Esta Noche Te Cuento. Concurso de relatos cortos

EL MIEDO Y LA ANSIEDAD

Un relato con menos de 200 palabras inspirado en cualquiera de los dos temas que te proponemos

ENoTiCias

Bienvenid@s a ENTC 2021 Puedes participar con un relato en cuya historia se muestre EL MIEDO Y LA ANSIEDAD. Y recuerda que el criterio no debe ser poner menos palabras sino no poner palabras de más. Bienvenid@
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Esta convocatoria finalizará el próximo
15 de Noviembre

Relatos

24. Sobreviviendo al terror

El miedo se apoderaba de ella cuando se acercaba a los muros de la cárcel. La visita semanal a su hermano se le hacía cada vez más cuesta arriba.
No eran los cacheos íntimos a la que le sometían para comprobar que no era una de las mulas que llevaba estupefacientes a los presos.
Era el temor a no saber disimular, a no poder tranquilizarlo para que no añadiese al terror que sufría, más agobios, pensando en los que estaban fuera.
Por eso inventaba historias graciosas de sus sobrinos para no confesar que su padre estaba ingresado con cáncer y que a mamá le costaba mucho mantener a la familia y pagar su abogado con lo que ganaba en su pequeña tienda.
Se presentaba con una amplia sonrisa, le comentaba noticias familiares y de amigos para que se sintiera conectado con lo que ocurría fuera.
Pero aquel martes lo notó distinto, le delataba un ojo morado y un tono esquivo.
Tras insistirle le comentó que un preso le exigía dinero para salvar su vida.
Aunque sabía que sería un largo chantaje le entregó al funcionario todo el dinero que llevaba: “Tenía que salvarle la vida. Luego intentaría conseguirle un traslado».

23. Sacrificio

El hombre sigue corriendo. Aunque lejanos, todavía escucha los cantos festivos del templo. Huye de sus perseguidores. Sobre la espalda, lleva al niño, su primogénito. El ocaso emborrona las líneas y le impide esquivar las malheridas ramas de las jacarandas —los dioses  les han castigado con inundaciones—. Nota el gusto de la sangre apelmazada en su garganta. Los brazos de su hijo le estrangulan. Y, casi sin aliento, su mente se acelera. Piensa en el gigante de bronce al que idolatran: en sus manos extendidas y receptoras, en la cabeza de carnero con la boca abierta, y en el fuego purificador de su interior. Todas las deidades son vengativas, recapacita. También él, como los demás habitantes del poblado, ha consentido siempre en aplacar la ira divina. Ya no. Mientras activa los recuerdos de ofrendas pasadas, sus piernas se quedan atrás. Están exhaustas. El niño grita. Les han alcanzado. A su alrededor, rostros ocultos tras máscaras de madera. El hombre protege a su hijo con los brazos. Forcejea.  Antes de que se lo arrebaten, descubre en las pupilas infantiles las llamas de la pira. Y, en un último resuello, hunde la hoja de su daga en el pequeño cuerpo.

22. MIEDO Y ANSIEDAD (Mariángeles Abelli Bonardi)

Este mismísimo instante condensa los años de espera: sólo llevo puesta una bata.

Llega el enfermero a buscarme; miro a mamá: mi mirada lo dice todo.

Una vez en la camilla, prevengo al anestesista de mi pánico a las agujas:

—No te va a doler —me tranquiliza, y es cierto: coloca la vía delicadamente y empieza el lento goteo…

¿Me reconoceré en el espejo?

.

.

.

¿El espejo me reconocerá a mí?

.

.

.

¿Cuánto tiempo pasaré dormida?

.

.

.

¿Despertaré?…

Y entonces llega el cirujano y me saluda con un beso en la mejilla: y entonces pierdo la conciencia, y con ella, el miedo y la ansiedad…

21. Aquelarre

Estaba todo dispuesto, el fuego, el pentáculo, las túnicas, el cuchillo… solo faltaba la que iba a ser sacrificada. Y todas las presentes se miraron unas a otras como si el mismo diablo habitara en sus ojos.

20. Al otro lado (Ezequiel Barranco)

La habitación 203 de mi hospital, levantado sobre una antigua leprosería del siglo XVIII, siempre ha tenido mala fama. Dicen que allí se oyen ruidos raros y se ven sombras y que, a veces, te soplan en la nuca o te tocan el pelo. Todo lo achacan a alguien que murió allí hace años. Jamás dicen su nombre, quizás no lo sepa nadie, siempre se refieren a él como Antoñín. El caso es que eso a mí no me preocupa porque nunca he sido miedoso, y aquí sigo tranquilo con mi trabajo. Recuerdo un día en que, mientras me tomaba un pequeño descanso en un sillón, escuché cómo una anciana, que llevaba allí ingresada unos meses, le pedía a una enfermera que volviera más tarde, y le preguntaba airada qué si no veía que tenía la visita de un muchacho muy agradable. La joven salió nerviosa y asustada de la habitación, le dijo a sus compañeros que tuvieran cuidado, que seguro que Antoñín estaba allí. Yo para tranquilizar a la pobre mujer, que se había inquietado con tanto escándalo, comencé a acariciarle el cabello con cariño.

19. Cristalino

El joven cogía el paraguas de manera torpe. La lluvia caía de lado, estilo inglés, y una niebla cubría toda visión lejana.

Llevaba mirando la gran caja de cristal hacía ya varias horas. El anciano, disfrutando de su lectura, se recostaba en su sillón y sonreía desde dentro. No miraba el exterior ni ante el más atronador trueno.

El joven dio un paso. Un charco mojó sus botines. Dubitativo, intentó retroceder, pero su voluntad le impulsaba a dar otro. Extendió su mano, cada vez más cerca de la jaula que lo protegería de la lluvia. Un temblor en su mano le hizo incapaz de encontrar destino, y así, se dio la vuelta.

Cuando se fue, el hombre se levantó y empujó el cristal, como si de una puerta se tratase.

18 In die illa tremenda (Javier Igarreta)

El día que murió Sandalio no tocaron a muerto, pero los escasos moradores de aquel poblacho perdido en la serranía remacharon entre dientes cada campanada, como queriendo añadir un plus de inexorabilidad al luctuoso acontecimiento. Aquella tarde, Remigia, el ama de llaves, bajó a la cuadra acuciada por un insistente crujido. A la luz de un ventanuco, contempló horrorizada el rítmico balanceo de un cuerpo. El último eslabón reconocido de los Enríquez de Melgos colgaba del techo ante la impasible mirada de los bueyes. Remigia ahogó un grito de espanto, pero fue incapaz de abrigar un ápice de compasión en sus entrañas preñadas de rencor.

La tarde del entierro presagiaba tormenta. Un exiguo cortejo, compuesto por dos criados, tres convidados de piedra y el cura, partió hacia el camposanto. Sobre un carromato tirado por mulas reposaba Sandalio, resguardado del creciente chaparrón en un ataúd de madera noble. Desde un lugar privilegiado, un muchacho que contemplaba la escena con ojos fulgurantes celebró el relámpago solidario que rasgó el cielo. El zigzagueante destello hizo encabritarse a los animales y la carreta quedó en equilibrio inestable. Insuficiente para el féretro que, tras deslizarse lentamente sobre las tablas, se precipitó en el Barranco del Diablo.

 

17. ES

Esto es el paraíso, sea lo que eso sea. Floto, disfruto continuamente, rodeada de ese bum bum repetitivo que me llena de bienestar. Quiero estar así siempre.

¿Qué pasa?. Algo me aprisiona. Aj. No. ¿Qué es esto?. Me muero. Tengo miedo. El líquido que me rodea se va. Tengo frío. Me duele todo el cuerpo. No puedo respirar. ¿Por qué me pasa esto a mí?. Aaaahhh, estiran de mí. Qué horror de luz, de dolor, de espanto, grito, lloro para poder respirar. Quiero volver a la paz de mi cielo.

Es una niña, dice la comadrona.

16. EN LÍNEA RECTA (Susana Revuelta)

Con miedo a decepcionar a sus padres, que tanto se habían sacrificado por él, creció Pablo, evitando distracciones y huyendo de toda tentación. Su vida discurrió, pues, por el buen camino: el que iba derecho del pupitre del instituto a la facultad, del Colegio Mayor al apartamento de alquiler, de la asesoría que heredó del padre al chalet adosado. Llegarían también, cada cual a su debido tiempo, el noviazgo largo, la boda, el pastor alemán, un hijo tan espabilado como él, una hija tan rubia como su madre, e igual de guapa o más.

Pero ahora que lo tiene todo, siente en la boca un regusto amargo cuando sus pensamientos regresan, cada vez con más frecuencia, hacia aquellos desvíos sinuosos, polvorientos y sin asfaltar que no tomó, y donde durante años acecharon las fiestas de la universidad a las que no fue, las compañeras de blusa transparente, ojos ahumados, labios jugosos y tejanos ceñidos a las que no hizo caso, los viajes de fin de curso a los que no se apuntó, los veranos de playa, puestas de sol y amaneceres que no vio y martirizándose, cada vez más abatido, por una vida que no vivió.

 

 

15. Uñas

Seguían ahí. Los oía rasguñar bajo las tablas del suelo, detrás del enlucido. Los imaginé arañándose también unos a otros, un hervidero de seres gibosos, cubiertos de calvas y úlceras mil veces infectadas, y me estremecí de asco.

Salté de la cama y corrí a la habitación del niño. Allí su compulsión enfermiza por rascar se cebaba en el envés del cielo raso. Enloquecido, hui hacia el baño y me ovillé en la bañera, con los oídos tapados para escapar de sus uñas diminutas, que ahora resonaban tras los azulejos. Y así, amortajado por la porcelana, caí en una duermevela angustiosa.

―Papi, ¿has dormido ahí?

Guille, frente al lavabo, me mira con más sueño que extrañeza. Me levanto entumecido y, sin respuesta, le revuelvo el pelo.

En la cocina Marta pone la cafetera. Quiero preguntarle a gritos si no oye el chirrido malsano que ni siquiera los sonidos reconfortantes del día amortiguan. Pero tengo miedo de ver otra vez la alarma en sus ojos. De las llamadas furtivas a la clínica. Del ingreso, las batas blancas y las pastillas verdes, una tregua que solo sirve para que ellos, incansables, afilen sus garras a la espera de mi regreso.

14. Los otros

Cada vez que mi hermana gemela entra en la habitación y me ve durmiendo en la cama, huye despavorida, como si acabase de ver un fantasma. Todavía le cuesta aceptar que de las dos, quien murió el día del accidente fue ella.

13. Sentencia (Josep Casals)

Esta vez no habían calculado bien la medida del lote de acusados porque apenas cabían en el banquillo. Tenían que sentarse apretados y los de los dos extremos, para no caer, debían ponerse de través y trabar bien las piernas a modo de tornapuntas. Cuando uno de aquellos desgraciados se levantaba par ser interrogado, el vacío que dejaba duraba apenas una fracción de segundo y después tenía que recuperar su sitio a base de golpes de cadera, pues los prisioneros llevaban los brazos cosidos al tronco.

La manera de afrontar la situación era diversa. A uno le temblaba la barbilla, otro sudaba a mares, el que iba descalzo balbuceaba lo que parecía ser una oración…, por el hedor que se percibía, era evidente que alguno se había orinado encima. Porque todos los imputados tenían asumido que los declararían culpables. La incertidumbre radicaba en la pena que impondrían a cada uno. Eran cinco, los jueces, pero las sentencias las leía, con la indiferencia que otorga la costumbre enraizada, el que tenía la araña tatuada en la sien. Fue el tercer acusado empezando por la izquierda quien recibió el castigo más severo: le condenaron a nacer.

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