Esta Noche Te Cuento. Concurso de relatos cortos

QUIJOTERÍAS

Un relato con menos de 200 palabras inspirado en QUIJOTERÍAS

ENoTiCias

Bienvenid@s a ENTC 2025 Comenzamos nuestro 15º AÑO de concurso. Este año hemos dejado que sean nuestros participantes los que nos ofrezcan los temas inspiradores, y el tercero serán QUIJOTERÍAS Y recuerda que el criterio no debe ser poner menos palabras sino no poner palabras de más. Bienvenid@
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Esta convocatoria finalizará el próximo
15 DE MAYO

Relatos

77. escribiendo…

Yo, que tanto me resistí cuando me regalaste este móvil para quedarte más tranquila y mira ahora; las vueltas que dan las vidas. Sobre todo la tuya, que ha girado ciento ochenta grados, como si sospechara que el camino más corto hasta su final es hacia atrás. Así que no me queda otra que consultar el pronóstico del tiempo (mañana habrá niebla densa, de esas desacostumbradas para la primavera) y abrir la calculadora. La fórmula es sencilla: multiplico la horquilla de probabilidades que nos dieron los médicos por el número de años que te regalarían. También resto la cifra del tratamiento a la compensación de mi seguro y el resultado siempre es positivo. Luego pulso en el icono del WhatsApp, te doy los buenos días, te pregunto qué tal estás y te lo cuento todo; que mañana cogeré la carretera de la costa, que ya tengo localizada la curva perfecta en la aplicación de mapas, porque, hija, tienes que agarrarte a ese clavo mientras arda. Mañana será un día importante, escribo, y después borro todo rastro. Si estás conectada, bromeas y me dices que tardo mucho en enviar los mensajes. Entonces me tomo mi tiempo para mandarte un «perdóname».

76. Mehran Karimi (Luisa Hurtado)

Si repaso las muescas que he hecho en la parte de atrás de la segunda puerta de los servicios que hay junto al fondo de la terminal, calculo que llevo unos dieciséis años esperándola. Aquel día solo alcancé a oír unos pasos rápidos, como de una carrera; un instante después nuestras cosas caían por los suelos y mis ojos en los suyos y en su boca. Aquel día ella no perdió su avión y yo hice mi primera muesca; la señora de la limpieza cree que empecé a hacerlas cuando perdí la documentación y me negaron la entrada en el Reino Unido, yo la he dejado que crea lo que quiera.

75. DIEZ

Los puñales del invierno que se aproxima me golpean feroces en las manos y los pies. La cadera me hace apretar los dientes y saltar las lágrimas. Me la he roto descendiendo la montaña.

Trato de utilizar mi móvil pero un estallido de dolor me hace perder el conocimiento. Cuando despierto el móvil no está en mi mano. Ha huido ladera abajo.

Grito y mi voz se desplaza saltando entre las montañas solitarias.

Grito y mi voz regresa junto a mí ronca y derrotada.

Ahora solo espero a que el frío me lleve. Que me congele los huesos. Los sanos y los rotos. Que me hiele la sangre. Que me suspire la vida en un último aliento. Las horas y la agonía se confunden, se dan la mano.

Oigo el batir de alas, seguramente ángeles y demonios combaten por mi alma en medio del aire gélido que ahora parece desplazarse furioso en todas direcciones. Arrecia violenta la ventisca, se confunde con los gritos de pelea, vocerío que viene y va. Tres veces siento que se embisten en la lucha, luego, uno de ellos se aproxima hasta donde me encuentro y me pregunta:

—¿De uno a diez cómo valorarías el dolor?

74. Juntos para siempre

Empecé viendo una pequeña mancha. Me acostumbré a estar con ella, al igual que contigo, pero tú desapareciste de un día para otro sin dar explicaciones y ella se quedó. Ahora, esa imprecisa tela de araña ha tomado forma, tu forma, y no puedo dejar de verte ni un segundo. La cosa se agrava cuando miro un folio en blanco, que te mueves por él como si quisieras reescribir mi historia. El oculista dice que no hay remedio para esto. Así es imposible pasar página. Si al menos supiera por qué te fuiste; si al menos lograra obviarte, habría evitado el terrible accidente que acabo de sufrir.

Hay una luz resplandeciente al final de un túnel. Con tales condiciones luminosas, te haces aún más presente. Aunque acabo de darme cuenta de que los médicos intentan reanimarme y tengo los ojos cerrados.

73. El día más feliz de mi vida (Ernesto Ortega)

Todos decían que el día de mi boda sería irrepetible, pero debí pasarme con el champán o escurrirme por un agujero negro o quizás solo hubo un desajuste en la ecuación espacio-tiempo, porque entré en bucle y a la mañana siguiente me desperté en la misma habitación que el día anterior. Condenada a repetir cada paso una y otra vez, me sabía de memoria todas las conversaciones, aguardaba con parsimonia el permiso del sacerdote para que mi novio -ya marido- me besase, me mostraba sorprendida cuando Cristina se alzaba con el ramo y simulaba interés ante los discursos de los padrinos, mientras esperaba resignada que llegase la noche de bodas. Una vez asumí lo aburrida que por repetición puede llegar a ser una vida, decidí improvisar sobre la marcha y lo mismo desconcertaba a los asistentes con un rotundo NO, en lugar del previsible SÍ, que me acababa follando a un camarero -uno diferente cada día, por supuesto- en los baños o me subía a la mesa nupcial y me iba despojando del vestido de novia ante la estrábica mirada de mi suegra. Y todo para lograr que el día de mi boda fuese, de verdad, irrepetible.

71. La magia de Pérez (Patricia Collazo)

La escogió de piernas kilométricas, rubia. No todas son tontas, se dijo. Hay que romper estereotipos.

A él le dejó crecer la barba los tres días exactos requeridos para convertir un hombre corriente en un modelo de publicidad de perfume.

Naranjas. Las eligió perfectas, brillantes. Costó encontrar una bolsa de papel al estilo supermercado americano, pero lo consiguió. La puso, rebosante de naranjas, entre los brazos de ella. Apretadas contra un delicado vestido floral. En los pies de él depositó prisa.

Ella caminando de sur a norte. Él, de este a oeste. El sol escondiéndose lento tras el edificio de la esquina opuesta a la que, en tres, dos, uno, los futuros enamorados chocarían, las naranjas rodarían y ellos rozarían sus dedos al recoger la misma, brillante, perfecta.

Magia, se dijo justo antes de echarlos a andar.

Pero una niña, diente en mano y triunfal sonrisa agujereada se asomó a la puerta en ese momento. Papá, ¡se me ha caído! ¡mira! ¡ya soy mayor!

Cerró el portátil aplastando bolsa de papel, naranjas rodantes y futuros enamorados que ya nunca coincidirían.

A contraluz observó extasiado la perlita blanca que la niña le ofrecía. El sol se escondía lento tras los edificios.

70. Deseo cumplido

Llevo mucho tiempo deseando que alguien muera… Nunca sospeché que pensaría esto. Y me siento fatal por ello. Pero es la única opción si quiero ver a mi nieta, en vez de seguir imaginando su dulce carita.

 

Por fin, una semana atrás, la fortuna llamó a mi puerta y el hospital a mi teléfono. Hace un momento he despertado de la sedación. La operación ha ido muy bien y ya puedo, dice el doctor, abrir los ojos. La luz, después de tantos años de opacidad, me inunda a raudales a pesar de tener las persianas de la habitación a media altura. Falta nitidez, es cierto; todo llegará. Aun así, me emociono al volver a vislumbrar a mi mujer y a mi hijo. A su lado, me tiende la mano la pequeña Azucena e intuyo que me dedica una gran sonrisa. Soy el abuelo más feliz del mundo.

69. Juego de tronos

Mientras nadie la observa nos saca de la caja de los juguetes rotos, nos desempolva y nos coloca sobre la cama, como cuando éramos niñas. Y se convierte de nuevo en la diosa de nuestras vidas de plástico. Ella decide las palabras que brotan de nuestros labios inertes, decide los vestidos que lucimos, decide cuando sonríen nuestras bocas inmóviles o cuando discurren lágrimas de rímel corrido sobre nuestras mejillas, siempre frías. Decide lo que estudiamos, con quien nos casamos y a quien le arranca los pelos o la cabeza si se porta mal. Ella es la reina que nos concede deseos, estruja nuestros miedos y nos siembra de vergüenzas. Hasta que llega él. Y ella se convierte en una barbie, en robot de cocina y, al caer la noche, en muñeca hinchable.

68. El yayo prodigioso

El día que mi abuelo dio el estirón fue uno de los más increíbles de mi vida. Hablé con él por teléfono, y aún recuerdo el tono de su voz mientras me contaba sus primeras sensaciones. Se me han puesto los huesos rectos, hijo, y después han empezado a crecer y a crecer. Tenéis que venir, todos aquí están alucinando. Creo que lo tengo controlado, pero me da miedo de que mi piel no pueda dar más de sí, me decía, emocionado. Yo supliqué a papá y, como además era su ochenta cumpleaños, le llevé un balón de baloncesto, por si de pronto se convertía en pívot del Madrid.

Al llegar, fue alucinante. Las cuidadoras estaban cantando Cumpleaños Feliz, y él, al vernos, comenzó a erguirse como uno de esos muñecos de viento. Debía medir tres, quizás cuatro metros. Aunque mi padre, de regreso, dijo que no era para tanto, que como mucho había crecido algún milímetro.

Pero mi yayo es increíble. La semana pasada le salió una cabeza nueva, y hoy me ha llamado diciendo que está embarazado, que pronto tendré otro tío. Que se lo diga a papá, para que vayamos antes de que nazca su hermanito.

67. El Rey Mago (Paqui Barbero Las Heras)

 

A pesar de mi corta edad, me autoconvencí para no decepcionarme demasiado a la mañana siguiente. Mis padres trabajaban muchas horas y tal vez no habrían tenido tiempo para echar la carta. O quizás los Reyes no tenían ese mismo regalo para tantos niños.

Desperté y corrí hacia el árbol. Allí estaba. Mi flamante bici BH de color rojo. Tal cual la había soñado. Esperé al domingo siguiente para que mis padres tuviesen otro día de descanso. Subimos al Llano de la perdiz. Mi padre hizo el pino con la bici en marcha: una mano en el asiento y la otra en el manillar. Luego me enseñó a montar. Estaba ansiosa por contárselo a los amigos de mi calle. Me caí varias veces. La peor, encima de mi padre. Él se llenó las manos de raspaduras y yo salí ilesa, como si nada. Muchos años después, nos reíamos por esa habilidad suya para hacer de colchón y que yo cayese en blandito. La verdad, nunca supe cómo lo hizo, ni antes ni ahora, porque, aunque tiene el pelo ya muy blanco, sigue lo mismo.

66. Once metros

Mil quinientos millones de personas contemplaban la final de la Copa del Mundo de Fútbol por televisión, más de sesenta mil espectadores gritaban entusiastas. A Jonathan Cody le envolvió un silencio sobrecogedor. A falta de dos minutos para terminar el partido tomó el balón y lo colocó sobre el punto de penalti, toda su vida había soñado con un momento como el que estaba viviendo, los próximos segundos servirían para justificar su existencia. Enfrente de él, Ramón Arellano estaba situado en la portería. Tampoco escuchaba nada, miraba al público y solo veía una masa silente. Jamás pensó verse en la situación que estaba viviendo, le llegó por casualidad. Clavó la vista en el suelo y se agarró a una hebra de césped para mantenerse unido a la realidad.

Jonathan Cody llenó sus pulmones de aire y el estadio contuvo la respiración. Apartó la mirada del hombre que tenía frente a él y la clavó en el balón. Retrocedió unos pasos. El silbato del árbitro rasgó el aire. El penalti que se iba a lanzar en ese momento era el único que había existido en la historia. Cody comenzó a correr y Arellano sonrió y tensó sus músculos.

65. Predestinado (Josep Maria Arnau)

Estaba esperando en la cola, sería el siguiente. James, que iba delante de él, llevaba en la mano el sobre que contenía la cartulina y ya subía las escaleras hacia el escenario.

Hoy sabría su destino. Solo tenía que leer la cartulina y seguidamente decir su nombre.

Se miró los pies y observó con orgullo sus membranas interdigitales. Avanzó con paso firme hacia las escaleras. Se aseó su tupé cada vez más prominente y, mientras lo hacía, escuchó a su compañero:

―Agente secreto. Me llamo Bond, James Bond.

Subió decidido, era la hora de la verdad.

―Presidente de los Estados Unidos ―leyó en la cartulina―. Me llamo Donald, Pato Donald ―concluyó sonriente.

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