Esta Noche Te Cuento. Concurso de relatos cortos

DESORDEN

Un relato con menos de 200 palabras inspirado en EL DESORDEN

ENoTiCias

Bienvenid@s a ENTC 2026 Continuamos nuestro 16º concurso en el que iremos proponiendo hasta 8 propuestas temáticas en torno a la EXISTENCIA En esta ocasión serán relatos que desarrollen el concepto DESORDEN en todas sus acepciones. Y recuerda que el criterio no debe ser poner menos palabras sino no poner palabras de más. Bienvenid@
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Esta convocatoria finalizará el próximo
31 de MARZO

Relatos

Teoría del collage

Aquel día, abrumada por el cansancio acumulado, nada le salió bien. Por eso, al llegar al portal tras una jornada laboral estresante y no encontrar la llave, le pareció lógico. También daba por perdidas las gafas, hasta que el espejo del ascensor se las devolvió, cual diadema, sobre su cabeza. Al entrar en casa, además del caos visual, acusó cierta falta de ventilación. En la cocina, restos y platos pringosos compartían escena y un macramé de ropa interior y camisetas deportivas alfombraba el cuarto de su hijo. Asimismo, la desaliñada cama de su hija trazaba, sobre la colcha, montes y oleajes en diversos planos de color. A punto de estallar ante aquella fusión provocadora que inquietaba su espacio y tambaleaba su fuerza espiritual, se resbaló en el baño encharcado y se quedó pegada al suelo junto al albornoz de su marido. A pesar del patinazo, valoró la inmensa libertad creativa que la rodeaba, pero como es sabido, toda sobrecarga es un error, y para ensamblar a los miembros de su familia y concebir una obra más unificada, estimó urgente imprimir un listado con reparto de tareas y salvar así tan desordenada composición doméstica. O al menos, mejorar su riqueza óptica

COORDENADAS FAMILIARES

Pequeños desajustes —tareas olvidadas, comidas compartidas en silencios tensos, trastos desperdigados— se iban acumulando como el polvo debajo de una alfombra demasiado gastada. Pero nadie decía nada, y la vida seguía su inercia en casa de los García.

Una tarde de domingo cayó la primera bomba, mucho antes de que nadie pronunciara las palabras separación o divorcio.

La madre, harta, dejó la cocina sin recoger.

Entonces, cada miembro de la pronto-no-familia mostró su propio derrumbe. El padre, sin saber dónde poner las manos, abría y cerraba cajones como si buscara una explicación mal archivada. Los hijos reaccionaron, a su manera: la pequeña alineó cuidadosamente sus juguetes, convencida de que así arreglaría su mundo; el adolescente dejó que su habitación se hundiera en un estruendoso caos musical, como si así pudiera seguir existiendo sin tener que hablar.

Cuando la madre cerró la maleta, la casa se quedó a medias, partida entre fotos torcidas y cajones semivacíos.

Pero, en medio de ese desorden, apareció algo inesperado: el silencio dejó de ser un abismo y los hermanos empezaron a contarse sus preocupaciones.

Por primera vez, cada García encontró un rumbo propio en medio de ese territorio en ruinas.

12. A DESTIEMPO (Ángel Saiz Mora)

Tenía un magnetismo único con los más pequeños. Su actividad de payaso o mago era solicitada de continuo en celebraciones infantiles. Padres y madres contemplábamos su cercanía natural con nuestros hijos, hasta mimetizarse entre ellos como uno más. Lo suyo no parecía un trabajo, sino puro disfrute.

Mis ojos de psicólogo apreciaron en él un comportamiento genuino, sin impostura, quizá aderezado con algunas trazas de adulto desubicado, pero nadie esperaba su reacción en ese cumpleaños, al ver desenvuelto un regalo concreto. El joven animador arrebató al niño una escopeta nuevecita, que tenía por munición inofensivos proyectiles de goma espuma. Frenético, utilizó las manos y los dientes para reducirlo todo a pedazos.

Me ofrecí para sacarle de la fiesta que acababa de arruinar, convertida en un caos de incredulidad y llantos inocentes. Alguien tenía que hacerlo, antes de que la indignación general condujese a una deriva aún peor. Pude persuadir a la familia de que no llamaran a la policía

Una vez sosegado, le animé a que hablase. Fueron veintiún palabras de terapia y biografía:

Un país en conflicto.

Una infancia consumida sin haber podido jugar lo suficiente.

Aquel maldito fusil que le obligaron a empuñar.

11. EL POST-IT (Juan Manuel Pérez Torres)

Apareció entre el desorden de los dias posteriores. Era una lista de la compra, o un recordatorio de tareas: Necesario para antes del jueves, decía, hacerme las uñas (pedir cita), encargar tarta, tónicas, limón… Sin duda era su letra. En secreto preparaba mi cumpleaños.
Pero ahora el tiempo es frío, como el banco metálico de la parada del bús, e ingrato como la cola del super. Su ausencia se extiende en la casa como la niebla en el cielo y la vida es un cúmulo de nubarrones. Después del turbión de la noticia, la ginebra solo es un reloj de arena y un montón de calcetines huérfanos.

10. On ulveve (Gabriel Martín)

Día 1: Se ha ido. Que no son manías, le he dicho, que el orden es fundamental, que es mi manera de luchar contra el caos que lo invade todo, que los pequeños gestos —las minúsculas derrotas— le abren la puerta.
Pero se ha ido.
Día 2: No soportaba que fuera detrás de ella recogiendo. «Si quiero dejar las bragas en el suelo las dejo, joder». La he llamado. He prometido cambiar.
Día 3: Lo intento. Logro pequeños avances. Anoche, antes de acostarme, dejé tirados los zapatos en cualquier sitio. No he podido dormir. Me he ido al trabajo sin hacer la cama.
Día 8: Le estoy cogiendo el gusto. Ella tenía razón. El primer paso costó, pero ahora… hay algo adictivo. Sigo sin dormir, pero no me improta. No encuentro el mando de la tele.
Día 15: En realidad, es sencillo. Basta con dejarse llevar. Rendrise, aceptar que nada tiene su sitio. La entorpía hace el resto.
23 Día: La he llamado: «La casa no reconocerías. Cuesta por el salón abrirse paso«. Colgado ha.
62: Insoprotable olor. Han asivado a la policía.
40 Aid: Alle on ulveve. Doto se coas y ordesdén. Peor alle on ulveve.

9. El desorden que dejas.

Me encanta cómo queda la casa cada vez que te vas. Mi ropa tirada por todas partes, botellas de vino abiertas, platos a medio hacer. Nada que no arregle en menos de una hora.
Después me distraigo: llamo a mi madre, contesto el correo, veo alguna serie, leo novela negra.
Pero, antes o después, necesito dormir y tengo que enfrentarme a tu ausencia. Camino hacia la cama. Aún flota el incienso, las sábanas tienen tu olor y tus risas parecen rebotar en las paredes.
Apago la luz. Pruebo distintas técnicas. Nada, imposible. Maldito insomnio.
Me levanto y voy directo a la terraza. Fumo compulsivamente. Enciendo el ordenador. Tu perfil, como era de esperar, sigue mudo, sin conexión.
Busco otro nombre, otra cara. He perdido la cuenta este mes.
Solo espero que esta quiera quedarse.

8. TODO SEA POR LA PAZ (Edita)

Un calcetín adorna la lámpara del techo; el compañero comparte suelo con otras prendas, no todas pulcras. Las paredes son una exposición de murales imposibles. Bajo una montaña de papeles y carpetas, se esconde un escritorio. Sobre la cama, perfectamente revuelta, descansan demasiados artilugios: ordenador portátil, latas, mochila, cables… También una persona, aunque cuesta diferenciarla del entorno. Está recostada; lleva cascos en las orejas, no se sabe si para escuchar algo o dejar de oír. Llegan gritos desde el pasillo reclamando su presencia. No responde ni a los golpes en la puerta. Protestan los vecinos, hartos de aguantar la misma escandalera todo el día. Silencio temporal. Lentamente, se incorpora el cuerpo inerte, en bata, sin asear. Retira los auriculares y sale de la estancia. Cierra. Se dirige a la cocina con la esperanza de conseguir algo comestible. Esquiva a una chica que corre en dirección opuesta. Esta patalea furiosa al encontrar su habitación bajo llave de nuevo. La culpable continúa la marcha fingiendo indiferencia. Piensa repetir la operación tantas veces como sean necesarias. Ella nunca tuvo una, pero acabará encontrándose cómoda dentro de esa leonera, sin agobios cotidianos. Empieza a comprender un poco a su hija.

 

7. ¿ORDEN? Puri Rodríguez

Creo que el desorden lo traigo de serie ¿Sabe, doctor? Mis amigos, muy ordenados con sus papeles, bromean con mi anarquía, pero me han sugerido que lo consultara con usted.

Así que, le cuento: Yo soy muy mayor, y a estas alturas de mi vida, habiendo doblado el codo del siglo hace rato, he decidido dejar de explicar a los demás que prefiero una mente clara que una mesa impoluta libre de papeles, y le aseguro que, tras esta firme decisión, al fin me siento a gusto conmigo misma, y la opinión del resto del mundo, nada perfecto por cierto, ya se la pueden guardar donde les quepa.

Realmente no sé por qué he venido a verle yo y no esos vigilantes inquisidores, tan molestos con quienes no somos como ellos.

Bueno, ya me despido, doctor. Ha sido un placer y, por cierto, le felicito por el bello desorden de su mesa de trabajo, tan similar al que yo conservo, con tesón, sobre la de mi casa. Seguro que, como yo, también usted sabe, exactamente, dónde está cada dato, cada nota, cada papel.

Vamos, que es usted de los míos…Pero no se lo contaré a mis amigos.

6. Sin orden, pero concierto (Francisco Javier Igarreta)

Desde que cambiaron el sistema informático la Sociedad Filarmónica era un auténtico caos. Pese a los desvelos del ordenanza el desorden estaba a la orden del día. Ni siquiera el director de orquesta conseguía coordinar al grupo. A menudo perdía los papeles. Sobre todo ante las faltas de puntualidad. Al fin y al cabo su trabajo se basaba en una estricta medida del tiempo No podía soportarlo, le chirriaban los desajustes.

Un día, el concertino llegó tarde al concierto. Consciente de que había “dado la nota” con su inoportuno retraso, procedió como de costumbre y avisó al oboe para que diese el “la” de rigor. Sonó tan desafinado, que el director, fuera de sí hizo ademán de arrojar la batuta. A continuación comenzó a marcar una serie de movimientos anárquicos y sin sentido. En un alarde de atrevida versatilidad la orquesta se dejó llevar, y a partir del aparente disparate consiguió empastar una incalificable armonía. La interpretación resultó tan desconcertante que la platea quedó muda. Pero bastó la insinuación de un tímido aplauso para que el respetable perdiera la compostura y abandonando sus asientos estallara en una desenfrenada algarabía de aplausos y pataleos sin orden ni concierto.

5. Cartografía móvil

Al principio sí. Me encantaba aquel mapa que compraste para nuestro viaje. Coloreado con gamas de verdes, marrones y azules. Incluso admiraba el trazo limpio de tu lápiz al diseñar cada etapa sobre él. El orden de tu mente devanando mi caos. Pero, según nos adentrábamos, las jornadas sonaban igual que un diapasón: una sola nota. Y, aunque te propuse improvisar, no admitías variaciones en los itinerarios.

Durante un paréntesis nocturno, tú dormías. Yo, en un arrebato, decidí usar el mapa como mantel. Por la mañana, me sermoneaste al descubrir los cercos secos de mi copa. Y eso que no advertiste las esquinas amarilleadas con mi aburrimiento. Lo doblaste con la precisión de un relojero. Un hilo de arena se deslizó de los pliegues y cayó sobre la mesa por primera vez.

Desde entonces, las dunas avanzaban en la orografía del papel: desplazando riachuelos, cubriendo nuestras rutas marcadas. Y a pesar de todo, te seguiste aferrando a ese mapa alterado. Hasta que nos perdimos. Yo de ti. Tú de mí. Para siempre.

4. En el camarote

¡Todo da vueltas! No quería venir y mucho menos tomar. Anoche lo hice.

Va y viene. Viene y va.

La prisa del mar atraviesa la escotilla y me pesa. Un gesto vacuo. El vaivén no cesa. Siento que todo suena mal. ¿Qué hice ayer?

Va y viene. Gira. Viene y va.

Al intentar levantarme, la pota se desliza y me enredo con una pata tirada en el suelo. No caigo. Miro alrededor; el camarote está desordenado: fresas y pompones en el suelo, licores derramados, vasos fragmentados y unas huellas…

Recuerdo la parra y la panda tocando, más licores… ¿Esa mujer? ¿Qué decía de una pala?

Me machaca un patán. No logro concentrarme, carezco de pase y el parco no frena su vaivén.

Va y gira. Gira. Viene y va.

Esas huellas, me guían a la cama. Ahí está la mujer, descansa con un arma en la mano, la pala en la almohada.

Luego lo soluciono, antes el sonido, el desorden…

Me mareo. Necesito dormir.

Quito la pala y retiro el arma. Me recuesto junto a la mujer.

«¡Todos a pordo!» gritaron ayer. Hoy todo gira y gira y gira.

3. EL ELEGIDO

Esto es el caos absoluto. Somos multitud y sufro empujones, choques, atropellos, apreturas. A la máxima velocidad que cada uno puede intentamos viajar en busca de no sabemos qué. Me adelantan por todas partes. Soy lento, voy de los últimos y lo único que quiero es regresar a donde partí pero veo que es imposible. De pronto todos tuercen a un lado. Algo infinitamente potente me atrae desde el contrario.

Avanzo solo, tranquilo, hacia la luz cegadora. Embriagado, extasiado, me dejo llevar. Mi asombro estalla ante tal descomunal prodigio. Penetro fusionándome con la abrasadora luminiscencia.

Se ha hecho la prueba esperando nerviosa el resultado. Lleva las manos a la boca y un par de lágrimas resbalan por su mejilla. Le embarga la felicidad susurrando “estoy embarazada”.

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