Esta Noche Te Cuento. Concurso de relatos cortos

DESORDEN

Un relato con menos de 200 palabras inspirado en EL DESORDEN

ENoTiCias

Bienvenid@s a ENTC 2026 Continuamos nuestro 16º concurso en el que iremos proponiendo hasta 8 propuestas temáticas en torno a la EXISTENCIA En esta ocasión serán relatos que desarrollen el concepto DESORDEN en todas sus acepciones. Y recuerda que el criterio no debe ser poner menos palabras sino no poner palabras de más. Bienvenid@
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Esta convocatoria finalizará el próximo
31 de MARZO

Relatos

(DES)ORDEN-ARTE (Belén Sáenz)

A través de un vano en el muro ―que se mantendrá irremediablemente abierto en este relato―, un sol hecho lámina calienta el pecho expuesto del joven mendigo. Está sentado en el suelo, los pies descalzos, y su camisa blanca recoge la luz que estrena marzo. Con el destello de esa misma prenda y unos pantalones amarillos, un aragonés sordo iluminará una escena de muerte. El hombre, quizás descendiente de aquel muchacho desheredado, alza los brazos ante un pelotón de fusileros franceses. Más de un siglo después, un cóndor de hierro prende una bombilla en el techo de Guernica. El suelo está tachonado de carne desmembrada y un bebé ha expirado en brazos de su madre. Hombres y mujeres gritan; un caballo grita. En la pared de enfrente, un noruego, pálido como la muerte, también chilla bajo un cielo rojo. Se sujeta la cabeza con las manos, intentado que el horror no le destile por los oídos. En una sala lejana, donde se exponen obras contemporáneas, aquel vano que conocimos se hizo ventana. Una mujer, grande y sola, se incorpora en la cama de un hotel, con la mirada perdida en la luz pronta del alba. Y se propone resistir despierta.

45. Caos en el hospital

Al escuchar la trifulca, la maestra se asoma a la ventana: ¡qué bestias!, ¡qué violencia! Allí, frente al hospital que ella ahora regenta, una banda de cardiólogos está peleándose contra otra de pediatras. ¡Qué irresponsables!

   Al terminar, los magullados doctores se arrastran hasta la puerta de urgencias, donde coinciden con: dos enfermeras intoxicadas por medicamentos, varios celadores lesionados por una carrera ilegal de camillas y un grupo de auxiliares que parecen venir de la despedida de soltero del mismísimo Belcebú. El área de triaje, para variar, es un crisol de politraumatismos, heridas y gritos desatados:

     —¡Vamos! ¡¿No va a salir nadie a atendernos?! —brama un oftalmólogo, ciego de cocaína.

     —¡Sois patéticos!, ¡queremos hablar con vuestro jefe! —exige, alzando el puño, un radiólogo borracho.

Dentro, el nuevo personal, formado por: costureras, mecánicos, albañiles, soldadores… se miran sobrecogidos. Pensaban que el cambio de roles sería sencillo, pero ahora tiemblan de espanto.

     La maestra, ante tal desastre, decide al fin salir del despacho:

     —Está bien, está bien, hemos aprendido la lección —les dice a los sanitarios—. Por favor, os lo suplico, volvamos a la normalidad.

44. SIN ORDEN NI CONCIERTO (Rafa Olivares)

Pablo, Katy y Lucas debían interpretar las Sonatas de Händel en el concierto de fin de curso en el Conservatorio. En los ensayos, Pablo, que ejercía de Director, no apartaba su vista de los sensuales labios de Katy, acoplados con pasión a la boquilla de su flauta travesera, imaginando su aplicación a otro tipo de instrumento. Por su parte, ella fantaseaba con la destreza y delicadeza de los dedos de Lucas en sus zonas erógenas en vez de con las apáticas cuerdas de su contrabajo. Lucas, en lugar de atender a la batuta de Pablo, permanecía ensimismado en otra de mayor grosor que se adivinaba bajo su ajustado pantalón. Ante el desastre de la audición, en la que cada uno parecía estar interpretando una pieza distinta, hicieron un alto para buscar soluciones. Cuando cada uno confesó el motivo de su falta de concentración, decidieron continuar la sesión sin instrumentos musicales ni prendas textiles mediante. No tardaron en conseguir un alto grado de entendimiento, armonía, sincronía, coordinación y orden. Lo del concierto es otra historia.

 

43. El desorden que dejas (Nuria Rodríguez Fernández)

 

El día que te fuiste algo volcó dentro de mí. No fue tristeza: fue un terremoto doméstico en la cabeza. Amanecí con el corazón en la garganta y la memoria arrastrándose por el suelo como un animal herido.

Desde entonces vivo desordenada.

Tengo tu nombre atascado entre las costillas como una espina de pescado. Los días me nacen torcidos: el martes aparece en medio del domingo, la noche se me cuela dentro del café de la mañana, y a veces descubro que llevo horas respirando al revés, como si los pulmones también hubieran perdido el manual.

Dentro de mi cabeza hay una casa después del saqueo. Los cajones vomitan recuerdos, las sillas cojean con conversaciones que nunca terminamos y tu risa sigue colgada de una lámpara que nadie apagó.

He intentado barrer tu ausencia, pero es inútil. Se reproduce como polvo.

A veces creo que no te perdí a ti. Creo que perdí el orden del mundo. Porque desde que te fuiste todo aparece en lugares imposibles: tu voz en los espejos, tu silueta entre mi ropa, y yo caminando por mi propia vida como la invitada que llegó demasiado tarde.

42. Desórdenes

Estruendos a lo lejos anuncian que empiezan los fuegos artificiales en la playa.

El abuelo, que juega al Brawl stars en el móvil, levanta la vista y anima a su nieto a que suba al terrado para verlos.

Mauro, el nieto, suelta la novela que está leyendo y corre escaleras arriba.

En el terrado se encuentra a su padre fumando a escondidas. Y wasapeando, también a escondidas. Le comenta que los verá bien en el porche orientado al mar.

Ya se oye el chisporroteo de la pirotecnia y Mauro baja rápidamente al porche.

Allí, está su madre hipnotizada con videos de Instagram donde salen gatos haciendo cosas humanas. O humanos que hacen cosas felinas. Mejor desde el huerto, le dice.

Entre las tomateras, la abuela se graba con un palo selfi mientras explica los beneficios del riego nocturno. En el solárium, susurra.

Ahora, un pop tras otro como palomitas al cocinarse, los cohetes en pleno apogeo.

En el solárium, su hermano tumbado en una hamaca hace una videollamada con su chica. Pírate, le gruñe.

Mauro escucha solo la traca final y vuelve dentro. Coge su móvil y busca en youtube un video para ver los fuegos artificiales en la playa.

 

41. Amor en descomposición

Empieza a registrar la basura minutos después de que ella se haya levantado con pereza del sofá, emitido un casi imperceptible “buenas noches” y entrado en el dormitorio cerrando la puerta tras de sí. Mientras tantea con sus manos enguantadas lo que hay en el interior de la bolsa negra no se quita de la cabeza lo que sucedió hace justo un mes. Entonces encontró, por accidente, las cartas que él le había escrito de novios y que ella había prometido conservar para siempre. Dos semanas después halló entre desechos la boina azul que él le había comprado en París, poco antes de pedir su mano. Y el domingo pasado tropezó con el ramo de rosas –una por año de casados– que días antes le había regalado sin más razón que intentar sorprenderla. Ahora, mientras sigue rebuscando sin tregua entre cartones de leche estrujados, espinas de merluza punzantes y restos de pan endurecidos, no puede quitarse de la cabeza la posibilidad de que pronto sea otro quien baje la basura en esa casa.

40. No sin mi caos

Una vez perdí el bolso conmigo dentro y aunque intenté volver sobre mis pasos, no fui capaz de hallar el pie derecho. Era un bolso de esos de cruzar, con bolsillos escondidos y secretos… En objetos perdidos me dijeron: «Llámese al móvil» Y yo sin cobertura, sin tabaco, sin dinero… ¡Cómo echo de menos mis pequeñas cosas! Mi lápiz de ojos, tu encendedor, las horquillas del pelo… un anillo de plata. Un cine. Un concierto. Y esa lágrima triste que encontré en la arena. Y el rojo carmín de mis últimos besos.

Yo siempre temí perder el bolso conmigo dentro. Porque… ¿Y si todo lo olvido? ¿Y si ya nunca me encuentro? ¿Si no vuelvo a sentir ese caos tan mío cruzándome el pecho?

39. Negación (Aurora Rapún Mombiela)

Fue un simple problema de orden. Nada más que eso. El vocativo interpelándote al principio lo coloqué bien, incluso hice la pausa de la coma, pero luego me lié. Estaba nervioso, entiéndelo, era una situación incómoda. Entre la sábana arrugada y las pieles resbaladizas me enredé y lancé el verbo principal acompañado de la preposición junto al otro nombre y resulta que se me olvidó la negación. La tenía en la punta de la lengua. Ese no tan corto y sencillo que debía intercalarse o anteponerse o qué sé yo. Y se me quedó colgando de los labios como un apéndice inútil. Como aquel otro, el que se me pegaba entre las piernas moribundo tras la gloriosa batalla. Y al final, ahora que lo pienso, igual fue el subconsciente o el consciente o el sub. No sé. No, no sé.

38, Manga por hombro

Padre nació descosido, deshilvanado, y cada mañana amanece disperso y desordenado. Hoy despierta con su mano derecha junto a la pierna izquierda. La blande por el tobillo, la zarandea bajo las sábanas hasta que choca con algo. Está seguro de que es el torso porque ninguna otra parte de su cuerpo tose de esa manera. Lo acerca hacia la pierna, engancha los corchetes y aprieta los broches que madre le cosió hace tiempo. Une cada parte, poco a poco, esperando no equivocarse. Tantea con las manos y encuentra la cabeza bajo la almohada. La abrocha, carraspea y abre los ojos. Farfulla porque la ha montado al revés. Cuando termina, se incorpora y se viste bien apretado para que nada se le desmonte. Hay días, sobre todo los que tiene prisa, que se compone sobre la alfombra, pero casi siempre cae primero el pie izquierdo y el día no funciona bien. A pesar de todo, al volver a casa le resulta placentero descalzarse y desmembrarse a voluntad, abandonar los problemas descabezados sobre la mesita de noche o cortarse las uñas de los pies sin agacharse. Insiste en que no hay mal que por bien no venga.

37. Guía para encontrar la salida

En la oficina de correos del semisótano se saltaron su turno y esperó una eternidad hasta ser atendido. La empleada le explicó que el funcionamiento era automático y en la pantalla aparecían los números de manera rigurosamente consecutiva, habrá sido un despiste suyo, caballero. Aceptó la humillación con tal de acceder al exterior cuanto antes. Recogió el sobre y bajó al garaje: no pudo abrir el vehículo porque el mando no respondía. Se dirigió a su apartamento a por la copia, pero no consiguió entrar: la llave no encajaba en la cerradura. Se internó en el edificio de su infancia. Una apresurada nostalgia lo empujó escaleras arriba. La puerta del que fuera su domicilio se hallaría entornada, según le indicaron. Recorrió el pasillo donde había jugado con sus hermanos y se metió en el diminuto cuarto del fondo lleno de los trastos de siempre. No miró atrás. Solo releyó la carta. Abrió el ventanuco e imploró ayuda. Entendió que al otro lado alguien tiraría de él. De su cabeza, porque no había otro modo de salir de aquel aprieto. Como entonces.

36. Temporada de adviento.

Aquel otoño fue algo extraño. Soñaba que entraba en casa y todo estaba como si se acabaran de ir unos ladrones. Los zapatos tirados por el pasillo, sobre las camas la ropa amontonada, y la mesa con latas abolladas y un cenicero rebosante de colillas. Me despertaba agitado en mi cuarto, donde los libros estaban colocados por tamaños, las camisas por colores y el escritorio podría pasar por bandeja de instrumental quirúrgico. Tardaba poco en recobrar la paz, tras un vistazo. Pero, volvía la pesadilla cada vez con más frecuencia. Me empezó a preocupar, sobre todo desde que en el sueño surgieron copas de licor junto a los cigarrillos. “Pero si odio el tabaco y soy abstemio”, le comenté angustiado al terapeuta el primer día. Y él me miró por encima de las gafas, con esa superioridad de los psicólogos. “Se avecinan cambios”, dijo tajante.

Y fue verdad, porque por Navidad llegaste tú. Con tus vestidos de flores en invierno, y tus gorros aparatosos en verano. Con tus cigarrillos y tus “tomate algo, no seas sonso”. Con tu sonrisa y esa locura encantadora que lo ordenó todo, definitivamente, a su manera.

35. Palabras contrariadas (Juana María Igarreta)

Ya venían quejosas las palabras del poco rigor con que se las estaba tratando, cuando ocurrió el dislate: alguien había confundido astronomía con gastronomía.

La reacción de las dos palabras afectadas no se hizo esperar. Conscientes de su poder para configurar el pensamiento humano, acordaron mantener durante un tiempo sus significados cruzados. Sería una lección ejemplarizante.

Un día todos los astrónomos se levantaron con una suerte de agujero negro en el estómago. Arrastrados por una enigmática fuerza, en lugar de encaminarse a sus correspondientes observatorios para seguir estudiando el universo y sus cuerpos celestes, salieron desaforados en busca de restaurantes con estrellas Michelin.

Pero lo peor fue cuando ese mismo día la NASA se llenó de cocineros. Armados con sus panoplias de cuchillos, invadieron el organismo decididos a comprobar si lo que allí dentro se estaba cociendo era de su gusto; en caso contrario, procederían a cortarlo por lo sano.

Así las cosas, tuvo que mediar la palabra diálogo para que sus dos compañeras volvieran a sus respectivos roles, frenando de esta manera el caos que estaban provocando.

Desde entonces, a pesar del aparente orden restablecido, los precios de los productos gastronómicos no han dejado de ser astronómicos.

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