Esta Noche Te Cuento. Concurso de relatos cortos

CORAJE

Un relato con menos de 200 palabras inspirado en EL CORAJE

ENoTiCias

Bienvenid@s a ENTC 2026 Continuamos nuestro 16º concurso en el que iremos proponiendo hasta 8 propuestas temáticas en torno a la EXISTENCIA En esta ocasión serán relatos que desarrollen el concepto CORAJE en todas sus acepciones. Y recuerda que el criterio no debe ser poner menos palabras sino no poner palabras de más. Bienvenid@
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Esta convocatoria finalizará el próximo
15 de MAYO

Relatos

93. Madre coraje (Patricia Collazo)

Apoya la mochila sobre el mueble del recibidor. Un gesto leve, casi una concesión, mientras la observo desde la puerta de la cocina. Me lanza una mirada rápida, precisa. A su padre, hundido en el sillón ante la tele, no lo mira. Tampoco él a ella. Ya se lo han dicho todo.

Quisiera tener el coraje de detenerla. Aunque sea absurdo.

Apoya una mano sobre su vientre durante unos segundos que se estiran más de la cuenta. Ya no me mira. Ya ha cruzado la puerta antes de hacerlo. Mis dedos tiemblan dentro del bolsillo del mandil, conteniéndose para no acariciar esa mano de uñas cortas y tenues. Acariciarla y acariciar el futuro a su vez.

Cuelga sus llaves en el cajetín, junto a las nuestras. Acaricia el pomo.

Yo —una yo irreconocible— olvido por un instante quién soy, todo lo que llevo años escuchando.

—Espera, cariño. Voy contigo.

—No —dice ella y sale sin girarse.

Él apaga la televisión.

Derrocados

Desaparecieron con el coraje de no dejar siquiera una nota de despedida. De repente, nadie se arrodilló a pulir los suelos de mármol, nadie nos sirvió caviar bañado en champán, nadie cambió los pañales a los niños ni a los abuelos. Nadie planchó las sábanas de seda ni recogió la hojarasca de los jardines. Nadie limpió de insectos la piscina, ni el polvo acumulado sobre las maderas nobles y las cómodas estilo rococó. Y lo peor, no había servidumbre a quien dar órdenes o insultar por llevar la cofia torcida.

En pocos días hemos perdido arrogancia, nuestro caminar altivo tropieza con estúpidos pasos vacilantes. Alguien tendrá que limpiar los baños. 

91. Sangría (Jesús Navarro Lahera)

Mientras mi padre, tras echar en una jarra lo poco que había dejado de vodka en la botella, removía la mezcla con el vino tinto, el azúcar y los trozos de naranja y melocotón, yo lo miraba de reojo sin parar de morderme los labios. En esas entró en la cocina mi hermano pequeño, vestido con su traje de marinero y de la mano de mi madre.

Ella preguntó si le faltaba mucho, e insistió en que el resto de miembros de la familia ya estaban sentados a la mesa. Él balbuceó algo ininteligible, como hacía cuando, como era habitual, había bebido más de la cuenta. Mi hermano rompió a llorar, y entre sollozos le entendí decir que no quería que discutieran también el día de su primera comunión.

Y entonces todo ocurrió muy deprisa. Mi padre le dio un golpe en el hombro a mi madre con la cuchara. Ella agachó la cabeza, al igual que hacía cada vez que él la pegaba. Mi hermano comenzó a patalear sin moverse del sitio, y no se detuvo hasta que recibió un guantazo de mi padre. Y yo, al ver cómo bebía a morro de la jarra, agarré el cuchillo jamonero.

90. AHORA DECIDO YO

Tras meses de miradas por encima del hombro, de noches en vela e interminables reuniones, logra su objetivo. Hoy firma el contrato como subdirectora de la empresa, con las mismas condiciones que las pactadas por su antecesor. Ni un céntimo más ni menos. Se refleja en el espejo de la habitación y la sonrisa se le desvanece. Reconoce que mantener ese cargo va a ser una lucha diaria.

Le vibra el móvil. Han aceptado su generosa oferta. Ahora es la propietaria de la casa con finca del pueblo. Lo que siempre ha soñado. Despertarse por la mañana con olor a tierra mojada y a hierba húmeda. Cuidar de las vacas, ovejas y gallinas. Cultivar tomates, patatas y judías. Ver crecer el limonero, el manzano y el nogal.

Sus ojos se afinaron. No huye, es una victoria. Está segura de que los animales, hortalizas y árboles sabrán agradecerle su esfuerzo y no la juzgarán por su sexo.

89. Estimada señorita Otilia:

Quiero que me enamore con sesenta y dos caricias, ni una más ni una menos, como mis años. Quiero que alborote mi corazón desmigado, que temple mi sexo y le dé disfrute.

Si no lo logra, no pasa nada; tendremos el coraje de darnos un abrazo y tan amigos. Recuerde que el amor es como tranca de chiquero: unas veces arriba y otras abajo.

Suyo, Remigio.

88. Eso que me falta

Tengo una blusa nueva y unas ganas locas de verle. Está tardando, pero seguro que llegará a tiempo. A veces hace este tipo de cosas: dice que sí, que le apetece esa peli que yo quería ver y luego no viene. Y yo me quedo allí, sin atreverme a entrar sola por si se enfada.

Él dice que no, pero se enfada. Calla mientras le explico que le dejé su entrada en la taquilla por si aparecía. Y no me mira, pero pregunta si yo veo eso normal: no esperarle. Dejarlo solo.

El amor tiene muchas caras. Y hoy tiene el ceño fruncido. Él camina hacia el coche. Va demasiado rápido. Yo corro. Llega al coche, cierra la puerta y gira la llave. Mi puerta no se abre y le hago señas a través de la ventanilla. Él pisa el acelerador sin mirarme.

Cuando llego a casa, ha preparado cena. Solo para él. Y yo me quedo pensando si eso es normal, si soy una exagerada.  Pero si es normal, por qué no se lo cuento a nadie, por qué me trago las lágrimas y espero tres días hasta que vuelve a dirigirme la palabra.

¿Por qué no le dejo?

87. Dieciséis escalones

Parpadea el cursor sobre un espacio infinito sin que encuentre las palabras que merece.  No soy capaz aún de escuchar su voz en mensajes antiguos, pero me reconforta verla  feliz en las fotos, con esa sonrisa luminosa que usaba para tranquilizarnos aunque tuviera el alma encogida de miedo.

Permanecerá menuda, dulce y vivaracha gravitando en mi memoria, como hizo en mi existencia durante casi sesenta años. A veces enturbiándome  los ojos de sal, otras como un cálido soplo de recuerdos: cada vez que  un corazón de chocolate me traslade a aquellas caminatas por el Retiro, cuando el amarillo y el violeta decidan jugar con un hombre aferrado a una cometa, o siempre que, Ebony and Ivory, acaricie sonriendo un teclado.

Con su elegancia a lo Hepburn dejó un rastro inolvidable y poderoso. Hasta el final. Antes de ponerse a salvo del lado más oscuro de la vida en el que ya no podía ser ella, de decidir, valiente, doblar el último recodo, el más difícil, quiso despedirse de todos.

Hoy, una rabia estéril me desborda al añorar lo ya imposible de vivir, y me lacera, insidioso, el maldito minuto que no tuve para subir a abrazarla por última vez.

 

 

(A Nuria, siempre luz)

86. MI HERMANO Y YO (Blanca Oteiza)

Aquel verano nuestros padres nos mandaron a campamentos. No comenzamos con buen pie, en el grupo había un gallo que quería dominar el corral y algunas gallinas lo adoraron. La tomaron con mi hermano desde el primer baño en el río. Sus michelines resultaban obscenos para los tirillas del gallinero. Durante las comidas llovían sobre nuestra mesa todo tipo de alimentos en forma de perdigones y por las noches, en más de una ocasión, encontró sus sábanas manchadas o mojadas. Lo miraba con tristeza. Quería decírselo a los monitores, que parecían no darse cuenta de nada, pero mi hermano mayor no me dejaba.

Una tarde por el bosque una piedra impactó en su frente. Tras ella aparecieron riéndose los secuaces del ave que se pavoneaba con descaro ante nosotros. No pude evitar la rabia al contemplar la sangre de la herida y salté sobre el agresor dos cabezas más alto que yo. Descargué toda mi fuerza sobre su rostro sorprendido. Desprevenido, logré tumbarlo y los polluelos dejaron abandonado a su líder saliendo corriendo entre la maleza.

Tras aquel incidente llamaron a nuestros padres que vinieron a recogernos. Después de aquel verano, nunca volvimos de campamentos.

85. Cuentas pendientes

Victoria camina y evita los tres euros del autobús. Al llegar, muestra el DNI; revisan las bolsas y, tras firmar, pasa a la sala de visitantes. Él sonríe al verla y la abraza como cuando era pequeño. Agradece el chándal, el tabaco y sus libros juveniles: Miguel Strogoff y Cuento de Navidad.

No estará para las fiestas, dice, a menos que se pague la fianza.
—No puedo, hijo.

Él le cuenta que deben de saber a qué banda pertenece, porque los presos no le molestan y los guardias le tratan bien. Hoy ha repetido lentejas. Eso sí, cuando salga, reventará al cabrón que le haya denunciado.

De regreso, compra yogures baratos, a punto de caducar. En casa, enciende el ordenador y transfiere los quince euros que ha ahorrado a una cuenta nueva que ha llamado “Matrícula FP”. Fontanero o electricista: los gremios siempre tienen trabajo y cobran bien.

Antes de acostarse, envía un WhatsApp:
—Mi niño, bien. Gracias, inspector.

La respuesta le hace sonreír:
—Hizo lo correcto. Cumpliré mi promesa.

84. El coraje de la ignominia

Ajustó el micrófono y se dispuso a desplegar su corazón. Para postularse a la presidencia, debía mostrar su talante democrático y expresar su voz a lomos del coraje, sin cortapisas, pues sus raíces bebían de los caballeros del medievo.

Gracias a todos por vuestra presencia.

Veo a muchas mujeres encumbradas en sus tacones de aguja, belleza que, seguro, ensalzará la decoración del auditorio.

Supongo que los negros, moros, al igual que los gais, lesbianas, invertidos y demás rarezas antropológicas, tendrán prohibida la entrada.

Por favor, si hay alguna persona con discapacidad física o intelectual, que se coloque detrás para no molestar.

Ahora sí. Vosotros, hombres, que sois el pilar de la familia y de la sociedad, escuchad.

Estoy a vuestra disposición para regenerar esta casta política que nos avergüenza. Juntos arrancaremos el eccema de putrefacción que se extiende por la piel de este, nuestro amado país.

El discurso prosiguió en un alarde de retórica. Cuando los focos se apagaron y sus pupilas pudieron contemplar al populacho, no había nadie.

Y, tras una exhaustiva reflexión, el orador llegó a la conclusión de que el auditorio, ignorante, no había comprendido su mensaje. Sin duda, la sociedad estaba abocada a la extinción.

83. Tres palabras

El mayor sale al balcón, debe encontrar las palabras. Fuera está lloviendo. Acaban de cenar macarrones. Solos, en silencio.

El pequeño viene detrás:

—¿Lees conmigo un cuento? Ayer, con mamá, leí uno de dinosaurios.

El mayor no le mira. Sigue buscando entre la lluvia, entre los coches. Mañana tiene examen de conducir, el teórico. Las señales rojas significan prohibición; las azules, obligación.

Encárgate esta noche del niño, le ha dicho su padre.

Debe fregar los platos. Y acordarse de poner la alarma.

El pequeño le repite la pregunta. Varios relámpagos iluminan la avenida. Las señales amarillas son de advertencia.

     Encárgate de él, por favor, que yo debo quedarme en el tanatorio. Y… díselo.

Díselo.

Sí, debe hacerlo. Debe encontrar esas malditas tres palabras. Pero su cabeza se empeña en esquivarlas; prefiere huir y pensar tan solo en coches y platos sucios. En la lluvia, en su examen de mañana…

En las putas señales de tráfico.

82. Manchas (Gabriel Martín – Fuera de concurso)

He llenado una vez más mi voz de cascabeles. Es la única manera. Da lo mismo decir «qué preciosa que es mi niña» que «no puedo más» o «ya no lo soporto»; lo importante es el tintineo, hacer de cada palabra un repique de campanas. Como hacía ella cuando yo era chica. La llamo por su diminutivo, tarareo las mismas canciones que ella me cantaba y la vuelvo a llamar. Hoy ha funcionado: una pequeña luciérnaga cruza su mirada y un esbozo de sonrisa se adivina en sus labios.

Un instante.

Un segundo.

Luego, se rompen los puentes y me quedo sola, sosteniendo la cuchara frente a su boca, que apenas recuerda cómo abrirse. Limpio con el babero la barbilla —batido de plátano y yogur— y sigo intentándolo. Soy una mancha difusa y chillona frente a sus ojos. Pero no callo, sigo llamándola porque el silencio es peor. El silencio se encalla y hace escaras. Cuando acabo, acaricio su escaso pelo, la beso en la frente y, un día más, rezo para que no sea mañana.

Después, rezo para que sea mañana.

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