llamadas cesaron, Aurora tuvo que reconocer su desilusión otra más por el final de esa extraña relación.

Pasado unos meses compró una novela que ocupaba los expositores de todas las librerías. Pertenecía a un escritor o escritora que, según revelaba la editorial, se escondía bajo un pseudónimo. Fue leyendo su propia historia con una mezcla de orgullo y estupor. El autor dotaba de interés y misterio a una vulgar biografía. Intrigada, quiso conocer su destino en las últimas páginas. Tal como se contaba, una tarde de invierno alguien llamó a su puerta.

33. Día D

La organista mira al párroco. El párroco mira al novio. El novio mira a la madre. La madre mira al fotógrafo. El fotógrafo mira a la puerta. La puerta mira a poniente.

32. Esos fantasmas

Estaba seguro de que ella lo había reconocido. Había transcurrido mucho tiempo, pero hay cosas que no se olvidan. Ahora el pasado volvía de la forma más insospechada. Como suele ocurrir. Un maldito accidente, una cama de hospital, el cambio de turno. Y la víctima de entonces apareció frente a él. Todo encajaba. Esa gamberrada de adolescentes estaba a punto de ser vengada. Creyó llegado su momento al ver a la enfermera con una jeringuilla en las manos. Cuando tuvo la oportunidad de haber dado la cara y pedir perdón, prefirió no hacerlo y ahora lo reclamaban en la pista para el último baile. Lo sentía por su abnegada Mercedes que no lo dejaba a solas ni un instante.

‒Siempre igual, Aurelio, tú y tu terror a las agujas. No sé en qué estarás pensando, pero ten el brazo quieto para que te encuentren la vena, hombre. Y deja de mirar a la enfermera, que parece que hayas visto un fantasma. Oye, no estarás otra vez dándole vueltas a ese cuento que dices que vas a escribir, ¿verdad?

31. Tutankamon

Sentado en su trono observó con curiosidad la entrada de la pieza. Estaba cubierta por un tafetán bordado en oro y fue conducida a la sala a hombros de una docena de esclavos. Cuando cesó la música de la fanfarria quiso descender majestuoso para ser él mismo quien desvelara qué se ocultaba bajo los paños,

Las lisonjas de sus cortesanos fueron las habituales en lo que parecía la entrega de un nuevo obsequio. Le cautivó de inmediato el acabado de los relieves y la suavidad del tapizado interior en seda carmesí, que le invitó a acomodarse en aquel espacio un tanto exiguo, pero muy confortable.

Ahora es incapaz de alejar de la mente las palabras insistentes del visir para que su real persona comprobara que el sellado era hermético y la insonorización perfecta. Sobre todo, no deja de preguntarse por qué tardan tanto en abrir de nuevo la tapa dorada del sarcófago.

30. Crónica marciana

Aterrizo sobre la superficie árida y fría. Regreso justo un año después de haber despegado con mi nave espacial, un tiempo equivalente a unos tres mil años para los terrícolas. Me reciben con aplausos, curiosos y desbordantes de preguntas.

¿Qué has visto?

¿Cómo es aquello?

¿Hay vida?

Es muy hermoso. Infinidad de seres vivos diferentes a nosotros pueblan ese planeta —respondo, emocionada.

¿Saben que existimos?

¡Qué va! Todavía buscan respuestas a preguntas básicas.

¿Como cuáles?

Unos se paran en el borde de un acantilado y empiezan a gritar al horizonte: «¿Hay alguien más allá?». Están convencidos de que su planeta es plano.

¿No creen en la ciencia?

Algunos parece que no. Otros dudan sobre la autenticidad del primer hombre que pisó la Luna.

¿No hay pruebas?

Dicen que están trucadas, que fue una puesta en escena.

O sea, que no son peligrosos.

Solo entre ellos y su entorno.

¿Y si los conquistamos? —propone Orion-99, el jefe de la comunidad.

No vale la pena. No aprenderemos nada de ellos. Mejor esperemos a que se acaben de aniquilar, que con el paso que llevan, no tardarán. Cuando ya no quede nadie, nos mudamos a ese extraordinario planeta azul.

29. Tricobezoares

Margarita vigila la entrada desde el sofá mientras despoja toda su ropa de botones. Son como caramelos. El silencio del teléfono mantiene cristalino el aire de la estancia y la impulsa a mordisquearse las uñas de pulgares, índices, anulares, corazones y meñiques. Por la ventana asoman rayos de sol, asoman las estrellas, asoman pájaros y gente  que no le interesa. Con un ojo en el buzón, juguetea con su trenza: la hace, la deshace, se  arranca mechones, los mastica.

Su abuela le da manzanilla, le dibuja príncipes, joyas, castillos y hasta un cohete para ir a la luna, le coloca al gato sobre la tripa para darle calor y se lo quita si comienza a lamerlo. Sus profesores la aconsejan, el cura la exorciza, sus padres tratan de guiarla. El médico diagnostica ese dolor intenso de  sus entrañas, le receta aceite, le receta un bozal, le receta que salga al mundo a encontrarse con la vida.

Pero el desasosiego deshoja poco a poco a Margarita, que vomita bolas y suspiros mientras aguarda inmóvil que el futuro soñado llame por fin a su puerta. Cuando acude la ambulancia, porque, verdosa y escuálida, apenas respira, abraza esperanzada al primer camillero que llega.

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