Esta Noche Te Cuento. Concurso de relatos cortos

LA CULPA

Un relato con menos de 200 palabras inspirado en LA CULPA

ENoTiCias

Bienvenid@s a ENTC 2026 Continuamos nuestro 16º concurso en el que iremos proponiendo hasta 8 propuestas temáticas en torno a la EXISTENCIA En esta ocasión serán relatos que desarrollen el concepto de LA CULPA. Y recuerda que el criterio no debe ser poner menos palabras sino no poner palabras de más. Bienvenid@
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Esta convocatoria finalizará el próximo
15 DE NOVIEMBRE

Relatos

8. Perdóname (Edita)

Te busqué, tan ilusionada como decidida. Antes de conocerte, ya descubrí lo que sería un amor vitalicio. Luego, abandoné el universo habitual para instalarme en el tuyo. Asumí con naturalidad los sacrificios y desvelos precisos. Tus logros son mi dicha. Pero, cuando sufres, me arrepiento profundamente de haberte parido por egoísmo; de arrojarte a este mundo despiadado sin que tuvieras la mínima opción de impedirlo.

 

07. Quizá el otoño fue el culpable

Octubre ya es un mes de pleno otoño, la estación que más me gusta, el olor a hierba mojada, las hojas caídas…

La cita en salud mental se ha retrasado, por lo visto uno de los médicos se ha dado de baja y no hay suficiente personal, aunque si lo pienso bien no tengo claro que estas visitas me hayan ayudado demasiado.

20 de octubre, jueves,

llevaba todo el día luchando por desprenderme de la oscuridad de mi mente, pero me alcanzó la noche y ya no tuve escapatoria. Sobre la mesilla el inútil remedio a mis pesadillas, quizá vaciando el bote….

Por primera vez en mucho tiempo sonrío, voy en busca de mis sueños de campos de flores, bajo el balcón una alfombra de girasoles y amapolas iluminados por una farola.

Lo siento Ángel, te quiero, tal vez yo haya perdido la guerra, pero tú siempre ganaste todas las batallas.

06. ¡Te lo imploro, ven a mí!

Miro al sol con odio cada vez que me atrevo a enfrentar su luz. Ahora vivo en la oscuridad de la noche, expiando mi culpa, lejos de la mirada de mi hija, desviando avergonzado la de mi mujer, humillando la mía en el espejo.

Busco el libro que estoy leyendo; un día lo dejé en la nevera. Le preguntaría a mi mujer, pero no recuerdo su nombre, y no es la primera vez. Un destello de esperanza atraviesa mi mente, y acojo esa visión como una bendición.

Ahora lo sé: fue el alzhéimer, no fue mi culpa. Lo dejo entrar en mi vida. Con alivio, lo arropo en mi corazón como a un amigo que me hará olvidar la imagen de mi nieta inerte en el coche. Por fin dejaré de imaginar a mi pequeña llamando a su abuelo, olvidada y asustada, sola.

Sí, sin duda fue él.

05. Sin remordimiento

Para complacer a su hija adoptada y aconsejados por psicólogos, la familia decidió adoptar un gato en la protectora local. Sin embargo, el felino padecía problemas gástricos causados por el estrés, una complicación que la madre rechazó de inmediato. Demasiados contratiempos e inconvenientes para una primera experiencia con una mascota. Sin dudarlo, devolvieron al felino al refugio.

Poco después iniciaron la búsqueda de un perro, pero ninguna opción de adopción encajaba con sus exigentes expectativas. Cansados de buscar, abandonaron la idea de adoptar. Compraron una cachorra blanca de Pomerania. Durante las primeras semanas todo parecía perfecto, pero pasados unos meses, la perrita comenzó a reclamar atención constante mediante insistentes ladridos.

Aunque todo cachorro debe ser educado, aquella conducta marcó un antes y un después en el hogar. De nuevo, la familia rechazó al animal por no adaptarse a sus comodidades y decidió ponerlo a la venta sin ningún remordimiento.

Por suerte para la pequeña Pomerania, una amiga amante de los animales se enteró del destino que le esperaba. Sin dudarlo, decidió hacerse cargo de la perrita de inmediato, abriéndole las puertas de su hogar para darle la paciencia, el afecto verdadero y la morada que merecía.

04. KINTSUGI

Ezequiel se escondía en su cuarto. Odiaba las discusiones y temía acostumbrarse a los gritos. Llegó a la conclusión de que sus padres serían felices sin él. No era consciente de que aquella fractura existía desde antes de su nacimiento.

Él solo deseaba que lo abrazaran, sentirse querido.

Una noche, a los gritos se sumó el estruendo de una jarra estrellándose contra el suelo. Ezequiel esperó a que todos durmieran. Después rescató los fragmentos de la basura, uno a uno. Al amanecer, armado de paciencia y determinación, había reconstruido la jarra donde cada día se servía el agua de la familia.

A partir de ese día, decidió esforzarse más. Sacó mejores notas, ayudó en casa y evitó conflictos. Intentó conseguir una mayor armonía, que todos asimilaran el difícil arte de la convivencia.

Con los años, logró que, aunque imperfecta, parecieran una familia: una hermosa pieza recompuesta por delicados hilos de oro. Unida. Útil.

Pocos advirtieron que el oro era Ezequiel.

03. Siete visiones capitales del Paraíso (o del Infierno)

Puerta

Un hombre, al intentar atravesar la puerta del Paraíso, quedó encajado en el estrecho umbral debido al tamaño de su voluminoso abdomen.

Escalera

Cuando se estropeó el ascensor, a un hombre le ofrecieron subir por una escalera para alcanzar el Paraíso, pero él sigue esperando a que lo reparen.

Carmesí

Un hombre sofocado, con la respiración agitada y una vena del cuello a punto de reventar, no escuchó la llamada por megafonía para entrar en el Paraíso, ahogada entre sus propios gritos e insultos.

Arder

Otro hombre fue condenado al Paraíso para que se consumiese en el Infierno al descubrir que los ángeles no tenían sexo.

Dineros

En el abultado monedero que atesoraba un hombre, no encontró ninguna moneda de curso legal que le permitiese pagar el impuesto de acceso al Paraíso.

Obturador

Al hacerse una foto de su vida, necesaria para el carnet de admisión al Paraíso, un hombre comprobó cómo se velaba por el brillo de las de otros hombres que no podía ocultar.

Sombra

El escáner que mide la pureza de las almas, instalado en el vestíbulo del Paraíso, detectó una mancha indetectable en la de un hombre que se consideraba mucho mejor que sus semejantes.

 

02. CHA CHA CHÁ

Baile, desmadre, locura infinita. Todo estalla y llegan las autoridades. Preguntan qué ha pasado y alguien contesta, la culpa fue del…

01. LA CULPA

El bisabuelo de Charo era conocido como el Tuerto porque había perdido un ojo cuando una cigarra se lo desgarró durante un viaje en moto a Casares, para ver a la que entonces era su novia. Su abuela siempre contó que apenas se acordaba de él, salvo por una foto vieja. Pero recordaba la detonación en la puerta de su casa cuando lo ejecutaron por rojo. Las detonaciones, porque fueron dos, con unos instantes larguísimos entre ellas.

El bisabuelo de Mauricio se llamaba Ramón, pero le llamaban Mon, Mon el Sordo, porque, según cuentan, cuando interrogaba a los prisioneros les repetía «Más alto, chilla más alto, que soy sordo». Aunque prefería los interrogatorios, también le tocó ejecutar a unos cuantos enlaces que traficaban con armamento para los republicanos. No le gustaba ver sufrir a las personas, así que solía encargarse del tiro de gracia mientras se tapaba el otro oído con la mano libre.

Charo y Mauri se han conocido en las fiestas del pueblo, a los dos les gusta el pasodoble, el tabaco rubio y no hacer caso a la familia, y todavía desconocen que serán padres de un crío miope, con una tremenda fobia a los ruidos fuertes.

91. La última cena

El camarero esboza una sonrisa enigmática y me invita a sentarme. Mi trasero se amolda a la silla como si me hubiera estado esperando desde siempre.  

—Confío en que no le importe, la sorpresa es fundamental —susurra mientras me coloca un antifaz.  

Distingo aromas trufados, terrosos, salinos, cítricos. Y salivo. Agarro el cubierto y el placer absoluto estalla en mi paladar. Saboreo los matices de la felicidad. Desaparece el miedo, el dolor, la incertidumbre; la cuchara es lo único que importa. Y, con el bocado final aún sublimando mi boca, intuyo el pálpito de una desazón, el molesto cosquilleo del implacable vacío.

90. Héroes y villanos

El abuelo muerde las hojas de los tebeos, las mastica, las deglute y da un sorbo de vino para evitar atragantarse. Mamá le regaña porque después, ni atiborrándole a zumos de kiwi o de pomelo, es posible desatascar el estreñimiento que le produce la ingestión de tanto papel impreso. Al final, incapaz de soltar ese vientre vetusto y cabezota, recurre a los laxantes. Solo así, aunque de forma algo atropellada, empieza el quimo a circular, rugen sus tripas con la potencia ancestral de una leona; escapan a borbotones, de lo más ruin de sus entrañas, personajes híbridos que se dispersan por el piso, como cucarachas sorprendidas por una luz inesperada, antes de alcanzar el inodoro: pitufos descoloridos con cabeza de Batman o de Robin, agentes de la TIA con la silueta felina de Catwoman, Jokers con la cara pintarrajeada y elegantes vestidos de damas cavernícolas. Las arañas ceden sus rincones a Spidermans desfigurados, Toby comparte sus pulgas con un amasijo de patas y hocicos de Idefixs y Milús, de Plutos y Rintintines. Terminadas las deposiciones una esponja y unos polvos de talco dejan el culo octogenario inmaculado. Un poco de lejía purifica el suelo hasta el próximo festín.

89. La decisión correcta

Había decidido marcharme, aunque una parte de mí estaba dispuesta a quedarse.

Así que me armé de valor, hice la maleta, dejé una nota y salí de allí con la certeza de estar tomando la decisión correcta. Antes de llegar al portal, ya dudaba.

Así que para arreglar las cosas solo se me ocurrió preparar la cena, abrir una botella de vino, sacar dos copas y esperar a que volviese. Funcionó. Aquella noche volvimos a ser dos adolescentes.

Con el tiempo cambié de trabajo y me volví a enamorar. Lo hice de una chica que leía a Murakami y jugaba al ajedrez. Permití que ella durmiese en el lado izquierdo de la cama y aprendí a no dejar los zapatos en medio del salón.

Con el tiempo me acostumbré a dormir en el lado izquierdo de la cama, quitamos el gotelé de las paredes y nos jugamos a las cartas el nombre de nuestros hijos.

Muchos años después, nos cruzamos en la calle. Permanecimos unos segundos mirándonos extrañados, esperando a que el otro hablase primero. Pero no nos atrevimos y cada uno siguió su camino.

Durante el resto de la tarde los dos nos estuvimos preguntamos lo mismo.

88. El intercambio

Mi yo del pasado se presentó en casa para hacer las paces. Llevaba tiempo anunciándome su visita, pero yo siempre la posponía por aquello que decía mi psicólogo de cerrar ciclos. Le recibí con alegría y curiosidad, como a un primo al que hace años que no ves. Le enseñé mi móvil inteligente y las fotos de la graduación. Me felicitó por dejar de fumar.

-Debiste hacerlo antes -murmuró enseñándome sus uñas amarillas. Le dije que ya no era el mismo. Le reproché cada vez que hizo llorar a mis padres y decisiones erróneas que aún hoy arrastraba. Me habló de tantos noes no dichos que le formaban un nudo en el estómago, dolorosa precuela de mi hernia de hiato. Sus certezas absolutas contrastaban con mis crecientes dudas. Hablamos del miedo a perder a los que quieres, del ejercicio de funanbulismo que es la vida. Nos reconciliamos. Me propuso cambiar los papeles .

– Solo unos días -rogó haciéndose un selfie.

Vi como le atrapaban las redes sociales, indefenso en su candidez noventera. Camino al pasado pensé en los libros que me quedaban por leer, los sitios por visitar y en los abrazos que creí perdidos para siempre.

 

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