Esta Noche Te Cuento. Concurso de relatos cortos

PAISAJES Y ESCENARIOS

Un relato con menos de 200 palabras inspirado en el tema que te proponemos

ENoTiCias

Bienvenid@s a ENTC 2020 En este momento podemos ofrecerte la posibilidad de participar con un relato que le den protagonismo a PAISAJES Y ESCENARIOS... Bienvenid@
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Esta convocatoria finalizará el próximo
30 DE DICIEMBRE

Relatos

33. Bosque de interior (Susana Revuelta)

Al encender la luz de la mesilla, cientos de estrellas se ponían a girar proyectándose en el techo del cuarto de Nina, que se dormía mirándolas mientras su madre le leía un cuento. Solía improvisar, y cada noche inventaba un personaje para que su pequeña fuese un hada, una ninfa o una princesa de ensueño.

La habitación misma recreaba la casita de un duende. Pero un verano las florecillas de la moqueta empezaron a marchitarse y los peluches de la cama —osos, cervatillos, conejos— fueron confinados al fondo del ropero. De los árboles del papel de la pared quedaron solo ramas peladas, parecían esqueletos. La lamparilla dejó de funcionar y el cielo azul celeste se fue cubriendo de nubarrones negros. Hasta el nido de guata y algodón que habían hecho juntas cayó del alféizar de la ventana, desparramándose por el suelo.

La noche de finales de agosto en que Nina regresó a las tantas, descendió de una moto y permaneció largo rato colgada del cuello del conductor, comiéndoselo a besos, las últimas perdices que aún quedaban por allí emprendieron raudas el vuelo.

32. La rutina (Jerónimo Hernández de Castro)

Como cada jornada, el cálido amanecer naranja hizo visibles las almenas del castillo y el brillo de mármol de sus muros. Un giro repentino mostró la panorámica de torres esculpidas sobre la cordillera nevada, antes del picado vertiginoso hacia el precipicio. Cuando el impacto parecía inminente, la oquedad oculta entre riscos y plantas trepadoras le permitió adentrarse en la caverna que cubría un mar de aguas encrespadas cuyos habitantes, amparados por la arquitectura multicolor de los corales, le rodeaban sin inmutarse. El viaje continuaba, pero otro cambio de rumbo le condujo a través de un cráter hasta la luz cegadora del exterior, en una verticalidad trepidante acompañada de lava incandescente.

Y todo se esfumó. El leve desplazamiento del ratón en la alfombrilla había activado el fondo gris bajo los iconos desordenados de su escritorio, sumiéndolo de nuevo en una monotonía que ya solo atenúa su salvapantallas.

31. CELOS

El lobo observa a la chica escondido tras unos zarzales. Viene sola por el camino que cruza el bosque, cuajado de árboles, arbustos, flores y advertencias. Y baila, como si fuese una mariposa de alas azules y blancas pululando entre margaritas. El lobo sale del zarzal y se pone tras el tronco de un árbol de corteza cubierta de musgo y barro en las raíces. Ahí espera a la bailarina.

Escucha una voz familiar y sus patas tiemblan. La voz habla con la chica del vestido blanco y azul. En unos instantes, el ambiente del bosque se llena de olor a sangre fresca y silencio. El lobo cierra los ojos. Al abrirlos ella está ante él, con su capa roja y una guadaña manchada de sangre entre las manos.

—Te la puedes comer, si quieres —dice la chica. Aparta unos matorrales con la guadaña—. ¿Qué pensabas? ¿Qué no me enteraría de su presencia?

Suelta una carcajada y se va tatareando una canción infantil.

El lobo se sienta junto al tronco del árbol. Atardece y las nubes bajan de las montañas.

—No quería comérmela. Solo quería hablar… hablar con alguien que no sea ella. Solo hablar…

Entonces comienza a llover.

30. O SOLE MÍO (Rafa Olivares)

Ella siempre tuvo la ilusión de visitar Venecia. Navegar por sus canales disfrutando de la belleza de la ciudad e imaginando sus épocas de esplendor. Apreciar las impresionantes muestras de arte bizantino, gótico y barroco que pespuntan la ciudad. Hoy parece que verá realizados sus sueños. Dispuesta a disfrutar del tan ansiado paseo fluvial, alza la vista ávida de sensaciones. Pero en la orilla no divisa los nobles palacetes ni las majestuosas iglesias esperadas, ni siquiera algún león alado, emblema de la ciudad. Las aguas no pasan bajo puentes de piedra ni son las siempre alegres de Venecia, sino las de una mansa laguna, y la embarcación en nada se parece a las que tantas veces ha visto en imágenes de películas y tarjetas postales. Además, el silente remero ni canta canciones románticas ni viste fajín ni canotier ni pañuelo rojo al cuello. Una mezcla de confusión y curiosidad la anima a preguntarle:

–Disculpe, ¿es esto una góndola y usted gondolero?

–No, señorita. Esta es mi barca y me llamo Caronte.

29. EL SÉPTIMO DÍA (Fernando Antolín Morales)

Le recomendaron que fuese preciso y honesto, que se detuviese en los detalles que volviesen real el espacio, que imaginase a la perfección cada resquicio del escenario donde tendría lugar la acción para que los personajes pudiesen desarrollarse ellos mismos en un ambiente tan rico. Dedicó cinco días y medio a lo primero y tan solo una tarde a dar forma a los protagonistas de su obra. Tiempo después, la crítica sigue encontrando matices exquisitos e insospechados en la creación de su universo, pero el autor se arrepiente con frecuencia de no haber puesto algo más de empeño al concebir a sus pobladores. Es cierto que sus defectos hacen de ellos sujetos sumamente interesantes, pero quizá si los hubiese dotado de un poco más de inteligencia las tramas resultarían algo menos repetitivas. Si al menos pudiesen aprender de sus errores.

28. NADA ES VERDAD, TODO ES MENTIRA (Mercedes Marín del Valle)

En el escenario de la investigación, centenares de folios garabateados, se apilaban sin orden ni concierto. Después de examinarlos minuciosamente, concluyó que había un orden desconcertante. Los textos, sin paginar, adquirían sentido en el transcurso de la lectura. El investigador, impresionado por la excelencia y magnitud de la obra, empleó su tiempo en aquel caso, sin llegar a conclusión alguna.

Por sus facciones, el desaparecido no parecía un hombre cultivado. Sus rasgos primitivos y sus ojos opacos, escondidos tras las gafas, le animaron a volver al escenario.  Lápices y cuadernillos atiborrados de palabras le instaron a acomodarse para iniciar de nuevo la lectura. Enfundado en el pijama del sujeto y con las gafas que halló sobre el escritorio, se encontraba en su elemento cuando, de pronto, se vio encaramado al pretil del puente. Al saltar, las gafas volaron en caída libre hacía el asfalto y chocaron estrepitosamente contra el suelo, en el mismo instante en que las que había tomado prestadas, se hacían mil añicos que, como pequeños proyectiles, penetraron en su cuerpo.

Cuando empapado y aterido de frío, el escritor entró en su casa, lo encontró sobre el sofá. La tinta roja fluía inagotable, dibujando palabras sobre su cuerpo.

27. De nido a nicho (Edita)

Siendo todavía un adolescente imberbe, construyó una casa sin ayuda ajena, en secreto, aprovechando momentos de ausencias o siestas familiares. Nadie supo jamás que poseía aquella vivienda individual en plena naturaleza, rodeada de fauna y flora. Siempre que algún problema lo desbordaba, desaparecía unas horas; se refugiaba en su palacete y no volvía hasta superado el desaliento. Al principio, preocupaban estas escapadas; pasados los años, todo el mundo conocía su manía, e incluso lo animaban a irse cuando el decaimiento era evidente.

En una ocasión, las horas de espera se volvieron días; teniendo en cuenta la edad del desaparecido y que no había llevado la medicación ni ropa de abrigo, iniciaron la búsqueda. Los perros adiestrados dieron con su rastro, que los dirigió a un viejo roble en las entrañas profundas del bosque. Una escalera tosca y medio deshecha les hizo levantar la vista. Arriba, la casita de madera, más increíble que real, albergaba un cuerpo rígido.

La investigación y autopsia concluyeron que, dado el deterioro de varios peldaños, seguramente rotos en su último ascenso, el anciano no se había atrevido a bajar.

 

26. ESCENARIO SANGRIENTO

Al atardecer, bajo un cielo incierto, dibujando siluetas imposibles, la bandada de tordos, como si fueran uno, da un giro inesperado hacia el valle verde, salpicado de puntos rojos. Como rayo certero se lanzan sobre un gran cerezo.

Todos a una, picoteando, picoteando.

Ya se ven los huesos ensangrentados del dulce fruto.

Otra vez cual un solo pájaro, tras el voraz ataque,como abducidos, se lanzan al cielo, dejando al árbol malherido.

Caerán como rubíes rotos sobre el crujir de hojas secas, que en suelo esperan como mortajas, las podridas cerezas.

25. Camino de espinas

Soy un desierto, estoy seca, vacía. No puedo hacer crecer vida. Ya ni siquiera tengo lágrimas.

Mis dunas, antes llenas de curvas, han desaparecido. Solo queda una enorme cicatriz, un camino lleno de espinas que nadie recorrerá jamás.

Nadie querrá detenerse a admirar este paisaje yermo, porque ni yo misma soy capaz de hacerlo.

El espejo sigue de cara a la pared desde que regresé a casa. A veces me susurra para que revisite mis antiguos rincones; y recuerde aquellos huecos en los que escondía mis secretos, mis alegrías, mis deseos y temores…

He recorrido muchos paisajes buscando respuestas; unos estaban llenos de rocas, otros eran la nada, el silencio…Y llegué a otro, un final sin salida. O eso parecía, cuando empecé mi caminata por aquel paisaje extraño, de un blanco minimalista, casi marciano. Hasta que pisé un sendero alfombrado con un verde y esperanzador resultado.

Me cuesta, pero voy reconociendo el paisaje que ahora habito. He conseguido darle la vuelta al espejo. Mis lágrimas recorren el camino que ha dejado mi cicatriz. Ya no hay curvas a la vista, aunque si muchos obstáculos. Pero estoy descubriendo otras veredas por las que transitar mi nuevo paisaje.

24. EL PARQUE DE LOS NIÑOS (Paloma Casado)

El parque estaba plagado de tesoros ocultos. No era necesario un mapa que marcara con equis los escondites, cada uno de nosotros conocía el lugar exacto donde había enterrado su chapa favorita, su tela preciosa o su piedra brillante.

La minúscula laguna se había convertido en segunda residencia de peces y tortugas imposibles de llevar de vacaciones. Allí íbamos a visitarles sus antiguos dueños, satisfechos de encontrarles vivitos y coleando, tan felices con sus nuevos amigos. Bajo los bancos, gorriones y palomas se disputaban las migas de los bocadillos de la merienda, mientras los árboles escondían tras sus cuerpos leñosos a los emboscados del “tula”. Las madres prohibían a los más pequeños alejarse. Les contaban leyendas sobre niños que desaparecían al aventurarse solos. Porque – decían– existen lobos y hombres del saco. Porque al anochecer, también los paraísos se llenan de sombras.

Pero llegaba un día en que, urgidos por crecer, traspasábamos la frontera del parque hacia un mundo en donde las calles son grises y los relojes tiranos. Y sentimos esa desolación del expulsado de una patria a la que nunca podrá volver.

23. Una nueva vida (Marisa Martínez Arce)

Cuando compramos la casa, lo que nos hizo decidirnos no fueron sus metros cuadrados ni sus acabados. Nos impactó su tejado de pizarra a dos aguas y sus preciosas vistas al bosque.

Hoy, sentada tras los cristales de la ventana, intento recordar mi vida anterior. Desde aquí puedo oler el bosque, escuchar cantar a los pájaros, el tintineo de las hojas mecidas por el viento, el sonido de la lluvia. Los días de tormenta prefiero acurrucarme en el sillón, arropada bajo una manta de cuadros. Allí espero paciente la llegada del trueno. Siempre me asusta por lo inesperado, me sucede desde niña. A mi perro le ocurre lo mismo y se tumba a mi lado apoyando su cabeza sobre mis piernas hasta que pasa todo. Esos días sabe que no hay paseo, que debe ir a los periódicos de la galería.

Se me está haciendo muy difícil acostumbrarme a esta nueva situación. ¿Cómo puede cambiar todo en un instante? Lo único que recuerdo de aquella mañana es un frenazo y un golpe seco. Despertar en el hospital y semanas de aprendizaje memorizando todo mi entorno. Vivir sin ver es duro, pero más duro es tener que vivir sin ti.

22. Primavera postergada

Sin tiempo de recoger las cosas abandonamos las terrazas antes de que las mesas volcaran y se derramara la sonrisa de las copas que acabaron estrellándose contra la noche. Las jóvenes parejas sedientas de besos habían huido de los portales que ahora cobijaban a transeúntes desamparados. En los patios de luces no se oía el llanto de los bebés y por los conductos del gas y por los respiraderos y por las cuerdas de los tendederos reptaban como lagartos tristes los últimos ecos del trajín diario. Una gran ola había anegado la ciudad en un silencio de piedra.

Cuando despertamos nuestro mundo todavía estaba allí. Nos afanamos en apartar los cascotes que cegaban puertas y ventanas e impedían ganar la calle. Salimos sin cerrar con llave. Aturdidos, no nos reconocimos en las miradas esquivas y tuvimos que volvernos a nombrar los objetos en voz alta para identificarlos. El aliento de la primavera nos susurraba una promesa de tregua indefinida y soñábamos con una colina inexpugnable desde cuya cima iniciaríamos el regreso victorioso a nuestro territorio ahora hollado. Hasta que un viento helado empezó a soplar con fuerza. Sin tiempo de recoger las cosas abandonamos las terrazas.

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