Esta Noche Te Cuento. Concurso de relatos cortos

PERTENENCIA

Un relato con menos de 200 palabras inspirado en LA PERTENENCIA

ENoTiCias

Bienvenid@s a ENTC 2026 Continuamos nuestro 16º concurso en el que iremos proponiendo hasta 8 propuestas temáticas en torno a la EXISTENCIA En esta ocasión serán relatos que desarrollen el concepto de LA PERTENENCIA en todas sus variantes. Y recuerda que el criterio no debe ser poner menos palabras sino no poner palabras de más. Bienvenid@
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Esta convocatoria finalizará el próximo
15 DE AGOSTO

Relatos

09. Diagnósticos dispares (Edita)

Tengo una buena amiga que no aplaude mi humor gris marengo, como yo lo califico eufemísticamente. Nos conocimos en el trabajo. La primera vez que le envié un mensaje, mezcla de retranca y mala intención, respondió con la frase “Ti es o demo” y el emoticono correspondiente. Me hizo gracia y empecé a utilizar esa carita cornuda para firmar mis habituales salidas de tono.

Un día de fiesta familiar, comenté la broma. El rostro de mi madre se descompuso y me ordenó callar. Ni poniéndome pesada, conseguí que descubriera el motivo de su reacción. Los demás cambiaron de tema. Desde entonces, sustituí el sarcasmo irreverente por formalidad y silencios.

La vecina más próxima, que me ha visto crecer, mostró extrañeza por mi semblante serio. Le expliqué la razón y se ofreció a contarme si le prometía no descubrirla. Según dijo, recién cumplidos los cuatro años, sufrí una posesión demoníaca. Mi madre buscó un cura exorcista, pero mi padre, médico y ateo, puso el grito en el cielo e impidió el ritual. Él, con psiquiatras y medicación, me sacó adelante; ella, escéptica, piensa que el maligno permanece aletargado en mis entrañas a la espera de mejor ocasión para manifestarse de nuevo.

PARTE DE LA FAMILIA (Ángel Saiz Mora)

Mi estudiado desaliño de mendigo irradiaba compasión y simpatía.

Ayudaba con las bolsas de compra a personas mayores en la puerta de un supermercado. Recibía monedas, algún alimento recién adquirido, o ropa de segunda mano. Nadie sospechaba que mi verdadera intención era descubrir, de forma discreta, el trasiego oculto de cierto individuo durante su jornada laboral.

El sujeto a observar era sospechoso de no dedicarse a la tarea a tiempo completo por la que recibía un sueldo. Pronto comprobé que todas las mañanas acudía varias horas al domicilio de su madre, en un bloque de viviendas frente al autoservicio, por carecer de dinero suficiente para pagar a una cuidadora. Un buen hombre, a quien despedirían con mi informe como prueba testifical.

No escatimé detalles sobre rutinas inexactas y horarios falsos, pero creíbles. En la agencia sabían que era mi último caso, el colofón a una brillante trayectoria como detective privado. Nadie puso en duda que el investigado estaba libre de sospecha de absentismo.

Ahora soy yo quien hace compañía a la buena mujer, su hijo ya no tiene que faltar al trabajo. No solo lleno así mi tiempo de jubilación, también he ganado una madre y un hermano.

07. LA PERTENENCIA DE MARÍA

La pequeña y caprichosa hija única María puso morritos, miró al infinito y les dijo a sus padres con aires de superioridad.

-¿Por qué no tenemos más pisos..? Mi amiga Susanita tiene treinta y nosotros, solo veinticinco.

Su padre, también hijo único y rico heredero, no supo qué responderla y, para calmarla, la llevó a ver una de sus joyas inmobiliarias, aún, sin inquilinos.

– ¡Este está un poco viejo. Deberías reformarlo!

Lo cierto es que no se había modernizado porque, hasta entonces, lo ocupaban varios emigrantes latinos, y por el que pagaban un precio especulativo.

María se hizo mayor y continuó siendo caprichosa y egoísta, fruto e la mala educación de sus padres. Ella no se daba cuenta de que cada vez se estaba quedando más sola porque poca gente soportaba su prepotencia. Acabó siendo una rica agente inmobiliario pero nunca estaba contenta con todo lo que poseía. Hasta que un buen día, se percató de su situación y cansada ya de vivir en medio de tanta superficialidad -porque no sabía hacerlo de otra forma- decidió quitarse la vida. Entonces, sí comprendió que ésta no le pertenecía. Y, sin llorar, dijo adiós al mundo…

6. MEMORIA (Purificación Rodríguez)

¿Por qué la arbitraria memoria, a veces, nos castiga con recuerdos que preferiríamos no evocar y, sin embargo, relega al desván del cerebro aquellos que merecen un lugar de honor?

¿Por qué, cuando vuelo a mi infancia, plagada de carencias, la primera imagen que aparece, nítida y precisa, es la casa más fría y oscura de las varías que habité, como si ella quisiera hacer juego con la pobreza que me acompañó en esa etapa que siempre parece interminable?

¿Por qué, si me da por evocar mis amores, el que surge de pronto es el primero, el imposible, entre un tal Florencio con sonrisa de pillo y yo, con seis años los dos y en primaria, pero del que recuerdo su cara como si la viese hoy?

¿Por qué, al repasar mis pocas pero buenas amistades, la que se empeña en emerger sobre todas es la única que perdí, la que creí también auténtica pero que desapareció un día sin dejar señas?

¿Y por qué me da por creer, a veces, que soy más yo, que pertenezco más a esos pocos y extraños recuerdos que a los muchos y amables que ocupan más espacio en mi cabeza?

5. Biobanco

—Le llamo de Anatomía Patológica —dijo el auxiliar—. Necesito confirmar sus datos para enviar el informe al médico.

De acuerdo, respondí y le dicté mi número de DNI como un robot.

—¿Y la letra es «ele» de Lisboa? —preguntó.

—No. De Lego —corregí, pensando en las figuritas desmontables.

—Bien. Si me facilita su correo, le enviamos una copia.

—¿A mí para qué?

—Porque el tejido es suyo.

No contesté, sentí un frío repentino y colgué de golpe. Luego me recosté en el sofá dándole vueltas a la conversación mantenida con el auxiliar de laboratorio, hasta que volvieron a llamar. Miré la pantalla del móvil, otra vez los del hospital. No cogí. Entonces un olor a desinfectante inundó el salón. Era intenso, irritante. Me incorporé para buscar la procedencia y fue cuando sentí un pinchazo donde ahora no hay nada; como si lo que ya no formaba parte de mí reclamase su derecho a volver a casa.

04. WITH

Recuerdo haber aprendido los posesivos en clase, todo seguido: mi, tu, su. Sonaban al nombre de una marca de comida para perros.
Pronto los conjugué: mi bicicleta, mi casa, mi ciudad, mi colegio. Nunca me pregunté qué significaba exactamente ese mi. Bastaba con decirlo para sentir que tenía un lugar.
Años después, viendo Casablanca, entendí que el inglés distingue donde el español confunde. Cuando Rick le dice a Ilsa «you belong with Victor», no habla de propiedad, sino de lugar, de compañía, de un destino compartido.
Entonces comprendí que mi colegio nunca fue mío como se posee un objeto. Yo pertenecía a ese lugar y a quienes llenaban de voces las aulas, la biblioteca o el patio. El posesivo me había engañado: no nombraba una propiedad, sino aquello a lo que pertenecía.
Mi pareja se fue. Lo que echo de menos no es el «mi», sino el «with».

03. Posesiones

¿Acaso soy yo el que habita la casa o, por el contrario, es ella la que me habita a mí?

No es un pensamiento gratuito porque todo ha cambiado desde entonces. Las piernas flaquean y los cimientos oscilan. ¡Que aparatosidad para decir que ya no soy el mismo! De hecho, ni siquiera estoy aquí.

Encontré una puerta, una diminuta, sencilla y escondida puerta que atravesé sin pensar. ¿Sabes cuando le das la vuelta a una prenda para meterla en la lavadora?

Mi envés es complicado. Tiene manías de viejo y tonterías de niño. A veces logro encontrarme en un término medio, pero enseguida aparecen las grietas. Si miro muy fijamente un punto fijo, logro volver al estado natural y traspasar el espejo.

Jamás invito a nadie a merendar.

Tenía que haber desconfiado de ese precio tan económico, pero el sentimiento fue mucho más allá. En el momento de visitarla, ya me estaba poseyendo.

He perdido familia y amistades.

He ganado huecos por rellenar.

Reflexiono todas estas cosas mientras me rasco una teja y eructo corrientes, incapaz, por otro lado, de identificar el humo de las orejas.

02. CUESTIÓN DE AMORES

El cirujano cardíaco, curtido en mil batallas, cambió rápido un corazón por otro. Al palpar el nuevo se dio cuenta de que ahí bullía algo extraordinario. Los amores que en él se apretujaban esperaban curiosos la nueva carcasa. Enseguida se dieron cuenta de que su inexplorado hogar nada tenía que ver con el anterior. Acostumbrados como estaban a hacer el bien por doquier llegaban al territorio de un cafre, un terrorífico engreído especialista en fastidiar futuros. Los entes del enamoramiento debatieron largo y tendido. Algunos pedían finalizar la historia, otros exigían ser profesionales y desarrollar la labor en este desastre al que ya pertenecían de hecho, había quien opinaba buscar un nuevo receptor. Una voz excelsamente amistosa habló clara y rotunda, “crearemos un nuevo ser bueno y sublime”. Todos asintieron.
Decidieron despertarlo.

Abrió los ojos viendo a las dos enfermeras que trajinaban con sueros y catéteres y al asqueado familiar al que tocaba acompañarlo no por gusto sino por turno de obligación. Sonrió a las mujeres susurrando gracias mientras tomaba levemente la mano al visitante reconociéndole su presencia.

Éste, absolutamente perplejo, meneó la cabeza afirmando con rotundidad “me lo han cambiado”.

01. LO NUESTRO

En Casares jamás hemos dudado de la existencia de Dios. Además de asistirle en bodas y bautizos, cuando éramos unos chavales ayudábamos a don Basilio a sacar los lagartos muertos de la iglesia durante los veranos y pintábamos los bancos para evitar que la madera, con su escandaloso crujir, interrumpiera las pocas misas posibles.
Si bebía de más y perdía la calderilla jugando a la brisca en el mesón, nuestro párroco volvía a la rectoría dando voces, blasfemando y proclamando, a voces, la vida como nuestra maldición local.
Poco ha cambiado. Yo me marché a los dieciocho, y he regresado esporádicamente por esa necesidad física por retornar. Y allí encontraba las mismas caras en la plaza. Más arrugadas, más encorvadas, pero las mismas.
Una tarde pregunté por Martina a las mujeres que poblaban la sombra de la iglesia en sus asientos de enea.
—¿Cuál de ellas? —dijo mi madre.
Entonces señalé a la anciana que cosía bajo el olmo del otro lado de la plaza.
—La vieja.
Mi madre soltó una carcajada.
—Esa es la niña.
La anciana levantó la vista, me reconoció y me saludó con la misma sonrisa pícara de cuando teníamos doce años.

94. La Última Visita

Desde pequeño, Tomás hablaba con personas que nadie más veía.
Sus padres lo llamaban imaginación.
A los seis años jugaba con piratas en el salón.
A los nueve discutía con filósofos en el parque.
A los doce recibía consejos de una anciana que aparecía sentada en el borde de su cama.
Con el tiempo aprendió a ocultarlo. Los adultos parecían incómodos cuando alguien seguía viendo lo invisible.
Creció, estudió, trabajó y olvidó aquellos encuentros.
Una noche, ya anciano, sintió que alguien se sentaba junto a él.
Levantó la vista.
Era la misma mujer que había visitado su habitación décadas atrás.
— Has tardado mucho en volver a hablarme — dijo ella.
Tomás sonrió.
— Pensé que eras producto de mi imaginación.
La anciana negó con la cabeza.
— No. Tu imaginación eras tú. Yo siempre fui real.
Entonces le tendió la mano y, por primera vez desde la infancia, Tomás decidió seguirla.

93. CUANDO BROTAN LAS HEBRAS

Al vestirme descubrí que tenía un hilo. Tiré de él y sentí un pellizco en el pecho. Entonces observé que salía de mi corazón. Lo ignoré y me fui a trabajar. Por la tarde ya tenía varios metros. Lo corté al ras. Al momento aparecieron otros tres hilos al lado.

Había quedado con una amiga en mi casa. Se lo conté. Sin darle importancia me pidió «la caja de los hilos». Encontró una aguja de ganchillo y comenzó a tejerlos con tanta suavidad que me hizo sentir una paz desconocida.

Me explicó que eran hilos de estrés, una adaptación evolutiva, cuando el cuerpo no puede más. Pueden llegar a convertirte en un árbol hilado, sin posibilidad de caminar.

Incrédula, se me escapó una risa nerviosa.

Ella también sonrió y me acarició el pelo, del que ya asomaban algunas hebras. Luego me besó en los labios con una dulzura desconocida para mí. La física y la química que ya tenía olvidadas se activaron en mi interior y continué besándola con pasión.

Al intentar separarnos, con nuestras lenguas pobladas de hebras enredadas, terminamos cayendo al suelo, con un ataque de risa.

92. Jugando en el jardín

«Te tengo». Ha sido mas fácil de lo que pensaba. Mi prisionera intenta escapar, pero la sujeto contra el suelo con una de mis garras. No quiero espachurrarla. Está asustada. Me da pena y la libero. Desaparece super rápido con una carrera desesperada. Se le ha caído la cola. La ha dejado atrás retorciéndose como un gusano con dolor de tripa. Su baile es divertido, creo que quiere jugar. Al tocarla me fijo en mi pata peluda. Me la lamo. La peino con mi lengua áspera. Me gusta, me siento genial. Levanto la mirada buscando un nuevo reto.
Veo a un niño mirándome de rodillas. Su cara… Me pongo alerta. Es muy raro… espera… ¿Qué está pasando aquí? Al reconocerlo huyo con el pelo erizado. Me alejo unos cuantos metros y me paro para volver a mirarle. Ahí está. No se ha movido.  Sigue… digo, sigo observándome.
Un escalofrío me cierra los ojos. Los abro y veo a mi gato. Me mira extrañado, igual que lo miro yo. Él se va a saltos como si hubiera visto un fantasma, yo me levanto, sacudo mis rodillas y entro corriendo en casa.

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