Esta Noche Te Cuento. Concurso de relatos cortos

ANTEPASADOS o ROBOTS

Un relato con menos de 200 palabras inspirado en cualquiera de los dos temas que te proponemos

ENoTiCias

Bienvenid@s a ENTC 2022 Puedes elegir: enviarnos un relato donde encontremos ROBOTS o ANTEPASADOS. Y recuerda que el criterio no debe ser poner menos palabras sino no poner palabras de más. Bienvenid@
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Esta convocatoria finalizará el próximo
15 DE NOVIEMBRE

Relatos

ENTRE MUCHAS (Ángel Saiz Mora)

Es posible sobrevivir en el infierno durante un tiempo, siempre que haya un motivo; yo lo tuve, puedo decirlo con mi último aliento.
Salir a la calle o abrir la puerta se convirtió en un riesgo. Sin embargo, aquella presencia, pese a lo insólito de su anuncio, transmitía confianza. Lo dejé entrar. Fue respetuoso, aséptico.
A unos tiempos convulsos se añadió un embarazo inesperado para mis conocidos. Nada dije acerca del padre, no existía en el sentido habitual del término, tampoco mencioné la inseminación artificial.
Mi hijo era una garantía de futuro. Busqué comida por calles cubiertas de cadáveres, tuve que huir de personas desesperadas. Temperaturas demasiado altas, enfrentamientos y falta de recursos esquilmaban un planeta tocado de muerte.
Pasado un año enfermé de gravedad, antes o después iba a suceder. Tuve la misma visita. Se marcharon juntos, con mis genes y los inoculados en su momento por aquel ingenio mecánico de aspecto angelical, enviado por observadores desde otro lugar de la galaxia.
Mi hijo tiene una oportunidad en un nuevo mundo, para cuya atmósfera está adaptado. Lo mismo sucede con los de otras mujeres seleccionadas, inteligentes y sensibles, las últimas de nuestra especie. Todas nos llamamos María.

Abuelita

Aunque hacía ya cuarenta años que se había ido, su imagen permanecía viva en su memoria.
La recordaba pequeñita, enjuta, diminuta, con su pelo blanco, como si estuviera cubierto de nieve.
Siempre lo llevaba recogido en una larga trenza, que cubría con un pañuelo negro, como el resto de su indumentaria.
Cuando coincidían con ella, todos sus nietos se arremolinaban a su alrededor, ávidos de sus palabras, de sus signos de cariño, que jamás regateaba.
Enseguida los conducía a la cuadra donde estaban sus queridas vacas. Con gran mimo extraía de sus ubres ricos vasos de leche, que recién ordeñada, entregaba a sus nietos.
Después les conducía a la huerta. Allí arrancaba a sus frutales sabrosos higos o brevas, peras o naranjas, que entregaba, feliz, a la chiquillería. Pero como ella decía : «¡Todo era poco para sus amados nietos!
Luego, mientras saboreaban los ricos frutos, los chiquillos la acompañaban a la sala de la televisión.
Allí, todos juntos observaban asombrados como disfrutaba, aprendiendo sin descanso de los documentales de la 2, a pesar de sus 80 años, mientras les recomendaba que mirasen con atención, pues era como viajar sin salir de casa.

RICARDO

Hace tiempo  vi en las noticias que los androides cada vez estaban más cerca de ser una realidad, a mí me pareció una idea estupenda para el futuro y me pedí uno para los Reyes Magos.

Solo han pasado seis meses desde que desenvolvía, sola, el regalo que había llegado el día antes por mensajería.

Yo no entendía nada las complejas instrucciones de mi nuevo compañero de vida , así que tuve que llamar a un informático para que lo pusiera en marcha. La verdad es que he aprendido hasta a jugar al ajedrez , he estado muy entretenida conversando con T-4.

Esta mañana he tomado una decisión, desde ahora  mi T-4 se va a llamar Ricardo, siempre me ha gustado ese nombre. Tendré que llamar de nuevo al informático para que lo ajuste.

Salgo de la ducha y enfrente los ojos de Ricardo, necesito un abrazo.  ¡Dios! Se me olvidó que estaba cargando la batería .¿Chispas o fuegos artificiales? Ya me lo dirá San Pedro supongo.

La rebelión de las máquinas

– Todos los aparatos se volvieron locos. La tostadora golpeó a mamá. A papá se la tragó la lavadora. Y el aspirador se comió a mi hámster – relató en un hilo de voz el pequeño.

– ¿Y cómo es que a ti no te hicieron nada? – inquirió el oficial de policía.

– No lo sé – respondió el chico todavía ataviado con la caja de cartón forrada de papel de aluminio de la fiesta de disfraces.

 

06. Altamira

Entras en la cueva. Inspiras. Miras a tu alrededor. Espiras. Sientes un escalofrío y te fuerzas a avanzar. Retienes el aliento. Quieres huir, cerrar los ojos, pero es algo más fuerte que tú. Te ahogas. Tu corazón palpita a cien por hora. Imágenes del escándalo, la vergüenza, la cárcel. Sueltas el aire de forma errática. Tus pasos retumban cada vez más graves. Ahora las imágenes son de fama, de reconocimiento, de aplausos. Lo ves. No quieres. Lo tocas. Suspiras. Sigues las líneas con tus dedos temblorosos. Inhalas con precaución. Lo reconoces. Tu corazón se detiene un segundo. Piensas en lo que vendrá. Los juicios, los prejuicios, los perjuicios. Jadeas lentamente mientras compruebas la foto en el móvil punto por punto. Coincide. Hay un momento de asfixia. Tienes que cerciorarte. Lo haces. Todo continúa igual. El último signo hallado en Altamira es idéntico al signo de tu familia. Bufas desesperado. La alarma estridente martillea tus oídos. Tienes que huir ya. En tu afán de encontrar a tus antepasados has llegado demasiado lejos.

05. Las fotos

No había monstruo más horrible para el hombre que la muerte. La sola mención de aquella simple palabra era suficiente para paralizarnos, volvernos una hoja temblorosa al viento más feroz. Pasamos nuestros días en este mundo temiéndole y, cuando finalmente llega, nos sumimos en un torbellino frenético de tradiciones y costumbres. La muerte de mi abuelo no fue una sorpresa. Meses enteros nos sentábamos en la silla destartalada al lado de su cama, tomando su mano huesuda en nuestras manos y escuchando, quizá por la última vez, historias de tiempos pasados. En los últimos días, el hombre se perdía en las brumas de su mente, deleitándonos con aquellos recuerdos que, siempre, mantuvo bajo siete llaves. Historias de sus antepasados, nuestros antepasados, personajes antiguos que solo eran nombres en nuestras memorias; un rostro en las fotos desteñidas.

Aquellas fotos que, luego de su muerte, largamente esperada, me pertenecían. Miles de sonrisas y vidas desconocidas; historias que se escondían entre las páginas de los álbumes que, alguien, había hojeado tantas veces que casi las destruyó. Y, me pierdo en ellos, me dejó arrastrar al pasado, a otros lugares, lugares que nunca en la vida podría visitar. Vivo vidas ajenas.

04. TAMA y el KaKiTa

• Abuela, cuéntame otra vez la historia de Tama.

Paula, sonrisa permanente, le habla despacio.

• Tama era único. Casi me muero al oír hablar al Kakita: “Yo Tama, ¿tú quién sel?”. Así me habló el robot que compré, el que tenía todo el mundo.

La voz de Paula brilla.

• Tamagochi era uno de los cientos de ingenieros de la “Korean Kompany Trader” fabricante del líder mundial de los robots domésticos “KKT”, que aquí llamábamos KaKiTas. Tama se asfixiaba, quería escapar, disfrutar de otro futuro.

Su nieta escuchaba extasiada.

• Fabricó un chip que introdujo en secreto en uno de los aparatos. Le hizo seguimiento y así, por casualidad, contactó conmigo. Yo era maestra de un perdido pueblo rodeado de páramo y secarral.

• ¿Vino?

• Sí, dejó todo y llegó. Enseguida ideó increíbles artilugios que convirtieron los campos circundantes en oasis. Creamos multitud de sembrados que triunfaron. Era un encanto, te habría gustado niña. Nos dejó pronto y me trasladé a la ciudad. Ahora nos estará observando riendo.

Paula le coge la mano y le dice con el mayor cariño.

• Querida, busca siempre tu propio camino y no te detengas jamás.

La pequeña cierra los ojos. Se duerme para volar en inmensos cielos azules.

03. Él (Javier Igarreta)

Tras separarse de la nave nodriza, cayó fuera de control, en la zona de materiales inertes de un vertedero. Allí mandaba con mano de hierro Leidi, chatarrera de altos vuelos. Desde el principio se encaprichó de aquel despojo caído del cielo. Lo llamó “Él”, por llamarlo algo. Pensó que,  pese a su aparente inutilidad, tal vez serviría para funciones elementales y rutinarias.  Se movía de forma asincopada , entre grotescos tics y desagradables chirridos. Poco a poco fue perdiendo casi  todos los automatismos residuales, y su funcionamiento se volvió impredecible.

Una mañana descubrió un inquietante matiz en su rostro, ya de por sí inescrutable. Ante tan preocupante evolución, Leidi valoró tratarlo como residuo peligroso, pero finalmente decidió ponerlo en manos de los chicos del reciclaje.

Pasado el tiempo, se encontró con una conocida, asidua de la escombrera. Llevaba a su hijo en un destartalado cochecito, a todas luces tuneado con piezas de desguace. Siguiendo un impulso instintivo se acercó al niño. Gracias a sus reflejos pudo esquivar el impacto de un muelle que saltó bruscamente del carrito, esgrimiendo una herrumbrosa pátina de rencor viejo. Asustada y con cierta sensación de culpabilidad, Leidi no pudo evitar pensar en “Él”.

02. ASINCRONÍA

De repente, el mundo que yo conocía, cambió. No recuerdo que me ocurriera nada raro, ni que mi entorno cercano hubiera cambiado, pero empecé a percibir ciertas miradas extrañas en las personas con las que me cruzaba por la calle, como si algo en mí les inquietara. Yo no entendía nada.

Cuando, tras dos días así, decidí averiguar los motivos de esos sutiles cambios en el comportamiento habitual de los demás y preguntarle a alguien qué les estaba ocurriendo, solo obtuve el silencio por respuesta y un leve gesto de conmiseración.

Entonces empecé a preguntarme si no sería yo quien, afectado por algún tipo de paranoia, estaba viendo cosas inexistentes, irreales, que podían perturbar mi mente. Entonces sí empecé a preocuparme.

Ayer, me mareé y me caí en una acera pero, esta mañana, al salir del hospital con la bolsa de objetos personales y un sobre con mis informes, sentí que todo había vuelto a la normalidad. Transité por mi mundo cotidiano, conocido y, al fin, me tranquilicé.

Abrí el sobre y leí mi diagnóstico: “ASINCRONÍA POR DESAJUSTE DE MCP”. Tiré al cubo de reciclaje una especie de microchip oxidado que lo acompañaba y volví a casa feliz.

 

01. LA VOZ DE NMBE SE APAGA

Existe una tribu en la frontera del desierto, cerca del pozo de Seriri, cuyas mujeres rigen el destino del grupo. Cada luna nueva, en la oscuridad, se reúnen en torno al árbol de Nmbe y apagan las teas. Sobre sus cabezas, dicen, hablan los espíritus de los antepasados, la madre vida y el cielo eterno; lo hacen a través del murmullo del viento entre las ramas, el bramido silente o el ulular de los pájaros nocturnos, de los aromas combinados con el fruto del Nmbe, de los trazos luminosos de las estrellas fijas y fugaces.
Cuando amanece, las mujeres se alejan unos metros del árbol, entrelazan sus brazos hasta el codo, y reunidas y por orden, transmiten el mensaje recibido. Siempre se encuentran cerca del consenso; porque la costumbre les ha enseñado a escuchar, a sentir, a mirar, a entenderse. Sus maridos obedecen, reconocen la voz infinita en cada palabra de sus mujeres y responden con prestancia.
Esta mañana están preocupadas porque el viento no ha acudido, no ha habido pájaros, el cielo ha permanecido cubierto, y durante la noche sólo han podido escuchar el llanto lastimero de un coyote.

 

(videorelato)

73. La espera

Vuelvo a casa. Las coloridas bolsas, que celosas compiten con el brillo de la ciudad, esperan atrás en mi coche. Nieva. La gente embutida en abrigos y bufandas marcan sus pasos sobre el blanco asfalto. 

Ya imagino mi calle, atesorando travesuras. La esquina, cómplice de mi primer beso. La cabaña del gran abeto y sus mil secretos. Mi casa. El calor de la gloria. Los vivos ojos de mi madre y sus manos inventando sabores. Mi padre con la cachava en una mano y un chato de tinto en la otra esperando inquieto a que todo el mundo se siente a la mesa. La calidez de su abrazo.

Y las manos de mi madre agarrando su pecho y una mancha de vino tinto en el suelo y una mesa vacía donde el muérdago se lacia y un timbre que no sonará a la puerta y mi coche desfigurado y una llamada de teléfono.

72. Naturaleza salvaje

Hortensia retira una a una las hojas secas, poda las ramas tronchadas, recorta tallos feos. Coloca los maceteros con estudiada armonía. Con estos calores está baldada. Posa las manos sobre las lumbares. Se reclina hacia atrás y siente un dolor agudo. Pero eso qué importa. Ya sabe ella el trabajo que cuesta mantener el jardín más envidiado del pueblo. Cada maceta, rama, flor y hoja ocupa un lugar exacto en ese vergel, sometido al riguroso orden de Hortensia. De la parra vuelve a descolgarse la rama rebelde que tantos disgustos le da. Cae otra desde el lado izquierdo, otra desde el derecho. Hortensia las recoloca. Esta vez las ata con hilo de sedal y doble nudo. Les grita que ya no podrán escapar. 

Agotada, se recuesta en la tumbona, bajo la sombra de la parra. Pronto un cosquilleo le acaricia los tobillos, sube por los muslos, rodea el estómago y trepa hasta enredarse en su cuello. Siente cómo un fuerte tirón la levanta del sitio. 

Aún se preguntan en el pueblo con quién se habrá largado la Hortensia y por qué ahora su parra da unas uvas tan carnosas que dejan un extraño regusto amargo a pétalo de flor. 

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