Esta Noche Te Cuento. Concurso de relatos cortos

INCERTIDUMBRE

Un relato con menos de 200 palabras inspirado en LA INCERTIDUMBRE

ENoTiCias

Bienvenid@s a ENTC 2026 Continuamos nuestro 16º concurso en el que iremos proponiendo hasta 8 propuestas temáticas en torno a la EXISTENCIA En esta ocasión serán relatos que desarrollen el concepto de LA INCERTIDUMBRE. Y recuerda que el criterio no debe ser poner menos palabras sino no poner palabras de más. Bienvenid@
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Esta convocatoria finalizará el próximo
30 DE SEPTIEMBRE

Relatos

VISITA A DOMICILIO (Ana María Abad)

El médico me ha diagnosticado dislexia. Dice que por eso confundo la izquierda con la derecha, hago cócteles extraños con las palabras, y se me escurre el tiempo entre los dedos. Sin embargo, no encuentra explicación para las violentas palpitaciones que me acometen en cuanto traspongo el umbral de su consulta, ni para los sudores fríos, los temblores de manos, la respiración agitada o los balbuceos incoherentes.

Está empeñado en derivarme al cadiólogo pero yo me niego: sé de sobra que no es un marcapasos lo que mi corazón necesita y, mientras observo arrobada cómo sus dedos largos y elegantes garabatean el nombre de un calmante cualquiera en una receta, me pregunto si rogarle que me ausculte más a fondo o si es mejor que le invite a tomar una copa fuera de la clínica. Cuando alza los ojos y veo que naufragan en los míos, las dudas salen volando por la ventana y empiezo a desabrocharme la blusa.

47. CUENTO DE INVIERNO (Rafa Olivares)

Por aquel entonces aún no existían las ecografías. Tampoco las casas de apuestas, lo que no era óbice para que en Stratford, una aldea al noroeste de Londres, sus habitantes se jugaran el dinero prediciendo el sexo del futuro bebé de cualquier moza con vientre prominente.

A falta de métodos más científicos, había quien se guiaba para su envite por la forma de la barriga: niño si baja y puntiaguda, niña si alta y redondeada. O bien por el tipo de antojos de la gestante: hembra si le apetecía mucho el dulce, varón si prefería las viandas saladas.

También hubo alegres comadres foráneas que apostaron sus peniques preguntando por las náuseas matutinas: muchacha si intensas, muchacho si leves. Y no faltó mercader veneciano que confió más en los movimientos de un péndulo sobre la panza: manzana si circular, plátano si lineal.

En el caso que nos ocupa, las apuestas estaban muy divididas; tanto, que sus importes subían conforme se aproximaba la fecha del parto hasta alcanzar cifras nunca antes conocidas.

Aún hoy, más de cuatrocientos años después, se comenta entre risas aquello que se convirtió en una comedia de errores.

Fueron bautizados en febrero como Judith y Hamnet.

46. El difícil arte del equilibrio

Una aplicación de móvil. Con una balanza azul, que el azul transmite serenidad y confianza, y en cuestiones de diseño hay que pensar en todo. Sobre un platillo colocas la situación, sobre el otro la reacción que te provoca, y entonces te sale un emoji que nivela la balanza o no. Por ejemplo, el semáforo cambia a verde y el conductor de delante no se entera. Tú pitas y le llamas gilipollas. Pues ahí aparecería un aspa roja, pongo por caso, y zas, platillo vencido. Sin embargo, si esperas pacientemente, saldrían unas manos aplaudiendo y platillos igualados. Cuando se lo conté a la psicóloga, me dijo que, ya que esa app no existe, quizá podría visualizar la balanza en mi cabeza cada vez que tenga dudas. Pero eso es muy difícil para mí, se me lían los emojis y no sé si logran el equilibrio, porque a ver qué quiere decir un ángel sonriente con los dos pulgares hacia abajo, o una cara ceñuda con las manos abiertas de par en par. Y hablando de manos, antes de seguir con las preguntas, ¿puede dejar que me lave la sangre de las manos, agente?

44. EL OTRO

No fue capaz de eludir la desesperación para que el tiempo dejara pasar el momento y, con ello, desapareciera del todo la duda que envolvía el ambiente. ¿Qué había hecho mal, después de todo? Repasando los fotogramas, viene a ver que titubeaba frente a ella, con la vista perdida, los brazos caídos y la respiración a todo gas. Quedaba claro que no se había aprendido el guion, o al menos eso parecía, e inventaba alguna palabra que apenas se hacía entender y, llegado el momento crucial…

No quedaba otra opción que repetir la escena, pero en principio ella no estaba dispuesta a soportar otro momento como ese. Su caché era de primer orden, una diva engreída, pero que garantizaba de entrada un más que probable éxito. Consideraba que no podía rebajarse tanto ante ese mamarracho —a pesar de que empezaba a sobresalir últimamente como revelación— que le habían puesto para que la conquistara y la besara con ardor.

Tendría que ponerse de nuevo, muy a su pesar, la máscara y convertirse en el otro.

Pero no se trataba de un baile de disfraces.

43. ¿Arritmia hereditaria?

Una vez más, despierto asustado en mitad de la noche. A oscuras, encuentro tu pecho.

Pumpumpum.

Me acomodo. Sonrío.

Pum, pum. Pum, pum.

Un dolor en la tripa me oprime y suelto un leve quejido.

Pumpumpum.

Me acerco más a ti. «Gracias», intento decir. Tomo tu dedo. Y olvido el dolor.

Pum. Pum. Pum.

«Mi héroe», quiero añadir, pero la garganta me arde. No puedo hablar. Otra punzada.

Chillo.

Pumpumpum.

Lloro.

Pumpumpum.

Me separas de tu pecho. Pierdo tu ritmo. Me alzas. Y me gritas:

—¿Vas a dejar de llorar, puto bebé? —mientras me zarandeas una vez más.

42. El punto azul

No sabía dónde estaba ni cómo salir de allí. El punto azul del GPS titubeaba sobre un espacio blanco en el centro de Delhi, y no emitía instrucciones. Cuando intenté llamar al hotel, solo se escuchaban ruidos metálicos. Intenté preguntar, pero nadie me entendía. Oscurecía, y en aquella callejuela, cada vez más desierta, no se encendía ninguna luz. Los pocos transeúntes que pasaban me miraban con recelo. Solo los perros adormecidos entre la suciedad me ignoraban. Lo último que recuerdo es tener la espalda apoyada contra una pared descorchada mientras los brazos me colgaban inertes y el móvil resbalaba entre mis dedos.

No sé cuánto tiempo pasó.

Al despertar, el sol ya entraba por la ventana. Estaba tendido en la cama, vestido, con los zapatos puestos y sucio. A mi lado, el móvil mostraba la pantalla del GPS con el punto azul, ahora sí, sobre la ubicación del hotel.

41. Miout! (Francisco Javier Igarreta)

Corrían tiempos de incertidumbre y no quiso dejar nada al azar. Schrödinger preparó concienzudamente todos los elementos. La caja metálica, el dispositivo radiactivo, el matraz con veneno, el martillo y, por supuesto, el gato. Una contribución desinteresada de Einstein.

Llegado el momento del experimento, el felino se mostró reacio peleando con uñas y dientes. Apenas vio el extraño artefacto, una súbita piloerección en el lomo le puso en alerta, allí había gato encerrado. Poco dispuesto a contribuir a una posible redundancia cuántica emitió un maullido desgarrador y echó a correr. La estridencia ultrasónica de su maúllo provocó la ruptura del frasco y la dispersión del tóxico.

Pendiente de la evasiva actitud del michino, Schrödinger sucumbió a los mefíticos efluvios del veneno y pasó a la posteridad. Muerto, pero paradójicamente vivo.

40. PASADO INCIERTO

Se preguntaba qué llevarse en una bolsa minúscula para una ausencia tan larga, y seleccionó en el trastero los recuerdos que lo acompañarían a su nueva vida y los que irían a la fosa común del olvido. Algunos trastos viejos o comprometedores se resistían a acabar en el vertedero, como la recién aparecida cámara, regalo de sus quince años y que perdió algunos veranos más tarde. Mientras decidía qué hacer con ella, vio un carrete sin revelar, y pensó en la encantadora incertidumbre de que las fotos de las vacaciones salieran bien o que simplemente salieran. Hoy ya nadie lo entendería, y se preguntó qué podría salir de aquel rollo tal vez estropeado, quiénes aparecerían en esos negativos, cuántas imágenes valdrían de verdad la pena. Quién sabe si esas instantáneas podrían acabar hoy día con carreras políticas y matrimonios o descubrir viejos engaños. Nunca lo sabrá, y además ya no existen sitios para revelar película, así que tiró al montón la vieja Minolta y trató de vencer la nostalgia y la tentación de husmear en su dudoso pasado. No sería buena idea cuando iba a pasarse treinta años en prisión tratando de vencer la nostalgia.

39. Plot twist

En la sala de espera, un aire espeso se cuela por las rendijas de los ventanales, camina por las rayas de colores dibujadas en el suelo para orientarse y se convierte en un mar de nubes amenazantes bajo sus pies inquietos. Gotas de sudor inoportuno recorren su cara y la fuerzan a secarse con un pañuelo que le ofrece, con cariño, su marido.

—Son los nervios—le susurra para justificarse mientras se pregunta por qué tardarán tanto.  Ya ha sacrificado sus pechos, el tratamiento ha debilitado sus brazos y, todavía, usa peluca. Temerosa de volver a enfrentar la fatiga y las náuseas, aguarda los resultados y ruega al cielo que la conceda más tiempo y la permita conocer a ese niño que crece en el vientre de su hija.

—María Grandes—llaman.

Y entra en la consulta y se enfrenta al rostro grave del oncólogo que revisa su última analítica.  Aunque tiembla, lo mira con firmeza, dispuesta a recordarle que hizo testamento vital… Pero, inesperadamente, el argumento se subleva y, contra todo pronóstico, el narrador de la historia resuelve darle un poco de esperanza.

—Todo en orden, María —pronuncia el médico disimulando su asombro. Nos vemos en la próxima revisión.

38. LA ÚLTIMA CENA

Me duele tanto la cabeza que ni siquiera puedo abrir los ojos. Creo que anoche me pasé. Y tanto, como que no me acuerdo de nada…

Mierda, necesito ir al baño, pero las piernas no me responden. Qué digo, ni las piernas, ni los brazos, ni el resto del cuerpo. Esto es peor de lo que pensaba.

Un momento ¿Qué es ese ruido? Parece algo, o alguien, respirando. Y también hay un pitido que se repite ¿Dónde estoy? Joder, ¿qué está pasando?, ¡me estoy asustando de veras!

Espera, eso parece una puerta que se abre. Y pasos. Se vuelve a cerrar. ¿Están hablando?

El paciente continúa en coma —¿el paciente soy yo? —, y la única expectativa a medio plazo es la muerte cerebral.

¿Pero cuánto tiempo llevo aquí?

Por eso habíamos pensado iniciar los trámites para la donación.

¡Tengo que despertarme!

Creo que a él le gustaría —¿Maricarmen, eres tú? —. Era un hombre muy generoso.

¿Generoso, yo?

Vayamos a otro sitio y le explicaré el procedimiento —¡no, no le expliques nada!

Silencio.

Dijiste que me habías perdonado, Maricarmen… y me preparaste un cachopo … pero tú cenaste ensalada… ¡Como salga del coma, te vas a enterar!

37. Invención de un relato

Para la IA

 

(Basado en hechos irreales).

 

Llevaba tiempo sin escribir, pero el jugoso premio de un concurso literario me animó a participar. Como seguía sin ideas, y aunque las bases lo prohibían expresamente, recurrí a la IA, si bien no dejó de inquietarme la posibilidad de ser descubierto.

Primero me propuso elegir un tema:

­—Romántico. (Uff, qué cursi).

—Infidelidad. (Demasiado trillado, y, sin embargo, siempre funciona).

—Ciencia ficción o costumbrista. (Más trillados todavía).

—Personal. (Este me gustó. Las vivencias personales resultan muy apreciadas si son auténticas).

Después tuve que decidir sobre estos tres aspectos:

—Tono. Me decanté por un volumen bajo… que no, ja, ja. Pedí que fuera una mezcla entre mordaz, irónico y satírico. Con un poquito de humor. Eso suele gustar. Y que se las arreglase como pudiera. No haber preguntao.

—Ritmo. Pues que fuese rápido. Así. Zas. Fácil de leer. Con frases cortas, sin subordinadas que son tan pesadas que acaban confundiendo, o peor, que aburren a cualquiera.

—Desenlace: ¿abierto o giro final? Preferí giro final. Me seduce desconcertar al lector.

 

Estoy deseando ver qué inventa con estas premisas, y sobre todo cómo va a lograr sorprender, en un relato como este, con un incuestionable e inesperado orig lanif.

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