Esta Noche Te Cuento. Concurso de relatos cortos

2019 ENTCOLORES

Un relato con menos de 200 palabras inspirado en el color ROJO.

ENoTiCias

Bienvenid@s a ENTC. Ya tenemos en marcha nuestra primera propuesta oficial de 2019 de color y nuestro primer ENTCerrado ... Pasa, estás en casa...
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Esta convocatoria finalizará el próximo
21 de Febrero

Relatos

48. Ad maiorem Dei gloriam

Si la hubiese visto usted aquella noche… Estaba tan hermosa, con una palidez casi translúcida en contraste con sus mejillas encendidas. Se había pasado la tarde predicando la palabra de Dios de puerta en puerta y el Espíritu Santo aún la poseía.

Un rayo de luna se filtró por el tragaluz del dormitorio y le cayó sobre la raíz del cuello. Entonces su voz se volvió rumor de plumas. Tras un carraspeo seco brotaron de su boca serafines, esferas de luz que se transfiguraron en fuego alado al chocar contra las esquinas de la habitación. De un ataque de tos surgieron querubines delicados con cabellos en llamas. Entre estertores expulsó ángeles que volaron majestuosos a la oscuridad, esbeltos como ibis escarlata.

Los seres celestiales se le agolpaban en los pulmones y, en su urgencia por salir, la asfixiaban sin remedio.

Yo solo quise ayudarla. Por eso le abrí una segunda boca en el cuello. Si no me cree, pregunte a los tres arcángeles de alas ensangrentadas que aún sobrevuelan el campanario de la iglesia, señoría.

Basado en “La noche del cazador”.

47. Amapola en el arcén

Domingo. Lucía oye el paso incierto de su hijo de vuelta de una de sus juergas. Su marido, recién llegado de un viaje de negocio, aún duerme. ¿Cuánto tiempo lleva ella sin viajar?… ¡Basta ya de pretextos! Se viste, coge dinero, las llaves del coche del durmiente y se va.

Sentada en el arcén de una carretera comarcal, María intenta recobrar el aliento. De repente, un coche que se acerca. Se pone de pie. Es una conductora y no es el Audi rojo de antes. Levanta una mano y con la otra sujeta el tirante roto de su vestido.

Lucía ayuda la joven a subir al coche.

—No, al hospital, no. Al cuartelillo tampoco —insiste María.

Solo quiere hablar del chico del Audi rojo, de lo bien que lo habían pasado al principio, riéndose hasta de sus familias. Él, con un padre siempre de viaje para sus supuestos negocios, y la imbécil de su madre, en casa, sin querer enterarse de nada. Pero luego, en un camino de tierra, el chico…

Lucía deja de escuchar. Piensa en cosas. Por ejemplo, en que no le gusta conducir el Audi rojo de su hijo. Prefiere el Mercedes de su marido.

 

 

46. LOS ROJOS

«No salgas a la calle así, con esas greñas, que van a confundirte con un rojo o con algo peor», solía decirme mi tía, solterona desde antes de que yo naciera y temerosa de todo desde el día en que atrancó la puerta de su cuarto, bloqueó su memoria y se puso a esperar la muerte viviendo como propias las desgracias ajenas y augurando miserias como la suya. Abandonada por su prometido al que casi nadie conoció y ni ella misma llegó a disfrutar, gozó para su desgracia de una recia salud reforzada a base de privaciones y de largos sorbos de anís con los que se ayudaba para tragarse las lágrimas cada vez que miraba por la ventana el paredón que había frente a su casa.
«No quieras ser como los de antes de la guerra», me repetía queriéndome asustar o tal vez tratando de contarme su propia historia: Reacia a emigrar junto a su prometido para escapar del hambre y menos favorable aún a que se fuera él solo y no volviera, prefirió acusarlo de rojo para tenerlo siempre cerca.

45. La Rambla 17A (Josep Maria Arnau)

La cola es larga. No me importa. Este domingo estoy triste y aturdido, todo me parece irreal. Desde el jueves no he podido escribir ni una línea y mi mente sigue en blanco. La herida es profunda, pero no consigo sangrar.

Casi sin darme cuenta, ya estoy en la entrada pasando el control de seguridad. Subo las escaleras. En el gran salón, un funcionario me indica la mesa donde hay un sitio libre. Cuando llego, tropiezo con un niño que acompaña a sus padres. Encuentro su mirada. Por fin sangro. Cojo el libro de condolencias y escribo: “Dolor y esperanza”.

 

44. ROJO, COMO MARTE

El color de su pelo me subyugó desde el principio.
Era un rojo ardiente, vivo, como su espíritu.
María siempre fue diferente a las demás niñas, pues en su interior palpitaba un alma soñadora y rebelde.
Y yo, cuando podía, me retrasaba en la fila para acercarme a ella y me escabullía para que no me reclutaran durante el recreo para el equipo de fútbol.
Cuando nadie nos veía nos escondíamos detrás de las gradas, y allí, jugábamos a inventar historias y adivinar nuestro futuro.
Jamás afirmó que quería ser peluquera, maestra o enfermera, como las otras, pues sus aspiraciones distaban, como ella misma, de estar entre la norma.
Me aseguraba, que sería alguien grande, que quizás descubriría una cura para el SIDA, el cáncer o el alzheimer, aunque tuviera que aplicarse con las ciencias y matemáticas, que no le gustaban demasiado. Y que, si eso fallaba, tal vez podría convertirse en una escritora digna de un Nobel, pues escribía como los ángeles.
Yo, a su lado, parecía un niño simple. A pesar de ello, le aseguré que mi sueño era ser astronauta, para viajar juntos a Marte, el planeta rojo, a juego con su hermoso cabello.

43. DOS PÁJAROS DE UN TIRO (Esperanza Temprano)

Llevaba aún el atardecer de Estambul prendido en mi retina, cuando entré al Bazar de las Especias y quedé hechizado con tu sonrisa carmesí. Me envolviste entre el vuelo de tu falda y ese licor bermellón que bebí de tu mano y, en poco tiempo, mis sentidos empezaron a girar como un derviche por encima de los cestos de azafrán, pimienta y henna. Solo recuerdo el aroma que despedía tu cuello, el aliento picante de tu boca y el fuego que, iluso de mí, intenté sofocar entre tus piernas. Después la sangre salpicó mi memoria y mi camisa, y goteó por el filo de un cuchillo sobre un hombre que yacía en el suelo. Me acusaron de asesinar a tu marido, No entendía nada hasta que te vi con él: mi socio, a quien hace días advertí de los riesgos de enamorarse de una mujer casada, y al que no di la aprobación en una operación de riesgo. Ahora lo entiendo todo.

42. CON LUZ PROPIA (Nani Canovaca)

Ellas bailan sonrientes, acompañan un vals y se divierten al sentirse protagonistas de cuentos, poemas o guiones. Les fascina salir a la luz, formar parte de un pentagrama, rellenar hojas literarias, máster, investigaciones o noticias; sobre todo si son de las que alegran y dan aliento. Por el contrario, se entristecen bastante cuando se las maneja con mala intención utilizando seres nobles o vejando a los más débiles. Se sienten pletóricas cantando a voz en grito al rellenar una carta, cuando en un pos-it pegado a la puerta de la nevera recuerdan la compra o dejan un cariñoso mensaje, pero el culmen de su felicidad hasta casi alcanzar el delirio del orgasmo, es cuando van seguidas de un beso de carmín rojo bermellón acompañadas de mucho amor o cuando se encuentran entre las manos y la vista de los más pequeños. Ahí saben que tienen que ser muy delicadas y respetuosas, porque tienen en sus manos la formación, la pasión o el más dulce de los sentimientos. Las letras, sílabas y frases, pueden sumarse con mucho honor a las numerosas maravillas del mundo, aunque nadie las catalogue en ese gremio o se les hagan monumentos para que brillen aún más.

41. Empatía

La vida es como tú la coloreas, proclamó su amiga desplegando las prendas que le había comprado con intención de que se animara a salir de casa para lucirlas. Aquel desfile de rostros conocidos que la miraban con incredulidad y condescendencia, como si sufriera algún trastorno pero no estuviera lo suficientemente enferma para dejar de hacerle caso, no había cesado desde que el pánico la había obligado a encerrarse en su ático. Si le hubieran horrorizado las alturas habrían mostrado más comprensión, su vértigo inverso, en cambio, solo inspiraba recelos. Tal vez fuera por puro cansancio que esa noche, mientras se relajaba mirando la calle con la seguridad que le proporcionaba una posición elevada, decidió que estrenaría los regalos.

De buena mañana ya vestía la ropa nueva. La camiseta tenía un estampado llamativo en la parte delantera, con una forma indefinida que evocaba una flor. Era de un rojo muy vivo y se prolongaba por el cuello hasta formar un charco alrededor de la cabeza que otorgaba a la entrada del edificio un extraño colorido.

40. Las horas rojas (Manoli VF)

Blanca mezclaba colores desde niña, lo mismo que hacía su madre en el telar familiar.  Desde que tenía memoria recordaba los hilos y las horas muertas viendo entrelazarse azules,  verdes, amarillos, grises, marrones… Sólo faltaba un color.

Cuando su madre vendió el taller de telas, ella era una joven estudiante de bellas artes como cualquier otra, pero al abrir su estudio se dio cuenta de que el telar de su madre seguía allí, habitando en los azules de sus montañas, en los ocres de la tierra, en el cielo azul y en los tonos anaranjados y añiles de sus creaciones que suplían, a duras penas, la ausencia de aquel color olvidado.

La tarde en que la madre de Blanca partió en su último viaje, el cielo era de un rojo intenso: el de la hora del atardecer. Blanca se quedó mirando las nubes, percibiendo como ese tono, desde el accidente del padre, siempre había sido negado en la vida de ellas dos.

Quién le iba a decir entonces a la incipiente pintora que sería en ese preciso y doloroso momento, mientras las vistas abrían la puerta de su memoria, cuando comenzaría a germinar la semilla de su cuadro más famoso, trazado en todas las gamas de los ovillos guardados que su madre nunca usó.

 

39. La broma finita (basado en hechos no reales)

Ni bajo la influencia de mis enésimos cigarrillo y café conseguía rematar la frase inicial de mi tan anhelada novela.  No soy tan tonto como para no reconocer que  «hacía un frío de la hostia» no resultaba lo más indicado para «Llovía mansamente mientras».  Quizás «del carajo» lo mejorara… Hube de aplazar mis elucubraciones:  acudiría a la presentación de Aiguontmaibeibi, el último bestseller de Manolo Molónez della Mirandola. Además, Avalancha Tulovales, tras su regreso triunfal de La Isba de los refamosos, introduciría el acto. Aquello pintaba realmente bien.

Apartando a los fans deseosos de una sonrisa de Manolo y de algún selfie con Avalancha, unos cuantos locos por la literatura accedimos a la librería. Ya acomodado, absorbí  todo cuanto escuché sobre las historias que tratan de  ese perdedor que tras vencer múltiples dificultades consigue llevarse a la chica o, a falta de chica, la pasta y/o la fama.

Tras concluir, por  fin,  mi “Al rojo vivo”, solo me queda decir que ya no fumo,  que nunca me gustó el café,  que a ver en qué coño voy a pasar ahora los veintidós  años que me restan aquí y, entérate, Manuel Rivas,  que los jodidos libros no arden nada mal.

 

 

38. EL AÑO NUEVO CHINO (fuera de concurso, Carmen Cano Soldevila)

Hoy celebramos la fiesta del Año Nuevo. Wen y yo asistimos con mis padres al desfile del dragón, que ondea sus escamas rojas por las calles.

Durante la cena, según hemos convenido, él contará que nos conocimos en una velada de la alta sociedad financiera. Yo soy una mujer sobrante, una perla amarillenta que avergüenza a mamá porque, a mis veintiséis años, aún no soy madre. Tengo formación universitaria, un buen empleo y mi propio apartamento. No necesito un marido. Pero ella ha puesto un anuncio con mi fotografía en el Parque del Pueblo de Shanghai. Y es que numerosos varones buscan pareja, ante la escasez de mujeres, consecuencia de la política del hijo único.

Vestida de rojo, bajo los farolillos, veo los rostros encendidos de felicidad de mi familia. Ignoran que a Wen lo contraté por Internet en una agencia de novios de alquiler.

Por la noche salimos a contemplar los fuegos artificiales. A la señal de un roce de mi mano, Wen besa furtivo mis labios pintados de carmesí, fingiendo huir de sus miradas. Y una luz roja hace saltar las alarmas en mi pecho. Quizá me esté enamorando .

37. El cuento de la princesa y el alquimista (Salvador Esteve)

Hace muchos, muchos años, nació una princesa.  Mientras su madre se desangraba de vida, la pequeña, envuelta en un manto de sangre, se aferraba a ella.  El rojo embotó sus sentidos, y su mente, en rebeldía, amputó a su vista ese espectro de color para siempre.

En sus dieciocho años jamás una sonrisa apareció en su rostro.  Su padre, convencido de que su tristeza estaba ligada a su imposibilidad para ver el encarnado tono, proclamó por todo el reino que el joven capaz de conseguir que percibiera dicho color con ella se desposaría.

Rubíes de Birmania, granates de Mozambique, bellas sedas escarlatas, príncipes y nobles mostraron sus tesoros sin éxito.

 

El joven alquimista quería emular los destellos del fuego.  Mezcló cloruro de litio y estroncio, pero necesitaba algo más.  Pinchó su dedo corazón y unas gotas de su sangre regaron de amor la pócima.

La mágica mezcla elevó la caña de bambú y una explosión de color inundó el cielo.  El semblante de la princesa se iluminó.

 

Cuenta la leyenda que la princesa mintió, pues jamás vio el color,  que en los ojos del  alquimista advirtió fuego y pasión, y desde aquel momento el rojo ya siempre abrazaría su vida.

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