Esta Noche Te Cuento. Concurso de relatos cortos

2019 ENTCOLORES

Un relato con menos de 200 palabras inspirado en el color azul

ENoTiCias

Bienvenid@s a ENTC. En este momento podemos ofrecerte la posibilidad de participar con un "relato azul" y el reto de encontrar una propuesta para el ENTCerrado...
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Esta convocatoria finalizará el próximo
31 de Diciembre

Relatos

57. DERROTEROS

Arrastrando el corazón por la pasarela, subí al barco con destino diferente al de todos los otros pasajeros, o eso creía yo. Me equivocaba. Lo supe más tarde, cuando vi a la chica treparse a la borda. Sin pensarlo, corrí hacia ella, la atrapé y la sostuve  entre mis brazos. Era joven, quizás bella, y sentí la necesidad de saber qué la había llevado a esa decisión. Se lo pregunté.

Un estremecimiento de hombros y un llanto silencioso abrieron el camino a su historia, que tanto se parecía  a la mía. Ambos habíamos llegado allí tras la traición de un par de ojos azules y aunque los traidores fueran distintos, la pregunta que nos planteábamos era la misma: ¿tenía sentido  la vida después del azul?

Nos sentamos a discutirlo de forma extensa y descarnada, mientras nos mirábamos a los ojos rebuscando entre ruinas algún  improbable retazo de ilusión.

Un atardecer rojizo introdujo en nosotros la duda. La noche, mezquina, nos negó luna y estrellas y solo nos echó su viejo manto encubridor. Huérfanos de magia, nos levantamos y caminamos sin prisa guiados por la llovizna salada que golpeaba nuestros rostros.

 

56. BASURA (Paloma Hidalgo Díez)

Todo me dice ven, mi amor, pero yo solo puedo pensar en ese vestido azul. En nuestro dormitorio las sábanas revueltas imploran compostura. Me llaman a gritos las pelusas de la alfombra del salón. Las tazas del desayuno de nuestros hijos en el fregadero, y las manchas del zumo de naranja que alguno de los tres derramó en el suelo, me chistan desde la cocina. Y yo no consigo salir del vestido azul. Se escuchan, aunque algo amortiguadas porque tengo la puerta cerrada, las voces del espejo del baño, salpicado de lunares de jabón, y del lavabo, por las incrustaciones de pasta de dientes que ninguno aclaráis. Y no quiero olvidarme de la montaña de camisas, alguna azul, pantalones, y faldas, que me guiña un ojo junto a la plancha. Hasta el canario pía por su alpiste. Soy incapaz de escucharles, cariño. Ahora porque pienso en ti. Aunque sé que no tardaré mucho en sentir los arañazos que el vestido azul, el que llevaba la chica con la que te besabas en el garaje cuando he salido a tirar la bolsa, maldita bolsa azul, de la basura, volverá a hacerme en cuanto empiece a olvidarte.

55. Ventarrones (María Rojas)

En este pueblo ventoso doña Moñitos escribía cartas ávidas de libertad. Una tarde, el viento sopló fuerte y las palabras se disolvieron quedando de ellas unos caracteres ilegibles de bordes erizados. Un mulatito, musiquero él, con paciencia de cirujano, a punta de timbal, rescató las palabras convirtiéndolas en melodías.
Doña Moñitos cambió la libertad por el amor.
Un viento huracanado, de esos que por acá llamamos tumbamuertos, elevó las cartas, los amores y las melodías hasta las garras azules de una estrella analfabeta.
Doña Moñitos y el mulatico se mosquearon por los abusos estelares. Nada pudieron hacer, los negros, tienen negada la visa a los barrios celestiales.

54. PITUFO

El día que nació Jaime el paritorio se quedó en silencio de repente. Mi mujer aun seguía recuperándose del esfuerzo y la matrona me hizo señas para que me acercara a verlo. La pediatra lo limpió, lo auscultó, lo revisó de arriba a abajo y, cuando estuvo completamente segura, nos dio el diagnóstico: «Es azul». En la maternidad, los otros padres presumían de sus hijos. La mayoría blanquitos, algunos un poco amarillos, un par de negros. Ninguno como el nuestro.

Volvimos a casa convencidos de que habíamos hecho algo mal. Quizá desearlo a orillas del océano o concebirlo en una noche de luna nueva. Las visitas llegaban con flores para la madre y regalos para el bebé, pero en cuanto lo veían buscaban una excusa y se marchaban meneando la cabeza. Los primeros meses vivimos angustiados por miedo a que su rareza nos lo arrebatara sin avisar.

Tres años después sigue creciendo, sano y feliz. Hoy ha empezado el colegio. Al salir me ha preguntado por una palabra que no conocía. Se la he explicado y luego hemos visto los dibujitos animados. Se ha reído, aunque los dos sabemos que no va a ser fácil.

53. Cicatriz (Josep Maria Arnau)

Mantenía los ojos clavados en tierra firme mientras el ferri zarpaba para cruzar el gran lago.

—No es el mar, ¿verdad, mamá? —volvió a preguntar.

—No, no es el mar.

—¿Hay salvavidas?

—¡Claro!

—Si nos perdemos, ¿nos encontrarán?

—Sí, enseguida.

—¿Te quedarás por el camino como papá?

Un silencio oscuro les separó por unos momentos.

—Yo estaré todo el tiempo aquí contigo —respondió ella.

Él apoyó la cabeza en su regazo, con la mirada perdida en el horizonte azul.

—Pero avísame si tengo que saltar —musitó.

52. ERAN DE COLOR AZUL

Tu pupila es azul, y cuando ríes
Tu pupila es azul y cuando lloras.
Él no tenía los ojos grandes, ni rasgados, eran más bien redondos, pero su
azul era intenso y cambiante. Según le cambiaba su carácter, así también el
color. A veces su azul era transparente, azul cristalino como el agua de esos
mares que rodean algunas islas del Pacífico. Entonces a ese ser lo amaba con
toda intensidad. Me engañaba con tanto cariño.
Otras veces, al mirarlo las olas rompían fuertemente golpeando los acantilados.
Golpeando… Golpeando. El azul de sus ojos había cambiado de color, sin motivo,
sin saber el ¿Por qué? Entonces escondida en mi habitación, mis ojos ya no querían
volverlos a mirar.

51. FIN

La balsa se mecía suavemente y mi cuerpo sobre ella acompañaba el ritmo de las olas. La bóveda celeste cubría incólume toda la Creación. Era casi como ser el primer hombre. O el último. Estaba solo y me sentía en paz mientras a mi alrededor se libraba una gran batalla entre el bien y el mal. ¿Era paz o era tristeza? No tenía forma de saberlo, pues todo parecía haber terminado, al menos para mí. Suaves pitidos me llegaban desde un horizonte lejano e inaccesible. Pitidos rojos en un mundo azul. Y todo fluía sin que nada cambiase. El eco distante de un golpe sonaba en mi memoria como el destello de luz que precede al salto de los plomos. Los sentidos se entremezclaban y todo seguía igual sin que jamás volviese a serlo. Yo, atrapado en un mar infinito bajo un cielo azul abrasador, no tenía escapatoria. Tanta tranquilidad y tanto silencio me angustiaban. Pero, entonces, lo oí. Oí cómo en la sala azul de un hospital al otro lado de mi piel alguien decía: “Hemos hecho lo que hemos podido”.

50. Antagonismo

Odiaba el azul. ¡Dios, cómo lo odiaba! Maldito color absurdo y detestable que lo rodeaba por todas partes. Ahí estaba, sobre él, tintando el cielo de forma repugnante. O en el mar, coloreando las aguas con sus despreciables tonalidades. Aparecía, por desgracia, impregnando de manera descarada incluso los iris de los ojos de sus hijos; mancillando su mirada inocente. Vil pigmentación que se aferraba a sus retinas como si quisiera absorberlas y hacerlas desaparecer. Pero lo curioso del caso es que él sabía que ese odio era mutuo. Estaba convencido de que el azul lo odiaba a él con la misma intensidad y que procuraba hacerse visible en cuantas ocasiones se le presentaban. Al final, ese duelo antagónico tuvo un claro vencedor. A él lo atropelló un coche azul cobalto y fue enterrado con un traje azul celeste en un ataúd forrado de un impactante azul eléctrico. Tal aberración fue posible porque su mujer, que era quien había organizado el entierro, había encontrado hacía tiempo otro príncipe azul, un hombre que conducía –casualidades de la vida–, un deportivo… exacto, azul.

49. Agente secreto

Mientras firmaba en la Feria del Libro mi última entrega de la detective Constanza, mi alter ego, le vi. Estaba en la cola, lanzando miradas hostiles en derredor. Llevaba una trenza canosa con gomina, sombrero de fieltro, los cuellos del gabán subidos y gafas de pasta azul. Tenía pinta de sospechoso, con aquella cicatriz en el mentón, y noté que me ponía nerviosa y empezaba a temblarme el pulso. ¿Sería un revólver el bulto aquel del bolsillo?

Cuando le llegó el turno y le tuve con la novela entre las manos frente a mí, levanté un instante la vista. Apestaba a pachuli y le asomaban unos pelillos por la nariz. Abrió la tapa y me pidió que le de-de-dedicase el libro a su ma-ma-madre, Angus-gus-gus-tias Gil. Me pareció un tipo de lo más anodino y gris.

Estoy valorando seriamente dejar a un lado, al menos de momento, a la detective Constanza. Es agotador esto de ver indicios y pistas y asesinos por todos lados. Quizás me atreva con la poesía o quizás con un cuento infantil.

(Fuera de concurso)

 

48. Sesión reparadora (Blanca Oteiza)

Lo que parecía una tarde más jugando al solitario, cambió cuando la vi entrar por la puerta. Con la mejor de mis sonrisas nos sentamos a la mesa. Estaba sería, sus ojos me llevaron a un océano a punto de inundar el puerto. Me dijo que no creía en las cartas, pero necesitaba saber.
Esparcí la baraja sobre el tablero y la observé mientras temblaba reprimiendo las lágrimas. Los naipes no sé qué contaron, pero el futuro lo vi claro, era la oportunidad que esperaba desde los años de colegio.
Él no va a volver, te ha olvidado, encontrarás otro que te haga más feliz y viajarás. Viajarás al paraíso de los días de estío, a los cielos azules y los mares de sirenas. Si te soy sincero, junto a la novia veo al chico que tienes enfrente, que te anhela cada noche bajo las estrellas, en cada gota del cristal de la ventana los días de lluvia, que te sueña y te ama desde los días de infancia en el patio de la escuela.
Se levantó de la mesa con una sonrisa. Al recoger el billete vi que había escrito su número de teléfono junto a un corazón.

47. Te lo digo en serie

Aquellos maravillosos años no volverán. Nos bastaba una tele arcaica y unos pocos canales para ser felices. Estábamos tan perdidos; tú eras una mujer desesperada con ganas de asaltar una farmacia de guardia. Despreciabas las audiencias y sólo querías papeles de protagonista. Yo buscaba la sensación de vivir con amigos, (friends, decías con tu spanglish de pija). Tú trabajaste en el servicio doméstico pero, aunque fértil, eras poco sumisa para ser una criada. Yo tenía muchos sueños, buscaba la fama, pero heredé una casa en la pradera y me quedé en el pueblo. La memoria es un expediente x que preserva los buenos recuerdos y elimina los spoilers y los finales extraños. Tal vez ya no tengas cuerpo para sexo en Nueva York, ni en Cantabria, pero pronto volverás a ser la princesa guerrera que conocí, heredera de una dinastía de mujeres únicas. Recuerda que hasta el día que esté a dos metros bajo tierra serás mi chica de oro y que nunca olvidaré aquel verano…azul.

46. Ola de frío (María José Escudero)

Una masa de aire gélido se había  apoderado de las calles. Y el Mendigo, que ya casi no sentía los pies, se adentró en el lodo de un vertedero inmundo para rebuscar, entre las cosas que otros no querían, algo que le pudiera servir de abrigo. Al destapar el contenedor, un hedor insoportable le obligó a volver la cabeza y dar un paso atrás, pero un movimiento — apenas perceptible— en el fondo tenebroso del depósito, lo detuvo. Y fue entonces cuando le temblaron a un tiempo el cuerpo y el alma. Tras unos instantes de confusión y mientras se escuchaba el crujido inclemente de la tapa al caer, el Mendigo se alejó receloso y se dirigió, apresurado, hacia el cajero automático más próximo. Allí pasó la noche sobre inhóspitos cartones y se cubrió con una manta de tacto delicado, invadida por sonrientes ositos azules y alguna que otra estrella salpicada. Horas más tarde, el amanecer sorprendió al Mendigo abrazado a un tierno balbuceo y, al tiempo que un tenaz rayo de sol se esforzaba en derretir la nieve, él recitaba, con voz estremecida, una amorosa canción de cuna.

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