Esta Noche Te Cuento. Concurso de relatos cortos

FOBIAS

Un relato con menos de 200 palabras inspirado en FOBIAS

ENoTiCias

Bienvenid@s a ENTC 2025 ya estamos en nuestro 15º AÑO de concurso, y hemos dejado que sean nuestros participantes los que nos ofrezcan los temas inspiradores. En esta ocasión serán LAS FOBIAS. Y recuerda que el criterio no debe ser poner menos palabras sino no poner palabras de más. Bienvenid@
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Esta convocatoria finalizará el próximo
30 DE SEPTIEMBRE

Relatos

67. Tommy

Quiero agradeceros por haber colocado la urna con mis cenizas en el estante más alto de la casa. Siempre me han gustado las alturas. Desde aquí os observo. Carmen, a menudo, eleva la vista y se emociona. Tú no miras nunca, como no fuiste capaz de mirar cuando me practicaron la eutanasia. Estuviste allí mientras me pasaban el suero con sedante, pero huiste antes de que comenzaran con la droga, dejando sola a Carmen que permaneció a mi lado hasta que la doctora retiró el estetoscopio y le dijo que mi corazón ya no latía.

Tú y yo siempre fuimos muy unidos. Yo te elegí como mi preferido y nunca ignoré cuánto me querías, y hoy, que puedo leer tu mente, sé que tienes deseos de vocear como solías: “Tommy-Tommy-Tommy”, pero no te atreves porque Carmen estallaría en llanto. Sé que muchas veces tienes la sensación de que voy a aparecer de cualquier lugar, como lo hacía y también que te arrepientes de no haberme estrechado más entre tus brazos, a pesar de que lo hacías muy seguido, provocando mis más sonoros ronroneos. Sólo me gustaría que supierais que mientras continúe tan vivo en vuestras vidas, no moriré del todo.

66. Tu recuerdo inapelable

Aquella fue nuestra última noche. La butaca pegada al borde de tu cama, y bajo las sábanas, las yemas de mis dedos rozando las tuyas. No quería avergonzarte hijo. Ya sé que disimulabas y hacías como  si te molestaran mis muestras de cariño, tal vez exageradas a veces. Pero  me quedaba muy poco tiempo junto a ti. A pesar de luchar con todas tus fuerzas, la dama de negro te había visitado varias veces, te hacía guiños, y aunque que tú querías escapar, ya estabas sentenciado. Tu respiración se pausaba, se detenía. Apenas sin aliento me llamaste para balbucear palabras que no comprendí. Me acerqué a tu oído para dejarte ir en paz con todo mi amor por compañía…Y te marchaste aquella mañana de febrero gris, aunque tibia y soleada. Fría, aunque cálida y dulce.

Y te dejamos en la orilla del mar convertido en centinela, en el guardián que custodia aquellas playas. Tierra a la tierra, polvo al polvo. Y allí estás hijo, allí vives porque aunque te fuiste te quedaste. Aunque te marchaste volviste. Aunque no pueda verte te tengo y te retengo como una melodía en mi memoria..

 

65. Súbita (Nuria Rodríguez)

El sol se ha escondido y en la penumbra de la habitación, le acuna. Su cabecita inerte, todavía huele a leche, la misma leche que pugna por salir de sus inflamados y doloridos pechos.

Tiene la mirada perdida y los ojos vidriosos rotos por el dolor.

Fuera de la estancia, los servicios de emergencia esperan junto a su marido.

Sabe que no soportará pasar una vez más por el mismo infierno y se aferra desesperada al cuerpecito, ya frío, de su bebé.

Esta vez será diferente y él se quedará para siempre junto a ella, piensa, mientras que con un hilo de voz apenas audible, comienza a cantarle una canción de cuna que suena demencial.

64. El heredero (Juana María Igarreta)

El tío Martín irrumpió en nuestras vidas después de muerto y de treinta años sin verlo. Un martes de noviembre la voz llorosa de la tía Soledad, octogenaria y delicada de salud, nos pedía ayuda a través del hilo telefónico. Su último hermano vivo había fallecido repentinamente. Las escasas noticias que durante décadas nos llegaron de él fueron dibujando el perfil de un ser enigmático, en el que las palabras raro y solitario resaltaban en trazo más grueso.

Enfrentarnos al vaciado del ingente y variopinto contenido de la casa de aquel familiar fue, a la par que un trabajo ímprobo, desvelar de golpe toda una vida. Sus interminables colecciones de libros y música hablaban por él. Sus fotos más antiguas nos permitieron poner cara a algunos de nuestros ancestros a los que nunca habíamos visto. Pero fue su extensa correspondencia, sacando a la luz relaciones varias e insospechadas, la que nos permitió conocerlo más en profundidad.

No dimos con la copia del testamento del que la tía aseguraba le había hablado su hermano en más de una ocasión. Apareció sorpresivamente entre las manos de un apuesto cuarentón, réplica del tío Martín en sus mejores años.

 

62. PERMANECER

María, en el último mensaje a sus hermanas, les decía que creía, pensaba, deseaba y añoraba no morir del todo cuando su corazón dejara de latir.
En esa nota les explicaba sus más profundas creencias. No eran otras que la esperanza de que seamos un todo integrado por cuerpo y espíritu.
Y aunque su envoltorio se apagase, esperaba que ese espíritu, esos 21 gramos de alma, se escaparan y pasaran a formar parte del Universo.
Eso sí, les contaba que no sabía si emigraría al cielo; si se reencarnaría en otros seres vivos; si marcharía hacia las estrellas o permanecería aquí, mientras los que la habían conocido mantuvieran su imagen en la memoria.
Pero sus escasos conocimientos científicos le hacían dudar. Se empeñaban en que creyera que todo acabaría cuando abandonara este mundo, al convertirse en ceniza, que alimentaría al resto de seres vivientes.
De momento, les escribía, mientras continuase viva intentaría que no sufrieran por ella aquellos que la querían.
Deseaba acercar posturas con quienes había mantenido distancias y sobre todo, pretendía disfrutar de la vida, exprimiéndola hasta su última gota.
Ellas, sabias y amorosas, le contestaron:
«Sigue luchando. Lo inevitable vendrá solo. Procura ser feliz. Siempre estaremos contigo».

61. Otra X, para el manual de fracasos – María Rojas

Lupa, hachuela, cincel y martillo.

Afina el cirujano el pulso y los sentidos e, Iluminado de sapiencia, inicia el juego de acertijos.

En la intimidad el cerebro del paciente empieza, con cierta nostalgia, a aprender a morir.

El galeno medita con tristeza resignada, mientras suspirando agrega una X, pálida y ojerosa, a su manual de fracasos.

El vencido, con la boca abierta, ya deambula por caminos fantasmales.

El médico, con las orejas salpicadas de sangre le da la mano animándolo a cruzar la eternidad.

 

60. Columbario

El día que murió mi padre busqué a mi mujer como buscaba a las chicas cuando era adolescente. Un hambre atávica alimentó mi deseo aquella noche y llegamos a cumplir hasta tres veces. Lo raro es que ella no rehusara mis envites, que aceptara aquella guerra como el deber ineludible del soldado. Habíamos cerrado el tanatorio con la excusa del descanso de mamá, pero ni yo ni mis hermanos pensábamos en otra cosa que no fuera en nosotros. Había sido un día duro para todos porque nada presagiaba que papá nos dejara de repente. No era la primera vez que nos lo hacía y entonces, cuando desapareció sin dejar rastro una noche apacible de septiembre, juramos que para sus hijos había muerto. Para mamá no, ella siempre tuvo la esperanza del regreso, y así fue. Volvió una noche de tormenta con un traje azul marino, calado hasta los huesos y con el semblante triste de un beagle esmirriado. Después le fuimos perdonando, porque había aprendido a hacer las mejores tortillas que habíamos probado y porque un olor a ciudadela inundaba la casa cuando asaba pimientos colorados. No pudimos llorarle sin embargo, aunque, todavía hoy, extrañamos su mirada de viejo arrepentido.

59. Reencuentro en azul (Josep Maria Arnau) -Fuera de concurso-

—¿Por qué hemos venido, papá?

—Era el cuadro preferido de mamá, ¿lo recuerdas? Fíjate bien en el fondo. Es como la inmensidad del cielo.

—Si lo miro sin parpadear, me parece que estoy dentro y me asusto.

—Piensa en ella. Y no te olvides de lo que decía cuando veníamos al museo. El trazo rojo es un rayo de sol y ese punto negro eres tú.

—Mamá dijo que veía al abuelo.

—Sí, sí. Este azul es mágico, solo tienes que dejarte llevar.

—¿Por qué hemos venido, papá?

—Ahora nos toca a nosotros ver a mamá. Me lo pidió cuando estaba en el hospital…, antes de irse.

 

https://www.centrepompidou.fr/es/ressources/oeuvre/c9dfB4q

58. OS CUENTO (Isabel Cristina)

Ambientado en el coqueto cementerio de Sayalonga.

 

Estoy segura de que mi Juanito fue el difunto menos muerto del cementerio.

Me explico: 

Siendo un crío, Frasquito, el del tío Nene, le dio una pedrá a mi niño que le hizo eterna su mirada cuando le colocaron ese horrible ojo de cristal.

Desde aquel día, cuando mi Juanito  se lo cruzaba  le gritaba: “ME LAS PAGARÁS” y lo miraba fijamente con ese mirar raro e interminable. Así lo hacía en el cole, así lo hacía si se tropezaban por la calle y más adelante, cuando coincidían en la taberna…”ME LAS PAGARÁS”, “ME LAS PAGARÁS”…

Quiso la vida que tuviéramos que enterrar a mi Juan. Lo hicimos con su ojo inútil totalmente despierto. Incapaces fuimos de cerrárselo.

Frasco ya no duerme. Cierra los ojos y  un pensamiento involuntario le da un fogonazo de luz penetrante. Aquel agujero-vengativo lo contempla. Frasco percibe  la amenaza como un ritual maldito. Nota como sus órganos están paralizándose y su piel descomponiéndose sin remedio alguno. 

En el pueblo se murmura, que ahora, también cohabita con nosotros un muerto en vida.

57. La inmortalidad (Adrián Pérez)

Lo había intentado de todas las maneras: talleres de escritura creativa, concursos de cuento, novela o ensayo de mayor o menor prestigio (en este orden), envío de manuscritos a todas y cada una de las editoriales del país, acercamientos poco éticos a personas influyentes del entorno literario. Y nada, no había conseguido publicar ni una sola palabra. Así que cuando tuvo la brillante idea, primero sintió una punzada en el pecho, luego le pareció una aberración y, finalmente, la única salida para cumplir el sueño de toda una vida. Poco antes de ser ejecutado solo pidió una cosa: que le trajeran el periódico que había conservado desde el primer día que entró en la celda para leer, por última vez, la esquela dedicada a su padre.

56. Resignado (Aurora Rapún Mombiela)

Llegó tarde a todo, todas las veces. Lo contrataron en la imprenta de su padre cuando los tipos móviles daban los últimos coletazos y los dedos seccionados eran observados con extrañeza por el resto de la sociedad. Se presentó en la casa de los que él ya imaginaba como sus futuros suegros unos minutos después de que aquel otro le pusiera un diamante en el dedo a la mujer de sus sueños. Empezó a hacerse pis en la cama cuando las canas poblaron su barba, como si fuera hacia detrás en vez de hacia delante. Y el día en que al fin iba a llegar a tiempo a algo, el tren de alta velocidad que calculaba sus trayectos con precisión de relojería suiza se retrasó por primera vez en diez años. Aún esperó un rato más tumbado sobre las vías, pero acabó sintiéndose ridículo. Mientras volvía a casa, quiso borrar las despedidas que había dejado programadas en todas las redes sociales, pero ya habían sido publicadas. Pensó, con resignación, que también iba a llegar tarde a su propio entierro. 

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