Esta Noche Te Cuento. Concurso de relatos cortos

QUIJOTERÍAS

Un relato con menos de 200 palabras inspirado en QUIJOTERÍAS

ENoTiCias

Bienvenid@s a ENTC 2025 Comenzamos nuestro 15º AÑO de concurso. Este año hemos dejado que sean nuestros participantes los que nos ofrezcan los temas inspiradores, y el tercero serán QUIJOTERÍAS Y recuerda que el criterio no debe ser poner menos palabras sino no poner palabras de más. Bienvenid@
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Esta convocatoria finalizará el próximo
15 DE MAYO

Relatos

75. LA HABITACIÓN ROSA (Ana María Abad)

La escalera terminaba abruptamente frente a una puerta de color rosa. El hombre del traje gris, en precario equilibrio sobre los dos últimos peldaños, pegó a ella la oreja y contuvo el aliento. Del otro lado no llegaba ningún sonido, ningún movimiento.

Empuñó el picaporte y lo hizo girar despacio, estremeciéndose con el chirrido que arañaba el pesado silencio. Cuando la rendija fue lo bastante grande, introdujo por ella la cabeza para echar un vistazo. El acre olor le asaltó antes de que sus ojos se posaran sobre el montón de cadáveres que abarrotaban la alfombra, una alfombra del mismo tono rosado que la puerta, las cortinas, la colcha de la cama, la pintura de las paredes.

Soltó el picaporte, pero la puerta osciló con fuerza hacia él, haciéndole trastabillar y rodar escaleras abajo. Cuando al fin se detuvo, vio horrorizado que estaba tendido en lo alto de la pila de cuerpos, con los miembros paralizados y la garganta obstruida. Así pues, no pudo avisar al hombre del traje gris que, en ese mismo instante, asomaba la cabeza por la puerta rosa.

74. ESCALERA AL CIELO

Regresar. Como si quedara un lugar para eso… Cargó a su padre en el viejo Skoda con dos colchones y unas bolsas de ropa y pensó en bajar hasta Sufa con la ilusión de que su tío hubiera tenido más fortuna. No existían carreteras, ni calles siquiera, solo esqueletos y despojos de edificios sobre los que vagaba gente buscando una mínima esperanza entre los cascotes. Y ese olor hiriente a fulminación.

Le costó situarse en ese escenario unificado por la demolición, pero sus recuerdos del edificio eran nítidos. Abajo el taller de bicicletas y, subiendo aquella escalera, la casa de Jamil «el cerrajero». La escalera era una demostración magnífica de su oficio: barandas torneadas de forja, escalones de baldosas y un pasamanos de acacia suave por lo gastado. Era única, y reconocible en cualquier lugar. Y no le costó distinguirla, cubierta de esquirlas, sobresalía del suelo, elevándose hacia… donde no quedaba… nada. El último de sus peldaños era un trampolín a un inmenso mar de escombros. Pero se mantenía en pie, intacta, desafiante, como aquel monolito cinematográfico de Kubrick, pero esta vez clavada en los vestigios de una necia civilización, como símbolo de un nuevo tiempo, de un nuevo holocausto.

73. Make Heaven Great Again

Urdió el malévolo pero necesario plan, Jacob tenía la facultad de ver aquella escalera por la que transitaban querubines y benjamines, por eso, cuando vio subir a ese diantre de cara anaranjada y rubio tupé, supo que algo no iba bien. Con su compinche, su ángel de la guarda, dulce compañía, decidieron embadurnar con aceite los escalones de la escalera y provocar un accidente que evitara que aquel diablillo cumpliera sus amenazas; últimamente se paseaba brabucón por la escalera, p’arriba y p’abajo, vociferando que Dios le había elegido para recuperar el esplendor del Cielo y deportar a todas las almas ilegales, reclamaba en tono chulesco el control del gasto, la reducción drástica del funcionariado celestial, y unos altos aranceles para todos los postres y dulces terrenales. Jacob deseaba que la aparición de aquel maldito demonio fuese otro de sus sueños, una pesadilla transitoria.

72. Foto de familia

La primera foto en la que salgo en las escaleras de nuestra casa de la playa estoy en brazos de mi madre. Mis padres están en la parte superior, y mis dos hermanos mayores, que no tendrían más de cuatro años, un peldaño más abajo. Durante mucho tiempo solo aparecíamos en las fotos mis padres y los cinco hermanos, porque después de mí llegaron dos hijos más. Son fotos ajadas, en blanco y negro, una cada verano, idea de papá. Poco a poco la familia fue creciendo, llegaron las parejas, las bodas, y los hijos, y el espacio de la escalera se fue ocupando hasta los escalones inferiores. Las fotos cogieron color, cosas de la nueva tecnología. Pero hace tres veranos faltó mi padre, por primera vez en una infinidad de años él no estaba, y las fotos volvieron con tristeza al blanco y negro. Ahora siento vértigo, porque ya ocupo la parte superior de la escalera y este verano tampoco estará mi madre para sostenerme en sus brazos como en aquella primera imagen.

71. Siempre quedará un salvaescaleras

Hay certezas ineludibles.

Acudí al teatro el fin de semana pasado a la obra que presentaba un afamado humorista nacional que no está pasando por sus mejores momentos de salud, aunque él con su innegable talento lo revista todo de humor, pero ¿era necesario empezar la función así?: «Me estoy muriendo………….y ustedes también».

Obviamente no llegaré a todo, pero no veo la necesidad de recordar a todas horas que la vida es finita, no me gustan los límites y hay temas que deben seguir en una nebulosa, al menos para mí, no entiendo esta moda de reivindicar hablar de la muerte como un valor en alza compartiendo detalles y miserias.

Hace algún tiempo vengo observando que bajo los escalones de uno en uno y he oído varias veces: «Mamá, bajas las escaleras como la abuela». Voy asumiendo otra certeza, ha llegado el momento de que las rodillas me empiecen a doler, (ojo que nadie me advertía a diario de este desenlace del paso de los años y yo he vivido feliz sin tanto recordatorio).

Son sólo cinco escalones para subir a casa, internet me ha enseñado ejercicios para mejorar, las escaleras no serán un obstáculo mientras haya ¡VIDA!

70. La escalera de Jacob

Era su país. Trabajó, vivió.

Arriba, el cuadro de la escalera de William Blake; escuchaba la música fantasmal que salía de él. Un pie y el otro. Recogió a sus hijos en el cuarto peldaño, Amin y Aisha, también eran palestinos.

Miró una vez al Ángel de la historia, el último de los cuadros, negando con la cabeza. Siguió el descenso y cuando pisaba el último de los escalones, mientras Aisha leía en la madera la palabra exilio, desaparecieron entre el polvo y la ceniza. El ángel de Klee, de Benjamin, dijo -todo se repite.

69. Prometeo de extrarradio

Nicolás sube las escaleras sintiendo la roca que Hefesto encadena cada tarde a su pie. Interpreta en el teatro una obra sobre los hombres y el fuego que Zeus les arrebató, y en ella es el sufrido Prometeo, causante de aquel desaguisado y también el encargado de arreglarlo recuperándoles tan preciado bien. Cuando acaba la función, vestidos ahora de mortales, “Zeus” y él negocian a escondidas, y después se va. Ha caminado un buen trecho por barrios solitarios de calles sin nombre hasta llegar a casa, donde todavía le esperan cinco pisos que sube con fuerza menguante y creciente aflicción. Marta lo recibe mostrando una serenidad que el ansia de sus ojos desmiente. Nicolás quisiera abrazarla largamente, pero se limita a besarla y entregarle una bolsita. Ella la recibe con mirada esquiva y se retira a su cuarto, salida de escena que él observa inexpresivo mientras se sienta en el sofá apartando a un lado una guitarra y una mantita. En la mesa baja de centro, saturando el aire de la salita, arde una vela junto a un lápiz y un cuaderno de música emborronado, entre libretos teatrales, vasos usados, un cenicero lleno y varias botellas vacías, ninguna de atrezo.

68. Opciones no contempladas

Trepar por la escalera de incendios exterior del edificio hasta el alféizar de la ventana tan rápido como si pudiese invertir el espacio-tiempo un par de segundos. Pararme a reflexionar aunque solo sea otro par de segundos. Secarme las lágrimas. No girar la cabeza hacia el interior para evitar ver una casa donde tú ya no estás. Dejar de suspirar. Bajar del alféizar y cerrar la ventana.

O haber aprendido a volar.

67. A medio camino de ti.

Siento como si una escalera infinita nos separara. Tú, arriba, en la cima, mientras que yo, desde abajo, vivo en una lucha constante por alcanzarte.

Miro con nostalgia el lugar que hace poco ocupábamos juntas. Te recuerdo de mi mano, subiendo cada peldaño, siempre delante, protegiéndote con mi escudo para que nada ni nadie te hiciera daño.

Pero creciste, y con cada paso, la distancia entre nosotras se hizo mayor. Portazo a portazo cerraste las puertas que yo dejaba abiertas, y aprendí, con dolor, a observarte desde la distancia, esperando los momentos en los que crees necesitarme. Entonces corro a los peldaños intermedios, donde solo las treguas son posibles.

Con solo mirarte a los ojos, veo la llamada de socorro que tu boca, ahora en un rictus de enfado constante, se niega a gritar. Te abrazo por la espalda, sin invadir, sin exigir. Siento tu cuerpo frágil, efímero, como el de un pajarito a punto de alzar el vuelo.

Solo deseo que vueles sin miedo y descubras que la felicidad es posible. Y, cuando mires atrás, quiero que recuerdes algo: yo siempre estaré aquí, con las manos abiertas, lista para sostenerte si alguna vez necesitas volver.

66. MI MARIDO, EDWARD ROCHESTER

Hace años que cesaron los gritos de arriba. Nos casamos una vez expiraron éstos y su ausencia dio paso a una algarabía, fruto del juego y las risas de nuestros dos hijos. Pero hace tiempo que ambos abandonaron el nido, y ahora esta guarida sin crías inquieta por su silencio. En este marco, el crujir de nuestras pisadas son el culmen del bullicio, el golpe de nuestras cucharas en el plato, la cúspide del mayor de los escándalos. La voz de mi marido solo resuena cuando hay invitados en casa. Dormimos en cuartos separados, ya no soporta el roce de mi piel. Debo actuar rápido. Mañana, en cuanto amanezca, cogeré el mazo y destruiré uno a uno los peldaños de esa escalera. Los mismos dieciséis peldaños en espiral que separaban a mi marido de su antigua esposa. “Éramos como fantasmas”, me dijo, “ya ni siquiera conversábamos durante la comida.”

65. Su-vida

El niño empezó orgulloso a salvar los peldaños bajo la atenta mirada de su padre, que lo sujetaba de los bracitos. Después del primer rellano, se atrevió a seguir solo sin su ayuda. La escalera se hizo entonces más empinada; su cuerpo, más grande. Caminaba sin la alegría de antes, aminorando su marcha, preocupado por las grietas que salían de los nuevos escalones. En este tramo aparecieron los primeros amores y los últimos desamores. En el siguiente, aumentó el peralte, sintió el peso de los años y tuvo el deseo de darse la vuelta, de volver a ser aquel niño, pero el destino siempre lo empujaba hacia arriba. Ya ha pasado la época del miedo a lo desconocido. La de las nostalgias, aún no. Se pierde en los recuerdos que dejó en los pasamanos de abajo. Apenas puede moverse y es ahora su hijo quien le agarra la mano y lo anima a dar otro pasito. A duras penas continúa sin descanso mientras se va desgastando por dentro. Sin embargo, hoy se siente ligero, como flotando. Dibuja una sonrisa henchido de felicidad, tira del brazo de su lazarillo, lo mira y le dice: «Gracias por enseñarme a subir escaleras, papá».

64. La culpa

Desde que su mujer desapareció, él se movía por el pueblo acarreando una escalera. Siempre la misma rutina. Salía de casa, temprano, la mirada baja, silencioso. Al llegar al bar, dejaba la escalera junto a la puerta y pedía chatos y chatos de vino; cada día, uno más. Ya de noche, cuando era la hora de cerrar, volvía a casa tambaleándose. Sólo se paraba bajo el árbol de la plaza, con la escalera apoyada en el tronco y su inmenso pañuelo en mano, a mirar hacia arriba y a descansar.
Algunos vecinos aseguraban, entre carcajadas, que siendo un tipo violento era para estampársela en la cabeza de quien le había robado a su Antonia; otros juraban que le habían visto subir a fisgar a través de las ventanas de las casas del pueblo por si ella estaba amancebada en alguna; también que la llevaba con la intención de encaramarse a cualquier tejado de la calle Mayor y acechar por si ella pasaba… Todos los chismorreos parecían posibles hasta hoy al amanecer, cuando el alguacil ha descubierto la escalera junto al tronco del árbol y su cuerpo balanceándose entre las ramas.

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