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Tu embarazo duró casi veinte años. Al principio tuvimos varios abortos. Recuerdo la nube gris que duraba meses hasta que me quedaba otra vez en estado para precipitarme de nuevo cada vez que sentía la punzada y comenzaba a manchar. Probamos con los métodos artificiales. Clínicas, hormonas y pinchazos. Ciclos, muestras y ecografías. “Losentimosnosedetectalatido”, “aestaedadyasesabe”, más pruebas, porcentajes…y al final de cada consulta la palabra fracaso escrita con letras mayúsculas como sombras alargadas. Nos planteamos la adopción, pero era demasiado tiempo de espera. Lo del vientre de alquiler lo descartamos por conciencia. Desesperados recurrimos a todo, chamanes, hechizos, algunas pócimas y conjuros. Ahí llegó el divorcio. “Obsesionada. Enferma”. Sola y frustrada, cuando estaba a punto de tirar la toalla, apareciste. Esa luz cambió todo mi universo. Desde entonces no me he separado de ti. Cuando me preguntan con quién hablo y les explico tu historia con los seres galácticos, la abducción, la gestación interestelar y les cuento la razón de tu nombre me miran raro. No entienden tu poder de invisibilidad. En el fondo sienten envidia al ser la única a la que dejan tener un familiar viviendo en el psiquiátrico.
Esa mañana, tras la noche interminable en la que el mar quiso tragarse la tierra, una muchedumbre curiosa atestaba la playa donde miles y miles de estrellas agonizaban asfixiadas por el aire y el sol, arrancadas del lecho marino, golpeadas por rocas y olas, expuestas sin remedio en una trágica alfombra, como un cielo macabro desplomado o el cuadro de un dios caprichoso empeñado en volver el mundo del revés.
Enanas, gigantes, marrones y rojas: incluso destinadas a pudrirse entre nubes de moscas, eran hermosas. O eso pensó Manuel, que entonces era un niño de alma maleable e imaginación efervescente. Al morir la abuela Leonor, todos insistieron en que había ido al cielo; pero afirmaron exactamente lo mismo de su padre cuando el pesquero en el que faenaba fue engullido por la galerna. Aquello desdibujó para siempre el horizonte en su cerebro tierno y comenzó a confundir buzos con astronautas, el azul índigo del cielo con el cobalto del océano y el frío gélido del abismo con el glacial del universo.
Por eso, setenta años después, cuando su Mariola se cansó de respirar, encontraron la cachava de Manuel clavada en la orilla y unas huellas dirigiéndose hacia lo más profundo.
La suave luz de la luna llena le iluminó al dejar atrás la muralla medieval de su perdido pueblo. Partía en busca de las estrellas. Había encontrado la herrumbrosa bicicleta en la tapia del cementerio abandonada por algún veraneante. Con la ayuda de un amigo le hizo un apaño.
Estella, Lleida, cruzó el Pirineo por la Vall d´Aran, Carcassonne, Verona. Pedaleaba tranquilo. Zagreb, Ploiesti, Rostov, Astaná, el amor le retuvo en Jaipur tres meses, Benarés, Hanoi, Tianjin, Nikoláyevsk. Cogió el ferry en Lavrentiya para atravesar el estrecho de Bering desembarcando en Nome, Alaska. Anchorage, Vancouver, Seatle, Portland, San Francisco.
A las 20h. de dos años y medio después de salir, apoyó el desastrado velocípedo en la valla del Dolby Theatre de Los Angeles. Allí pasaría la noche. Al atardecer del día siguiente, absolutamente maravillado, pudo ver de cerca las fabulosas rutilantes estrellas del universo cinematográfico cruzando la alfombra roja. Llamó a cada una por su nombre.
Al finalizar la gala, los ojos arrasados, iluminado por la suave luz de la luna llena, montó en la bicicleta para regresar a su perdido pueblo con el autógrafo del gran Robert Redford en el bolsillo de la camisa.
Agachado para recoger especímenes, Ramiro no la vio caer. Una rama fue a estrellarse contra su cabeza con funestas consecuencias.
La medicación le hizo revivir de forma parcial semanas después de ese día ventoso. Había salido al parque de nuevo para estudiar el comportamiento de las hormigas, su especialidad como entomólogo.
Tras una existencia con los ojos en la tierra, era irónico que ya solo percibiese un trozo de cielo, visible desde la cama del hospital. Nunca había prestado demasiada atención al firmamento, al contrario que su hija, astrofísica, con quien no hablaba tras una discusión, tan absurda como cada día más irresoluble. De haber superado el orgullo, le hubiese contado que había descubierto una nueva especie, a la que en su honor denominó: Pheidole Laura.
Una mano sobre la suya disipó años luz de distancia y desencuentros. La joven le dijo que había bautizado con su nombre, una letra y un número, a una estrella que acababa de detectar. La contaminación lumínica impedía a Ramiro distinguir el punto brillante a través de la ventana, no más grande que un insecto a sus ojos, inmenso como un astro. Antes de partir hacia él, sonrió.
A Juan le ha contratado la compañía aeronáutica Rekkof por un acuerdo de cooperación entre universidades. Una de esas oportunidades que son un privilegio para un ingeniero recién titulado.
Está en el aeropuerto esperando a que anuncien el embarque a Róterdam. Su madre le oprime el brazo como si hiciera un último esfuerzo por retenerlo. Él sonríe, pero siente un vacío plomizo en medio del estómago. La mujer le señala la pantalla donde ya aparecen novedades.
—¿Sabrás llegar a tu residencia?
—Sí. Está cerca del aeropuerto. Tendré un coche reservado allí —es difícil abrazarla con el brazo rígido pero lo consigue—. Dile al viejo que te acerque al ambulatorio para que te quiten esa escayola.
—No hace falta. Iré a pie.
—Y vete con la tía si vuelve a ponerse insoportable. No se lo permitas.
Juan lo dice porque sabe perfectamente que la huida también es un avance. La clave es la dirección. Pueden ser las estrellas. Pero también hay un escape buscando refugiarse en el fondo. Y de allí es imposible regresar a la superficie. No se puede salir jamás.
—Te quiero, hijo. Te querré siempre.
Y ese “siempre” le sonó a definitivo.
Dame una palabra con la que empezar a acordarme de ti, hombre moreno desconocido. No me mires con pena y me hables como si estuvieses solo: estoy aquí. Es fácil: necesito una palabra que me ate a tu piel. Acaricias mi cara como se acaricia a un gato, pero no es suficiente. Dame un olor con el que intuya que he dormido en tus brazos; coge mi mano y ponla en tu mejilla, dame un gesto con el que romper la piedra de mi cuerpo.
Él parlotea sin parar con la esperanza de que algo llegue hasta el borde de su sinrazón y despierte el brillo en su mirada. Están sentados en el jardín. Ella en su silla de ruedas, él en el banco de piedra. De repente el hombre calla. Escucha, por primera vez, el piar de los pájaros. Siente un extraño impulso y se arrodilla a los pies de la mujer. Apoya la cabeza en su regazo y acepta el silencio entre los dos. Pronto será hora de volver a entrar. Pero antes, una mano tibia se posa en su cara agreste.
Algunas experiencias de niño me han infundido pavor a lo paranormal. Mi mujer se halla al tanto y acostumbra a reírse de mis miedos, por ello he decidido no contarle nada sobre el ser luminoso que aparece cada noche a su lado de la cama mientras duerme. Me turban la ternura que este corazón exánime emplea en cada frase, la serenidad de sus gestos al hablar y su forma de mirarla, como si la conociera de algo. Hace poco he comenzado a usar las palabras y los modales del muerto cuando estamos juntos. Ella se muestra encantada con el cambio. Dice que ahora sí soy el hombre de sus sueños.
Es tan discreta en sus orgasmos, tan persuasiva al sellar mis labios con su índice al llegar los míos, tan silenciosa al abandonar la cama cuando caigo vencido por el sopor forzoso del placer, que a veces me parece, el nuestro, un romance subrepticio. En la ducha es el agua que alisa mi pelo, que enjuaga mi boca, que se desliza por mi piel y juguetea entre mis muslos y que, cuando cierro los ojos abandonado a sus caricias, desaparece fugaz por el desagüe. Si salimos de paseo ella suelta mi mano de improviso para saltar sobre un banco del parque o un bordillo, despliega los brazos como si fueran las alas de Pegaso, se equilibra y avanza hasta llegar al horizonte y perderse entre las nubes que escoltan el ocaso. Su sola presencia en la cocina carameliza las cebollas, liga la salsa más dispersa, derrite mantequillas, chocolates y mucílagos. Cada noche, entre las sábanas, rastreo su ausencia, busco con mis pies sus pies fantasmas, escucho su retahíla de silencios hasta que por fin el sueño me derrota. Al despertarnos un buenosdías que se pierde en el espejo y un beso vagabundo sobre el hilo yermo de la almohada.
Los mechones de pelo se acomodaban en la sangre todavía pegajosa del último escarmiento antes de la huida.
En la plaza, ensordecedora de venganza, las tijeras herrumbrosas hacían su faena. Los gritos de dolor y humillación escapaban de todas las gargantas menos de una. Colette podía estar sin estar.
Cuando la resistencia entró en el pueblo, no solo fue liberada sino respetada. Había sido la favorita del coronel para convivir con el enemigo. Fue la espía perfecta, esa mujer que solo parece servir para adorar al hombre.
Cuando por fin se reencontró con Gérard, se dieron el abrazo del cangrejo; todavía era pronto siendo tarde.
Con el tiempo las cosas se fueron puliendo. Si él preguntaba de más, ella mentía lo adecuado.
Tenía el alma trastocada todavía y así el teatro en la cama se le venía como obligatorio. Ese que también fue necesario con el nazi al principio. Sí, al principio.
Hace meses que el día y la noche alternan escasos minutos entre sí, y de forma impredecible. Al principio, se sucedían los accidentes y los trastornos en la alimentación: algunos desayunaban y cenaban varias veces al día.
Poco a poco, la situación se ha normalizado: las farolas de las calles y los vehículos disponen de sensores para detectar la falta de luz y la gula se ha dejado vencer por la falta de apetito de los enamorados, que ya son el noventa por ciento de la población tras verse sorprendidos por hermosos y continuos amaneceres y atardeceres. Mi esposa y yo seguimos; engordando.
Mi novio vive en la Luna. Lo descubrí una noche que observaba el cielo con un telescopio mágico que yo misma había construido. Entre cráter y cráter vi su figura mirando el infinito. Nuestras miradas se cruzaron y supimos, en ese mismo instante, que estábamos conectados, como si tuviéramos cada uno el extremo de un hilo invisible. Llevamos unos meses enviándonos notas de amor impresas en las estrellas. Él tiene que terminar una misión especial, esa que le llevó hasta allí arriba, es tan secreta que no puede contármela, pero en unos días me ha dicho que podrá bajar. Ya estoy preparando la casa para cuando llegue. Mientras tanto me conformo con observarlo cada noche, intercambiar mensajes y sonreír imaginando montarme en una estrella, llegar a su lado y abrazarnos como lunáticos.
En la oscuridad se ven dos ventanas iluminadas y tras los cristales sendos catalejos artesanales, hasta que suena la campana que anuncia el apagado de luces y el silencio impuesto en la clínica. Con la luz de la mañana, llegará la hora de una nueva dosis de pastillas y un día menos para el encuentro de los amantes.
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