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Sus andares, torpes y lentos, me producían rechazo. A mí sus trenzas lacias y sin brillo, cayéndole como dos palos secos sobre la espalda, me parecían ridículas. Ese titubeo, casi tartamudeo al hablar, me sacaba de quicio. La de lengua no podía disimular el rechazo hacia el rubor exagerado de sus mofletes cuando contestaba alguna pregunta, le delataba la urgencia con que la indultaba y pasaba turno a otra alumna. Y qué decir de esas gafas que, pese al grosor de sus cristales, no evitaban que chocase con todo.
La iglesia está a tope, y en torno al ataúd, multicolores ramos de flores con mensajes de cariño dejan poco espacio para nada más. Tus padres que no te olvidarán nunca. Tus abuelos, con el corazón roto, te amarán siempre. Tus tíos y primos. Tus compañeros de colegio y tus profesores… Esa banda se lee con claridad sobre un fondo de rosas blancas, alguien dijo que eran sus favoritas. Quizá. En el colegio nadie lo supo, ni cuál era su horóscopo, ni qué tipo de lectura prefería. Nada.
Nos dirigimos hacia el cementerio, la banda de profesores y compañeros de clase ondea sobre las rosas blancas, ¿sus favoritas?
El cuerpo, mejor dicho lo que se iba encontrando del cuerpo, estaba en la orilla, muy cerca del agua… una mano por aquí, un pie un poco más lejos, el brazo izquierdo más allá… La policía estaba confusa. Faltaba la cabeza, tan necesaria para una rápida identificación de ese cuerpo salvajemente mutilado.
En la otra orilla del río yo caminaba despacio, buscando el lugar idóneo donde depositar el contenido tan especial de la bolsa de deporte que llevaba en mi mano derecha. Ya tendría tiempo de pensar lo que haría con el hacha ensangrentada que llevaba en la otra mano.
Llegué a casa y Maria, mi mujer, me recibió con una amplia sonrisa. ¿Ya está?. Asentí con una sonrisa triste. No te preocupes, me dijo, nadie te va a culpar por descuartizar a un pederasta, condenado y huido de la justicia, que ha violado a más cuarenta niños menores de seis años, asesinando a alguno de ellos.
Jesús, nuestro hijo, que hoy cumpliría once años, hace seis que dejó de vivir con nosotros.
No debí coger la avioneta aquel día.
No debí dejar el depósito sin revisar.
No debí pedirle que me acompañara.
No debí insistir en que fuera de copiloto.
No debí olvidar abrocharle el cinturón.
No debí intentar el aterrizaje en aquel lugar inhóspito.
No debí quedarme esperando ayuda.
No debí dejarla sin enterrar.
No debí permitir que el hambre me dominara.
Al salir a la calle, los vecinos nos miran. O no. Y eso es peor, cuando no lo hacen. Por lo menos si te sientes observado, es un consuelo alzar la barbilla a manera de respuesta silenciosa y, rebañando algo de orgullo, pisar con fuerza tu camino. Pero si la gente te evita, si hace como si no existieras, de noche volvemos a casa huecos, con los desafíos agriándose por dentro y la vista como un haz de linterna. Y somos nosotros, entonces, los que nos esquivamos la mirada hasta que llega de nuevo el alivio de irnos a dormir.
Ana ha entrado en la habitación y ha cerrado la puerta con cuidado. Se ha quitado la bata y se ha metido en la cama sin encender la luz para no despertar a su marido. Cuando sus ojos se acostumbran a la oscuridad, se da cuenta de que la claridad del alba ya se cuela por las rendijas de la persiana. No tardará en sonar el despertador y tendrá que levantarse para preparar el desayuno y llevar a su hija al colegio.
Siente la respiración pausada del hombre que lleva años durmiendo a su lado. ¿Podrá mirarlo a los ojos? Quizás ya haga días que no lo hace… ¡Ha ido todo tan rápido! No han pasado ni dos semanas desde que empezó a hablar con aquel desconocido en un chat de internet. Al principio solo buscaba relajarse y distraerse unos minutos. Pero aquellos minutos se han convertido en horas y la curiosidad en atracción y deseo.
Ana permanece quieta, boca arriba, con los ojos abiertos. Sabe que después de cenar y de acostar a la niña, volverá a mentir y dirá que se encierra en el estudio para seguir preparando las malditas oposiciones.
La culpa es de ella. Si mi matrimonio es un calvario y cada día me pesa más la cruz… culpa de ella. Si tengo un hijo sin metas, siempre delante del móvil, deslizando el dedo sin parar… culpa de ella. Una hija que se pasa el día frente a una pantalla, hablando sola mientras se llena la cara de potingues… culpa de ella. Si no aguanto a los vecinos, ni al panadero de mi calle, no soporto a mis cuñados y mucho menos a mis suegros… culpa de ella. Si no me hubiera rechazado cuando le pedí que se casara conmigo… Ay, si me hubiese dicho que sí.
¡Culpa, por… por mi culpa…! Ya no recuerdo —y fueron cientos de veces— las que la escuché hasta de mí mismo. Debe haberme pasado algo y seguro que no es por mi culpa.
Había pensado en mil excusas, pero cuando llamé a su puerta y ella me abrió me quedé en blanco. Aún no me explico cómo conseguí que me dejara entrar. El apartamento estaba muy desordenado y los niños no paraban de gritar. Se sentó junto a mí después de ofrecerme una taza de café y, antes de que pudiera reconducir la situación, ella empezó a llorar. No tardó en confesarme que a su marido le habían condenado. Que era inocente. Que no tenía que haberle insistido en ese compañero que la acosaba. Que quizás fue ella la que lo exageró todo y que cuando le llamó aún respiraba. Se hizo un silencio entre ambos. Entonces dejé volar mi imaginación y le expliqué una historia igual de trágica. Ella confió en mí y en menos de dos meses ya estábamos viviendo juntos.
Creí que durmiendo en su cama, haciéndole el amor a su mujer y cuidando de sus hijos podría cumplir mi condena por haber sido incapaz de convencer al resto del jurado, por haberme presentado aquí haciéndome el héroe para encontrar al verdadero culpable y por, una vez más, haber demostrado que soy un auténtico cobarde con una imaginación infinita.
Cuando levantó la vista descartó al camarero, el pelo largo y moreno que nadaba feliz en la sopa no podía ser suyo ya que su cabeza, de una dimensión entre grande y muy grande, hacía tiempo que había desalojado a todos sus inquilinos.
¿Los zapatos? Sí, pero no. Le molestaban un poco sobre todo el derecho en la zona del talón. Pero no, no era eso. En un par de días los tendría domados y además verlos tan brillantes, tan azules le proporcionaba un placer instantáneo, serían sin duda la envidia del mismísimo Elvis.
Era lunes, podría ser eso, aunque tampoco. Para él todos los días eran iguales ya que no trabajaba. La herencia de sus padres, que administraba de un modo magistral, le aseguraban una vida relajada, una vida y diez más que viviera. También contaba con ocho pisos en el mejor barrio de la ciudad cuyo estratosférico alquiler le proporcionaba acceso a todos los caprichos que deseara.
Entonces, ¿qué? ¡Ay, leches! ¿Cómo no había caído antes? Anoche jugó el Redondo Fútbol Club y perdió en el último minuto y eso duele, duele mucho. Y te arruina no solo un día, el cabreo te puede durar una semana.
Hacía meses que se sentía corroída por la culpa. Aunque trataba justificar sus faltas con excusas poco creíbles, para, de esa forma, lograr conciliar el sueño por las noches: las preocupaciones familiares, el trabajo, la adolescencia de los hijos, la vejez de los padres… Como ustedes comprenderán, todo eso va por delante. Es prioritario, y resulta prácticamente imposible dedicar tiempo a cualquier otra cosa teniendo en cuenta la finitud de los días y la escasez de mis fuerzas al acabar la semana. Así buscaba yo redimirme. Pero en el fondo, muy en el fondo, sabía que solo estaba mintiéndome a mí misma. Lo cierto es que no estoy cumpliendo con lo prometido. Que les he dejado tirados. Que me he ido cobardemente por la puerta de atrás. Y que solo hay una explicación para tan rastrera actitud: MIEDO.
Pero hoy, por fin me he atrevido a admitirlo: El miedo a la página en blanco solo puede curarse enfrentándose a ella. Y aquí estoy. Intentando superar la culpa con un relato que ni fu ni fa. Pero por algo se empieza.
El tipo de la fila anterior me tenía desquiciado con la luz de su móvil. Más que una sala de cine, parecía que estábamos en Las Vegas. Le chisté una vez, pero seguía dale que te pego. Ese dedo cotilla hurgando en la pantalla. Volví a sisearle. Nada. Si hasta me vi obligado a sacar las gafas de sol para protegerme de los fogonazos. Entonces le grité. Y sucedió lo inesperado: varios espectadores la tomaron conmigo. Que me callara. Incluso me invitaron a marcharme. Como si fuera yo el culpable de la situación. No tuve otra salida. Salté al cuello de aquel majadero con la clara intención de doblárselo. En las películas, todos mueren al instante. Sin embargo, me falta robustez en los brazos y se pasó un buen rato agonizando. Tanto que solo pude disfrutar de los créditos finales.
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