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El veintisiete de octubre mis botas se impregnaban a cada paso de más y más barro mientras las espesas hojas me impedían ver más allá de mis narices. Llevaba dos horas perdido en aquel bosque desconocido. Desistí. Decidí rendirme. Me senté en una roca y por primera desde la muerte de mi padre, lloré. Lloré por sentirme huérfano, por Lola que tanto me había sabido querer y a la que había dejado escapar, por mi amigo Mario y la distancia que ahora había entre nosotros y por el peso de los 46 años que se me antojaba imposible de transportar en el camino de mi vida.
Y de pronto, la voz de un diminuto duendecillo pálido y compasivo me dijo “Vamos arriba, arriba una vez más”.
Qué extraño, pensé, si yo jamás he creído en duendes…
Mi origen fue una gran masa de agua. Cuando nací ya tenía millones de hermanas.
‘Hermana Mayor’ nos contaba misteriosas historias sobre nuestro destino.
– “Pronto viajaremos”. – Aseguraba nuestra ‘Hermana Mayor’
– “¿Dónde iremos?”. – Preguntábamos ansiosas.
– “Nunca lo sabemos”. Sonreía mientras nos estrujaba. “No tengáis miedo. Casi siempre somos bien recibidas. “ .
– “Ha llegado la hora “. – Gritó ‘Hermana Mayor’.
Nuestro recorrido duró unos días. Fuimos rápido, nuestro primo ‘Viento’ nos ayudaba. Contemplamos mares grises, playas devoradas, extrañas formaciones en el cielo recortadas…
– “Es aquí.” – Tronó su voz. “Preparad la formación.”
La formación ordenada de mayor a menor empezó a saltar. Nosotras, las ‘peques’, nerviosas y charlatanas nos afanábamos por ver el sitio mientras esperábamos nuestro turno. Todavía era de noche y no se vislumbraba casi nada.
Con un apretón cariñoso me despidió ‘Hermana Mayor’.
– “Disfruta. Es el bosque”, me dijo empujándome con determinación.
Empecé a caer lentamente mientras el sol empezó a asomar detrás de las montañas.
– “¡ Ooooh! – Mi boca chilló.
El paisaje era turbador. Mis hermanas habían dejado todo resplandeciente. Árboles naranjas, botones multicolores, verde terciopelo, cadenas plateadas… Miles de arcoíris aparecían con nuestro roce.
¡¡¡ Splash !!!
Lo vieron por última vez entrando en un bosque, con el verde absorbiendo las huellas de sus pasos y el tiempo escondido en las ramas más altas.
Dicen que el murmullo de sus palabras se confundió con el rumor de la brisa entre las hojas y que ahora es una canción vegetal para quien sepa escucharla.
Cuentan que su piel es un terciopelo silvestre que acaricia el alma de quien se adentra a oler el aroma de la tierra mojada que descansa bajo el musgo. Que inventó un nombre para cada árbol y lo susurra, incansable, a cada rayo de luna que logra atravesar la espesura. Que coloca en su lugar a cada gota de lluvia, a cada brillo de sol, a cada soplo de viento.
Cuentan que convirtió sus prisas en un salto de agua, sus complicaciones en piedras junto al camino y sus problemas humanos quedaron escondidos en troncos centenarios.
Aseguran que se transformó en el bosque que lo acogió, en el verde que calmó sus ansias, en la paz que cubrió su necesidad.
¡Gracias!
Por ofrecerme cada día un espectacular lienzo…
Un lienzo que varía cada día, no se decirte cuál de ellos me gusta mas…
Si en el que predominan los tonos verdosos con multitud de vida y color…
Si en el se produce una lluvia cubriendo todo a su paso de colores naranjas, marrones…
O en el que parece que el lienzo está vació y desnudo pero en realidad alberga mucha vida.
¡Gracias!
Por ofrecerme paz y tranquilidad siempre que necesito desconectarme del trepidante tren de vida en que nos hemos subido.
¡Gracias!
Por lar ricas castañas, las setas, los hongos….
En fin… gracias amigo bosque por darnos tanto, cuando nosotros te damos tan poco… y muchas veces pasamos por delante de ti y no nos detenemos a mirar el exclusivo lienzo que nos has preparado.
Cuando el sol se besa con el horizonte el bosque se torna misterioso, la humedad recela de los helechos y las oquedades de los árboles parecen terribles ojos, el lobo aúlla y la lechuza ve lo invisible. La noche se nos había echado encima, haciendo imposible encontrar el camino de regreso. Te miré asustada, pero ni te vi ni me viste.
Hacía frío allí y nuestros cuerpos temblaban bajo las ligeras ropas de verano como pequeñas hojas otoñales empujadas por el viento, pero ése no era el único motivo. Uno buscaba a tientas la mano del otro para infundirnos seguridad y un poco de calor, mientras lamentábamos no haber aprendido a trepar como enredaderas.
Un ruido sonó a nuestras espaldas y nos separamos. Corrí, tropecé, me arañé, me levanté, lloré y rodé… Debí de perder la consciencia.
Amanecimos en el fondo de un barranco a escasos metros el uno del otro. Me encontraron de madrugada aferrada a un tronco y cubierta de musgo, tierra y hierbas, pero al fin y al cabo… ilesa. Lo poco que quedaba de ti, apretaba con fuerza en su mano un pequeño amuleto que yo solía llevar conmigo y del que siempre te burlabas.
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