Esta Noche Te Cuento. Concurso de relatos cortos

LA CONFUSIÓN Y LA VERGÜENZA

Un relato con menos de 200 palabras inspirado en cualquiera de los dos temas que te proponemos

ENoTiCias

Bienvenid@s a ENTC 2021 Puedes participar con un relato en cuya historia se muestre LA CONFUSIÓN Y LA VERGÜENZA. Y recuerda que el criterio no debe ser poner menos palabras sino no poner palabras de más. Bienvenid@
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Esta convocatoria finalizará el próximo
15 DE MAYO

Relatos

38 Taxonomías (José R. Codina)

«Que gusto da verlo todo recogido», dice estampándome un sonoro beso en la frente. Y es que a la abuela le gusta tenerlo todo ordenado, organizar la vida por categorías. «Los balones con los balones, los   los cuentos por temática y orden alfabético, y los animales, los animales por parejas y especie, como en el arca de Noé. ¿Entiendes, Samuel? Así es más fácil entender el mundo, cielo». Mamá, sin embargo, sigue empeñada en que los mezcle; tigres con elefantes, jirafas con cebras y leones con hipopótamos. Cree que así me será más fácil entender que me hayan criado dos tigresas y que mi hermana y yo tengamos la piel como las cebras, ella tan blanca y yo tan, tan negra.

37 El recluta y el general

Se celebraba el Día de la Fiesta Nacional y la culminación de los activos programados era la gran parada militar presidida por su majestad el rey. Participaban en el anual desfile conmemorativo de la victoria más de cuatro mil efectivos militares, guardia civil y policía nacional, aparte de cien vehículos y aeronaves. Especial atención recibió un joven militar que desfilaba en un pulcro anonimato entre los impecables soldados del destacamento de tierra.

Fue en el momento de alcanzar la tribuna de autoridades, cuando el joven perdió el paso produciendo en el capitán general que, orgulloso acompañaba al rey, un leve enrojecimiento y un imperceptible rictus de inquietud y vergüenza. Repuesto del desagradable infortunio, bastó un gesto suyo, una mirada amenazante, para que todos los participantes se acoplaran, con perfecta obediencia castrense, al paso perdido de su hijo.

36. Memento mori

Tras librar múltiples batallas por tierras remotas, volvió a casa como un héroe. Abriéndose paso entre la muchedumbre, desfilaba con un cachorro de tigre en brazos, junto a su anciano siervo en un carruaje tirado por cuatro caballos. Lucía una corona de laurel y la toga púrpura bordada en oro, a la espera de ser ovacionado. Sin embargo, conforme avanzaba la comitiva, el collar de piedras preciosas que llevaba el animal desató los murmullos de la plebe, que hartos de pasar hambre y calamidades, comenzaron a rebelarse. Viendo tal despropósito, el viejo esclavo le arrancó los rubíes arrojándolos a la multitud, un momento antes de interceptar con el pecho una lanza dirigida al amo.

35. Portugués para principiantes (Marian Ramos)

«Meu nome é José. A minha mãe era portuguesa». Al leer la redacción frente a la clase, el niño que fue se despierta en su interior con un pinchazo indefinido entre el estómago y la garganta.
Se ve saliendo del colegio, pegado al muro, atisbando desde la esquina hasta que todos sus compañeros eran recogidos. No sabría decir si le daba más vergüenza el olor a fritanga rancia por las horas trabajando en el bar o el cerrado acento portugués. Todas sus precauciones por ocultarla fueron vanas por culpa de su testarudez en ir a hablar con los profesores, la jefa de estudios y hasta con la directora. ¿Y para qué? se preguntaba, seguro de que una analfabeta que a los ocho años ya trabajaba en el campo no podía entender nada. «El hijo de la portuguesa», le llamaban, y él, en su mente, completaba el timbre de desprecio. Lo que hubiese dado por que su madre fuera otra, cualquiera menos ella, daba igual.
Ahora, sin embargo, lo daría todo por escuchar otra vez su hablar sinuoso, como de radio sintonizando, que él se negó a aprender.
«A minha mãe era portuguesa e tenho orgulho dela», continua leyendo.

34 Bajar a los infiernos

Esta calle no es la calle de siempre. O quizá es que he malinterpretado las indicaciones del google maps… Los mapas siempre me confunden. Endiablada bolita azul.

Mi calle tenía árboles, gente, tiendas abiertas, vida. Ahora no queda ni sombra de los árboles. Ni de aquellos a los que conocí… Solo quedan unos pocos, ánimas esperando a la muerte.

Y… ¿Es Él? Sí. Es. Él… Esos ojos gatunos son inconfundibles. Incluso ahora, que ya ni parece un ser humano.

Sí. Me ha reconocido. Ese gesto de desaire tan suyo… Me acercaría para convencerle, una vez más, para que regresase a este mundo. Pero ya sé la respuesta desde hace mucho. Ya es tarde. Siempre lo fue.

Un coche destartalado se detiene y él habla con el conductor; ambos sonríen con similares muecas desdentadas. El coche pasa por delante de mí con un petardeo endemoniado. Los ojos gatunos en el asiento del copiloto se vuelven para mirarme.

Y me siento ridícula ahí parada, en este lugar en el que ya no hay nada mío; dándole una nueva vuelta de tuerca a mi enrevesado plan de bajar a los infiernos para rescatar a un condenado.

 

33 La mancha (María José Escudero)

En la fotografía, la muchacha —ligera de ropa— ocultaba su cara con el pelo. Tenía un lunar en el párpado izquierdo y trataba de disimularlo. En la fotografía, papá la miraba embelesado, con una extraña veneración que, ahora que soy mayor, comprendo. La encontré en su cartera un día que enredaba mientras él echaba la siesta en el sofá. Mamá se ruborizó al mostrársela, pero no dijo nada y continuó con su intrigante afán por maquillarse y retocarse.

Papá trabajaba siempre de noche y, a menudo, viajaba al extranjero —a por material, decía—. Nunca supe qué contestar cuando me preguntaban mis amigas a qué se dedicaba. Él tampoco cuando le preguntaba yo. Por desgracia,  no tardé en descubrirlo: lo detuvieron en una redada en un hotel del extrarradio y lo acusaron de trata de personas. Las jóvenes que aparecían en las imágenes del periódico local —ligeras de ropa— eran casi todas menores procedentes del Este.

Desde entonces, utilizo el apellido de mi madre, Kowalenko, y aunque asisto con regularidad a mis sesiones de terapia y también he aprendido a maquillarme, apenas salgo de casa. Aún siento el peso de una mancha despreciable que me mortifica y me señala.

32 Vergüenza original

Eran sus mascotas. Macho y hembra para la reproducción. Creados a partir de una cruza genética entre razas de gran pilosidad, estaban cubiertos por un pelaje abundante y dotados de una cola pomposa que movían al llamarlo “papá”. Acondicionó el jardín para que vivieran en medio de una tierra rebosante de arroyos y árboles frutales. Solo les hizo la advertencia de no acercarse a las plantas tóxicas; pero, desobedientes, terminaron con la piel lampiña a causa del efecto abrasivo de aquellos frutos rojos. Encontró al par oculto en lo más profundo del huerto, como si él no fuera omnipotente y conociera sus escondrijos.  

Adán, ¿dónde estás? le dijo fingiendo desconocimiento de lo ocurrido. 

Señor,  escuché tus pasos por el jardín y me sentí confuso, turbado, porque estoy desnudo; por eso me escondí le contestó la criatura masculina, mientras, pudorosa, se cubría con hojas de higuera los genitales—.. Fue ella la culpable. —Ante el señalamiento del macho, se desató una riña entre la pareja a mordiscos y zarpazos 

Con asco, el dios agarró a ambos del rabo pelado y, entre las risas de los demás animales al ver el aspecto tan cómico de los humanos, los arrojó fuera del Edén. 

31 LA VERGÜENZA DE MAMÁ (Rosalía Guerrero Jordán)

Siempre fui la vergüenza de mamá, que me repetía constantemente: “hijo, no puedes estar todo el día en la cama, tirado sin hacer nada. ¡Y arregla de una maldita vez esa leonera que tienes por habitación!”

Sí, lo confieso, siempre fui una persona perezosa, más dada a la meditación en horizontal que a la frenética actividad que conlleva el trajín diario. Me costaba encontrar un trabajo, y cuando lo hacía me duraba menos que una cerveza en un concierto punki.

La solución a todos mis problemas llegó como caída del cielo cuando vi la oferta laboral de una cadena hotelera escandinava. No me lo pensé dos veces: cogí el primer vuelo que encontré y me vine a hacer la prueba de selección de personal. Me enorgullezco al decir que fui el candidato mejor valorado.

Ahora mamá está muy orgullosa de mí, pero se cuida muy mucho de explicar a qué me dedico.

Por cierto, el anuncio decía así: “se buscan calientacamas humanos, salario a negociar, alojamiento y pensión completa incluidos”.

 

30 Sin saber qué hacer

Si la ves, observas a una chica joven muy atractiva,  responsable, madura, inteligente y trabajadora, que hasta el momento ha logrado alcanzar todas las metas que se ha propuesto en la vida…¿entonces?, es insufrible comprobar que su espejo no le devuelve la misma imagen.

Desde que ha llegado de sus prácticas no deja de llorar, en medio de un mar salado de hipidos incontrolados, de nuevo se  vuelve a comparar con sus amigas o con cualquier otra chica de Instagram que según ella triunfan en la vida. Otra vez ante la disyuntiva de seguir haciendo de psicóloga amateur con tu hija o empezar a buscar desesperadamente teléfonos de gabinetes psicológicos, con uno no basta, para tratarnos a ambas.

Odio estos momentos de desparrame emocional que me agotan psicológica y físicamente, después de dos horas concluimos que tiene una inseguridad de narices, siento que pierdo la paciencia…..,pero no sabemos resolverla.

Son las siete de la tarde y la música envuelve la atmósfera de la casa, es lo que tiene su carácter ciclotímico, ella está arriba y yo por los suelos.

Cuando la confusión se apodera de mí siempre recurro a la frase de Escarlata O’Hara:” I`ll think about it tomorrow”

29. La fiambrera

El niño observa con asombro el trasiego de bandejas en la terraza del restaurante. Su padre, tras despedirse del camarero con quien conversaba —un viejo amigo—, le toma de la mano y juntos se dirigen al pinar que hay justo enfrente. Es consciente del interés que el local ha despertado en su hijo y se ve obligado a justificarse: «A nosotros no nos gustan esos sitios tan ruidosos, ¿verdad? Preferimos la quietud del campo, el olor a resina,… vivir la naturaleza».
La madre les espera sentada sobre la manta que ha extendido bajo un árbol, con una botella de agua que ha llenado en la fuente. El padre abre una fiambrera y el pequeño se lanza a rebuscar en su interior, con el afán de quien desentierra un tesoro, hasta que encuentra un calamar, oculto entre un par de aceitunas, restos de ensaladilla y media croqueta. Mientras come, desvía la vista hacia el restaurante, donde el camarero está recogiendo las mesas de los clientes que ya han acabado. Al verlo guardar en una fiambrera las sobras que encuentra, el pequeño se levanta de un salto y exclama: «¡Mira, papá, es igual que la nuestra!».

28. DONDE LAS DAN (Juan Manuel Pérez Torres)

Con un minúsculo mando a distancia abrió el maletero de su flamante berlina. Colocó en el interior mi mejor cuadro envolviéndolo cuidadosamente. Desde el porche, absorto, yo lo miraba. Cerró el portón con un gesto altanero y abrió la puerta del coche dejando ver la tapicería de cuero y el ordenador de a bordo.  Sin despedirse accionó el arranque. Tecleó el navegador, seleccionó música y encendió un cohíba. Descapotó el coche. Se atusó el bigote. Se acarició la mejilla. Se miró al espejo y repasó su peinado. Entonces cerró la puerta e inició la marcha. Justo antes, torció la cabeza para encontrarse con aquella mirada que desde el porche yo le mantenía. Me sentí confundido.
Luego, contando mi dinero recordé aquel día, en un país lejano adonde viajé buscando inspiración. Compré unas babuchas de piel de camello, hechas a mano, tras un largo y absurdo regateo con el artesano. Las elegí entre muchas, en un cómodo puf de piel, tomando té de hierbabuena hecho para mí por su servil esposa mientras fumaba de la narguile que me preparó su hija.
Recordé que aquel pobre hombre de manos toscas también me mantuvo la mirada entonces. Y me embargó la vergüenza.

27. Fisonomía

La razón no sé cual será, pero cada vez que mi padre decía que había trabajado en el cine, me impactaba. Me lo imaginaba de indio o de vaquero, de romano, con Groucho en una escena delirante.

Daba igual que yo supiera que era una broma. Que solo había trabajado en la taquilla del Torrefiel y esporádicamente de acomodador. Yo quería decirle a mis hijos esa frase.

Los designios me llevaron a ser bancario, pero conseguí, sin remuneración alguna, trabajar en mi tiempo libre en unos estudios cinematográficos. No más, al principio, que llevando cafés y otras nimiedades.

Tanto andar por ahí, al final te requieren para algún extra y, por mi buen estado físico, hasta para alguna acción de especialista que requerían.

Me dijeron que no tuviera miedo, que todo estaba controlado, que el fuego ni lo notaría.

Mi cara se hizo un engrudo, pero no se olvidaron de mí y seguí trabajando para ellos.

Ya tengo un vástago que puede escuchar lo que siempre quise, pero todavía no soy capaz de explicarle que los bebés y los pequeñajos no lloran espontáneamente en las películas.

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