Esta Noche Te Cuento. Concurso de relatos cortos

COLECCIONISTAS

Un relato con menos de 200 palabras inspirado en el tema que te proponemos

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Bienvenid@s a ENTC 2020 En este momento podemos ofrecerte la posibilidad de participar con un relato que esté inspirado en el LOS COLECCIONISTAS de todo tipo... Bienvenid@
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15 DE ABRIL

Relatos

Recolección

A estas horas, en las regiones de medio mundo, se está clareando el silencio de las calles. Hay un cineasta afeitándose frente al espejo; es el mismo hombre en todas partes. Paralizado ante un desierto de asfalto, ha sido encontrado por una niña que le toma de la mano, como si el adulto supiera qué hacer; en realidad, es él quien levanta los hombros, asustado. A cada prójimo sacrificado, a cada desconsolada súplica y a cada aliento recobrado, una lágrima brota de los párvulos ojos. Una tras otra, su ofrenda ha obrado un pequeño charco. Vida presente, se aúna con las primeras posiciones en el recorrido de la existencia pasada, golpea, al todavía chico, con el codo y le larga: «No imaginas las andanzas que te aguardan. Ni en mil años serías capaz de adivinarlas». Ondulan las palabras, al pulso del carcajeo, mientras salta al lugar que ahora ocupa. Y, deteniendo su mirar sobre los charcos atesorados, como testimonio a una memoria que pudo haber sido ficción, agita la cabeza a ambos lados, susurrando como para sí: «Ni en mil años, ni en mil años».

91. Balidos (Concha García Ros)

Ahí viene la primera, con vestido de tul rosa y gorrita morada de terciopelo. Se muestra segura en la pasarela, con paso firme y mirada altanera. Tengo los ojos como platos.

La segunda le sigue con una imagen totalmente distinta, cuero negro ajustado y coletas con enormes lazos blancos. Le van bien con el pelo, pienso.

La tercera lleva un vestido floral, muy bucólico. Más apropiado que el de sus compañeras. Los párpados siguen sin pesar.

Y van pasando, una y otra, así hasta perder la cuenta. Pero yo sigo despierta.

Estos desfiles se repiten día tras día. He de reconocer que siempre me ha gustado la moda, pero lo de coleccionar noches de insomnio lo llevo fatal.

90. Piedras (Marta Navarro)

Caminaba por el bosque con las manos repletas de piedras: densas, opacas, rocosas… Las elegía con pericia: firmes, macizas, rugosas… Las libraba en un suspiro del polvo de los siglos y el olvido y, a los pies del viejo sauce donde cada tarde, al borde mismo del río, recostaba indolente su cuerpo fatigado tras la caminata, las apilaba con mimo: plomizas, compactas, terrosas… Extraña colección que desde hacía días aumentaba en secreto en una irracional pulsión que no lograba detener.
⸺¡Ven…!, una voz entre las aguas la llamó de pronto.
⸺¡No!, −musitó la mujer con desaliento− ¡no, no, no!, repitió sacudiendo la cabeza.
Los fantasmas la acosaban, la ahogaba la rutina, su propia mente conspiraba contra ella.
⸺Ve…, nada temas…, descansa…, la animaba el rumor del viento a cada ráfaga.
Una lágrima solitaria rodó al fin −triste señal de rendición− por su mejilla. Guardó en los bolsillos del abrigo las piedras que aún tenía entre las manos y dejó de resistirse.
«Pasaré como una nube entre las olas», murmuró Virginia al adentrarse poco a poco, un paso tras otro, en las hipnóticas aguas del río. Su alma desnuda atisbaba el infinito. Su cuerpo de mujer se desvanecía.

89. TERAPIA

La primera vez no fue planeado. Iba arrastrándose a comprar el pan y se metió sin pensar en el estudio de tatuajes. Se llevó puesta una estrella en el anverso de la muñeca y una sensación de cambio de suerte. Después de esa primera vez vinieron otras: una luna, un sol, más estrellas…siempre pequeñitos, para que él no los viera. Con su colección de talismanes se sentía más fuerte y le costaba menos aguantar las discusiones y los “hoy no sales con tus amigas”, “quién te crees que eres para hablarme así” o “cámbiate de ropa que así no vas a ninguna parte”. Un día se tatuó unas alas de hada bien grandes en la espalda y soñó con el cielo infinito. Cuando su padre se levantó al día siguiente, ella ya no estaba. Entonces él vio sobre la mesa el dibujo de una jaula vacía con la puerta abierta y se echó a llorar. Se le había hecho tarde. Muy tarde.

88. Carpeta 7. Archivo personal. (David Fernández)

Levanta la sábana de plata para ver la cara amoratada a otra chiquilla. A esta, le han encontrado todavía con el cuerpo caliente a un lado de la carretera al pantano. Cuando la depositaron en el anatómico forense le declararon que hicieron lo imposible para reanimarla. Solo, en la sala de autopsias, es consciente de lo inútil del gesto.

Cada vez más jóvenes, reflexiona mientras sujeta el bisturí repasando las huellas en la piel. Ya han pasado catorce por sus manos, veinte desaparecidas en siete años. Al principio se apresuraba, rellenaba su informe y se emborrachaba de vuelta a casa. Ahora mantiene las apariencias. Siente calor al manejar el instrumental y jadea detrás de la mascarilla cuando les retira la ropa. Seguía viva cuando las depositaron en el arcén. Su sexo acusa el golpe. Boquea. Apenas puede contener la erección. Siempre le dicen lo mismo, un animal, un iletrado analfabeto que devora a púberes. Antes sentía repugnancia. Ahora codicia que le llame el juez de turno. Contesta con voz afectada, ha depurado la pose. Guarda tres fotos para él, la espalda, el pecho y las plantas de los pies. Ahí es donde el asesino las marca. Para disfrute de ambos.

87. Santa Justa (Miguel A. Moreno)

“Ya ha sido suficiente”, fue mi reacción inesperada. ¿Podría así convencerme de que el destino había dicho basta para escribir esta historia? Una historia que arranca cuando obtuve plaza de profesora en un instituto de Sevilla y alquilé un piso con vistas al parque de María Luisa. Un piso pequeñito, con un solo dormitorio, pero luminoso. Acostumbrada al pueblo, me costaba adaptarme a tan reducido espacio, así que cada tarde, al salir del trabajo, adquirí la costumbre de acercarme a la estación de Santa Justa dando un paseo para hacer tiempo.

El trasiego de viajeros con sus equipajes de un lado a otro, la megafonía anunciando la salida y llegada de trenes y la presencia agobiante de carteles publicitarios debieron trastocar mi cerebro, pues me dio por sustraer maletines a ejecutivos despistados, proseguí con maletas de menor tamaño y continué con maletas para largos recorridos. ¡Cielos, cómo disfrutaba con el riesgo y la impunidad de vuelta a casa! Cuando se llenó el dormitorio pasé a ponerlas en la cocina, el baño y el salón.

Ahora apenas queda espacio para moverme y el confinamiento me mantiene encerrada entre estas cuatro paredes. Y he comenzado a creer que llevo el virus dentro.

86. DIEZ (J. L. Chaparro)

Diez años intentando olvidar, diez años de pesadillas, diez huidas hacia diez destinos diferentes en diez ciudades distintas…
Ahora, una extraña coincidencia me llevaba hasta el cobertizo de la antigua granja donde él permanecía recluido, a diez kilómetros de la ciudad, tras ser declarado inocente de todos sus crímenes después de diez meses de juicio.
Lo encontré de espaldas a diez metros de mí, inclinado hacia delante frente a una mesa quirúrgica junto a una estantería con diez botes de cristal que contenían aquellos diez pares de ojos, sumergidos en un líquido transparente. Recordé cada una de las diez veces que deslicé mis dedos para cerrar los párpados de aquellas chicas.
Bastaron diez litros de gasolina y diez minutos, para que aquel monstruo y todos sus trofeos quedaran reducidos a cenizas, como si nunca hubieran existido.

85. Lo que tus manos tocan (MVF)

Alguna gente colecciona cosas insólitas. Caparazones de crustáceos que han degustado con los amigos. Picas de lápices de colores que han guardado desde la guardería. Pétalos de flores de geranios con los que jugaban de niños a ponerse uñas o dientes postizos de colores. Collares de dos vueltas hechos con margaritas. Pero hay cosas muy peligrosas que uno nunca debe empeñarse en coleccionar.  Una de las más peligrosas colecciones que existe es casi tan antigua como la humanidad. Todo aquel que pretende abarcarla cae en una perversa adicción; tan contagiosa y hereditaria que se transmite muchas veces de padres a hijos,  generación tras generación. Los coleccionistas se vuelven tan adictivos que no piensan en nada más. Tan extendida está su búsqueda que, aún conociendo sus terribles efectos,  ha llegado a alcanzar el ámbito de lo oficial y universal. Y parece mentira, pero no existe ningún especialista en el mundo que consiga curar la adicción y distorsión funcional que provoca. Solo en la literatura el Rey Midas lograba aprender la lección.

84. Los secretos del jardinero (Anna López Artiaga / Relatos de Arena)

Con la bajamar, pasea por la orilla recogiendo piedras. Parece escoger las más grandes y redondeadas y las guarda en sendos cubos de plástico, de esos que usan los niños para construir castillos en la arena. Cuando los tiene llenos, se dirige al muro que bordea la playa. Las coloca unas contra otras, formando una rocalla de inspiración gaudiniana entre cuyos huecos ya crecen cactus y otras suculentas que ponen una nota de color.

El primer turista de la temporada observa boquiabierto el particular jardín y, sin pensarlo ni pedir permiso, saca el móvil e inmortaliza la escena. Él se vuelve y le sonríe. Hace un gesto con la mano, invitándole a acercarse. El otro se aproxima, hinca la rodilla para tomar una foto desde otra perspectiva. Es entonces cuando el viejo mira a uno y otro lado, y le golpea con fuerza con una de las piedras. La más grande. Después arrastra el cuerpo hasta ocultarlo en el hueco que había preparado y comienza a cubrirlo con la rocalla. Al fin, introduce un plantón de agave en una grieta y contempla el resultado. Sonríe mientras calcula cuantos esquejes podrá plantar este año.

83. EL COLECCIONISTA DE MELODÍAS (J.A. Iglesias)

Examinaba su nueva y última adquisición.

Trazos amarillos,blancos, rojos, negros. desde el cálamo a la unión de las sinuosas puntas de cada pluma, desde las caudales a los dorados plumones de su pecho.

Aquel jilguero alzado orgulloso sobre el palo central de una pequeña jaula, tenia algo especial.

Antonio, ostentaba, más de doscientos pájaros, canarios,jilgueros, petirrojos,ruiseñores, herrerillos, verderones,bienteveo, así como algunos trofeos de belleza y canto de algunos ejemplares.

Años dedicado a esa colección, por momentos efímera, de colores y melodías.

Llevaba confinado casi un mes, a causa del maldito virus que asolaba el mundo.

Senectud,casi octogenario, y solo, solo con sus pájaros. Sintiéndose preso, en su propia casa, en su propia jaula.

La parte humana, aquella que rara vez surge de manera global, broto inconmensurable en la orbe, luchando unida, hasta vencer  la pandemia.

Por fin salieron de su confinamiento. Ese día los vecinos de Antonio, miraban atónitos, salir del patio del anciano, una bandada con miles de pinceladas, de todos los espectros del arco iris, sobre el lienzo celeste, invadiéndolo de colores y notas musicales, cual orquesta feliz.

Su colección más preciada, conocería el bien más preciado. La libertad.

 

 

 

82. El desdén de la virtud

El viejo despide a la muchacha. Tumbado en la cama se mira los dedos torcidos de los pies, las rodillas huesudas, los muslos delgados y llenos de pellejos. La polla; aquella polla que tiene a sus espaldas un millón de coitos, que ha satisfecho a tantas mujeres de bandera, descansa ahora flácida; una piltrafa expuesta a la mirada inclemente de cada joven que accede a su alcoba por dinero; incapaces todas de resucitar aquel cadáver. El viejo se levanta a duras penas, se apoya en el andador que espera pegado a la mesilla, se calza sus babuchas de franela y avanza despacio, acompasando sus pies a las ruedas del metálico artilugio que le ayuda a caminar. A cada paso se le mueven los triunfos como piezas que cuelguen de las correas de un trampero. No estaba mal armado el viejo. Se acerca a la pared y observa sus trofeos. Son tantos los marcos que la llenan; pero conserva mejor la memoria que la hombría. Repasa en cada lienzo el nombre de la chica, la fecha, el precio y en donde tuvo lugar el maridaje. Recuerda en cada pliegue la ternura original de aquellas membranas tan bien reconstruidas.

81. Namibia, 1997.

El día anterior, cuando montó en el avión, las últimas palabras de su padre le resonaban en la cabeza: «¡Cronista de viajes! Jamás escuché papanatada mayor. Una fracasada, eso es lo que serás siempre».
Llegó a la residencia después del entierro, durante el que estrechó muchas manos de desconocidos acompañándola en un sentimiento que no conseguía encontrar. La directora, tras hacer notar lo mucho que lamentaba, además de la muerte de su padre, el conocerse en estas circunstancias, le alargó una carpeta de anillas con una foto de su infancia pegada en la portada. Recordaba ese día, su padre corriendo tras ella, sosteniéndola por la parte trasera de la bicicleta, mientras ella gritaba «no me sueltes, no me sueltes».
– La favorita de su padre era la de su viaje a Namibia con el National Geographic. Se la leía a cualquiera que se sentase junto a él en la galería.
Dentro, ordenadas por fecha, la última de cinco años atrás, las postales que envió mientras su madre todavía vivía. Junto a ellas, testigos de los te quiero que él nunca dijo y de los gestos que ella no supo interpretar, los recortes de todas sus crónicas en periódicos y revistas.

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